Siii..! Lo logré! Subí el nuevo capitulo antes de que se acabara el año! TvT Jaja, ya puedo quedarme tranquila :')

Por cierto... Hola! :D Mil gracias a todos por ayudar a hacer de este año uno genial, y de corazón les deseo que el próximo sea mucho mejor! Paz y Bubbline para todos :D Saludos!


Capitulo 11:

Durante el amanecer, uno que prometía una radiante mañana sobre las tierras de oOo, Gumbald se asomó por su balcón a contemplar aquel milagro de todos los días. Manteniendo la cabeza en alto, como siempre lo hace, sonreía al sentir los rayos del sol posándose sobre su rostro. Respiro profundamente, se sentía de un particular buen humor por alguna razón, y mientras apretaba los puños levantó los brazos en alto exclamando: ¡Hoy será un gran dí-auch!.. ¡Auh-auh-auh... Auch!

Había terminado por quejarse en cuanto sintió una fuerte punzada en los músculos de la espalda. Luego empezó a reírse un tanto trémulo, recordando que ya no era ningún muchachito.

Estas últimas semanas, el Dulce Rey se había encontrado todos los días con toneladas de trabajo, reuniones, eventos y tantos otros asuntos que implican ser el soberano. Pero hoy más que nada, a medio día exactamente, tenía que asistir a una Asamblea Real donde también se encontraría con varios de los líderes de otros reinos de oOo. Este asunto le preocupaba sobre manera ya que un acontecimiento así no había ocurrido desde... Bueno, desde hace mucho tiempo. Sin dudas había algo que no estaba andando bien, pero a pesar de todo pronóstico intentó permanecer positivo, después de todo ¿qué es lo peor que puede pasar?

Mientras se estaba preparando para partir a esa dichosa junta, alguien llamo a la puerta de su habitación.

-Adelante -contestó el Dulce Rey con voz animada.

-Con permiso -se trataba de su mayordomo Pancito, quien abrió la puerta con premura -. Su majestad, lo están... ¡Ay, Glob mío! -Había gritado el pobre pan de la sorpresa mientras que se cubría los ojos con ambas manos.

El Dulce Rey Gumbald, con los brazos en jarra y desnudo de los tobillos para arriba, saludó con amabilidad a su mayordomo.

-Oh, Pancito, eres tú. Creí que podría tratarse de alguna reina soltera.

-Pero Señor, ¿por qué no me dijo nada?

-Vamos Pancito, no seas vergonzoso, que yo estoy muy orgulloso de mi cuerpo.

-Que alegría por usted -contesto al mayordomo todavía apenado.

-¿Que lo que querías decirme?

-El profesor Caramelo solicitó hablar con usted.

-¿El profesor Caramelo? Pero se supone que debe estar con la princesa ahora...

-Precisamente, creo que de eso se trata...

El Dulce Rey al escuchar esto no perdió más el tiempo y se dispuso a salir a hablar con el profesor.

-S-su, su majestad.

-¿Ahora qué Pancito?

-¿Tan así está orgulloso de su cuerpo, o es que se pondrá ropa en esta ocasión?

-Oh... Sí, claro. Ja, ja, jaaa... Casi lo olvido.

Bonnibel se encontraba en su pequeño laboratorio, con la mitad del cuerpo recostado sobre una de las mesas de trabajo y con ambas manos sobre la cabeza. Ya había pasado más de una semana, ¡una semana! Era increíble que su dolor de cabeza aun no haya cesado después de volver de la fiesta que había dado Arcoíris. Al menos esas molestas nauseas ya no volvieron a aparecer. 'No más Multi-licor, ¡nunca más!' se repetía una y otra vez. Momentos después, su tío entró en la habitación.

-Bonnibel, ¿qué haces? -La llamó a la vez que se acercaba.

-¿Tío? ¿Eres tú? -La princesa levantó ligeramente la cabeza para comprobar que en efecto se trataba de él, luego se enderezó en su asiento -¿No tenías que ir ahora a otra reunión... o algo así?

-Eso puede esperar un poco. Ahora dime ¿qué hiciste para que tu profesor se molestara tanto?

-Ah... Solo discutimos -contestó la princesa mientras fruncía el seño.

-¿Discutir? Pero ¿qué le dijiste?

-La verdad. -El Rey le lanzó una mirada interrogativa, la chica suspiro y terminó por contestar: Le dije que su manual es un montón de basura.

-¡¿Qué?! -preguntó el Rey sorprendido y un tanto alterado -. ¡Pensé que el profesor estaba exagerando cuando me lo contó!

-Pero si es la verdad, ¿es que acaso no lo has leído, tío?

-Bueno... Es que no he tenido mucho tiempo.

-Que bueno, porque yo que tú me lo ahorraría. Son páginas y páginas de un montón de supuesto que él da por sentado verdaderos, sin ningún tipo verificación previa, con la burda excusa de "tengo más experiencia que los demás" -Dicho esto último mientras parodiaba la voz de un anciano. -Encima que se galardona a sí mismo, con ese grupito de fanboys que tiene detrás de él subiéndole el ego por los cielos ¡Y para colmo, pretende tomarme un examen sobre su conclusión!... ¿Es que acaso es estúpido o que le pasa?

El Rey arqueo una sola ceja. A veces, a su sobrina le agarraba uno de estos ataques de quien sabe que, en los que por un momento dejaba de ser esa jovencita correcta y de muy cortés vocabulario, para luego de pronto tutear a las personas y decir cosas como "es estúpido" o"es un montón de basura".

Adolecentes, pensó el dulce monarca... También recordó que la princesa se había estado quejando desde hace días por dolores de cabeza.

-El profesor Caramelo tiene un par de ideas diferentes a las tuyas, eso no tiene nada de malo.

-Pero tío... Agh…-Bonnie en ese instante sintió un pequeño malestar en el cuerpo, que no pudo evitar demostrar con una mueca de molestia -El profesor me ha repetido durante años que procure tener un pensamiento crítico, y ahora es como si no aceptara que alguien no esté de acuerdo con él...

-Me parece que el problema es que no has elegido las palabras adecuadas para expresarte, princesa. Recuerda que el profesor es un tanto... Tradicional con sus métodos.

-Ibas a decir anticuado... ¿verdad? -preguntaba la joven un tanto risueña.

-¡Exacto! Pero no lo hice. En su lugar, use otras palabras mucho más digeribles. Ya lo vas entendiendo...

-Pues decir que era un montón de basura fue mucho más sencillo.

La princesa, luego de eso, volvió a reposar su cabeza sobre la mesa mientras suspiraba de cansancio. El Rey la contempló preocupado pero aun así se le dibujo una sonrisa en su viejo rostro. Pensaba que esta muchacha se veía bastante diferente de esa pequeña niña que aun seguía viendo en fotos y pinturas, aunque todavía se podían apreciar un par de reflejos de ella en algunos aspectos. Pues sí, se dijo así mismo, para bien o para mal su dulce sobrina estaba creciendo, incluso había veces en que deseaba que parara de hacerlo... Cosa bastante ilógica, puesto que desde el día en que Bonnibel apareció, su único e inminente destino sería el de crecer para llegar a ser la nueva soberana.

Se sentía bastante preocupado, puesto que el profesor Caramelo era casi temido dentro de la comunidad académica del reino, y si su opinión acerca de la princesa declinaba negativamente... Pues en realidad, no estaba muy seguro de que es lo que podría llegar a pasar socialmente.

-Bien. Lo que tú digas. Solo trata de no ser tan impulsiva. -Le dijo su tío mientras se dirigía a la salida. Justo antes de marcharse, se paro en la entrada y volvió la mirada hacia la princesa -. Quizás ya podríamos empezar a prescindir de tantos profesores.

-¿Qué? -preguntó Bonnibel lo cual sorprendió al Rey, creyó que no lo estaba escuchando.

-Sí. Me refiero... a que ya no es como si los necesitaras tanto, ¿verdad? Aunque bueno, ya hablaremos mejor de esto más tarde.

Dicho esto el Rey se despidió y se marchó. Bonnibel se quedó con esa última frase dando vueltas por su cabeza. ¿Será cierto? ¿Ya no necesita ayuda de sus profesores como antes? En tal caso, si había algo que quisiera saber más lo podría hacer por su propia cuenta. Y a decir verdad, es lo que siempre ha hecho los últimos años.

Si bien el profesor le había dejado una tarea decidió que no iba a hacerla. ¡No, no iba a hacerla…! Bueno, quizás luego, ¡pero la iba a hacer a su manera!... Aunque sea un poco.

Bonnibel camino hasta su habitación arrastrando los pies y se dejo caer de bruces sobre su cama. A penas había comenzado el día pero ya se sentía rendida. La luz del sol que entraba por su balcón reflectaba un molesto rectángulo luminoso sobre el colchón, así que a regañadientes se levantó y se dirigió a correr las cortinas, pero antes de hacerlo se detuvo a contemplar el horizonte. Un atisbo de ternura se vislumbro en su rostro mientras comenzó a observar los techos de las casas, las coloridas calles y a las dulces personas que se asomaban por las ventanas. Después sintió otro leve dolor cruzar por su cabeza, como si le estuvieran dando puntadas sobre sus sienes, lo que distrajo por un momento sus pensamientos.

Comenzó a recordar entonces la noche que había vuelto de la fiesta, cuando Marceline la cargó todo el recorrido hasta su hogar ayudándola incluso a acostarse. Otra sonrisa volvió a aparecer en sus labios cuando recordó esa deliciosa fragancia que había alcanzado a apreciar también aquella noche. Al final sí resultó provenir de la vampiresa, incluso había quedado un poco de ella entre sus sabanas a la mañana siguiente, cuando despertó y se encontró sola. No tenía idea si es que acaso se había puesto algún perfume esa noche o tal vez siempre hubiera tenido ese aroma y ella jamás lo había notado, de cualquier forma ahora le encantaba. Luego su sonrisa se desvaneció y finalmente hizo a un lado las cortinas, dejando ahora su habitación mucho más oscura.

Pensó apenada que no había vuelto a ver a Marceline después de esa noche.

"Quizás aún si necesito ayuda para hacer algunas cosas."

Mientras tanto, en una acogedora cueva desconocida, un lobo salvaje estaba lamiendo la cara de una vampiresa inmersa en un profundo sueño, solo después de unos momentos logró abrir los ojos y en cuanto recobró el sentido, alejo con cuidado al lobo el cual se fue hacia otro lado de la cueva.

Miro a su alrededor recordando los sucesos de la noche anterior. Estaba recostada sobre el lomo de otros tres de estos animales, de los cuales se escuchaban ligeros ronquidos como silbidos. Lentamente se elevo sobre estos y comenzó a limpiarse la saliva de la cara.

"Así que otra vez me metí en la guarida de los lobos, he" pensó Marceline. En realidad no le gustaba mucho convivir con estos animales, pero que pasar una noche en sus manadas era excelente para descargar tensiones, sí que lo eran, mucho mejores que asustar a los duendes en sus aldeas o luchar contra esos condenados monstruos encerrados en las grutas.

"Vaya días hemos tenido" se dijo a sí misma mientras echaba un vistazo hacia afuera de la cueva, aun era muy temprano para salir. Al menos el sabor de todo lo que tomo en la fiesta de Arcoíris ya había desaparecido. Se sorprendió de haber sido superada esta vez por la bebida, justo ella, la que todo lo puede en las fiestas. Al final decidió volver a descansar hasta que se hiciera de noche.

Pasaron las horas hasta que finalmente se despertó sobresaltada, tanto que incluso olvido que se había quedado dormida mientras levitaba, haciendo que se desestabilizara un poco.

Había soñado que se encontraba otra vez en la casa de Arcoíris, pero esta vez no había ninguna fiesta. De hecho no había nada, ni muebles, ni alfombras, solo varias habitaciones y puertas cerradas. Recorría cada rincón de la casa en busca de la princesa a quien podía escuchar sollozar en algún lugar pero no lograba dar con ella, hasta que por fin creyó escucharla detrás de una de las puertas. Al abrirla se dio cuenta de que llevaba a un pasillo donde del otro extremo se encontraba Bonnibel, sentada en el suelo con las manos cubriéndole los ojos.

Marceline comenzó a caminar hacia ella, luego aumento el paso hasta que se encontró corriendo hacia el otro lado del pasillo, el cual no dejaba de alargarse cada que avanzaba. Pronto se percató que no importaba cuanto corriese, el pasillo seguiría creciendo, hasta que en un punto se tropezó y el 'golpe' termino por despertarla de aquella locura.

Estando un poco más calmada, hecho otro vistazo y descubrió que ya estaba atardeciendo, así que en cualquier momento podría salir de ese lugar. Un par de lobos aullaron cuando la vampiresa se marchó y justo cuando estaba por llegar a su propia cueva, se sorprendió de ver a una joven sentada en la entrada.

-¿Bonnie…? -La princesa al verla se asustó un poco, Marceline tenía un aspecto terriblemente lamentable.

-¡Marceline! ¿Estás bien, que te pasó? -preguntó preocupada en lo que se levantaba para acercarse hacía ella.

-Estoy bien, solo estuve de excursión por ahí…

-Te ves terrible, como si hubieras luchado contra algún monstruo -estando ya a un par de pasos de ella, la princesa retrocedió con asco mientras se tapaba la nariz -. Y encima apestas a perro cochino.

-¡Oye! -Marceline comenzó a olfatearse a sí misma y en cuanto comprobó que tenía razón decidió no reclamarle -Como sea, ¿qué estás haciendo aquí?

-Es que... -La princesa escondía un poco el rostro, parecía un tanto avergonzada. -Me... preocupe un poco. No he sabido nada de ti desde lo de la fiesta de Ethel.

-Ah... Pues, aquí estoy -le contestó intentando sonar chistosa. La verdad es que si se había desaparecido por completo de todos esa semana -. Igual es un poco tarde ¿le gustaría pasar a mi humilde morada, su majestad? -le preguntó burlona.

Una vez dentro de la cueva, Bonnibel se quedo observando los libros que guardaba la vampiresa en su biblioteca mientras que esta se estaba quitando el olor a perro y suciedad en la ducha del fondo. Hace ya varios años que la princesa la había ayudado a improvisar una suerte de cuarto de baño para Marceline, que en realidad funcionaba bastante bien, así al menos ya no necesitaría de buscar un río, una cascada o cualquier fuente para poder asearse.

Tardo bastante, pero una vez salió su piel había vuelto a recuperar su pálido tono, se había puesto una camisa holgada, unos pantalones cortos de color negro dejando lucir sus largas piernas, y aun con su largo y oscuro cabello húmedo goteándole por la espalda. Cuando Bonnibel la miro no pudo evitar que se le escapara una risita de entre los labios. ¡Había quedado como nueva!

-¿Que es tan gracioso? - Espetó la vampiresa.

-Ahora que lo recuerdo. ¿Tú no tenías que ir también a la Asamblea Real de hoy?

-¿La qué?... Nunca me invitan a esas cosas. Los estirados monarcas de ahora me reconocen más como una amenaza poco importante que como Reina Vampiro.

-¿Y eso por qué?

-Algún día te lo contare…

Bonnibel la miró intrigada pero decidió no seguir preguntando. Decidió cambar de tema.

-No has leído ninguno de los libros que te presté, ¿verdad? -le preguntó desviando la atención hacia la biblioteca.

-Tengo mejores cosas que hacer. Tengo una agenda súper ocupada.

-Seguro... -se limito a decir mientras que reparaba en la consola y una modesta pila de juegos tirada a un lado de la cama.

-¿Y qué hay de ti?

-Bueno, a ese libro que está aquí ni siquiera yo lo reconozco -le contestó inocente la princesa mientras que señalaba un pequeño ejemplar bastante antiguo a un costado de la biblioteca.

-No, tonta. Me refiero a que harás ahora. No sé si te has dado cuenta, pero se te acaba de pasar el toque de queda, princesita.

-Yo no tengo esas cosas... -le respondió molesta. Ella no tenía un toque de queda, o al menos no uno sumamente aclarado.

-De todas formas, quisiera saber quién te acompañara en tu laaaargo camino de vuelta al castillo.

Ahí sí que la había atrapado. Bonnie corrió la mirada intentando ocultar un poco la pena, pues mientras venía de camino hacía ese lugar jamás se le cruzo por la cabeza que la vampiresa no quisiera acompañarla de vuelta hasta el castillo. De pronto sintió que todo aquello había sido una pésima idea.

¿Por qué había ido hasta allá en primer lugar? Ese discurso de que se había preocupado por Marceline era cierto, pero también sabía que había algo más, otra razón para buscarla...

Por unos instantes, la princesa creyó que Marceline, al darse cuenta de su indecisión, solo estaba jugando con ella, como siempre lo hace... Pero descartó esa idea. La vampiresa, a pesar de lo sensitiva que puede resultar a veces, la mayoría del tiempo esta tan ensimismada en su mundo que termina ignorando asuntos como este. Solo estaba tratando de molestarla.

-Vine sola hasta aquí, puedo volver sola también.

-¿Segura? Se está muy oscuro por el camino.

-Tengo una linterna. No necesito que me estés ayudando siempre, ¿sabes? -Le espetó mientras que le sonreía amarga.

Aquella última frase se quedó resonando en la cabeza de Marceline, como si de a poco se convirtiera en un eco distante. Entonces las palabras que le había dicho Keila en una ocasión también volvieron como un flash a su memoria.

"¿Qué tanto se te necesita por allá?"

La princesa se disponía a salir de la cueva, intentando por todos los medios fingir que no se sentía avergonzada, cuando la risa de la vampiresa la detuvo unos momentos. Se dio la vuelta para enfrentarse a ella, quien la miraba de pies a cabeza de manera divertida con los brazos cruzados sobre su pecho.

-De acuerdo, tu ganas -le dijo mientras que le daba la espalda y se calzaba unas botas.

-¿A qué te refieres? -preguntó incrédula la joven peli rosado.

-Como tu real acompañante -comenzaba a mofarse -, no he estado cumpliendo con mis deberes, su majestad. Por eso, hoy nos compete hacer una actividad acorde a nuestro... amm... ¿cometido?

-Ya ve al punto, boba. -Le contestaba la princesa entre risas.

-Bien… ¿Hace cuanto que no vamos de campamento?

-¿De campamento?... O sea, ¡¿pero ahora?!

-¿Por qué no? Solas tú, yo, una fogata y la oscuridad, rodeándonos en su infinito manto impasible.

-¿Sabes si quiera lo que significa 'impasible'?

-...No... Pero... Sonó lindo.

Bonnibel volvió a reír más animada. Al final aceptó la idea, un poco de aventura no le vendría mal. Incluso dentro de su mochila además de la linterna tenía hasta un botiquín de emergencia por si los dolores de cabeza volvían a aparecer. Ahora también guardaba el libro que Marceline terminó por regalarle, igual no es como si ella les diera mucho uso a los muy pobres.

En menos de unos minutos ya se encontraban incursionando entre los senderos del bosque que más cerca quedaba. La princesa no se preocupaba por que su tío preguntara por ella, pues ya le había dejado el recado al mayordomo Pancito de que iba a estar con Marceline. Bonnibel sostenía la linterna a la vez que la vampiresa la ayudaba a cruzar sobre unas enromes rocas a mitad de camino.

-Wow... ¿Hace cuanto que no veníamos por aquí? -preguntaba la princesa -Ya incluso los senderos se han modificado bastante.

-Tenías once años la última vez que vinimos a este lugar. ¿No lo recuerdas?

-Si... Ahora sí que me acuerdo -contestó mientras hacía memoria -. Y también, acabo de recordar que dije que no quería volver nunca más.

-Sí, te habías asustado mucho... -decía Marceline casi complacida.

Por aquella ocasión en la que también habían salido a dormir a la intemperie, Marceline se pasó la mitad del recorrido contándole historias de terror a la pequeña princesita, cuyo sentido de la lógica terminó por desfallecer ante los aterradores relatos de quien se suponía se iba a encargar de mantenerla a salvo. Por la noche, la pequeña Bonnie seguía tan nerviosa que a costas de su alto orgullo, le rogó a la vampiresa que la dejara dormir junto a ella, y como Marceline duerme la mayor parte de las veces levitando, la dulce niñita tuvo que intentar dormirse sentada sobre el regazo de esta con la cabeza recostada sobre su pecho, flotando a unos cuantos metros del suelo.

Por unos largos minutos, estuvo temblando nerviosa sin poder conciliar del todo el sueño, y aunque esto a la vampiresa le resultaba bastante divertido, al final tuvo que consolarla para que se durmiera, rascando su espalda para que se relajara, hasta que finalmente cayó en el profundo sueño, y de paso ella igual.

Después de todo, solo era una niña.

Pero Bonnibel ya dejo de ser una niña, ¿o no?

Marceline se quedó observando a la princesa que estaba caminando delante de ella. Estaba usando un vestido de un rosado muy pálido con diminutos lunares negros, un cinturón del mismo color que marcaba con ligereza su cintura, una chaqueta corta y botas de excusación que iban a juego. Por unos segundos, la vampiresa no se terminaba de creer que esa linda chica que tenía al frente se trataba de la misma niña que se había quedado dormida en su regazo. Era una estupidez pensar en cosas como esa, lo sabía muy bien, pero no pudo evitarlo, pues la diferencia casi le golpeaba en la cara.

Aquella Dulce Princesa de diez años había necesitado de Marceline para muchas cosas, incluso para algo tan cotidiano como lograr quedarse dormida. En cambio, esta Dulce Princesa de ahora ya casi prácticamente no necesita de nadie...

"¿Qué tanto se te necesita...?"

-¡Marcy!

-... ¿Q-Qué dijiste? -se sobresaltó la vampiresa cuando Bonnie se dio la vuelta para hablarle.

-Te pregunte si te parece bien que nos quedemos por aquí.

-Ah... Sí, claro. Como sea.

-De acuerdo... -le dijo un tanto extrañada -Haré una fogata entonces y luego...

-Buscare algo para comamos, ¿vale? -le interrumpió.

-Ah... Pero, ¿no se supone que lo tengo que hacer yo?

-Pff... Por favor, DP. Con lo lerda que eres, primero moriríamos de hambre.

-¡Oye!

Riendo otra vez con su escandalosa risa, Marceline se adentro hacia el bosque en busca de alimento. Luego de varios minutos, regresó hacía el campamento guiándose con facilidad, pues la princesa ya había logrado encender una gran fogata.

-¡Por fin! Pero que lerda eres -se burlaba la jovencita de dulce figura.

-¿Lerda? -replicó la vampiresa enfadada -A mi no me engañas, seguro que encendiste el fuego con algo que traías en la mochila, tramposa.

-Claro que no, use lo que había a mi alrededor, y lo hice mucho más rápido de lo que tu pudiste encontrar... ¿una sandia?

-Corrección, una gran y deliciosa sandia. Si esto fuera un juego yo habría ganado por un bonus de 100 puntos.

-¿Dónde encontraste esa sandia en medio del bosque?

-P-pues... De un árbol de sandias, duh.

-Marceline, no existen los árboles de sandias. ¿De dónde la sacaste?

-Ya, está bien. Se la robe a un grupo de criaturas que estaban cargando una carreta llena muy lejos de aquí, ¿de acuerdo?

-¡Marceline!

-¡¿Qué?!

-¡Eso está mal!

-Ay, por favor... Tenían una carreta llena de estás, no la van a extrañar demasiado.

-Es igual, no podemos quedárnosla, tienes que devolverla.

Dicho esto, la vampiresa levantó la sandía por sobre su cabeza y con gran fuerza la lanzo hacía el suelo, despedazándola en varios trozos que ahora regaban el suelo bajo sus pies.

-Ups, se me resbaló.

-¡No puedo creerlo! -le regañaba la princesa -¡Y encima después me querías tratar de tramposa, vampiresa sin vergüenza!

-Ok, detenté ahí, princesita -la interrumpió con tono enfadado -. No les hice ningún daño y eso insinúas, aparecí y me fui tan rápido que ni cuenta se debieron de dar todavía. Ellos no la estaban vigilando, así que el que lo encuentra se lo queda, es la ley del bosque o de la selva, ¡da igual!

-Pues hay otras maneras.

-¿Y qué tal si no? Si uno de tus súbditos pasara hambre, ¿le dirías que "hay otras maneras"?

-¡Eso es completamente diferente!

-¿De veras? No seas tan infantil, princesita.

Las mejillas de Bonnibel ardieron de la frustración ante las palabras de la vampiresa. Al final le dio la espalda sin decir nada más, tomo su linterna y se encaminó por uno de los senderos que se dejaba ver entre la espesa bruma a buscar su propio alimento, así se tardara horas en encontrar algo comestible. Marceline bufó sin nada más que decir tampoco para luego recoger los pedazos de sandia del suelo.

Pasado ya el momento, la vampiresa se quedó levitando al rededor de la acogedora fogata. Le encantaba esa agradable sensación que causaba el calor de las llamas sobre su fría y firme piel. Mientras que le daba una mordida a uno de los pedazos de sandia, sintiendo a la vez como ese dulce sabor la llenaba por dentro, comenzó a imaginarse que el fuego en realidad se trataba de la luz del sol, aquella que nunca más volvería a sentir. Esa calidez junto con la dulzura le hicieron sentir mucho mejor, y solo entonces se reparó en que la princesa ya se estaba tardando demasiado.

Era lógico, pues ni siquiera una cerebrito como ella lograría encontrar comida tan rápido en este bosque, y muy por seguro no la tomaría si supiera que ya le pertenece a alguien, como a una familia de ardillas o algo por el estilo... Marceline sonrió ante esa idea, y luego de terminar de comer ese pequeño bocado fue a buscar a la princesa, solo para asegurarse de que se encontrara bien.

Decidió no llamarla por si esta seguía enfadada. La verdad es que ver a Bonnibel enojándose o sintiéndose avergonzada era un juego muy placentero para la vampiresa. No solo porque sus expresiones con frecuencias le parecieran tan ridículas y a la vez adorables a en su propia naturaleza, sino porque de vez en cuando, si la emoción era muy fuerte, la princesa se sonrojaba, y ese enrojecimiento sobre su piel de un suave tono rosado, combinados eran absolutamente cautivadores.

Esto venía preocupando a Marceline desde hace mucho tiempo, puesto que ya había olvidado cuando fue la última vez que se había sentido 'cautivada', como por ejemplo cuando la princesa era pequeña y se sentía apenada cuando se daba cuenta de que había metido la pata, o como cuando el alcohol de la fiesta le había enrojecido hasta la punta de la nariz, hace unos días, cuando despertó a su lado en su cama...

Ahora quien se había puesto roja fue Marceline.

Iba tan distraída que el ruido de unas ramas moviéndose detrás de ella la asustó sobremanera. Se dio la vuelta y mirando hacia arriba descubrió la luz de la linterna de la princesa, que se estaba moviendo entre la copa de los árboles. Segundos después escuchó el ruido de unas ramas rompiéndose y un grito ahogado de Bonnibel hacía esa dirección. Marceline reaccionó de inmediato y haciendo a un lado todo lo que se interpusiera en su camino, tomo a la princesa en el aire antes de que terminara estampada contra el suelo.

Bonnie se aferró al cuello de la vampiresa y cuando abrió los ojos se encontró con su rostro a escasos centímetros del suyo. Pudo reconocerla por el brillo que tenían sus ojos, los mismos que resplandecían siempre que se encontraban a oscuras. Se la veía muy molesta.

-¡Glob, ten más cuidado, boba!

-Mi... Mi-mi-mi... -la princesa intentaba pronunciar palabras coherentes pero se había distraído un poco.

"¡Ahí está, es la misma fragancia de nuevo!", se decía a sí misma para sus adentros.

-¿De qué rayos hablas?

-M-mi... Linterna -logró pronunciar.

Marceline bajo a Bonnibel con delicadeza, notando que sus manos estaban temblando. Por un momento también se había puesto nerviosa. Al parecer la linterna, que se encontraba sobre unas hojas en el suelo, se había estropeado un poco con la caída, incluso se le escapaban un par de chipas por uno de los costados.

Ambas chicas volvieron hacia donde se encontraba la fogata y una vez allí, la vampiresa se dejo caer pesadamente sobre el suelo, como muy pocas veces lo hace. La princesa se acerco a ella preocupada.

-¿Estás bien? -le preguntó mientras que se arrodillaba junto a ella.

-Eso debería de preguntarlo yo -le respondió sin mirarla.

-Perdóname, por favor.

-Eres una zoqueta.

-Lo siento...

-Zoqueta, cabeza dura...

-Lo siento...

-Zoqueta, cabeza dura, hija de tu reverenda...

-Ya, ¿ok? Ya lo capté... Y lo siento, de verdad.

-Bah, no digas eso... - le respondió en un suspiro. -Tú no tienes la culpa. Solo hagamos de cuenta que no paso nada.

Bonnie se sentó a su lado, mirando el suelo con el semblante entristecido. Tenía las rodillas flexionadas y las sujetaba con amabas manos cuando volvió a mirar a la vampiresa.

-Gracias, Marceline.

-¿Gracias de qué? Si no ha pasado nada.

-No... Bueno, si... Me refiero... Había algo de lo que quería hablarte.

-Mmm... ¿Qué cosa? -le dijo sin muchos ánimos.

-Sobre lo que paso cuando volvimos de la fiesta de Arcoíris.

-¿Lo que pasó? ¿A qué te re...? -Los ojos de Marceline se abrieron del todo en cuanto lo recordó, también (y sin quererlo) apretó los labios -. Ah... A eso... O sea...

-¿Lo recuerdas?

-Yo... S-si, es decir... Bueno...

-Cuando desperté ya no estabas, y no quería dejar las cosas solo así.

Ahora, definitivamente Marceline sintió que sus mejillas se habían puesto rojas.

-¿Qué estás tratando de decir?

-Quería decirte que... Gracias. Quería agradecerte por haberme llevado hasta el castillo, por haberme cuidado, por haberme encontrado cuando estaba encerrada en el armario... ¿C-cómo supiste que estaba encerrada ahí?

-Oh... eso -Marceline miró hacia la nada, intentando recordar cómo fue que paso -. Pues la verdad, te había escuchado.

-¿Me escuchaste? Pero si había mucho ruido, ¿cómo es que...?

-Supongo que fue mi sentido vampírico, o yo que sé, pero así fue. Te conozco desde hace tanto que ya incluso reconozco tu llanto, llorona -se burló Marceline, aunque Bonnie decidió pasar de ello.

-Entonces, ¿mis gritos te guiaron al armario?

-No exactamente -comenzó a decir mientras se incorporaba , te escuché y sabía que estabas atrapada en algún lugar, pero no sabía muy bien dónde, y no es como si yo me encontrará en mi mejor momento como para ir a buscarte, ¿sabes? La verdad es que rompí varias puertas esa noche.

Bonnie volvió a reír más animada.

-Muchas gracias.

-Ni lo menciones... En serio.

-Tú siempre me estás ayudando en todo... Y en realidad no sé cómo hacer para devolverte el favor.

-Ya encontrarás la forma -le devolvió la sonrisa -. Supongo que ahora no te quedará de otra que comer de lo que traje.

-No exactamente -la princesa metió las manos en sus bolsillos de donde saco un montón de nueces y semillas distintas, y algunos pequeños frutos -. En la cima del árbol encontré un nido abandonado, quizás una familia de aves que migro hacía otro lado y pues... El que lo encuentra se lo queda, ¿qué no?

Marceline la miro un poco sorprendida, pero luego volvió a sonreír. Las dos jóvenes se quedaron sentadas en el mismo sitio mientras que disfrutaban de una natural cena al aire libre.

-¿Tu qué opinas? -le preguntó Bonnibel a su compañera luego de un largo rato conversando y comiendo.

-Suena bastante mierda, como un montón de basura.

-¡Exacto! Eso mismo pensé yo, pero el viejo no lo asimila.

-Pues no me sorprende. La gente cuando se hace mayor y tiene mucho tiempo libre primero se vuelve gruñona, luego un tanto depresivos y al final, y con un poco de suerte, pierden la cordura.

-Ah... En realidad, una vez había leído a un autor que decía que la genialidad a veces puede ser confundida con demencia.

-Puede ser... -le dijo más pensativa -Quizás ese tipo estaba en la etapa de la depresión y escribió eso para consolarse a sí mismo.

-Quizás -le respondió la princesa un poco risueña -. Igual pienso que un poco de razón tiene.

-Si... O igual puede que tú también estés volviéndote loca.

-Vaya, ha hablado la cordura en persona.

-Calla princesita.

-Jeje... Y, ¿qué hacemos ahora? ¿Dar un paseo?

-¡Si, que gran idea! Que te diviertas mucho…

-¡Hey! ¿No vas a acompañarme?

-Oh, Bonnie... Estoy muy cansada.

-¿Cansada? Pero si me acabas de contar que te las has pasado casi todo el día durmiendo.

-Precisamente. Estoy cansada de no haber hecho nada en todo el día.

Bonnie resopló resignada así que opto por empezar a preparase para dormir. De su mochila sacó una colcha, una tan esponjada y suave que casi parecía un colchón, la extendió sobre el suelo no muy cerca del fuego y antes de acostarse sobre ella, hecho por los alrededores una especie de aerosol que las protegerían de los casi monstruosos insectos de rondaban por oOo. Pero cuando se dio la vuelta, se percato de que alguien más ya había ocupado su colcha.

-¿Qué crees que haces?

-Es tan suave... Tan cómoda... ¡Y huele rico! -decía la vampiresa mientras que giraba sobre la cubierta.

-Sí, planeo descansar ahí, si no te molesta.

-Creo que vas a tener que buscarte otro lugar.

-Pero si tú duermes levitando ¡quítate de ahí! -le decía a la vez que la hacía a un lado con el pequeñas patadas.

-Oh no, basta, por favor, me lastimas, que dolor -se burlaba Marceline sarcástica.

Después de una larga discusión, la Dulce Princesa se encontraba recostada sobre su colcha boca arriba, de brazos cruzados y con una expresión de pocos amigos con la mirada de Marceline sobre ella que le sonreía divertida tumbada a su lado.

-Vamos princesita, cambia esa carita.

Pero Bonnibel ya no le estaba haciendo caso. Sintió que los dolores de cabeza habían vuelto y no le extrañaba en lo absoluto. La realidad era que los ojos ya empezaban a pesarle demasiado, la brisa nocturna la estaba invitando a que se dejara llevar por el cansancio y estaba a punto de hacerlo, pero recordó algo que por poco se le olvida. Levantó ligeramente la cabeza para contemplar nuevamente la luz de la fogata y extrañamente un escalofrío le corrió por el cuerpo.

Marceline sin darse cuenta de lo que le sucedía a su compañera, se incorporo un poco y sin moverse de su lugar extendió su mano en dirección al fuego, utilizando sus poderes vampíricos comenzó a cerrar su mano y con ella el fuego se fue apagando lentamente.

-¡No-no-no-no espera! -la detuvo la princesa justo antes de que se extinguieran las últimas llamas.

-Bonnie... -comenzó a decirle más aprehensiva -Ya te conté una vez lo que me paso por no apagar una fogata. No querrás quemar el bosque, ¿o sí?

-Claro que no, es solo... -esta también se levanto un poco -Ha-hay un par de especies que n-no se acercan cuando ven el fuego... Y-y si lo apagáramos del todo podrían venir a molestarnos y...

-Bien, pues correré el riesgo.

De un rápido movimiento, la princesa la sostuvo del brazo en un intento por detenerla. En realidad no había querido hacerlo, fue simplemente otro un impulso que se salió de su control. Ahora se sentía como una tonta por haberlo hecho.

-Bonnie, confía en mí. Nada malo va a pasar -la decía Marceline.

Podía sentir como la mano de la princesa temblaba frente a la duda, como sus dientes se apretaban con fuerza, pero después de un par de segundos más, la princesa cedió a lo que la vampiresa termino por apagar las llamas, pero cuidando de no extinguir el fuego por completo como para no sentir frío de repente. Aún así la oscuridad de la densa bruma se hizo imposible de ignorar.

Bonnie se dejo caer hacía atrás, le dio la espalda a la vampiresa y cerró con fuerza los ojos, dejando sus brazos y piernas rígidas intentando concentrarse. Marcy la miro y no pudo ignorar la extraña sensación dentro de sí que le provocaba pensar que una vez más dormiría junto a ella.

-Solo relájate, todo está bien -había dicho en voz alta. La princesa al escucharla creyó que intentaba ayudarla, pensó que segura era más que evidente de que se sentía casi a merced del miedo, pero Marceline en verdad lo decía para tranquilizarse a ella misma.

Por otro lado, el Dulce Rey finalmente había vuelto de la Gran Asamblea de la Realeza de oOo y ahora se encontraba escondido en una de las múltiples habitaciones de su castillo. Con una botella del 'jarabe prohibido' entre las manos. Estaba a un par de tragos de acabársela cuando escucho que alguien se acercaba.

-Su majestad -se trataba otra vez de Pancito -, por fin lo encuentro. ¿Qué es lo que está haciendo aquí? Es eso... ¿Es jarabe lo que huelo?

-¿Y qué si lo es?

-Sabe que no debe beber eso, es malo para usted.

-¿Malo? ¿Y tú que sabes lo que es malo o bueno para mí? ¡¿Tu que sabes?! -le respondió muy irritado.

-Su majestad, le ruego se tranquilice...

-¡Tú no sabes nada! ¡Si fueras la mitad de bueno que era Gomita...! -el Rey se detuvo. Luego se llevó una mano a la cabeza, intentando recomponerse.

-¿Se encuentra bien, señor?

-Sí, si... Estoy viejo... Digo, estoy bien.

-¿Qué es lo que va mal señor? Desde que llegó de la asamblea no ha querido hablar con nadie.

-Yo... -El Rey recuperó su porte de siempre, pero no soltó la botella de sus manos -Gomita, ¿sabes dónde está la Dulce Princesa?

-Salió hace horas. Esta con su compañera real, la señorita Abadeer.

-Marceline -le corrigió el viejo monarca -. Ya veo...

-¿Desea que vayamos a por ella?

-No, déjala... Esto no tiene que ser problema suyo -"o al menos por ahora" pensó.

-¿Esto? ¿A qué se refiere?

Gumbald le dio la espada a su mayordomo y miró pensativo hacia la pared. Luego se dio la vuelta y le dijo: Pancito, necesito que mandes a llamar a El Oráculo, ¿de acuerdo?

-Enseguida, mi señor.

-Espera... -lo detuvo justo antes de que saliera.

-Disculpe su alteza, ¿acaso se le ofrece algo más?

-No, discúlpame tú a mí... De hecho, si hay algo más que quiero. ¿Podrías... quedarte conmigo hasta que termine de beber esta botella? No hay nada más bajo que tomar en soledad.

-Como usted desee... -le respondió sin convencerse demasiado.

-Gracias. Te pido disculpas si te hice sentir mal.

-No hay cuidado, su majestad. Estoy para servirle.

-Me alegro... Porque se acercan tiempos difíciles... O al menos espero que no.

Marceline se volteo a mirar a Bonnibel por decima vez, su respiración un tanto agitada no la dejaba quedarse tranquila. Sabía que había algo que podía hacer por ella que la ayudaría a tranquilizarse, de hecho hace mucho que se le había ocurrido, pero estuvo esperando a ver si se llegaba a tranquilizar por sí sola.

Aún un poco dubitativa, acerco una mano hacía la princesa y con la punta de los dedos comenzó a rascar su espalda. No tenía la más remota idea de que es lo que podía estar pensando Bonnibel en esos instantes pues tampoco podía ver su rostro, pero creyó que realmente la estaba ayudando por lo que había dejado de temblar.

Al final su respiración volvió a ser normal y sus músculos se habían relajado, por lo que pensó que finalmente se había quedado dormida. La vampiresa cesó aquel movimiento y paso su mano por entre el cabello de la princesa de puro impulso, luego quito se retrajo un poco sonrió complacida al pensar que no se había quedado enganchada entre sus mechones. Finalmente se dio la vuelta y se dispuso a descansar.

Pero para su sorpresa no pudo hacerlo, porque no habían pasado ni dos minutos cuando sintió que alguien estaba rascándole la espalda. Abrió los ojos enormemente, sintiendo como el calor volvía a invadir sus mejillas.

-¿B-Bonnie…? -susurró incrédula.

-¡Marceline!

La vampiresa se dio la vuelta y dejó de respirar por unos segundos mientras sus ojos terminaban de entender lo que sucedía. El miedo se les dibujo en sus rostros al instante. La princesa estaba gritando y desesperada se aferraba lo mejor que podía al suelo mientras que lo que parecían ser garras la arrastraban hacía lo más profundo del bosque.

Marceline sintió una vez más como alguien o algo estaba rascándole la espalda, al darse la vuelta se enfrentó cara a cara con los responsables de todo aquello.

Las grandes ramas cubiertas de espinas de tres grandes árboles se abalanzaron sobre ella, sujetándola desde todas sus extremidades dejándola inmóvil. Intentó zafarse, pero la fuerza acumulada de lo que parecían ser una especie de diabólicos árboles pudo más que ella, por lo que sin dudarlo un segundo más entro en su forma de demonio. Pedazos de tronco y astillas salieron disparadas a la vez que la Marceline se abría paso entre aquellos seres, los cuales comenzaron a aumentar alarmantemente de número y rodeándola por completo.

Bonnibel gritaba aterrada, sujetándose de todo lo que podía encontrar a su alrededor, pero todo intento parecía inútil hasta que tomo su mochila, saco de allí dentro la linterna la cual hizo un par de chispas intentando prenderse y algunas de esas chispas cayeron sobre las enormes ramas que la estaba sujetando de los pies, las cuales se retorcieron y flaquearon un poco. Entonces se dio cuenta.

-¡Árboles encantados! -dijo en voz alta, una rara especie de fauna que habita por algunos de los misteriosos bosques de oOo, los reconoció de varias de sus lecturas, lo que la ayudo a despejarse y comenzar a analizar mejor la situación.

Después de un par de golpes, la linterna finalmente se prendió, y con ella apunto directamente a las aberturas en el tronco del árbol encantado que la estaba sujetando, sabiendo que eso lo asustaría de momentos. En efecto, en un acto por intentar cubrirse de la repentina luz, él maldito árbol libero las piernas de la princesa la cual reaccionó de inmediato si le alejo lo más que pudo de este.

Por otra parte, Marceline estaba siendo atacada por las poderosas espinas del grupo que la rodeaba, y no fue hasta que se alzó por los aires que por fin llegó a vislumbrar más allá del tumulto. Buscó con la mirada a Bonnibel a la que vio correr a varios metros de ella con la linterna sujetada con ambas manos. Pudo escuchar también como la estaba llamando.

Canalizando toda su fuerza, se fue en picada hacía donde se encontraba la princesa para poder tomarla y largarse de allí de una vez, pero justo antes de llegar dos de los árboles encantados se metieron en su camino, y aunque los había hecho a ambos a un lado, la retrasaron un poco, lo suficiente como para ver como otro de ellos levantaba sus espinosas ramas en alto dispuesto a noquear a la princesa, la cual no llegó a verlo.

-¡Bonnie, cuidado! -gritó a todo pulmón sabiendo de que quizás no llegaría a detenerlo, pero por fortuna no fue necesario.

De entre el resto de la oscuridad del bosque apareció un rayo luminoso, que golpeó con fuerza al árbol haciendo que se retorciera de agonía y que retrocediera. Luego de este, aparecieron otros diez rayos más de manera tan rápida y seguida que iluminaron por momentos el lugar.

La vampiresa se hizo a un costado en cuanto uno de ellos cruzo justo por su lado derecho, golpeando a un árbol encantado que se dirigía a por ella. Por unos momentos casi pierde el equilibrio, pero ahora estaban a salvo, puesto que el resto de árboles se dispersaron y se alejaron entre la bruma.

En cuanto se estabilizó se acercó a donde se encontraba la princesa, quien se había agachado intentado protegerse de ese sorpresivo y luminoso ataque, aunque todo había vuelto a estar casi a oscuras. La vampiresa la llamó y cuanto Bonnibel le apuntó con la linterna se asustó y retrocedió a los gritos al no haber podido reconocerla.

De entre los arbustos saltó un hombre cubierto por una túnica bastante deteriorada que ocultando su rostro dentro de una capucha, se posiciono entre la princesa y la vampiresa, a la cual amenazó con una varita.

-¡Ni se te ocurra, lárgate de aquí sucio demonio! -le grito autoritario.

-¡¿Por qué no te largas tu infeliz?! -le respondió furiosa Marceline para luego volver a su forma original.

-¿Ma-Marceline? -preguntó la princesa que ahora la apuntaba con su linterna.

-Vaya, vaya… ¿Pero que tenemos aquí? -comenzó a decir el extraño hombre bajando su varita -¿Marceline?

Esa voz… En cuanto aquel personaje se quito la capucha, a la vampiresa se le quedo la boca semi-abierta. ¡No podía creer que realmente fuera él!

-¿Ash?

-Ja, parece que os he salvado la vida, ¿no así, Mar-mar?