Capítulo 11

Su corazón dio un vuelco. Albert. William Albert Andrew. Su amigo. Su mejor amigo. Su tutor y protector. Una de las mejores personas que había conocido en su vida.

- Albert, yo…

- Descuida, ya me queda claro que no necesitas ayuda. Perdona haberte molestado.

- No, no, espera, espera…

- ¿Qué?

¿Qué? ¿Qué iba a decirle? Hacía tres años que no se veían y en todo ese tiempo le había enviado con suerte dos o tres notas. Nunca más habían conversado. De pronto el peso de la conciencia la hizo sentir muy pequeña y miserable. Toda una vida juntos olvidada. Y ahora la encontraba así, rabiosa, sola, perdida y gritando como una ordinaria.

- Bueno, veo que no tienes mucho que decirme. Como siempre, supongo. Me alegra saber que estás tan bien –dijo Albert haciendo hincapié en el "tan".

- Albert, perdona, perdona, no quise ofenderte es sólo que, que… bueno…

- Olvídalo, Candy, no necesitas darme explicaciones. No quisiera ser grosero, pero de verdad tengo que irme. Me esperan mañana en una reunión muy temprano.

Albert se quedó mirándola. Llevaba un vestido hermoso. Cómo había crecido en tres años. Ya no quedaban rastros en su cuerpo de la chiquilla que saltaba los muros del San Pablo… sólo sus modales. Se veía hermosa, no había duda, pero sus ojos… sus ojos no hablaban de felicidad.

- Tú siempre tan ocupado de tus negocios, ¿cierto? – comentó en tono despectivo Candy.

- Es mi trabajo. Y me gusta, ¿qué puedo decir? Al final me he acostumbrado muy bien a esto de las inversiones y las grandes decisiones. Mi padre disfrutaba mucho lo que hacía. Me alegra poder seguir su ejemplo.

- Desde luego –contestó la rubia sintiéndose fatal. No sólo le había gritado groseramente, sino que ahora sin querer hablaba mal del trabajo que Albert disfrutaba y que su padre también había disfrutado.

Un incómodo silencio se dejó caer entre ambos. Eran los únicos que quedaban en el lobby del teatro y desde la puerta un empleado les hacía señas para que se retiraran. Debían cerrar.

- Bueno, creo que de verdad debemos irnos, Candy. Esta pobre gente debe cerrar el local.

- Claro, claro –dijo contrariada. ¿Qué iba a hacer ahora?

Salieron del teatro y Candy se detuvo sin saber qué hacer a continuación, mirando en todas direcciones.

- Adiós, Candy.

- Adiós.

Sin más demora, Albert dio media vuelta y emprendió la retirada. La noche estaba fresca y caminaría hasta encontrar un taxi. No sabía en qué lugar de la ciudad estaba, pero no era problema. Era un trotamundos y aquello era como revivir los viejos tiempos. Además, le daría tiempo para despejar su cabeza tras el desagradable encuentro con Candy. ¿Desagradable? La sola idea lo sorprendió. Pero en honor a la verdad, el momento había sido todo menos simpático. Candy estaba irreconocible. ¿De verdad había estado alguna vez enamorado de ella? Bueno, bueno… todos teníamos un pasado que nos abochorna un poquito y un presente que nos alivia.

Como de costumbre, se fue tranquilamente silbando por la calle, alegre y despreocupado. Cuando cruzó la segunda cuadra, algo lo hizo mirar hacia atrás. Para su sorpresa, una delgada figura de verde seguía parada sola en las puertas del teatro. La visión era algo inquietante. Era casi media noche. ¿Qué estaba esperando Candy ahí parada?

Decidió seguir caminando, pero esta vez un poco más lento. Media cuadra más tarde volvió a mirar atrás. Candy seguía ahí, pero un taxi se detuvo. Bien, ya se iría. Sólo quería asegurarse de que subiera… Sí, muy bien, había subido al taxi. Ella podía ser una grosera, pero él sería siempre un caballero. El taxi partió y Albert retomó su camino, pero casi de inmediato el ruido de un fuerte frenazo lo hizo voltear de nuevo hacia el teatro.

A menos de cinco metros, el taxista había parado y Candy bajaba rápidamente del auto en medio de los gritos del chofer. "Sinvergüenza" y "estafadora" eran las palabras más decentes que le oyó decir al hombre, quien apenas dio tiempo a Candy para bajar, para luego continuar su rápida carrera. Candy también le gritó algo que Albert prefirió ignorar.

Eso no estaba bien. No sabía si debía volver o no sobre sus pasos y no sabía si ella realmente necesitaba ayuda, pero las cosas no pintaban bien. Avanzó media cuadra y a la distancia pudo ver que Candy intentaba en vano cubrirse con el delgado chal que llevaba. Se notaba que tenía frío y, además, cojeaba.

- Perdona que me entrometa, Candy –dijo Albert acercándose a regañadientes a la chica –, pero no pude evitar ver esa escena con el taxista.

- ¿Eh? –Candy lo miró sorprendida.

- ¿Estás segura de estás bien? ¿Por qué cojeas?

- No sé…

- ¿Tal vez por culpa del sillón que tuvo la mala idea de atravesarse en tu camino? –preguntó con una sonrisa Albert.

- Tal vez… –contestó la chica sintiéndose profundamente tonta.

- Ok, dime de una vez, ¿necesitas ayuda o no? Ya es casi media noche…

- No… bueno… – se debatía entre el orgullo y la necesidad – creo que tal vez necesite un poco de ayuda.

- Ajá – contestó Albert.

- Es que… es que… yo… no sé volver a mi hotel.

- ¿A tu hotel? ¿Estás de visita aquí?

- Sí.

- ¿Y cuál es tu hotel?

- Pues… no recuerdo el nombre.

- Oh. Fabuloso. ¿Recuerdas dónde estaba?

- Frente a la playa.

- Genial. Creo que vi unos veinte hoteles junto a la playa esta mañana.

- Lo sé –dijo Candy abatida.

- Muy bien, pero si tomas un taxi y le das algunas indicaciones al taxista seguro sabrá llegar a tu hotel. – Candy bajó la vista apenada – ¿Qué pasó con el taxista que recién te botó? ¿Por qué lo hizo?

- Es que… no… yo no… traigo…

- ¿Qué? ¿No traes qué?

No traigo dinero…

- ¿No traes dinero? –preguntó alarmado Albert – ¡Pero es una locura! ¿Vienes sola al teatro con un vestido finísimo, zapatos de tacón y cartera de brillos, bien maquillada y con un peinado de salón, pero sin dinero y sin saber en qué hotel te hospedas?

- ¡No estoy sola! – lo contradijo furiosa Candy.

- ¿Ah no? ¿Y entonces, qué estás haciendo aquí todavía?

- Simplemente estoy esperando a Terry que ya debe estar por venir por mí.

- Ah… muy bien. Terry. Debí imaginarlo. Bueno, ahora comprendo que de verdad no necesitas nada. Terry siempre te ha cuidado muy bien, así que no hay razón para preocuparse –dijo sarcástico Albert–. Salúdame a tu novio, Candice. De verdad lamento haberte molestado – sentenció dando media vuelta.

- ¡No, no! Espera, no te vayas por favor, Albert, perdona, estoy siendo una tonta.

- No me digas… ¿y eso?

- Lo que pasa es que… bueno, realmente ni yo sé qué pasa. Terry y yo llegamos a Los Ángeles esta mañana y me dijo que saldríamos esta tarde, pero en lugar de llegar al hotel, envió a un chofer que me trajo hasta el teatro. Debió haber llegado hace horas, pero seguro tuvo un inconveniente y pues… yo salí apurada y ya ves… es todo una locura, lo sé, lo siento, Albert. En realidad, no sé dónde estoy, no sé cómo volver y no tengo dinero. El taxista casi me golpeó cuando le dije que le pagaría en el hotel.

- ¿Y tu novio te expone de continuo a este tipo de situaciones? –preguntó severo Albert.

- No… o sea…

- Está bien, Candice, no necesitas darme explicaciones. Nunca fue necesario. Haremos parar un taxi y le pediremos al chofer que te lleve a tu hotel. Sólo explícale bien cómo es y cualquier otro detalle que recuerdes, seguro él podrá identificarlo.

- Pero es que no tengo…

- No te preocupes, yo le pagaré. Lo importante es que llegues de una vez a tu hotel.

- Albert, perdóname.

- Está bien, está bien –dijo en tono fastidiado.

Ambos guardaron silencio. Un tenso silencio. Cinco minutos después, para alivio de ambos, un taxi se detuvo frente al teatro. Candy subió, le dio las explicaciones al chofer y éste de inmediato supo de qué hotel se trataba. Estaba al otro lado de la ciudad, al menos a 40 minutos de viaje, así que la carrera sería algo cara.

- Descuide, señor, por favor, sólo preocúpese de dejar a la señorita en su hotel. Su novio debe estar muy preocupado –dijo mirando a Candy con una sonrisita irónica–. Yo le pagaré ahora mismo. Deme un momento… disculpe… sólo un momento. Vaya… ¿dónde puse mi billetera? Je je je… perdone, lo estoy haciendo perder el tiempo, ya casi la encuentro, no tardo… no tardo…

Cinco minutos después y tras una nueva ola de insultos dirigidos esta vez contra Albert, los dos estaban parados frente al mismo teatro.

- ¡Seguro, sinvergüenza! ¡Si tú eres William Andrew, yo soy Terruce Grantchester! – le gritó entre risotadas el chofer alejándose a toda velocidad.

La broma no le había hecho ninguna gracia. En el apuro por llegar a tiempo al teatro, Albert había olvidado su billetera.

Ahora sí que estaban en problemas.

Continuará…


¡Holas!

Muchas gracias por todos los comentarios que han dejado hasta ahora sobre mi trabajo. Los he leído todos. Algunos los he contestado directamente, pero en otros no hay forma de contestarles. Así que ocupo este espacio para agradecerles de corazón por sus palabras. Espero que les guste el resto de la historia y que me tengan paciencia. Soy un poco lenta para actualizar, pero trataré de hacerlo al menos cada dos días.

Un abrazo y gracias mil.

PCR