Por encima del deber.
Capítulo 11
La tenue brisa hacía que los cabellos negros largos de la mujer se movieran, dejando ver la piel blanca de su espalda al asesino que ahora estaba descansando. Agazapó su cuerpo contra si misma y con sus manos, frotó su frente en un intento de aliviar su atormentada mente. A pesar de lo convencida que había estado, su mente aun dudaba, preguntándose una y otra vez, que era lo que había hecho con el asesino que estaba a su espalda. Uno que respiraba tranquilo y confiado junto a ella.
Descubrió su rostro y su labio tembló al dejar escapar un silencioso suspiro. Todo lo que sentía por él, era una completa y absoluta locura. Lo admitía, pero era algo que no tendría futuro y menos, cuando él iba a ser...
Cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. A pesar de que había decidido no participar sin importar las consecuencias que Roberto le impondría, no podría cambiar lo que iba a suceder, y la hacía sentir culpable.
Cogió el tabardo blanco que estaba en el suelo e intentó alisar las arrugas con sus manos nerviosas. Por mucho que lo intentara, lo que sentía por aquel idiota la hacía dudar de todo. La hacía plantearse hacer cosas que jamás habrían pasado por su cabeza, incluso estar y quedarse en el infierno. Miró a su espalda y observó su falso rostro con el entrecejo fruncido. Pero aun así decidió no comentar nada al respecto. Solo permitió salir de su boca lo que la estaba carcomiendo por dentro sin cruzar la linea de la traición.
-No hagas el idiota en tu siguiente misión.-susurró ella inclinándose para acariciar el oído del asesino con sus palabras.
Él se mantuvo quieto, en silencio y sin romper su descanso con cada movimiento y sonido que las telas hacían al deslizarse por el cuerpo de María. Solo se atrevió a sonreír cuando esta desapareció de la habitación y por consiguiente, de su vida. Iba a ser doloroso dejarla marchar y hacer desaparecer por completo su presencia. Pero al menos tendría el recuerdo de la perspicacia y de la furia de aquella mujer que se había atrevido a revivir el corazón muerto de un asesino.
Y aquella advertencia, llena de una escondida preocupación delataba su afecto. Uno que deseaba pero que no podía responder, al menos, no ahora. Si se distraía acabaría muerto y tierra santa en manos de Roberto de sable y de los templarios. Era algo que no debía permitir.
Escuchó a María salir de la pequeña casa en la que había sido acogido, seguramente, iría a avisar a su tío de que se marchaba a hacer algún quehacer secreto para sus oídos y que por lo tanto, tendría que vigilarle. Pero, por mucho que quisiera quedarse, esta vez, no lo detendrían. No había más excusas, debía irse sin importar sus deseos o los de ella y esta era la oportunidad que había estado esperando para ser capaz de hacerlo.
Irguió su cuerpo levemente dolorido y cicatrizado y se levantó del cómodo lecho que había compartido con María, una que por mucho que lo negase, ya podía considerarla su igual, porque era alguien con la que podría compartir toda su vida. Ni si quiera Adha había tenido ese poder sobre él.
Abrió el baúl mientras las bisagras chirriaban creando un escándalo en su adorada burbuja, haciéndole recordar que no debía desviar su mente hacia ella y prestar la debida atención a su atuendo de asesino. Pero, mientras estaba en aquella casa en la que el aroma de María estaba presente, dejaría que sus pensamientos divagaran un poco.
Ajustó su cinturón de cuero con maestría y enfundó cada cuchillo en su funda correspondiente, revisó sus ampollas de medicina y la hoja de su espada. Todo estaba impoluto e intacto. Ella lo había dejado todo como si no hubiese tenido la oportunidad de estrenar y manchar de sangre enemiga su atuendo de asesino.
Accionó el mecanismo de su hoja oculta y comprobó que funcionaba a la perfección. Pasó la yema de su dedo indice por el arma, midiendo lo afilada que estaba pero, en cuanto escuchó las pisadas metálicas de una armadura por la casa, detuvo su inspección y escondió la hoja bajo la protección del brazalete de cuero.
-María se enfadará cuando vea que te has ido.-habló el hombre entrando por la puerta y sin sorprenderse demasiado de que el asesino estuviese de pie y con su atuendo.
-Procuraré que no me vea en esta vida o lo lamentaré.-contestó Altair sin voltearse y Wyndam no pudo evitar reírse ante su respuesta.
Altair miró al hombre y esbozó una sonrisa cómplice. No estaba seguro de si aquel hombre conocía todos los detalles de lo que había pasado entre ellos. Pero, sabía que en un futuro, aquel templario podría aceptarlo como su familia. Algo que añoraba ya que nunca había tenido el tiempo suficiente de disfrutarlo con los suyos porque la orden lo prohibía. Fomentaban la idea de que los asesinos son hermanos, él compartía la idea, pero ninguno tenía lazos profundos con él. Había aprendido que no podía confiar en nadie para que lo apoyase si su corazón se rompía como lo había hecho años atrás.
-Ha sido un placer.-inclinó su rostro con respeto y aceptó la mano que Wyndam le brindaba como gesto de despedida.
-Ha sido...interesante.-añadido el viejo templario.-De todas formas, aquí eres bienvenido. Estoy seguro de que a María no le importará volver a usarte como un pelele de combate.
-Mm, la próxima vez estaré en plena forma, así que no lo tendrá tan fácil.-respondió el asesino ladeando la cabeza y escondiendo sus ojos esperanzados por un nuevo roce con ella. Ya fuese teniendo el placer de disfrutar de su habilidad o de ser amado por aquella inestimable mujer.
Altair salió por la puerta con paso tranquilo y con su rostro oculto bajo su capucha mientras notaba como el templario lo miraba curioso mientras se alejaba. Seguramente no habría esperado que un asesino se fuera a esconder de los ojos de los enemigos de aquella forma. Era un pequeño secreto que ya se había descubierto pero aun así, el verlo poner en practica parecía ser un foco de curiosidad. Pero, podía estar tranquilo, ya que sabía que podía confiar en aquellos que lo habían acogido.
Suspiró cansado y observó hacía lo alto de los tejados. Los arqueros destacaban de entre el cielo soleado como un buitre en el desierto. Tendría que entremezclarse todo el rato entre la gente para ir hasta la casa de asesinos de Acre.
Sonrió para sí mismo con ironía. Seguro que lo habrían dado por muerto o estaban disfrutando de las dificultades por las que estaba pasando, ya que últimamente, no era el ser más apreciado en su hermandad. Pero al menos, estaba intentando reparar sus errores.
Respiró profundamente y cerró los ojos. Haberse dejado herir había sido un error, pero no era un asesino perfecto. Era algo que había aprendido con su caída desde el pedestal en el que había estado subido y que ahora agradecía sin dudarlo, ya que si la hubiese conocido un par de meses atrás, habría acabado muerta bajo su hoja solo por el mero hecho de intuir que era un asesino.
Sacudió su cabeza en un intento de despejar sus pensamientos. Ya era suficiente. Ahora debía centrarse en su objetivo. Roberto de Sable debía morir.
En cuanto sus párpados se levantaron, sus ojos se volvieron astutos y su semblante se tornó inexpresivo mientras esperaba pacientemente a que una masa de ciudadanos pasara por su lado para ocultarse. No tuvo que esperar mucho, ya que a pesar de las duras condiciones por las que estaba pasando la ciudad, aquellas horas mañaneras, estaban llenas de vida.
Se entremezcló entre la gente con maestría pero, una inquietud lo abordaba. Intentó resistirse, incluso mordió su lengua para infligirse un dolor de distracción, pero fue en vano y no pudo evitar mirar hacía atrás. Hacía la casa en la que había sido acogido. Aquella que quería recordar para poder volver. Giró su rostro con un movimiento lento y lo que vio, no fue lo que esperaba. Varios soldados habían aparecido de la nada, acompañados por un distinguible templario, el cual estaban forzando a entrar en la casa a su viejo compañero de orden.
Altair apretó los puños y siguiendo su instinto se separó de la multitud con rapidez con el fin de ir lo más rápido posible a ayudar al tío de María. Aquella manera de tratar a alguien la conocía muy bien. Era cuando algo grotesco iba a suceder y los templarios querían esconderlo de los ciudadanos. La pregunta era ¿porqué? Él era uno de los suyos y quizás estaba malinterpretando algo.
Sus pies se movieron más rápido y tras mirar hacia los lados, se adentró por la ventana con sigilo. Nada más pisar en la madera escuchó el grito de dolor que gorgoriteaba al mezclarse con la sangre, y deseó haber sido más rápido y menos cuidadoso. Como cuando había sido una bestia asesina sin sentimientos.
Desenfundó su espada sin miramientos y corrió hacía la cocina en la que se había escuchado aquel horrible sonido al que estaba acostumbrado a oír en sus víctimas, pero no en sus conocidos.
El sonido de sus ropajes atrajo las miradas de los soldados mientras el cuerpo de Wyndam se deslizaba hacía el suelo y chocaba contra las tablas de madera con un golpe sordo y pesado. La sangre se escapaba rápidamente de su cuerpo y tiñó la madera para marcarla con el fluido que lo mantenía con vida. La herida había sido mortal y apretó sus dientes con rabia. ¿Porque había hecho algo así? Él no era ninguna amenaza. Pero aquellos desalmados, no contestarían sus dudas. Eran meros peones que seguían órdenes sin plantearse nada. Debía acabar con ellos y salir de ahí, porque aunque le gustaría quedarse hasta que María volviese, lo culparían al instante y más aun, cuando aquellos asesinos podían cargar el muerto a alguien más conveniente.
Los soldados recobraron su habilidad de movimiento y desenvainaron sus espadas con rapidez, blasfemando contra él en una lengua extranjera que pocos entendían en aquellas tierras. Altair, puso su cuerpo en alerta, y no pensó en sus magulladuras. Ya tendría tiempo de sentir dolor cuando estuviera fuera de peligro.
Los soldados se abalanzaron sobre él con un salto coordinado que dieron al mismo tiempo. Sus estocadas eran violentas y peligrosas pero Altair pudo esquivarlas, no sin sentir punzadas en sus heridas que aun se estaban curando, pero era lo suficientemente ágil como para poder evitar más cortadas y contraatacar cuando los soldados bajaban su guardia.
Uno de ellos, tuvo la mala suerte de que su hoja oculta atravesara su garganta. Al menos, ahora sentiría lo que había hecho sufrir al hombre que acababan de matar mientras se ahogaba en con su propia sangre. Un merecido final para aquel asesino que había colaborado con la matanza de un inocente.
Altair no pudo detenerse a observarlo morir y detuvo un ataque horizontal con su espada. Agarró la empuñadura con forma de águila con fuerza y obligó al hombre a retroceder con una patada en el estomago. El soldado cayó torpemente y Altair lo remató con rapidez. Ya solo quedaban dos en pie y el templario solo observaba con los brazos cruzados. Aquella actitud, lo estaba poniendo nervioso. Estaba tan seguro y tan tranquilo mientras sus hombres morían delante suya, que comenzó a preguntarse si bajo aquella armadura había un ser humano.
Altair siguió luchando, desviando ataques que cargaban cada musculo de sus brazos. No quería hacer ningún movimiento brusco ni exponerse innecesariamente hasta que aquel templario diera algún paso. Afortunadamente, no tuvo que esperar demasiado, ya que en cuanto los soldados ganaron terreno en su defensa, escuchó como una risa seca y cargada de arrogancia hacía vibrar el casco metálico del templario. Dirigió su vista hacía el hombre que descruzaba sus brazos con vagancia y esté simplemente lo ignoró, emprendiendo su camino, mancillando el cuerpo de Wyndam cuando lo piso como si fuera un obstáculo en el camino y salió por la puerta. Creía que sus hombres bastaban para detenerlo pero Altair, no lo dejaría escapar. No después de mostrar tan poco respeto por aquel al que había matado a sangre fría.
Gruñó en su garganta con furia e ignorando sus delicadas heridas que aun estaban cicatrizando, realizó un corte lateral con su espada, hiriendo a los guardias que lo flaqueaban con una profunda herida en el estómago y que salpicó de rojo sus ropas recién limpias. Pero no era algo importante en aquellos momentos, y con la velocidad de un leopardo, salió corriendo tras el templario mientras las partes no manchadas del filo de su espada, brillaban bajo los rayos de sol como unas grandes señales de fuego para los centinelas.
Detuvo su carrera bruscamente y miró al rededor, buscando a aquel desgraciado templario mientras su garganta ardía por los gruñidos de furia contenidos. No divisó armaduras, ni nadie que pareciese tener prisa por irse de allí y apretó sus dientes. No podía permitir que aquel hombre saliese impune y si su vista convencional le fallaba, usaría aquel extraño don que la naturaleza le había concedido. Aunque en su estado, no lo podría mantener por demasiado tiempo. Intentó concentrarse, decidido a usar su sentido de águila, pero comenzó a percatarse de que el mundo, no actuaba como debería.
Parpadeó sus ojos, centrándose en lo que tenía delante y no en su anhelo por atrapar a aquel maldito. Los ciudadanos lo miraban paralizados, unos mostrando miedo en sus ojos y otros con sorpresa. Todos se mantuvieron quietos hasta que una mujer gritó con toda su capacidad pulmonar, y en un abrir y cerrar de ojos se echó a correr mientras de su boca solo salía una palabra. Asesino.
Había sido marcado por la sangre de un inocente de nuevo. Solo que esta vez, la muerte no había sido realizada bajo su mano, pero para los ojos del mundo, su espada era la que estaba manchada. La de la orden que los protegía escondidos bajo las sombras.
Miró por el rabillo del ojo y observó como las patrullas comenzaban a escucharse entre los gritos de pánico de las mujeres y hombres que salían corriendo. Otros apretaban sus puños, enviando señales de que tenían intenciones de meterse en la lucha en contra suya.
Altair siseó resignado, nadie iba a concederle la duda y muy a su pesar, sabía que María, no iba a ser distinta. No iba a poder explicar nada, no al menos, sin recibir una cuchillada de por medio y ahora no tenía tiempo de esperarla. Su vida y su hermandad corrían peligro de nuevo. Pero esta vez, no se había dejado llevar por el orgullo, si no por la ira de la injusticia y quizás, una pequeña sed de venganza.
Sin otra opción, Altair enfundó su espada y salió corriendo para perderse entre las calles hasta que todo se calmase. Al Mualim no iba a estar contento con su vuelta.
O-O
María andaba en círculos, mostrando su evidente nerviosismo al polvo que se levantaba de la roca con la fuerza de sus pasos. Roberto estaba tardando demasiado y por alguna razón, su instinto estaba gritando en cada nervio de su cuerpo. Algo que no pasaba muy a menudo, pero que siempre traía algo peligroso de la mano. Aunque quizás, lo más probable era que lo estaba confundiendo con el estrés mental al que estaba sometiendo a su cerebro al planificar las posibilidades que su declinación a la misión iba a traer con ello. ¿Perdería todos sus privilegios y su reputación entre todos los soldados y templarios que comandaba Roberto?
Era lo que más temía, al menos, antes de que conociera al asesino. Pero ahora, ya no sabía que era lo que era más importante para ella. Estaba confusa y estar en aquel estado no la agradaba lo más mínimo. Escondió su rostro entre sus manos y las restregó con frustración sobre su piel mientras se mordía la lengua para que las maldiciones no saliesen de su boca.
-María, perdona la tardanza. Al parecer alguien ha asesinado a alguien en nuestro distrito y he tenido que mandar a un grupo de mis templarios. Las mujeres son unas histéricas.-murmuró Roberto malhumorado mientras entraba por la puerta con rapidez. María cruzó los brazos y lo fulminó con la mirada, algo que no paso desapercibido para el Maestre.
-No debería generalizar.-gruñó ella ante su descortesía.
-Bah, tu orgullo no puede herirse con simples palabras.-desechó Roberto mientras se dejaba caer en su silla.-Mañana irás a Jerusalén, y allí prepararás la trampa con el nuevo gerente musulmán de la ciudad.
María trago saliva y movió sus dedos con nerviosismo. Roberto la miró con curiosidad y no pudo evitar mostrar una sonrisa siniestra.
-¿Hay algún problema?
-Yo...-comenzó ella a explicar sin mucho éxito.
-Tendrás el apoyo de los nuestros y el de la guardia de la ciudad. Tenemos un acuerdo que nos beneficiará mutuamente.
-Lo sé señor pero eso no es...
-¡Señor!.-interrumpió el grito de un soldado que había abierto la puerta de golpe y con ello, resquebrajando la pared de piedra de la fortaleza.
-¡¿Que?.-gruñó el Maestre con amenaza por la conveniente interrupción.
-El hombre que han asesinado en nuestro distrito es uno de sus hombres. Wyndam Torpe está muerto.
Los ojos de María se desorbitaron y su boca se entreabrió por la sorpresa. ¿Que demonios había dicho? Era imposible, Altair estaba con él y le él habría ayudado. Pero una fugaz idea asaltó su cerebro gracias a su corazón templario.
Sus puños se cerraron con furia y en dos zancadas llegó hasta la altura del guardia y lo agarró por el cuello de tela que salía por su armadura.
-¿Quién lo ha hecho?-gritó ella sin contener su voz amenazante.
-D...dicen...-titubeó el guardia que estaba teniendo dificultades para respirar.
-¡Habla!-ordenó ella, deseando que desmintiera su descabellada idea.
-La gente dice que ha sido un asesino. Lo vieron salir de la casa con su arma y sus ropas llenas de sangre.-la mano de María tembló y el agarre sobre el guardia se volvió más fuerte y doloroso. ¿La había usado y la había traicionado con tanta facilidad a la que se trata a alguien que no es importante?
-¿Estás seguro?-preguntó Roberto el cual se había mantenido en silencio hasta ahora.
-S...sí, además mató a unos guardias que intentaron defender a Wyndam.
Ella soltó el agarre y cerró su puño con fuerza. Aquel maldito había estado jugando con ellos y ella había sido tan tonta de caer en su fingido encanto. Irguió su cuerpo e hizo chocar sus botas de piel cuando giró su cuerpo hacía Roberto.
-Si no le importa ahora quiero despedirme de mi tío, pero le prometo que no fallaré. Pronto tendrá la cabeza del asesino en su mesa.-prometió María con los ojos llenos de rabia y venganza. Deseaba la sangre de aquel que había traicionado su confianza y sus sentimientos.
-Eso es lo que esperaba oír.-contestó el Maestre con una sonrisa orgullosa, mientras que en su mente se carcajeaba sin descanso.
Su plan había funcionado.
Continuará.
NA/: Espero que os haya gustado el capítulo y si tenéis tiempo, podáis dejar vuestros pensamientos sobre él. Julio es una locura en estos lares pero sigo escribiendo poco a poco. :)
