Una semana más tarde, cumpliendo con mi promesa, me presento ante vosotros una vez más. Este capítulo es raro. Especial, pero raro. Muchas cosas que decir. Varias escenas eliminadas. Otras tantas cosas planteadas. Sepan leer entre líneas.

Mis agradecimientos como siempre a todos los que hacen de esta historia lo que es. En especial, a mis amables lectores cuyos nombres conozco, léase, los que dejaron sus reviews. Déjenme decirles que a estas alturas ya me he quedado sin palabras para agradecerles. Así que disculpen si en esta ocasión casi no hago comentarios. Obviamente leo todo lo que me escriben, y siempre contesto los Mensajes Privados que me envían. Sólo puedo decirles gracias. Muchas, muchas gracias. Ahora sí, las menciones

Fipe2 (me avergüenza decirte que la última que pusiste fue hecha por mí. ¡Soy escritor, no dibujante!), stfu, SoryesV, SlashTorrance, TonyPresidio, cesar k-non, Lux01, nahuelvera2, Mmunocan, Julex93, supertotitoti, Phantom1812, Adriana-Valkyrie, Sir Crocodile222 (diste en el clavo! Ya verás por qué ;D ), sombra02, xXnobu16Xx, GamesLOL, Luis Carlos, Luis, JB-Defalt, jva98 (dudo que llegue a esas cifras que tú dices, jajaja, y trataré de mejorar las peleas para la próxima… porque habrá próxima :v), J Nagera y james anderson.


.

.

Capítulo 11:
El remedio del alma.

.

"La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano"

-Victor Hugo

.

Lori estaba golpeando la puerta del baño, gritándole que iban a llegar tarde a la escuela, pero Luan decidió ignorarla. Continuó mirándose al espejo, arreglando su maquillaje de mimo. Al principio alcanzaba con delinear sus párpados y agregar unos pequeños detalles alrededor de sus ojos. Mínimo maquillaje, para dar a entender que estaba en su 'modo mimo', por si el atuendo no alcanzaba. Sin embargo, tan sólo un par de días después, estaba necesitando colocarse una mascarilla cada vez más grande para ocultar las delatoras ojeras. Luna todavía creía que Luan era la primera en acostarse y la última en levantarse. Seguramente pensaba que era la que más estaba durmiendo estos días.

No tenía ni idea.

Acomodó su boina y se miró al espejo. Los mimos normalmente usaban maquillaje blanco como base para su rostro, para acentuar los detalles en negro. Ella nunca la usaba, porque le parecía sumamente engorrosa tanta preparación. Sin embargo, ahora que veía su rostro pálido, entendía la belleza del contraste. Giró lentamente la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, en parte para ver que el maquillaje se viera bien, en parte para hacer tiempo. Luego se quedó mirando su propio rostro en el espejo, blanco y negro. Respiró hondo y comenzó a relajarse. Trató de dejar la mente en blanco, no pensar en nada, concentrarse en lo que estaba a punto de hacer.

Diecisiete. Sólo diecisiete...

Finalmente, mentalizándose en que esta vez podría, volvió a intentarlo. Cinco segundos después golpeó la pared, no pudiendo creer su nuevo fracaso. Ahogó un llanto, y comenzó a respirar entrecortado, tratando de calmarse. No podía arruinar su maquillaje, no ahora.

Lori volvió a golpear, exigiendo que saliera del baño y se dirigiera a la camioneta, donde todos la estaban esperando para que pudieran ir a la escuela. Luan no respondió. Esperó veinte segundos a que pudiera volver a mantener una expresión neutral, y finalmente salió del baño. Lori no le dijo nada. Caminó detrás suyo mientras ella tomaba su mochila y bajaba las escaleras. Mientras iba bajando, escuchó que Lincoln hablaba con su madre.

—No será una novela, sino más bien una… Una especie de diario, ¿entiendes? —Él decía, sentado junto a ella en el sofá.

— ¿Y tú…? —Comenzó Rita, con un puño apretado contra su boca, tratando de no quebrarse.

—Yo sé qué es lo que quiero decir, pero no soy tan bueno con las palabras. Por eso quiero que me ayudes, para que lo que tengo en mi cabeza quede bien escrito.

Luan se detuvo en el último escalón. Su hermano y su madre no la habían visto; probablemente creerían que todos estaban ya en la camioneta. Trató de entender de qué estaba hablando Lincoln. ¿Qué era lo que quería escribir?

—Luan, llegaremos tarde —dijo Lori, impaciente.

La voz de la mayor alertó de su presencia a Lincoln y Rita, quienes voltearon a ver a Luan. Parecían sorprendidos de verlos, y Lincoln de hecho también se veía algo asustado. Ella entendió que quizás esto era algo que él prefería mantener en secreto, así que, sin decir nada, volteó y continuó caminando hacia la camioneta.

Entró en el último lugar disponible. Claramente no era el punto dulce, pero cualquiera que fuera la desventaja de su asiento, ella no la notó. A su lado, las gemelas estaban discutiendo acerca de cuál era la mejor canción de Blarney. Detrás de ella, Luna se encontraba golpeando el vidrio con sus nudillos, practicando un ritmo de percusión. Evidentemente, ni ella ni Lynn habían ganado la discusión sobre no ir a la escuela. Luan había aprovechado la discusión para tomar el desayuno que Lincoln les había preparado e ir a su habitación. Apenas si pudo probarlo, pues sumado al hecho de que últimamente no tenía mucho apetito, tan sólo unos minutos más tarde Luna también subió a su habitación, seguida de cerca por su madre. Luan no quería hablar con nadie, así que tomó su maquillaje y se dirigió al baño.

A decir verdad, ella tampoco quería ir a la escuela. Ella de por sí ya era una víctima de la secundaria, y cada día allí era una pequeña tortura. Esta semana, sin embargo, había sido mucho peor, y no había nada que le dijera que las cosas podría mejorar próximamente. De hecho, en vista de las circunstancias, las cosas sólo empeorarían…

Recostó su cabeza contra la ventana y cerró los ojos. Vanzilla era el vehículo más incómodo del mundo, un verdadero insulto a la ergonomía. Estaba tan cansada, sin embargo, tan exhausta y necesitada de descanso, que sus párpados apenas se habían tocado cuando cayó presa del sueño.


¡Lori! ¡Leni!

La aguda voz de un niño pequeño sonó por la casa, la cual estaba prácticamente en silencio. Desde la planta baja se podía oír el sonido del niño abriendo las puertas de las habitaciones de sus hermanas, cerrándolas sin preocuparse por el ruido que esto generaba. Sentada en el sillón frente a la televisión, mirando su película favorita, se encontraba Luan Loud. Volteó en su asiento, llevando su mirada a la habitación de sus padres. Su mamá y la pequeña Lucy estaban tomando una siesta allí, y Luan temía que el sonido de las puertas pudiera despertarlas. Su madre estaba exhausta, lo último que necesitaba era que el llanto de una niña de diez meses interrumpiera su descanso.

¡Luna! —Seguía llamando la vocecita, claramente desconociendo la situación de la casa.

Con cuidado, Luan se puso de pie. Acomodó con sus manos su vestido amarillo y, sigilosamente, se dirigió hacia las escaleras. Cuando llegó, vio que su hermanito ya se encontraba bajando los escalones. Se notaba a leguas que se había despertado de su siesta, ya que llevaba puesto su pijama naranja y arrastraba en sus manos su frazadita y su muñeco de peluche, Bun-Bun. Estaba estirándose para alcanzar la baranda de la escalera, y bajaba con cuidado cada escalón, un paso a la vez. Su carita de concentración -y algo de miedo- le parecía sumamente tierna a Luan.

¿Quieres que te ayude, Linky? —Le dijo en voz baja, tan sólo lo suficientemente alto como para que él la oyera.

Lincoln levantó la vista y su rostro se iluminó al ver a su hermana.

¡Luan! ¡Luan!

No respondió la pregunta con palabras, pero comenzó a saltar en su lugar, con los brazos estirados y levantados, el inconfundible gesto de que quería ser alzado. Ella en seguida subió hasta estar un escalón debajo de su hermano, y lo tomó por debajo de las axilas. En un suave movimiento, alzó al niño de cuatro años, quien la rodeó con sus brazos y descansó su cabeza sobre el hombro de su hermana mayor.

Hay que hablar despacio porque mamá y Lucy están durmiendo —le susurró, mientras bajaba las escaleras cargándolo.

Caminó hasta el sofá, sentándose aún cargando a Lincoln.

¿Dónde están todas? —Preguntó entonces él, su cara ahora un tanto preocupada y triste—. No hay nadie en las habitaciones.

Papá y las chicas fueron al centro comercial. Yo quise quedarme para ver 'Buscando a Nemo' —dijo Luan, señalando la pantalla que mostraba a dos peces payasos nadando en el mar.

Lincoln no dijo nada. Se acomodó en el regazo de su hermana, abrazando fuertemente a Bun-Bun.

¿Estás bien, Linky? —Preguntó Luan, notando que Lincoln se veía algo raro.

Tuve una pesadilla —dijo en un susurro, estrujando al pobre peluche contra su pecho, sus ojos brillando con miedo—. Quería que Lori o Leni me contaran un cuento, o que Luna me cantara una canción para dormir, pero no están.

Luan se sintió muy mal consigo misma. Lincoln estaba asustado, como cualquier niño de cuatro años que se despierta tras una pesadilla, y necesitaba a alguien que pudiera calmarlo. Pero ninguna de las personas que podía ayudarlo estaba allí. Su madre estaba durmiendo, y su padre estaba en el centro comercial junto al resto de las chicas. La única que estaba allí para él era Luan, y desafortunadamente ella no sabía cómo hacer para animarlo. Lori y Leni podrían contarle algunas de las tantas historias que sabían de memoria, Luna le cantaría una tranquila canción de cuna, incluso Lynn lograría convencer a Lincoln de que nada podría pasarle mientras ella estuviera allí para protegerlo de los monstruos, probablemente acostándose a tomar una siesta junto a él también.

Pero Luan no tenía el carácter de Lynn, no sabía ninguna historia que pudiera contarle, ni ninguna canción que pudiera calmarlo. Ella no tenía ningún talento ni ninguna habilidad que pudiera ayudarlo. Lo único que podía ofrecerle era su compañía, esperando que eso fuera suficiente.

Todo está bien, Linky, estás conmigo —le dijo, abrazándolo suavemente—. Mira, 'Buscando a Nemo' está por terminar, ¿quieres que después veamos 'Tarzán'?

Ella sabía que esa era la película favorita tanto de Lynn como de Lincoln, y que los dos siempre acababan jugando a que eran simios, con la casa como su selva. Estaba segura de que eso podría animarlo. En efecto, ante la mención de la película, Lincoln sonrió ligeramente. Todavía parecía algo nervioso, pero era un inicio.

Bueno —dijo suavemente.

Luan volvió a acomodarlo, para que estuviera sentado en su regazo. Tenía la altura justa para que ella pudiera ver la película por encima del cabello blanco, sin molestarlo. En la pantalla, Marlin, el papá de Nemo, estaba frente a un caballo de mar, un pulpo y otro pez.

—… y entonces el pepino de mar ve al molusco y le dice: ¡es una anémona anónima! —Dijo Marlin, y en seguida el resto de los peces estallaron en carcajadas.

No entiendo —dijo Lincoln, mirando con el ceño fruncido a la pantalla—. ¿Cuál es el chiste?

No lo dice completo —contestó Luan, restándole importancia—. Seguramente era un juego de palabras.

¿Qué es un juego de palabras?

Son palabras que suenan parecido pero significan cosas distintas. "Anémona anónima", ¿no te suenan parecido?

Lincoln lo pensó un segundo antes de asentir lentamente, como si no estuviera del todo convencido.

Es como… Em…

Luan comenzó a pensar. Ella no conocía muchos chistes. Todos los que conocía eran los que su padre contaba en la mesa o cuando viajaban en auto, pero nunca les había prestado mucha atención. Comenzó a pensar, hasta que recordó a un chico de su escuela contando un chiste en el recreo.

Por ejemplo: ¿sabes lo que es "el arte"? —Preguntó con una sonrisa, volteando a Lincoln para que pudiera ver su rostro.

Es… es pinturas. Es pintar con colores y pinceles —contestó Lincoln.

¡No, es morirse de frío! Jajaja, ¿entiendes? —Dijo, riendo suavemente.

Él se quedó mirándola sin entender.

Ya sabes, "helarte". Como cuando nieva y tienes frío, y te estás "helando" —le explicó, haciendo gestos como si tuviera mucho frío.

Pudo ver a través de los ojos de su hermano los engranajes trabajando, descifrando el juego de palabras. Cuando lo hizo, su rostro se mostró sorprendido por un momento, anonadado, como si hubiera descubierto un tesoro escondido. Y en seguida dejó escapar una suave risita, con una gran sonrisa que dejaba ver un pequeño hueco entre sus dientes de niño.

Escucharlo reír fue un gran alivio para Luan.

¡Ya entendí! —Dijo Lincoln, riendo un poco más—. ¿Sabes otro chiste?

La mente de Luan estaba tratando de recordar. Comenzó a repasar todos los recreos que tenía guardados en su memoria, tratando de encontrar otro chiste. Por suerte, en seguida recordó otro.

¿Cómo estornuda un tomate? —Preguntó, sonriéndole a Lincoln.

Él pensó durante unos segundos, y luego se encogió exageradamente de hombros, con una sonrisa inocente.

¡Catsuuuuuup! Jajaja, ¿entiendes?

Lincoln comenzó a reír, cubriendo su boca con su mano para no hacer mucho ruido.

¡Sí! ¡Salsa de tomate! —Explicó, contento por entender los chistes.

¡Exacto!

¡Otro, cuéntame otro!

Esta vez, recordó un nuevo chiste casi automáticamente.

¿Qué dice una cereza cuando se ve en el espejo?

¿Q-Qué… q-qué dice? —Preguntó, riéndose en anticipación.

— "¿Seré esa?" Jaja, ¿entiendes?

En esta ocasión, Lincoln no logró controlar el volumen de su risa, y Luan tuvo que cubrirle suavemente la boca con una de sus manos para amortiguar el volumen. Él se dio cuenta, y trató de callarse, pero no podía dejar de reírse. Luan estaba fascinada. Ella nunca había contado chistes, por lo que no conocía esa magnífica sensación de hacer reír a los demás. Era una agradable sensación que inflaba su pecho, la hacía sentir orgullosa. Comenzó a pensar en los chistes que su padre contaba. La mayoría eran absurdos y no causaban gracia, pero entonces recordó uno que había escuchado en un programa de televisión, uno que había sido legítimamente gracioso.

Hey, Lincoln, escucha este —dijo, tentándose y comenzándose a reír antes de poder contarlo—. Un cuchillo… No, un tenedor va caminando por la calle, y… Pff… Y entonces ve pasar a una c-cuchara... Una cuchara por la otra acera.

Lincoln también comenzó a reír suavemente, viendo lo tentada que su hermana mayor se encontraba. La risa de Luan parecía estar generándole una gran expectativa.

Y entonces… entonces… El tenedor le grita: "¡Hey, Cuchara!" P-Pero la… la cuchara no contesta. Y el tenedor, el tenedor se detiene y d-d-dice: "Hmm… ¡Parece que no ES—CUCHARA!"

Ambos estallaron en carcajadas, tratando de cubrir sus bocas para no despertar a su madre. Pero ver al otro riendo y esforzándose por aguantar la risa sólo continuó tentándolos, y en cuestión de minutos los dos estaban rodando por la alfombra, con el rostro rojo y con lágrimas cayendo por sus mejillas, sin poder contenerse. Llegaron al punto de quedarse sin aire, pero esa lucha por respirar mientras seguían riendo sólo empeoraba la situación, causándoles aún más gracia.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano por sentarse y recuperar su aliento, Luan se dio cuenta de algo: su hermanito tenía la risa más hermosa del mundo. Era casi melódica, una serie de agudos sonidos de felicidad que de repente la hizo sentirse muy bien consigo misma. Había logrado calmarlo luego de una pesadilla. Volteó a verlo. Él estaba retorciéndose en el suelo, enredado en su propia frazada de dormir, con las manos en su estómago, riendo a silenciosas carcajadas. No había ningún miedo ni ninguna preocupación en su rostro. Si eso no era felicidad, entonces Luan no sabía qué es lo que era. Todo lo que sabía era que los chistes habían animado a su hermanito, lo habían hecho reír.

Tenía que aprender nuevos chistes.


—Ya llegamos.

La voz de Lori y la camioneta deteniéndose de repente la despertaron. Se sentó derecha y miró a través de la ventana. Era el estacionamiento de la secundaria. Notó que se había quedado dormida, y trató de recordar si había soñado algo. Le parecía que sí, pero todo lo que recordaba era la risa de un ángel. Restándole importancia —ella solía soñar con risas—, salió de la camioneta junto con Lynn, Luna, Leni y Lori, y las cinco caminaron hacia la entrada de la escuela.

— ¡Nena!

Bobby se acercó corriendo por el estacionamiento, siendo recibido con un gran abrazo por parte de Lori.

— ¿Cómo estás? —Le preguntó, preocupado, en cuanto se separaron.

—Yo… Ya sabes… Terrible —admitió finalmente la chica, volviendo a abrazar a su novio, enterrando su rostro en su pecho.

—Nena…

La joven pareja se quedó de pie en aquel lugar, él consolándola a ella, y el resto de las chicas decidieron continuar caminando. Llegarían tarde a sus clases si no se apuraban, y ninguna quería realmente permanecer allí, viendo a su hermana quebrarse justo antes de ingresar a la escuela. No querían que les pasara lo mismo. Las cuatro continuaron caminando, hasta que un grupo de chicas vestidas con camisetas de distintos equipos de fútbol comenzaron a llamar a Lynn. Ella suspiró, se despidió de sus hermanas con un "Nos vemos" y se alejó rumbo a su grupo de amigas, caminando sin demasiado interés. Pocos minutos después, un grupo de chicas vestidas con faldas, botas largas y remeras de sus bandas favoritas se acercaron a Luna y prácticamente la arrastraron hacia el salón de música, hablando de un nuevo amplificador que era "totalmente radical".

Leni y Luan continuaron caminando. Sus salones quedaban en el otro lado de la escuela, y el timbre tocaría en cualquier momento.

—Luan, no estás haciendo bromas últimamente —comentó Leni casualmente mientras pasaban por delante de la cafetería.

Luan no respondió. Tonta, distraída Leni. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía ignorarla como el resto de sus hermanas? ¿Por qué era así de directa, diciéndole eso en la cara? A veces, Luan le perdía la paciencia. En aquel momento, sin embargo, logró mantener la calma, y permaneció en silencio.

—Sabes, quiero decirte algo —dijo Leni, bajando un poco su tono de voz, como si estuviera avergonzada—. Sé que yo tampoco me río de tus chistes. Nadie se ríe porque como que los consideran muy malos y molestos.

Luan, que tenía sus manos en las asas de su mochila, cerró sus puños con fuerza. ¿Es que estaba tratando de hacerla llorar?

—Pero yo no. Yo no me río porque… Bueno, no los entiendo. Sé que tú siempre preguntas si lo entendimos, pero me da vergüenza ser la única que no lo hace —dijo Leni, sonando decepcionada consigo mismo—. Siempre trato de recordarlos, y cuando estamos solas, le pido a Lori que me los explique. Y eres totalmente graciosa. Quizás al resto de los chicos no les gusta tanto, pero a mí me parece muy lindo que siempre trates de sacarnos una sonrisa, sobre todo cuando más las necesitamos.

Luan aceleró el paso. Quería llegar a su salón y encerrarse allí cuanto antes. Sus ojos comenzaban a picar, pero no quería tocarse por miedo a que su maquillaje se arruinara.

No fue necesario realizar alguna maniobra para perder a Leni. En cuanto llegaron a la parte más poblada de la secundaria, chicos de todas las edades comenzaron a amontonarse a su alrededor, tratando de ver a Leni, ofreciéndole a cargar sus libros, su mochila, o incluso cargarla a ella hasta su salón. Aprovechando la multitud que las rodeaba, Luan aceleró el paso, queriendo alejarse de Leni.

En su huida, un chico algo mayor que ella la chocó por el hombro.

—Fíjate por dónde vas, dientes de ardilla —dijo el chico, mirándola con desdén, antes de continuar con su camino.

Luan también siguió caminando. "Dientes de ardilla". Seguramente era del equipo de baloncesto; ellos eran los únicos que la llamaban así. Los del equipo de fútbol la llamaban "la loca Loud", los de atletismo simplemente le decían "rara", y el resto de la escuela la conocía como "la obsesiva de las bromas". A estas alturas no le importaba. Ya no le afectaba que la llamaran por nombres. Sabía que si dejaba que la afectara, ellos ganarían. Así que simplemente los ignoraba a todos.

Así como todos la ignoraban a ella.


El día escolar pasó, asombrosamente, sin ningún incidente. Nadie le gritó que se callara, nadie le tiró los libros de sus brazos mientras caminaba de una clase a la otra, y no se encontró con ninguna de sus hermanas tratando de hacerla hablar. Al parecer, muchas cosas podían evitarse cuando te mantenías callada y almorzabas en la biblioteca. Lo único que no pudo evitar fueron las miradas, risas y murmullos que la gente comenzaba a hacer cuando la veían vestida de mimo. De nuevo, ella estaba acostumbrada. La gente se reía de su apariencia todo el tiempo. Al parecer, era un crimen no usar faldas cortas. Y sus dientes con frenos tampoco eran exactamente el último grito de la moda. Ella tenía asumido que no era tan linda como sus hermanas mayores. No le dolía que se lo recordaran.

Todos los días.

A cada lugar a donde iba.

Le envió un mensaje a Lori diciendo que se quedaría en la escuela después de clases para estudiar con una amiga. Lori le dijo que estaba bien y le deseó suerte, pero las dos sabían que Luan no tenía ninguna amiga con la que estudiar. Sabían que sólo era una excusa, porque no quería volver a su casa en auto. En cambio, cuando terminó la escuela, decidió volver a su casa caminando. El viaje era más largo, pero le permitiría tomar algo de aire fresco, distraerse, y no llegar tan pronto a su casa. No quería regresar allí. ¿Para qué? ¿Para ser recordada de que pronto nada sería igual?

Pero vivía allí, así que no es como que tuviera mucha opción. Eventualmente llegó a su casa. Y justo a tiempo para el drama. Apenas si había dejado las cosas en su habitación cuando la puerta de entrada se abrió de golpe, y el sonido de alguien subiendo las escaleras a toda velocidad la alertó.

¡Lincoln, ¿qué pasó?! —Dijo la extremadamente preocupada voz de Lori, desde abajo.

Y el corazón de Luan se detuvo por varios segundos. Salió de su habitación justo a tiempo para ver a Lincoln entrando en la suya propia. Le pareció oír un sonido metálico, pero en el momento no le dio importancia. El resto de las chicas subieron por la escalera detrás de él, las mayores con un gran gesto de preocupación en sus rostros.

— ¡Lincoln, ¿estás bien?! —Preguntó Luna, golpeando la puerta de su hermano.

Estoy bien… No es nada —dijo, tratando de calmarlas, pero podían escuchar que estaba algo dolorido y probablemente llorando.

—Lincoln, voy a entrar —avisó Lori, tratando de abrir la puerta.

Pero por más que movía el picaporte, la puerta no se abría. Intentó un par de veces, pero pudo entrar a la habitación de su hermano.

— ¡Lincoln! ¡¿Pusiste tu cama delante de la puerta?!

Mamá me compró una nueva llave de repuesto —dijo él, sencillamente.

Todas las chicas intercambiaron una mirada. Lincoln había perdido su llave algunos años atrás, y por culpa de eso se había quedado encerrado durante horas en su habitación, sin poder salir. Como castigo, sus padres le habían prohibido instalar cualquier tipo de traba. Sus hermanas estaban acostumbradas a poder entrar en su habitación sin permiso, y pisoteaban su privacidad siempre que podían. Evidentemente, Lincoln había hablado con sus padres y les había pedido que le dieran una nueva llave. ¿Qué estaría ocultando en su habitación?

—Lincoln, abre la puerta —dijo Lori con severidad.

No puedo.

—Lincoln, abre la puerta o le diré a Lynn que la derribe.

¡No! ¡No pueden entrar! —Gritó Lincoln desde el interior de su habitación—¡Les diré lo que pasó, pero no pueden entrar!

Las gemelas comenzaron a protestar, pero las cinco hermanas mayores comprendieron que si Lincoln no quería que entraran, seguramente era por algo. Quizás estaba relacionado con el secreto que todas debían guardar.

El resto fue historia. Les habló de Ronnie Anne, de todo lo que le había sucedido el día anterior y aquella mañana. Muy hábilmente, evitó decir que lo que quería decirle a Ronnie Anne era que iba a morir. En cambio, puso como excusa que quería invitarla a una convención de videojuegos que tendría lugar dentro de un mes, excusa que las gemelas y Lucy parecieron creer. Mientras lo oían, todas comenzaron a odiar a Ronnie Anne. ¿Cómo podía pensar así de Lincoln? ¿Por qué no lo escuchaba? Cuando oyeron que alguien golpeaba la puerta, enviaron a Lynn a que fuera a ver quién era.

Grave error.

Luego de la pelea entre las chicas, Lincoln llevó a Ronnie Anne a su habitación y se encerró allí con ella durante toda la tarde. Todas estaban curiosas por saber qué sucedía dentro de aquella sparedes, pero Lori prohibió estrictamente tratar de espiarlos o escuchar lo que decían. Luan les dejó su espacio. Se recluyó a su propia habitación, aprovechando que Luna estaba en el garaje tocando su guitarra. Se sentó en su habitación y encendió su computadora. Revisó sus notificaciones, y descubrió que tenía cinco nuevos seguidores en su canal de YouTube, "Luan Out Loud". También revisó su Facebook, respondió al pedido de Lola de cinco vidas para el Candy Crush, y descubrió que tenía un nuevo mensaje en la página de su servicio de entretenimiento para fiestas infantiles.

Una señora estaba interesada en contratarla para animar la fiesta de un niño de seis años el próximo domingo. Se disculpaba por pedir con tan poca anticipación, y como compensación le ofrecía pagarle un suma extra de dinero. Luan miró hacia su armario, donde tenía todos sus artilugios y objetos de bromas. Estaba necesitando reemplazar su set de magia, y a su monociclo no le vendría mal un nueva cadena. El dinero no le vendría para nada mal. Pero ella se tomaba su reputación y su trabajo muy en serio, y nunca aceptaría un trabajo si no estuviera convencida de que podría dar su cien por ciento. Así que antes de aceptar, debía intentar algo.

Se acercó al espejo de cuerpo completo que ella y Luna tenían en su habitación, y se colocó frente a él. Respiró hondo y se concentró.

Diecisiete.

Siendo que toda su vida se basaba en sacarle sonrisas a las personas, ella había investigado mucho al respecto. Diecisiete eran los músculos que, según varios estudios, eran necesarios para poder sonreír. Se necesitaban seis grupos musculares para que la boca se transformara en una sonrisa. Pero se requerían, como mínimo, cinco músculos más para que la sonrisa se extendiera a los ojos. Esa era la clave que diferenciaba una sonrisa verdadera de una falsa o de compromiso. Los ojos. Era algo que simplemente no se podía fingir.

Así que se concentró, y comenzó a pensar en cosas felices. Trató de recordar su primera actuación frente a un público, pensó en su primer video viral, en el primer cheque que recibió a su nombre. Pensamientos que la llenaban de orgullo y que normalmente le levantaban el ánimo. Cerró los ojos y se concentró con todas sus fuerzas. Atrajo todos sus pensamientos positivos y se concentró en ellos. Cuando abrió los ojos, esbozó una sonrisa, y vio su propio rostro en su reflejo.

Inmediatamente le escribió a la señora que la había contactado, disculpándose por no poder asistir a la fiesta de su hijo y recomendándole el servicio de Giggles.

Pasó el resto de la tarde acostada en su cama. Sólo salió de su habitación para cenar. La cena, como últimamente venía sucediendo, fue en completo silencio. Sus padres trataron de hablar con cada una de ellas, preguntándoles acerca de su día, pero ninguna quiso hablar, y ellos tuvieron el tacto suficiente como para no presionarlas. No querían generar nuevos exabruptos ni peleas. Una por una, las chicas terminaron de comer y se levantaron de la mesa, dirigiéndose a sus habitaciones. Luan volvió a su habitación y se acostó en su cama.

Eran casi las ocho y media. Luna llegaría en cualquier momento, tocaría su guitarra hasta las nueve, se acostaría, y en veinte minutos ya estaría durmiendo. Debía esperar aproximadamente una hora. Una hora que se haría eterna, como siempre, y durante la cual sus peores pensamientos se apoderarían de ella.

Efectivamente, Luna entró en la habitación unos diez minutos después de Luan. En cuanto cerró la puerta tras de sí, dejó escapar un gran suspiro y se apoyó contra ella, cerrando los ojos y llevando inconscientemente una mano a su pecho. Luan estaba acostada mirando la pared, pero aún así pudo verlo a través del rabillo del ojo. Sabía lo mucho que Luna y el resto de las chicas que sabían acerca de la condición de Lincoln estaban sufriendo tanto como ella. Sabía que todas fingían estar bien puertas para afuera. Pero en la privacidad de sus habitaciones, donde sus hermanas menores no podían verlas, todas se quebraban. Fingir que todo estaba bien les consumía demasiada energía. Debían resistir demasiadas lágrimas, demasiadas emociones.

Luan la tenía fácil. Mientras vistiera su maquillaje de mimo, ninguna de sus hermanas menores se preguntaría por qué no hablaba, o por qué se veía triste. Creerían que era parte de su actuación. Probablemente estarían agradecidas, de hecho; ya no tendrían que soportar sus bromas. Se imaginó a las gemelas, discutiendo en su habitación acerca del silencio de Luan.

— ¿Por qué crees que está actuando tan raro? —Quizás preguntaría Lana.

— ¿Quién sabe? Quizás algún estúpido concurso de mimos —respondería Lola, desinteresada.

—Por lo menos no tenemos que soportar sus malas bromas.

—Ugh, es cierto. Ya era hora de que se callara.

Y las dos probablemente reirían, aliviadas. Cuando eran pequeñas, las gemelas disfrutaban mucho de sus bromas. Encontraban los juegos de palabras muy ingeniosos, entretenidos. Luan comenzó a pensar en aquellas épocas, cuando su familia todavía disfrutaba de sus bromas. Recordaba a todos sus hermanos menores estallando a carcajadas, a sus hermanas mayores sonriendo disimuladamente, tratando de contener la risa. Sobre todo, pensaba en Lincoln. Él, por quien se había iniciado en la comedia. Su único hermano, su pequeña estrellita.

Luna apagó las luces de la habitación. Tomó su guitarra y se sentó en una silla junto a la ventana. Luan estaba mirando hacia la pared, pero se imaginaba la silueta de su hermana, iluminada por la luz de la calle. En cuanto comenzó a escuchar los acordes, Luan cerró los ojos. Luna era su hermana más cercana, la amaba, y aunque ella no era fanática de la música, si lo era de su hermana. Era su fan número uno, y cualquier melodía tocada por Luna era una melodía que ella disfrutaba. Así que mientras la música sonaba y su hermana comenzaba a cantar, Luan trató de dejar de pensar en todo lo que estaba sucediendo.

I know it's late but something's on my mind (Sé que es tarde, pero hay algo en mi mente)
It couldn't wait, there's never any time (No pude esperar, nunca hay tiempo)
'Cause life slips by without a warning (Porque la vida se escapa sin aviso)
And I'm tired of ignoring (Y estoy cansado de ignorar)
All the space that's between you and I (Todo el espacio que está entre tú y yo)

Cuando Luna recurría a canciones lentas de bandas canadienses, era seguro asumir que algo en su interior estaba desmoronándose. Luan podía sentir el sentimiento en la voz de su hermana, el dolor con el que las palabras escapaban de su boca. También sentía la sutil diferencia en su forma de tocar. No golpeaba las cuerdas con energía, sino que dejaba caer su mano, arrastrando sus dedos para hacer sonar su instrumento favorito. Cometía errores en el ritmo, teniendo que gastar pequeñas pero perceptibles fracciones de segundos para poder acomodarse de nuevo. No era común que se equivocara de esa forma, y era terrible escucharla así. Saber que su enérgica hermana estaba ocultando su dolor detrás de las canciones, sin poder dejarse llevar.

Porque por más que la canción fuera lenta y triste, Luan sabía que Luna estaba conteniéndose. Si realmente quería llorar, si en verdad buscaba descargarse, tenía canciones para hacerlo. Esta música era tan sólo una pantalla. Una máscara para disfrazar el dolor.

Una parte de ella quería levantarse, abrazar a Luna y llorar junto a ella. Aprovechar su hombro para perderse en el dolor. Poder quitarse ese peso de encima. Pero no lo hizo. Continuó mirando hacia la pared, tratando de no pensar en nada, de callar a ese molesto grillo que le decía que no tenía por qué sufrir sola, que su vicio nocturno sólo la estaba empeorando. Trató de silenciarlo concentrándose en lo que su hermana seguía cantando.

Let's dance around this bedroom (Bailemos alrededor de esta habitación)
Like we've only got tonight
(Como si sólo tuviéramos ésta noche)
Not about to let you
(No voy a dejarte...)
Go until the morning light
(...ir hasta la mañana)
You can be my whole world
(Puedes ser todo mi mundo)
If I can be your satellite
(Si yo puedo ser tu satélite)

Cuando en el final del estribillo se equivocó de acorde, dejó de tocar la guitarra. Luan esperó a que continuara tocando, pero sólo podía escuchar los sollozos de Luna.

—No puedo hacerlo… ¿Por qué no puedo hacerlo? —Se preguntaba Luna, en un susurro que Luan sólo podía oír gracias a que la casa estaba excepcionalmente silenciosa.

La entendía. La entendía perfectamente. Estaba teniendo problemas para tocar la guitarra. Sus instrumentos eran prácticamente parte de su cuerpo, y no poder controlar tu propio cuerpo era una sensación horrible que Luan estaba aprendiendo a conocer muy bien. Después de todo, ella seguía sin poder hacerlo, sin poder controlar esos malditos diecisiete músculos…

—No puedo no hacerlo… No puedo…

Luan escuchó a su hermana tomando su guitarra nuevamente, y Luna volvió a tocar acordes, esta vez más espaciados entre ellos.

Now I can't sing a love song (Ya no puedo cantar una canción de amor)
Like the way it's meant to be (De la forma que debe ser)
Well, I guess I'm not that good anymore (Supongo que ya no soy tan bueno)
But, baby, that's just me (Pero cariño, así soy yo)
Yeah I, will love you, baby (Y yo te amaré, cariño)

Elevó su voz para cantar, y Luan escuchó el desgarrador sonido de una voz tratando de mantenerse neutral, de sonar normal, pero tambaleando con el inconfundible esfuerzo de ahogar un sollozo. Una desafinación que no lastimaba el oído, sino el corazón.

Always (Siempre)
I'll be there, till the stars don't shine (Estaré allí hasta que las estrellas no brillen)
'Til the heavens burst and the words don't rhyme (Hasta que los cielos estallen y las palabras no rimen)
I know when I die you'll be on my mind (Sé que cuando muera estarás en mi mente)
And I'll love you, always (Y te amaré, siempre)

La última palabra apenas si pudo entenderse, pues Luna se quebró y comenzó a sollozar en silencio, dejando caer su guitarra sobre el suelo, sin preocuparle que pudiera rayarse o golpearse. Luan la entendía. Ya nada importaba, nada tenía sentido, ella también lo notaba. De repente no le importaban sus juguetes de bromas, sus arañas falsas, el Señor Cocos. Podría vender todo, perder todo, y no le afectaría en lo más mínimo. Sólo había una cosa que le importaba ahora, un tesoro que no cambiaría por nada en el mundo… Excepto por la vida de su hermano, claro está. Un tesoro que era la razón de su insomnio, la razón por la que estaba esperando que Luna se durmiera, su único escape en esta situación aberrante, el único motivo por el cual aún no había caído en la locura.

Durante quince minutos, la habitación permaneció a oscuras, con los silenciosos sollozos de Luna interrumpiendo la monotonía. Finalmente, escuchó que la puerta del armario se abría, y que su hermana mayor se vestía con su pijama. La escuchó acercarse a sus camas, pero en lugar de subir a la suya, Luna se arrodilló junto a la de Luan.

—Luan, por favor, háblame —le pidió, en un susurro.

Luan continuó observando el revoque de la pared, ignorando a su hermana.

—Tú no eres la única que está destruida, hermana. Yo también me estoy cayendo a pedazos. Y verte… Verte así… Esta no eres tú. Este silencio, esta… Esta apatía… Estoy perdiendo a mi hermano —dijo finalmente Luna, su cuerpo y su voz temblando mientras lo decía y sus ojos comenzaban a derramar lágrimas sobre la frazada de su hermana menor—. No quiero perder también a mi mejor amiga. Por favor. N-No… No lo soportaría.

Sintió un brazo sobre su hombro, pidiéndole por favor que volteara a verla. Le estaba pidiendo un abrazo, un hombro sobre el cual llorar. Y eso quizás podría dárselo. Pero también le estaba pidiendo que fuera la misma de antes, y eso no lo podía cumplir. Movió su mano y la colocó sobre la de su hermana, apretándola suavemente. Luna levantó la cabeza, habiendo conseguido una reacción por parte de Luan por primera vez desde aquel fatídico lunes, tres días atrás. Pero cuando ella suavemente se quitó la mano de Luna de encima, y se acomodó más cerca de la pared, la rockera sintió un nuevo vacío en su estómago.

—No te culpo —susurró, dolida por ver a su hermana de esa forma—. Entiendo que esta debe ser tu forma de lidiar con todo esto. Cuando me necesites, estaré ahí para ti.

Con cuidado, se puso de pie y subió a su litera. Luan escuchó los resortes del colchón, acomodándose al peso y a la posición de Luna. Durante unos segundos, permanecieron en silencio. Entonces, Luna le habló de nuevo, y por su tono y su ritmo, Luan supo que estaba citando una canción.

No more worries, rest your head and go to sleep. Maybe one day we'll wake up and this will all just be a dream (No más preocupaciones, descansa y ve a dormir. Quizás algún día despertemos y todo esto sea un sueño).

Ojalá pudiera creerlo.


Una nueva pesadilla despertó a Lincoln cerca de la medianoche.

Sentado en la cama, con el sudor cayéndole por la frente, llevó rápidamente una mano a su corazón, tratando de calmarlo. Latía muy rápido, y una parte de él estaba aterrado de que fuera porque estaba a punto de fallar y matarlo. Permaneció a la espera, casi con la certeza de que en cualquier momento su vista se nublaría, su cuerpo dejaría de responderle, y caería de bruces al suelo, viendo una luz al final del túnel mientras un coro de ángeles lo llevaba más allá. Pero nada de eso sucedió, y entendió que sólo estaba así por la adrenalina ocasionada al despertarse de un mal sueño.

Apoyó la cabeza sobre su almohada otra vez y trató de respirar hondo. Intentó controlarse, pero no pudo evitar dejar escapar un sollozo, sintiendo que estaba a punto de comenzar a llorar. Cada noche era peor. Durante el día, lograba mantenerse ocupado, evitaba pensar en todo lo que estaba viviendo. Por ejemplo, aquel jueves había sido uno de los días más interesantes que recordaba haber vivido.

Primero, aquel fatídico desayuno que inició con el pie izquierdo su Operación Despedida. Lynn y Luna peleándose con sus padres, las gemelas peleando entre ellas ante la menor provocación, Lori y Leni tratando de consolarlo sin éxito. Luego pasó toda la mañana junto a su madre, tratando de armar entre los dos algo parecido a un libro.

Llamarlo "novela" sería exagerar. Era más bien una suerte de… memorias. Comentarios de Lincoln acerca de cómo era la vida en una familia tan grande. Habían logrado escribir tres capítulos, cada uno dedicado a un aspecto diferente de la convivencia en una familia tan grande, como sus títulos (muy ingeniosos, según Lincoln) lo indicaban: "Invasoras del Espacio", "Herencias" e "Historia de Dos Mesas". Todos comenzaban con alguna variante de la frase "En una familia tan grande como la mía...", y Lincoln trataba de dejar una enseñanza al final, algún comentario sobre lo que había aprendido gracias a sus hermanas. Podría haber sido una mañana tranquila y agradable, de no ser porque debían parar cada veinte minutos cuando su madre comenzaba a llorar, y Lincoln sólo podía quedarse allí, abrazándola, tratando de calmarla, y de vez en cuando llorando junto a ella.

Cerca del almuerzo, había ido directamente a la casa de Ronnie Anne, tratando de aclarar las cosas con ella. Llegó temprano y fue recibido por Bobby, quien acababa de llegar de la secundaria. Cuando Ronnie Anne llegó, las cosas se pusieron tensas, y se alejó luego de que Ronnie Anne le gritara y le diera una fuerte bofetada. Pero su tarde no terminó allí: un rato después, Ronnie Anne fue a verlo (luego de que Bobby rompiera su promesa y le contara de la condición de Lincoln) y tuvo una fuerte pelea con Lynn. El ruido de sus hermanas gritando había alertado a Lincoln, quien bajó a ver qué era lo que sucedía para encontrarse con su hermana y su amiga intercambiando dolorosos golpes. Logró calmar a Lynn justo a tiempo para evitar que pudiera dañar seriamente a Ronnie Anne. Al separarla, sintió que Lynn se sentía enojada con él, por algún motivo. Supo que algo estaba mal, pero en aquel momento Ronnie Anne estaba en el suelo, herida, y lo único que pudo hacer fue llevarla a su habitación.

Y el resto de la tarde lo había pasado allí, acostado junto a Ronnie Anne en su cama. Durante cerca de dos horas, lo único que pudo hacer fue abrazarla. Abrazarla fuerte mientras ella lloraba. No tenía sentido pedirle que no derramara lágrimas por él, sabía que eso sería pedirle demasiado. En estos días había entendido que la gente que lo quería lloraría por él, se lamentaría por su partida. No podía evitar ese dolor. Todo lo que podía hacer era preparar algún tipo de consuelo, tratar de dejarles suficientes recuerdos y memorias como para que pudieran encontrar, entre tantos lamentos, una gota de esperanza, la sensación de que no todo estaba perdido. De que él aún estaba con ellos. No sólo era una forma de hacer sentir mejor a sus seres queridos, sino que, cumpliendo esto, Lincoln también podría acabar con ese miedo suyo de no haber conseguido nada en su vida, de sentir que su paso por este mundo no había sido en vano.

Cuando Ronnie Anne logró calmarse (es decir, se quedó sin lágrimas en sus ojos), iniciaron una conversación en susurros que duró horas. Ronnie Anne se disculpó en todas las formas que el idioma le permitía. Pidió perdón una y otra vez por no haberlo escuchado, por no haberle prestado atención, por haber sido una tonta, por haber supuesto lo peor, por no haberle creído. Y él una y otra vez la perdonó. La perdonó por todo, asegurándole que nada de eso importaba, pero su perdón no parecía alcanzar para que se sintiera mejor. Ronnie Anne se sinceró con Lincoln, y le habló de todos sus miedos. De su inseguridad. Explicó detallada y apasionadamente todo lo que ella opinaba de él, haciéndolo ruborizar en más de una ocasión. Él también le dijo todo lo que le gustaba de ella, y pasaron el resto de la tarde conociéndose, conociendo esa faceta que cada uno trataba de ocultar, los secretos que sólo ellos conocían.

El desgaste emocional de aquella tarde fue tanto que, luego de que Ronnie Anne volviera a su casa, Lincoln cenó e inmediatamente se acostó en su habitación. Trató de dormir, pero en la soledad de su habitación, sin nada que hacer ni con qué distraerse, sus pensamientos se tornaban insoportables. No podía pensar en cosas agradables. No podía dejar la mente en blanco. Cada vez que apoyaba la cabeza contra la almohada, pensaba en lo que estaba por venir, y eso le quitaba el sueño.

En aquel momento, tras su pesadilla, sabía que le costaría horrores volver a dormirse. No sólo porque estaba agitado y cubierto en sudor, sino porque su mente había comenzado a pensar en todo lo que él quería olvidar. Resignado a otra maldita noche sin descansar, decidió levantarse e ir al baño a tomar una ducha.

Tomó su toalla, unas prendas limpias, y salió de su habitación. Apenas puso un pie en el oscuro pasillo, notó la luz que se filtraba por debajo de la puerta de la habitación de Lisa y Lily. Curioso, se acercó y abrió la puerta con cuidado.

— ¿Lisa? —Susurró, asomando la cabeza dentro de la habitación— ¿Estás despierta?

No quería despertar a Lily, quien dormía plácidamente en su cuna. Su atención se dirigió automáticamente a la pantalla encendida de la computadora, de donde provenía aquella luz. Luego miró hacia la cama de Lisa, totalmente arreglada y sin una niña de cuatro años durmiendo allí. Preocupado, paseó su mirada por la habitación, hasta que sus ojos vieron una figura en la oscuridad. La vio acostada en el suelo, usando un libro abierto como almohada. Lincoln suspiró y dejó sus cosas en el suelo. Mientras se acercaba a su hermana menor, volvió a fijarse en la computadora.

SINTETIZANDO ENZIMA: 62% COMPLETADO

Se detuvo en seco por un instante. ¿Sintetizando? Había leído demasiados cómics como para desconocer lo que eso significaba. ¿Podría ser que…? No. No, no podía permitirse creer eso. No debía esperanzarse. Él iba… Ya estaba decidido. Era lo que tenía que ser. Debía aceptarlo.

Con cuidado, alzó a su pequeña hermana. Ella se movió ligeramente en su sueño, pero él la sostuvo contra su pecho y se balanceó ligeramente sobre sus pies, para calmarla. Funcionó. Dejó de moverse y se acurrucó en sus brazos, con una sonrisa. Lincoln se movió hacia la cama de la pequeña y se sentó. Con mucha delicadeza y cuidado, le quitó las gafas y las colocó en la mesa de luz cercana. También le quitó su suéter, dejándolo en un taburete cercano. La recostó en su cama y con cuidado la cubrió con su frazada. Lisa murmuró algo acerca de la membrana plasmática, pero continuó durmiendo.

Lincoln se quedó allí durante algunos minutos, observando a su hermanita menor. Acarició su cabello, tratando de no despertarla. Había intentado quedarse despierta, probablemente investigando y tratando de encontrar una cura para él. Había decidido dejarla intentar, porque sabía que Lisa se sentiría increíblemente culpable si no lo hacía. Pero si no lograba curarlo… No se podía imaginar la reacción de su pequeña hermana.

Queriendo acabar con esta noche lo antes posible, volvió a tomar sus cosas y se dirigió al baño. Necesitaba una ducha que calmara sus nervios.


Tras una ducha de diez minutos, Lincoln volvía caminando por el pasillo rumbo a su habitación, para tratar de dormir. Pero cuando pasó por las escaleras, le pareció oír un ruido. Se detuvo y miró hacia la planta baja. Todo parecía estar normal, pero definitivamente oía algo. Parecían voces, pero el sonido era muy bajo como para poder entenderlo. Quizás eran sus padres. ¿Pero qué hacían despiertos a esta hora?

Podría haberlo ignorado, haberse dirigido hacia su habitación, acostarse, y olvidarse de todo, pero los tumores que lo estaban matando le habían generado un déficit de atención e hiperactividad. Así que comenzó a bajar los escalones, procurando no hacer ningún ruido para no alertar a sus padres o a quien fuera que estuviera abajo. Era difícil no hacer ruido, con el patético estado de las maderas que formaban la escalera, pero él era un maestro del sigilo y el espionaje. Llegó al hall de entrada con la certeza de que habría podido burlar a un sensor de movimiento. Ahora que estaba allí, podía ver que la televisión estaba prendida, y que había alguien sentado en el sofá, cubierta con una frazada.

No eran sus padres, así que debía tratarse de alguna de sus hermanas. Estuvo a punto de llamarla, para ver quien era, pero decidió no darse a conocer. No aún. Aprovechando que la alfombra amortiguaba sus pasos, caminó junto a la pared, tratando de rodear el sofá. Cuando pudo acercarse unos pasos, la luz de la televisión ilumino una gran cola de caballo.

Luan.

Lincoln se detuvo. Desde su última visita al hospital, Luan no le había hablado. Hasta donde él sabía, no había hablado con nadie. Sus únicas palabras hasta ahora habían sido unas hirientes declaraciones contra Lynn, de las cuales la deportista todavía parecía resentirse. La veía con su maquillaje de mimo, y de todas sus hermanas, ella y Lynn eran las únicas con las cuales todavía no había podido pasar algo de tiempo. Había encontrado algunos momentos para hablar con Lori y Leni. Luna se acercaba normalmente después de la cena para revisarlo. Sus hermanas menores continuaban jugando con él y pidiéndole que interviniera en discusiones como siempre. Pero sus dos hermanas inmediatamente mayores parecían decididas a evitarlo. Lynn lo evitaba activamente, alejándose de él y pidiéndole que la dejara en paz. Pero Luan… Ella simplemente desaparecía.

Ahogó un suspiro, para que no lo escuchara. Tenía que hablar con ella. Tenía su teoría acerca de lo que estaba sucediéndole, y sabía qué podía decirle para hacerla sentir mejor. Era la ocasión perfecta: nadie los molestaría, tenían la sala de estar para ellos solos, podían tener una conversación privada sin que nadie se enterara. Era un alivio que ella se hubiera quedando despierta haciendo… ¿Qué estaba haciendo?

Lincoln finalmente decidió mirar hacia la pantalla, y se llevó una agradable sorpresa. Se veía a sí mismo, un poco más joven, vestido de vaquero, corriendo por el parque de su casa persiguiendo a Lynn y Luna, las dos vestidas como indias. Ellas hacían sus gritos de guerra de Sioux, corriendo alrededor del árbol, con sus tomahawks de plástico en el aire y las plumas en sus cabellos moviéndose con el viento. Lincoln tenia un revólver de juguete y una soga. Hacía ruidos de disparos y lanzaba la soga contra sus hermanas, tratando de atraparlas, pero las dos se movían rápidamente, evitándolo y riendo. Lincoln también reía. Se veía adorable, tan pequeño y con un disfraz tan detallado.

Lincoln recordó aquellos días, había sido hace un par de años, cuando él tenía nueve. Su padre le había comprado aquel disfraz de vaquero que él tanto le había pedido, y para que sus hermanas no se pusieran celosas y todos pudieran jugar juntos, su madre había preparado trajes de indias para todas ellas. Habían pasado meses jugando al vaquero y las indas, hasta que eventualmente se aburrieron del juego.

¡Necesitamos refuerzos! —Gritó Luna en el video, elevando su tomahawk como si estuviera realizando una llamada ritual.

De la nada, las dos gemelas se lanzaron contra Lincoln desde atrás, derribándolo.

¡Lo tenemos, lo tenemos! —Gritaban ambas, sosteniendo sus brazos mientras Lincoln luchaba por liberarse.

¡Suéltenme! ¡Déjenme ir, salvajes! —Se quejaba él, aunque con una gran sonrisa en su rostro.

Lynn y Luna enseguida se acercaron a ayudar a sus hermanas menores, y entre las cuatro, pronto lograron inmovilizar a Lincoln y atarlo con su propia soga.

¡Lo tenemos! —Gritó Lana, victoriosa. Pronto todas las hermanas comenzaron a realizar la danza ritual de la victoria (que consistía en ir moviéndose de a saltitos levantando sus brazos en el aire) alrededor de Lincoln.

¡Aléjense! —Se quejó Lincoln, tratando de escapar del agarre de la soga— ¡No se acerquen! ¡Me contagiarán sus gérmenes de chica!

Ante aquellas palabras, todas se detuvieron.

Tienes nueve hermanas, ya eres inmune a los gérmenes de chica —le dijo Lola, como si fuera obvio.

Oh, es que él no habla de los gérmenes que le contagiamos por tocarlo —dijo Luna, con una sonrisa malvada.

¡Sí, todavía podemos contagiarlo golpeándolo! —Agregó Lynn, acariciando con cariño su hacha de juguete.

No —la detuvo Luna, arrodillándose junto a la cabeza de su hermano—. Hay algo de lo que el pequeño Lincoln no se puede cuidar todavía: ¡besitos de chicas!

Y agachándose, Luna le dio un beso en la frente. Lincoln sonrió, pero enseguida cerró los ojos y comenzó a retorcerse.

¡No hagas eso! —Dijo, aunque girando su cabeza para ofrecer mejor su mejilla. Luna rápidamente le besó la mejilla, riendo ante el falso grito de dolor que él dejó escapar.

Pronto las gemelas ocuparon el lugar de Luna, llenando el rostro de Lincoln de pequeños besos, e incluso Lynn se sumó al juego, riendo mientras Lincoln gritaba, diciendo que quemaba.

El verdadero Lincoln, el del presente, sonrió y rió para sus adentros. A veces extrañaba la inocencia de cuando era más joven. Ver aquel video le trajo memorias que creía olvidadas, y sintió una agradable sensación en su pecho, como si acabara de beber una taza de chocolate caliente en una fría tarde de invierno.

Sin embargo, aquella calidez se desvaneció tan pronto como llegó en cuanto escuchó que Luan lloraba. Sus sollozos se escuchaban amortiguados, como si tuviera una almohada contra su boca. Pero no podía ocultar todo el sonido, como tampoco podía disimular las convulsiones de sus hombros. Lincoln dio un paso hacia delante, pero su hermana se puso de pie y se acercó a la videocasetera. Quitó la cinta y colocó otra que sacó de una caja de cartón sobre la mesa ratona, una caja que Lincoln no había notado hasta entonces. Se sentó de nuevo en el sofá, sin mirar atrás, sin percatarse de que Lincoln estaba allí.

Esta cinta era mucho más actual, y Lincoln la recordó de inmediato. Era una grabación de uno de los shows que ambos habían realizado como parte del negocio de entretenimiento de Luan, en una fiesta de cumpleaños infantil. El video mostraba a Luan tratando de hacer una broma, pero en eso Lincoln aparecía de la nada y se resbalaba con una cáscara de banana que él mismo había puesto ahí segundos antes. Con su exagerada caída, todos los niños comenzaron a reír. Lincoln por primera vez pudo ver la cara de Luan mientras él, actuando como un niño inmaduro, trataba de robarle el protagonismo. En el video se la veía claramente molesta. No le gustaba para nada.

Pero la Luan que estaba sentada en el sofá comenzó a llorar más fuerte, cubriendo su rostro con un cojín y desahogándose allí. Lincoln no pudo soportarlo más. Rodeó el sofá y se sentó junto a su hermana.

—Luan —la llamó.

Su hermana se sobresaltó al escuchar su voz y sentir el nuevo peso en el sofá. Todo su cuerpo tembló, y por un segundo dejó de llorar y respirar. Lentamente, bajó el cojín que ocultaba su rostro, revelando algunos mechones de cabello que se habían escapado de su cola de caballo, pero más importante aún, revelando unos ojos que rompieron el corazón de Lincoln. No sólo por el hecho de que un torrente de lágrimas caía de ellos, sino porque las ojeras y el cansancio que se veía en ellos era desgarrador.

—Luan —repitió, sin saber qué decir.

Los labios de su hermana comenzaron a temblar, y ella sólo atinó a colocar sus rodillas contra su pecho y esconder su cabeza entre sus brazos, como si quisiera volverse pequeña y desaparecer. Lincoln trató de acercarse, pero ella retrocedió hasta la otra punta del sofá. Él suspiró. Necesitaba pensar en qué hacer. Su vista se dirigió a la caja llena de cintas de video. Acercando con su pie la mesa ratona, tomó la caja y observó su contenido. Debían ser más de cincuenta cintas, todas sobre él. "Cumpleaños de Lincoln", "Lincoln jugando con su barrilete nuevo", "Travesuras de Lincoln, vol. IV", "Lincoln cantando", "Lincoln rompiendo cosas", "Lincoln disculpándose", "Lincoln durmiendo, edición adorable"… Volteó a ver a su hermana, y comprendió qué estaba haciendo allí abajo a esas horas de la noche.

Tomó el video acerca de su barrilete, y lo colocó en la videocasetera. Esperó a que todo estuviera listo, y puso play. Se sentó de nuevo en el sofá, dejando un espacio entre él y su hermana.

El video consistía en un Lincoln de seis años corriendo en el parque, tratando de remontar un barrilete anaranjado con una cola roja. No se veía a nadie más, y todo lo que se escuchaba era su risa de niño, divirtiéndose como nunca. Vio que Luan levantaba la cabeza para ver la pantalla, pero no quiso molestarla todavía. Dejó pasar unos minutos en silencio, hasta que escuchó un nuevo sollozo.

— ¿Tú filmaste todo esto? —Preguntó, suavemente.

Sin despegar la vista de la pantalla, Luan asintió.

—Son muchos videos. Muchas horas de filmación —comentó.

Ella asintió de nuevo.

— ¿Esto es todo… todo lo que tienes sobre mí?

Unos segundos de silencio.

—No.

— ¿Hay más?

—T-Tengo… Al menos s-seis cajas más —admitió finalmente, en un susurro quebrado.

Lincoln levantó las cejas, impresionado.

—No sabía que tenías tanto. ¿Sobre cada uno de nosotros?

Luan se movió incómoda en su asiento, y sus brazos abrazaron sus piernas con más fuerza, apretando sus rodillas contra su pecho.

—T-Tú… No tengo tanto sobre el r-resto de las c-chicas…

— ¿Por qué? —Preguntó, casi inaudiblemente, inclinándose hacia su hermana.

Nuevas lágrimas comenzaron a caer de los ojos de Luan. Todo su cuerpo tembló mientras sollozó un par de veces, tratando de encontrar su voz.

— ¡Porque te amo más, tonto! —Dijo finalmente, con los ojos cerrados tratando de mantener las lágrimas atrapadas— ¡Porque tú me hiciste quien soy! ¡Gracias a ti descubrí mi propósito!

Lincoln se odió a sí mismo, pero no pudo evitar sentirse halagado. Una pequeña parte de él se sintió extremadamente feliz de que su hermana le dijera algo tan lindo como eso. Pero era imposible ponerse contento, o que aquella emoción durara más de un instante. Viéndola llorar de esa manera, sólo pudo sentirse miserable.

— ¿A qué te refieres? —Le preguntó.

—Yo no… Yo no tenía nada —comenzó a explicar, aunque era difícil entender lo que decía mientras sollozaba y respiraba por la boca—. No sabía cantar, no era buena en los deportes, no era bonita… Y un día te hice reír, y… Y yo… Entendí que tenía un don. Podía hacer reír a la gente. Tú me hiciste dar cuenta de eso. Tú me inspiraste. Y ahora… Ahora tú… Estás…

Estalló en un nuevo llanto, y Lincoln se preguntó cómo sus padres no se despertaban ante tal alboroto. Quizás era sólo porque él estaba junto a ella, y quizás era que le parecía tan terrible escucharla llorar que lo sentía más fuerte de lo que en verdad era. Abrió la boca para hablar, pero Luan continuó.

— ¡Vas a morir! ¡Eres mi hermanito, y vas a morir! ¡Y yo… Ya no puedo seguir con esto! ¡Ya no puedo hacer reír! ¿Cómo podría? ¿Cómo podría reír, si la risa que más amo ya no está más? —Hubo una larga pausa, donde trató de continuar hablando pero el llanto la ahogaba y no la dejaba hacerse entender— Yo… Tú… ¡Tú no deberías morir! ¿Por qué tú? ¿Justamente tú? ¡Nuestro único hermano! Debería… ¡Debería haber sido alguna de nosotras!

— ¡LUAN! —Gritó Lincoln, horrorizado ante lo que acababa de escuchar. No le importó si sus padres se despertaban, si sus hermanas se despertaban, o si el viejo Grouse se despertaba.

— ¡Debería haber sido yo! ¡Tendría que ser yo! —Continuó lamentándose ella.

— ¡Luan, cállate! —Le dijo Lincoln, poniéndose de pie y colocándose frente a su hermana— ¡No digas eso!

—T-T-Tú eres especial… Tú e-eres… Te necesitamos.

— ¡Yo no soy más especial que ninguna de ustedes!

—Tú eres nuestro hermanito… Nadie más que tú podría soportarnos a todas. Lori es la única que puede controlarnos, Leni es sumamente amable, Luna, Lynn y Lucy son muy talentosas, Lana puede arreglar lo que sea, Lola gana todos los concursos de belleza en los que participa, Lisa es una genio, Lily seguramente será genial en lo que haga…

—Y tú eres una increíble… —comenzó Lincoln.

—...y yo sólo soy una broma. Una bufona. Sólo sirvo para hacer chistes y para que se rían de mí. De mí, no conmigo. Soy el hazmerreír de la escuela. No tengo amigos. Soy una perdedora, inútil, buena para nada chica de catorce años, si alguien en esta familia debiera morir, entonces…

Sonó peor de lo que fue. El eco resonó dentro de la sala de estar, pero Lincoln estaba tranquilo de que su bofetada no le había causado mucho dolor a su hermana. Sólo quería hacerla callar, y lo había logrado. Ella lo miraba perpleja, con una mezcla de asombro y algo de miedo.

—Luan, no quiero escucharte que digas eso nunca más —dijo Lincoln, con calma y severidad. Aprovechando que él estaba de pie y ella sentada en el sofá, lo cual los dejaba a ambos con los ojos al mismo nivel, tomó el rostro de su hermana con sus manos, acariciando suavemente sus mejillas, limpiando los rastros de lágrimas. —No quiero que creas ni por un minuto ninguna de esas cosas que dijiste.

Sus labios se separaron como para hablar, pero él negó con la cabeza y no la dejó comenzar.

—Estás equivocada, estás estúpidamente equivocada si crees que tú sólo eres una… una broma andante, o algo así. Tú eres más que eso. Tú eres una chica que nunca se da por vencida. Cuando te pones un objetivo, como que alguien caiga en una de tus bromas, no te detienes hasta conseguirlo. Eres una chica que ha ganado más competencias de las que una persona común puede soñar a tener. ¿Dices que no tienes talento? ¡Tú debes dominar más de quince disciplinas! Malabares, monociclo, ventriloquia, mimologia… no, em… mimaje… bueno, eres una excelente mimo, puedes editar videos, realizas stand-up… ¡Tienes decenas de talentos!

—P-Pero…

—No sólo eso, sino que con catorce años ganas más que muchos adolescentes con empleos de medio tiempo. Tu negocio de fiestas infantiles es un éxito en la ciudad, y tienes un canal de YouTube con más de cincuenta mil seguidores.

—Eso no…

—Pero por sobre todas las cosas —volvió a interrumpirla—, tú eres mi hermana. Mi hermana mayor. Y cada vez que te he necesitado, cada vez que me he sentido mal, triste, enfermo o preocupado, tú siempre has estado ahí. Siempre me has levantado el ánimo, y siempre has logrado sacarme una sonrisa cuando más la necesitaba. Por eso te amo… Por eso te amamos todos. Porque tú eres más que una bromista. Tú eres alegría. Tú eres felicidad. La risa es el remedio del alma, y tú eres la doctora de nuestros corazones. Nunca dejes de reír. Nunca dejes de hacer reír.

Luan continuó llorando, pero tenía sus ojos fijos en Lincoln. Él trató de mantenerse serio, de que su rostro se viera determinado, para que no hubiera ningún gesto que pudiera hacer creer a Luan que no estaba siendo cien por ciento sincero. Él creía de corazón todas y cada una de las palabras que le dijo, y esperaba que ella lo entendiera. Quiso mantenerse serio, pero sus ojos comenzaron a humedecerse, y tuvo que parpadear varias veces para evitar llorar junto a su hermana.

Los brazos de Luan liberaron sus piernas y tentativamente se acercaron a Lincoln. Se detuvieron a centímetros de él, como si temiera lastimarlo si lo tocaba. Él le sonrió, y acaricio suavemente la mejilla donde la había golpeado. Ante aquel gesto, Luan perdió cualquier duda que tuviera. Sus brazos rodearon a Lincoln y suavemente lo acercó hacia ella. Se recostó contra el respaldo del sofá y sentó a Lincoln en su regazo. Lo abrazó con todas sus fuerzas y comenzó a llorar, más fuerte que nunca, apoyando su cabeza sobre la de él, y acariciándole el cabello suavemente con su mano derecha.

Lincoln se dejó llevar. Abrazó también a su hermana (cosa complicada, siendo que estaba de costado contra ella y apenas si podía moverse entre sus brazos) y se permitió llorar.

—Lo siento —le dijo Luan, llorando—. Estos días… Estuve evitándote porque… porque no quería que las chicas me vieran llorar, y yo… No puedo… Cada vez que te veo…

—Está bien, está bien —le aseguró Lincoln, usando la blusa de su hermana para secarse las lágrimas de su rostro, cosa que a ella no le importó en absoluto—. Debería haber hablado contigo antes. No tenía idea… De que pensaras todas esas cosas sobre ti. Debería haberlo visto antes, podría haber…

—Basta —se quejó ella, abrazándolo más fuerte aún—. Deja de culparte por todo. Tú no has hecho nada malo. Tú… Tú eres…

No pudo terminar la frase. Sólo continuó abrazándolo, acariciándolo, queriéndolo. Y el mensaje fue recibido claramente por Lincoln.

—Lincoln —comenzó Luan, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresarse—. Lo siento. Lo siento mucho, mucho, mucho por todo lo que te he hecho.

— ¿De qué estás…?

—Mis bromas —lo interrumpió ella, sollozando dolorosamente—. Me he pasado de la raya demasiadas veces. Te he avergonzado, te he hecho sentir mal, te he… Por Dios, ¡he llegado a lastimarte!

—No tienes que…

—Siempre creí que era divertido —volvió a interrumpirlo—. Pero ahora… Ahora pienso que tú… Vas a m-m-orir… y no p-puedo dejar de pensar que lo único que he hecho contigo en estos últimos cinco años ha sido hacerte bromas. No sólo contigo, con toda la familia, pero tú… Tú vas a… y yo no podré arreglar eso. No puedo deshacer todos estos años, no puedo… ¡no puedo tener eso!

Una señaló a la televisión, y Lincoln volteó para ver a qué se refería. Era la misma cinta del barrilete, pero Lincoln ya no estaba solo. Leni y Lori estaban junto a él. Lori corría con él cargado sobre sus hombros para que tuviera más altura, y Leni corría detrás del barrilete, soplando desde abajo para tratar de darle mayor altura. Los tres reían y sonreían, felices, sin ninguna preocupación.

—No tengo esos momentos contigo —dijo Luan, volviendo a su modo de llanto total—. Yo siempre estuve filmando. Tengo decenas de videos acerca de ti divirtiéndote con todas nuestras hermanas. Pero ni uno conmigo. Y yo… Todo lo que hice fue molestarte, a ti y a todas, con mis estúpidas bromas, cansándolos y… y… Y ahora no sé qué hacer.

Lincoln la escuchó con atención. Entendió por todo lo que su hermana estaba pasando, y dejó que se expresara. Principalmente, para que pudiera sacarse esas cosas de encima, para que pudiera descargarse, pero también para tener tiempo en pensar qué decirle.

—Luan, tú no nos molestas —comenzó, girando dentro del abrazo de su hermana para poder verla a los ojos—. Jamás podrías molestarnos. Ya te lo dije te amamos. Es sólo…

Ante aquel "es sólo", Luan contuvo la respiración, y sus ojos, desenfocados por las lágrimas, miraron a Lincoln con miedo, preparándose para lo peor. Eso lo asustó, pero también le dio el coraje que necesitaba para animarla, porque le dolía ver esa mirada en su hermana, y haría todo lo posible para ayudarla. Respiró hondo y volvió a mirarla, más decidido que nunca.

—Es sólo que nos hemos acostumbrado a ti. Nos has hecho reír tantas veces, durante tanto tiempo, que no sólo has elevado la vara, sino que ya nos tienes acostumbrados que digas o hagas alguna broma. Es decir, piensa en tu canal de YouTube: tienes cincuenta mil personas que ven tus videos y se divierten. ¡O cuando actúas en tus fiestas infantiles, hasta los adultos se ríen! Eso es porque tú eres graciosa, eres muy graciosa. Ya no generas ese efecto en nosotros porque ya sabemos lo genial que eres, y no nos sorprende cuando lo haces. Piensa en Lynn, a ninguno nos sorprende cuando vuelve a casa con un nuevo trofeo de primer lugar, o cuando Lola gana un nuevo concurso. ¿Entiendes?

Luan asintió suavemente, tratando de desviar la mirada al suelo, pero Lincoln no la dejó hacerlo.

—Luan… Quizás… Quizás podría hacerte bien que bajaras… que redujeras la frecuencia de tus bromas —dijo Lincoln, tratando de sonar amable y compasivo.

—S-Sí —dijo ella, con un hilo de voz—. Yo… Te prometo que d-dejaré de hacer…

—No —la interrumpió—, no que dejes de hacer bromas. A ti te encantan, y nadie puede pedirte que no hagas lo que te gusta. Sólo te pido que de vez en cuando, dejes tus bromas de lado, y pasa tiempo con nuestras hermanas no como Luan "Out" Loud, la mejor comediante del mundo, sino como Luan, la hermosa, divertida y sensible chica que eres, y que todos tanto queremos.

Ella dejó escapar un gemido de tristeza, y volvió a enredar a Lincoln en un abrazo.

—Dios, te amo tanto —dijo ella.

—Yo también me amo.

Lenta, muy lentamente, Lincoln levantó la cabeza, mirando a Luan con una sonrisa. El rostro de su hermana no tenía precio. Aún con las lágrimas en sus mejillas, esa cara de total sorpresa era una vista maravillosa para Lincoln. Durante unos segundos, fue como si la mente de Luan tratara de corroborar que había escuchado bien. ¿Su hermano menor acababa de hacer una broma? ¿Una broma en un momento tan íntimo?

— ¿Entiendes? —Agregó Lincoln, provocativamente.

Luan continuó mirándolo durante algunos segundos, y luego su rostro se transformó en una gran sonrisa. Dejó escapar una pequeña risa, una carcajada ahogada en medio del llanto. Él también comenzó a reír, feliz por ver a su hermana sonriendo una vez más. Los dos continuaron riendo durante algunos minutos, hasta que ella se calmó. Continuaba llorando, pero Lincoln tenía la impresión de que ya no eran lágrimas de tristeza, sino de felicidad.

—Definitivamente te amo —dijo ella, casi sin aire.

—Y yo a ti.

— ¿Podrías…? ¿Podrías dormir aquí? ¿Conmigo? —Preguntó Luan, ruborizándose un poco. Hacía años que no dormía junto a Lincoln.

—Nada me haría más feliz en este momento.

Ella se recostó a lo largo del sofá, con su espalda contra el respaldo, y Lincoln ocupó su lugar frente a ella, acostado en posición fetal, dejando que su hermana lo rodeara con sus brazos. Luego de que ambos se cubrieran con la frazada, Lincoln sintió la mano de Luan buscando la suya. Cuando la encontró, dejó que ella interlazara sus dedos con los de él. Con la tranquila respiración de su hermana sobre su cabeza, Lincoln largó un gran suspiro.

Pensó en hablarle sobre algunos de los proyectos que tenía en su lista de objetivos para la Operación Despedida, sobre los que la involucraban a ella. Uno de esos proyectos era sumamente importante, y necesitaría iniciarlo cuanto antes. Pero Lincoln se encontró a sí mismo con la agradable sensación de no querer pensar.

Abrazado por su hermana, dejó que su cuerpo se relajara, y pocos después entró en un pacífico sueño. Esa noche no volvió a tener pesadillas.


.

.

Sólo me gustaría aclarar que esto que acabamos de leer no es todo lo que veremos de Luan. Cada hermana tendrá un capítulo, pero su desarrollo no se limita únicamente a lo que suceda en ellos. Este capítulo sirve para tener una mirada introspectiva en las motivaciones y en la psique de Luan. Lincoln ha logrado calmarla un poco, pero esto no quiere decir que ella a partir de ahora será la misma de siempre, o que todavía no tenga cosas por aprender. Todavía hay tela que cortar con respecto a ella.

El próximo capítulo será protagonizado por una hermana que no es rubia. Así que hay cinco opciones. Trataré de tenerlo listo cuanto antes, obviamente, pero tengo ganas de escribir algún OS de Navidad, así que dudo que les traiga un cap en una semana (mi promesa de caps semanales sólo duró una semana, jajaja, qué desastre).

Muchas gracias a todos por seguir con esta historia. Me parece adecuado mencionar que estamos por el 55-60% del fic.

Un saludo a todos.