Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora: Julie Kenner - Serie Pacto de Navidad 2º

CAPITULO 11

Aunque no era ella a la que iban a subastar, Isabella estaba muy nerviosa. Paseaba por el salón de baile intentando mantener toda su energía bajo control. Hasta el momento, la recaudación de fondos había ido sorprendentemente bien. Las pujas por comer con Tanya Denali habían superado la franja de los dos mil dólares y todos los demás artículos de la subasta habían obtenido también un buen precio. Isabella había dado ya su discurso, así que no había motivos para que estuviera tan nerviosa.

Y ahora le tocaba a Edward, que hablaba en ese momento con elocuencia de los retos que había afrontado y ella estaba tan orgullosa de él, que lamentaba seriamente no haberle dejado que financiara su puja porque estaba segura de que iba a tener que atacar a la ganadora en un callejón oscuro para impedirle que tocara a su Edward.

Cuando terminó de hablar, Jessica subió al podio y empezaron las pujas.

Desde un punto de vista caritativo, el suceso era un éxito, pues las cifras no dejaban de crecer.

Desde el punto de vista de los nervios de Isabella, nada había sido nunca tan horrible.

A medida que iban subiendo las pujas, Edward recorría la habitación con la vista, y la expresión acerada de sus ojos se suavizaba cuando se posaban en ella. Isabella sentía una especie de tirón. Se sentía posesiva. Y no podía evitar que la embargaran los celos.

«Contrólate. No sois pareja. Él se irá. De todos modos, antes o después será de otra mujer».

Aquello era un hecho empírico. Y sin embarco, en ese momento Isabella quería cambiarlo. Hacer que no fuera así.

Y cuando una rubia delgada con un vestido negro muy ceñido ganó la cita con Edward en la gran inauguración de Paraíso, Isabella fue la única de los presentes que no aplaudió. Permaneció inmóvil, con las manos a pocos centímetros una de la otra y se dio cuenta de que no podía hacer aquello.

La subasta sí. Eso podía soportarlo.

Pero aquello no. La separación de Edward, que no fueran pareja, no.

Al final, lo que importaba en la vida era vivir y amar y todas esas cosas sentimentales. Necesitaba a Edward a su lado para sentirse viva. Y su carrera… bueno, no era portátil pero se podía adaptar.

Sólo tenía que averiguar cómo.

Edward fue directamente a Decadente después de la recaudación de fondos, así que Isabella no lo vio después de la subasta. Lo despidió con la mano a distancia e intentó decirle con la mirada que iba a pensar en algo, pero dudaba mucho de que él hubiera recibido el mensaje. Las miradas parlantes funcionaban en películas y en libros, pero no resultaban fáciles de oír en la vida.

A pesar de no haberlo visto a solas, estaba de muy buen humor cuando llegó a su despacho. Había tomado la decisión de buscar el modo de estar con Edward y el mero hecho de saber que apuntaba a ese objetivo la impulsaba a saltar y tararear, así que entró en el despacho de la jueza silbando la melodía que sonaba un momento antes en la radio del coche. Esperaba que Heidi, la recepcionista de la jueza, la riñera por ello, pero no había nadie en la zona de recepción. Frunció el ceño, llamó con los nudillos a la puerta de la jueza y empujó la puerta cuando ésta la invitó a entrar.

Heidi estaba allí y las dos la miraron cuando entró con expresión grave.

—¿Qué pasa?

—Cierra la puerta, Heidi —dijo la jueza.

—Jueza Platt… —Isabella empezaba a ponerse nerviosa. Una puerta cerrada en el despacho de la jueza Platt nunca auguraba nada bueno.

—¿Has mirado tus e-mails esta mañana? ¿Alguna de las redes sociales de las que eres miembro?

Isabella negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—Acércate.

La jueza señaló la pantalla y se apartó de la mesa como para darle intimidad a Isabella. Aquello no era buena señal, y empeoró aún más cuando pudo ver lo que había en la pantalla: Edward y ella en plena actuación porno, haciendo el amor contra la pared del ascensor del aparcamiento del complejo Starr.

Intentó hablar y se dio cuenta de que tenía la mano encima de la boca. La apartó.

—¿Cómo… quién…? ¡Oh, Dios mío! Lo siento muchísimo.

La jueza enarcó las cejas.

—¿Sentirlo? Isabella, no tienes nada que sentir excepto tu mal criterio. Las camas y los dormitorios se inventaron para evitar ese tipo de cosas.

—Fue culpa mía —susurró Isabella—. No quería esperar.

—Isabella —repuso la jueza, cortante—. No es culpa tuya. El culpable es Jacob Black, o eso dice una mujer llamada Vanessa.

Isabella levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabe?

—Ha llamado antes y ha hablado con Heidi. Al parecer, estaba histérica. Ha dicho que ha roto con él porque la engaña y por lo que te ha hecho a ti. Naturalmente, Heidi le ha preguntado a qué se refería con eso último…

—Y así es como se ha enterado de lo de la foto.

—Me temo que sí.

Isabella la miró de nuevo. Empezaba a llenarse de rabia contra Jacob. Estuvo a punto de sacar el móvil y llamarlo, pero no lo hizo. Había muchos Jacobs en el mundo y no podía dedicarse a llamarlos cada vez que apareciera algo horrible en internet. Básicamente, tenía que aprender a lidiar con ello.

Respiró hondo.

—Bueno, menos mal que no tengo celulitis.

—¿Qué es lo que necesitas ahora? —preguntó la jueza.

Y a pesar de todo, a pesar del horror, de la humillación y de la vergüenza, lo que ella quería en ese momento era a Edward.

Odiaba que Jacob hubiera hecho algo tan horrible, cruel y vergonzoso, pero tenía que agradecerle que hubiera ayudado a que se solidificaran sus sentimientos por Edward. Porque en ese momento, la estúpida foto podía irse a la porra. A ella sólo le importaba el hombre.

—Entiendo —la jueza sonrió. Aquella mujer siempre había sabido leer muy bien las expresiones de Isabella—. Tendrás que presentármelo. Creo que ese hombre puede ser aún más interesante en persona que en las fotos.

—Lo haré —Isabella se mordió el labio inferior y señaló la pantalla—. Tengo la sensación de haberle fallado.

—Lamento que sientas eso —repuso la jueza—. Porque no es cierto. Sólo me decepcionarías si te escondieras bajo una roca y no lo afrontaras. Si lo ignoraras en vez de aprender de ello.

Isabella pensó en Edward. En llegar a su lado lo antes posible.

Y pensó en otra cosa que tenía que hacer antes de eso.

—No tema —dijo—. He aprendido mucho. Lo prometo.

...

No podía localizarla y su buzón de voz estaba lleno. ¡Maldición!

Había visto la condenada foto pornográfica y no podía localizar a Isabella para decirle… ¿Qué? ¿Que lo sentía? El acto en sí no lo sentía en absoluto. Y Edward no había tenido nada que ver con que la foto llegara a internet, así que, ¿qué era lo que sentía?

Nada.

Pero odiaba que Isabella tuviera que verla. Tuviera que saber que ahora la gente en Dallas la miraba de otra manera.

No habían hecho nada malo, excepto no pensar en las malditas cámaras de seguridad de los ascensores.

No, esa vez había un verdadero culpable. Miró una vez más la nota que le había pasado Angela y sintió su cuerpo encogerse de rabia, una rabia que quemaba en ese momento conduciendo por la autopista Stemmons a una velocidad que no sólo era ilegal, sino probablemente también de idiotas.

—¡Maldita sea! —golpeó el volante y frenó un poco el coche, pues no quería acabar haciendo daño a alguien inocente sólo porque él tuviera que vivir un infierno.

Porque aquello sería lo que ocurriría. Si las fotos de un beso casi habían hecho a Isabella salir corriendo, aquéllas probablemente la harían meterse en una cueva.

No había nada que él pudiera hacer para arreglarlo, pero sabía lo que podía hacer para sentirse mejor y por eso se había metido en la autopista siguiendo las indicaciones de Angela.

En menos de diez minutos estaba en el ascensor, subiendo a las oficinas de Publicidad Power. En menos de quince, entraba en el despacho de Jacob.

Y a los veinte minutos, ya le había dado un puñetazo en la nariz a aquel bastardo.

—¡Aléjate de mi vida! —le dijo—. ¡Aléjate de Isabella! Si vuelves a hacer algo así, te aseguro que te dolerá de verdad. Créeme si te digo que conozco a bastantes clientes tuyos como para provocar una caída importante de tu negocio.

Y se marchó, sin que ninguno de los empleados reaccionara, y dejando a Jacob sangrando por la nariz.

Tal vez no hubiera sido una solución perfecta, pero al menos se sentía mejor.

Con Isabella, sin embargo, no creía que pudiera resolver el tema con la misma eficacia. Sabía muy bien que ella intentaría alejarlo de su vida. Y por eso hacía ahora precisamente lo único que ella no querría que hiciera… iba camino de su casa para esperarla.

...

Por fortuna, Aro Vulturi estaba allí ese día, pues Isabella no estaba segura de que su valor le fuera a durar mucho. Pero tenía algo que decir y quería hacerlo cuanto antes.

—Isabella —Aro le salió al encuentro en la zona de recepción—. ¿Va todo bien?

—¿Ha visto la entrada de hoy en el circuito de blogs? —preguntó ella. Y el modo en que se nubló el rostro de él le dijo que sí—. Bien, pues por eso he venido. ¿Podemos hablar en su despacho?

—Por supuesto.

Fue con ella a un despacho que hacía esquina y le ofreció asiento. Ella declinó, pues prefería hablar de pie. El problema era que no había ensayado lo que quería decir. Había ido directamente, con la cabeza llena de ideas de lo que iba a hacer, y ahora tenía que elegir sus palabras sobre la marcha.

—Sí, bueno, esto es lo que pasa —dijo—. Una mujer muy lista me dijo una vez que tenía que elegir. Tenía que descubrir lo que era importante para mí. Y eso es algo que ya lo sé. Siempre lo he sabido. Es el derecho de apelaciones. Me ha gustado siempre.

—Me alegra mucho oír eso —musitó el señor Vulturi—, pero…

Ella levantó un dedo.

—No, escúcheme. Me encanta. Y lo ejerceré. Me gustaría hacerlo aquí, pero si eso no es posible, siempre puedo encontrar otro bufete. Permítame que hable claro. La cuestión aquí no es sólo que usted me pida que me vaya por la estúpida foto de esta mañana. La cuestión también es que me pida que me vaya por causa de alguna foto. Admito que la del ascensor es un poco fuerte y acepto plena responsabilidad, ¿pero una foto besándome con Edward? ¿Y usted se pone furioso porque él ha salido con muchas mujeres? Lo siento, pero eso no tiene nada que ver con mi habilidad como abogada. Así que, a menos que quiera despedirme, por favor, no me pida que evite la prensa y los blogs. Porque no puedo. Si estoy con Edward, no puedo. Y pienso estar con él porque él es lo que más quiero en el mundo, más todavía que el derecho de apelaciones y no permitiré que juzguen mi comportamiento personas que no tienen ningún derecho a juzgarlo.

Aro asintió con la cabeza.

—Muy bien. En ese caso, os deseo lo mejor a ambos.

Isabella contuvo el aliento e intentó no mostrar su decepción ante lo que era indudablemente una despedida.

—Por supuesto, espero que te sientas lo bastante cómoda con nosotros para seguir en el bufete y que nos permitas retirar lo que sin duda fue una petición mal planeada para que dejaras de salir con el señor Cullen.

Ella movió la cabeza, intentando entender.

—¿Aquí? Espere. ¿Qué? ¿No me retira su oferta?

—Al contrario. Me has demostrado que posees lo que más nos atrajo de ti para empezar. Pasión. Persuasión —se levantó y le tendió la mano—. Disfruta del tiempo que te queda con la jueza, Isabella. Esto pasará. Estas cosas siempre pasan.

Isabella pensó que él tenía razón. El escándalo siempre acababa por desaparecer.

El amor, en cambio, duraba para siempre. Y una relación también. Al menos si se la cuidaba bien.

Y eso era lo que pensaba hacer ella en aquel momento. Porque no quería esperar ni un minuto más para empezar a compartir su vida con Edward.

Esa vez sí pensó en lo que iba a decir durante el camino a su casa. Lo llamaría y lo invitaría a ir allí y, cuando llegara, se lo diría todo. Porque la verdad era que estaba dispuesta a buscar un compromiso. Dispuesta a hacer casi todo lo que fuera preciso si eso implicaba que podrían estar juntos.

Sólo esperaba que él también lo estuviera. Porque la clave estaba en aquel «casi». Y a menos que cada uno de ellos cediera un poco, no podrían acabar juntos. Y esa posibilidad la aterrorizaba.

Cuando paró, no vio el coche de él, pero eso no era raro porque le había dado llave del garaje.

Y cuando entró, lo encontró sentado a la mesa de la cocina.

—Isabella —él se puso en pie al verla—. Lo siento mucho…

Ella se llevó un dedo a los labios para hacerle guardar silencio.

—He estado pensando y tengo algo que decir. Puedo vivir viendo mi foto en la prensa y en los blogs. Tal vez no como la de hoy, pues me gustan las fotos menos atrevidas, pero siempre que esté claro quién soy y en qué punto estoy en relación a ti, no me preocupa. Pero eso sólo funciona si estamos juntos. Juntos de verdad. No me interesa soportar este tipo de humillaciones por una aventura.

—Yo sé que quiero más —repuso él.

—Eso dices, pero no puedo tener una relación con un hombre que no está.

Él arrugó la frente.

—Estoy aquí.

—Pero si estás en Dubai, en Australia o en París, no estás. Y la cuestión es que no yo no puedo irme de Dallas. No quiero hacerlo. Es mi hogar —suspiró—. Mejor dicho, eso no es cierto. Podría irme —vio la expresión de sorpresa y alegría de él—, pero sólo si puedo creer que encontraremos un hogar juntos en otra parte. No me iré de Dallas para vagar como una nómada.

—Yo…

Ella negó con la cabeza.

—No, no contestes. Ya he dicho todo lo que quiero decir hoy y ahora lo que necesito es un baño y dormir un rato. Mañana —lo tomó de la mano, lo acompañó a la puerta y le dio un beso en la comisura de los labios—. Piensa en lo que te he dicho y nos veremos mañana por la noche en la gran inauguración.

Le acarició la mejilla, obligándose a no llorar y rezando para que él la quisiera al menos la mitad de lo que lo quería ella. Abrió la puerta y salió con él.

—Te amo, Edward. Y te veré pronto.

Volvió a entrar, cerró la puerta y se apoyó en ella confiando en no haber cometido un error.

...

Teniendo en cuenta lo mucho que había tenido que hacer en las últimas veinticuatro horas, a Edward le sorprendía que la inauguración de Paraíso estuviera lista a tiempo. Había tenido un montón de asuntos pendientes de última hora, por no hablar de lo mucho que se había visto obligado a pensar.

Hasta había pasado con el coche delante de la casa de sus padres en Plano. No había parado, pero tampoco había estrellado el coche ni se había visto embargado por el deseo de abandonar el país, así que consideraba el viaje un éxito.

Y por supuesto, había hecho un montón de arreglos de última hora. Para empezar, había pedido ayuda a Emmett, después de explicarle la situación.

—Ahora la pelota está en tu lado del campo —le había dicho su amigo—. No lo estropees.

Cuando Edward le había explicado lo que intentaba hacer, Emmett había accedido a ocupar su puesto en la cita de la subasta si la ganadora, Rosalie Hale, daba su aprobación. Por fortuna, Rosalie era una romántica a la que le gustó la historia que le contó Edward. Y le gustó aún más la limusina y la cita que éste le preparó.

Al menos eso había salido bien.

Pero el resto, la parte relacionada con Isabella… A Edward no se le había ocurrido que ella pudiera no estar en casa y ahora se sentía como un tonto de pie delante de la casa con una limusina detrás.

«Idiota».

Por supuesto, lo era. Y en cuanto viera a Isabella, procuraría hacerle ver que se daba cuenta de que lo era.

Entretanto, tenía que llegar a la inauguración y, después de meterle una nota a Isabella por debajo de la puerta, volvió a la limusina y se sirvió un whisky. Teniendo en cuenta la gente a la que tendría que hablar esa noche y lo que pensaba decir, iba a necesitar toda la ayuda que pudiera conseguir.

Cuando llegó, Paraíso estaba fantástica. Los empleados habían hecho un trabajo increíble y las luces de señalización parecían saltar del edificio a la oscuridad y daban al lugar un resplandor celestial.

Y el brillo suave de la luna llena hacía que resultara aún más hermoso.

Edward deseaba que Isabella estuviera allí para verlo con él.

Recorrió con la vista la multitud que esperaba para entrar en la discoteca, pero no la encontró, y el peso de la soledad cayó sobre él. ¿Cuántas inauguraciones había hecho solo? No lo sabía, pero ahora tenía la sensación de que no podría continuar sin ella a su lado.

Pero el podio estaba instalado y era casi la hora de empezar. No tenía elección.

La limusina recorrió despacio el estrecho camino de la entrada y Edward salió entre aplausos.

Alzó las manos, tanto en un gesto de saludo como para detener los aplausos, y la gente guardó silencio.

—No se dejen engañar por el podio y la multitud —dijo cuando empezó la conferencia de prensa—. Voy a ser breve porque sé que la mayoría están aquí por una sola razón, entrar a bailar.

La multitud vitoreó y él dejó vagar la vista entre la gente. Seguía sin haber ni rastro de Isabella.

—Pero antes quiero hablarles de una mujer muy especial. Algunos seguramente habrán visto las fotos de ella. Y en ese caso, bueno, sabrán lo hermosa que es— añadió nervioso—. Pero lo que quizá no sepan es quién es. Se llama Isabella. Y es la mujer a la que amo.

Esa vez, cuando miró la multitud, sí la encontró. Los ojos de ella estaban brillantes por la sorpresa y tenía la boca entreabierta, como si quisiera decirle algo y no supiera cómo ponerlo en palabras. Un grupo pequeño retrocedió a su alrededor y la miró a ella en vez de a él.

—Isabella —dijo Edward—. Lo siento. Y te quiero.

«Te quiero», repuso ella con los labios.

El grupo que la rodeaba empezó a aplaudir.

—Cuando estás enamorado, cambian cosas —prosiguió Edward—. Algunos quizá sepan que estoy en proceso de crear un cierto número de discotecas en otros países. Y ese plan sigue en pie, pero voy a tener que delegar más en mi equipo y viajar menos. Ahora es importante para mí estar en casa. Y mi casa está aquí, en Dallas —respiró hondo—. En la ciudad donde nací.

La multitud guardaba silencio, pero Isabella oía un golpeteo débil. Después de un momento, comprendió que era el latido de su corazón.

—Y por si piensan que no hablo en serio —continuó, aunque sólo la miraba a ella—, hoy he apalabrado una casa. Eso no quiere decir que tenga que vivir en ella ni que tenga que comprarla, pero el engranaje ha empezado a moverse. Francamente, creo que ya tengo un hogar en Dallas. Pero eso tengo que esperar para verlo.

Ella asintió con la barbilla y él sonrió ampliamente.

Se quedaría en casa con ella.

La amaba.

—Isabella Swan —dijo por el micrófono—. Esta discoteca está dedicada a ti. Porque yo no conocía el paraíso hasta que te encontré —la miró a los ojos—. Te quiero. ¿Quieres hacer el favor de cortar la cinta?

La petición la sorprendió, pero la gente que la rodeaba se mostró encantada de abrirle paso. Llego al estrado y Edward tendió la mano y rozó la suya con las puntas de los dedos. El gesto bastó para derretirla.

—¿Te vas a quedar de verdad? —preguntó.

—De verdad.

—¿Por qué?

—Porque te quiero. Y porque aquí está mi casa.

—Pero tu infancia, tus padres…

Él se encogió de hombros.

—Pequeñas molestias —dijo—. Mi casa está aquí porque tú estás aquí.

Le pasó las tijeras y ella cortó la cinta que bloqueaba la puerta entre aplausos fervorosos y se hizo a un lado para dejar pasar a la gente.

Edward la abrazó.

—¿Estás seguro? —preguntó ella.

—Nunca he estado más seguro de nada —repuso él—. Aunque debo confesar que no quiero la casa para la que he dejado el depósito. Tengo otro lugar en mente. Tiene unos suelos fantásticos de cemento pulido.

Ella se echó a reír.

—Es una casa muy solicitada, pero soy amiga de la dueña. Estoy segura de que podrá haberte un hueco.

—Bien.

—Podrías haberme hablado a solas —dijo ella—. No tenías por qué hacerlo delante de todo el mundo. Les has hablado de nosotros a todos.

—¿Eso es malo?

Ella pensó un momento y negó con la cabeza.

—No.

—Me alegro. Porque necesitaba que el mundo supiera que eres mía. Y —añadió, después de darle un beso rápido en los labios— que yo también soy tuyo. Te quiero, Isabella. Y siempre te querré.

Y con la multitud aplaudiendo y las cámaras disparando, la besó con fuerza bajo el resplandor suave de la luna llena brillante.

E Isabella pensó que aquello sí era una buena foto para los blogs.

FIN

Gracias por leer y sus reviews.

Que tengan una hermosa semana.

Saludos,

Marie ƸӜƷ