Durante el resto del día y los dos siguientes, Ren evitó deliberadamente subir a la habitación de los niños. No obstante, todos los días se reunía con la señora Matsunai para que lo pusiera al corriente de los progresos de Kyoko.

Saena Mogami les hizo una visita y, tras permanecer allí largo tiempo, pareció quedar satisfecha con las referencias y el rendimiento de la cuidadora.

La señora Matsunai, una amable mujer de joven edad, había llegado a su casa con cartas de recomendación llenas de alabanzas y parecía ser la personificación de la eficiencia. Contó a Ren que Kyoko se estaba adaptando muy bien a su nueva rutina, y que no debía preocuparse lo más mínimo por su bienestar. A partir de aquel momento, le dijo, eso era asunto suyo.

Ren estaba más que dispuesto a dejar que la mujer se las arreglara sola. No podía olvidar su reacción física en el carruaje ante la presencia de Kyoko, y tampoco podía perdonarse a sí mismo por ello. Cuanto más lejos estuviese de la joven, mejor.

Afortunadamente, la suya era una vieja casona llena de recovecos y, tal y como había predicho el doctor Lory, la presencia de Kyoko en aquel lugar podía pasar prácticamente inadvertida.

Ren siguió con su rutina habitual: trabajaba durante el día en las caballerizas, en los campos o en la cantera, y pasaba las noches haciendo cuentas o descansando en el estudio.

La tercera noche, él acababa de arrellanarse en su silla favorita con una copa de coñac y un número reciente del Morning Oregonian de Portland, cuando un chillido desgarrador retumbó en la habitación. Enseguida se enderezó en su asiento y se le erizaron los pelos de la nuca. Poco después se oyeron unos gritos.

Ren soltó una maldición y salió corriendo al pasillo, donde chocó con Kanae, su ama de llaves, quien también se había alarmado al oír aquel escándalo. Después de recobrar el equilibrio con algo de dificultad, los dos se dirigieron hacia las escaleras. En el ascenso, Ren le sacó una ventaja considerable a la mujer.

Kanae, delgada y de piernas largas, aunque no acostumbrada al ejercicio, iba jadeando detrás de él. Cuando Ren llegó a la habitación de los niños, encontró que la habían cerrado con llave por dentro.

Golpeó con fuerza el grueso panel de roble.

—¡Señora Matsunai! ¿Qué demonios está pasando?

—¡Ayúdeme! —La mujer parecía desesperada—. ¡Ay, Dios, ten piedad! ¡Ayúdeme, por favor!

—¡Jesús, María y José! —Kanae se persignó, horrorizada.

Ren la hizo a un lado a empujones. Echándose un poco hacia atrás, le dio una fuerte patada a la puerta. La gruesa tabla de roble se mantuvo firme. Espoleado por los gritos procedentes de la habitación, dio varios pasos hacia atrás y embistió con todo su peso con el hombro contra la puerta. Tras el impacto, rebotó hacia atrás con tal violencia que prácticamente se estrelló contra la pared.

—¡Joder!

Kanae se llevó las manos a las sienes.

—¡Dios santo! ¿Qué está pasando ahí dentro?

Al parecer, se había armado la de Dios es Cristo. Ren miró la puerta con denodada resolución. Toda la vida había oído historias de hombres que echaban abajo puertas a patadas, y él era más corpulento que la mayoría. Tenía que haber un truco para conseguirlo. Centrando toda su atención en el pomo de la puerta, retrocedió tanto como se lo permitió la pared que se encontraba detrás de él, dio dos pasos para coger impulso y plantó el pie justo debajo de la cerradura de latón.

La estructura de madera se astilló, la puerta cedió y Ren entró en la habitación de los niños corriendo y tambaleándose. Sin dejar de dar tumbos, se detuvo a escasos centímetros de la señora Matsunai y Kyoko, quienes parecían estar enzarzadas en un combate mortal.

Tal era la confusión de aquellos cuerpos retorcidos, que Ren tardó un momento en entender lo que estaba pasando. Cuando finalmente lo hizo, abrió los ojos como platos. Kyoko, la dócil criaturilla que según el doctor Lory nunca le causaría problemas, tenía los dientes clavados en el dedo de la señora Matsunai.

Por lo visto, tenía la intención de liberar a la mujer de esa parte accesoria de su cuerpo. La cuidadora, dando saltos de dolor, golpeaba a su atacante en la cabeza y en los hombros para intentar soltarse. Antes de que Ren pudiese intervenir, la mujer decidió que los golpes simples no servían de nada y recurrió a los puños.

—¡Ya basta! —gritó Ren.

Entró en la refriega, sin saber muy bien a quién debía salvar, si a Kyoko, que estaba siendo aporreada, o a la señora Matsunai, que corría peligro de perder una parte de su cuerpo.

Poco después, cayó vagamente en la cuenta de que Kanae estaba participando en la pelea un poco desde fuera, por así decirlo: agarraba ropas por un lado, brazos y pelos por el otro, y su fuerte acento aumentaba el barullo reinante. Siguió, entonces, una pelea entre cuatro personas: Kyoko y la señora Matunai, entrelazadas en un peligroso abrazo, y Ren y Kanae intentando separarlas sin mucho éxito. Justo en el momento en que Alex finalmente lograba abrir las mandíbulas fuertemente apretadas de Kyoko, la desesperada señora Matsunai erró el blanco y le dio un fuerte golpe en la nariz a él.

—¡Pequeña zorra!

—¡Un momento! —Ren pareció cambiar de actitud de repente—. No permitiré que hable usted de esa manera. —Intentó limpiarse la sangre que le caía sobre el labio superior—. ¿Qué demonios indujo a la chica a morderle? —Vio que Kyoko había huido al otro extremo de la habitación, donde se acurrucó en el suelo con la espalda apretada contra la pared. El dirigió de nuevo su mirada hacia la cuidadora—: Y bien, ¿qué me dice?

—¡Nada la indujo a hacerlo! Me agredió sin ninguna provocación por mi parte.

Ren se limpió la cara de nuevo y observó a la menuda mujer. Su instinto le decía que no le estaba diciendo toda la verdad.

—¿Exactamente cómo llegó su dedo a la boca de Kyoko?

—Me mordió, sin más.

Dada su propia experiencia con Kyoko, a Ren no le costaba creer lo del mordisco, pero le parecía muy extraño que le hubiese mordido un dedo en lugar de una parte más accesible del cuerpo.

—¿Qué hizo usted? ¿Acaso le dio el dedo para complacerla? Lo siento, señora Matsunai, pero me parece que hay algo muy raro en todo este asunto.

—¡Yo le estaba dando de comer! Eso es todo. Corríjame si me equivoco, pero creo que ése es uno de mis deberes. Y, mientras lo estaba haciendo, ¡esa pequeña zorra me mordió!

Ren no perdía los estribos con mucha frecuencia, pero también era poco frecuente que alguien le hiciera sangrar por la nariz.

—Tenga cuidado con sus palabras, señora, o de lo contrario la despediré sin darle referencias.

—¿Despedirme? ¿Sin darme referencias? Tengo varias cartas de recomendación, señor, como usted bien sabe, y, si no son suficientes, puedo escribir otras. Siempre hay tontos como usted que ni siquiera se toman la molestia de verificar su autenticidad.

Atónito, Ren la miró fijamente. Luego, hizo un gesto de dolido estupor, pues sin lugar a dudas era cierto que había sido un tonto. Por falta de tiempo, no había verificado la autenticidad de las referencias de aquella mujer.

Ella soltó una estridente carcajada.

—¿Quién le dice que yo quiero seguir trabajando aquí? ¡Esa chica está loca! Nunca encontrará a una persona que cuide de ella. Recuerde mis palabras, señor. Yo estaba tratando de obligarla a comer. Nada más. Se ha estado negando a tomar sus alimentos. ¿Qué debía hacer? ¿Dejar que se muriera de hambre?

—Si estaba usted teniendo problemas con Annie, debió hablar conmigo. Ha dejado que la situación se le vaya de las manos, y no tengo más remedio que despedirla. No puedo permitir que una persona que trabaja para mí golpee a mi esposa, independientemente de cuál haya sido el motivo.

—¿Su esposa? ¡Ja, ja! Y, en cuanto al trabajo, renuncio con mucho gusto, y regresaré al pueblo andando, con tal de no pasar una noche más en esta casa.

—Eso no será necesario. Yo me encargaré de conseguirle un carruaje que la lleve. —Ren sacó un pañuelo del bolsillo, lo puso sobre su sangrante nariz y miró a Kanae—. ¿Puedes ocuparte de la chica mientras yo bajo a resolver este asunto?

Con su pelo negro entrecano brillando bajo la luz de la lámpara, en contraste con su rostro pálido, Kanae lanzó una mirada de incertidumbre a Kyoko. Luego, enderezó su esbelto cuerpo y asintió con la cabeza.

—Por supuesto, señor. Estoy segura de que no habrá ningún problema.

Ren deseó poder tener la misma seguridad. No le gustaba dejar que Kanae se las arreglara sola, pero no veía otra alternativa. Hizo una señal a la señora Matsunai para que lo precediera y salió de la habitación.

Ren acababa de dejar a la señora Matsunai en el carruaje y se dirigía a las escaleras que conducían a la casa, cuando Kanae apareció en la entrada. El perfil de su ancho cuerpo se recortaba contra la luz que salía del recibidor. Con las manos en las caderas, la mujer miró fijamente el vehículo que salía.

—Es una fortuna que se haya marchado. Ésa es la pura realidad. Yo la habría hecho pedazos con mis propias manos. ¡No le quepa la menor duda!

Desde que su madre murió cuando él tenía tres años de edad, Alex consideraba a Kanae, con sus bondadosos ojos castaños, como un familiar más que como un ama de llaves. No recordaba haberla visto nunca tan furiosa. Con sus grandes senos y su vestido azul oscuro con mandil blanco, le recordaba a una goleta a la que un viento muy fuerte estuviera hinchando las gavias.

Al llegar al porche, él miró larga y fijamente su rostro, intentando en vano interpretar su enigmática expresión. Cuando la sangre se le subía a la cabeza, Kanae podía ser muy insolente, de ello no cabía duda alguna. Ren sólo podía agradecer que la señora Matsunai se hubiera marchado de una vez.

—A mí tampoco me agradó mucho la manera en que esa mujer manejó la situación —reconoció Ren—. Era completamente innecesario que le diera puñetazos a Kyoko. Pero supongo que es posible que la histeria no le haya permitido darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Kanae cruzó sus gruesos brazos.

—¡Qué histeria ni qué ocho cuartos! Esa asquerosa mujer fue muy cruel con la pobre chica.

Kanae tenía un carácter excitable y muchas veces reaccionaba de forma exagerada. Ren no pudo menos que pensar que eso era precisamente lo que estaba pasando en aquel momento.

—La señora Matsunai se comportó de manera indebida, Kanae, pero creo que la palabra cruel es un poco fuerte. Kyoko estuvo a punto de dejarla sin un dedo.

—¡Fue muy cruel! Me horroriza que en esta casa se hayan permitido tales abusos. Me horroriza profundamente.

—Reconozco que ha sido una escena muy desagradable, pero no la convirtamos en algo peor de lo que realmente fue.

—¿Peor de lo que realmente fue? Esa mujer es un demonio. ¿Cómo es posible que usted no haya verificado la autenticidad de sus referencias? No puedo creer que haya sido tan descuidado.

Este ataque lo cogió desprevenido y no pudo responder enseguida. Cuando finalmente habló, su tono de voz era defensivo.

—Como recordarás, yo necesitaba una mujer que cuidara a Kyoko con suma urgencia. No había tiempo para mantener correspondencia con sus anteriores patrones. Parecía una mujer bastante respetable y bondadosa.

—¿Bondadosa? Yo no le confiaría a esa bruja ni el cuidado de un perro callejero. Una cuidadora, ¿dice usted? Lo que realmente quería era una carcelera, y cualquier persona le habría servido, con tal de que mantuviera a la chica tranquila y que usted no tuviera que toparse con ella hasta que el bebé naciera.

—Kanae, sabes que eso no es...

—A usted le importan más sus yeguas. Ha verificado la autenticidad de las referencias hasta del más humilde mozo de cuadra que trabaja aquí. Dios nos libre de que uno de sus malditos caballos se haga daño.

—Yo pensaba que la mujer era competente, Kanae

.

—Pero no se cercioró. Y eso es lo vergonzoso. —Le hizo un gesto admonitorio colocándole el dedo bajo su nariz—. Yo le dije desde un principio que nada bueno saldría de todo esto. Débil mental o no, esa chica no es un animal reproductor que sus padres y usted pueden llevar de aquí para allá a su antojo. Es un pecado contra Dios y todo lo que hay de sagrado en el mundo.

El se pasó una mano por el pelo.

—Calmémonos un poco, ¿vale?

—Lo que usted realmente quiere decir es que yo debo calmarme. Bueno, pues no me siento muy tranquila que digamos. Si usted aún fuese un chaval que llevara pantalones cortos, le pegaría en el trasero con una vara de nogal americano por lo que ha hecho.

En opinión de Ren, bailar al son de una vara de nogal americano habría sido menos hiriente que oír las palabras de Kanae.

—Cometí un error, Kanae. No lo niego. Pero sabes que fue sin querer.

—El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

—Sí, bueno... Te prometo que no volverá a pasar. Me cercioraré de que la próxima cuidadora tenga buen carácter.

—¿La próxima? ¿Por qué no deja mejor que la chica se quede en una de las caballerizas?

—Al ver la expresión de asombro en el rostro de Ren, la furibunda Kanae prosiguió—: Bueno, de esa manera ella no sería una molestia para usted. Cuando se ponga de parto, puede pedirle a Yashiro que la asista, tal y como lo hace con todas las potrancas. Usted tendrá a su heredero, y podrá enviar a Kyoko a casa. Todos quedarán contentos, menos la chica. ¿Acaso no es eso lo que en esencia tiene usted pensado hacer en cualquier caso? ¿Para qué tratar de disimularlo contratando a una cuidadora?

Alex se enfadó.

—Ya basta. Ésta es una situación muy difícil, es verdad, y ojalá nunca hubiera ocurrido nada de esto. Pero sucedió, la chica está embarazada, y yo he intentado solucionar el problema lo mejor posible. ¿Qué más esperas que haga?

—¿Que sea usted un esposo para esa chica? —sugirió ella con un sarcasmo cáustico. —

Además de eso.

—Bueno, pues, aparte de esto, no estaría mal que le prestara un poco más de atención a la pequeña. ¡Esa mujer que usted contrató ha estado tratando de embutirle la comida por la garganta! Es así como su dedo llegó a la boca de Annie. Si me lo pregunta, esa mujer merecía que se lo arrancaran de un tajo.

—¡Embutirle la comida por la garganta!

—Ren estaba asombrado.

—Y eso no es todo. Pellizcaba a esa pobre criaturilla en todo el cuerpo. Cada vez que me acuerdo... —Se contuvo con un suspiro tembloroso—. Bueno, las palabras no pueden describir mi enfado. La chica tiene tantos moretones, que parece una tela con diseño de lunares. Todo bajo su vestido, por supuesto, donde nadie puede verlos. Debería usted echarle un vistazo a su espalda, donde esa horrible mujer la ha estado golpeando.

—¿Moretones? —A Ren se le encogió el corazón—. ¡Por Dios! ¿Le ha hecho mucho daño?

Empezó a dar unos pasos delante de Kanae, pero ella lo cogió del brazo.

—No corra a su habitación como una paja arrastrada por un fuerte viento. Asustará a la chica.

Consciente de que ella tenía razón, Ren se liberó de su mano, pero no volvió a tratar de entrar en la casa.

Un largo silencio cayó entre ellos, y durante este tiempo Kanae hizo un esfuerzo evidente por calmarse. Cuando Ren sintió que ella había recobrado al menos un poco de compostura, dijo:

—¿Debo pedirle a Yashiro que vaya a buscar al doctor Lory?

—No, no creo que necesite un médico. Yo puedo ocuparme de ella. Pero hay otro pequeño problema que tiene usted que resolver.

—¿De qué se trata?

—La razón por la cual se ha estado negando a comer es que cree que está engordando. Tiene que hacerle entender de alguna manera que es un bebé el que le está haciendo crecer la cintura, no el exceso de comida.

Ren observó los rasgos torneados de su ama de llaves.

—¿Cómo puedes saber lo que Kyoko piensa?

—Bueno, Kyoko me ha dicho todas estas cosas, desde luego.

—La chica no puede hablar. Kanae alzó la barbilla.

—No como nosotros, eso es indiscutible. Pero puede hacerse entender si se le insiste un poco.

—¿Cómo?

—Suba conmigo y compruébelo usted mismo.

Tras decir estas palabras, ella giró sobre sus talones y se dirigió a las escaleras, hablando para sí con enfado a lo largo de todo el camino.

Atento a no asustar a Kyoko, Ren entró en su dormitorio después de Kanae. Oculta aún en el oscuro rincón, la chica se encontraba sentada con los brazos alrededor de sus piernas dobladas, con el vestido azul cubriéndole pudorosamente los tobillos.

Aparentemente agotada, descansaba la cabeza sobre las rodillas. Para poder ver mejor, Ren encendió la lámpara de la mesita de noche antes de atravesar la habitación para acercarse a ella. Cuando lo hizo, la muchacha se enderezó y fijó en él una mirada de desconcierto y recelo. En lo más profundo de sus ojos ambar, él leyó varios sentimientos: miedo, una cantidad nada desdeñable de desconfianza y una penosa desesperación.

¡Dios santo! La había llevado a su casa para darle su protección. ¡Y qué bien lo estaba haciendo! La habían pellizcado en todo el cuerpo, le habían dado puñetazos y sabe Dios qué otras cosas. No era de extrañar que lo mirara de la manera en que lo hacía.

Agachándose frente a ella, la observó durante un momento. Buscaba cuidadosamente señales de abusos, pero no pudo ver ninguna. Aparte del hecho de que había perdido un poco de peso, lo cual mal podía permitirse hacer, parecía estar limpia y sana. Su pelo naranja estaba recogido con trenzas muy bien cuidadas, que le caían hasta las caderas.

—Kanae me dice que la señora Matsunai te ha estado tratando muy mal, Kyoko, ¿te gustaría hablarme de ello?

En respuesta, ella le lanzó su habitual mirada de perplejidad, clavando los ojos en su boca. Ren tuvo la sensación de que daría igual hablarle en griego. Era evidente que la chica no entendía siquiera las frases más sencillas. Que hubiera logrado comunicarse con Kanae de alguna manera parecía completamente increíble. No obstante, él sabía bien que su ama de llaves nunca mentía.

Resuelto a ver los cardenales de la joven, extendió la mano para intentar apartar ligeramente el cuello de su vestido. Cuando él hizo este movimiento, la joven se apretujó más contra la pared. El miedo hizo que sus ojos se ensombrecieran. Sosteniendo la mano en el aire, Ren cerró el puño en señal de frustración. A pesar de que sus capacidades mentales parecían ser muy limitadas, estaba claro que ella no tenía ninguna dificultad en recordar lo que Sho le había hecho y que creía que él podría hacerle lo mismo.

Miró a Kanae, que se había hecho a un lado, y negó con la cabeza.

—Es inútil. Tendré que confiar en tu palabra. ¿Estás segura de que no debo hacer llamar al doctor Lory?

—Como ya le he dicho, yo puedo ocuparme de los golpes. —Kanae hacía esfuerzos para no llorar—. Lo que me molesta, señor, es que usted no parece creer lo que le he contado. Ella me enseñó cómo esa mujer le embutía la comida en la garganta, créame. Y me dijo que piensa que se está poniendo muy gorda.

Ren se levantó y se alejó de Kyoko para apoyar un hombro contra la pared.

—Lo creeré cuando lo vea.

Kanae le lanzó una mirada glacial y se dirigió a la pequeña mesa para coger el plato de comida de Kyoko. Tras levantar con el tenedor una patata fría, volvió sobre sus pasos, sonriendo a la joven de oreja a oreja.

—Anda, cariño, sé una buena chica y come un poco. Hazlo por Kanae.

Kyoko negó con la cabeza, y ese simple gesto asombró a Alex. Parecía entender lo que Kanae le había dicho.

—Pero tienes que comer, cariño. Enfermarás si no lo haces. —Intentaba convencerla con zalamerías—. Sólo un bocado, anda, compláceme.

Kyoko negó con la cabeza de nuevo y dirigió una mirada de recelo hacia Ren. Luego, hinchó las mejillas e intentó, sin mucho éxito, doblar su barbilla. Si bien estaba demasiado delgada para parecer una mujer gorda, hiciese las muecas que hiciese, el mensaje era claro. Ren la miró boquiabierto.

—¡Dios mío!

Sin apartar la vista de Kyoko, Kanae siguió hablándole con el tenedor extendido.

—Eres una buena chica. Come un poco para complacer a Kanae.

Cada vez más nerviosa, Kyoko estiró las piernas y se llevó las manos a la cintura para darle palmaditas a su vientre. Luego, como si tuviera un cubierto invisible, fingió meter comida a su boca y masticar. Después, volvió a hinchar las mejillas y a negar con la cabeza.

Haciendo un movimiento con el tenedor en señal de victoria, que estuvo a punto de lanzar las patatas por el aire, Kanae se volvió hacia Ren.

—¿Se da usted cuenta?

Ren se apartó de la pared bruscamente. Se le puso la piel de gallina mientras miraba a la joven que estaba frente a él. Durante un instante que se hizo eterno, no pudo poner las ideas en orden para pronunciar palabra. Cuando finalmente lo hizo, sólo logró repetir lo que acababa de exclamar.

—¡Dios mío!

—¿Qué le había dicho? —Kanae tenía ahora aire de suficiencia—. Si eso no es hacerse entender, entonces dígame usted qué es.

—Kanae... —dijo Ren en voz muy baja—. ¿Tienes alguna idea de lo que esto significa? El hecho de que ella pueda establecer una correlación entre comer y subir de peso... bueno, pues es totalmente increíble. Quiere decir que en realidad debe tener capacidad de razonamiento.

—¿No es tan tonta como usted creía, eh, señor? Vaya, cuando uno empieza a pensar en todo esto, se le embrolla la cabeza. —Volvió la espalda a Kyoko para llevar el plato a la mesa—. Si ella puede entender este tipo de cosas, uno tiene que preguntarse qué más puede entender. O sentir. Me pregunto si echará de menos a su bebé cuando usted se lo arrebate de los brazos.

Una espantosa sensación de debilidad se adueñó de las piernas de Ren. Sin poder recuperarse aún de la sorpresa, todo lo que podía hacer era mirar fijamente a su cruz. No, no era su cruz, era su esposa. Su esposa embarazada, a quien su hermano había violado y con quien él se había casado. Con el fin de quitarle a su hijo.

Un animal reproductor, la había llamado Kanae. Un objeto sin inteligencia que sus padres y él podían llevar de un lugar a otro. Este pensamiento le asqueó tanto que cerró los ojos con fuerza.

—Dios mío, Kanae, ¿qué he hecho?

Un pesado silencio se asentó en la habitación. Finalmente, Kanae sentenció.

—Lo hecho, hecho está, señor. Lo que importa ahora es lo que haga a partir de este momento.