Disclaimer: La mayoría de estos personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Capitulo 10: Nueva invitada

Viernes, 25 de abril de 1873.

Había pasado alrededor de una semana desde que se había incorporado un nuevo miembro del servicio al gran castillo. Isabella había pasado todos esos días aprendiendo. Sin embargo, aún le faltaban varias cosas por aprender. Y también debía aprender a ignorar por completo las miradas que Lord Greenwich le daba. Casi ya era una rutina. Pero no podía acostumbrarse. No podía evitar sentir su corazón acelerarse cada vez que sus ojos esmeraldas se posaban en ella, como si esperara que cometiera un error para echarla de la casa cuanto antes. Se sentía un estorbo ante medio mundo en esa casa. Alice le había dicho que no estaba metiéndose en el trabajo de nadie y que no les estaba impidiendo tener un sueldo más grande ahora que ella también recibía dinero, pero Isabella seguía pensando que estorbaba.

Edward Cullen se dirigía hacia el comedor donde estaría reunida toda su familia. Al llegar, se encontró con una Isabella adormilada sirviendo el primer plato del desayuno. Esme estaba sonriente al lado de su padre, mientras que éste comía sin apuro alguno. Rosalie no se encontraba ahí y Jasper ingería como si nunca hubiera sido educado en una casa fina. Tomó asiento al lado de su hermano mientras otra sirvienta le servía su plato. Se quedó totalmente embobado cuando apreció a Isabella servirle una taza de café enfrente. La chica lucía seria y triste, como la mayoría de las mujeres del servicio. No le quitó los ojos de encima a pesar de que ella no le veía de vuelta. Era obvio que no lo haría, no podía.

Pero Isabella sentía su mirada calculadora en ella y tuvo que luchar con todas sus fuerzas para que la sangre no se le subiera al rostro. Al final la única salida segura fue bajar la cabeza, hacer una pequeña reverencia y quedarse al lado de la vajilla completamente inmóvil, justo atrás de él, esperando a que alguno de ellos terminara o pidiera algo. Se preguntaba por qué la niña no se sentaba con ellos, probablemente porque aún era pequeña como para sentarse a la mesa. De todas formas no dejaba de pensar en dónde podría estar. No la había visto desde aquella vez en la que se metió a su cuarto como un huracán de fuego. Anhelaba verla más que a nada en el mundo. Observarla un poco más que aquella ultima vez, notar cuál eran sus gustos y cuáles no. Intentar conocerla.

Alice le pegó en el hombro disimuladamente para sacarla de esa especie de burbuja. Se lo agradeció con el alma, pues el rubio ese le llamaba. Se dirigió hacia él cargando una bandeja con algunos postres. Él, por suerte, no se tardó mucho y pudo deshacerse de la mirada de Edward una vez más.

El señor de la casa se puso de pie e Isabella se tensó. No sabía si podía hacer algo mal, pero presentía que así sería. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Por suerte Alice le tocó el hombro y le dijo que ella se encargaba. Asombrosamente, al momento en que él se puso de pie, el resto de los miembros sentados a la mesa, dejaron de comer. Isabella sabía que era lo normal, puesto que hacían lo mismo en su casa cuando era más joven. Respeto.

Los ojos de Edward volvieron a quemarle la piel.

Edward había esperado poder verla cuando Esme le dijo que había querido entrar a trabajar antes. Pero para su sorpresa no se la topó ni una sola vez en todo el rato que anduvo rondando la casa. Quería hablar con ella, pero no sabía acerca de qué ni por qué, era algo extraño. Tal vez quería hacerlo para advertirle que se quedara callada acerca de lo que había pasado aquella noche, aunque no estaba del todo seguro. Tampoco quería asustarla, lo cual parecía hacer con tan solo mover un dedo.

Isabella ayudó a Alice a levantar todo y limpiarlo hasta que quedara como si hubiera sido ese mismo día el que hubieran adquirido el gran comedor. Aún sentía el picor que provocaba la mirada del padre de su hija sobre ella. Pero su rostro se mantenía relajado e inexpresivo, como si nada la mantuviera atada a la vida. Hacía todo casi automáticamente.

―Sabes, mañana es nuestro día libre. ¿Quieres acompañarme? ―le preguntó Alice cuando llegaron a la cocina y dejaron todos los platos en el gran fregadero donde alguien más se encargaría de ello. Isabella la miró dudosa.

―¿Acompañarte a dónde? ―dijo con un dejo de sospecha. La risa aguda y melodiosa de Alice se alzó sobre el sonido del humo saliendo de las ollas.

Era sorprendente lo rápido que se había acostumbrado a Alice. Era una persona con la que era bastante fácil hablar. Lograba distraerse con ella en todo momento, a pesar de llevar días de conocerse. Esa pequeña mujer se había ganado un espacio en el corazón de Isabella. Quizá aún no tenía la suficiente confianza para contarle todo lo que pasaba por su mente, pero no estaba muy lejos de todos modos. Se sentía bien tener a alguien con quien hablar de vez en cuando, incluso cotillear. Con Alice siempre detrás de ella en todo momento, evitaba equivocarse muchas veces y se sentía más tranquila que cuando ella no andaba cerca.

―Bueno, voy a visitar a mi hermana. Está embarazada y... ―la mirada de Isabella se volvió triste. Alice no sabía la historia completa pero algo había oído. Algún día se lo preguntaría directamente, pero no era el momento, por lo que dejó ese comentario en el aire. ― O... Podemos ir a ver unos vestidos, ¿qué te parece? Tengo un tío que es sastre y no cobra caro. Sólo iremos a observar y hacer comentarios acerca de lo que veamos ―dijo a modo divertido e Isabella rió.

―De acuerdo. Supongo que aquí no habrá mucho que hacer.

―Oh, no. Sólo se quedan unos cuantos. La mayoría intenta escapar de aquí. No es un mal lugar pero en realidad el aire libre se siente mejor ―dijo Alice en un intento por no hacerle mala fama a la casa donde trabajaba.

Se quedaron en silencio mientras agarraban las tinas e iban a fregar otras de las miles de habitaciones que ese lugar tenía. Las manos de Isabella aún estaban adoloridas por el trabajo en el día anterior, pero se aseguraría de acostumbrarse pronto. Alice lo hacía como una experta, ni siquiera se quejaba cuando los dedos parecían estar perdiendo piel. Caminaron hacia el piso de arriba, y esta vez les tocó un saloncito. Las paredes estaban adornadas con patrones de flores, había una mini salita sobra la que descansaban unas cuantas muñecas de porcelana y unos peluche. Había una mesita en miniatura y sobre esta un juego de té. En la pared más retirada se encontraba un piano pequeño. Ese salón era más bien un pequeño salón de juegos. Isabella supo inmediatamente quién pasaba el tiempo ahí. Se pusieron a limpiar y, tras unos minutos de pensarlo, se animó a preguntar. Era ahora o nunca, y Alice era a la única a la que podía sacarle información.

―¿Hay una niña aquí? ―preguntó Isabella con una inocencia casi exagerada, pero Alice pareció no notarlo.

―La pupila del hijo de Lord Greenwich. Es una niña hermosa. Pero la mayoría del tiempo está encerrada en la biblioteca tomando todo tipo de clases con su institutriz.

―¡Oh! ―exclamó Isabella como si aquello fuera algo interesante, pero en realidad estaba resistiendo las ganas de salir corriendo hacia donde fuera que la biblioteca estuviese.

Alice ya no le comentó nada más que eso y siguieron limpiando. Isabella pensó que si seguía preguntando sería bastante, tanta duda sería sospechosa y Alice comenzaría a preguntar también, y eso era lo que menos quería.

Los deberes resultaban ser bastante cansados. Pero lo prefería mil veces al antiguo trabajo que tenía antes. Alice había tenido que dirigirse hacia la lavandería, por lo que la había dejado sola. Mientras, Isabella se encontraba limpiando una hermosa escultura que tenían en el recibidor del palacio cuando llamaron a la puerta. El hombre alto que se movía con gran jovialidad para su edad, se dirigió hacia ella. Sabía que se llamaba Mr. Albert Jones y que era el mayordomo. No había hablado con él, tampoco con el ama de llaves, la señora Smith, desde la última vez que la vio.

Sin quererlo, miraba de reojo mientras las manos enguantadas del hombre giraban el pomo pulcramente dorado. Al abrirla, se hizo para atrás de una manera elegante e inclinó la cabeza. Una vez erguido, los ojos de Isabella viajaron hacia la figura que se encontraba en la puerta y que en realidad resultaron ser tres.

Dos mujeres, una era de edad media, su cabello era hermosamente plateado y lo llevaba recogido en un tocado que debía tener tantos alfileres que a Isabella le resultaba doloroso verlo. Su vestido, color jade, llevaba pedrería hasta en las orillas del final de las mangas. La verdad era que era uno de los vestidos más hermosos que había visto. Pero ni siquiera le llegaba a los talones al de la otra mujer. Era bastante joven y mucho más hermosa. También parecía más frívola. Llevaba un peinado similar que el de la primera señora y resaltaba más por los cabellos que parecían ser de oro. Sin embargo, dos rebeldes rizos caían a los costados de su rostro, llevando la mirada de Isabella hacia sus perfectos ojos azules, que parecían joyas incrustadas en algún tipo de algodón caro. Jamás había visto tanta belleza. Resaltaba aún más con el vestido color guindo que llevaba puesto, con decoraciones doradas por todos lados, uniendo flores delicadamente bordadas. Isabella se había quedado sin aliento.

El hombre, el que venía detrás de la mujer más joven, y a un lado de la más vieja, tampoco pasaba desapercibido tan simple. Tenía un porte bastante autoritario y, a pesar de parecer estar en los sesenta y tantos, resultaba bastante apuesto en ese traje de color negro. Isabella jamás había visto tanta perfección junta. Adivinó que eran familia, una familia perfecta.

―Buenos días, Lord Kent. Ladies Kent. ―hizo otro pequeño gesto con la cabeza. Los ojos de las personas fuera lo miraron, pero ninguno movió su cabeza. Lo miraban como si fuera algo inferior. Después apartaron agresivamente la mirada, para fijarla al frente.

Isabella fingía limpiar mientras los observaba. Eran ricos, de eso no había duda. También eran de los que se creían que podían pisar al mundo si se les daba la gana. Lo frívolo de las miradas de los tres hacía que Isabella tuviera escalofríos. Actuaban como si las cosas, incluida ella, alrededor no fueran dignas de presenciar su aparición. Como si necesitaran trompetas y un anuncio a vítores. Tal cual reyes. En especial la más joven, la que iba al frente. Nadie podría negarle nada ante semejante hermosura.

―Por favor, pasen. ―el amable de Albert señaló con el brazo el interior, sin mirarlos a los ojos.

Los tres entraron e Isabella jadeó cuando los observó moverse. Tanta coordinación era imposible, tanto sigilo, también. Jamás había conocido a alguien más sigiloso que Victoria, pero hoy ella se quedaba atrás. Le dolió recordarla. Los tres desaparecieron tras una gran puerta que llevaba a un pequeño salón, algo así como una sala de espera. Albert salió casi corriendo en busca de los señores, mientras Isabella continuaba limpiando, de una manera deliberadamente lenta, la escultura.

Unos minutos más tarde, sus señores junto con su hijo mediano, cruzaron el recibidor donde Isabella aún limpiaba, en dirección a la puerta. Los tres no llegaban, ni de lejos, a la perfección del otro trío. Sus ropas, peinados y gestos eran mucho más simples. Tanto, que les daba un aspecto cálido. Un vago recuerdo vino a la mente de Isabella cuando los vio. Aunque después sólo fue una frase flotando en sus pensamientos.

La perfección, Isabella, puede resultar aburrida. Tanto, que llega a ser fría, solitaria, amarga. En cambio, la imperfección, te convierte en alguien divertido e inesperado, que no está concentrado en dar la impresión, sino en ser feliz. Los defectos te vuelven cálido, amoroso. De alguna manera, te dan esperanza...

Su madre... y sus sabias palabras surgían en los momentos más espontáneos para recordarle a Isabella lo más importante de la vida. Se concentró mientras sus amos caminaban apresuradamente. Entonces Esme se paró de golpe y se giró. Cuando sus ojos dieron con ella su gesto se relajó. Isabella no supo qué pasaba por su mente, pero tenía una idea clara.

―Señorita Swan, necesito que esté dentro del salón para atender a nuestros invitados ―Isabella dejó lo que estaba haciendo inmediatamente y bajó la cabeza en señal de sumisión.

―Sí, señora. ―le dijo. Todos se giraron de nuevo y ella caminó unos pasos alejada de ellos. Era instinto, puro instinto el por qué lo hacía. No recordó la regla que le había dicho Alice hasta que ya la estaba haciendo "siempre unos pasos atrás"

Se dirigieron hacia el gran salón. Isabella estaba más que nerviosa, sentía ganas de vomitar. El sólo hecho de estar encerrada en cuatro paredes con ese trío que parecía brillar donde ni la luz del sol daba, le provocaba escalofríos. Y luego ese ardor... Los ojos de Edward quemándole la piel como si fuesen fierros para marcar ganado. Intentaba ignorarlo, porque aquello sólo servía para ponerla aún más nerviosa.

―¡Lord Kent, qué sorpresa! ―lo saludó Carlisle apenas abierta la puerta. Isabella procuró no tocar a ninguno de sus señores mientras se amontonaban en la puerta. Edward estaba de espaldas a ella, tan sólo a unos centímetros y lo oyó resoplar.

―Lamentamos venir sin avisar, Lord Greenwich, enserio que sí. También debo disculparme por... el incidente que interrumpió nuestra cena del jueves. Espero que sus invitados se encuentren bien ―le dijo el hombre. Isabella no pudo evitar ponerse colorada mientras caminaba hacia una esquina discretamente. Era obvio que hablaban de ellas. Por suerte, Carlisle no mencionó nada acerca de Bree.

―Oh, creo que los que debemos una disculpa somos nosotros. Sepa perdonarnos esa interrupción. Su amistad es realmente importante como para que la veamos dañada de esa forma ―dijo Carlisle mientras todos tomaban asiento en los respectivos muebles que parecían tener siglos.

Los ojos de la rubia joven iban y venían discretamente de Edward hacia su padre, pero el hijo de Lord Greenwich no parecía notarla. Más bien no quería. Estaba harto de tenerla rondando de un lugar a otro alrededor suyo. Se le hacía extraño que viniera ahora, porque no era normal que la prometida en matrimonio viera a su futuro esposo después de haber fijado el compromiso y antes de la boda. Mentalmente, se preparó para algo nada bueno.

―¿Puedo ofrecerles un té, café, vino...? ―preguntó Esme cuando el silencio se hizo presente. Entonces fue cuando los Kent parecieron notar la presencia de Isabella. Fue una fugaz mirada cargada de desprecio. La chica no subió la mirada en ningún momento.

―Té estaría bien. ―dijo la señora Kent con un tono altanero. Era imposible que alguien se sentara tan rectamente como lo hacía ella. No debía ser para nada algo cómodo.

No esperó a que su señora le dijera nada. Con esas palabras era más que suficiente para marcharse hacia la cocina en busca del té. Caminó deprisa mientras cruzaba el gran recibidor. Su respiración estaba alterada y le dolía la cabeza. La densidad en el aire de aquella habitación la había estado sofocando tanto que pensó que quizás perdería la conciencia. Albert la miró con sus ojos paternales sin inmutarse en saludarle. Cuando llegó a la cocina solamente atinó a poner las manos sobre la mesa que se encontraba a un lado de la pequeña puerta y respirar. Tenía miedo a equivocarse ahora y que echara todo a perder. Aquellas personas parecían ser muy críticas y ella había comenzado a trabajar recientemente, tanto que no sabía lo que tenía que hacer en todo momento. Aquellos pensamientos no la calmaron, sino que lograron alterarla aun más que cuando tenía que servirle a sus patrones.

―¿Isabella? ―la llamó Alice que se encontraba limpiando unas cuantas ollas en un fregadero cercano a la salida.

―La señora quiere té para las visitas ―dijo inmediatamente. Se obligó a componerse antes de que alguien le preguntara por qué se había puesto pálida.

―¿Visitas? —preguntó Alice y dejó de hacer cualquier cosa que estuviera haciendo. Se acercó con un trapo hacia la mesita, secándose sus pequeñas manos. Los ojos color azules se fijaron en Isabella.

―Los condes de Kent y su hija ―le explicó. Algo así le había oído decir a Carlisle en su camino hacia el salón.

―¡Ay, esos...! ―Alice no terminó de decir la frase completa y se puso a trabajar en el té. Se notaba bastante molesta y mascullaba cosas en voz baja. Isabella retorcía el mandil con dedos nerviosos. No se dignaba a levantar la mirada. Tampoco hizo un comentario acerca de la reacción de Alice ni tampoco exigió una explicación.

En diez minutos tuvo dos bandejas con tres tazas en cada una y una tetera de té dispuesta en ambas. Isabella se preguntaba cómo rayos iba a llevar todo eso hacia el lugar donde se encontraban sus señores sin hacer que se estrellaran en el suelo. Alice también había agregado dos platitos con tentempiés que lucían deliciosos. Isabella tomó la primera bandeja y estaba a punto de preguntar cómo podía equilibrar ambas bandejas cuando Alice tomó la que sobraba. Entonces comprendió que ella le ayudaría y suspiró aliviada.

Caminaron con prisa porque ya se estaban tardando. Entonces tocaron la puerta suavemente hasta escuchar la indicación de que entraran. Ambas pasaron con la mayor discreción posible. Colocaron el té en la mesa del medio. Se dispusieron a servirlo cuando Esme se los impidió con respeto y entonces hicieron una reverencia y se retiraron hacia las esquinas. Alice en la derecha e Isabella en la izquierda. Sin embargo, la primera se escabulló apenas todos se metieron de nuevo en la conversación que mantenían, dejando a una nerviosa Isabella enloqueciendo. Quiso decirle que se quedara cuando se percató de que no podía hacerlo. En cambio, se limitó a ser chismosa y escuchar una conversación que nada tenía que ver con ella.

―No lo sé. No es lo tradicional ―dijo Carlisle mientras recibía una taza de té de la mano de Esme. Isabella frunció el ceño.

―Vamos, Lord Greenwich. No pretendo ofenderlo, pero ustedes no son tan tradicionales. Vaya, meter a unas desconocidas en su casa, siendo de semejante rango social, no es nada normal ―contestó el hombre. Su voz era suave, pero se distinguía claramente la intención persuasiva que llevaba ―. Además, el que su hijo tenga una pupila de la que no sabe nada, tampoco es normal...

Aquello captó la atención de Isabella. Alice ya le había comentado al respecto. Estaba bastante sorprendida de que alguien como Edward decidiera encargarse de una pequeña. La señorita no vivía en la casa, y había sido ella quien le había convencido de quedarse con la bebé. ¿Por qué, entonces, él la tenía y no ella? Aguzó más su oído.

―Edward es lo bastante maduro como para responsabilizarse de una criatura que ha sido abandonada por su madre ―comenzó Carlisle. La mención del abandono agitó a Isabella.

―Tranquilo, Greenwich. No pretendía, como dije, ofenderle. Tampoco dije que lo que Edward hizo estuviera mal. Sólo es un ejemplo de cómo las tradiciones no son algo que ustedes aplican estrictamente. ―dijo. Otro sorbo de té. ―cualquiera de nuestra clase hubiera dejado a la bebé en un orfanato.

La hija de Lord Kent dio un jadeo de indignación y volteó los ojos hacia él. Isabella no supo si era un presentimiento, o que tanta perfección la hacía parecer falsa. De todos modos nadie le hizo ni el más mínimo de los casos, puesto que Lord Kent siguió hablando como si su hija no hubiera hecho nada.

―Me parece muy precipitado ―Lord Greenwich seguía negándose. Entonces Isabella comenzó a preguntarse de qué estarían hablando. Apenas entendía la mitad de lo que decían.

―¿Precipitado? ¡Já! Si se conocen desde niños ―comentó. El ambiente se notaba tenso.

―Supongo que no tiene nada de malo. Además, después de todo se van a casar en algún momento. Van a volverse a ver ―comentó Esme de manera inocente, mientras dejaba la taza en la mesa.

¿Casarse? ¿Quién se va a casar? Se preguntó Isabella ante la mención de un compromiso. Todo aquello la extrañó de sobre manera.

―Por favor, Lord Greenwich, hágame ese favor. Mi esposa y yo debemos mudarnos a Nottingham durante un año. Sabe perfectamente lo enfermiza que es Tanya. Será una buena chica, lo prometo ―le dijo. Carlisle suspiró hondo. Edward se tensó. No hacía falta palabras. Su padre había aceptado.

―Sé que su hija es una señorita perfectamente educada. ―le aclaró Carlisle, no sin un toque de acusación que hizo que los tres Kent se movieran incómodos en sus asientos. ―De acuerdo. Supongo que mi esposa tiene razón y no tiene nada de malo. Mientras ambos sepan comportarse como se debe, no hay problema. ―dijo. Tanya soltó una risita mientras miraba a Edward con ojos brillantes. Los padres en ambas familias estrecharon sus manos mientras que las mujeres se levantaban de igual manera. Era una incómoda despedida.

―La traeremos el domingo por la mañana. Nosotros tenemos que partir lo antes posible. ―comentó Lord Kent mientras se dirigían hacia la salida.

―¿Dónde se quedarán sus otras hijas? ―preguntó de repente Carlisle, pero parecía que aquel hombre tenía respuesta preparada para todo.

―Kate ya está casada, vive con su marido. Y no sabes lo contenta que está Irina por marcharse. Dice que Greenwich la agobia y que Londres le parece repetitivo en todo ―comentó a la vez que todos dejaban la habitación. Todos excepto Edward. Se había quedado justo detrás del sofá, tenso. La puerta aún estaba abierta.

Isabella lo miró. No sabía si irse o no. Parecía que él necesitaba estar sólo, sin embargo ella no había recibido ninguna orden para retirarse. Por lo que, con el más grande de los sigilos se dirigió hacia el centro del pequeño salón y comenzó a colocar todo sobre las bandejas. Esta vez no tuvo tanto cuidado y colocó una bandeja sobre la otra y, sobre ésta, todas las tazas y platos amontonados de manera desordenada. Cuando se irguió un poco notó que Edward caminaba de un lado para otro detrás del sillón donde se habían sentado sus padres. Se mostraba agobiado y enfadado. Isabella apuró todo, sólo quería salir de ahí. Estaba a punto de tomar la pesada bandeja y marcharse, pero él le ganó.

―¡Demonios! ―susurró con voz estrangulada y dejó el saloncito dando un portazo que hizo que Isabella pegara un brinco para atrás. Se notaba que Tanya, como habían dicho que se llamaba, no le agradaba nada. Y eso que iba a ser su esposa.

Después de recuperar el aliento tras el susto que se había llevado, tomó la bandeja y, con cuidado, la llevó de nuevo hacia la cocina. Una Alice hiperactiva le saltó enfrente apenas había entrado por la puerta, haciendo que por poco todo se estrellara contra el suelo.

―¿Qué ha sucedido? ―le dijo mientras la ayudaba. Parecía ansiosa.

―La hija de Lord Kent se mudará aquí el domingo ―comentó sin ganas. Alice se paró en seco y la miró como si fuera la cosa más horrorosa del mundo. No entendió qué había hecho o dicho para provocar semejante reacción en ella.

―¡Esa perra! ―exclamó una voz dulce desde atrás. Cuando Isabella buscó a la dueña de la voz, se topó con el rostro de la chica que entraba a su cuarto cuando Isabella había estado enferma. Era la primera vez que la veía desde la última vez que entró a su habitación. Las mujeres dentro de la cocina asintieron, otras también se rieron.

―¡Lo sé! ―dijo Alice, volteando a verla. Isabella tenía una expresión de confusión monumental. Además de que se había sorprendido por el vocabulario de la joven. ―¿No sabes nada? —preguntó Alice cuando observó su expresión.

―¿Qué quieres que sepa si apenas ha estado aquí unos días? ―le preguntó la chica mientras caminaba hacia donde ellas dos estaban apoyadas en la mesa. Se paró al lado de Alice. ―Me llamo Eleanor, me dicen Nora. ―se presentó. Y extendió la mano derecha. Isabella la tomó.

―Soy...

―Isabella. Lo sé. Todos aquí lo sabemos. ―comentó. ―Deberías socializar más. No mordemos ¿sabes? ―dijo divertida. Isabella sonrió un poco.―Vamos, cuéntale tú, Alice. Sé cómo te arde la sangre por hacerlo.

―Cállate. No es cierto.

―¡Oh, sí que lo es! Llevas el chisme en las venas ―dijo Nora mientras se alejaba comiéndose un pedazo de pan. Pero después se detuvo y volvió. Quería observar a Alice contar todo.

―¡Bien! Esa mujer es el diablo en vida ―exclamó Alice. Las cejas de Isabella se elevaron ―Está comprometida con Lord Greenwich desde el inicio de la primavera.

Eso le tomó a Isabella por sorpresa. Era un matrimonio arreglado, eso estaba más que claro. Ató unos cuantos cabos suponiendo que Edward no la quería tener cerca debido a cómo era ella. Sintió algo extraño. No supo descifrar qué era, por lo que se concentró de nuevo en Alice.

―Cada vez que viene nos trata como la mierda ― interrumpió Nora y después soltó una carcajada como si recordara algo ridículo.― Se cree la reina del mundo vistiendo ropas caras y peinándose hasta los cabellos que no tiene. Esa mujer no tiene alma.

―¿Por qué lo dices?

―¡Por todo! —exclamó Alice — Por ejemplo, hace cinco años, cuando encontraron a la niña... ¡Dios! Se muestra cariñosa cuando cualquiera de los Greenwich anda cerca, pero apenas se van ni siquiera le hace caso. Aunque… Es mejor de ese modo, porque cuando lo hace no es nada más que para gritarle.

Eso hizo que la ira bullera fervientemente dentro de Isabella. ¿Cómo se atrevía a hacer eso? Ella ni siquiera era su madre, no tenía ningún derecho de tratar a la pequeña de ese modo.

―Aún recuerdo lo falsa que sonó cuando la encontró dentro del carruaje ―exclamó mientras le quitaba un pedazo de pan a Nora y se lo comía agresivamente ―Tuve tantas ganas de decirle a Lord Greenwich que ella no quería a la niña. ¡Era lo más obvio del mundo! La usó. Se hizo pasar como una mujer joven y maternal que tenía misericordia y que sentía una pena profunda por esa niña ―sus palabras estaban cargadas de odio ―¡Dios, Lord Greenwich, un bebé! ―exclamó imitando el tono de una mujer con total sorpresa. Nora volvió a reír, mientras Alice farfullaba― Maldita mentirosa...

Entonces, Isabella recordó. Alice había cambiado. Su cabello ya no lo tenía largo, hasta la cintura, y había crecido un poco más. También estaba más delgada. Pero claro que era ella. Era la mona mujer que acompañaba a la pareja rica. Ya no tenía dudas de que aquella niña era su hija. La escena que describía Alice era casi la misma a la que ella tenía en su cabeza. Y había sucedido hacía cinco años. Todo concordaba. Todo.

Entonces también recordó cómo había sonado la voz de la rubia cuando el padre hizo referencia a lo de abandonar a la niña en un orfanato. Claro que era una falsa. Una maldita farsante. Isabella no supo cómo pero el odio ya viajaba por su torrente sanguíneo. Lo peor era que la víbora estaba viniendo hacia aquí en un par de horas y se quedaría quién sabe por cuánto tiempo.

―¿Pero no se supone que así es como debe de ser? ¿Acaso los Greenwich no lo hacen? Somos como unas ratas en las alcantarillas, quizá menos ―dijo mientras intentaba comprender por qué se quejaban solamente de Tanya.

―Oh, no, Isabella. Los señores, todos, son un amor de Dios. No nos hacen nada malo, no nos explotan. Nos tienen respeto ―aclaró Alice. Isabella frunció el ceño.

―Entonces, ¿por qué no los defienden cuando Tanya hace esas cosas? ―preguntó.

―Porque hay un límite para todo. No se nos defiende enfrente de sus amistades. Es una falta de respeto.

―Deberíamos hacerle la vida imposible ―sugirió Nora. Ambas la miraron para ver si estaba de broma. Por lo visto, no. ―Digo, es obvio que a los señores no les gusta, ni tampoco a sus hijos. Estoy segura de que la odian.

―Entonces, ¿por qué se casan? ―preguntó Isabella. Nora rodó los ojos como si fuera estúpido lo que había dicho.

―Porque Lord Kent es un hombre de prestigio. Claro que Lord Greenwich no necesita el matrimonio para tener dinero, porque es obvio que él tiene más. En todo caso es económicamente beneficioso para los Kent. Para los Greenwich tiene que ver un poquito más con la amistad.

―¿Amistad? —Isabella seguía confundida.

―Verás, ambas familias llevan años siendo amigas. El tener una unión los haría a ambos públicamente atractivos. Ambos hijos son extremadamente hermosos. Un matrimonio ejemplar. Además de que Lord Kent tiene numerosos contactos para que Lord Greenwich pueda negociar.

―Entonces, ¿Todo es acerca del dinero y la impresión?

―¡Bienvenida al asqueroso mundo de los ricachones! ―dijo Nora alzando por brazos. Todas rieron. Aunque Isabella no pudo hacer nada más que sentir pena por Edward, porque se casaba con una arpía y ni siquiera la amaba.

―¿Qué hacen ustedes tres sin hacer nada? ¡Vamos, a trabajar! ―las regañó la señora Smith cuando entró por la puerta. A Isabella le sorprendió que ninguna de las otras dos chicas se mostraba tensa o con temor. Sino que ambas rieron y se volvieron hacia sus quehaceres. Eso quería decir que la señora Smith no las trataba mal.

Isabella salió por la puerta para dirigirse hacia el comedor. La hora de la comida estaba increíblemente cerca y debía tener todo perfectamente listo. Mientras limpiaba el gran comedor se puso a pensar. Estaba enojada. Bastante. Jamás había pensado que odiar a una persona que no conocía iba a ser tan fácil. La proposición de Nora le pareció atractiva, pero no podía arriesgarse a tanto. Isabella no era una mujer a la que le gustara provocar problemas y estaba más que claro que aquello no haría nada más que traerlos a su puerta en bandeja de plata.

Pero lo que si se había propuesto era que iba a proteger a su hija de esa arpía. Dios, su hija estaba en algún lugar de esa casa y no la veía, no podía hablar con ella. Sentía algo así como una impotencia que no hacía nada más que crecer. Pensaba que el dolor y su amor por la bebé que tuvo iban a desvanecerse. Pero seguían ahí como el primer día...


Domingo, 27 de abril de 1873.

Era el día libre de Isabella. Esa mañana no se levantó hasta que el sol le dio de lleno en la cara. No hubiera abierto los ojos de no ser porque alguien estaba llamándole a la puerta. Con camisón y sin pensar se dirigió tambaleante hacia ella. Detrás de ésta apareció una Alice vestida con uniforme y un sonrojo debido al enfado.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó.

―¡La perra va a llegar y nos quieren abajo para recibirla! ―exclamó Nora saliendo de su habitación y azotando la puerta. Alice e Isabella hicieron una mueca de reproche ante el sonido. Después Isabella suspiró y se internó en su habitación para preparase.

Cinco minutos después, todos estaban en el recibidor. Los señores, sus hijos, y parte de la servidumbre los esperaban. Después de que la puerta sonara, Albert la abrió, dejando ver a la familia de imagen perfecta otra vez. La madre de Tanya llevaba un vestido gris con adornos negros, mientras que su hija venía con un simple vestido blanco y decoraciones negras. Lo que más llamaba la atención era el enorme collar del mismo color en su cuello.

―Bienvenida, Lady Tanya ―la saludó Esme dándose dos besos en las mejillas. Tanya sonreía triunfante y parecía amable. Alice y Nora hicieron una mueca de asco que por suerte nadie notó.

―No, gracias a ustedes por recibirme ―esbozó una gran sonrisa, perfectamente blanca, mientras saludaba a todos. La servidumbre pasó a ser parte del fondo como siempre y poco caso les hizo la nueva invitada de la familia Greenwich.