Capítulo 10
Incómodo y tenso por el vasto desierto barrido por el viento que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, Zarbon Cadenas miraba sombrío por el cristal de la cabina mientras esperaba que cogieran el teléfono.
—Eh, jefe, soy yo —saludó sin entusiasmo cuando Freezer respondió por fin—. Estoy aquí en Alamierda, Wyoming, como me dijiste.
—Arabesque —le corrigió Freezer.
Zarbon se encogió de hombros; no se le ocurrió pensar que Freezer no podía verle a través de la línea telefónica.
—Lo que sea. Es uno de los sitios más horrorosos que he visto en mi vida. Jamás había estado en ninguna parte donde uno pudiera ver hasta el infinito. Bueno, quitando el mar, que por lo menos es azul. —Un escalofrío involuntario lo sacudió—. Me pone los pelos de punta, jefe. Aquí no hay nada más que artemisa. Echo de menos el barrio.
Freezer ignoró la queja.
—¿Has contactado ya con Maron?
—No. Por aquí de momento solo ha pasado un autobús, y en ese no iba. —Al ver su reflejo en el cristal, se sacó un pañuelo del bolsillo para limpiar sus cadenas. Se sintió algo mejor al ver que comenzaban a brillar—. Joder, la de polvo que hay aquí —rezongó—. El viento no para nunca.
—A ver si nos concentramos —le ordenó la voz impaciente de Freezer—. ¿Has inspeccionado ya el territorio para controlar la situación cuando llegue Maron?
—Sí. Hay una nave refrigeradora detrás del motel, donde puedo meter al cazarrecompensas mientras la saco de aquí. Y luego hay tropecientas mil hectáreas de terreno para elegir dónde dejo el cuerpo. —Zarbon frunció el ceño mirando su tenue reflejo en el cristal—. ¡Estás seguro de que tengo que matarla, jefe? ¿No podría solo darle un susto? La chica siempre me ha caído bien…
—Ya te lo he explicado muchas veces —le interrumpió Freezer con el tono tenso y frío que indicaba que estaba perdiendo la paciencia. El Cadenas se enderezó—. Te lo voy a decir otra vez, pero quiero que prestes atención, porque es la última. ¿Me estás escuchando?
El Cadenas asintió, concentrado en la necesidad de asimilar cada palabra. —¡Zarbon! ¿Me estás escuchando?
—Sí, jefe.
—Maron sabe que te pagué para que te encargaras de Zangya —explicó Freezer, despacio y vocalizando—. Eso significa que estamos cubiertos de mierda, Zarbon, pero hasta arriba. La única forma de salir del lío es que Maron no pueda testificar.
—Ya, pero seguramente ella no diría nada.
—¿Estás dispuesto a apostar tu libertad?
Zarbon Cadenas se tomó su tiempo para pensarlo.
—No —contestó por fin—. Supongo que no. —Porque el jefe solía tener razón. Era un tío listo.
—Ya, eso pensaba. Ya sabía que eras demasiado inteligente para eso.
El orgullo hinchó el corazón del Cadenas. Pero las siguientes palabras del jefe arruinaron por completo su momentánea euforia.
—¿Te has cambiado el traje de seda por ropa del Oeste, como te dije?
Zarbon contempló con disgusto su camisa de cuadros y sus Levi's nuevos y tiesos. Mierda, la camisa ni siquiera estaba bien planchada. Todavía conservaba en las mangas cortas las marcas de haber estado doblada. Alzó la mano para tocar lo único que le gustaba de su atuendo: los brillantes eslabones plateados y turquesa que formaban la banda en torno a su nuevo sombrero Stetson. —
Sí —contestó taciturno—. Parezco un puto nativo. Todavía no he visto a ninguno que sepa vestir como es debido.
—Es necesario, Cadenas. Tienes que pasar desapercibido.
—Ya. —Vio que el polvo ensuciaba la punta de su zapato de cocodrilo y alzó el pie para limpiarlo contra la pernera del pantalón. Se quedó un momento admirando el restaurado brillo y el sutil dibujo de sus calcetines de seda. Una vez restablecido su sentido de la elegancia, volvió a alzar la cabeza.
Y se encontró de narices con unos ojos castaños que le miraban a pocos centímetros del cristal polvoriento de la cabina. —¡Joder! —Golpeó con la espalda la puerta de la cabina en un involuntario intento de poner el máximo espacio posible entre aquella criatura y él.
—¿Cadenas? —chilló la voz de Freezer a través del teléfono. El auricular rebotó en la repisa metálica y quedó colgando de su cordón umbilical plateado—. ¡Cadenas! ¿Qué coño pasa ahí?
—¡Eh! —Zarbon Cadenas exhaló una bocanada de aire mientras se enderezaba poco a poco. Cogió el auricular de nuevo y contestó—: Es un caballo.
Miró al animal con recelo. Este había alzado la cabera de manchas Marones, asustado por el súbito movimiento de Zarbon y el estrépito que lo siguió, pero ahora extendía el cuello para acercar la cara de nuevo al cristal. —Joder, es enorme. —Haciendo un esfuerzo por esbozar un razonable amago de sonrisa, habló con dulzura—: Anda, caballito. Vete a casa. —Y entonces vio las riendas atadas al poste junto a la cabina—. ¡Mierda, algún hijo de puta lo ha atado aquí a mi lado!
—¿Quieres olvidarte del jodido caballo un momento?
—Lo único que me separa de ese bicho es un cristal muy fino, jefe. No es tan fácil olvidarse. —Cadenas apartó la vista del musculoso animal marrón y blanco para mirar el paisaje infinito—. Joder, no solo no tienen palmeras, sino que no hay ni un árbol. Todo es marrón. Y en todo este estado de mierda no hay ni un solo edificio de más de dos pisos. Esto es deprimente.
—Mira, voy a decirte una cosa —replicó Freezer en un tono Cadenas se preguntó cuál sería el problema: no era el jefe el que estaba metido en aquel agujero de mierda—. Tú haz el trabajo que tienes que hacer, y en cuanto termines, te traemos de vuelta a casa.
—De vuelta al paraíso —dijo el Cadenas con voz soñadora—. Donde puedo ponerme de nuevo ropa decente, y los únicos caballos que tengo que ver están al otro lado de la valla de Hialeah.
—Exacto. Lo único que tienes que hacer es solucionar el problema de Maron. Luego coges el primer avión de vuelta.
Zarbon Cadenas sonrió imaginándoselo. Volver a casa. Cielos azules y palmeras, verdes de día y siluetas negras recortadas de noche contra los atardeceres rojo sangre de Miami. Luces de neón y edificios de color pastel. Tíos que sabían vestir y chicas cubanas de dientes muy blancos que embutían los cuerpos en vistosos vestidos de verano. La idea de volver a casa le inundó de renovada confianza. —Es pan comido, jefe —aseguró—. Ya puede reservarme el billete, porque el trabajo está hecho.
Freezer colgó el teléfono y se arrellanó en la silla, frotándose las sienes doloridas. —Está hecho —masculló para sí. La idea de tener a Zarbon Cadenas suelto por ahí sin nadie que lo guiara, y lo que era peor —que Dios les ayudara a todos— un Zarbon Cadenas gallito, era como una lanza gélida de hielo clavada en sus entrañas. «El trabajo está hecho.» Las palabras alzaban un desagradable y resonante clamor en su cabeza. «El trabajo está hecho, desde luego.» Que Dios le oyera. O estarían los dos de mierda hasta el cuello.
Por tercera vez en menos de media hora, Raditz pisó el acelerador a fondo y adelantó a otro motorista de las Montañas Rocosas. El seco exabrupto que masculló expresaba su opinión. Maron dejó de mirar, indiferente, el paisaje que veía por la ventanilla, se arrellanó en el asiento del coche de alquiler y se quedó mirando a Raditz.
—¿Sabes? Antes de empezar este viaje contigo, jamás imaginé que hubiera tantos conductores en Estados Unidos que se llamaran Cabrón.
Raditz la miró un instante antes de volver a concentrarse en la carretera. Estaba disgustado, pero no se arrepentía de sus arranques de mal genio, que por alguna razón se sucedían con mayor frecuencia cuanto más tiempo pasaba en compañía de Maron.
—Ya. Pero, joder, ¿dónde les han dado a estos idiotas el carnet de conducir? ¿En una feria de tractores? No se puede ir a setenta kilómetros por hora en una autopista. ¡Es para matarse!
Maron alzó una ceja.
—Y un infarto no mata, ¿verdad? Si te parece una forma de morir mejor que la feria de tractores, yo te aseguro que de una manera u otra uno se queda muerto y bien muerto.
—Maron, cariño, los infartos vienen cuando uno no desahoga su rabia. Lo que yo estoy haciendo es reducir los riesgos para mantenerme sano.
—¡Venga ya! ¿No esperarás que me trague esas chorradas, verdad? Mantenerte sano… ¡Y una mierda! Ya mismo te veo haciéndoles cortes de manga y contándome que es un método aprobado por la Organización Mundial de la Salud para controlar la tensión sanguínea.
Raditz esbozó una sonrisa y a Maron le dio un brinco el corazón. Mirándole con los ojos entornados, intentó ignorar aquella parte de sí misma que gritaba: «¡Por Dios! ¡Está buenísimo! Qué manos más bonitas. Una sonrisa preciosa». Porque aquello no hacía más que debilitar su firme propósito de Nada de Sexo Hasta que Encontremos a Bulma.
Vamos a ver… ¿Por qué le había parecido una buena idea? Bueno, fuera cual fuese la razón, Maron sí se acordaba de que en su momento le había parecido una decisión estupenda. Y pensaba respetarla, joder, o por lo menos no sería ella la que tomase la iniciativa. Porque con eso no solo traicionaría cualesquiera que fueran sus razones, sino que además quedaría como una idiota sin personalidad. Lo más inteligente era lograr que él violara la regla. Sí, aquella sería la solución perfecta, porque así podría disfrutar de los beneficios sin lo desagradable de las responsabilidades. Y además, eso no podía ser tan difícil. De todos era sabido que los tíos piensan con el pene, y Raditz desde luego no era ninguna excepción.
Maron había desarrollado con los años ciertas estrategias con las que cualquier hombre adulto acabaría suplicando. A lo mejor, si empleaba astutamente alguno de sus trucos con Raditz, acabaría tan harto de aguantarse que la arrojaría sobre la cama más cercana o cualquier otra superficie horizontal razonable, y se emplearía a fondo con ella. Sentía calor solo de pensarlo. Lo de emplearse a fondo era una idea estupenda. Claro que por otra parte a Maron nunca le habían hecho mucha gracia las mujeres que usaban esos trucos para salirse con la suya. Y Raditz tenía esa vena de caballero en lo referente a las chicas, de manera que la idea de verlo utilizando la más mínima fuerza para lograr que pasara algo entre ellos era tan improbable que podía descartarlo.
El estilo de Raditz era más bien la seducción. Desde que le conocía, siempre se había mostrado gentil y encantador con todas las mujeres con las que había tratado. Y había que reconocerlo, en el lote se incluían una o dos verdaderamente desagradables a las que había tenido que echar del club. Pero Raditz jamás había perdido sus modales encantadores. Bueno, menos con ella. Se volvió para mirarlo detenidamente y se preguntó cuál sería el motivo. Con la vista fija en su hermoso perfil, intentó dilucidarlo.
—¿Qué? —ladró él de pronto, y Maron dio un respingo y se llevó la mano al pecho para calmar el martilleo de su corazón.
—¡Joderrr, Raditz! ¡Me has dado un susto de muerte! ¿Qué pasa?
—¿Por qué me estás mirando así?
—¿Te estaba mirando? Vaya. No me había dado cuenta.
Raditz guardó silencio unos instantes, y cuando quedó claro que ella no pensaba dar más explicaciones, le espetó: —¿Y bien? Maron parpadeó.
—¿Y bien, qué?
—¡Que por qué me mirabas así!
—Ya te he dicho que no me he dado cuenta. Estaba pensando en cómo tratas a las mujeres.
Raditz la miró con gesto receloso.
—Las mujeres —repitió, con cuidado de no dar ninguna inflexión a su voz—. ¿Y estabas… esto… estabas pensando en alguna en particular?
—Pues no, la verdad. Pensaba en cómo nos tratas a todas.
—¿Y cómo os trato?
Maron esbozó una sonrisa tierna, porque era evidente que Raditz esperaba una trampa. ¿Por qué era siempre tan suspicaz?
—Siempre eres encantador. Simpático. Sereno. —De pronto se quedó callada, mirándole con la boca abierta—. ¡Vaya, Raditz LaBon! ¡Te estás poniendo colorado!
—De eso nada. —Raditz le clavó la mirada para acallarla. El rubor que invadía sus mejillas hacía destacar el negro de sus ojos.
Maron decidió ser magnánima y darle un poco de cuartel.
—Bueno, si tú lo dices… —Se mordió una cutícula y luego hizo un esfuerzo por bajar la mano al regazo—. Escucha, ¿te acuerdas de la chica a la que tuviste que echar del Tropicana el invierno pasado? ¿La que quería meterse entre las gogós del escenario?
—Joder, claro que me acuerdo. Me arrancó media cara a arañazos antes de que por fin consiguiera echarla fuera.
—Siempre me he preguntado por qué no la tumbaste en cuanto te atacó.
Raditz volvió bruscamente la cabeza y la miró con auténtica expresión de horror.
—¡Era una mujer!
—Raditz, estaba borracha y tenía muy mala leche, y tuviste la cara infectada más de una semana por la roña que tenía en las uñas. De haber sido un hombre, la habrías tumbado al instante.
—Ya. A ver, cariño, ¿dónde quieres ir a parar? Es evidente que no voy a permitir que un tío se largue de rositas después de una mierda así. Es hasta divertido y todo liarla un poco. Así se saca la agresividad. —Raditz volvió a centrarse en la carretera, pero no sin antes clavarle una mirada de desaprobación—. Pero un hombre no puede ir por ahí pegándole a una mujer, por mucho que se lo merezca.
—¡Pues a mí me apuntaste con una pistola! —¡Pero no iba a disparar! Era solo para conseguir que cooperaras, cuando todavía pensaba que eras tu hermana.
—Hablando de eso, todavía tenemos que aclarar una cosa. —Maron de pronto entornó los ojos—. ¿Qué era la mierda aquella de las piernas de Bulma?
—¿Eh?
—No te hagas el tonto, Raditz. Cuando estaba intentando demostrar que yo era Cat, me miraste las piernas, pensando que eran las de ella. Y dijiste: preciosas.—Maron pronunció la palabra con el mismo tono profundo y sexual que él había utilizado.
—¿Estás celosa por un cumplido de nada?
—¡Yo no estoy celosa!
—Ya. —Raditz sonrió—. Bueno, pues son muy bonitas. —Le miró las piernas, largas y esbeltas, enmarcadas entre su minifalda y los altos tacones, y su mirada se oscureció un momento antes de volver a centrarse en la carretera—. Muy bonitas. Así que yo solo le dije, te dije, la verdad.
—¡Estabas tonteando con ella!
—De haber estado tonteando con alguien, nena, y no estoy admitiendo que lo hiciera, habría sido contigo.
—Ya, perfecto. Solo que tú entonces no sabías que era yo. Tú pensabas que yo me había largado y desde luego no tardaste ni un momento en empezar a coquetear con mi hermana.
—¡No estaba coqueteando! Solo estaba apreciando sus piernas. ¡Qué demonios, las tuyas! —Raditz se frotó la cabeza—. Las tuyas, las suyas, las suyas, las tuyas. ¡Joder, me está entrando dolor de cabeza! Eran unas piernas bonitas y lo dije. ¿Qué piensas hacer? ¿Pegarme un tiro? A las mujeres os gusta que os digan esas cosas.
Maron resopló.
—Es evidente que no sabes tanto de mujeres como crees. Sí, a algunas les gusta que les digan esas cosas. A la mayoría, puede ser. Pero si de verdad hubiera sido Bul, te habría arrancado la piel a tiras.
—¿Por qué? ¿No le gustan los piropos?
—No le gusta que los desconocidos irrumpan en su casa y luego se pongan a babear mirándole las piernas, eso seguro.
—¿Ah, sí? ¿Y qué habría hecho Bulma, eh? ¿Me habría pegado? Porque entonces se parecería más a ti de lo que tú me has hecho creer.
—¡Maldito seas! ¡Ahora incluso estás fantaseando con pelearte con mi hermana! ¡Pues ya puedes soñar, pringado! Bulma te habría hecho pedazos con esa lengua que tiene. Te habría dejado helado. Te habrías quedado balbuceando como un idiota.
Raditz se volvió hacia ella alzando las cejas.
—Pues entonces qué suerte que fueras tú y no Bulma, ¿eh? Gemelas de fuego y hielo, y yo tengo la de fuego. —De pronto frunció el ceño—. Por lo menos antes de que decidieras dejarme a dos velas. Ahora lo único que tengo son los huevos morados.
—Ay, pobre. ¿Quieres que les dé un besito para que se curen?
—Sí —gruñó él.
De pronto el ambiente en el coche se cargó de tensión, y los dos guardaron silencio. Hasta que Maron respiró hondo y cogió el mapa de carreteras.
—¿Cómo se llamaba el pueblo donde Scott dijo que podríamos alcanzarles?
—Arabesque.
—¿Tendrán allí manicura? Bul se ha llevado todas mis cosas, y yo necesito una manicura como el comer. Tengo las uñas hechas polvo. — Maron pasó un dedo por el mapa y lo detuvo en el pueblo en cuestión, frunciendo el ceño—. Pero si no es más que un puntito de nada…
—Sí, supongo que lo único que necesita el autobús para la parada del almuerzo es que haya un bar.
—¡Joder, mira! En todo el estado no hay más que uno, dos, tres, cuatro pueblos de cierto tamaño. ¿Qué hará la gente por aquí para divertirse?
Siguieron en silencio un rato, hasta que por fin Raditz se volvió hacia ella.
—¿Has pensado en lo que vamos a hacer cuando demos con tu hermana?
Maron le miró con gesto inexpresivo.
—Pues claro. Rescatarla.
—Ya. ¿Cómo?
Maron parpadeó.
—No es tan fácil, Maron. Bulma va hacia Miami escoltada por un cazarrecompensas. Y el tío no nos la va a entregar así sin más, ya te lo digo yo. Seguro que va armado hasta los dientes.
—Tú tienes una pistola.
—Sí, pero seguro que él está dispuesto a usar la suya.
Maron meneó los hombros con gesto pensativo.
—Bueno, pues le cogeremos por sorpresa.
—Vale, digamos que sí. Como te vea, puede que hasta se dé cuenta de que se ha equivocado de hermana. —Raditz tendió la mano para ponerla sobre su muslo, justo por encima de la rodilla. Apartó la vista de la carretera el tiempo suficiente para dejar a Maron clavada en el asiento con la intensidad de su mirada—. Pero ¿por qué crees que el tío va a rendirse sin más? Es su trabajo. Se gana la vida con esto. Y puedes estar segura de que vendrá a por nosotros con todas sus ganas.
—Bueno, entonces podemos atarle y alejarnos todo lo posible antes de que se suelte. ¡Ay, yo qué sé, Raditz! —gimió desesperada—. La inteligente es Bul…
Él le dio un apretón en la pierna.
—¿Quieres dejar de decir esas cosas? —rugió.
—¿El qué? ¿Qué he dicho? —Maron le dio una palmada en el brazo y luego intentó apartarle la mano—. ¡Raditz! ¡Me estás haciendo daño!
—Deja de decir que eres tonta —gritó él. Pero le soltó la pierna y volvió a aferrarse al volante, con tanta fuerza que se le quedaron los nudillos blancos. Luego volvió a clavarle una mirada fiera—. El hecho de que no hayas ido a la universidad como tu preciosa hermana no significa que no seas tan inteligente como ella.
—Pues no lo soy.
Raditz volvió a mirarla furioso, y ella le acarició el muslo con gesto conciliador.
—Es la verdad, Raditz. Eso no quiere decir que yo sea tonta, porque no lo soy. No soy tonta. Pero Bulma es la más rápida, la más ingeniosa. Tenía que serlo. A mí eso no me importa, excepto tal vez cuando me meto en algún lío idiota del que no sé cómo salir y recurro a ella. Yo siempre fui la que sabía relacionarme mejor. Puedo hacer amigos mejor que ella. Qué demonios, sé que soy mucho más divertida que ella. Pero Bul es más lista, o por lo menos es más rápida pensando. Es un hecho, como el que yo sea peliazul o que tenga unas tetas de miedo. —Maron trazaba con los dedos dibujos abstractos por el duro muslo de Raditz.
Él miró un instante sus tetas de miedo.
—A lo mejor lo que pasa es que no has ejercitado tu inteligencia natural.
—¿Eh?
—Bueno, me imagino que es como un músculo. Si no lo trabajas, no se desarrolla. Tú nunca has tenido que ejercitar tu capacidad para pensar porque siempre tenías a tu hermana que pensaba por ti. Pero si queremos seguir adelante con esto, cariño, más vale que pensemos un poco y tengamos claro lo que vamos a hacer cuando demos con Bulma y el cazarrecompensas.
—¿Y no podríamos sencillamente avisarla de que estoy aquí, dispuesta a ayudarla, y dejar que ella dé con la manera de escapar?
—No. Tenemos dos opciones. Lo dejamos ahora mismo y salvamos el pellejo, que es lo que yo voto por hacer, o decidimos hacer las cosas bien.
¿Depender de su propia inteligencia? La sola idea la aterrorizaba. Se mordió el labio, tentada de apoyar el voto de Raditz y darse por vencida. Pero respiró hondo, exhaló despacio y dijo:
—De acuerdo. Lo haremos bien.
—¡Maldita sea! —exclamó Raditz, dándole un golpe al volante—. ¡Ya me temía yo que ibas a decir eso!
