Ohaio preciosas!

Que gusto que les este gustando esta trama...

El héroe de la historia ciertamente es Baby... (ojos soñadores) él conquistó mi corazón desde el principio...

Por un momento me vi tentada a ponerle el nombre de cierto descendiente Quileute, pero al leerlo ,me di cuenta que la primera vez que Bella y Edward se conocen, el diálogo ( y la historia en general) no tendría sentido... (consultese capítulo 1, la escena previa al disparo con la pistola de bengalas)... además, no quería herir a las chicas del Team Jacob. Honestamente, ese chico es demasiado bueno para la Bella original y no es correcto convertirlo en la mascota de nadie. (Seguro, seguro, ahora si me caen los jitomatazos, je)

Disfruten el capitulo... que se ira poniendo cada vez mas interesante.

Un besote!

Matta ne!

Esta es una adaptación. Nada, con excepción del placer por adaptar y publicar, es mío.

Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer y la historia... al final les digo.


10: Misión imposible.

Bella veía poca cosa más allá de la luz del fuego en la playa. Tenía los ojos adoloridos, pero no quería dejar los prismáticos. Hacía por lo menos una hora que Edward se había ido. Debía de encontrarse por allí, en algún lugar, pero ella no había logrado verlo. Unas cuantas veces le había parecido vislumbrarlo, pero en realidad lo único que había visto eran olas. Bajó la mirada hacia la playa. Tampoco había podido ver a Baby, aunque sabía dónde se encontraba.

Una música de mariachis llegaba hasta Bella con tanta claridad como si una banda de ellos se encontrara tocando en la playa. No era una gran amante de ese tipo de música, y tuvo claro que, a partir de ese momento, la odiaría. Tenía el abundante pelo castaño sucio y picaduras de mosquitos en los brazos, y su único consuelo era que nadie le disparaba en esos momentos. Y que nadie le disparaba a Edward, tampoco. Todavía no, por lo menos.

Al final, se le cansaron los brazos y bajó los prismáticos. Se había en vuelto las piernas con el chal, pero los mosquitos de la isla eran fastidiosos y le habían picado a través de la tela. Estaba cansada y dolorida, y tenía tan ta hambre que habría vendido su alma por un plato de macarrones con queso y una barrita de chocolate. En lugar de eso, mató a un mosquito que se estaba dando un banquete en su cuello. Si Edward no regresaba pronto, Bella acabaría perdiendo tanta sangre que no podría ni andar.

El mero hecho de pensar en él le provocaba una sonrisa. No era lógico. No tenía ningún sentido. Pero claro, el síndrome de Estocolmo no te nía sentido. En todo ese torbellino, Edward había sido lo único constante. Lo único estable. Real.

Como si el mero hecho de pensar en él fuera una invocación, Edward apareció de repente a su lado. Llevaba a Baby debajo del brazo, y Bella nunca había visto nada tan maravilloso. Deseaba estampar un enorme beso en los labios de Edward y, después, besarle todo el cuerpo. El perro gimió con emoción cuando Bella se puso de pie, pero no pudo ladrar porque la mano de Edward le tapaba el hocico.

—Necesito la cinta adhesiva —le dijo Edward en voz apenas audible—. Está en la bolsa de lona.

Cuando Bella la encontró, Edward le pidió que cortara un trozo, con el que le envolvió el morro al pobre perro.

Aunque sabía que era necesario, Bella sintió lástima por él.

—¿Puede respirar?

—Sí, señora —contestó Edward, con voz de hombre ocupado en su tra bajo, mientras le daba el perro—. Sólo que no puede ladrar.

Aunque Baby Doll intentaba quitarse la cinta adhesiva con la pata de lantera, su cuerpo tembloroso expresaba su alegría.

—No sabes la cerca que has estado de convertirte en ciudadano mexicano —le dijo Bella mientras lo apretaba contra sus pechos.

—Colombiano —la corrigió Edward.

Se arrodilló delante del saco de lona y Bella se dio cuenta de que lleva ba un rifle a la espalda. Del bolsillo trasero le sobresalía una gorra de béis bol gris. Y, aunque no estaba segura, le pareció que el cañón del rifle esta ba recubierto con algún tipo de goma.

—¿Vas a matar a esos tipos? —le preguntó Bella.

—¿Tienes alguna objeción?

Edward sacó de la bolsa los dos trozos de espuma de poliestireno y se pu so de pie.

¿Tenía alguna objeción? No, si no quedaba otra solución.

—No —contestó.

Bella sujetó a Baby mientras Edward volvía a colocarle las alas acuáticas.

—¿Has matado alguna vez a alguien?

En lugar de contestar, Edward le preguntó:

—¿Crees que podrás nadar sin hiperventilar y sin hacer ruido?

Con tal de salir de la isla, ella podía hacer cualquier cosa.

—Sí.

—Bien, porque de eso depende que podamos largarnos de aquí.

Edward se arrodilló otra vez delante de la bolsa. Sacó la linterna y un mapa, para a continuación guardar el chal dentro. Acto seguido, llenó el saco el bolso de Bella con piedras grandes.

—¿Qué estás haciendo?

—Esto va a ir a parar al fondo del lago. No quiero dejar nada que pue da identificarnos.

—Ahí tengo el cepillo de dientes. Lo voy a necesitar.

—Tendrás uno nuevo mañana por la mañana.

Pero lo que Edward no le dijo era que también podía estar muerta maña na por la mañana.

—Necesitaré mi monedero. —Al oír el elocuente gruñido de desespe ración de Edward, agregó—: Vale, pero necesito la American Express.

Edward sacó el dinero en metálico que Bella tenía en el monedero, pero no la tarjeta de crédito. Con la mano que tenía libre, Bella se remetió el di nero en el sujetador.

Con un solo movimiento, Edward se puso en pie y se colocó la linterna y el mapa bajo un brazo. Luego, del bolsillo trasero extrajo algo cuadrado. La luz de la luna brilló en el envoltorio de papel plateado, y Bella pensó que se trataba de una de esas chocolatinas que el servicio de los hoteles deja en cima de las almohadas.

—¿Es chocolate?

—Un condón.

Por unos instantes Bella la observó en la oscuridad. Tenía que estar de broma.

—Creí que dijiste que éstos eran demasiado pequeños para ti.

Edward la miró.

—No son para mí.

Por una fracción de segundo, a Bella le pareció que Edward sonreía.

—Coge esto —le dijo Edward, y le lanzó la linterna. Edward abrió el condón, estiró el látex y enfundó la linterna con él. Cuan do hubo acabado, la ató a su cinturón.

—Quiero que me sigas sin hacer ningún ruido.

Enrolló el mapa y la envolvió con un condón.

—Tú y yo, y tu mascota, vamos a nadar hasta esa lancha, subiremos a bordo y saldremos pitando de aquí. —Edward se ató el mapa al cinturón—. Cuando te diga que hagas algo, quiero que lo hagas. No la pienses dos veces Simplemente, hazlo. Ahora mismo quiero que digas «Muy bien, Edward».

Bella no estaba en el ejército. No estaba acostumbrada a recibir órdenes. Pero confiaba en Edward e iba a poner su vida y la de Baby en sus manos.

—Muy bien, Edward.

Edward se llevó las manos a las caderas y la miró de arriba abajo.

—Vas a llamar la atención más que un faro en la oscuridad.

—¿Qué hago?

—Ahora me encargo de eso. Pero primero tenemos que repasar el P.O.

—¿P.O.?

—El plan de operaciones —le explicó Edward—. Cuando estemos a bordo de la lancha, me colocaré en la parte trasera y, cuando te la diga, quie ro que enciendas los motores.

—¿Yo?

—¿Has conducido alguna vez una lancha?

—No, pero una vez conduje una moto.

Edward se pasó la mano por la barba.

—Es más sencillo que conducir una moto. Sólo tienes que girar la lla ve y empujar el acelerador manual hacia delante.

—¿Tengo que meter alguna marcha?

—No te preocupes por eso. Está lista para arrancar.

—Vale, girar la llave y empujar el acelerador —repitió Bella con el es tómago encogido—. Si en lugar de eso, tiro del acelerador, ¿iremos hacia atrás?

—Sí, y ni se te ocurra hacerlo.

El estómago de Bella se encogió todavía más. Podría hacerlo. Seguro.

—¿Algo más?

—Sí, mantén la cabeza agachada. —Edward se ajustó el rifle a la espal da—. ¿Lista?

No del todo.

—Sí, Edward.

—Pues vamos allá.

Bella, de pronto, se sintió mal. Había llegado el momento de la verdad. O escapaban de la isla o morirían. Siguió a Edward hasta el lago y esperó mientras él sumergía la bolsa y su bolso de Louis Vuitton en el agua. Todas sus posesiones desaparecieron dentro de esa laguna. Bella sujetó con fuerza a Baby mientras bajaban la colina en dirección a la playa. Tal como había prometido, seguía a Edward. Metió la mano en el bolsillo trasero de los tejanos de él, como había pensado hacer esa mañana, y ninguno de ellos hizo el menor ruido.

Se arrodillaron al lado del arroyo que esa mañana habían atravesado en su trayecto hacia la cima de la colina. Edward le dio la gorra de béisbol y, mientras Bella se recogía el pelo debajo de ella, Edward hundió los dedos en el barro y se la esparció por el rostro y los brazos. Luego le tocó a ella, y Bella cerró los ojos chocolate mientras él le untaba las mejillas con el barro sucio, frío y húmedo.

—Piensa que se trata de una mascarilla —le susurró Edward.

Bella abrió los ojos y lo miró.

—Ese barro está limpio —replicó.

Edward arqueó una ceja y le dirigió una sonrisa. Su rostro estaba tan cer ca del de ella, que al sonreír, la rozó con la mejilla.

—¿Barro limpio? Eso sí que es una novedad.

La música de mariachis dejó de oírse y Edward se giró para observar la pla ya. Las voces apagadas de tres hombres se oyeron por encima del sonido de las olas; sus juramentos no sonaban tan estridentes como antes. Edward aga rró un puñado de barro y, con toques rápidos, le embadurnó las piernas y los brazos a Bella. Baby intentó saltar de sus brazos, pero ella lo aferró con más fuerza. Luego, Edward se levantó y ella lo siguió a través de los árboles y los arbustos. Bella estaba asombrada del sigilo con que Edward se movía pese a su corpulencia. Avanzaban por las sombras más oscuras, y Edward a veces se fundía tanto con ellas que Bella tenía que agarrarse a la camisa para no per derlo. A veces, ella alargaba la mano y tocaba la espalda de Edward sólo para asegurarse de que aún estaba allí, cálido y vivo. Y cada vez que lo hacía, Bella se sentía un poco más fuerte.

Edward la condujo a una parte de la playa que se encontraba alejada de los hombres borrachos y, juntos, se internaron en el océano. Las olas pasa ban entre sus pantorrillas y luego entre sus rodillas y muslos, limpiándole el barro que ya empezaba a provocarle picores. Bella caminó hasta que só lo los hombros le sobresalían del agua y, a partir de ese momento, ella y Baby empezaron a chapotear contra la corriente con poco éxito.

La tercera vez que Edward volvió atrás a buscarla, le agarró la mano por debajo del agua y se la colocó sobre el cañón del rifle. Bella sujetó a Baby con la otra mano y, sin medir palabra, Edward los arrastró. Bella intentaba ayu dar impulsándose con los pies, procurando no hacer ruido, pero tenía la sensación de que Edward no necesitaba su ayuda.

El agua salada se le metía en los ojos y en la boca. Perdió uno de los zapatos y tenía los músculos de las piernas y de los brazos agotados. Parecía que llevasen una hora nadando cuando, por fin, llegaron a la lancha. Edward cortó la cuerda del ancla, cogió a Baby de los brazos de Bella y la depositó dentro de la lancha. Con una mano se sujetó a la embarcación y con la otra empujó a Bella por el trasero hacia arriba. Bella se tumbó en el suelo de la lancha como un pez exánime y se quedó mirando al cielo nocturno. Estaba tan cansada y tenía tanto miedo que no podía respirar con normalidad. Edward tiró el rifle dentro de la barca y le dio con él en el hombro. Luego lancha se meció con fuerza cuando Edward subió a bordo y cayó encima de Bella, sacándole todo el aire de los pulmones. Inmediatamente, Edward la liberó de su peso y se puso a cuatro patas.

—Recuerda —murmuró—: cuando te haga una señal, gira la llave y empuja el acelerador.

Una señal. ¿Qué señal? Bella tenía la garganta tan seca que no podía de cir nada. Sólo fue capaz de asentir con la cabeza.

—Bella —Edward levantó la visera de la gorra que Bella llevaba—, ¿estas hiperventilando otra vez?

Bella se tapó la boca con una mano y asintió. Dios mío, hiperventilar justo ahora. Allí, dentro de una lancha que pertenecía a unos traficantes de drogas, mientras éstos se emborrachaban y se lo pasaban en grande practi cando el tiro al blanco contra cualquier cosa con sus metralletas. Bella tenía que girar la llave y apretar el acelerador. ¡Ése no era un buen momento pa ra desmayarse! Un pequeño chillido de angustia salió de sus labios.

—Vamos, cariño —murmuró Edward mientras le frotaba los brazos—. Relájate. Puedes hacerlo. Sólo relájate. Respira despacio por la nariz.

Bella se concentró en el perfil oscuro del rostro que tenía delante, en la tranquilidad de la voz de Edward y el olor del agua de mar en su piel. Notó que Baby reposaba la cabeza encima de su pantorrilla. Bella se esforzó al máximo por controlar el miedo.

—¿Te sientes mejor?

Bella aspiró profundamente y llevó una mano al pecho de Edward.

—¿Qué señal? —consiguió preguntar, luchando por mostrar una tranquilidad que no sentía.

—Levantaré la mano y, cuando quiera que gires la llave y empujes acelerador, cerraré el puño.

—Vale, Edward.

—Ésta es mi chica. Recuerda, hagas la que hagas, mantén la cabeza agachada.

Edward le dio un beso rápido y gateó hasta la parte trasera de la lancha.

Mantener la cabeza agachada. Girar la llave. Empujar el acelerador. Podía hacerlo. Bella se tumbó sobre el estómago y se arrastró por entre dos barriles de plástico y una especie de cajón. Se deslizó al lado de un asiento alargado, hasta el timón. Con el tacto, localizó el timón, la llave y el acele rador.

Levantó la cabeza un poco para mirar por encima del asiento y al enarcar las cejas sintió la frente cubierta por el barro. La negra silueta de Edward, dibujada al fondo acababa de apoyar el cañón del fusil contra uno de los motores. Más allá, la hoguera de la playa despedía una luz de color naranja. Los tres hombres estaban de pie alrededor del fuego, y las metralletas estaban en la lancha hinchable a una distancia de unos treinta metros de ellos. El sonido de sus voces y risas ebrias le erizaban el vello de la nuca. Bella sentía el aire nocturno como un manto pesado y húmedo sobre su piel. Uno de los tres hombres se separó de los otros y se dirigió hacia el cuarto, que estaba inconsciente encima de la silla. Le propinó una patada en el pie y luego tiró de la cuerda, sacando su extremo de debajo de la silla. El hom bre miró a sus pies y, despacio, se agachó para recogerla. Se quedó con templándola como si no diese crédito a la que veía. O, mejor dicho, lo que no veía.

Se giró hacia los hombres y su voz llegó por encima del agua hasta Bella:

¿Perro?—llamó en español.

Bella le echó un rápido vistazo a Edward, una fracción de segundo, desean do que se diera prisa. Baby subió al asiento, pero Bella, sin apartar los ojos de la playa, lo obligó a bajar. Uno de los hombres se volvió hacia la lancha y Bella contuvo el aliento. El hombre caminó hasta la orilla del agua, y Bella oyó que las voces de la playa subían de tono, excitadas.

—Vamos, Edward —murmuró Bella con el rostro pegado al respaldo del asiento.

Como si éste la hubiera oído, levantó la mano, la miró y cerró el puño.

Bella se dio la vuelta y, sin que la mano le temblara, encontró la llave, la llave y empujar el acelerador. Eso fue exactamente la que hizo.

No pasó nada. Lo intentó otra vez y el motor emitió un ruido pero enseguida se paró.

—Mierda, mierda, mierda —masculló Bella.

Oyó que las voces de la playa aumentaban de volumen, y probó de nuevo.

Nada. Lanzó una ojeada por encima del hombro y vio que los hombres corrían hacia la balsa. Entre el caos, Bella oyó la voz de Edward.

—Es el momento de irnos, cariño.

Bella giró la llave, pero el motor petardeó y se paró. Lo volvió a intentar y esta vez el motor se encendió con un ruido ronco. Bella apretó el acelerador al máximo. La lancha salió disparada hacia delante y el sombrero de Bella salió despedido. Sujetó el timón y lo mantuvo firme. La lancha chocaba contra las olas y la noche se llenó con el tableteo de las metralletas. Bella agachó la cabeza y esperó que Edward hubiese hecho lo mismo. No podía ver hacia dónde se dirigían, pero supuso que no importaba mucho siempre y cuando se apartasen de la playa. La noche era tan oscura que no habrían podido ver nada de todas maneras.

Entonces, de repente, una explosión, como un trueno, encendió el cielo. Bella miró hacia atrás y vio que el Dora Mae estallaba en una gran bola de fuego. Sonaron dos explosiones más y trozos del yate salieron volando en todas direcciones. Edward se levantó, y su silueta se recortó contra las llamas que devoraban el yate. Con las piernas separadas levantó el puño en un ges to triunfante, como si fuera el campeón mundial de los pesos pesados.

Edward había pasado buena parte de su vida profesional en el frío y la hu medad. Aunque no era su forma preferida de pasar la noche, ya estaba acos tumbrado a ello. Pero Bella no. Edward encontró una manta en el fondo de la lancha y se la dio.

—Quítate la ropa mojada —le aconsejó mientras tomaba el control del timón.

La luz que brillaba en la isla se alejaba. Edward se desató la linterna y el mapa que llevaba atados al cinturón. La lancha estaba equipada con todo tipo de artefactos y era todo la que un traficante podía necesitar para localizar los alijos de droga flotantes en el Atlántico. Edward se sentó junto a Bella y le enfocó el rostro con la linterna. A Bella le temblaban los dedos y tenía dificultades en desabrocharse los botones. Se le habían amoratado labios y apretaba con fuerza al perro contra su pecho.

Con una mano en el timón, Edward la ayudó a quitarse el vestido. Lo arrojó al fondo de la lancha. Luego, se las apañó para desprenderle la cinta del hocico a Baby. El perro emitió una serie de fieros ladridos mientras Edward los tapaba a los dos con la manta.

—Quédate ahí un poco más —le dijo Edward, fijándose en el GPS

Encendió las luces de la lancha y desplegó el mapa. Sobre los mandos encontró un lápiz y una libreta, y utilizó el lápiz para marcar las coordenadas. Quería asegurarse de que la guardia costera encontrase la isla y a los cuatro traficantes de droga.

Edward no creía que la explosión del Dora Mae hubiera matado a nadie: seguramente sólo había hecho llover un poco de fuego encima de esos tíos y les había chamuscado un poco el pelo.

A algunas personas les habría parecido excesivo hacer explotar ese ya te, pero a Edward no. A pesar de que no creía que esos hombres fueran capa ces de reparar el Dora Mae, no estaba dispuesto a dejarles la opción de in tentarlo. Tampoco quería arriesgarse a que encontraran cualquier cosa que Bella o él hubieran podido olvidar y que les permitiera seguirles la pista. Además, había muy pocas cosas en este mundo comparables a una buena explosión.

Edward encendió la radio, y no le sorprendió no oír nada. De todos mo dos, el hecho de que no detectara a ningún barco por la zona no significa ba que no hubiera ninguno. Sintonizó a la guardia costera y alcanzó el mi crófono.

—¿Cuál es tu segundo nombre? —le preguntó a Bella. No quería anunciar a la guardia costera ni a nadie que Bella y él se encontraban en una lancha rápida robada.

—Marie —le contestó temblando.

—Grupo de guardacostas de los cayos de Florida, grupo de guarda costas de los cayos de Florida, aquí el barco Marie ¿Me reciben? Cambio.

Esperó medio minuto antes de repetirlo. Nada. A la luz de la panta lla, leyó su posición y determinó que la tormenta los había arrastrado unas noventa millas al sureste de los cayos. Sesenta millas al sur de su anterior posición a bordo del Dora Mae.

—¿Dónde estamos? —preguntó Bella, con las mandíbulas apreta das—. ¿Estamos cerca de Florida?

—A unos ciento treinta kilómetros —respondió él, demasiado cansa do para convertir con precisión millas náuticas a kilómetros. Cuando lle gara a casa, dormiría por la menos tres días seguidos.

—¿Quieres compartir mi manta?

—No, ya no falta mucho.

Los tres motores de la lancha les permitían viajar a una velocidad superior a cincuenta nudos, pero no tenían ninguna protección contra el viento así que Edward mantuvo la velocidad a veintiséis nudos. El cielo estaba totalmente despejado y plagado de estrellas.

—Ed... Edward.

—Qué.

La miró. Había sacado una mano de debajo de la manta y se estaba quitando el barro de la frente. Los mechones del pelo castaño le caían sobre el rostro y en ellos brillaba el pálido reflejo de la luna. La luz dorada del cuadro de mandos caía sobre sus labios y sobre su boca, como miel, mientras hablaba.

—De verdad pensé que íbamos... que íbamos a morir —balbució, un poco más alto que el rugido de los motores.

—Ya te dije que me aseguraría de que llegaras a casa.

—Lo sé.

Baby sacó la cabeza de la manta, miró alrededor y volvió a meterse en ese rincón cálido y seguro junto al pecho y el vientre de Bella.

Ese perro no sabía lo afortunado que era. Edward sí, y habría preferido no saberlo.

Incluso ahora, sintiendo el frío y el viento cortante en los dedos de los pies y las mejillas, el recuerdo de esa piel suave le provocaba una ola de ca lidez en el vientre. Habría sido mucho mejor que se hubiesen separado sin que él llegara a saber la maravilloso que era hacer el amor con ella. Habría sido mejor que hubiera pasado el resto de su vida como cualquier otro hombre, imaginando cómo sería sujetar ese rostro entre las manos y besar esos labios.

Ahora que ya lo sabía, le resultaría mucho más difícil renunciar a ello. Renunciar a ella.

Ahora sabía que debajo de esas curvas de modelo había una mujer con coraje y determinación, el tipo de valor que él admiraba.

Cuantas más millas recorría la lancha en dirección a la costa de Florida, más se acercaba el momento en que la entregaría a los guardacostas. Una vez que hubiera realizado el trabajo, tendría que poner distancia entre ambos. Bella no le pertenecía, pero cuando ella le apoyó la cabeza en hombro, Edward no consiguió apartarla. Mantuvo una mano en el timón y con la otra se acercó el micrófono a la boca.

—Grupo de guardacostas de los cayos de Florida, grupo de guarda costas de los cayos de Florida, aquí el barco Marie. ¿Me reciben? Cambio.

Nada.

—Edward, cuando nos rescaten, por favor, no me dejes.

Edward no podía prometerle eso.

—¿Edward? —Bella levantó la cabeza y la miró.

Por primera vez, Edward no hizo una promesa que no podía cumplir. Un crujido procedente de la radio le evitó responder. Se oyó la voz de un guardacostas.

Edward. Guardacostas. Roger, Skipper, por favor, comunique su posición, cambio.

Edward se quedó quieto y admiró el hermoso rostro de Bella Swan. Luego se acercó el micrófono y dio el primer paso hacia casa…

… y hacia una vida sin ella.