VIII
La búsqueda: de recuerdos a letras
—¡Mamá! ¡Mira mi dibujo!
—Viktor, no corras tan rápido o te vas a caer.
La mujer atrapó a su hijo en brazos; a pesar de tener ya cinco años, aún era capaz de cargarlo por un rato. El lidiar con el peso y el movimiento del niño se vio recompensado cuando sus pequeños brazos le rodearon el cuello en un fuerte abrazo.
—La maestra dice que dibujo bonito. Dice que tengo mucha imaginación y dice que le haga más dibujos. —En cada nueva oración el niño tomaba aire rápidamente, con la característica desesperación por hablar rápido de un pequeño de su edad.
Su madre se sentó con el niño en un sillón y tomó el dibujo con sus manos finalmente desocupadas. Se le quedó viendo, evidentemente sin entender nada. Como suelen hacer los padres en esos casos, fingió gran sorpresa por las habilidades artísticas de su hijo.
—¡Pero mira qué hermoso te quedó el perro! —exclamó con voz emocionada, señalando un círculo con algo que parecían ser supuestas patas de animal.
—¡No es un perro, es un caballo! Mira —dijo mientras señalaba los garabatos —, éste es un caballo y éste soy yo. Ése es mi castillo y ahí vivo con todos mis amigos.
—Tu padre te ha estado contando historias de caballeros otra vez, ¿verdad? — Su madre seguía viendo el dibujo, aún intentando encontrarle forma a las figuras. —¿Y quién es él? Aquí, esta persona. Tú no tienes el cabello negro.
Viktor se le quedó viendo al dibujo como si fuera de alguien más. Repentinamente toda su habilidad para poder descifrar sus propios garabatos había desaparecido. Se quedó así más tiempo, inclinando la cabeza de un lado a otro y poniendo sus dedos en su mentón en un intento de imitar a un adulto pensando.
—No sé. —Resumió su confusión en dos palabras.
Su madre no quiso indagar más, a fin de cuentas, se trataba sólo de un dibujo de un niño de cinco años, un dibujo de tantos que ya había hecho y que terminaban arrumbados en el piso después de que la emoción inicial pasara al olvido.
El resto de la tarde pasó tan normal como cualquier otra. El pequeño Viktor seguía haciendo garabatos en hojas que encontraba, luego iba con sus juguetes y luego se le quedaba viendo la televisión hasta que el programa que le gustaba se acababa.
Su única emoción del final del día fue ver a su padre regresar del trabajo. Éste era periodista, y Viktor se fue haciendo poco a poco de la costumbre de preguntarle por cosas que sucedían en la ciudad. Lo cierto era que el único motivo por el que le preguntaba eso era porque su padre siempre aderezaba las historias con ficción; como cuando le contaba que el presidente de Rusia había peleado contra un dragón y no que éste había tenido una junta sobre el calentamiento global.
Después de las anécdotas -que parecían más cuentos de fantasía- sus padres recostaron a Viktor en su cama. Éste cayó rápidamente dormido.
—Amor, ¿no crees que deberías dejar de contarle todas esas historias a Viktor? Creo que lo saturas de fantasía. —Mientras hablaba, le tendió a su esposo el dibujo que unas horas antes Viktor le había enseñado.
—Qué extraño perro. —rió mientras inclinaba la hoja en varias direcciones para encontrarle sentido.
—Es un caballo —corrigió la madre con una sonrisa.
—¡Oh! Pues, supongo que mientras él se divierta todo está bien. ¿Y él quién es? — Señaló a la misma persona por quién su esposa había preguntado antes.
—Viktor no sabe. Supongo que es uno de los personajes que le inventas.
—Pero yo no recuerdo…
La plática terminó abruptamente cuando se escuchó un llanto que atravesó todas las paredes de la casa. Los padres corrieron al unísono hacia el cuarto de su hijo. Aunque no era la primera vez que sucedía, nunca un padre se llega a acostumbrar al llanto repentino de su hijo en la noche.
—¡Papá, papá! —gritó Viktor justo cuando éstos entraban a su habitación y prendían la luz.
—Ya, hijo. Aquí estoy, aquí estoy. —Su padre le habló tranquilamente para que no se alarmara más el niño.
—¿Soñaste feo otra vez? —preguntó su madre mientras se sentaba al otro extremo de la cama y le acariciaba el cabello a su hijo, quien ocultaba su cabeza en el torso de su padre mientras lo abrazaba con fuerza.
Viktor sólo se limitó a asentir con la cabeza, soltando el resto del llanto que quedaba.
—Tenía miedo, mamá. Yo ya quería salir del castillo, pero él no. Lo jalaba de su mano, pero me dijo que tenía que ir por su mamá, pero yo no quería dejarlo solo, pero me dijo que me fuera, pero se iba a quedar solo, pero él quería a su mamá…
—Viktor, Viktor, escúchame, fue sólo un sueño. —Le restó importancia su padre, haciendo caso omiso al contenido de la pesadilla, sonándole a puras incoherencias.
—Aquí nos vamos a quedar hasta que te vuelvas a dormir. Descuida, hijo, nada malo te pasará.
Su madre le depositó un beso en la frente mientras lo volvían a acomodar entre las cálidas cobijas. Los minutos pasaron y poco a poco las caricias en su cabello llevaron a Viktor de nuevo al sueño.
Por esa vez, ya no hubo más pesadillas, pero más y más noches con sueños sin sentido y explicación seguirían viniendo, resultando siempre en el llanto del niño y la visita de sus padres para decirle las veces que fuera necesario que sólo había sido un mal sueño.
Un día, las pesadillas desaparecieron. Cuatro años de noches tranquilas surgieron sin contratiempos. Para Viktor, que ahora era un niño más grande, esos sueños quedaron sólo como recuerdos que raramente traía a su memoria.
Sin embargo, esas pesadillas de su temprana infancia fueron recordadas nuevamente. Ya no volvían como malos sueños, pero sí se encargaban de darle al niño noches de mucho trabajo para su cerebro.
—¿Dormiste mal, hijo? —preguntó su madre mientras colocaba frente a él el desayuno. Viktor abrió los ojos de golpe dando un respingo.
—Algo así. No entiendo, duermo toda la noche, pero siento que mi cabeza se la pasa despierta recordando cosas.
—¿Recordando? ¿No querrás decir soñando?
—Pues… —Meditó unos instantes —. Sí, son sueños. Es como un cuento gigante que no acaba. El castillo, la gente, los caballos…
—¿Y dragones? —sugirió su madre pensando en cuentos medievales.
—No, dragones no hay, ¡pero hay gente que puede controlar el agua o el hielo!
—Por eso se llaman sueños, hijo. Cualquier cosa puede pasar en ellos.
Viktor se molestó de que su madre no tomara en serio sus sueños, pero a veces la entendía; nadie en la vida real podía hacer lo que ahí pasaba y, evidentemente, eran cosas que no habían sucedido. Tenía que quitarse la idea de que eran recuerdos.
Esa noche, Viktor estaba en su cuarto jugando un videojuego, totalmente ignorante de que él estaba siendo tema de conversación de sus padres en la habitación de al lado.
—¿Ayuda? ¿Nuestro hijo? —Levantó una ceja el padre mientras veía a su esposa.
—Bueno, no sé. Entiendo que los niños se inventan historias, pero Viktor no está durmiendo bien en la noche y no quiero que eso se convierta en un problema.
—¡Tonterías! Lo que nuestro hijo tiene es demasiada imaginación. Tiene que descargarla de alguna manera y yo sé cómo hacerlo.
Bajó a su estudio en la planta baja y buscó una libreta que no hace mucho había comprado para él. No importaba, luego podía comprarse otra.
Viktor escuchó que alguien tocaba su puerta. Con pesar, puso el juego en pausa y fue a la entrada, encontrándose a su papá sonriente.
—¿Ya llegaste al último nivel? —Inició la conversación mientras se sentaba en la cama de su hijo.
—No, pero ya casi.
—Hijo, tengo algo para ti. —Mantuvo escondida la libreta tras su espalda, llamando la atención del niño.
—¿Qué es? —dijo al instante con curiosidad. Su padre dejó de esconder la libreta y la puso frente al chico. En sí, Viktor era un niño curioso y fácilmente se impresionaba, pero parte de su asombro también fue lo hermosa que era esa libreta, que en nada se parecía a las que él usaba en la escuela.
—¿Es para mí? —extendió la mano, queriendo agarrarla, pero su padre traviesamente la levantó en el aire, fuera de su alcance.
—Lo será con una condición. Todos esos sueños que tienes quiero que me los escribas. Hazme una historia con ellos. ¿Recuerdas los cuentos que te contaba cuando eras más pequeño?
—¡Cómo olvidarlo! Me hiciste creer por años que el ministro de Inglaterra tenía un unicornio de mascota. —dijo molesto mientras levantaba las manos lo más que podía para alcanzar el regalo.
—Sí, bueno, a veces me pasaba un poco con los detalles, ¡pero ése no es el punto! —Finalmente bajó los brazos y le dio la libreta. —Ahora es tu turno. Siempre dices que te gusta mucho mi trabajo. Bueno, si un día quieres ser como yo, empieza escribiéndome esa historia que no te puedes quitar de la cabeza. Quién sabe, quizá un día en lugar de periodista te vuelvas escritor, con esa imaginación tan grande que tienes…
Viktor agarró la libreta y la abrió. Eran muchas hojas vacías, pero por el modo de hablar de su padre, sintió que esas hojas lo llamaban con emoción para ser llenadas.
Cuando su padre salió de la habitación, Viktor no regresó a su juego en pausa; éste se quedó así por mucho más tiempo. Hoja tras hoja, hora tras hora, el niño comenzó a escribir con su infantil letra y básica redacción. Su intensa concentración demostraba una cosa: al fin lograría descargar todo lo que para él se terminaría convirtiendo, no en un diario de sueños, sino en un diario de una vida, una que él estaba seguro haber vivido.
