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CAPÍTULO 10
Mejor que eso; nada
Una hora después Candy dormía a lado con una camiseta suya, pues cuando todo terminó, su cuerpo, desprovisto de masa muscular, entró en invierno.
Sentir placer era algo a lo que estaba acostumbrado. Darlo para obtenerlo, llegar al límite y sentirse saciado al instante; también. Pero, jamás sintió lo mágico que era proporcionarlo sin esperar nada cambio.
Con ella así fue. Despacio, viajó con sus labios por partes que nunca había pensado querer conocer de una chica y por otras que sabía, la enloquecerían. No obstante, en esos pequeños momentos, donde besaba su palma, o saboreaba su muñeca, a Candy la hacían casi hiperventilar. Aventurarse más, para conocer más y de ese modo saber qué y cómo le gustaba a esa joven con la que estaba viviendo una aventura extraña, era algo que nunca se permitió experimentar.
Lágrimas de ansiedad, de deseo contenido, de momentos tan álgidos permeados de sudor, de gemidos y jadeos celestiales que solo alguien como ella podía emitir; fue como tener un millón de orgasmos. Pero observarla llegar, desesperada, incluso asustada, no tuvo comparación con ningún mágico momento en su existencia.
Sonrió, girándose un poco para verla. Dormía boca abajo, con su rostro girado hacia el suyo. Su mano delicada reposada casi a un lado de su boca. Acarició su mejilla evocando todo lo que en el día pasó. Candy se estaba colando con asombrosa facilidad en sus pensamientos, en los momentos, en su vida.
Cerró los ojos quitando la mano y llevándose los dedos al puente de la nariz.
No, no, no entraría en eso. La chica lo enardecía, lo enloquecía si era sincero, su ingenuidad lo consumía, sus dulces expresiones lo mantenían en vilo, sus besos lo enfermaban, pero eso no significaba nada, ni lo significaría nunca. Aprovecharía el tiempo que todo ese deseo existiera, que esa marea de ansiedad por saberse en su interior generaba. Pero nada más… Solo eso, no quería necesitar, mucho menos amar y no lo haría, no en ese momento por lo menos.
—Candy, es tiempo de ducharte. —Candy abrió los ojos lentamente. Se sentía exhausta. Dejó salir pequeños suspiros girándose. Terry estaba a su lado, sentado, vestido—. Saldré por algo de desayunar. No tardes, hay que irnos pronto —se sentó, frotándose los ojos adormilada.
—¿Qué hora es? —Él sonrió quitándole algunos cabellos del rostro. Los mismos que lo despertaron hacía media hora. Algo cosquilleaba en su nariz y al intentar quitarlo se encontró con aquel cuerpo tibio pegado al suyo. Su trasero y espalda los tenía contra su pecho, mientras su mano descansaba enrollada en su diminuta cintura, por lo mismo su melena desordenada se acercó a su nariz provocándole cosquillas. No quiso moverse al principio. Metió la mano bajo la camiseta y acarició con posesividad su piel. Era tan suave, tan tersa. De inmediato, el deseo llegó. Rodó los ojos sonriendo. No, con Candy así era simplemente imposible mantenerse a una temperatura normal. Así que con cuidado se levantó y optó por un baño.
—Casi las siete… Anda, perezosa —y le quitó las cobijas juguetón.
Ella arrugó la frente y su deliciosa boca un tanto caprichosa, eso era nuevo.
—Hace frío —expresó abrazándose.
—Aunque muero por calentarte yo, no tenemos tiempo. Ve y deja que el agua haga su trabajo, ahora regreso. —Sin más le dio un beso sobre la frente y desapareció. Iba ataviado con un jeans, junto con unas botas de montaña, una camiseta de manga larga oscura y un chaleco de nylon negro. Sintió un revoleteo en el estómago, ese que a última fecha aparecía cada vez que lo evocaba, pero que cuando lo tenía cerca, incrementaba escandalosamente y la hacía sentir en otra galaxia, capaz de sonreír todo el día y olvidar lo que en su vida acontecía.
Dejó que el líquido vital masajeara sus músculos adoloridos. Dios, lo que vivió la noche anterior fue algo que incluso recordándolo en ese momento, volvía a avergonzarla y a prenderla desde el centro como si de un volcán se tratara. Hizo a un lado esos pensamientos achicharrantes y se dedicó a lo que debía.
Salió relajada cuando él llegó. Al verla, sonrió complacido. Vestía jeans entubados, unas botas con cintillas, un suéter grueso y el cabello con una inocente línea de lado detenido por un pasador cualquiera. Se veía demasiado comestible, demasiado linda.
—Traje café, muffins y fruta —señaló, tendiéndole un vaso tapado—. ¿Si te gusta? —Deseó saber, curioso. Ella asintió, tomándolo entre sus manos para calentarse—. Ahí hay leche y azúcar. No supe con qué pedirlo…
—Leche —admitió, abriéndolo y sirviéndose un poco de forma delicada. Mierda, olía intensamente a naranjas. Casi desiste de la excursión, así que mejor salió a la terraza y prendió un cigarrillo en lo que la veía engullir sin más un poco de lo que compró. Se terminó el pan, picoteó un poco de durazno y mango. Negó, sonriendo a lo lejos. Era única.
Veinte minutos después salían rumbo a aquel lugar.
—¿Qué música te gusta? —deseo saber, mirándola de reojo. Algo hacía con su cámara muy concentrada.
—Escucho mucha clásica, pero…, la tuya no me desagrada—admitió, haciendo pequeñas muecas sin voltear.
Sonrió, se veía muy tierna.
—Creí que te gustaría, no sé… La balada pop y esas cosas.—Candy alzó el rostro frunciendo los labios. ¡Mierda, debía dejar de hacerlo!
—No… Prefiero eso —y señaló su reproductor. Terry asintió. The Strokes tenía buena música, pero era raro que le agradara si lo que solía escuchar eran esas aburridas melodías que su madre usaba para leer en la sala y que lograban hacerlo huir de inmediato.
—Eres extraña, ¿sabes? —notó cómo se tensaba, dejando de hacer lo que hacía—. ¡Ey! —Clavó juguetón sus dedos en su delgada pierna—. Me agrada, no me hostigas… Ni me mareas con tonterías. —Le guiñó un ojo. Candy relajó el gesto riendo al sentir cosquillas.
—Deja eso, no las resisto —rio quitándole la mano.
Al llegar, Candy observó todo, intrigada, con suma atención. Había gente, una explanada que seguro era verde algunos meses. Más adelante, unas piedras gigantes amarillentas, y de muchos otros tamaños, se alzaban frente a ellos a varios metros. Vegetación por todos lados, propia de ese lugar. Quitándose cabellos del rostro debido a los fuertes vientos característicos de esa temporada, lo contempló encantada, sintiendo bullir en su interior esa vitalidad que le generaban los espacios abiertos.
—¿Qué es aquí? —Terry agarró su mano y la hizo caminar en aquel suelo irregular.
—«El Diente», aquí vienen a rapelear más que nada —y señaló varios chicos con arneses y equipo de montaña—. Pero tú y yo iremos por acá. Hay cosas que te gustarán y no tan arriesgadas—sonrió avanzando.
—¿Venías aquí? —preguntó siguiéndolo y fijándose bien en no caer.
—Sí.
—¿Sabes hacer eso? —señaló a los chicos que iban dejando atrás.
—Sí, mi padre y yo lo hacíamos con frecuencia. —Su tono dejó claro que no diría más, así que concluyó la conversación—. Hay pequeñas rocas que podrás subir sin problema, te gustará cómo se ve todo.
Dos horas después Candy perseguía una ardilla con la cámara entre las manos mientras él, sentado en una roca no muy alta, la observaba. No había parado desde que le indicó ese sitio. Fue, vino, se movía con agilidad, notó a veces, siguiéndola, otras viéndola a los lejos, mientras fumaba un cigarrillo. Esa chica tenía vitalidad.
—¡Ey!, no te vayas… Solo una —la escuchaba hablar con el animalillo como si este le fuera a escuchar. Rio negando. En serio sí era una chiquilla, aunque opuesta a Lily, pues ella era extrovertida, hablaba hasta por los codos, lograba que la evocara de forma agradable sin poder evitarlo. Los recuerdos se agolpaban uno a uno en su cabeza. Las miles de veces que fue ahí, que pasó incluso noches acampando cuando aún era seguro. Las ocasiones que logró, con ayuda de su padre, llegar a la cima.
Ya no practicaba el rapel, no desde que todo ocurrió, y aunque iba al gimnasio a desfogar la energía, el deporte al aire libre nunca volvió a llamar su atención.
El viento sobre el rostro, el silencio del lugar añadido a ese sonido único de la naturaleza, acompañado de esa joven singular que ahora estaba agachada, capturando una imagen; lo hacía sentir… En paz, más sereno que en mucho tiempo.
Observó su cigarro recordando los problemas que le acarreó cuando su madre se enteró de ese vicio. Cuando su padre, sin estar de acuerdo, le dijo que no podía prohibírselo, pero que ojalá algún día lo dejara. Negando, lo apagó, descendió y se acercó a ella.
—¿Cómo va todo? —Candy giró con las mejillas encendidas, sonriendo, despreocupada, con esos ojos de color tan peculiar, excitados.
—Es perfecto, Terry. —Él sonrió, quitándole un cabello del rostro.
—Me alegro, chiquilla. —Una parvada pasó sobre ellos, eso de inmediato la hizo girar y abstraerse en lo suyo.
Un poco más tarde la instó a subir, cuidando de cada uno de sus pasos, a una piedra que no era complicada. Mostrándole una vena temeraria que no creía tuviera, la observó escalar con seguridad. Candy estaba en su elemento, eso era notorio, fascinante. Ya arriba la sujetó por la cintura con miedo a que resbalara.
—Es genial —admitió entusiasmada. Él la invitó a sentarse a su lado para contemplar la paz de ese lugar—. Gracias —musitó, perdida en lo que veía. Terry la observó cautivado mientras ella mantenía su vista al frente, claramente extasiada. Se sentía bien, demasiado bien. Cerró los ojos negando, alejando esos sentimientos.
—De nada —musitó, girando a otro lugar. La joven sacó de nuevo la cámara y volvió a lo suyo. De pronto, lo miró con el aparato en la mano.
—¿Puedo? —preguntó con timidez.
—¿Quieres una para ponerla sobre tu buró? —La retó con sarcasmo un tanto ácido. Ella bajó el objeto percibiendo el cambio en su carácter. Mierda, notar cómo se retraía lo hacía sentir algo en medio del pecho que lo incomodaba—. No me gustan las fotos, solo Candy —le explicó.
—Está bien —admitió, intentando distraerse en algo más qué capturar.
—Una en la que salgamos los dos —propuso, doblegándose y los señaló a ambos, indolente. La joven sonrió aceptando el desafío que vio en su mirada azul marino. Terry era tan extraño, que se encontraba siempre deseando llegar más hondo, más profundo, sin embargo, se topaba con una pared enorme, bien dura, bien fuerte que la hacía desistir por momentos pues era más lo bueno que le ofrecía y eso… Era lo que valía.
Se levantó con agilidad, colocó la mochila sobre una protuberancia, luego ajustó concentrada algo en el aparato con manos hábiles y giró.
—Siéntate más atrás —ordenó con firmeza. Eso casi lo hace reír.
La obedeció complacido, después de todo se iba develando poco a poco. Acomodó el artefacto con cuidado y se puso a su lado, recta.
—No, así no —y la tomó por la cintura recostándola sobre su pecho para que vieran el lente mientras se aferraba a sus brazos riendo y él ladeaba la cabeza pegándola a la suya. Se escuchó el click y, sin más, la hizo darse vuelta para besarla. Candy atrapó su cabeza sintiendo el cabello ralo bajo su palma mientras lo admitía en su interior sin problema.
Varios clicks más sonaron, pero ninguno de los dos prestó atención. Ella, para cerciorase de que saldría una toma bien, la dejó con esa función, no lo recordó al sentirlo así; urgido de su aliento, de probarla de esa manera que ya era tan indispensable como el propio oxígeno.
A mediodía Terry decidió que era hora de partir. Debían engullir algo y el lugar se comenzaba a llenar.
De camino, compró en un sitio de comida rápida después de que Candy le diera lo mismo y terminaron en su apartamento comiendo uno frente al otro conversando, relajados.
—Estoy molido —admitió, aventándose sobre el sillón al tiempo que dejaba su chaleco por ahí. Candy observó el gesto.
—¿Quién te hace de comer y ordena todo? —deseó saber, comiendo helado en su lugar.
—La limpieza, una mujer que viene por las mañanas entre semana —enarcó una ceja, poniendo sus manos en la nuca—.¿Qué?, ¿ves algo sucio? —Candy rodó los ojos, negando.
—No, es solo que no creí que fueras tú quien mantenía todo esto así —dijo señalando el lugar—. Y mucho menos cocinaras.
—No suelo ser desordenado, pero, no, no hago esas cosas, aunque… Sé hacer otras. —Se acercó, le quitó el tazón y la pegó a su cuerpo disfrutando del nerviosismo y mirada única que generaba en ella.
—Yo… —la besó con exigencia.
—Tú aprenderás cuáles… —Minutos después, Candy, sudorosa, temblando aún, permanecía sentada sobre él, acurrucada, lánguida en su pecho. Terry frotaba su columna absorbiendo el aroma de su cabello más que satisfecho—. Tomemos un baño y veamos una película, ¿quieres? —Todo con tal que no se alejara.
Ella asintió sin levantar el rostro. Parecía un gatito ahí, enrollada en ese lugar en el que embonaba perfectamente—. ¿Debes regresar hoy? —negó, alzando un poco el rostro. La noticia, sin comprender el porqué, llenó su pecho de algo que no sabía se pudiera sentir. Besó su nariz asintiendo.
Una hora después veían una cinta de terror en la habitación. Candy, entre jadeos y murmullos, mientras le lavaba a conciencia cada parte de su frágil cuerpo permeándolo todo de esa marea roja llena de erotismo que, con él, ya era común, le dijo que esas y las de suspenso eran sus preferidas.
Absortos, miraron la película sin hablar. Separados, atentos, concentrados. Al anochecer, sin darse cuenta, cayeron rendidos ahí, uno al lado del otro, justo cuando comenzaban el segundo filme.
El impacto producido por el choque de toneladas de fierro, en medio de la noche, con luces multicolor a su alrededor y comprender que ya nada era reversible; lo arrastró en una corriente vertiginosa donde no lograba respirar, donde hubiera deseado que su corazón también colapsara en esa estruendosa colisión y su sitio, en este maldito mundo, quedara vacío, sin ese dolor que soportar.
Con la mano en la garganta, evocando la angustia que generó ese momento, se levantó sudando, produciendo un gemido tan lastimero como el que emite un ser que ve su vida extinguirse sin poder hacer nada.
Por primera vez, desde que ocurrió todo aquello, no deseó que ese momento sucediera, no en ese instante, no de ese modo.
Candy despertó al escucharlo. Asustada, se acercó. Terry temblaba… ¿Se ahogaba? Muerta de miedo, sin lograr comprender lo que ocurría en su mente, se arrodilló frente a él buscando su mirada. Nada, lucía ausente. Decidida y usando sus manos trémulas, sujetó su rostro con esfuerzo, pues se zafaba.
—¡Ey! ¡Tranquilízate!, ¡tranquilízate! Respira, todo está bien—intentó hablar alto para sacarlo de la pesadilla donde parecía aún estar sumergido. El chico, con los dedos enredados en su cuello, sollozaba. Parecía intentar respirar, no lo lograba. La joven, observó alrededor deseando pensar más rápido y de nuevo, lo enfocó—. ¡Mírame! Abre los ojos. ¡Mírame! —Le rogó, zangoloteándolo, con la voz quebrada. Con su fuerza no lo movió ni medio centímetro. Frustrada, se echó el cabello hacia atrás. Lucía aterrado, contraído, dolido hasta lo indescriptible. Sin pensarlo, se pegó a su cuerpo y lo besó.
Al principio, Terry continuó removiéndose, pero, de pronto, rodeó su cintura suavemente para, poco a poco, hacerlo con fuerza. Lo que al principio fue un roce de su parte buscando hacerlo reaccionar, se convirtió lentamente en una invasión de la que dependía su bienestar. Candy notó cómo todo iba pasando, como el miedo iba desapareciendo, como el deseo lo iba reemplazando.
Aliviada, enrolló sus manos alrededor de su cabeza dejándolo llevar el momento cómo decidiera. Jamás había visto esa expresión en nadie, parecía estar presenciando algo realmente abominable, espantoso. Sabía lo que las pesadillas producían y, sin poder evitarlo, le dolía que él pasara por algo semejante.
Terry, en medio de todo aquello solo pudo seguir ese olor que se coló hasta el centro de su mente, de su cerebro, de sus neuronas, mandando señales de alerta, de otro tipo de colisión. Como si se encontrara en el fondo del océano, con una gran cadena aferraba a su tobillo, de pronto, luchando, logró liberarse, llegar hasta la superficie y pudo ser consciente de lo que entre sus brazos había, un cuerpo tibio, frágil, suyo. Sin pensarlo dos veces la aferró como a una tabla de salvación y la devoró con vehemencia. De un movimiento, la tumbó sobre el colchón y se separó jadeante.
Candy lo estudió turbada, intentando traspasar su alma con ese inocente gesto. Pegó su frente a la suya llenando de su esencia los pulmones que hacía unos momentos los sentía del tamaño de una pasa.
Ella lo rodeó con sus delgados brazos escondiendo su rostro en el hueco de su cuello.
—Gracias —murmuró con ternura a su oído. Candy lo aferró con más fuerza, cosa que solo sirvió para buscar su boca y terminar lo que ahí había comenzado.
—No supe qué más hacer —admitió cuando sintió su aliento casi sobre sus dientes. Terry acarició con un pulgar su labio inferior.
—Mejor que eso, nada —y la besó con suavidad, degustando ese par de turrones sabor miel que le generaban un placer indescriptible.
Una pesadilla como esa hubiese terminado con él bajo la ducha y lágrimas de por medio, pero nunca imaginó que un momento tan detestable en sus recuerdos se pudiese volver tan cargado de sexualidad, de deliciosa pasión.
Candy de nuevo dormía, pero ahora acurrucada mientras él acariciaba su espalda desnuda. El día estuvo cargado de recuerdos, de sensaciones que hacía mucho tiempo no rememoraba, pero a su lado fue fácil, incluso agradable.
Bajó el rostro un segundo para esconder la nariz en esa maraña dorada. ¿Cuánto tardaría en verlo de otra manera? Esa pregunta le molestaba.
No soportaría que sus ojos lo observasen diferente, no ella, no Candy. Debido a su propia posición no pasaría mucho antes de que se enterara, sin embargo, sabía que por ahora no tenía ni idea, y sentía la seguridad de que aunque le dijese su apellido, seguiría dándole lo mismo. Ella no era como las típicas chicas con las que salía, o como Sofía, su prima; siempre preguntando la procedencia, los viajes, interesada en los lugares a los que asistía, la ropa que usaba. No, esa joven que descansaba lánguida después de haber compartido su cuerpo de nuevo y sin reparos, no parecía influenciada por esas tonterías, al contrario, la veía siempre muy ajena a todo.
CONTINUARA
