Gracias a la imaginación de Charlaine Harris que nos ha regalado estos personajes con los que jugar. Todos suyos.


11.

La cita iba bien, tal y como la esperaba. Ella resistiéndose un poco a la idea, yo presionando con mi encanto. Hablando claro sobre las dificultades que tendríamos que afrontar, que no iban a ser pocas, y alternando el momento serio con el verdaderamente importante, el que me condujera a su cuerpo y su corazón. Después de haber sentido una oleada de ni siquiera sabía contar cuantos sentimientos, cuando me cogió de la mano, después de tener la certeza de que mi pequeña hada me escondía un secreto que me concernía, después de por fin haber superado todos los obstáculos, el acceso a su cuerpo ya casi lo tenía, su boca ahora ya era mía, estaba tomando posesión de sus curvas y de todo lo demás. Besarla y tocarla me daba la extraña sensación de volver a casa, era como cuando aún era humano y volvía de algún viaje y abrazaba a mi familia. Mentiría si me quisiera hacer el fuerte y dijera que no me abrumaba lo que esa mujer me hacía sentir, y me daba rabia no acabar de definir qué era lo que le hacía tener ese poder sobre mí. Cuando besarla y tocarla no fue suficiente, la llevé hasta la pared más cercana, no era la manera en la que quería tenerla por primera vez, quería que fuese en mi cama, que impregnara mis sábanas y mi cuerpo con su olor y amarla hasta el amanecer hasta que desease que ese fuese el lugar donde quisiera pasar el resto de nuestros días. Amarla hasta que el día me venciese y mis ojos se cerraran mirando su cara. Lo que me hacía volver a lo mismo, ¿por qué me había prendado de esta mujer así? Hacía siglos que no amaba así... ¿Amaba? Mientras la verdad me golpeaba, devoraba el cuello de Sookie y cogía sus piernas que rodeaban mi cintura, y presionaba mi erección contra ella. Sus manos se perdían entre mi pelo y murmuraba mi nombre con desmayo. A esas alturas ya no temía parecer cursi, sabía que lo era, y mi nombre saliendo de su boca era música celestial. Había que joderse...

Mis manos empezaban a perderse debajo de su falda cuando una voz a mi espalda me hizo bajar de repente a la tierra, por no decir al infierno.

_ Oh, vaya, ¿molesto?

¿Qué puñetera probabilidad había de que la reina viniese a mi casa sin anunciarse por primera vez? Casi ninguna, casi. Miré a Sookie intentando tranquilizarla con la mirada pero no iba a ser tan fácil ni tranquilizar a una ni apaciguar a la otra. Me giré con cuidado de dejar a Sookie completamente protegida por mi cuerpo.

_ Freyda, ¿qué haces aquí? – pregunté de forma casual, como si fuese lo más natural del mundo.

_ Ver como mi marido se restriega con una puta rubia – bueno, quizá había sobrestimado la capacidad de comprensión de mi esposa.

_ Primero, no es una puta, sé más respetuosa – "estás hablando de mi futura amante", pensé para mí pero no era el momento de compartir ese propósito con la reina-, no es necesario ser ofensiva, querida. Lo segundo es ¿qué haces en mi casa? Nunca habías hecho esto antes, nunca lo vuelvas a hacer – añadí conteniendo mi rabia.

_ ¿Te tengo que recordar que soy una reina?

_ Lo serás, pero esta es mi casa y en nuestro contrato no pone que puedas entrar y salir a tu antojo de mis propiedades.

_ ¿Ahora tengo que pedir cita para verte? ¿Ponerme a la cola de tu interminable colección de barbies? No tientes a tu suerte, Northman, yo te hice rey, yo puedo acabar contigo.

En eso tenía razón pero que fuese reina no quería decir que fuese más fuerte ni que tuviese más años que yo. Si me atacaba, no iba a salir bien parada, claro que yo tampoco si acababa con una reina. Estaba tan absorto, pendiente de Freyda y de cualquier movimiento que pudiese hacer contra Sookie que no oí el ¡puf! al fondo de la habitación. Sólo la mirada de la reina me indicó que algo pasaba. Me volví y apenas si me dio tiempo a ver al puto hada cogiendo de la mano a Sookie y desvaneciéndose con ella en el aire. Tenía que reconocer que me alegraba de que lo hubiese hecho, por si acaso, que Freyda podría haberle causado algún daño, mínimo, pero no iba a permitir que rozara ni un solo pelo de mi futura amante.

_ Vaya, así que es verdad – su voz sonó sorprendida.

_ No sé de qué hablas.

_ Oh, Eric, querido, sí que lo sabes – me miró con rabia.

_ No, quizá deberías ser más concreta.

_ Que estás encoñado con un hada.

_ ¿De dónde sacas esa idea?

_ Bueno, estabas a punto de tirártela, ¿no?, y ha hecho ¡puf! y ha desaparecido. Me ha parecido un hada, desde luego.

_ Quien se la he llevado, sí, ella no lo es – sentí la necesidad de mentir para proteger a Sookie-. Y si eso te preocupa nunca ha pasado nada entre nosotros, sólo estaba calentándola para comer algo. Parece mentira, como si no supieras que la sangre cuando están excitados sabe mejor... Ahora, esa pobre estará asustadísima y yo me he quedado sin cenar.

Por un momento dudó si creerme o no. El "cariño, no es lo que parece" parecía funcionar y estaba calando en su cabeza.

_ Lo siento, Eric... – murmuró al poco- Yo..., no soporto la idea de... – se detuvo cuando vio mi mirada de aprensión.

_ Freyda, nosotros nos llevamos bien pero esto es un matrimonio de conveniencia. Te aprecio pero sabes que me vi abocado a aceptar nuestra unión. Nunca te he mentido – me reí por dentro- y no voy a empezar ahora, los dos hemos buscado el placer en otros, ¿cómo se llama? – fingí hacer memoria- ¿Héctor? – abrió los ojos sorprendida porque supiera de su amante-, por favor, ¿creías que no lo sabía? Tu humano no es muy discreto que se diga pero no me importa, ya lo sabes, yo no he tenido una humana pero me he alimentado y divertido con muchas en estos diez años. Hasta ahora habías hecho la vista gorda, vas a seguir haciéndola porque ahora quiero tener una humana yo también. He encontrado a alguien que podría ocupar el puesto.

_ ¿Qué parte de no soporto la idea de que estés con otra no entiendes? – sus ojos llameaban.

_ La parte en la que tengo que acatar lo que quieras. Ya no soy un pobre sheriff al que puedes obligar a hacer tu voluntad, aprendí de mis errores y de mis debilidades.

_ No me voy a hacer a un lado... – se obstinó.

_ Freyda, mi única obligación contigo es ir una vez al mes a follarte, no tienes que hacerte a ninguna parte, no es necesario. Te informo de mi intención de tomar a una humana como amante, siguiendo tu ejemplo, te informo de que no hay nada que puedas hacer, te informo de que si a ella le pasara algo, lo que fuese, que se cortase preparándose un bocadillo, te haría responsable y, tú aún no lo sabes, pero no quieres que me enfade contigo – negué con la cabeza para enfatizar mis palabras.

_ Esto no va a terminar así...

_ Claro que sí, ¿quieres algo más o ya te puedo acompañar hasta tu coche?

Abrí la puerta caballerosamente y ella salió porque no veía la manera de quedarse en mi casa aquella noche, no porque quisiera. Era la primera vez que teníamos una discusión. En los años de matrimonio que llevábamos nada nos había hecho pelear, no era que siempre estuviese de acuerdo con ella pero como mi trato con ella se reducía a una noche al mes y a algún acto al que tuviésemos que acudir, tampoco me había importado mucho que hiciese lo que le pareciera, no era como si me afectara a mí personalmente o a alguno de los míos. Pero esto era diferente, no iba a dejar que me jodiese mi plan de vivir con Sookie, ella era la única mujer que contaba para mí, junto con Pam, en el mundo. Todo lo demás no tenía la menor importancia. Cuando intenté librarme del matrimonio descubrí que la reina tenía un humano y que, pese a que había dicho que sí, no se había deshecho de él. Me callé por la ventaja que eso suponía para mí. Como simple sheriff, con lo avanzadas que iban quedado las negociaciones con Ocella más lo que le convenía a Felipe tenerme allí para contentar y frenar a Freyda, no me pude negar sin haber puesto en peligro mi vida y la de todos los que me importaban. Ser rey me colocaba a otro nivel, me daba un poder y una plataforma desde la que empezar a forjar mi nueva vida, y era una vida cómoda y llena de ventajas, no tenía las obligaciones de la reina y sí todas las prebendas de ser un rey. Por eso me callé todos los secretos que en diez años había ido descubriendo. Héctor no era el único. Nunca volvería a estar en desventaja, jamás, y si tenía que montar un espectáculo y traer a la Antigua Pitonisa para que juzgara esto lo haría. Nunca más me iba a dejar manejar de esa manera.

Besé con respeto la mano de mi reina mientras le sujetaba la puerta de su limusina. Si bien tenía muy claro que iba a hacer lo que quisiera, era preferible hacerlo por las buenas. Se estremeció levemente con el contacto de mis labios, lo que era buena señal, aún tenía esa ventaja sobre ella.

_ ¿Te vas a quedar aquí hasta la semana próxima? – pregunté con suavidad.

_ ¿Para qué? – suspiró con tristeza.

_ Freyda, no tiene porqué ser así, ya lo sabes.

_ Eric, tú nunca has querido entender que yo te quiero.

_ Tú sólo quieres lo que no puedes tener. En su momento, yo fui un trofeo, el vikingo que habías deseado antes de apoderarte de tu reino. Me conseguiste, y como no pudiste por las buenas, lo hiciste por las malas, me obligaste a unirme a ti – empezaba a sentirme muy cansado de explicarme-. Hasta ahora, a diferencia de ti, he cumplido con mi parte del contrato. Eso no va a cambiar, una noche al mes soy tuyo. El resto de las noches voy a ser de otra, y no es algo negociable.

_ Eso está por ver... – fueron sus últimas palabras antes de cerrar la puerta y hacer un gesto al conductor para irse.

Me estremeció el tono y la amenaza que escondían sus palabras. Corrí dentro de la casa y me refugié en la biblioteca. Peter me esperaba absorto en su lectura. Se me había olvidado que estaba allí. Le ordené irse y que, si quería, se podía llevar el libro, que ya me lo devolvería la señorita Stackhouse. Me sonrió con entusiasmo, se ve que le estaba gustando y me preguntó por ella, le dije que el señor Pardloe había venido a recogerla, que se fuese y volviese mañana a recogerlo todo, que ya era tarde. Me agradeció otra vez el libro y que le librara de recoger tan tarde y se fue. Gracias a los dioses.

La línea sonó hasta que el buzón de voz saltó. Volví a marcar un par de veces más. Nada, siempre me instaba a dejar un mensaje. Probé con el de su casa, a la cuarta llamada me respondió.

_ Deja de llamar, Northman – rugió la voz de Pardloe al otro lado.

_ Pardloe no es contigo con quiero hablar... – respondí entre dientes.

_ Mala suerte porque soy el único de esta casa al que tienes acceso.

_ Tengo que hablar con ella – volví a insistir.

_ No vas a hablar con ella, mantente lejos de mi mujer, vampiro, lo digo en serio.

_ Eso lo tendrá que decir Sookie, pero no es de eso de lo que quería hablar con ella. Era sobre la reina – me apresuré a decir porque el hada estaba a punto de colgarme y esto era urgente e importante.

_ ¿Qué pasa con tu mujer? – dijo enfatizando sus palabras- ¿No le ha gustado que acoses a la mía?

_ No he acosado a Sookie, ya lo sabes – respondí con una sonrisa, recordando mi nombre saliendo de sus labios. El silencio al otro lado de la línea me hizo volver a lo importante-. La reina es celosa, no estoy seguro de qué puede ser lo que haga pero no estaría de más que la protegiésemos. Voy a ponerle vigilancia mientras está en la ciudad, no creo que pueda hacerle nada, pero la prudencia nunca está de más, ¿verdad?

_ ¿Te das cuenta de la mierda a la que la has arrastrado? – murmuró con rabia- Esto es lo que le ofreces, Northman, y ella merece algo mejor que tú.

_ ¿Tú, por ejemplo? – se quedó callado unos instantes.

_ Yo nunca la he metido en algo así y puedo tomar el sol con ella – dijo con suavidad y tono frío-, ¿puedes decir lo mismo?

Me colgó, el hada me dejó con la palabra en la boca a punto de replicarle pero, ¿qué le hubiese podido responder a eso? Era verdad, si a Sookie le pasaba algo sería por mi obsesión por ella y durante el día estaba completamente fuera de mi alcance y no podía protegerla como el hada o su hermano podrían. Mi vida era una mierda, ¿ahora iba a pensar que si la quería lo mejor era dejarla libre, que era la única manera de que tuviésemos una posibilidad en el futuro? Yo no era un capullo para llegar a semejante conclusión, yo iba a luchar por ella, iba a protegerla y a hacer que se diese cuenta de que la quería. Así que me puse en marcha, llamé a Pam y a Bill y les esperé elaborando un plan que no dejase desprotegida a mi futura amante ni un solo segundo del día y que lo hiciera sin que ella reparase en lo que se estaba haciendo.

Pam entró como una exhalación a los pocos minutos. Había sentido mi enfado y ya estaba de vuelta cuando la llamé. Le expliqué cómo había ido la noche, cosa que ella, ya más o menos, sabía sobre todo la parte en la que estaba excitado y muy feliz..., pero luego empezó a recibir temor e ira y fue cuando decidió volver. Para cuando Bill llegó quince minutos después, ya teníamos un plan. En el trabajo podíamos contar con su hermano y algunos cambiantes más que trabajaban para ellos, en su casa con Pardloe, el resto del tiempo lo cubrirían nuestros cambiantes y por la noche, nuestros vampiros. La reina estaba siendo vigilada ya, hasta que yo llegara, mientras estuviese aquí tendría que estar con ella, la seguridad de Sookie bien valía el sacrificio, pero no sabía si entendería después de lo de esa noche, de lo que le había dicho y lo que habíamos hecho y casi hecho, porqué lo hacía y lo que suponía para mí.

Volví a coger el teléfono una vez Pam y Bill salieron para organizarlo todo y marqué a toda velocidad su teléfono y otra vez me saltó el buzón de voz, pero esta vez sí dejé mensaje.

_ Amante – susurré como si la tuviese delante-. No me arrepiento de nada de lo que he dicho ni he hecho esta noche. Te quiero junto a mí y voy a luchar porque eso sea así. Nunca lo olvides. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que podamos estar juntos. Ten cuidado... – un sorprendente "te quiero" se quedó en mi garganta, y lo más chocante era el sentimiento que había detrás de esas palabras.

En cuanto me recuperé de la impresión llamé a Cataliades para informarle de cómo estaban las cosas. Le dije donde estaban las pruebas de todas las infracciones de Freyda, que no sólo se ceñían a nuestro matrimonio y que seguro, había más de una agencia estatal que estaría encantada de conocer. Maxwell había sido escrupulosamente legal y yo estaba completamente al margen de sus tejemanejes, el hecho de no haber convivido con ella y de verla poco daba mucha más credibilidad a mi inocencia. Había que estar preparados para una guerra si se le ocurría tocar a Sookie. Durante toda la conversación, Cataliades permaneció en un silencio que a mí se me antojó circunspecto y triste, interviniendo sólo para hacer preguntas pertinentes y concisas. Al final, por fin dijo algo.

_ Entiendo que no se puede tapar el sol con un dedo, pero, señor, dadas las circunstancias, ¿no cabría la posibilidad de que Sookie no volviese a pasar por esto?