Los personajes no me pertenecen. Son propiedad única de Stephenie Meyer. La trama si es mía y esta prohibido su uso sin mi autorización.
Capítulo 10:
Los suaves labios de Edward se mueven con insistencia contra los míos, casi con desesperación. Su embriagante sabor invade mi paladar como el más dulce manjar que he probado en mi vida, exquisito de verdad. Como puedo, ya que estoy presionada por el cuerpo de Edward hacia la pared, aferro su cuello con mis manos, deseando no separarme jamás de él.
Nos besamos por varios minutos así, con movimientos casi desesperados. No sé que es lo que pasa en este momento pero siento una enorme necesidad de no dejar que Edward salga de mis brazos, no quiero soltarlo jamás.
Mi corazón late desbocado en mi pecho, casi con frenesí. Las palmas de mis manos sudan de tanto esfuerzo que hago por retener el cuello de Edward y por enredar mis dedos en su cabello broncíneo. La espalda me duele al estar tan presionada contra la pared. Pero nada de esto me importa, nada de esto es importante para mí. De lo único que soy consciente es de la sensación de los labios de Edward contra los míos, de su exquisito sabor en mi lengua, de su cuerpo presionando el mío…
Edward separa suavemente sus labios de los míos, con la respiración agitada y con su pecho moviéndose de arriba abajo con repetición.
—No —susurro, colocando mis manos en su camisa y jalándolo hacia mí nuevamente. Él se ríe entre dientes.
Su risa dura solo unos segundos hasta que mis labios lo silencian abruptamente. Sus dedos se enredan con fuerza entre mis cabellos mientras que su otro brazo se aferra a mi cintura.
Una electricidad comienza a recorrerme el cuerpo completo, recorriendo mis brazos y piernas, colocándose en la boca de mi estómago donde siento un leve cosquilleo. Mi respiración se corta de forma sorpresiva nuevamente y no puedo reprimir los jadeos que salen de mis labios. Edward jadea igual que yo, a la par conmigo.
Nuestros labios se mueven enérgicamente, con desenfreno. Nuestros están tan cercas, tan unidos, que puedo sentir cada rincón del cuerpo de Edward contra el mío.
Un fuego candente y sosegado comienza a correr por mis venas, abarcando todo mi cuerpo. Me estremezco bruscamente, presa de las nuevas sensaciones que mi cuerpo está sintiendo. Cada célula de mi cuerpo cobra vida propia, cada rincón de mi cuerpo despierta de un largo sueño y comienzan a sentir cosas y sensaciones que nunca antes he sentido en mi vida. Repentinamente me siento viva, como nunca antes me he sentido. Ahora me siento viva, dichosa.
De pronto, el aire comienza a escasear en mis pulmones. Estos arden poco a poco y mis jadeos se hacen más audibles y más rápidos. Trato como puedo de respirar, abriendo la boca para poder atrapar un poco de aire. Edward aprovecha esta oportunidad inmediatamente. Dios… su sabor es tan exquisito que me siento en el aire, flotando.
Su mano que está en mi cintura comienza a recorrer mi costado, de forma lenta y pausadamente, moviéndose de arriba abajo. Mis manos se quedan fijas en su cabello broncíneo, acercándolo aún más si es posible. El fuego se intensifica, se hace más fuerte, más grande, y abarca mi cuerpo por competo, llenándolo todo, consumiendo todo a su paso. Es una sensación tan… increíble.
Entonces, escucho un jadeo a nuestro lado. Un jadeo que no pertenece a Edward y tampoco me pertenece a mí. Un jadeo de alguien que nos está viendo.
Mi mente, nublada por la sensación de los labios de Edward contra los míos y su cuerpo pegado al mío, ignora este hecho con desenvoltura, haciendo que yo siguiese besando a Edward como si nada pasara. Edward imita mi acción, haciendo caso omiso a la intromisión que esta haciendo nuestro visitante, e incluso se inclina un poco más hacia el lado, ladeando su cabeza para que beso se intensifique aún más. Yo, dichosa, hago un ruido feliz con mi garganta y se le devuelvo el beso con mi corazón en mano.
—Uhum —se aclara una garganta. El timbre de aquella voz se me hace conocido, pero al estar tan aturdida por los besos de Edward, no puedo reconocerla con facilidad.
Edward gruñe contra mis labios, como una muda advertencia a nuestro visitante de que nos deje en paz. Yo solo soy capaz de seguir moviendo mis labios.
—Edward… —musita aquella voz, con un deje de diversión.
Algo hace "clic" en mi cabeza, figurativamente. Mierda, es Alice.
Como puedo, al estar con el cuerpo de Edward pegado al mío, bajo mis manos hacia el pecho de Edward. Coloco mis manos allí, mientras, en contradicción a mis pensamientos y mis intenciones, mis labios se siguen moviendo al compás de los de Edward. Con toda la fuerza de voluntad que poseo y a regañadientes, alejo a Edward de mí poco a poco, sintiendo un extraño vacío en mi pecho. Él gruñe en derrota y deja su frente recargada en la mía, con su respiración entrecortada.
Los dos nos quedamos así por unos momentos, con los ojos fuertemente cerrados y nuestras frentes juntas, tratando de calmar nuestras respiraciones aceleradas. Yo, al mismo tiempo, trato de calmar los alocados latidos de mi corazón. Parece que mi corazón quiere salirse de mi pecho.
Ya un poco más calmada, con mi corazón latiendo a un ritmo normal, abro los ojos lentamente. Al hacerlo, me encuentro de sopetón con los ojos verde esmeralda de Edward, que me miran fijamente y más cerca de lo que nunca han estado. Mi pobre corazón sufre un salto de nuevo y retoma su ritmo alocado de pulsaciones. Edward suspira, enviando su embriagador aliento a mis labios entreabiertos, desordenando todos mis pensamientos, y ladea su cabeza, para mirar a Alice.
— ¿Qué sucede, Alice? —le pregunta, con la respiración un poco agitada.
Yo sacudo mi cabeza, en un intento de reordenar mis pensamientos. Volteo mi rostro y me encuentro con la mirada penetrante y pícara de Alice, que tiene en sus delgados labios una sonrisa enorme. Detrás de ella está Jasper, que mira el techo distraídamente y trata de esconder su sonrisa pícara que amenaza con salir de sus labios, aunque esta se nota inmediatamente. Mis mejillas se sonrojan.
—S-Solo quería decirte que nosotros nos vamos —dice Alice. A pesar de que es a Edward a quien le habla, su mirada sigue clavada en mí, haciéndome sentir un poco incómoda—. Tenemos que salir mañana temprano en la mañana y no podemos madrugar.
Edward asiente con su cabeza y dirige su mirada hacia mí. A pesar de que su cuerpo se ha separado bastante del mío, su brazo sigue aferrado a mi cintura y mis manos siguen en su pecho. No quiero soltarlo. No ahora.
—Yo creo que nosotros igual nos vamos. ¿O te quieres quedar, Bella?
Niego con mi cabeza.
—N-No —tartamudeo un poco, con la respiración acelerada. Me aclaro la garganta para poder hablar bien—. No, no me quiero quedar. Estoy un poco cansada.
—Entonces nos vamos todos juntos —sentencia Edward, comenzando a caminar conmigo a su costado.
—Espera —le digo. Él se voltea, sorprendido—. Necesito ir al lavado.
—Yo te acompaño. —Alice llega a mi lado de un salto.
Ahogo un gemido de frustración. Edward me sonríe al ver mi expresión y se inclina hacia delante. Me besa suavemente los labios por unos segundos y yo pestañeo varias veces, estupefacta.
—Ve y no demores mucho —dice, palmeándome la cintura suavemente para luego soltarme—. Te espero afuera con los chicos.
Asiento con mi cabeza y bajo mi mano para darle un suave apretón a la suya. Luego de eso, doy media vuelta sobre mis talones y dejo que Alice me arrastre hacia el lavado, con un sonoro suspiro exasperado.
Cuando llegamos al lavado, que gracias a Dios esta vacío, me coloco justo en frente del lavamanos y del espejo de cuerpo entero que allí se encuentra. Miro mi rostro por unos segundos, sorprendida al notar el estimulante cambio en mí.
Mis ojos azules brillan de un modo que no recuerdo haber visto antes en mis ojos. Mis rostro parece tener un poco más de color y mis mejillas están sonrojadas un poco. Pero lo que más se hace notar en mi rostro en estos momentos son mis labios, que están rojos e hinchados de tanto besar a Edward.
Sonrío sin poder evitarlo, cuando el recuerdo de mi beso con Edward. Sus labios contra los míos, moviéndose con desesperación y desenfreno contra los míos… Aún puedo sentir la presión de su cuerpo contra el mío, sus manos en mis costados subiendo y bajando apresuradamente… Dios, parece irreal que algo así haya sucedido entre Edward y yo.
—Bella —canturrea Alice a mi lado.
Doy un salto al oír su voz tan cerca de mí. Alzo la mirada al espejo y me doy cuenta de que Alice esta justo detrás de mí, sonriéndome a través del cristal. Suspiro y doy media vuelta sobre mis talones para enfrentarla.
—Alice.
Ella suelta unas risitas y se coloca a mi lado, recargándose en el lavamanos que le llega a la altura de su cintura. Sus ojos brillan por una razón que desconozco completamente y pareciera que esta manteniendo a raya las lágrimas que amenazan con salir de sus ojos. Yo frunzo el ceño, contrariada.
— ¿Sucede algo malo, Alice? —pregunto preocupada al ver sus ojos llenos de lágrimas—. ¿Te encuentras bien?
Alice sacude la cabeza fieramente y se seca sus ojos lentamente. Sin embargo, lágrimas más grandes y notorias siguen saliendo de sus ojos y bajando por su mejilla. A pesar de esto, una sonrisa verdadera baila en sus labios.
—Estoy bien —dice ella, mientras se seca las lágrimas—. ¡Estoy demasiado bien!
La miro con una ceja alzada, totalmente incrédula. Ella, al ver mi mirada escéptica, suelta unas risitas y se acerca suavemente a mí. Me rodea el cuerpo con sus brazos para darme un fuerte abrazo. Algo se remueve debajo de mi pecho y mis ojos se llenan de lágrimas, aunque no sé porque exactamente. Le devuelvo el abrazo a Alice, un poco sorprendida.
—No sabes cuanto me alegra esto —murmura Alice en mi oído—. Este es el primer paso para volver a la normalidad, para recuperar todo.
Frunzo el ceño.
¿Volver a la normalidad? ¿Recuperar todo? ¿De qué esta hablando Alice? ¿De qué normalidad me habla? Yo la única normalidad que conozco es esta, ya que mi vida de por si no es normal. Pero gracias a ellos y a Edward he podido recuperar un poco la normalidad de mi vida, y disfrutar como toda mujer disfruta la vida a esta edad. ¿Y recuperar todo? No, yo no puedo recuperar todo, ya que la única cosa que deseo recuperar en mi vida se fue para siempre… Mi memoria.
— ¿De qué hablas, Alice?
Alice se aleja suavemente de mí y me sonríe con un deje de tristeza en sus ojos. Alza una mano y me acaricia el cabello suavemente.
—Nada, no me hagas caso —susurra, medio sacudiendo la cabeza—. Son boberías mías. Creo que el alcohol no me está haciendo bien.
—Mmm —murmuro, no muy convencida.
La puerta principal del lavado se abre lentamente para mostrar a una Rosalie confundida. Tiene los ojos entrecerrados fuertemente y su mano derecha descansa en su sien, mientras que su otra mano esta en la perilla de la puerta. Pestañea varias veces, para enfocar su vista en nosotras.
—Esas luces de afuera marean demasiado —comenta la rubia, mientras se acerca a nosotras en el lavamanos—. Cada vez que cierro los ojos veo esas malditas luces.
— ¿Y los chicos? —inquiere Alice.
—Están afuera, esperando por nosotras.
Aunque es estúpido, la sola idea de ver a Edward nuevamente me entusiasma demasiado. Esas conocidas cosquillas en la boca de mi estómago comienzan a formarse en mi cuerpo a la misma vez que me empiezo a sentir ansiosa por verlo, por tenerlo en frente de mí. Sacudo la cabeza y mojo un poco mis manos en el lavamanos para refrescarme un poco el rostro, en un vano intento de quitar esas sensaciones de mi cuerpo. Pero me es imposible. No puedo.
—Llamaré un taxi —dice Alice, mientras refresco mi rostro.
La miro confundida, frunciendo el ceño.
— ¿Están tan ebrios los chicos que no pueden conducir? —pregunto.
Mis dos amigas niegan con la cabeza.
—No es eso —responde Alice, sacudiendo su cabeza—. Solo es una medida de precaución.
—Pero no es necesario que llames un taxi, Alice —dice Rosalie—. Edward ya ha llamado un taxi y también llamó a Peter para que venga a recoger el Jeep.
— ¿Peter? —inquiero, confusa—. ¿Quién es Peter?
—Mi cuñado. El hermano menor de Jasper —contesta mi amiga pelinegra.
Asiento con la cabeza, comprendiendo.
Rosalie y Alice se mojan un poco sus rostros y luego las tres nos encaminamos hacia la salida del lavado. Una vez ya fuera del club, nos dedicamos a buscar a los chicos, a quienes encontramos inmediatamente en el aparcamiento del Club junto con el Jeep de Emmett, donde los demás han venido. Nos acercamos rápidamente a ellos.
—Peter ya viene en camino —comenta Edward, mientras me acerco a su lado.
Jasper gime por lo bajo. Sorprendida al escucharlo, volteo el rostro para mirarlo mientras me coloco al lado de Edward. Mi rubio amigo esta sobándose las sienes con impaciencia y con los ojos fuertemente cerrados. Me muerdo el labio inferior, preocupada.
— ¿Qué sucede, Jazz? —le pregunto, acercándome a él.
—Mi hermano se burlará de mí como una semana por esto. —Jasper forma una mueca con sus labios.
Un alivio instantáneo me recorre el cuerpo. Un poco enfadada, entrecierro los ojos y alzo mi mano derecha par golpear suavemente a Jasper en el brazo. El muy idiota me ha preocupado por nada.
— ¡Idiota! —exclamo, dándole otro suave golpe en su antebrazo—. Me asustaste, pensé que te sentías mal.
Mi amigo se echa a reír entre dientes y alza su brazo para colocarlo alrededor de mis hombros, con desenvoltura. Acerca suavemente su cuerpo al mío en una cercanía prudente y yo aprovecho la oportunidad para rodearle la cintura con mis brazos. Es increíble que al poco tiempo de conocerlos a todos, ya esté tomando un gran cariño hacia todos mis amigos. Los quiero de verdad. Tengo una confianza con ellos de cómo si nos conociéramos hace mucho años en vez de conocernos solo hace semanas, como es en realidad.
—Tranquila, estoy bien —dice Jasper, sacándome de mis pensamientos.
—Sí, lo sé, pero me asustaste de verdad en un momento.
—Lo siento —murmura, sonriendo con diversión.
Le sonrío de vuelta y en un gesto muy maduro, le saco la lengua un poco. Jasper se echa a reír inmediatamente, de tal manera y con tanto entusiasmo que poco a poco lágrimas comienzan a brotar de sus ojos. Yo lo miro divertida y sacudo mi cabeza con incredulidad. Entonces, en el movimiento de cabeza, mi mirada se topa con esa mirada verde esmeralda que tanto me gusta. Esa mirada que en este momento brilla como nunca la he visto brillar.
Edward tiene una sonrisa tan brillante y hermosa bailando en sus labios, una sonrisa que veo por primera vez en su hermoso rostro, una sonrisa sincera, verdadera. Sus ojos verde esmeralda brillan de una manera significativa que no comprendo del todo, pero que me hace perder el hilo de mis pensamientos. Me quedo allí, al lado de Jasper, petrificada ante la hermosa mirada de Edward y su brillante sonrisa. Es tan hermoso…
Un ruidoso auto se aparca en frente de nosotros en estos momentos, sacándome abruptamente de mis pensamientos. Todos nos volteamos a verlo, por acto reflejo. Es un carro de color negro, con grandes ruedas y unos faroles enormes, se parece demasiado a un Jeep pero no lo es.
Del interior del gran auto se baja un hombre. Es alto, de cuerpo con contextura parecida al de un atleta o jugador de fútbol, tiene hombros anchos y un cabello de un impresionante e intenso color rubio. Pero no es eso lo que me llama la atención del hombre, sino que al mirarlo de reojo, siento como si ya he visto a ese hombre antes en mi vida. Me parece conocido…
Me tenso inmediatamente al mirar ese rostro con mandíbula cuadrada y pómulos pronunciados, por alguna razón que ni siquiera sé, pero mi cuerpo parece reaccionar de forma instintiva. Un miedo irracional, ilógico, comienza a recorrerme el cuerpo de pies a cabeza, causando que mi respiración se acelere al igual que las pulsaciones de mi corazón. Las manos me sudan a febril, mientras me petrificó en mi lugar, presa del pánico que me asecha.
— ¿Bella? —Jasper me sacude un poco el hombro, para llamar mi atención. Sin embargo, no retiro mi mirada del hombre que se encuentra justo en frente de nosotros, bajándose del carro—. Bella, ¿qué sucede?
A pesar de que escucho a la perfección las palabras de Jasper, no soy capaz de responder a su pregunta por el sorpresivo nudo que se forma en mi garganta. El aire sale disparado por entre mis dientes, como un jadeo, mientras trato de aferrarme a la poca cordura que me queda e intento calmar el irracional miedo que me invade. No comprendo qué es lo que me sucede.
El hombre que estoy observando, cuyo carro se encuentra a unos cuantos metros de distancia y por ende él también, alza la mirada hacía mí. A pesar de que la oscuridad de la noche no me deja observar con claridad el color de sus ojos, estoy completamente segura que son de un color azul oscuro, porque algo dentro de mí me dice aquello. Y al observar aquellos ojos, que parecen brillar en la oscuridad, comienzo a temblar de miedo. Esos ojos se me hacen peligrosamente conocidos.
Tomando todo el valor que llevo dentro de mí, inspiro profundamente y preparo mi garganta para hablar.
— ¡Hey! —grito, en dirección a aquel hombre.
Este, que se encuentra sacando unas cosas de la maleta de su carro, alza la mirada de inmediato al escucharme gritar. Parece extrañamente sorprendido porque le haya hablado.
—Bella, ¿qué estas haciendo? —pregunta Jasper a mi lado, sorprendido.
Hago caso omiso a las palabras de mi amigo. En cambio, con manos temblorosas por el miedo que aún esta dentro de mí, quito con suavidad el brazo de Jasper que se encuentra sobre mis hombros y doy un paso hacia delante.
— ¡Sí, tú! —le grito al hombre, apuntándolo con mi dedo tembloroso. ¿Qué diablos estoy haciendo? No lo sé—. ¡¿Puedes…?!
Pero no puedo terminar mi pregunta, ya que sorpresivamente el hombre suelta sus bolsos y los tira al suelo para luego dar una rápida vuelta sobre sus talones y salir corriendo en dirección a una calle que se encuentra al lado del club. Pestañeo varias veces cuando lo veo irse corriendo de aquí, estupefacta.
— ¡No! —Un grito totalmente involuntario sale de mis labios.
Sin darme cuenta completamente, los músculos de mis piernas se tensan y mi cuerpo se agazapa un poco, inclinándose hacia delante, preparándose para correr. Entrecierro mis ojos, concentrando mi mirada en la calle donde ha desaparecido aquel hombre misterioso. Algo dentro de mí me empuja para que vaya tras él, algo me dice que debo atrapar a ese hombre. Y quiero hacerlo.
— ¡Bella, no!
Antes de que Edward pueda llegar a mi lado para tomarme del brazo, como era su intención, reacciono de inmediato y hago que mis piernas echen a correr con velocidad. A mis espaldas escucho la maldición que suelta Edward al no atraparme.
Corro con la máxima velocidad que puedo, dando grandes zancadas para alcanzar mayor velocidad y territorio. Mantengo el equilibrio que necesito con mis brazos, moviéndolos en mis costados y también mantengo la cabeza en alto y la mirada entrecerrada, concentrando mi vista en el camino que se encuentra en frente de mí. No quiero tropezarme ni tampoco quiero perder de vista a ese sujeto.
Puedo ver con claridad la oscura silueta del hombre que corre en frente de mí, a unos cuantos metros de distancia. Tenso aún más mis piernas y aumento la velocidad con la que estoy corriendo. El oxígeno comienza a faltarme, por ende los jadeos se hacen presente en mi boca mientras siento como los pulmones me queman, por falta de aire.
El sujeto dobla en una esquina de una calle, perdiéndose de mi vista. Cuando doblo por esa misma esquina por la cuál él ha pasado, me llevo la gran sorpresa de que aquella calle esta vacía, completamente vacía. Paro mi corrida poco a poco, convirtiéndola en un suave trote mientras miro a mí alrededor, buscando con la mirada algún indicio de escondite donde puede haberse metido el hombre rubio. Pero no hay nada. Recorro la calle entera trotando pero no se ve nada, ningún rincón donde puede esconderse el hombre rubio.
Resignada paro mi trote y descanso mis manos en mis rodillas, inclinándome hacia delante. Tomo grandes bocanadas de aire, permitiéndole a mis pulmones el oxígeno que le fue negado en la corrida. Me quedo varios segundo así, respirando profundamente hasta que una ruda y gran mano me toma con rudeza del brazo, acercándome a un cuerpo desconocido.
Jadeo de impresión y alzo la mirada, para encontrarme con unos ojos de un color azul muy oscuro, junto con un rostro hostil y una sonrisa sádica. Es el hombre rubio. Me estremezco, presa del miedo.
—Es un verdadero placer verte de nuevo, mi queridísima Isabella —dice aquel hombre.
Me tenso inmediatamente. ¿Cómo es que sabe mi nombre?
En un vano intento de que me suelte, me retuerzo un poco y agito el brazo por el cuál me tiene agarrada. Él suelta una sonora carcajada, la cual provoca que se me pongan los bellos de punta y que me quede petrificada en mi lugar. Dios, esa carcajada la he escuchado antes.
— ¡Bella! ¡Bella!
Los gritos de mis amigos y Edward se escuchan muy cerca de donde me encuentro. La mano del rubio se tensa alrededor de mi brazo y mira nerviosamente en dirección a la calle por la cuál entramos. Casi a regañadientes, me suelta poco a poco y se inclina un poco hacía mí. Yo doy un paso hacia atrás, de forma instintiva, pero él me toma nuevamente del brazo y me acerca hacia él. Comienzo a temblar del miedo que me asecha.
—Nos volveremos a ver más pronto de lo que crees, querida —susurra en mi oído.
Me suelta el brazo con brusquedad, me sonríe perversamente y luego da media vuelta sobre sus talones, para salir corriendo de mi lado e irse lejos de aquí.
Yo me quedo donde estoy, petrificada, estupefacta y con un miedo horrible carcomiéndome por dentro. Mis ojos se llenan de lágrimas y el aire se me queda atorado en los pulmones. Una agonía horrible comienzo a sentir dentro de mí, un miedo aterrador que me quita el aliento. Por esa misma razón, pierdo el control total de mis emociones y reacciones, estallando en sollozos y llantos incontrolables.
Unos brazos me rodean e inmediatamente me siento un poco mejor. Reconocería esos brazos en cualquier parte del mundo.
— ¡Bella! —exclama Edward, al verme llorar desconsoladamente—. ¿Qué sucede? ¿Quién era ese hombre?
Y como si la pregunta de Edward fuera una bomba para mi mente, miles de imágenes sin sentido estallan dentro de mi cabeza. Son como pequeños flashes de imágenes sin sentido, sin orden alguno. Un mareo me ataca repentinamente al ser invadida por tantas imágenes sin orden alguno y esa muy conocida, para mí, punzada en la parte izquierda en mi cabeza empieza a hacerse presente. Llevo mi mano hacia mi cabeza, en un intento de sujetarla ya que parece que el cualquier momento caerá vencida ante el dolor.
Entonces, cuando pestañeo varias veces, las imágenes que se encuentran atacando mi mente comienzan a tomar sentido poco a poco…
Las calles de Forks estaban atestadas de agua. Afuera llovía a cántaros sin ninguna pausa. Casi parecía un diluvio de tanta agua que caía del cielo. Era inaudito, insólito, o eso pensaba ella.
La humilde gente de Forks ya estaba completamente acostumbrada a estos climas fríos de la cuidad, incluso más de el noventa por ciento amaba la lluvia y esos climas fríos y lluviosos que siempre atacaban el pueblo de Forks. Ella estaba en medio de todo esto. Le agradaba la lluvia, sí, pero no le gustaba demasiado el hecho que lloviera por tantos días. Para ella estaba bien el que la lluvia se hiciera presente en el pueblo por unos cuantos días, pero esto ya llevaba una semana y la estaba hartando verdaderamente.
Suspiró mientras miraba por la ventana de la camioneta. Sacudió la cabeza al ver tanta agua en las calles de camino al supermercado, resignada ante el lluvioso clima. Manejó con extremo cuidado en todo el camino. Después de todo, su padre era un policía y le había enseñado muchas veces que debía tener precaución cuando manejara con climas lluviosos como estos.
Cuando llegó al mercado, bajó de un salto de la camioneta, cerró la puerta con seguridad y echó a correr, cuidadosamente, para el interior del edificio, cubriendo con sus manos su cabeza en un vano intento de que la lluvia no la mojara. Funcionó solo un poco.
Una vez ya dentro del edificio que constaba como un supermercado, se dispuso a comprar todos los víveres que necesitaba para la casa. Tomó un carrito y lo deslizó en frente de ella mientras buscaba todo lo que necesitaba.
Entonces, luego de casi media hora buscando todo lo que necesitaba, se encontraba en el pasillo de los lácteos cuando de pronto su carro chocó abruptamente con otro, provocando un gran estruendo al chocar el metal con metal. Avergonzada, por estar desconcentrada al estar mirando los precios de las leches blancas y no mirar el camino, alzó la vista para disculparse con su victima de choque.
—Lo siento —murmuró ella, con las mejillas rojas de la vergüenza.
En frente de ella se encontraba un hombre. Era impresionantemente rubio, con un cuerpo de contextura parecida al de un atleta, tenía anchos hombros y una altura bastante alta. Sus ojos parecían brillar por sí solos y eran de un extraño pero bonito color azul oscuro. Era bastante guapo, a decir verdad.
—No te preocupes —dijo él, sonriendo amablemente—. Yo también tuve la culpa. No te vi.
A ella le pareció muy hermosa la sonrisa amable que tenía el chico en sus labios. Incluso, estaba muy consciente de que el chico era muy guapo, pero nada más que eso. Jamás, en sus diecisiete años, le interesó un hombre. No es que le gustara su mismo bando, solo que no había conocido al hombre que llamara fuertemente la atención. Aún no conocía al perfecto, a su elegido.
Sacudió la cabeza con brusquedad para alejar esos estúpidos pensamientos de su cabeza. No era el momento oportuno para pensar aquello. Últimamente estaba pensando solos estupideces y se distraía muy fácilmente. ¿Qué le sucedía? Ni siquiera ella sabía.
Intercambió sonrisas amables con el hombre rubio y luego siguió su camino, no quería retrasarse ya que Charlie y Reneé le esperaban en casa para hacer la cena. Una vez terminada toda la colección de las cosas que necesitaba para la casa y la cena, se dirigió hacia una de las tantas filas que había para pagar las cosas en la caja. Allí se llevó una gran sorpresa al encontrarse con el chico rubio en frente de ella, haciendo la fila también.
—Vaya, al parecer nos reencontramos de nuevo —musitó el chico rubio, riendo ligeramente.
Ella le sonrío, un poco tímida. Jamás se le había dado bien el hacer amigos tan fácilmente. Era muy reservada.
—Sí.
Se quedaron en silencio por unos minutos, sin saber que decirse el uno al otro. Entonces, tomando el valor necesario, ella decidió romper el silencio mostrando su curiosidad.
— ¿Eres nuevo aquí? —le preguntó ella. A pesar de que ella también era técnicamente nueva en Forks, pues solo llevaba unos cuantos meses viviendo ahí, ya se sentía como si fuera parte del pueblo de Forks—. Nunca te había visto antes.
Él sonrió y asintió suavemente con la cabeza.
—Sí. Solo vine de visita por unos días. Vine a ver a una vieja amiga.
Ella abrió la boca para comentar algo, pero justo en ese momento la fila avanzó. Él, comportándose como un caballero, movió su carro de comprar hacia un lado y la dejó pasar a ella primero con un leve movimiento de cabeza.
—Adelante…
Ella sacudió su cabeza. ¿Adónde habían quedado sus modales?
Estiró su mano hacía delante, en busca de la del chico rubio. Él se la estrechó suavemente, con su gran y un poco áspera mano.
—Isabella, Isabella Swan —se presentó ella, mientras le estrechaba la mano.
—Un gusto, querida Isabella. Mi nombre es James, James Olsen.
Pestañeo varias veces, enfocando mi vista en la oscura noche que nos rodea. Los brazos de Edward siguen a mí alrededor y puedo sentir también la presencia de mis demás amigos que se encuentran aquí.
—Bella, contéstame, ¿quién era ese hombre?
Me sujeto del cuerpo de Edward para mantenerme en pie ya que estoy bastante mareada. Cuando doy un leve movimiento con mi cabeza, con la intención de mirar a Edward para contestarle, una fuerte punzada ataca mi cabeza y provoca que mis piernas se debiliten a causa del dolor, doblándose y haciendo que mi cuerpo se incline hacia delante. Gracias a los brazos de mi acompañante, no caigo al suelo de bruces.
—James… —murmuro.
Entonces, el mundo parece girar vertiginosamente a mí alrededor y a los segundos después… todo se vuelve de color negro.
Cuando abro los ojos nuevamente, estoy en mi habitación de mi apartamento. Aunque parezca fantástico, pequeños y casi imperceptibles rayos de sol entran por mi ventana e iluminan mi dormitorio. Estoy acostada debajo de las mantas, incluso con mi pijama puesto.
Un poco aturdida y desorientada, me siento en mi cama poco a poco, sintiendo mi cuerpo tenso y agarrotado. De seguro dormí en una mala posición anoche. Muevo un poco mi cabeza y eso basta para que me duela de inmediato, aunque no es la punzada de siempre. Este dolor es distinto, abarca toda mi cabeza y parece que quiere explotar… Hago una mueca con mis labios, adolorida. Entonces veo que en el velador que se encuentra justo al lado de mi cama, hay un vaso con agua y a su lado hay dos pastillas. Paracetamol. Perfecto.
Tomo el vaso con agua entre mis manos, junto con las pastillas. Coloco las dos pastillas en mi boca y luego vierto agua sobre mis labios para poder tomarme las pastillas. Una vez ya tomadas, vuelvo a dejar el vaso en el mueble.
Me levanto suavemente de la cama, verifico que mi pijama este bien puesto, solo por si acaso, y luego me dispongo a salir del dormitorio. Al instante en que salgo, puedo escuchar el eco de unas voces en el pasillo. Camino lentamente, siguiendo el sonido. Entonces, es cuando oigo perfectamente las voces.
—Oh, por favor, por favor, por favor —ruega una voz infantil y muy hermosa.
¿Melanie? ¿Qué hace la niña aquí?
—No —le responde la voz de Edward.
Las voces de Melanie y Edward provienen de la cocina, así que me encamino hacía allá. Edward esta recargado en la encimera de la cocina, con una taza en sus manos y una sonrisa juguetona bailando en sus labios. Su hermana se encuentra en frente de él, sentada en la mesa de desayuno que contiene la cocina, con un vaso de leche blanca a su lado y un emparedado.
Por alguna extraña razón, al ver esta hermosa imagen, mi corazón se hincha bajo mi pecho. Se ven tan hermosos los dos, sonriéndose entre ellos e iluminando mi cocina. Me dan ganas de hacerles una foto en estos momentos.
—Oh, por favor, no sea malito. —Mel hace un puchero con sus labios en dirección a Edward.
Este suelta una sonora carcajada y niega con la cabeza.
—No, angelito. No te lo diré.
La niña refunfuña entre dientes y se cruza de brazos, provocando que su hermano se ría aún más de ella. Es ahí cuando decido hacer notar mi presencia.
— ¿Qué sucede aquí? —pregunto, entrando en la cocina.
La cabeza de Mel se voltea inmediatamente en mi dirección cuando escucha mi voz. Sus ojos brillan entusiasmados y una enorme sonrisa se instala en sus labios. De un solo salto se baja de la silla en la que estaba sentada y corre en mi dirección. Como siempre, mis brazos se abren automáticamente y la toman en brazos con desenvoltura.
—Buenos días, Bella. ¿Durmió bien? —Mel me da un suave beso en la mejilla. Sonrío.
—Buenos días, Mel. Y sí, dormí bien. Gracias.
Edward se voltea a vernos y nos sonríe abiertamente. Se gira hacia la cocina y saca otra taza para servirle agua del termo y luego preparar un café. Del frigorífico saca un plato con un emparedado. Y al final, deja la taza y el emparedado en la mesa.
—Buenos días, Bella.
—Buenos días, Edward.
—Aquí esta tu desayuno —dice, apuntando con su mano lo que se encuentra en la mesa—. Espero te guste.
Le sonrío con dulzura y me acerco a él para darle un beso en la mejilla. Al principio parece sorprendido, pero luego me sonríe tan radiante que no puedo evitar devolverle la sonrisa.
—Gracias.
—De nada —me responde.
Edward rodea la mesa de la cocina y luego aparta una silla para mí y otra para Mel. Las dos le sonreímos inmediatamente y nos sentamos en las sillas que Edward, caballerosamente, ha apartado para nosotras.
—No me han contestado mi pregunta —digo, luego de darle un mordisco al emparedado. Dios, está exquisito—. ¿Qué sucede? ¿Por qué le estas rogando a Edward, Mel?
La niña mira a Edward con la duda reflejada en sus ojos. Él le sonríe tranquilamente y asiente con su cabeza. Melanie le sonríe de vuelta y se voltea para mirarme con aquello ojos suyos tan brillantes y hermosos.
—La semana que viene es mi cumpleaños —me informa la niña y yo asiento con mi cabeza para incitarla a seguir—, y mi tía Alice me dijo que iríamos a un lugar muy especial, pero no me dijo dónde.
—Y le estabas preguntando a Edward donde van a ir, ¿verdad?
—Sí. Pero el muy malo de mi hermano no me quiere decir a donde vamos a ir —acusa ella, haciendo un mohín extremadamente tierno.
—Es una sorpresa, angelito. No puedes saber a donde vamos a ir —le dice Edward, sonriendo mientras se recarga en la encimera nuevamente con su taza entre sus manos.
Lo miro y le sonrío, provocando que él me sonría de vuelta. Antes de voltearme hacia Mel, le guiño un ojo a Edward para que sepa lo que estoy haciendo. Me mira confundido, pero no comenta nada.
—Así que estas de cumpleaños la semana que viene, Mel. ¿Qué día exactamente?
—El catorce de agosto —contesta Mel.
— ¡Qué bien! —exclamo, sonriendo. La tomo entre mis brazos y la siento en mi regazo, provocando sus risitas inmediatamente—. Y dime, Mel, ¿qué quieres que te dé para tu cumpleaños? ¿Algo especial?
—No quiero nada. Solo quiero que usted esté conmigo ese día.
Mi corazón da un salto debajo de mi pecho, conmocionado. Me quedo petrificada en mi lugar, conmocionada, estupefacta. Mis ojos se llenan de lágrimas mientras una sensación extraña me recorre el cuerpo. La niña solo se me queda mirando, con esos ojos azules bordeados con verde, brillando llenos de entusiasmo y sinceridad. Se me forma un nudo en mi garganta a causa de la emoción.
—Claro que Bella estará ese día contigo, Mel —comenta Edward, sonriendo en dirección a la niña. Sus ojos verde esmeralda brillan. Incluso parece estar reteniendo las lágrimas al igual que yo—. ¿Verdad, Bella?
Alzo mi mano y tomo la taza de café para darle un gran trago, en un intento de deshacer el nudo que tengo en mi garganta. Luego de ello, me volteo hacia Mel y le sonrío lo más sinceramente que puedo.
—Claro que estaré en tu cumpleaños, cariño. ¿Dónde voy a estar sino?
Melanie pega un gritito emocionado y comienza a saltar en mi regazo, aplaudiendo con sus manitas alegremente. Sus ojitos brillan de tal manera que mi corazón da un brinco bajo mi pecho. Le sonrío y me inclino hacia delante para darle un beso en su sien. La niña envuelve mi cuello con sus bracitos y me da un suave beso en la mejilla, provocando que mi corazón se derrita de ternura hacia ella.
— ¿Eso que escucho es mi móvil? —pregunta Edward, frunciendo el ceño.
Mel se endereza en mis brazos y alza un poco su cabecita para prestar atención al sonido que se escucha proveniente de la habitación que yo bauticé como la habitación de invitados.
—Sí, es su móvil —le responde Mel. Luego se voltea hacía él y forma un adorable puchero con sus labios—. ¿Puedo…?
Edward sonríe y toma un gran trago de su café.
—Sí, angelito, puedes. Ve antes de que corten la llamada.
— ¡Sí!
Mel se baja de un salto de mi regazo, aterrizando en el suelo de forma silenciosa y extremadamente grácil. Nos sonríe a los dos abiertamente y luego va hacia el cuarto de invitados.
—Espero que no te haya molestado el que nos quedáramos aquí la noche anterior —musita Edward, llamando mi atención.
Me volteo a verlo. Me esta mirando con una sonrisa torcida en sus labios y sus ojos llameantes. Las cosquillas en la boca de mi estómago no se hacen esperar, desde luego.
—No, no me ha molestado. Al contrario… me gusta que ustedes estén aquí —digo.
—Gracias. No iba a dejarte sola después de lo que pasó anoche.
¿Anoche? Ah, sí, claro, mi sorpresivo, loco ataque y perseguimiento a un total y completo desconocido. ¿Qué puedo decir ante esto? Nada. Ni siquiera yo misma sé con certeza qué es lo que sucedió anoche. Fue tan… inesperado todo, tan sorpresivo que hasta yo no lo comprendo. Lo único que sé es que mis sospechas de la noche anterior son ciertas… ese hombre rubio lo conozco desde antes, en mis cinco años no recordados, y puede que sea… alguien extremadamente peligroso para mí.
Edward suspira al verme callada y se acerca para tomar asiento a mi lado, donde antes estaba Mel. Ante su cercanía, nervios comienzan a apoderarse de mí, justo cuando a mi mente llegan los recuerdos del día anterior. Esos besos entre él y yo…
—Sé que no soy nadie para pedirte esto… —murmura Edward, con voz suave—, pero… ¿podrías explicarme qué es lo que pasó ayer?
Sacudo la cabeza.
—A decir verdad ni siquiera yo comprendo qué es lo que sucedió ayer. —De pronto, como si algo en mí se encendiera, me embargan unas ganas locas de contarle a Edward todo, todo lo que sentí y pensé en esos momentos. Y lo hago, no lo dudo ni un segundo—. Cuando vi… cuando vi a ese hombre rubio me invadió una sensación de reconocimiento, sentía que lo conocía de antes. Pero también… tuve miedo, mucho miedo.
— ¿Miedo? ¿Por qué o de qué? —Edward frunce el ceño con fiereza.
Suspiro y me remuevo en mi asiento, un poco incómoda. No sé como decirle esto.
—Creo… creo que conozco a ese hombre desde antes —musito, en un hilo de voz. Inspiro profundo para calmarme.
— ¿Haz… haz recordado, Bella? ¿Eso me estas queriendo decir? —pregunta Edward, casi con desesperación. Se acerca a mí y me toma el rostro entre sus manos, acariciando mis mejillas con sus pulgares. Sus ojos brillan.
—No sé si realmente estoy recordando, Edward. —Sacudo la cabeza—. Sólo… sólo son sueños raros que he tenido en algunas noches. En el último sueño salió ese hombre rubio que perseguí ayer… fue como el recuerdo de cuando él y yo nos conocimos. Además de que aquel hombre se comportó anoche como si de verdad me conociera, incluso dijo mi nombre.
—Pero no comprendo, ¿por qué, entonces, tenías miedo?
Cierro los ojos por unos minutos, tratando de encontrar el valor necesario en mi interior para contarle aquello. ¿Y si no me cree? ¿Y si piensa que estoy loca? No, Edward no es así. Solo estoy nerviosa porque es la primera vez que le cuento esto a alguien, a excepción de Carlisle, por supuesto.
—Le tenía miedo a él, Edward —digo, con la voz quebrada—. Creo que él me hizo mucho daño en el pasado. Tengo la certeza de que él es peligroso para mí.
Las manos de Edward se tensan alrededor de mi rostro, mientras su mandíbula se cuadra y sus ojos se oscurecen. Ahogo un gritito de la impresión al verlo así, tan enfadado. La primera y última vez que lo vi de ese modo fue… con Jessica Stanley.
— ¿Recuerdas su nombre? —inquiere, con la voz extrañamente ronca.
—Sí. Se llama James Olsen.
Edward inspira profundamente y recarga su frente en la mía. Mi corazón comienza a acelerarse instantáneamente y allí, donde sus manos hacen contacto conmigo, la piel me comienza a cosquillear de una forma increíble. Sus ojos, tan llameantes como los vi ayer, están clavados en los míos provocando el que no pueda apartar la mirada, hipnotizada. Sus pulgares me acarician la mejilla lentamente, causando que una corriente eléctrica ataque mi espina dorsal.
—Sabes que no voy a dejar que nada malo te suceda, ¿verdad? —dice.
Mi corazón da un salto bajo mi pecho, emocionado. La respiración se me corta de forma abrupta ante la impresión, mientras que mis ojos se llenan de lágrimas. Por alguna razón, a pesar de que nos conocemos hace poco, sus palabras surten efecto en mí y le creo, de verdad que le creo. Sus palabras calan tan hondo en mí que una sensación de seguridad y protección me embarga el cuerpo. Sus ojos brillan con tal sinceridad que me convenzo inmediatamente de que dice la verdad.
Ante las miles de sensaciones que me embargan en estos momentos, solo puedo asentir con mi cabeza, conmocionada. Mis ojos no se apartan de su mirada en ningún momento.
—Bella, aunque no me creas porque sé que es muy temprano o precipitado decirte esto, te lo diré igual —murmura, suspirando. Su aliento golpea de lleno mi rostro y dispersa cualquier pensamiento coherente en mi cabeza—. Me importas, Bella, más de lo que tú te llegas a imaginar.
Abro mis ojos como platos. Se me forma un nudo en la garganta a causa de la emoción que me embarga en estos instantes. Mi corazón se enloquece aún más si es posible y ahora si que me es completamente imposible retener las lágrimas que caen por mis mejillas. No sé porqué, pero estoy tan emocionada por las palabras de Edward… Dios, creo que nunca antes en mi vida me he sentido así.
— ¿H-Hablas enserio? —No puedo evitar preguntar, con voz temblorosa.
—Nunca he hablado más enserio en mi vida —contesta él.
El tamborileo de mi corazón lo comienzo a escuchar con facilidad mientras veo que el rostro de Edward se acerca al mío poco a poco. El aire comienza a salir de mis labios como pequeños jadeos y mis manos tiemblan de anticipación. Él se inclina aún más hacia mí y yo, actuando de forma instintiva, llevo mis manos a sus cabellos broncíneos.
Y es ahí cuando sus labios hacen nuevamente contacto con los míos.
El movimiento de sus labios contra los míos es tierno, lento, pausado y cariñoso. Este beso no es tan demandante como el anterior, si no que es lento, con movimientos suaves, casi con ternura. Sus manos suaves retienen mi rostro contra el suyo mientras que mis manos se encuentran en sus cabellos, jalándolos un poco.
Mi cuerpo se acerca un poco más al suyo y mis manos comienzan a recorrer su rostro, queriendo memorizarlo a la perfección. Abro mi boca, dispuesta a saborearlo nuevamente y provocando un suave gruñido de Edward contra mis labios. Esto produce en mí un efecto raro, pues una corriente eléctrica me recorre la columna vertebral y mi cuerpo entero se estremece, preso de sensaciones y emociones abrumadoras, desconcertantes. Algo se prende dentro de mí, algo despierta luego de un largo sueño… y me hace reaccionar de una forma pasional y totalmente entregada al beso.
El beso comienza a intensificarse cada vez más, mientras los dos jadeamos contra nuestras bocas, sin aire en nuestros pulmones. Sin embargo, a pesar de no tener demasiado oxígeno con nosotros, el beso no para, sigue adelante. Me aferro con todas mis fuerzas a Edward mientras él, soltando una mano de mi rostro, me envuelve la cintura con su brazo y ladea el rostro, intensificando aún más el beso. Reprimo un gemido que amenaza con salir de mis labios.
Entonces, el sonido del timbre nos interrumpe el beso. Edward gruñe algo indescifrable contra mis labios y sus brazos se vuelven férreos a mí alrededor. Escucho con claridad el grito que da Mel en la habitación de invitados pero no puedo comprender nada de sus palabras ya que mi mente esta aturdida a causa de los besos con Edward. Y el timbre vuelve a sonar.
— ¡Voy yo! —grita Mel con una risita.
Edward y yo nos separamos a regañadientes, con nuestras respiraciones agitadas. Descansamos nuestras frentes juntas por unos minutos, con los ojos cerrados y mi corazón latiendo a una velocidad increíble. Entonces Edward vuelve a posar sus labios contra los míos por unos segundos para luego separarse de mí y mirarme con una sonrisa y los ojos brillantes.
— ¿Es que aquí están sordos o qué? —Alice entra en la cocina con el ceño fruncido fieramente y sus manos en garras sobre sus caderas. Detrás de ella se encuentra una divertida Rosalie, aguantando la risa.
—Alice… —la regaña Edward, mirándola con la advertencia brillando en sus ojos verdes. Ella sonríe.
— ¿Y como es que todavía están en pijama? —Rose nos echa una mirada incrédula. Mi sonrojo no se hace esperar y escondo mi rostro en el pecho de Edward, haciendo sonreír a mis amigas—. ¡Es medio día, por Dios!
—Me desperté tarde —admito, sonrojada—. Después de lo que pasó anoche…
—De eso hablaremos más tarde junto con los chicos y cuando estés preparada para hablar de ello, no te obligaremos a nada —me interrumpe Rosalie, sonriendo.
Asiento con la cabeza y les sonrío, agradecida.
—No me lo tomen a mal, pero… ¿qué hacen aquí en mi apartamento, entonces?
Alice sonríe tan abiertamente que una extraña sensación me recorre el cuerpo. Por alguna extraña razón mi cuerpo se estremece al ver esa sonrisa en el rostro de mi amiga.
—Estamos aquí para raptarte —me informa Rosalie.
— ¿Raptarme? —inquiero, sorprendida.
— ¡Hoy tendremos tarde de chicas! —exclama Alice, con júbilo—. Y no hay excusa que valga la pena para que te niegues, Bella. Así que para ese culo del asiento y anda a vestirte, que Rose y yo tenemos que preparar algunas cosas.
Gimo de frustración sin poder evitarlo. Dios sabe que adoro ir de compras con mis amigas, como los días anteriores que compramos las cosas necesarias para mi apartamento, pero estoy cansada y no deseo salir el día de hoy. Pero como dice Alice, no hay pero que valga la pena así que con un suspiro resignado, me levanto suavemente de mí. Me sorprendo cuando Edward se levanta también, sin soltar su brazo de mi cintura.
—Tú debes preparar a Lannie, Edward —le ordena Alice.
—Sí, lo sé. —Edward asiente con la cabeza—. Ahora… si nos permiten…
Edward me arrastra fuera de la cocina, empujándome suavemente de la cintura. Una vez ya nos encontramos fuera de la cocina, en el pasillo de las habitaciones, me estampa con suavidad contra la pared y choca sus labios contra los míos, con desesperación.
Mis brazos de forma instantánea le rodean el cuello y mi cuerpo se aferra a él con desenvoltura. Dios, es impresionante la forma en que necesito a este hombre, sin él, sin su olor, sin sus brazos… me siento extrañamente vacía, hueca.
—Dime que me crees —murmura Edward contra mis labios, con su voz teñida en desesperación—. Por favor, Bella, necesito saber si me crees o no cuando te digo que me importas, mucho.
Sus palabras son como un compuesto químico para mí, ya que produce cosas en mi cuerpo y en mi corazón que parecen increíbles. Conmocionada, abrumada ante tales sensaciones desconcertantes, alzo mi mano y la coloco en su mejilla, para acariciársela con mucho cuidado.
Necesito decirle la verdad, necesito que él sepa que le creo, que aunque sus palabras suenen increíbles en mis oídos, algo dentro de mí me dice a gritos que le crea, que debo creerle. Mi corazón, que en estos momentos late desbocado y alocado contra mi pecho, cree fieramente en sus palabras, con una fidelidad y confianza que me es gratamente sorprendente.
—Te creo, Edward —digo, mirándolo a los ojos y tratando de que vea en mis ojos la sinceridad de mis palabras—. Te juro que te creo.
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Suspiro mientras me dejo caer con suavidad en la silla que se encuentre al frente de mí. Mis pies duelen, están completamente hinchados de tanta caminata, subida y bajada de escaleras. Mel, la dulce y hermosa niña que se encuentra a mi lado, se sube con desenvoltura a mi regazo y recuesta su cabeza en mi vientre, con una expresión exhausta total.
—Vamos, son unas exageradas —señala Alice, quejumbrosa mientras se sienta a nuestro lado.
—Hemos estado todo el santo día en el mall, Alice, no hemos parado ni una sola vez —le recuerda Rose, sentada en frente de mí.
Mel, a pesar de estar cansada con un poco de sueño, asiente ante las palabras de la rubia, provocando que todas nosotros sonreíamos con diversión.
—Lannie, ¿quieres un helado?
Melanie alza la mirada inmediatamente al escuchar las palabras de Rosalie. Yo suelto una carcajada y acaricio con suavidad sus cabellos color bronce, tan idénticos a los de su hermano.
—Claro, tía Rose —le responde la niña, sonriendo.
—Ven, entonces —dice la rubia, parándose de su asiento y tendiéndole una mano a Mel—. Vamos a comprar ese helado y así me ayudas a llevar los otros de las chicas, ¿vale?
—Yo quiero uno de vainilla —señala Alice.
Mel y Rose asienten con sus cabezas al mismo tiempo. Luego de ello, la niña se me queda mirando con esos ojazos suyos brillando llenos de curiosidad. Sonrío y le guiño un ojo.
—Tú sabes el helado que me gusta, Mel —le digo.
Ella sonríe abiertamente y asiente con su cabeza, entusiasmada.
Cuando comienzan a desaparecer de nuestras vistas, las sigo con la mirada, sin poder quitarla de la hermosa niña que va de la mano con Rosalie. Es tan hermosa…
—Una niña única, ¿no crees? —pregunta Alice, sonriendo y apuntando con su cabeza a Mel.
—Única, hermosa, educada, respetuosa, alegre… una niña sin igual.
Mi amiga asiente con la cabeza, en acuerdo a mis palabras y con una sonrisa bailando en sus labios delgados.
—Edward ha hecho un increíble trabajo con ella —comenta.
El corazón me da un vuelco dentro de mí pecho, orgulloso ante la mención de Edward y su increíble trabajo como hermano mayor. Un trabajo que lo ha hecho solo, sin la ayuda de sus padres porque estos han muertos hace casi tres años. Un trabajo muy sacrificado.
—Aún… aún no puedo asimilar eso —admito, sacudiendo la cabeza—. El que Edward ha tenido que hacerse cargo de ella solo, sin la ayuda de sus padres, me parece… increíble.
Alice suspira y se soba las manos suavemente. Su mirada comienza a oscurecerse y a turnarse triste, melancólica.
—Eso que pasó con los padres de Mel fue un golpe duro para todos, ¿sabes? —Alice clava su mirada en la mía—. Parecía insólito lo que pasaba, algo imposible. Ellos eran tan felices, Bella, tenían la vida que deseaban. Adoraban a sus hijos, los amaban, y también nos tenían cariño a nosotros.
» A pesar de que Edward y ellos tenían sus diferencias, siempre se mantuvieron unidos. Pero…, pero cuando murieron, el mundo parecía derrumbarse alrededor de Edward. Él estaba desesperado, histérico, no sabía que hacer, no tenía ni idea de que sería su vida ahora sin sus padres y estando a cargo de su hermana menor.
Me envaro en mi asiento, dispuesta a seguir escuchando lo que siempre he querido escuchar, la historia de Edward y Melanie.
—Imagínate todas las cosas que tuvo que hacer Edward, Bella. Tuvo que aprender muchas cosas para quedarse a cargo de su hermana pequeña. Lavarla, vestirla, darle de comer, ayudarla con todo lo que necesite, enseñarle cosas, hacerla dormir, leerle cuentos; en definitiva, ser un padre para la niña, estar siempre con ella.
» Melanie quiere a Edward como a un padre, ella lo ve como su padre y le tiene un respeto enorme, tanto que sus ojitos azules brillan cada vez lo que ve. Ella lo admira, le tiene una admiración increíble, él para ella es su héroe, su ejemplo a seguir… y vaya que Edward se ganó esa admiración a pulso. Él se ha vuelto tan buen padre con ella que Melanie tiene una suerte enorme de tenerlo.
» Al principio, luego de la muerte de sus padre, Edward le daba terror dejar a la niña sola, y no precisamente porque desconfiaba de la niñera, Sue, sino que le daba miedo que sucediera algo que le quitara a Mel para siempre. Por lo mismo consiguió un trabajo de noche para así de dejar a la niña sola, ya que también ella no quería que Edward la dejara sola. Por meses trabajó de noche mientras que en el día se hacía cargo de Melanie y su crecimiento. Luego, cuando la niña ya creció y era consciente de que nada malo sucedía si Edward se iba, él tomó el trabajo del instituto y otro más de día, aunque le costó bastante pues no le gustaba, y hasta el día de hoy no le gusta, separarse de Melanie, aunque sea por unas horas.
Alice seca las lágrimas que caen por sus mejillas a la misma vez que yo seco las mías. Mi pecho se oprime ante cada palabra de Alice, ante cada explicación del sacrificio de Edward.
—Pero ahora míralo aquí, Bella, convertido en todo un padre y hermano perfecto. Después de todas sus noches trabajando duro, después de todas sus horas extras en sus trabajos, después de todas aquellas noches en que lo pillaba durmiendo con Mel en su cama porque le iba a dar un beso de buenas noches luego de llegar del trabajo, mientras la niña dormía, pero no se aguantaba las ganas de estar con la niña y prefería acostarse con ella en su cama, protegiéndola siempre con sus brazos… Después de todo el sacrificio que tuvo que hacer…, pudo lograrlo, pudo sacar a su pequeña familia adelante. Y nosotros siempre estuvimos allí, tratando de dar el máximo de nosotros para poder ayudarle y echarle una mano, aunque él siempre se negó a que le diéramos dinero o algo así.
» Mira ahora en lo que se ha convertido, mira el buen trabajo que ha hecho con Mel y lo buen hermano que ahora es él. Ahora él sabe a la perfección como peinar a la niña, como bañarla, como vestirla, cuales son sus colores favoritos en la ropa, cuales son sus gustos…, él sabe todo de Mel. Él es un hombre cien por ciento dedicado a su familia, a la niña de sus ojos. Ha hecho un trabajo espectacular con la niña, convirtiéndola en una señorita educada, respetuosa, alegre… una niña sin igual.
—Un padre ejemplar para los ojos de Mel —murmuro, con la voz rota por las lágrimas, recordando como los ojos de Mel brillan cada vez que ve a Edward y con mucha razón.
—Y un ejemplo a seguir para todos nosotros.
Nos quedamos calladas por unos momentos, asimilando las dos las palabras de mi amiga. No puedo creer todo el sacrificio que Edward tuvo que hacer para poder sacar a Mel adelante, no puedo creer todo por lo que él tuvo que pasar para poder tener a la niña segura en sus brazos.
Dios, si antes estaba orgullosa de él sin saber qué era por lo que había pasado, ahora estoy mucho más orgullosa de él. Estoy orgullosa de su logro, de lo que consiguió con todo el esfuerzo que hizo…, consiguió que Mel fuera lo que es ahora, una niña única y perfecta.
—Voy a ver porqué demoran tanto Lannie y Rose —murmura Alice, parándose de su asiento.
Yo asiento con mi cabeza.
Mi mente sigue divagando en lo que Alice acaba de contarme, en toda la historia de Edward, hasta que una molesta voz me saca abruptamente de mis pensamientos.
— ¿Puedo hacerte compañía?
Alzo la vista y miro incrédula la figura de Jessica Stanley, que se encuentra parada frente a mí con una sonrisa tonta bailando en sus labios.
Sin esperar mi respuesta, deja su bolso encima de la mesa y se siente donde minutos antes se encontraba Rosalie. Claro, la antigua ocupante de la silla con la nueva tienen muchas diferencias entre ellas, de eso estoy segura.
— ¿Qué es lo quieres, Jessica? —Aprieto mis dientes, haciéndolos rechinas con fuerza.
—Trátame con más respeto, Bella. Aunque no lo creas, tú y yo éramos muy amigas en el pasado —musita ella, sonriendo con sorna—. Incluso se podía decir que éramos las mejores amigas de todo el mundo.
—Sinceramente no creo que yo pudiera ser amiga de alguien como tú.
Ella chasquea la lengua fingidamente y sacude la cabeza, con otro fungido pesar.
—Tú deberías tratarme mejor y darme las gracias, ¿sabes? —dice, apuntándome con su dedo índice—. Teniendo en cuenta que soy la única que esta dispuesta a decirte la verdad, ya que hasta tu familia y amigos te mienten…
Me envaro en mi asiento bruscamente y me acerco a Jessica para jalarla del brazo. Sus palabras provocan en mí una furia descomunal, como nunca antes la he sentido. Que no se atreva a hablar mal de mi gente porque se arrepentirá.
— ¿De que hablas, Jessica?
— ¿Nunca te has preguntado porqué tus padres no hablan de tu accidente? ¿O porqué no tienen los mismos síntomas de trauma que tú si se supone que sufrieron el mismo accidente? ¿O porque nunca haz visto el auto en el que chocaron?
El aire se me queda atorado en los pulmones, mientras que mi cuerpo completo se tensa, se pone rígido. Una parte de mi mente me pide a gritos que no haga caso, que no tome en cuenta las palabras de Jessica, pero tampoco puedo hacer caso omiso a que, por alguna mala jugada del destino, Jessica está en lo cierto. Esas dudas que ella ha acabado de plantear, son las mismas que me he planteado yo miles de veces en mi cabeza, en silencio, sin poder tener el valor suficiente de plateárselas a mis padres.
Jessica sonríe al verme estupefacta y suelta mi mano alrededor de su brazo para luego pararse de la silla.
—Si alguna vez quieres saber la verdad, sin que te mientan… búscame.
Yo solo me quedo allí, sentada en mi lugar con el cuerpo rígido y la mirada pérdida. No me percato cuando Jessica se va ni mucho menos cuando Rosalie, Alice y Mel vuelve, tengo la mente pérdida, los pensamientos enredados en una encrucijada atroz. No puedo creer que las palabras de Jessica dieran justo en el blanco, en las dudas que yo siempre he tenido. ¿Cómo es posible que suceda esto? ¿Jessica de verdad sabe algo de mí o me esta mintiendo? ¿Cómo confiar en ella cuando todos los que conozco no confían en ella?
—Bella, ¿se puede saber que te pasa? Estas como ida —me dice Rosalie, sacudiéndome un poco.
Sacudo la cabeza y dirijo mi mirada hacia ella.
—Tengo que hacer algo —informo, mientras me paro de mi asiento y tomo mi mochila con mi chaqueta—. Las veo al rato, ¿de acuerdo?
— ¿Adónde va? —pregunta Mel, con los ojos brillantes.
Le sonrío y me acerco a ella para darle un beso en su sien.
—Ha hablar unas cuantas cositas con mi doctor.
/::/
Carlisle me mira asombrado cuando me ve entrar echa una furia a su oficina. Tiro mi mochila bruscamente el suelo y me siento en frente de él. Sé que no debo comportarme así pero estoy muy enfadada.
—Llegó la hora de la verdad, Carlisle —digo, enfadada—. Quiero que me digas y me cuentes todo, absolutamente todo lo que tenga que ver con mi accidente. ¡Basta de mentirme y esconderme cosas!
Carlisle pestañea varias veces, asombrado antes mis palabras. Debo de reconocer que no fue fácil el estar dentro de su oficina sin que su secretaria me echara, pero esta me vio con tanta desesperación que me hizo entrar sin saber el lío que se va a formar aquí dentro conmigo echa una furia. Quiero obtener hoy todas las repuestas a mis preguntas.
— ¿Qué fue lo que pasó?
Bufo, colocando los ojos en blanco.
—Nada de real importancia, solo que alguien me recordó que no sé nada de mi accidente y me he dado cuenta de que tú y mis padres me han mentido, me están escondiendo cosas y eso siempre lo supe, solo que hoy fui capaz de reconocerlo verdaderamente.
Carlisle suspira y se pasa una mano por sus cabellos, alborotándolos.
—Esta bien —dice—, te contaré todo, pero este no es el lugar apropiado para hablar de ello.
— ¿Y dónde vamos a ir?
—A un lugar que puede ayudarte a recordar, o eso espero yo.
Frunzo el ceño, contrariada ante sus palabras.
— ¿Dónde es eso?
—El lugar donde esta el automóvil en el que chocaron tú y tu familia, Bella —comenta.
Se me corta la respiración.
Sé que les debo una gran disculpa a todos, por no haber actualizado por tanto tiempo. No tengo excusas, lo sé, pero me han sucedido tantas cosas en estos últimos meses que no estaba con la energía necesaria para poder escribir. Espero que puedan comprenderme.
Este es el capítulo 10, espero que les haya gustado. No olviden dejarme saber sus opiniones en los Review para saber que les ha parecido. Muchas gracias por leer esta historia. Un beso enorme a todos.
Isa Pattinson Masen.
