Ya sabéis, no poseo ni las series, ni los personajes, bla, bla.

Lo que sí poseo es gratitud infinita hacia vosotros por seguir leyéndome y comentando y dándole a favorito. ¡Sois los mejores! En especial todos los que vais dejando comentarios, que sois amor. Y, nada, como siempre pues os respondo a los comentarios por aquí, antes de poneros el capítulo propiamente dicho:

* damonftcaroline: Ah, mira, no lo había pensado, pero puede ser, al final también hay superpoderes hasta en los años 50, xD. Sí, Harrison está enamorado de Thea y es mayor que ella, pero en este fic Thea es mayor que en la serie. Quiero decir, no es una adolescente como en la primera temporada. Es de la edad de Caitlin, más o menos. No lo había pensado exactamente, pero tendrá como unos 20-21 años.

* Zae: Cierto, soy mala con los Snowbarry, pero tranquila que el beso con fundamento llegará ;P

* brico4899: Yo siempre he pensado que en la serie Cisco está enamorado de Caitlin, aunque aquí no, sencillamente tiene esa puntería, o superpoder como diche damonftcaroline.

* Anónimo: Gracias por el comentario ^^


Capítulo 11

Journey to the past

(Viaje al pasado)

Cisco se paseó de un lado a otro de la habitación, mientras nos contaba que había examinado el lugar donde nos habían atacado y que había descubierto sangre que debía de pertenecer al bastardo que había herido a Caitlin. Eso sí, nos lo explicó a toda velocidad, de forma un tanto caótica, por lo que la joven y yo permanecimos en silencio, con el ceño fruncido, intentando hallar un sentido a sus palabras.

–Por eso, me he pasado por recepción antes de venir a veros... ¡Hola, Caitlin, me alegra que estés despierta! –le sonrió a la chica, mientras se retiraba el negro cabello detrás de las orejas con ambas manos–. La cuestión es que me ha costado un café y tener que usar mi encanto personal con Trudy, la recepcionista, pero he conseguido que me diera la lista de ingresos de ayer por la noche.

–¿Y? –preguntamos nosotros a la vez.

–El único ingreso por herida de bala fuiste tú, Caitlin –Cisco pareció desmoronarse un poco, incluso se sentó en el otro sillón de la habitación–. Eso quiere decir que o bien se ha tratado a sí mismo o bien le ha ayudado un amigo... porque no creo que vaya por la vida con un trozo de plomo dentro. De todas maneras, si alguno de nuestros sospechosos estuviera herido, lo tendríamos, Barry.

–No va a ser tan sencillo. Me imagino que el asesino cubrirá su herida y no podéis ir tocando a todo el mundo para ver si se quejan –opinó Caitlin.

–Bueno, pero algo es algo –asentí yo.

–Eso, hay que ser positivos, Caitlin –Cisco se puso en pie para acercarse a la cama, sonriéndole con cierta timidez–. Por cierto, ¿cómo estás? Al menos tienes muy buen aspecto, no como mi socio aquí presente –los dos intercambiaron una sonrisa cómplice, mientras yo agitaba la cabeza, divertido–. No te ofendas, amigo, pero pareces un vagabundo... con mucha clase, eso sí. ¿Por qué no te vas a casa a ducharte? Yo me quedaré haciendo compañía a nuestra nueva incorporación.

–Lo haré –le prometí, arremangándome–. Pero primero tenemos una cosa pendiente por hacer –me giré hacia Caitlin–. No estuviste ahí la noche de la desaparición de Oliver Queen, pero fuiste tú quien encontró el cadáver de su esposa. Sé que crees que no viste nada, mas algo debiste de ver, de ahí que el asesino no deje de intentar acabar contigo. Seguramente no le diste importancia, pero está claro que debe de ser algo relevante. Cuéntanos qué ocurrió esa noche.

Caitlin asintió con un gesto, antes de comenzar con su historia.


Como siempre, se detuvo tras cantar una quinta pieza. Siempre hacía una pausa cada cinco canciones, en parte para descansar la garganta, en parte para beber algo y pasearse un poco por la sala del Verdant. Aquella noche lo agradeció, pues le estaba costando concentrarse.

Habría sido el cumpleaños de Ronnie.

Se había acostumbrado a su ausencia, ya no le echaba tanto de menos, ni se ponía a llorar como una boba cada vez que pensaba en él, pero ciertas fechas seguían siendo delicadas. Estaba intentando luchar contra aquel fantasma, pero le estaba resultando especialmente difícil, pues no podía dejar de recordar el último cumpleaños que habían pasado juntos, las costumbres que mantenían a la hora de celebrarlo.

Al alcanzar la barra tuvo que aguardar, pues Roy estaba conversando con un cliente, que llevaba un elegante traje blanco de aspecto caro. Por suerte, otro de los camareros, Chase, llegó con la bandeja vacía y la atendió.

Muy bonita la última, Caitlin.

Gracias, Chase.

Soda, ¿verdad?

No, hoy no, hoy es un día especial: un Gin Tonic –normalmente el cumpleaños de Ronnie lo celebraban con tequila o vodka, algo que ella no solía degustar, pero aún le quedaba trabajo por delante y no quería perder la cabeza gracias al alcohol.

En cuanto Chase le puso el vaso delante, Caitlin se lo llevó a los labios, mientras echaba un vistazo al resto de la sala. El cliente elegante dejó a Roy tranquilo, sólo para cruzarse con Thea Queen, a quien saludó con la familiaridad limitada de quienes se han visto un par de veces y todavía no son amigos. Caitlin escuchó que lo llamaba señor Palmer de forma distraída, aunque pareció concentrarse al llegar a la barra y pedirle una copa a Roy.

La muchacha se quedó ahí sentada, sola, dándole conversación a Roy, al menos hasta que Helena Bertinelli llegó con aspecto triste. Las dos se sumergieron en una charla que parecía íntima, por lo que Caitlin se giró en la banqueta. No quería parecer una cotilla. Al hacerlo, vio que su jefe, Harrison Wells, salía del despacho de Tommy Merlyn con una expresión inescrutable en su rostro; tras darle la mano, el hombre bajó a la sala y debió de verla, pues acudió directamente a su lado.

Es la primera vez que te veo beber durante una actuación.

Alguna vez tenía que ser la primera.

Caitlin se encogió de hombros, como si aquello no tuviera importancia alguna, pero Harrison la conocía bastante bien. Por eso, no la sorprendió cuando se acercó, bajando el tono de su voz:

¿Ronnie?

Hoy hubiera sido su cumpleaños... –la tristeza se apoderó de ella, algo que no iba a permitir, no, iba a ser feliz, era la mejor forma de honrarle–. Pero no quiero hablar de eso. ¿Qué hacías reunido con el señor Merlyn?

Negocios. Nada de importancia.

Por lo que se ve, no soy la única que no quiere hablar de algún tema.

El señor Merlyn y yo hemos tenido una discusión acerca de su padre. Malcolm Merlyn quiere que le ayude a entrar en el mundo de las productoras, pero ese no es mi trabajo –Harrison se encogió de hombros, seguramente para restarle importancia al asunto, aunque a Caitlin le sorprendió que se hubiera negado a ayudar a alguien; Harrison Wells era una de las personas más voluntariosas que conocía.

E imagino que el señor Merlyn no se lo ha tomado demasiado bien.

Defendía a su familia –Harrison se encogió de hombros, restándole hierro al asunto, aunque Caitlin le conocía lo suficientemente bien como para saber que estaba afectado. Sin embargo, tampoco quiso presionarle, pues le respetaba demasiado como para hacerlo; además, él jamás la había presionado a ella. Durante aquellos instantes de silencio, su jefe pidió dos copas de champagne y le tendió una, quedándose él con la otra–. Deberíamos quedarnos con lo positivo, ¿no crees, Caitlin? Brindemos por Ronnie, celebremos su cumpleaños y el tiempo que pasaste con él, en lugar del que no podrás disfrutar a su lado.

Es un bonito pensamiento –sonrió Caitlin, alzando levemente la copa; las entrechocaron con cuidado, mientras ella pronunciaba con una alegría que no terminaba de sentir–: Por Ronnie.

Por Ronnie.

Ambos apuraron el champagne casi de un trago y aquel frescor burbujeante la consoló un poquito, aunque no tanto como el darse cuenta de que no estaba sola, a pesar de no contar con la compañía de su querido Ronnie.

De hecho, aquel pensamiento la animó lo suficiente como para enfrentarse al resto de la actuación: dejó de sentirse desganada, triste, y pudo entregarse a su público como siempre hacía. También fue aquella idea la que hizo que, al finalizar su trabajo por esa noche, regresara a la barra para pedir algo especial. Chase volvía a estar poniendo copas, pero ella necesitaba a una persona de más confianza, así que aguardó un par de minutos a que regresara Roy. En cuanto el joven ocupó su lugar tras la barra, Caitlin se inclinó para acercarse a él.

Necesito pedirte un favor, Roy.

Eh... Claro, Caitlin, dime –le sonrió el camarero.

¿No tendrás, por casualidad, un cigarrillo?

Roy enarcó una ceja, seguramente sorprendido por esa petición por su parte, pero no dijo nada al respecto; en su lugar, se llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta, aunque no encontró nada. Entonces chasqueó la lengua, como si se diera cuenta de algo, y le hizo una seña para que esperara. Se ausentó unos instantes y regresó con un largo cigarrillo que le tendió junto a un mechero rectangular y plateado, que pesaba ligeramente.

Tus deseos son órdenes para mí, Caitlin.

Qué gracioso.

Roy le guiñó un ojo, antes de regresar a su trabajo. Caitlin le siguió para darle un beso en la mejilla, agradecerle el pitillo y, entonces, se marchó a la zona de empleados para poder salir al patio trasero. Una vez ahí, aprovechó que había unos palés de madera vacíos para acomodarse en ellos. Contempló el fino cigarrillo entre sus dedos, sonriendo levemente. No solía fumar mucho, aunque sí que disfrutaba de aquel sabor a tabaco en ciertas ocasiones: cuando regresaba de comer junto a sus padres o cuando se ponía muy, muy nerviosa por algún motivo o cuando descansaban tras haber hecho el amor.

Se colocó el cigarrillo entre los labios, encendió el mechero y prendió el primero, disfrutando del olor a gasolina de la llama azulada. Siempre le había fascinado aquel color que poseía el fuego emitido por un mechero, aquella mezcla de cian y naranja. Fumó un par de caladas, antes de arrancarse a pronunciar lo que la había llevado a estar en un callejón fumando a solas.

Creo que ha llegado la hora, Ronnie –murmuró a la nada, aunque no le costó imaginarse los ojos azules de su prometido, tampoco su sonrisa encantadora que podía convencerla de cualquiera cosa–. Creo que debo decirte adiós. Harrison tiene razón, ¿sabes? Hay que quedarse con lo positivo. Sé que pensarías lo mismo, sé que me apoyarías de estar aquí, porque siempre quisiste lo mejor para mí. Y eso, ahora mismo, es dejarte marchar. Adiós, Ronnie. Siempre te querré.

Se sintió mucho más tranquila, incluso liberada.

Al terminar el cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó para apagar cualquier atisbo de brasa que pudiera quedar en él. No se movió de su improvisado asiento, pues estaba muy a gusto a solas, protegida por aquella semioscuridad. Empezó a juguetear con el mechero, lo que le hizo darse cuenta de que era de plata auténtica. Eso le sorprendió, ¿de dónde lo habría sacado Roy? Frunció el ceño, curiosa, examinándolo más atentamente, lo que le hizo descubrir dos iniciales grabadas: R. P.

Volvió a prenderlo, pensando en quién sería R. P. cuando sus ojos captaron algo que, hasta el momento, había pasado desapercibido: un zapato de tacón. Arrugó el entrecejo, suspicaz, mientras se ponía en pie. No fue hasta que dio un par de pasos, alzando el mechero encendido, que descubrió el cuerpo de una hermosa mujer rubia tirado en el suelo.

La reconoció al instante.

Sara Queen.

También supo al momento que estaba muerta.


–No conservarás el mechero, ¿verdad? –preguntó Cisco en cuanto Caitlin dejó de relatar su visión de aquella noche, justo cuando regresó al interior del Verdant para telefonear a la policía desde su propio camerino, pues no había querido llamar la atención para que nadie fuera a cotillear.

–Se lo devolví a Roy cuando hablé con él para que se entrevistara con vosotros –la joven agitó levemente la cabeza; fue a cambiar de postura, mas debió de dolerle, pues esgrimió una mueca. Acudí a su lado para ayudarla a incorporarse un poco, por lo que Caitlin me dedicó una débil sonrisa–. Gracias.

–Habrá que ir a hablar con el señor Harper, entonces –decidí, devolviéndole el gesto. Me pasé una mano por el pelo, revolviéndomelo aún más, si es que era posible–. Esto es lo que vamos a hacer: Cisco, tú te quedarás aquí, haciendo compañía a Caitlin, mientras yo voy a casa a ducharme y a comer algo. Antes de regresar aquí, iré a la comisaría a recoger información sobre Harrison Wells y Malcolm Merlyn y la traeré aquí. Así los tres podremos entretenernos y avanzaremos mucho más rápido.

Cisco asintió, voluntarioso, pero Caitlin no parecía muy convencida. De hecho, se mordió el labio inferior, en silencio, por lo que la miré fijamente.

–¿Crees que esto me lo ha hecho Harrison?

–Te confió esa información. No puedo ignorarla, sobre todo viniendo de alguien cuya vida personal desconoce todo el mundo –seguí notando que no le hacía ni gracia, por lo que suspiré y le pregunté con la mayor delicadeza posible–: Caitlin, ¿desde hace cuanto que conoces a Harrison Wells?

–Más de un año.

–¿Y qué sabes de él?

La joven se quedó callada, pensativa, aunque acabó suspirando con aire cansado. Se reclinó aún más en las sábanas, seguramente decepcionada.

–Sigo sin creer que Harrison me atacara.

–Sólo digo que es una posibilidad.

–Ese hombre me salvó de mí misma, Barry –me recordó a media voz, clavando sus enormes ojos en los míos. Yo lo sabía, ya me lo había referido antes, así que asentí, estrechándole los dedos–. Sólo espero que demuestres que es inocente. No sé si podría soportar semejante decepción.

Le besé los dedos, sin saber qué decir, pues en aquel momento mi mayor sospechoso era Harrison Wells y, si a mí no me hacía gracia, podía entender sus sentimientos.

–Volveré cuanto antes.


Dados los hechos acontecidos la noche anterior, a Dig no le hacía ni pizca de gracia el haber tenido que dejar de vigilar a Thea para acudir a la oficina de aquel dichoso periódico. Felicity, al menos, estaría protegida por la seguridad de Empresas Queen, mas Thea estaría sola en caso de que tuviera que enfrentarse al peligro. Bueno, había podido contar con la ayuda de un antiguo compañero del ejército, pero Dig prefería encargarse él mismo de semejante tarea.

Concéntrate, John, cuanto antes acabes, antes regresarás a tu puesto.

Abrió la puerta, encontrándose de pronto en un mundo que no se asemejaba en nada al suyo. El ejército era un lugar ordenado, a pesar de involucrarse en algo tan caótico como la guerra, y las oficinas de Oliver eran un lugar calmado. Las del periódico, sin embargo, eran un hervidero de actividad: los trabajadores iban de un lado a otro, el incesante tecleo de las máquinas de escribir impregnaba el ambiente junto a una urgencia que les hacían moverse con rapidez, como una máquina bien engrasada.

Tras aquella sorpresa inicial, se acercó al mostrador de decepción, donde una mujer con gafas ovaladas estaba comprobando el correo. En cuanto Dig se aclaró la garganta, la recepcionista alzó la mirada en su dirección, saludándole educadamente.

–Lamento interrumpirla, pero me gustaría ver a la señorita Iris West.

–Ahora mismo la aviso –asintió la recepcionista, pulsando un botón de la enorme centralita que tenía en el escritorio–. Buenos días, señorita West. Gracias. Mire, tiene una visita en la entrada –la mujer se volvió hacia Dig de nuevo–. La señorita West desea saber quién la visita.

–Dígale que un amigo que tiene un regalo.

La recepcionista repitió sus palabras y volvió a pulsar un botón de la centralita, mientras le informaba de que la señorita West estaba en camino. Y no tardó en llegar. Iris West era una muchacha bonita, de sonrisa cálida y sedoso cabello negro que se apartaba del agraciado rostro con un elegante tocado. Nada más verlo, le reconoció, algo con lo que tanto Felicity como él habían contado: John Diggle no era un nombre famoso, mas sí que era un hombre que estaba permanentemente con Oliver Queen y que, por tanto, aparecía en más fotografías de las que deseaba.

–Hola –le saludó la señorita West con una familiaridad que le sorprendió, pues era propia de una gran actriz–. ¡Cuánto tiempo, amigo mío!

–Lo sé –Dig le devolvió el saludo, antes de tenderle el brazo–. Espero no interrumpir, pero había venido a ofrecerte mi compañía durante un rato. ¿Un paseo, quizás? Creo que tenemos mucho de lo que ponernos al día.

Ella asintió, aceptando su brazo. Juntos, regresaron hasta el ascensor sin dejar de guardar las apariencias, algo que hicieron hasta cuando estuvieron en la calle. Caminaron juntos, uno al lado del otro, aunque la actitud de ambos cambió al instante y Dig notó como ella se tensaba.

–Usted es el guardaespaldas de Oliver Queen –dijo la señorita West con cierto recelo–. ¿Qué es lo que quiere? ¿Va a amenazarme? Puede hacerlo si lo desea, por supuesto, pero no pienso ni cambiar de opinión, ni cambiar el rumbo de mi trabajo –declaró con orgullo, aunque no tardó en apartar la mirada–. Créame, no es el primero que lo intenta, señor...

–No voy a decirle mi apellido. Ni voy a amenazarla.

–¿Ah no?

–Tengo familia, señorita West. Y tengo problemas económicos –lo dijo con brusquedad, como si ocultara el origen de sus deudas a propósito. La señorita West compraría mejor su historia si intuía algún tipo de problema serio, como si fuera un adicto al juego o al alcohol. De hecho, en sus ojos leyó que estaba atando cabos, por lo que decidió no dejarle tiempo para que pudiera replantearse la situación–. Por eso he venido a verla. Tengo información para usted... a cambio de dinero, por supuesto.

–¿Qué clase de información?

–Usted misma lo ha dicho, señorita West: soy el guardaespaldas de Oliver Queen. Sé cosas que, estoy seguro, le interesarán. Ayúdeme, señorita West, y le contaré por qué mi jefe no se encuentra en la ciudad. Le aseguro que es una historia digna de publicarse junto a su nombre.

La periodista guardó silencio, meditabunda, aunque aquel estado no duró mucho: al final, se giró hacia Dig con expresión muy seria.

–Deme algo jugoso y, si me gusta, le pagaré cualquier información que desee darme.


En cuanto terminó con su trabajo, Laurel bajó hasta los archivos que había en los inmensos sótanos del edificio donde se hallaban las oficinas de la fiscalía. Le había pedido a Eddie permiso para comprobar cierta información personal, que tenía que ver con el asesino que estaba mutilando su vida poco a poco y, aunque era más que evidente que no le parecía buena idea, le había permitido que lo hiciera.

Laurel sabía que no era una gran idea, que estaba demasiado implicada como para que fuera una opción razonable, de ahí que hubiera confiado la investigación a Barry Allen. Sin embargo, no podía quedarse de brazos cruzados, consumiéndose por aquella mezcla tan desgarradora de pena e ira. Necesitaba hacer algo, aunque fuera a chocarse contra un muro, aunque fuera un completo error, pero tenía que hacer algo. Por eso, había decidido comprobar si existían archivos de todos aquellos que estuvieran conectados tanto con Sara como con Tommy.

Revisó la lista de nombres uno a uno, meticulosamente, dedicando toda su atención a aquella tarea. Cualquier cosa era mejor que pensar en la pérdida, en el dolor que amenazaba con arrebatarle también a su padre.

Y, al final, dio con algo.

La impresión fue tan que las piernas le temblaron como dos juncos al viento, de ahí que se recostara contra la estantería y se dejara caer hasta el suelo. Con los ojos como platos, revisó la información que acababa de hallar. Se apartó un mechón del rostro, atónita, mientras una frase se escapaba de sus labios:

–No puede ser...


Ducharme fue mejor que una noche de sueño reparador, fue como si comenzara un nuevo día con las baterías cargadas. Al igual que lo fue el comerme un buen desayuno en la cafetería de siempre, aunque lo hiciera con cierta celeridad, ya que aquella era la primera parada de, lo que se me antojaba, una mañana ocupada.

Después, fui al despacho. La portera me informó de que un cliente había acudido a primera hora y que me había dejado su teléfono para que contactara con él. A pesar de que el caso Queen me tenía absorbido, necesitábamos dinero para subsistir, así que le telefoneé nada más acomodarme en mi mesa. Nada fuera de lo habitual, incluso algo sencillo que había hecho miles de veces: comprobar que una mujer era o no infiel. Le aseguré al cliente que nos pondríamos enseguida con ello, revisé que había apuntado correctamente todos los datos importantes y colgué.

Volví a descolgar el auricular para marcar un número que había terminado por aprenderme de memoria y que hizo que me reencontrara con la dulce voz de aquella mujer a la que poco a poco le iba cogiendo cariño:

–Felicity Smoak, ¿en qué puedo ayudarle?

–Buenos días, señorita Smoak –sonreí a pesar de saber que no me veía–. Lamento interrumpirla en su jornada laboral, pero quería asegurarme de que se encontraba bien.

–No se preocupe, señor Allen –tuve claro que ella me devolvió el gesto, seguramente sentada en un elegante sillón tras una mesa llena de papeles pulcramente ordenados–. De hecho, me alegra su preocupación. No es que me alegre que esté preocupado, porque no es así, sino que me alegra que se preocupe por mí... porque eso significa que me está cogiendo cariño y... Creo que debería callarme.

–Ahora es usted quien no debe preocuparse. La comprendo mejor de lo que cree.

–Se me olvidaba que es tan metepatas como yo –la señorita Smoak pareció aliviada, aunque fue sólo un breve instante, pues justo entonces me preguntó–: De todas maneras, sí, me encuentro bien. ¿Por qué lo pregunta?

–Ayer atacaron a Caitlin Snow y a servidor a la salida del Verdant. Ella es la cantante del local y también quien descubrió el cadáver de Sara Queen. La señorita Snow se encuentra fuera de peligro, pero temo que el asesino decida atacar a alguien más... sobre todo a alguien que ha salido en el periódico junto a Oliver Queen –me froté el rostro con ambas manos, sintiéndome de pronto muy cansado–. Prométame que seguirá teniendo cuidado, Felicity.

–Lo haré. Se lo prometo.

–¿Ha sabido algo de Oliver?

–Ni una sola noticia... lo que no sé si es bueno o malo, la verdad. Intento no pensar mucho en eso –la mujer exhaló un triste suspiro–. Sólo espero que esta situación se termine pronto. Tanta muerte y desolación... Perdóneme, de pronto me he puesto triste y lamentaría contagiarle mi desánimo.

–Será mejor que consideremos que todo pasará pronto. Todas las tormentas amainan, ¿verdad? –hice una pausa, durante la cual me mesé el cabello de nuevo–. Si necesita cualquier cosa, Felicity, avíseme. En cuanto yo tenga algo en concreto, la llamaré, tal y como le prometí. Que tenga un buen día, Felicity, siempre es un placer hablar con usted... aunque sea en tales circunstancias.

Colgué el teléfono y abandoné tanto el despacho como el edificio, no sin antes pasarme por la portería para recordarle a la familia que la ocupaba que cogiera los recados del despacho, un arreglo que teníamos desde hacía tiempo. Entonces me dirigí hacia la comisaría, donde me aguardaba una bonita caja de cartón llena de documentos, que Joe me había preparado. Joe se interesó tanto por mi estado como por el de Caitlin, incluso prometió pasarse a visitarla con la única intención de comprobar que seguía bien, ya que no quería forzarla a pasar por todo aquel trance de interrogatorios y policías.

Una vez tuve toda la información en mi mano, regresé al hospital, aunque antes hice una última parada en una floristería cercana. Me hice con un ramo de margaritas y me dirigí hacia el interior del centro médico, derechito hacia la habitación de Caitlin. Me llegó el sonido alegre de unas voces, también de unas carcajadas, así que me quedé recostado en el quicio de la puerta, observando como Cisco representaba una historia que habíamos protagonizados ambos dos.

En realidad, no era una especialmente memorable, pero mi amigo siempre ha tenido un don para relatar anécdotas y que resulten mucho más graciosas. De hecho, yo mismo me reí un par de veces al escuchar a Cisco, lo que provocó que ellos dos descubrieran mi presencia.

–¡Vaya, pero si Barry Allen vuelve a ser un hombre aseado!

–Y un hombre nuevo, es la magia de las duchas –fruncí el ceño, pensativo–. De acuerdo, eso ha sonado fatal... Ay, qué mal se me dan las palabras –me lamenté, entrando en la habitación. Deposité la caja de cartón a los pies de la cama, donde Caitlin estaba recostada, para sacar de ella el ramo de margaritas que le tendí–. Para usted, ma belle mademoiselle.

–¡Qué bonitas! –Caitlin abrió los ojos, emocionada.

–¿Y para mí no hay flores? Me hieres en lo más profundo, Barry –bromeó Cisco.

–A ti no te han herido y no vas a tener que permanecer en esta habitación hasta que te recuperes... y no tienes esa sonrisa tan encantadora –a mi lado, Caitlin soltó una risita, que se transformó en una carcajada, cuando Cisco simuló ser alcanzado por una flecha en el corazón; estaba fingiendo caer muerto sobre el sillón, cuando me giré hacia la chica–. Espero que te gusten. No sabía cuáles eran tus flores favoritas, pero estas me han gustado.

–Son perfectas. Gracias, Barry.

Nos miramos a los ojos. Era un gesto habitual, un mero gesto, mas fue intenso, conectamos, seguramente porque ambos pensamos en lo mismo: en aquel beso que Cisco había interrumpido. El corazón me latió más rápido, no pude quitarme de la cabeza la cercanía que había sentido y lo sumamente especial que había sido. Pero, claro, seguíamos acompañados, a plena luz del día y, por desgracia, teníamos cosas que hacer, aunque lo primero era lo primero.

–¿Cómo te encuentras? ¿Te ha visitado ya algún médico?

–Me han hecho una cura. Todo sigue su curso adecuadamente, aunque, como bien has dicho antes, voy a tener que estar aquí un tiempo –Caitlin suspiró, recostándose en los almohadones que había a sus espaldas–. Así que, por favor, dame algún documento que leer –la miré, no muy seguro, por lo que ella resopló–. Sólo es leer, puedo hacerlo sin que mi salud se vea minada.

–De acuerdo. Tienes razón.

Caitlin sonrió, satisfecha, cuando le entregué una parte de los documentos que había traído. También le di unos cuantos a Cisco, quedándome yo con el último tercio, el cual comencé a repasar. Por petición mía, además de información sobre Harrison Wells, también la había sobre Malcolm Merlyn, el misterioso padre de Tommy. Era un personaje que se me antojaba curioso, sobre todo porque no me había cruzado con él en ningún momento de la investigación y eso que últimamente no había noche en la que no acudiera al Verdant, el local de su propio hijo.

De hecho, era interesante pensar que Tommy había dejado a cargo a Harrison Wells, en lugar de a su propio padre, una opción mucho más lógica que la del representante. ¿Qué ocurría con Malcolm Merlyn? ¿Y por qué Harrison Wells se había negado a ayudarle, si según Caitlin era un hombre que no dudaba en asistir a quien fuera menester?

Por desgracia, a pesar de leer un montón de informes, no logré dar con nada en concreto, a excepción de algo que me resultó curioso: antes de fundar su agencia de representación, Harrison Wells había trabajado en el Museo de Starling City como historiador. El cambio de profesión era, cuando menos, curioso: ¿cómo alguien cambiaba tan drásticamente de empleo? ¿Cómo se pasaba de ser el historiador del museo a el representante de las estrellas más codiciado de la ciudad? Ya no sólo era pasar de un campo a otro completamente distinto, sino que había sido un movimiento de lo más arriesgado: había renunciado a un trabajo estable, con prestigio y con sueldo de lo más elevado, por abrir su propia empresa, que a saber si funcionaría.

–¿Se puede pasar?

La voz femenina nos sobresaltó a los tres, aunque fue Cisco quien mayor reacción tuvo: tras el respingo inicial, sus ojos adquirieron aquel brillo que tan bien conocía yo. No necesitaba haber reconocido la voz para saber que Laurel Lance acababa de aparecer en la habitación de Caitlin, pues el rostro de mi socio era como uno de esos carteles luminosos que decían que había en Las Vegas.

–Señorita Lance, ¡menuda sorpresa encontrarla aquí! –Cisco se puso en pie para recibirla; lo hizo con una educación exquisita, mostrándose cercano, pero lo suficientemente distante como para no presionarla–. ¿Puedo preguntar a qué se debe tal honor?

–La verdad... no es precisamente una visita de cortesía –la señorita Lance no parecía muy cómoda, aunque no tardó en agitar la cabeza y dirigirse hacia la cama–. La señorita Smoak me informó de lo sucedido. Espero que se encuentre bien, Caitlin.

–Me recuperaré, aunque mucho me temo que voy a tener que dejar las actuaciones durante un tiempo.

–Lo primero es que se recupere. Tommy hubiera dicho lo mismo –el semblante de la señorita Lance se nubló, incluso le temblaron un poco los labios. Volvió a agitar la cabeza, como si así se quitara las penas, y se concentró de nuevo en Caitlin–. El detective West y mi padre se van a hacer cargo de su caso, así que yo llevaré la acusación. Le prometo que haré todo lo necesario para encarcelar al responsable del ataque.

–Gracias, Laurel.

–Sin embargo, no es esa promesa la que me ha traído aquí, aunque de verdad que le deseo una pronta recuperación –la mujer le dedicó una sonrisa a Caitlin, un gesto que le fue devuelto por ésta. Después, la señorita Lance se giró hacia mí. A medida que se volvía, la gravedad se fue reflejando en sus elegantes rasgos–. Señor Allen, he venido por usted, en realidad. Tenemos que hablar... y mucho me temo que no tengo buenas noticias.

Cómo no. Pensar que podía transcurrir un día sin que no sucediera una desgracia, comenzaba a ser una quimera: irritantemente imposible. Resignado, me pasé una mano por el pelo, mientras dejaba a un lado los documentos que había estado leyendo.

–¿Qué ocurre, señorita Lance?

–Creo que sería mejor hablar en un lugar más... discreto.

Fruncí el ceño, inquieto ante el más que evidente nerviosismo de la señorita Lance, ya que no se correspondía con la mujer que había podido conocer. No sólo me había salvado de una situación límite, sino que la había visto mantener la compostura hasta cuando su novio acababa de fallecer. En conclusión, que debía de ocurrir algo muy, muy grave para perturbarla de esa manera.

–Como quiera –asentí con un gesto, dirigiéndome hacia la salida de la habitación. Una vez ahí, me volví hacia mis amigos, ligeramente dubitativo–. Volveré en cuanto pueda. Seguid leyendo, Cisco, no tenemos tiempo que perder.

–Claro, Barry, no te preocupes. Vigilaré el fuerte.

Asentí con un gesto, antes de internarme en los pasillos del hospital. Era como estar en un mundo distinto, pues aquella blancura y aquel olor a desinfectante tan característico dotaba al ambiente de un cariz depresivo que no predominaba en la habitación de Caitlin, donde todo era calidez e intimidad. Tampoco ayudaba mi propia preocupación, pues no tenía ni idea de por qué la señorita Lance estaba actuando como lo estaba haciendo. Desde luego, no significaba nada bueno.

No intercambiamos palabra hasta que abandonamos el edificio. Al sumirnos en la calle, al mezclarnos entre la gente, la señorita Lance me miró de una forma que no supe interpretar, algo que sólo sirvió para acrecentar mi inquietud. La mujer me tendió educadamente el brazo, el cual acepté con bastante sorpresa, pues Laurel Lance no se me antojaba una mujer tan cercana... al menos no conmigo.

–Imagino que sabrá que trabajo en la fiscalía –me informó y yo asentí, sin saber qué decir al respecto–. Con todo lo que ha pasado, me he volcado en el trabajo para no darle vueltas a... Bueno, para no caer en un pozo sin fondo. Me asusta lo que pueda ser de mí si dejo que la ira y la tristeza se apoderen de mí.

–Creo que a todos nos ha ocurrido algo así alguna que otra vez.

–La cuestión es que, en un descanso, he decidido intentar ser útil para usted. Sé que no soy investigadora privada, mas tengo acceso a información que, supongo, no está disponible para usted, señor Allen.

–Cierto, no tengo acceso a los documentos de la fiscalía –asentí con un gesto, todavía sin saber hacia dónde se dirigía aquella conversación–. Además, no tengo ningún contacto en la fiscalía, no así en la policía –dejé caer aquello de cara al futuro, quizás la señorita Lance quisiera colaborar conmigo en siguientes casos. Al ver que ella permanecía callada, decidí ayudarla a proseguir con la charla–. Y, dígame, ¿ha descubierto algo que me sea de utilidad?

–He averiguado algo... pero no tiene que ver con mi caso, aunque... Bueno, imagino que a usted sí que le resultará útil –leí la duda que se reflejaba en sus ojos claros, no sabía si compartir dicha información conmigo o no. Me pregunté a qué venían sus dudas, sobre todo porque estaba convencido de que la señorita Lance confiaba en mí.

–¿Sabe? Me está empezando a asustar...

–Prométame que será sensato.

–Suelo serlo, pero... ¿Me quiere decir de una vez qué está ocurriendo?

–Por favor, señor Allen, lo que menos me interesa es que acabe metido en algún lío –la mujer se detuvo en la calle para poder mirarme a la cara, acabamos frente a frente. La miré ceñudo, necesitaba saber qué estaba sucediendo, algo que ella debió de suponer, pues exhaló un profundo suspiro al decir–: Tendré que confiar en que su sensatez prevalezca. No soy quien para ocultarle esto.

Me tendió una delgada carpeta donde había información acerca de Harrison Wells. Los informes databan de hacía años, de cuando yo era un niño y el señor Wells un joven veinteañero de aspecto inocente. Fruncí el entrecejo con gravedad, sin comprender nada, hasta que di con la clave de lo que tenía entre manos.

–¿La fiscalía investigó a Harrison Wells? –alcé la mirada hacia la señorita Lance–. Eso significa que fue sospechoso de algún crimen...

–No llegó a ser procesado. Debe de tener eso en cuenta.

–Un momento... –me quedé muy quieto, pues en mi mente las piezas del puzzle comenzaron a encajar una a una, mostrándome una imagen que me revolvió el estómago hasta que tuve ganas de vomitar–. La fecha de la investigación, su actitud... ¿De qué crimen se le consideró sospechoso?

Ya lo sabía, pero necesitaba que la señorita Lance me lo confirmara:

–Harrison Wells conoció a su madre, Barry. Trabajaron juntos en el museo y hubo rumores acerca de la naturaleza estrecha de su relación. Rumores, Barry –me recordó con decisión, antes de añadir a media voz–: Por eso lo consideraron sospechoso de su asesinato.


FUNCIONARIA ACOSA A OLIVER QUEEN Y ALLEGADOS

¿Acoso gubernamental o algo más personal?

La más que célebre familia Queen no deja de ser perseguida por el escándalo, además de la mala fortuna. A la ya conocida desaparición de Oliver Queen y el tristemente famoso asesinato de su esposa, Sara Queen, se ha añadido a la lista el asesinato de su amigo de la infancia, Thomas Merlyn, dueño del popular club Verdant e hijo del magnate de los negocios Malcolm Merlyn.

Además, a oídos de este periodista han llegado nuevos y jugosos rumores que podrían perpetrar un nuevo giro en la investigación de este tortuoso caso. Según fuentes cercanas a Oliver Queen, el playboy favorito de Starling City habría sido acosado por Amanda Waller.

La señorita Waller tiene el tremendo honor de trabajar para el gobierno de los Estados Unidos, exactamente en el departamento de seguridad. Por lo que me han asegurado mis fuentes, la señorita Waller habría usado los recursos de su trabajo para acosar al señor Queen, aunque se desconoce la naturaleza de dicha persecución. De hecho, se ha avistado a la señorita Waller vigilando a los allegados del señor Queen: desde su familia hasta trabajadores de su empresa como, por ejemplo, su nueva y flamante subdirectora, Felicity Smoak.

¿Nos encontramos ante una investigación oficial o, sencillamente, una mujer ha vuelto a caer rendida ante los encantos de Oliver Queen y ha perdido el oremus? ¿Tendrá algo que ver la señorita Waller con los reveses que está recibiendo la familia Queen?

I. W.

Dobló el periódico con cuidado, dejando aquel artículo a plena vista, algo no muy difícil dado que ocupaba la portada junto a una foto de archivo de Oliver. Una sonrisita afloró en los labios de Felicity, mientras volvía a repasar las palabras que, por el momento, la mantendrían a salvo de las garras de ARGUS. Al menos, obtendría algo de calma entre tanto problema. Aquel pensamiento hizo que, de nuevo, Oliver volviera a su cabeza. ¿Dónde estaría? ¿Estaría bien? Supuso que sí, pues le quería tanto que, de fallecer, su corazón debería sentirlo: cuando una parte de una se rompía, se notaba.

Ay, Felicity, te estás poniendo cursi. ¡Deja de pensar en esas cosas y ponte a trabajar!

Se armó de valor para enfrentarse al último informe que había recibido, cuando escuchó el jaleo un rifirrafe. Al alzar la mirada, descubrió que su secretaria intentaba detener a una mujer que no parecía detenerse ante nada. Era alta, elegante, pero fría como si fuera una hermosa estatua de ónice expuesta en un museo. Felicity no la conocía, no la había visto en su vida, mas tuvo claro de quién se trataba.

–Señorita Smoak, he intentado detenerla, pero no me ha escuchado.

–No pasa nada. Vuelve a tu mesa. Todo está bien, de verdad –le aseguró con un aplomo que, curiosamente, sí que sentía. Felicity se sorprendió de sí misma, aunque decidió no dejarse arrastrar por aquel asombro y aprovechar su inesperada reacción. Por eso, cuando su secretaria se marchó, se enfrentó a la mujer con tono gélido–. Amanda Waller, supongo.

–Supone bien, señorita Smoak.

–A estas alturas de la conversación, normalmente le indicaría que se sentara, mientras le diría el placer que es recibirla... pero mi madre me enseñó a no mentir desde pequeña –aclaró, echándose hacia atrás en la silla–. De hecho, lo que más deseo ahora mismo es que esta reunión llegue a su fin. Por eso, no me voy a andar ni con rodeos ni con hipocresías sociales e iré directa al grano: ¿qué desea de mí, señorita Waller?

–Sólo quería comentar su última jugada, por supuesto –la mujer le lanzó una copia del periódico que ella misma acababa de leer–. Ahora mismo es usted intocable, señorita Smoak. Felicidades. Aunque también debería felicitarla por lo bien que le dio esquinazo a mi hombre. No me lo esperaba, la verdad, usted no da el tipo de alguien que pueda escapar...

–No soy ninguna damisela en apuros.

–Ya lo veo –le sorprendió ver algo parecido al respeto reflejado en los oscuros ojos de la señorita Waller, mas siguió sin dejar que cualquier emoción trascendiera su rostro–. De hecho, comienzo a pensar que su papel en todo esto es el del cómplice. Es usted la compañera de Oliver, ¿verdad? –su voz tomó un cariz peligroso, aunque Felicity continuó manteniendo la calma de algún modo, pues las piernas le temblaron, como si de pronto hiciera un frío espantoso, al oír aquel nombre–. ¿Dónde está Oliver, señorita Smoak? ¿Dónde lo tiene oculto?

–No he ocultado a Oliver.

–Bien. ¿Dónde se oculta, entonces?

–No lo sé –y era la verdad, pues Oliver se había negado categóricamente a revelarle nada de su plan como forma de protegerla tanto a ella como a sí mismo: nadie podría arrebatarle a Felicity una respuesta que no conocía. Envalentonada por esa seguridad, también por la desesperación que denotaba aquel gesto por parte de la señorita Waller, Felicity añadió con vehemencia–. Y doy gracias, no se crea. Jamás le diría nada, por mucho que lo supiera, pero resulta que no tengo ni idea de dónde se encuentra Oliver o qué está haciendo.

Amanda Waller la fulminó con la mirada, era más que evidente que la creía.

–Esto no se va a quedar así.

–Estaré esperando su próximo golpe, no se preocupe –Felicity entrecerró los ojos, poniéndose en pie muy lentamente–. Ahora márchese de mi despacho. No es bien recibida aquí. Ni ahora ni nunca.


Me sumergí en una espiral de recuerdos, sentimientos y perdición que hizo que, a pesar de lo que dejaba atrás, saliera huyendo del hospital. Necesitaba estar a solas, necesitaba aclarar mi mente. Al marcharme a toda velocidad, ecos de mi nombre alcanzaron mis oídos, pero ignoré a la señorita Lance para meterme de cabeza en mi coche. Después, estuve conduciendo sin rumbo fijo, sin saber a dónde mi dirigía, mientras me golpeaban sin compasión las distintas imágenes de mi madre que aún conservaba pese al transcurrir de los años.

¡No podía creerme aquel giro de los acontecimientos!

Era cierto que nunca había dejado de desconfiar de Harrison Wells, me había empeñado en no dejarme llevar por la simpatía que sentía por él, pero nunca me habría imaginado que hubiera estado relacionado con el asesinato de mi madre.

¿Y si Harrison Wells era su asesino?

¿Y si al fin tenía la llave de la libertad de mi padre?

¿Y si al fin podía hacer justicia?

No sabía qué pensar, qué hacer a continuación, pero a medida que el día se apagaba y la noche llegaba, mi cuerpo pareció tomar el control de la situación. Así, acabé en el Verdant sin que me resultara una sorpresa. No sabía cómo iba a reaccionar ante Harrison Wells, mas era estrictamente necesario encararlo.

Lo hallé en una esquina de la barra. Solo. Bebiendo un Martini seco, mientras contemplaba a la chica que estaba perpetrando una canción en aquella noche del amateur. Pensé vagamente en que la pobre muchacha era una cantante un tanto mediocre, pese a las ganas que aparentemente le estaba poniendo a su actuación. Aquella idea tan banal, tan alejada de lo que me estaba arrastrando a aquel pozo negro que amenazaba con engullirme, me calmó lo suficiente como para acercarme como una persona civilizada, en lugar de una bestia parda que le soltara un buen puñetazo.

De ahí que me sentara en una banqueta, al lado del hombre que podría haber matado a mi madre y ni siquiera me inmuté cuando Harrison Wells posó su mirada azul sobre mí. Como siempre, no tardó en sonreírme educadamente, mientras me decía:

–Buenas noches, señor Allen.

–No tan buenas, señor Wells –sonreí con tensión, pues podía notar como todo volvía a mí, como la marea en una playa–. Han llegado a mi poder una serie de documentos que, básicamente, han vuelto mi vida del revés. Verá, señor Wells, al principio no sabía que hacer con ellos, ¿sabe? De hecho, aún no sé cómo conducirme, así que he decidido dejarme llevar y ser tan honesto como directo.

–No logro comprenderle, señor Allen.

–Ahora lo hará.

Dejé sobre la barra la copia que había realizado de la carpeta que me había entregado Lauren Lance. No era ningún idiota, sabía que los documentos podían destruirse, así que siempre me aseguraba de hacer copias.

A mi lado, el señor Wells enarcó una ceja, bebió un poco de Martini y alargó la mano para hacerse con la carpeta. En cuanto la abrió, se quedó muy, muy quieto. Tenso. No tardó ni dos segundos en alzar la mirada hacia mí, al mismo tiempo que yo me bajaba del taburete para acercarme a él con ira contenida, lo que debía de darme un aire amenazante o, al menos, impresionante, pues el señor Wells murmuró:

–Aquí no, vayamos al despacho.

Como no quería llamar la atención, ni que nadie ajeno a nosotros dos oyera todo lo que tenía que decirle, asentí en silencio. Le seguí escaleras arriba hasta el lugar desde donde Tommy Merlyn había dirigido el Verdant y, en cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, dejándonos a solas, Wells dijo:

–Déjame que te lo explique, Barry.

–¡No use mi nombre! –siseé en voz baja, acercándome aún más a él–. ¡No tiene derecho! ¡No después de lo que le hizo a mi madre!

–Yo no maté a Nora. ¡Lo juro!

–No pudieron demostrarlo, pero yo lo haré –aseguré con aplomo, fulminándole con la mirada, mientras estampaba el dedo índice sobre la barra–. La muerte le persigue, señor Wells. Oliver Queen, Sara Queen, Tommy Merlyn, ¡mi madre! Todos ellos están relacionados con usted y a todos les ha pasado algo...

Para mi sorpresa, el señor Wells me agarró de las solapas de la cabeza. Al principio, había enterrado la cabeza entre las manos, como si estuviera torturándose, aunque había acabado desatando su rabia. Eso sí, lo único que hizo fue zarandearme, antes de inclinarse sobre mí para decirme, mientras clavaba sus ojos en los míos:

–¡No entiendes nada, Barry! Crees que sí, pero no puedes estar más perdido –agitó la cabeza, como lamentando la situación–. Quería ahorrarte esto, pero tú mismo te lo has buscado. Como ya te he jurado: yo no maté a tu madre, no maté a Nora... Nora... Yo... no habría podido matarla nunca –me soltó, visiblemente derrotado; se volvió a sentar en su taburete, mientras se pasaba una mano por el pelo–. ¿No lo entiendes, Barry? ¡Yo la quería! Estaba enamorado de ella, aún cuando su corazón pertenecía tanto a tu padre como a ti. Pero era feliz siendo su amigo, queriéndola en secreto. No, nunca habría herido a Nora, la quería demasiado.

Si el señor Wells se hubiera transformado en un borrón amarillo, no me hubiera dejado tan atónito. De todas las cosas que podía haber dicho, pronunció precisamente aquella que no había esperado nunca.

–¿Qué usted qué...?

–Fui el conservador más joven del museo –me relató con evidente paciencia, aunque sus ojos azules parecían estar muy lejos del Verdant–. Soy muy inteligente, ¿sabe? Hay quien me llamaría incluso genio.

–Yo sigo sin entender nada.

–Tu madre trabajaba en el museo, ¿recuerdas? Era voluntaria. Le encantaba la historia y el arte y siempre estaba dispuesta a echar una mano –su rostro se iluminó, mientras yo recordaba a mi madre sumergida en libros que mostraban cuadros y otras obras artísticas que me explicaba como quien contaba un cuento–. Ahí la conocí. Ahí me enamoré de ella. Poco a poco, a pesar de todo: la diferencia de edad, el que estuviera felizmente casada... Tu madre me atrapó, volviendo mi vida del revés, como... como un torbellino.

Miré al señor Wells sin verlo, asombrado hasta el infinito.

¡¿Harrison Wells estaba enamorado de mi madre?!

Me volví hacia la barra, notando que él me miraba expectante. Pedí un whisky solo y prácticamente lo engullí de un trago. Era incapaz de reaccionar. Nunca jamás se me habría ocurrido esa posibilidad.

–Mi padre no mató a mi madre –fue lo único acerté a decir.

–Lo sé, Barry. Lo sé. Al igual que yo no lo hice.

–Pero le investigaron...

–Trabajé estrechamente con su padre y alguien les insinuó que teníamos una aventura, algo que no ocurrió nunca, te lo prometo, Barry –me aseguró, mirándome a los ojos de nuevo. Fue tal su seguridad que ni siquiera me planteé no creerle, lo que me alivió un poco, a pesar de que aquel asunto era completamente bizarro y seguía sin saber con qué carta quedarme en lo que respectaba a Harrison Wells. Éste, por su parte, se pasó los dedos por su cabello negro, visiblemente superado por las circunstancias–. Fui sospechoso, pero no pasó de ahí. Yo no asesiné a Nora, Barry. Cuando ella murió, fue como si una parte de mí lo hiciera... por eso cambié mi vida por completo.

Le hice un gesto para que callara. Necesitaba ordenar mis pensamientos y, para eso, necesitaba silencio. El señor Wells asintió, echándose hacia atrás, mientras apretaba levemente los labios.

Una vez más, me descubrí a mí mismo más inclinado a creerle que otra cosa. No sé por qué, pero supe que Harrison Wells era sincero, algo que incluso a mí me sorprendió. Al ver sus ojos, su mirada, reconocí el dolor que se experimenta cuando pierdes a un ser querido. Yo había sufrido así por mi madre, también por mi padre, a quien tenía que ver los fines de semana y siempre a través de las rejas o rodeados de guardias. Incluso había tenido esa mirada cuando Iris me abandonó, en lo que ya parecía otra vida.

La imagen de Caitlin cruzó mi mente en ese momento. Si Caitlin hubiera muerto, yo... Agité la cabeza, obligándose a desechar esa idea. Caitlin había sobrevivido a la operación y, aunque débil, se encontraba perfectamente en su cama del hospital. Pensar en otra posibilidad era una tortura completamente gratuita.

–Si usted no mató a mi madre, ¿quién lo hizo?

El señor Wells se quedó muy quieto, entornando sus ojos azules, como si estuviera decidiendo si responder o no. Al final, se inclinó hacia delante. Era capaz de ver la tensión en sus hombros, en la forma que tenía de cerrar sus dedos sobre sus rodillas. Estaba más que claro que aquel era un tema espinoso para él.

–Quiero que sepas que sólo es una sospecha mía...

–Quién.

–Barry.

–Sí, sí, son sus sospechas, lo entiendo –asentí con urgencia.

–Había un hombre que rondaba a tu madre. Se conocieron en el museo. Ella le respondió a unas dudas, después le aconsejó sobre qué cuadro comprar... Poco a poco él comenzó a visitar el museo con más frecuencia, insistía en ver a tu madre hasta tal punto que Nora se sentía violenta –el señor Wells exhaló un suspiro–. Ella misma, ajena a lo que yo sentía por ella, me confió su inquietud. Temía haberle dado alas a aquel hombre, haber cometido un error que pusiera en peligro su matrimonio. Pero no fue así, Nora sólo cumplió con su trabajo.

–¿Aunque?

–El hombre se obsesionó con ella. Incluso llegó a propasarse, por lo que tu madre debió de pararle los pies –el señor Wells se echó hacia atrás, su mirada distante como si estuviera muy lejos del Verdant, en un tiempo pasado–. Siempre sospeché que fue él quien la asesinó. Que no fue capaz de asumir su negativa, que no quería compartirla con su familia... pero nunca conseguí pruebas.

–De quién se trata, Harrison. ¿De quién sospechas?

–Malcolm Merlyn.


Bueno, pues ya conocéis la historia de Wells en este fic. Sí, en mi versión es Harrison Wells, el original por decirlo de algún modo, y no Eobard Thawne como en la serie. La verdad es que con él me estoy tomando más licencias, pero es lo que me ha ido saliendo, como el juntarlo con Thea, locurones que me salen solos, xD.

Próximamente: Capítulo 12 - Total eclipse of the heart.

Nos vemos en el próximo capítulo =D