Capítulo 11

—¿Qué haces aquí? —Rukia le dirigió una mirada de soslayo mientras le colocaba el candado a la bicicleta.

Ichigo estaba apoyado contra la pared del Seiretei, a unos metros de la puerta. Con los brazos cruzados y el ceño tan fruncido como de costumbre, Rukia pudo entender por qué a Orihime le había parecido aterrador en su primer encuentro.

—Esperarte. Al entrar me han dicho que no estabas.

Rukia terminó lo que estaba haciendo y se incorporó para plantarle cara. Con los brazos en jarras y los ojos violeta centelleantes, Ichigo no hubiera sabido decir si la situación la enfadaba o la divertía. Había pasado el tiempo suficiente desde que se había presentado aquel primer día en el Café como para que Rukia se hubiera acostumbrado a la situación. Sin embargo, Ichigo no estaba convencido de que eso hubiera ocurrido realmente. Con Rukia nunca se podía estar seguro de nada.

—¿Qué es lo que quieres?

Había pasado más de una semana desde el día en que Ichigo había seguido a Rukia hasta el Maid. Al hacerlo, había esperado encontrar respuesta para alguna de sus múltiples preguntas y, sin embargo, solo había conseguido añadir más dudas a la gran lista que ya le ocupaba la mente. Porque ¿qué diablos hacía ella trabajando en un sitio así? Nunca se le habría ocurrido pensar que Rukia, con su mal humor y su vivo genio, pudiera encajar en ese tipo de negocio. Verla sonreír tan abiertamente era agradable, aunque Ichigo había llegado a conocerla lo suficientemente bien como para saber que esa sonrisa no era completamente sincera.

Trató de pensar en cuál sería la respuesta adecuada a la pregunta de Rukia. Sabía muy bien cuál era la razón por la cual estaba allí. La razón por la cual había estado allí todos los días de esa semana al acercarse el final del turno de Rukia.

—Quería verte —consiguió balbucear tras unos segundos. Casi de inmediato pudo notar el calor en la punta de las orejas, pero la vergüenza que sus palabras le habían producido se vio recompensada cuando las comisuras de los labios de Rukia se estiraron en una sonrisa casi imperceptible. Aquello sí era una sonrisa sincera, Ichigo lo sabía. Contenida, pero sincera.

—Di mejor que no querías perderme de vista.

Ahora sí que podía decir que ella encontraba la situación divertida. La insistencia de Ichigo, su presencia constante en el Seiretei, había cabreado a Rukia los primeros días. Sin embargo, parecía que había decidido hacer un esfuerzo por aceptar lo inevitable.

—¿Y arriesgarme a que volvieras a desaparecer como si nada? —Intentó que sonase a broma, pero lo cierto es que el muchacho trataba de sacar el tema a colación en cualquier oportunidad que se le presentase. Creía firmemente que ya le había dejado el tiempo suficiente a Rukia para superar lo ocurrido. Se negaba a dejar que ella se saliese con la suya. Tenía que saber qué diablos había pasado—. Ni lo sueñes, canija —añadió mientras arrugaba más el ceño.

En ese momento, la puerta del Café se abrió con un chasquido. Antes de ver salir a nadie, escucharon la dulce risa de Orihime. Apenas medio segundo después su cabello naranja llameante apareció en el quicio de la puerta. Nanao la seguía de cerca.

—Buenas noches, chicas —La voz de Rukia hizo que sus dos compañeras se volvieran hacia ellos. De inmediato las mejillas de Inoue se colorearon de un tono rosado que le provocó a Rukia ganas de reír. Su amiga le había hablado de su primer encuentro con Kurosaki, el día en que había ido a buscarla a su apartamento. A pesar de que la impresión que su compañero le había causado ese día no había sido precisamente buena, Rukia estaba segura de que, desde que Ichigo había comenzado a visitar el Seiretei, Inoue había comenzado a sentir cierto interés por él.

—Buenas noches —respondió Nanao con una pequeña sonrisa. Orihime solo fue capaz de murmurar unas palabras que nadie entendió, con los ojos clavados en Ichigo en todo momento. Él tan solo sacudió la cabeza, lo que para él parecía constituir un saludo en toda regla—. ¿Puedes encargarte de cerrar, Rukia? —Al parecer Nanao era completamente ajena al comportamiento de su compañera.

—Claro, sin problema.

Se alejaron sin decir mucho más. Nanao llevaba a Inoue cogida del brazo y le susurraba algo al oído.

Ichigo esperó hasta que las dos muchachas hubieran desaparecido de la vista para volverse hacia Rukia. Ella ya se estaba dirigiendo a la puerta del Café.

—En realidad, estoy aquí porque quiero hacerte una propuesta.

Ella se volvió para mirarlo con los ojos muy abiertos, en una mezcla de desconfianza y sorpresa. Su reacción le causó cierta gracia, así que no esperó para decir lo que había ido a decir.

—Me gustaría enseñarte a montar en bicicleta.

La expresión de Rukia fue todo un poema. Su mueca delató lo sorprendida que se hallaba ante las palabras de su amigo, pero enseguida su frente se frunció.

—No sé de qué me hablas. —Y siguió caminando hacia la puerta. Ichigo la detuvo agarrándola del brazo. Ya no quedaba ni rastro de las heridas en él. Se había recuperado muy rápido.

—Sé que no sabes montar en bicicleta. Olvidas que he venido mucho por aquí últimamente. —Al tenerlo tan cerca, Rukia se dio cuenta de que el cabello le había crecido bastante desde que se habían conocido. Ahora el flequillo despeinado le caía sobre la frente, justo sobre los ojos. Tragó saliva—. Nunca te montas en ella. Solo la empujas.

Rukia trató de zafarse de su agarre, pero no lo logró. Él era exageradamente fuerte.

—El otro día te vi intentando hacerlo. —Su mirada maliciosa le hizo saber que estaba muy seguro de lo que decía—. No conseguiste ni avanzar dos metros. Estuviste a punto de caer.

Rukia suspiró. Se sintió tentada de negarlo, de inventarse una excusa, pero la mirada del muchacho le dejó muy claro a Rukia que no permitiría que también con ese tema lo engañase. A fin de cuentas, se trataba tan solo de una nimiedad.

—Nunca aprendí. —Se encogió de hombros—. Pero tampoco lo necesito.

—¿Ah, no? —Ichigo contuvo un resoplido de frustración—. ¿Piensas seguir repartiendo a pie mientras arrastras la bicicleta?

Ella apretó los labios con tanta fuerza que se le pusieron pálidos.

—¿Por qué no les has dicho a tus compañeras que no sabes montar? Cualquiera de ellas podría haberse encargado de esto, ¿no? —Rukia no le miraba a los ojos. Se notaba que estaba avergonzada. Ichigo habría jurado que se sentía ligeramente humillada ahora que su pequeña debilidad había quedado al descubierto—. Tampoco es que tengáis que llevar o recoger pedidos tan a menudo. —Intentó bromear pero, a pesar de ello, los labios de Rukia se pusieron incluso más blancos.

No respondió, pero a Ichigo no le hizo falta. Con el paso del tiempo había descubierto que Rukia era casi tan orgullosa y obstinada como él. Si no había dicho nada, había sido probablemente porque se había negado a fallar en la tarea que le había sido encomendada.

Intentó cambiar de estrategia, aunque hacerlo le supuso un gran esfuerzo. Todavía estaba tratando de descubrir cómo se hacía eso de ser amable.

—No pasa nada por no saber montar en bici. Lo sabes, ¿verdad?

Ella levantó la cabeza, en su mejor pose orgullosa.

—Entonces ¿por qué quieres enseñarme?

—Porque creo que tienes ganas de aprender. —Él se encogió de hombros, ella lo miró sin comprender—. Creo que siempre estás dispuesta a afrontar algún reto. Creo que eso te gusta. —Tras una pequeña pausa de reflexión, se dijo que eso había sonado demasiado amable. Tenía que arreglarlo un poco, así que siguió hablando—. Así que, maldita sea, no me hagas repetírtelo dos veces.

No pudo evitar preguntarse desde cuándo la conocía también. Cuándo había cambiado tanto su relación. Lo cierto era que, si se paraba a pensarlo, y a pesar de que su primer encuentro no había sido precisamente agradable, desde casi el principio, desde aquel día en que ella se había preocupado lo suficiente como para conseguirle unas aspirinas, su relación no había hecho más que mejorar a pasos agigantados.

Ella solo necesitó unos segundos para meditarlo.

—De acuerdo —respondió al fin, mientras se agachaba para soltar el candado otra vez—. Vamos. —Antes de que cambie de opinión, añadió mentalmente.

Se montó en la bicicleta, pero no se atrevió a poner ni un pie en el pedal, así que Ichigo tuvo que agarrar la bici por el manillar. No fue suficiente. En cuanto Rukia intentó levantar los pies del suelo, se tambaleó peligrosamente. Con un suspiro, Ichigo llevó la mano libre al sillín. Estaba peligrosamente cerca del cuerpo de Rukia, pero al menos ella parecía más estable.

—¿Y ahora?

—Ahora ¿qué tal si empiezas a pedalear? —le respondió con una pizca de ironía. Ella le lanzó una mirada furiosa por encima del hombro, pero le hizo caso.

Avanzaron un metro antes de que Rukia se detuviese. Tenía la cara tan contraída por el esfuerzo que Ichigo estuvo a punto de reírse. Por suerte, consiguió disimularlo con una tos en el último momento.

—¿Qué tal?

Inspiró hondo, recordando que si quería que ella se sincerase tenía que hacer que se sintiese a gusto con él.

—Bien, muy bien. —Trató de sonar animado—. Vamos a intentarlo de nuevo.

En esa ocasión avanzaron tres metros. Cinco, la siguiente. Después, se atrevieron a dar la vuelta para recorrer el camino de vuelta al Seiretei. Tras un par de vueltas Ichigo se decidió a soltarla. Rukia siguió adelante, sin su ayuda. Al darse cuenta de que su amigo ya no la sujetaba, no fue capaz de contener la exclamación de alegría.

—¡¿Ichigo?! —gritó entusiasmada—. ¡Ichigo, voy sola! —Y se echó a reír. A pesar de que él estaba a su espalda, pudo escucharla perfectamente y también él sonrió. Su alegría era tan poco habitual que, en los momentos en los que se presentaba, resultaba contagiosa.

Al llegar al final de la calle, Rukia se atrevió a girar el manillar para hacer un cambio de sentido. Con lo que no contó fue con que, en esa zona, la acera era más estrecha. Sin el apoyo de Ichigo, la rueda delantera cayó a la calzada, haciéndola tambalear. La trasera le siguió apenas medio segundo después y, en ese momento, ella tuvo la certeza de que en solo unos segundos se abriría la cabeza contra el suelo.

—¡Rukia!

Ichigo echó a correr hacia ella antes incluso de que perdiera el equilibrio por completo. A pesar de ello, supo que no llegaría a tiempo. Pudo ver su cuerpo inclinándose hacia la derecha, pudo escuchar su grito ahogado y, al final, la vio caer de lado, como si de un peso muerto se tratase.

La pierna se le quedó atrapada bajo la bicicleta y ella alargó el brazo para detener la caída.

Cuando Ichigo llegó junto a ella, la sangre manaba con profusión de la palma de la mano de la muchacha. Tenía, además, toda la piel del brazo hasta el codo levantada.

—Dios mío, Rukia… —Casi derrapó al dejarse caer a su lado. Apartó la bicicleta a un lado y luego le cogió el brazo, que no dejaba de gotear. —Lo siento mucho…

—No te disculpes, no ha sido culpa tuya. —La herida debía de escocerle mucho, porque tenía los ojos brillantes. Aun así, no se quejó. Sonrió, dejándolo sin palabras durante un instante. La luz anaranjada de las escasas farolas le daba a su rostro un aspecto… ¿diferente? Ichigo no sabría muy bien cómo describirla en ese momento. La luz se reflejaba en sus ojos centelleantes, pero las profundas sombras del callejón cubrían también su rostro, creando una expresión casi íntima.

A Ichigo se le hizo un nudo en la garganta al ver que ella parpadeaba un par de veces, muy rápido. Probablemente trataba de contener las lágrimas. Por supuesto, lo consiguió.

—¿Crees que puedes levantarte? —preguntó, tratando de hacer un esfuerzo por concentrarse en lo que tenía que hacer.

—Claro. —Ella ni siquiera esperó a que él le echase una mano. Con el brazo bueno se apoyó en el suelo y se dio impulso. En solo un segundo estaba de nuevo en pie, con la mano herida todavía entre las de Ichigo.

Él no pudo menos que sonreír. Una vez más se preguntó cuándo habían cambiado tanto las cosas entre ellos.

—Vamos adentro.

Él empujó la bicicleta hasta la puerta del Café y, mientras la aseguraba, Rukia entró en la cafetería. Cuando se reunió con ella, Rukia se estaba lavando el brazo en el fregadero. A su lado había colocado ya un par de vendas y una botellita de agua oxigenada.

—Déjame hacer eso. —Le pidió cuando ella cerró el grifo. La condujo hasta una mesa y la hizo sentarse. El abrió la botellita y procedió a hacer las curas. Pudo ver como Rukia se mordía la mejilla al contacto del desinfectante con la piel.

—¿Duele?

Ella negó.

—¿Por qué te preocupas tanto? —balbuceó unos instantes después. Parecía que le había costado formular la pregunta.

Ichigo resopló y, al momento, se maldijo por ella. Recuerda ser amable, idiota.

—Porque eres mi amiga —respondió entonces, preguntándose si eso sería suficiente. Pero no, no lo fue. Rukia no se lo tragó.

—¿Desde cuándo? —Flexionó los dedos de la mano que Ichigo estaba tratando para aliviar el escozor—. ¿Desde hace una semana? —No había sido su intención, pero a cada palabra el tono de su voz iba aumentando de intensidad—. ¿Es que acaso necesitas que una persona esté a punto de desaparecer para darte cuenta de que te importa? —casi gritó el final. En cuanto terminó la frase, Rukia se dio cuenta de lo que había dicho. Las mejillas se le colorearon al instante. Había dado por supuesto que ella se había convertido en alguien importante para Ichigo, pero quizá él…

Sin embargo, él no pareció molesto por sus palabras. No las negó, ni las corrigió. Tan solo la contempló con algo que Rukia se había atrevido a definir como tristeza en otras ocasiones.

—Eso es lo que parece —susurró tanto tiempo después que Rukia ya no pensaba obtener respuesta—. Y, créeme, es algo que lamento profundamente.

La chica no dijo nada. Quería que fuera él quien siguiera hablando. Y lo hizo, mientras empezaba a vendar la mano de Rukia.

—La verdad es que… Me cuesta mucho relacionarme con la gente. —Una pausa. Trató de reunir valor mentalmente, de darse ese último empujón que necesitaba para sincerarse por fin. Llevaba días pensando en ello; sería capaz de admitir ante Rukia su historia si con ello conseguía que ella se abriese a él—. Mi madre murió cuando iba a buscarme al gimnasio. Por aquel entonces yo era el peor de mi clase de taekwondo, así que aquel día me había quedado hasta tarde para practicar. Cuando salimos del gimnasio ya no había nadie en la calle. —Otra pausa. Hacía muchos años que no contaba la historia en voz alta—. Yo quería un pastel, me empeñé hasta que mi madre accedió a comprármelo. Para llegar a la pastelería teníamos que atravesar un callejón muy largo, muy oscuro... Me acuerdo de que una rata pasó corriendo delante de nosotros y yo… Yo estuve a punto de gritar.

Rukia lo miraba expectante. No podía creer que Ichigo se estuviese sincerando con ella de aquel modo. Él no apartaba la mirada de las vendas. A pesar de que ya había terminado de hacer las curas, no le soltó la mano.

—Mi madre me dijo que no tuviera miedo. Era muy valiente. Se llamaba Masaki, creo que nunca te lo había dicho. —La chica negó con la cabeza, pero él no pudo verla—. Cuando nos atacaron, yo salí corriendo. Mi padre nunca lo dijo, pero sé que me culpa por lo que pasó. Desde entonces he intentado hacerme fuerte. Fuerte para proteger a todos los que me rodean. A todos los que me importan. —Tercera pausa—. No funcionó.

Ichigo frunció el ceño. Rukia podía ver lo mucho que le dolía recordar todo aquello. Solo en una ocasión antes le había oído mencionar a su madre y, hasta entonces, nunca había hecho ninguna referencia a su padre. Rukia nunca había pensado mucho en el padre de Ichigo, todos sus pensamientos habían estado dirigidos a su madre. Sin embargo, había dado por supuesto que estaba muerto. Sintió vergüenza al darse cuenta de lo poco que sabía de Ichigo. Ella no había querido que su compañero descubriese sus secretos pero, a diferencia de él, ella nunca se había molestado en preguntarle cuál era su gran misterio.

—Lo único que conseguí fue… meterme en líos. Así fue como conocí a Chad. Fue él quien me ayudó a salir de ahí. Él también había pasado por lo mismo, ¿sabes? —Jugueteaba con un hilillo suelto de la venda, todavía sin levantar la cabeza—. Fue Chad quien me ayudó a darme cuenta de que me estaba convirtiendo en una mala influencia para mis hermanas. Karin empezaba a seguir mis pasos y eso… Eso no le hacía ningún bien.

Por fin se echó hacia atrás, soltando la mano de Rukia y recostándose contra el respaldo de la silla. Su mirada encontró con la de la chica y en ella Ichigo pudo leer la preocupación. Se preparó para la oleada de frustración, de rechazo, que le producía siempre la compasión de los demás. Había pensado que no soportaría la condescendencia de Rukia y, no obstante, solo sintió alivio. Alivio al darse cuenta de que podía contar con ella. Que ella estaba dispuesta a escuchar si él lo necesitaba.

—Mi padre hacía años que no me quería cerca. Mis hermanas estarían mejor sin mí. Así que cuando cumplí los dieciséis años me fui de casa. —Suspiró—. De eso hace seis años. Apenas he vuelto a ver a mi familia desde entonces. Ishida, Renji, Chad… Ellos son lo único que tenía. Hasta ahora. —Él parecía sumido en sus pensamientos. Rukia ni siquiera sabía si hablaba para ella o para sí mismo—. Ahora… Ahora tú eres una de los nuestros. Si no me he dado cuenta antes…

Rukia contuvo la respiración. El momento parecía tan frágil que no pudo evitar la ridícula idea de que, si hacía el más mínimo ruido, Ichigo volvería a la realidad y nunca terminaría la frase.

—…Es porque hace tiempo que había olvidado lo que es el darle una oportunidad a alguien. —Parpadeó y su mirada volvió a enfocarse en su compañera. Por un momento había perdido la noción del tiempo. Carraspeó, sabiendo que se estaba poniendo sensible de más. Al día siguiente lo lamentaría—. Lo siento —fue todo lo que se atrevió a añadir.

Rukia inspiró hondo.

—Ichigo, yo… —Era absolutamente obvio que no sabía muy bien qué decir, pero eso a él no le importaba. No era eso lo que quería, lo que había ido a buscar.

—No tienes que decir nada. Solo quería que supieses que puedes contar con nosotros. —Hizo crujir los nudillos, en un intento de aliviar la tensión—. No soportaría… No soportaría que hubiera un día en el que no regresases a casa.

A casa… Un estremecimiento le recorrió la espalda. Ichigo seguía mirándola intensamente. El color ocre de sus ojos le recordó a Rukia al del oro fundido. A pesar de la confesión que acababa de hacerle, Ichigo parecía relajado y Rukia se sorprendió al darse cuenta de lo distinto que parecía sin el ceño fruncido y la mandíbula apretada.

Y fue justo en ese momento, perdida en el cálido color miel de sus iris, cuando tomó la decisión.

—Aquel día… —La voz le sonó un poco rasposa—. Yo… Pensé que no iba a poder volver. Pensé que no iba a poder escapar. —Si él había sido sincero con ella, ella también quería serlo con él—. Supe que me había encontrado cuando lo vi a lo lejos. Quería creer que no era posible, pero…

Ichigo quiso preguntar por qué. Por qué diablos un hombre como aquel estaba buscando a Rukia. No se atrevió. No quería que ella cambiase de opinión, que se echase atrás. Mejor aquella confesión, plagada de lagunas, que su silencio.

—Tenía miedo, pero no por mí… Tenía miedo de que descubriese que vivía con vosotros. Miedo de que le hubiese hecho algo a… a mi hermano. —Hundió el rostro entre las manos, agotada. La tensión de los últimos días todavía no se había desvanecido. Todavía esperaba toparse con él al doblar cada esquina, al salir de casa—. Me pasé la noche corriendo. Ni siquiera me atrevía a mirar atrás. Solo corría. Hubo un momento en el que me alcanzó… Sentí su mano en el brazo.. Y, aunque conseguí soltarme, lo tuve tan cerca… Tan cerca que no puedo olvidarlo. —En esta ocasión fue ella quien necesitó unos segundos para poner en orden sus pensamientos—. Siempre me había dado miedo… Es algo que nunca he querido reconocer, pero…

—¿Lo conocías de antes? —la interrumpió Ichigo. No fue capaz de reprimirse. No en esa ocasión. El estómago se le había encogido.

Ella asintió.

—Es un… Un amigo de la familia. O, más bien, un amigo de un amigo de la familia. —Se enredó un mechón de cabello entre los dedos, tratando de aliviar la tensión—. Aun así, nunca lo había tenido lo suficientemente cerca… Solo por el pelo sería capaz de reconocerlo en cualquier sitio. Lo lleva, así, como erizado… —Hizo un gesto con las manos, intentado ilustrar sus palabras—. Pero lo peor, lo peor es el ojo… Tiene una cicatriz desde la frente a la mandíbula, le cruza media cara… Nunca había podido verlo tan de cerca. No me lo esperaba, tiene el párpado destrozado… —Había empezado a divagar, pero a Ichigo no pareció importarle. En realidad, parecía que ni siquiera la escuchaba. Se había quedado inmóvil y la miraba como si hubiera visto un fantasma.

—¿Rukia…? —Consiguió articular al fin. Ella calló de golpe—. Rukia, ¿tienes un lápiz? —Su voz sonaba extrañamente calmada, lo que devolvió a la muchacha a la realidad de golpe.

—¿Pero…?

Algo en la expresión de Ichigo la hizo callar. Simplemente se levantó y se acercó al mostrador para coger el lápiz que Ichigo le había pedido. Cuando volvió junto a él, el muchacho prácticamente se lo arrancó de las manos. Ya tenía una servilleta preparada.

—¿Qué demonios haces…?

Pero Ichigo no le hizo ningún caso. Tan solo empezó a dibujar a toda velocidad. Por una vez los trazos fluían en completa libertad. El mentón fue tomando forma, seguido de la nariz. Luego el pelo, encrespado por la gomina. Ichigo no se molestaba en perfeccionar el diseño, tan solo necesitaba un esbozo. Tan solo…

¿Podía ser…? ¿Podía ser cierto…? No quería creerlo… No se atrevía a creerlo…

Lo último que apareció sobre el papel fueron los ojos. Por primera vez, Ichigo sabía lo que se suponía que tenía que dibujar. Sabía qué era aquello que durante tanto tiempo se le había escapado, aquello que su traumatizada mente infantil se había esforzado por olvidar tantísimos años atrás.

De pronto todo volvía a surgir frente a él. Los dedos de su madre manchados de sangre, el cristal tan firmemente apretado en la mano que le había rasgado la piel. Luego, un destello cuando ella había alzado el pedazo de vidrio. Había reflejado la luz de una farola cercana justo antes de hundirse en la cara del hombre que la sujetaba contra el suelo.

Cuando el hombre se volvió hacia Ichigo, la mitad de su rostro estaba cubierta de sangre.

Y había sido en ese preciso momento en el que Ichigo había salido corriendo.

Su madre le había plantado cara, había luchado por su vida y la de su hijo, pero Ichigo había salido huyendo.

Las manos le temblaban sin control cuando alzó el dibujo para mostrárselo a Rukia. Los latidos del corazón golpeaban fuertemente en el pecho y el dolor en la sien había aumentado de forma considerable en tan solo unos segundos.

Ahora ya no sería capaz de olvidarlo de nuevo. Los gritos de su madre, el olor de su sangre. La risa del hombre mientras el cristal le desgarraba el rostro.

Apenas pudo contener la náusea. La expresión de Rukia no ayudaba en absoluto. Miraba horrorizada el dibujo de Ichigo. Se había puesto pálida, e Ichigo creía saber por qué.

—Di, Rukia… ¿Lo conoces?

Ella intentó hablar, pero no le salió la voz. Tuvo que hacer un segundo intento.

—Es… Es Zaraki Kenpachi. —susurró horrorizada, tan bajo que Ichigo casi no pudo escucharla—. Es…El asesino de tu madre…

Continuará…

Siento mucho el retraso. No sé si os acordáis de que os había dicho que estaba enferma… Bueno, últimamente estoy algo mejor, así que espero poder ponerme al día con la historia.

Una cosa que os quería comentar es que sé que Rukia y (sobre todo) Ichigo están bastante OoC. Es un poco a propósito, en el sentido de que (por desgracia) en este fic Ichigo no tiene los medios para plantarle cara a "los malos" que tiene en la serie. (¡Ni tampoco se enfrentan a las mismas cosas, que eso también influye mucho a la hora de desarrollar su relación!). Así que, por supuesto, tendrá que encontrar otras estrategias para conseguir lo que quiere. Y eso incluye ser hasta un poco dulzón con Rukia. Espero que no os moleste mucho. Si no es así, aún estoy a tiempo de cambiarlo.