Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, sólo los tomo prestados para crear una historia para fines de entretenimiento.
La última tarde en este mundo.
Capítulo XI
...toma los recuerdos de aquellos lejanos días entre tus manos y destrúyelos
...abraza la vida...más allá de la pena
...más allá...
Estaba ahí, parado cerca del poyo de la puerta del bar, frente al puerto, esperando. Había llegado desde hace dos horas. Preguntó desesperado por cada llegada al puerto, pero sólo le habían informado de dos barcos pesqueros, pequeños ,y un navío carguero, todos los demás eran buques de guerra que anclan y se van. Se tenía prevista la llegada del Marilyn, un trasatlántico ya viejo que venía de América, desde hace un día, pero no llegó. "Debió tener problemas con los controles, nada que el capitán no pueda resolver" le explicaban. Surcó los rubios cabellos con sus manos y suspiró aliviado. En ese barco venía Candy, sentía que había llegado a tiempo...No sabían la hora exacta en que llegaría, pero sabían que arribaría ese mismo día, por lo que decidió esperar.
Caminaba de izquierda a derecha por lo largo del puerto. Los transeúntes que ahí pasaban le miraban con curiosidad, un joven bien parecido caminando con la visa baja o a veces muy alta por todo el puerto era bastante inusual. Llevaba las manos en los bolsillos, claramente era una persona muy misteriosa que comenzó a ganarse el interés de las jóvenes y mujeres no tan jóvenes que lo venían andar.
Pero él permaneció ajeno a todas esas miradas atentas, hasta que chocó el hombro con un sujeto que, parecía, andar también con descuido.
-Discúlpeme, señor - le dijo el desconocido, quitándose el sombrero y dejándolo a medio rostro a modo de saludo. Albert apenas asintió. Una sensación extraña lo embargó por unos segundos al levantar la mirada hacia aquel hombre. Como un golpe en el estómago sintió que una pesada sombra caía sobre él, no había visto claramente el rostro del hombre, pero habría jurado que esos ojos...esos azules ojos eran idénticos a los de Anthony, y entonces, como si le hubieran apedreado el corazón, sintió un terrible dolor en el pecho, un agudo pesar...un gran abismo se abría, otra vez, entre él y el resto del mundo. Y las últimas palabras de su sobrino le llegaron a la mente como un río de balas sobre su vacío pecho: esta...bi..todo..esta...bi..dile a mamá...la amo
-¡Anthony! - anduvo hacia él, pero fue ignorado. Corrió, entonces, memorizó el gastado abrigo, pero el hombre se alejaba cada vez más rápido - ¡Anthony! - volvió a gritar, pero la gente empezó a llegar, a interponerse -Anthony - y un jaloneo sobre su brazo lo hizo volver.
-Stear me dijo que estarías aquí -era George, que lo había visto consternado y corriendo a lo largo del puerto gritando Anthony - ¿todo bien? - fue más que una pregunta de cortesía. Notaba a Albert bastante alterado, la última vez que lo vio mantenía una mirada fija y hasta podría decir esperanzadora, pero ahora...su mirada lucía otra vez ausente, como el día en que regresó de Francia.
-Yo ví...-cubrió la boca con una mano mientras la otra la mantenía sobre la cintura. - Pensé...-miraba, pero miraba perdido - Todo bien -terminó por decir - Estoy esperando...
-Lo sé, esperaremos contigo - le dio una palmada en el hombro para invitarlo a caminar - Stear está por allá - señaló con la mano en alto un bar con mesas al exterior. En un último intento por volver a ver al extraño hombre miró sobre su hombro, pero no distinguió nada. Aquellos ojos infantiles...tan idénticos a los de Anthony se habían perdido entre el gentío que rebosaba a esa hora del día.
Así fue que termino de pie, a la puerta del bar con un vaso de whisky entre sus manos, mirando al horizonte esperando verla llegar y de vez en vez al mar de gente que iba y venía, sólo por si acaso se volvía a topar con aquel sujeto.
-Señor Leagan -extendió la mano - lamentó hacerlo esperar, hay mucha más gente de lo que esperaba a esta hora del día
-Descuida muchacho, no esperé tanto -sonrió más por protocolo de cortesía que por verdadera estima. - ¿te parece si entramos? - preguntó y el muchacho asintió. Ambos entraron aun café bastante rústico por no decir maltrecho. Aun en las paredes se podían distinguir los hoyos de las balas. Pero la gente no parecía prestarle atención a esas huellas o más bien, hacían un gran esfuerzo por no hacerlo.
Pero no el joven, Neal Leagan notó cómo miraba por largo rato y en silencio un hoyo en la pared de a lado. Parecía muy sumido en él, como si quisiera entrar él mismo por aquel hoyo y descubrir su historia. Le pareció absurdo y ridículo, para Neal no había nada qué descubrir, eso fue hecho por una bala realmente potente que buscaba y tal vez consiguió matar a una o más personas y ya está. ¡no había mayor misterio! Pero sabía que para el muchacho era problemático...desde que llegó a su hospital y pudo reconocerlo...sabía que debía tener paciencia.
-Impresiona ¿verdad? -empezó él la conversación mientras llamaba a la camarera
-Sí - contestó el joven distraído - lo siento - desvió la mirada con pena -es sólo que, pienso que ese hoyo pude haberlo hecho yo - volvió a mirar la pared - esa bala pude haberla disparado yo
- Un café para mí y un té para él - ordenó pronto para evitar perder más tiempo. EL chico no contradijo nada, sólo se limitó a sonreír agradecido
-Entiendo tu sentimiento, Christian - miró el también la pared para procurar demostrar empatía - y lamento decirte que tal vez tengas razón; esa bala pudo haber sido tuya...y no sólo eso sino que también pudiste haber matado a algunos ingleses.
El joven agachó la mirada, aún más afligido de lo que ya estaba. - Quisiera poder confesar todo, señor Leagan - lo miró -he escuchado que han empezado juicios contra oficiales alemanes, incluso traidores y espías.
-No te rescaté para que te fueras a entregar, Christian - la camarera llegó con el café y el té - además tú no eres oficial, apenas un soldado...alemán, eso sí, pero sólo un soldado.
-Sé que debo estar agradecido por la oportunidad que me ha otorgado, señor Leagan, pero, siento que algo me hace falta aún.
-¿qué es eso?
-Saber exactamente quién soy - dijo el joven tomando de su taza - no puedo recordar nada por más que lo intento...además si yo sobreviví, ¿mi familia lo sabe? ¿qué pasó con ellos? quiero buscarlos, ir a Berlín, tal vez estando allá, pueda recordar algo.
-En realidad no hay mucho que recordar, Christian - se cruzó de brazos -los americanos te encontró flotando en el mar adentro de tu avión, más muerto que vivo. Te llevaron consigo, llegaste a uno de mis hospitales y oculté tu origen para evitarte el castigo, te compré una identidad
-Lo sé y se lo agradezco, pero aún siento que necesito llenar ese hueco - desvió la mirada que había mostrado cierto ímpetu cuando hablaba de Berlín hace unos segundos -necesito hacerlo para poder seguir adelante.
-Está bien, si eso es lo que quieres...yo te ayudaré a volver a Berlín y a buscar a tu familia
El joven sonrió esperanzado
-¡Gracias señor Leagan!
-Pero antes, quiero que tú me ayudes con una cosa -tomó del café - es algo muy simple...
-Claro, lo que usted diga ¿de qué se trata?
-Hay algunas cosas que necesito de las oficinas del hospital privado, yo no puedo ir por ellas ahora, pero tal vez puedas ir tú. Son algunos archivos que están en resguardo en una caja fuerte, te daré la clave de acceso tú solo debes sacarlos por mi.
-Por supuesto, debo decir que voy de su parte, ¿cierto? Lo digo porque ese hospital fue cuartel alemán en la ocupación y no dejan entrar a nadie que no se identifique
-Lo sé, pero no tienes que hacerlo. Tú sólo debes decir que vas de parte del teniente Cornwell, un viejo amigo mío que me ha prestado sus credenciales para acceder al hospital
-De acuerdo, delo por hecho, señor Leagan ¿cuándo quiere que vaya?
-Entre más pronto mejor, volveré a buscarte en dos días - tomó su cartera y se dispuso a irse - yo invitó, y gracias Christian, sin duda ha sido una suerte haberte encontrado.
Caminaba por la zona C del barco. Había generado la rutina de salir a caminar todas las mañanas y todas las tardes para evitar el contacto con Terry, aunque él siempre terminara gritándole y reclamándole sus huidas. No se había dado cuenta antes, pero Terry tenía un mal carácter, de haberlo sabido antes...jamás le habría regalo un suspiró. A veces le daba miedo, más de una vez intentó golpearla como lo había hecho con Annie, pero siempre terminaba conteniéndose.
Acarició sus brazos y frotó con suavidad sus muñecas. Terry aún no se atrevía golpearla, pero los moretones sobre sus brazos por el forcejeo ya eran suficiente para que sintiera un gran odio por él. Varias veces había tenido que acudir por la ayuda de un oficial para evitar que Terry la lastimara, pero nunca contaba nada. Pensaba que no debía hacerlo, no si quería ayudar a Albert. DE cierta forma, pensaba que tenía apresado a Terry, por su capricho hacia ella. Debía sacar alguna ventaja, aunque seguro si estuviera Annie le diría que era ridículo soportar el maltrato del duque. Pero tenía que hacerlo, ya faltaba poco, el oficial le había dicho que llegarían ese mismo día.
-Albert
-Deberías dejar de llamarlo...- lo miró asustada. - relájate, sólo soy yo pecosa - la rodeó con sus brazos por la espalda y aspiró el aroma de sus rizos - por ahora puedo dejarlo pasar, pero cuando seas mi esposa, no quiero volver a escuchar su nombre entre tus labios
Quiso besarla, pero no se dejó, desvió la cabeza.-Puedes resistirte todo lo que quieras, pero deberas aceptar que esos labios son míos, me perteneces Candy, sé que tu corazón me pertenece
-No te equivoques Terry, ni mis labios ni mi corazón son tuyos - intentó salir del agarre - así que por favor, te pido que me sueltes - pero él no la dejó ir, al contrario, la sostuvo con más fuerza. La pegó sobre la baranda de proa provocando un gemido de dolor por la frialdad y la rudeza del metal sobre su pecho.
Lo miró sustada. No dejaba de pegarla más a la baranda, como si quiera fundirla con ella, entre el metal y el peso de Terry en su espalda sentía que le faltaba el aire -Terry...por favor...suéltame - suplicó empezando a llorar
-repítelo - ordenó con un tono grave y alto
-Por favor...
-¡no! - la volvió a empujar, ella gritó - ¡mi nombre, repite mi nombre!
-¡Terry, Terry! - repitió aterrada. Y entonces miró, miró el puerto acercarse desde la distancia. El aire que le faltaba le empezaba a llenar los pulmones, no sabía si fue porque Terry la había apartado o por saber que en ese pedazo de tierra estaba Albert.
-Muy bien, Candy, ese es el nombre que deben pronunciar tus labios - la soltó, pero ella permaneció pegada a la baranda mirando absorta el puerto. -mi nombre, Candy, y no el de él
Se escuchó el agudo y feroz pitido de llegada. La gente empezaba a arrimarse al puerto. Abajo, Albert observaba con desesperación e impaciencia el gran barco encallar. Estaba nervioso, ansioso. Stear y George le sugirieron organizarse para buscarla, pero él los ignoró. Corrió al puerto apenas distinguió el barco a lo lejos.
Toda la tripulación se arremolinaba sobre la baranda para saludar o tan sólo ver la llegada. Candy permanecía aún aferrada, mirando también. Quería verlo, reconocerlo. Buscaba, miraba, no dejaba de mirar. Terry volvió a sostenerla de la cintura. "Vamos, no te separes de mi" le dijo jalándola "puedes perderte" Pero ella no quiso irse, sus manos se aferraban al metal. Terry insistió "Nos están esperando" Fue soltándose poco a poco.
Pasaba la vista por las cientos de cabezas allá abajo. Después cayó en la cuenta de que era posible que Albert no supiera dónde estaba y un frío la invadió. Sus manos empezaron a temblar y su agarre cedió. soltó la baranda. Tal vez el telegrama de Archie nunca llegó con Albert...tal vez, el no sepa que está ahí...tal vez...sintió sus piernas flaquear, Terry no la soltaba de la cintura. Pero miró, por última vez, sólo una vez más y tal vez...tal vez, con suerte, lo reconocería de entre tanta gente...Entonces...
Tomó la mano de Terry entre las suyas...
La apartó de su cintura...
Y corrió...Corrió entre la gente, sin pensar...Su cabeza le decía que no debía dejar a Terry, debía quedarse con él para evitar que le arrebatara todo a Albert, pero su corazón y sus piernas decían otra cosa...
Corrió abriéndose paso con sus brazos, empujaba primero y se disculpaba después. Atrás de ella escuchaba el grito furioso de Terry, pero el de ella era más fuerte.
-¡ALBERT!- tomó aire, se trepó a la baranda y levantó las manos -¡ALBERT!
Él levantó la mirada...y entonces la vio...
-¡Candy, detente! - gritaba con todas sus fuerzas. Mantenía la vista en sus rizos que saltaron del recogido de la chica mientras corría.
La vio encaramarse a la baranda y levantar los brazos para gritar con más fuerzas que las de él "Albert", una y otra vez, lo llamaba. ¿por qué él estaba aquí? ¿cómo llegó a Londres? Sintió un fuego esparcirse por todo el pecho que terminó por dominarlo. Apretó las manos y salió como una avalancha incontenible, tras ella cuando la vio bajarse y volver a correr entre la gente.
Abajo, la sombra de angustia y ansiedad que sentía Albert fue desapareciendo con el viento que asotaba el puerto. Tan sólo verla le había devuelto la calma, ahora sólo quería sentirla entre sus brazos. Trató de no perderla de vista, pero la menuda rubia esquivaba y avanzaba hábilmente entre la gente que tampoco podía esperar para bajar. Albert lo tenía sencillo, había una multitud esperando y gritando también los nombres de sus familiares. Hasta entonces cayó en la cuenta de que Candy debió haber gritado con demasiada fuerza, tanta, que logró conseguir que su voz se escuchara por sobre todas las demás.
-¡Albert, espera! - escuchó que Stear lo llamaba a su lado. Desvió la mirada unos segundos para verlo y cuando volvió al barco había perdido los rizos dorados de Candy. Entró en pánico y empezó a empujar con más severidad a la multitud para llegar al puente.
-¿a dónde crees que vas pecosa? -logró alcanzarla -Te dije que no te separaras de mí
-¡suéltame! - tiró de su brazo para librarse, pero Terry la sostuvo con más fuerza
-No querida, no te olvides que tienes un trato conmigo - sus palabras ensombrecieron la felicidad que sintió al reconocer a Albert y se recriminó por su falta de prudencia. Su mirada se perdió, otra vez entre la gente que ya estaba a bajo y la que rondaba el puente...dejó de verlo.
Sin hablar y con la mirada perdida en el gentío caminó obligada por Terry hacía el puente de salida.
-Lo siento, señor - empujó con su brazo a un maletero que lo maldijo por la osadía - necesito pasar - pero el maletero lo ignoró bufando algunas palabras sucias en su cara. Él le prestó poca atención, sólo quería que se moviera para pasar.
Terry lo vio discutir con el maletero aquel y cogió con más aprensión el brazo de Candy - Esta vez no te me vas a escapar - le dijo. Candy iba con la mirada absorta, pensando en el trato que había hecho con Terry. En el mal habido trato que había hecho con el mismísimo demonio. Pensó que Annie tenía razón...debió haber otra manera...
-¡CANDY!
-¡Albert!
-Sigue caminando, Candy - la sujetó ahora de la cintura.
-¡Albert, hay demasiada gente, salgamos - decía Stear- los mantendremos vigilados, Terrence no se la llevará
-¡Terry, me lastimas! - se quejó ella ante la presión cada vez más fuerte sobre su piel
-Y te seguiré lastimando si no obedeces - la empujó para regresar al barco - saldremos por el otro puente
Albert, que ya subía el puente los miró regresar, escuchó la queja de Candy "Terry...por favor" Giró para buscarlo...ella lloraba y observó el movimiento de sus labios diciendo "Te quiero"
-Albert...-insistía Stear- podemos vigilar las tres salidas
-¡No! - lo ignoró - ¡No dejaré que se la lleve! - arremetió contra la gente que se quejó por la imprudencia. Un par de oficiales que iban a detenerlo terminaron por caer al agua. De un momento a otro el ánimo de la gente se volcó en locura o histeria. Todo el mundo gritaba, empujaba o se quejaba de la falta de decoro para bajar, y es que realmente era comprensible, la mayoría de los que llegaban eran personas que huyeron durante la guerra para salvar sus vidas y regresaban para buscar a sus familiares...amigos o vecinos.
-¡Vamos Candy, camina! -gritaba Terry, pero en un intento por asimilar el ritmo tan grotesco de su andar, ella tropezó con una maleta abandonada a mitad de pasillo. La caída fue abrupta y violenta. Terry la soltó e intentó volver, pero la gente se arremolinó a su al rededor y lo obligaron, con empujones, a alejarse unos metros más.
Ella intentó ponerse de pie. Estaba confundida, no podía distinguir nada, sólo veía pies andar, correr y saltar por todas partes. Empezaba a marearse del ajetreo. Se sostuvo de la maleta para levantarse, sintió un ardor terrible en sus rodillas, un sujeto la empujó por la espalda gritándole "ladrona" , escuchó también a voz de Terry llamarla "¡Candy, Candy! ¿dónde estás?"Pero ella permaneció en silencio. El hombre que la había empujado jaló de la maleta a la que ella se aferraba provocando que cayera otra vez y el ardor de sus rodillas fue aún más intenso.
-¡Apártate, la lastimas¡ - el hombre fue arrojado a una gran distancia por una fuerza descomunal.
-Albert - lo reconoció. ahí estaba él, tan alto y apuesto, caminando hacia ella, inclinándose para sostenerla de la cintura y ayudarle a levantarse y una vez de pie apresarla en sus brazos, besarle el rostro y llamarla "Mi dulce Candy"
En el castillo Grandchester gobernaba un silencio absoluto, sobre todo por la tensión. El duque había recibido el telegrama de su hijo anunciando su llegada y pidiéndole adelantar la audiencia con su majestad, aspecto con el que él no estaba de acuerdo. Obligar al Rey a presidir una audiencia nunca deja nada bueno, pero aún así, intentó solventar el problema para no verse osados con su majestad. Anunció el ferviente deseo de su hijo por encontrarse con él después de la guerra, y aunque aún esperaba una respuesta, suponía que no había razón para que rechazara la propuesta, más si se trataba de un refugiado volviendo a casa.
Esperó paciente la llegada de su hijo a la hora acordada, sin embargo su llegada no ocurrió...no al menos como Terry la tenía prevista. El duque estaba en la biblioteca del castillo haciéndose cargo del papel correspondendiente para la abdicación cuando un torbellino furibundo golpeó las puertas de madera negra para abrirse paso y vociferar "Lo quiero destruido..."
Robert Grandchester vio a su hijo con el semblante desencajado, su cuerpo y su espíritu parecían estar dominados por algo más fuerte que la ira...por el odio. El cabello, más largo que la última vez que lo vio, estaba despeinado aunque aún conservaba el buen vestir de la nobleza, lucía más delgado...pero esa delgadez era solventada con el fuego que ardía en sus ojos azules, un fuego que a Robert le resultó peligroso, más peligroso que el fuego de cualquier infierno real o imaginario. Lo escuchó ordenar un trago, sacarse el abrigo de encima, sentarse en la primera silla que encontró y llevarse las manos a la cabeza para soltar, con languidez y lentamente "LO ODIO"
-¿a quién? -preguntó, más por retórica que por ignorar en verdad a quién se refería.
-William - tomó el contenido de su vaso de un sólo golpe -William Andrew
-¡Aún no puedo creer que estés aquí, Candy! - escuchó decir a Stear mientras ella miraba por la ventana del convoy las calles en ruinas. Sonrió a penas ligeramente para agradecer el comentario animoso del joven, pero volvió la mirada seria al paisaje que le provocaba una sensación nostálgica, como si aquellas calles fueran también suyas o aquellas familias viviendo en la calle fueran también la suya, sus amigos, conocidos. Pensó que así era eso que le enseñaron en la casa hogar... compasión.
Aunque para ella era un sentimiento contradictorio; compasión, aflicción y emoción se revolvían en su interior como si fueran un solo sentimiento. Lamentaba las condiciones que enfrentaban todas esas personas, le afligía el motivo verdadero que la llevó a estar ahí, pero no podía dejar de lado los latidos tan acelerados de su corazón nada más voltear a su derecha y ver a Albert sentada junto a ella.
-¡ya no sé quien tiene más emoción tú o Albert! - dijo soltando una carcajada luego de ver al rubio atento a todos los movimientos de Candy.
-La verdad es que estoy muy feliz de estar aquí -lo miró con las mejillas ardiendo -a pesar del motivo
-Eso es algo que discutiremos más tarde -contestó Albert seriamente - fue algo innecesario lo que has hecho
-Ahora que lo pienso, tienes razón - intentó disculparse - pero no pude evitarlo, Albert, necesitaba hacer algo, hacerte saber que te...- respiró profundo - te comprendo, te apoyo y aquí me tienes, estoy dispuesta a ayudarte a recuperar tu casa y a tu familia.
A Albert no le hizo falta escuchar más, le pareció que todo lo que dijo Candy era perfecto, ni una palabra más ni una menos. La esperanza le volvió al alma porque, ciertamente, desde que entraron al convoy no había podido dejar de lado la imagen de aquel extraño hombre que se había topado. No estaba seguro pero algo dentro de él le decía que era Anthony, el parecido no podía ser sólo una coincidencia, aunque también cabía la posibilidad de que fuera sólo una ilusión, una figuración que su mente creó tan sólo por la forma de sus ojos...tan idénticos...
Sintió la cálida mano de Candy sobre la suya. La vio sonreírle, él tomó su mano también; entrelazó sus dedos con los de ella; sus labios no sonrieron, se quedaron quietos. Pero no hacía falta, el brillo turquesa de sus ojos sonreían por él. Llevó su mano libre al bolsillo de su chaqueta y sacó la vieja fotografía de revista para entregársela, ella la tomó sin soltar su mano.
-Mi principe...-dijo
En el pequeño departamento de George, Rosemary y Patty estaban comiéndose las uñas de los nervios. Hacía casi siete horas que Stear había llegado corriendo para advertirle a George del telegrama que Archibald Cornwell le había hecho llegar a Albert. Patty se había emocionado de más cuando lo reconoció por la ventana, no pudo evitar gritar de la emoción y salir corriendo a su encuentro y, a pesar de que Stear la recibió con mucha euforia y muestras de cariño, a parecer de Rose, excesivas, por parte de la joven que casi provoca la caída del piloto, Patricia tuvo que reservarse. "Tengo que hablar con George, es urgente" Le había dicho Stear con apremio.
La joven lo llevó al departamento, ahí se había encontrado con Geroge quien recibió el telegrama en sus manos mientras Stear intentaba comentarle todos los pormenores de la manera más resumida posible, por lo que no dijo que Candy y Albert se "estaban conociendo" sino que "...son novios y Terry la traído a la fuerza". George se tomo esta noticia con bastante calma, era un hombre pragmático, el ejército lo había ensaño a ser así, por lo que antes de atender a la palabra "novios", puso más atención al hijo del duque.
Por el contrario de Rosemary y Patty quienes quedaron más que asombradas por la noticia que Stear soltaba de buenas primeras sin explicar nada, pues luego de darse por enterado George cogió su abrigo y salió con Stear para encontrarse con Albert. Pidió a ambas mujeres tratar de permanecer en el departamento hasta que volvieran. Y así lo hicieron, habían estado esperando largo tiempo y no veían rastro de George ni de Stear, menos de Albert y de su "novia"
-¿cómo crees que sea? - Rose dio un brinco por la repentina pregunta de Patty luego de ambas se sumieran en el sopor del silencio mientras miraban por el ventanal para verlos llegar.
-¿quién? - preguntó distraída
-¿cómo que quién? - soltó la cortina encogiendo los hombros - pues la novia de Albert, no medigas que no tienes curiosidad
-Claro que la tengo - Rose seguía sosteniendo las cortinas - Pero estoy segura de que es una buena persona, Albert siempre ha tenido buen ojo para las personas buenas...
-Bueno, con Terry le falló un poco el tino, ¿no? - volvió a mirar por la ventana - aunque ahora que lo pienso, creo que Stear ya me había comentado de la chica cuando aún estaban en Chicago
Esta vez se ganó la atenta mirada de Rose
-¿por qué no me lo dijiste?
-Fue cuando ese tal Neal se apareció por la lavandería, ya no pude decirte nada, lo olvidé por completo
-Está bien, de cualquier modo, la conoceremos hoy
-Espero que le guste el pan con habas - dijo Patty luego de soltar un suspiro - es todo lo que pude conseguir, con la llegada de Stear ya no pude ir al recaudo.
-No te preocupes, Patty, seguro le gustara, tienes un don especial para la cocina.
-¡Mira, Rose, es Stear! - señaló con el dedo al joven que cruzaba la calle con las manos metidas en los bolsillos.
Rosemary miró atenta al pequeño grupo que caminaba atrás de él. George venía junto a Albert, conversando, mientras su hermano sostenía de la mano a una joven rubia que cargaba sobre sus hombros la chaqueta del piloto. Una oleada de viento helado atravesó la avenida y provocó que los rizos de la joven volaran desperdigados haciendo que ella soltara repentinamente la mano de Albert para sosegar esos rizos.
Albert lucía, primero asustado al sentir que la pequeña mano de Candy se escurría de entre la suya, pero cuando la vio luchar contra su peinado no hizo más que soltar una risa que a Rose le resultó enternecedora...hacía mucho tiempo que no veía una sonrisa así en Albert, hace mucho. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla hasta caer sobre su mano que reposaba en su regazo. Sintió la humedad sobre su piel y miró un rato el color y la forma de sus dedos. ¡Cuántas veces esa misma mano había acariciado el rostro de su pequeño hermano, limpiando sus lágrimas, reconfortándolo luego de su regreso de la guerra...pero también cuántas veces deseo que esa misma mano pudiera darle una caricia que le transmitiera paz! Tanto desearlo y tanto pedirlo que la vida misma le había concedido una mano que le diera a su hermano confort más allá de la compasión...
-Sabes, Patty, creo que Albert no se ha equivocado con ella -dijo luego de reír más por la carcajada que soltaba Patty cuando miró volar esa cabellera tan dorada a la luz del ocaso
-Tienes razón -cayó de repente - ya siento que me cae bien, iré a abrir.
El puerto aún perecía ajetreado. A vista del ocaso todavía había quien iba a realizar actividades, sobre todo comerciales. En dos horas más partiría un barco mercante, el pitido de los silbatos para cargar el barco se hacían sonar. El frío empezaba a sonar también con bastante crudeza. Algunos vendedores ambulantes intentaban hacer las últimas ventas del día antes de irse a casa, como siempre, con las monedas medidas. La recuperación era difícil y se sentía en el andar de todos. La mayoría caminaba con los hombros encorvados, por la derrota, la tristeza o por el frío, cualquiera que fuera la razón...la gente anda con una sombra en la frente que nada parecía poder quitárselas.
El joven que esto observaba suspiró con más pesar que cualquiera de aquellas personas que pasaban junto a él. Hubiera deseado poder hacer algo, pero no tenía nada. Apenas tenía dinero para vivir al día, sino fuera por el trabajo que el señor Leagan le había conseguido como mecánico, jamás hubiera conseguido sobrevivir el final de la guerra.
-¡Chirstian! - escuchó que le llamaban -Aquí, Christian - miró hacia todas partes hasta que se encontró con un joven oficial.
-Charles - saludó a su amigo - ¿cuándo llegaste? - se dejó abrazar.
-Hoy por la tarde, vengo de América- contestó - ¡fue todo un espectáculo, en el puente del barco se pelearon un duque y un piloto, si hubieras estado! - Christian sintió que un rayo le atravesaba la cabeza. Dejó escapar un pesado gemido con el que evidenció su malestar.
-¿Estás bien, Christian?
-Sí - dijo intentando controlar el dolor - los dolores de cabeza están volviendo, pero...ya puedo controlarlos mejor.
-Creo que deberías ir a que alguien te examine
-No tengo suficiente dinero, Charles
-No te preocupes, yo conozco a alguien que puede ayudarte, es veterano. Fue el que me ayudó a conseguir el puesto de oficial en el puerto para que no me obligaran a ir a la guerra tan joven.
-No, no es necesario, sólo quisiera ir a casa a descansar.
-Está bien, vamos - lo sostuvo del brazo - pero aún pienso que deberías considerar mi ofrecimiento, ya son varias veces que me rechazas, él fue soldado...sabe de todos esos padecimientos, tú fuiste a la guerra, ¿no? tal vez pueda ayudarte.
El joven lo miró con suspicacia-¿cómo dices que se llama?
-General Wellenton o algo así, sé donde vive, cuando quieras podemos ir a buscarlo
Christian asintió en silencio luego de sentir otra descarga de dolor punzante en su cabeza. Intentó respirar profundo y hacerle la plática a su compañero de piso para intentar olvidar el malestar. La conversación rondó sobre su viaje. Charles le contaba cómo eran los puertos en América y sobre lo pobladas que están las calles allá. "Parece que no hubo guerra, hay luces por todas partes" Decía "Y las mujeres son muy hermosas"
-¿conociste a una?
-Sí, una joven hermosa con ojos preciosos y pecas adorables - describió soñador - aunque iba a acompañada de un tipo desagradable, el duque.
-Ya veo
-Te habría gustado
-¿qué cosa?
-La chica...creo que es tu tipo - Christian sonrió ante el intento de su amigo por animarlo
-Yo no tengo ningún tipo, Charlas, pero gracias, por ahora mi única preocupación es buscar a mi familia o lo que quede de ella y nada más.
-Está bien, tú te lo pierdes, de todos modos si es novia de un duque tampoco tenías muchas posibilidades
-Seguro que no, es difícil que personas como nosotros compitamos contra ellos
-Aunque el piloto parecía ser como nosotros y él fue el que ganó, se llevó a la chica
-Sabes, Charles, deberías dejar de meterte en la vida de los demás...
-Sólo intento entretenerte -llegaban a una parte de la ciudad bastante obscura.
Se detuvieron frente a un edificio de ladrillo, con los dinteles roídos y las puertas semi abiertas. Charles fue el primero en subir el pórtico y empujar la puerta. Dejó pasar a Christian quien tardó largo rato en acostumbrarse a la oscuridad del pasillo. A pasos pequeño caminaron hasta el fondo y doblaron a la derecha. En una angosta puerta recargó la frente para sentir el frío del metal mientras Charles quitaba el candado de la cerradura.
Ayudó al joven a llegar a su cama. Le quitó el abrigo y el sombrero, los colocó sobre una silla que estaba junto a la ventana de ovillo y se dispuso a irse.
-Tienes razón, seguro me habría gustado...-lo escuchó desde la cama
-¿qué cosa?
-La mujer de pecas adorables...
CONTINUARÁ...
