Disclaimer: Ninguno de los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenece.
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¡Hola a todos/as! ¿Cómo están? Espero que bien. Yo aquí, como todos los días, subiendo el prometido capítulo diario, que ojalá sea de su agrado. Y, como siempre, quisiera decirles gracias, a todos, por sus tan amables reviews y bonitos comentarios y correcciones. Gracias, de verdad. Especialmente a: HoneyHawkeye, Bibiene Von Heiwa, Lucia991, inowe, Darkrukia4, Rukia Kurosaki-chan, fandita-eromena, Andyhaikufma, Guest, Hoshiisima, Alexandra-Ayanami, Rinsita-chan, laura-eli89, HaruD'Elric (no tienes que disculparte, me alegra que sigas por aquí =D), Natsumi Anko y mariana garcia. En fin, espero este capítulo les guste también. ¡Nos vemos y besitos!
Crisis de la mediana edad
XI
"Compañía"
Observó la silenciosa oficina, por un momento, deteniéndose en detalles en los que ocasionalmente no repararía; como el hecho de que el escritorio del teniente segundo Breda tenía migajas, aquí y allá, que deberían ser limpiadas eventualmente; mientras que el cenicero sobre el del teniente Havoc necesitaba ser vaciado y probablemente higienizado también. El del sargento mayor Fuery, en cambio, permanecía libre de cosas que claramente no deberían estar allí en primer lugar, como colillas y comida que evidentemente no eran permitidas en la oficina. Comer y fumar no lo eran. Y se preguntó cuándo se las habrían arreglado para hacerlo sabiendo perfectamente que ella no aprobaba dichas conductas. Suspiró. Negando con la cabeza. Los hombres del general de brigada podían ser capacitados soldados y confiables hombres para tener bajo su comando, pero difícilmente eran organizados o prolijos. Y decididamente no eran hombres de oficina.
Viendo la habitación de esa forma, con solo ella allí ocupándola, la hacía lucir completamente vacante. Especialmente cuando hacía ya más de cuarenta y cinco minutos desde que el reloj había marcado las siete en punto, y el general de brigada aún no había regresado. De hecho, Riza había terminado ya todo su papeleo, organizado su escritorio, revisado el papeleo de su superior, reseñado el mismo con notas para que supiera qué esperar de cada documento, organizado el escritorio de su superior, archivado una serie de informes e incluso dejado una taza lista y humeante de café para cuando el general de brigada regresara. Desgraciadamente, el líquido oscuro debía estar frío ya, y posiblemente imbebible. Pero no lo había descartado aún, sino que todavía permanecía sobre la superficie del escritorio vacío de su superior sin ser siquiera tocado. Junto a una pequeña caja de cartón de comida Xingnense. La cual, por cierto, también debía estar helada e incomible. Hawkeye empezaba a preguntarse si el general siquiera volvería.
Aunque no hacía demasiada diferencia. Había decidido marcharse, una vez su superior arribara. Después de todo, estaba cansada y ciertamente desearía llegar a su apartamento lo más temprano posible. Su humor no era el óptimo tampoco. Y por ende dudaba seriamente que su presencia fuera a resultar en algún tipo de ayuda. Además, aún debía alimentar a Black Hayate. Y salir de su uniforme, ponerse ropas más cómodas y beber una caliente taza de té sonaban a un mejor prospecto al de tener que permanecer allí hasta la una de la madrugada, comiendo comida Xingnense fría con su superior y realizando aún más papeleo. No, la idea le resultaba todo menos atrayente. Especialmente después de que el general de brigada simplemente se hubiera marchado, tras la primer mujer que había aparecido, dejándole todo el trabajo a ella y dejando completamente olvidado su papeleo encima de su escritorio.
El pomo de la puerta giró cautelosamente. Y Riza espiró, observando el reloj una vez más. 07:45 PM. El general de brigada ciertamente se había tomado su tiempo esta vez. Cuando la puerta se abrió, no obstante, y la persona al otro lado se asomó cuidadosamente al interior. Todas sus esperanzas de marcharse pronto a su apartamento se desvanecieron. No era el general. Sino el joven sargento del departamento de correo de Central. Al verla, se sobresaltó. Riza enarcó una ceja —A-Ah, lo lamento, teniente primera. Pensé... —suspiró— El suboficial Nesher me pidió que le trajera éstos al general, arribaron hace un rato.
Riza asintió. Poniéndose de pie, bordeó su escritorio y caminó hasta el joven, extendiendo la mano y aceptando los papeles en cuestión —Gracias, sargento. Veré que el general de brigada los revise.
El muchacho escaneó la habitación curiosamente. Estaba completamente vacía, notó —¿Aún sigue aquí, teniente? —no obstante, se percató rápidamente de su posible insubordinación. Había hablado fuera de lugar, sin siquiera solicitar autorización para dirigirse a ella, su superior, y menos aún lo había hecho para discutir una cuestión que evidentemente no era militarmente relacionada—. Lo lamento. No es asunto mío.
Pero ella solo negó con la cabeza —Estoy aguardando al general —dando media vuelta y caminando nuevamente hasta el escritorio de su superior, donde dejó los papeles prolijamente apilados—. Gracias, sargento.
—Si... Buenas noches, teniente —se llevó la mano a la frente. Abriendo la puerta.
Asintió —Buenas noches, sargento —y lo vio abandonar la oficina. La cual, una vez más, quedó en absoluto silencio. Exhalando larga y tendidamente, comenzó a acomodar los documentos que acababan de arribar con el resto. Estipuló, tras realizar la tarea, que le había tomado otros quince minutos más, ya que el reloj marcaba pasadas las ocho de la noche. Y aún no había señales del general de brigada Mustang.
Afortunadamente para ella, su superior ingresó en ese exacto momento por la puerta. Aparentemente satisfecho y sonriendo complacido. Como si su comportamiento no pusiera en riesgo nada ni hubiera sido en absoluto inapropiado y desconsiderado para con sus subordinados el marcharse por la tarde con una mujer y dejarles todo a cargo. Después de todo, de haber decidido pasar un superior a supervisar, el general habría quedado ciertamente muy mal parado frente a los ojos de los altos cargos, de haberse éstos percatado que su superior no estaba en la oficina. No obstante, parecía tener un claro don para eludir ese tipo de situaciones, dado que nada de tal naturaleza había sucedido. En el instante en que cruzó la puerta, Hawkeye se puso de pie, tomando su abrigo del respaldar de su silla, y el resto de sus cosas que claramente había preparado para marcharse temprano. Con calma, se colocó el abrigo. Roy frunció el entrecejo —¿Se marcha, teniente?
Asintió, acomodándose el cuello del abrigo —Así es, general. Es tarde y preferiría regresar a mi apartamento. Aún debo alimentar a Black Hayate.
—¿Y el papeleo de Ishbal? —inquirió.
Se volteó para tomar su bolso —Está en su escritorio, general. También organicé su trabajo. Así como le dejé su comida y una taza de café, pero me temo que deben estar fríos a esta altura —se volteó, caminando hasta la puerta y pasando de largo a donde se encontraba aún de pie él. Expresión estoica—. Buenas noches.
No obstante, él la detuvo por la muñeca. Sin embargo, Hawkeye solo se volteó y lo observó con una ceja enarcada. Expresión de clara amonestación. Al ver esto, Roy simplemente la soltó. Espirando —Si, buenas noches, teniente.
La rubia asintió, tomando el pomo de la puerta y abriéndola una vez más. No obstante, se detuvo en seco, dedos curvados alrededor de la perilla —Antes que lo olvide, general, llegaron unos documentos más, que quizá deba revisar. Están también en su escritorio. Adiós. Lo veré mañana —para luego abandonar la oficina y cerrarla tras de sí. Una vez fuera se detuvo en seco un segundo, solo un segundo, y cerró los ojos pesadamente. Inhalando, retomó el paso. Y rápidamente se halló fuera del cuartel general. Para su alivio.
Era una noche clara, pero fría, como todas las noches de invierno en Central y aunque la estación continuaba progresando, las temperaturas no comenzaban a descender. No aún, al menos. Especialmente durante las últimas horas del día. Por lo que el uso de abrigo aún resultaba no solo necesario sino imperioso. Y aún así, encontraba el frío aire nocturno agradable. Le ayudaba a despejarse y sacudirse el estado de sopor que usualmente la acompañaba hasta minutos después de abandonar la habitación en la que pasaba la mayor parte de su día, y que compartía con su superior y subordinados. Afortunadamente, hoy se marchaba a casa relativamente temprano. Y la perspectiva de poder darse una ducha cálida al arribar comenzaba a resultar más y más tentadora.
Arribando, tan solo unos minutos después, se acuclilló para acariciar a su pequeño Shiba Inu, cerrando la puerta tras de sí. El cual, animado, olfateó y hociqueó a su ama por unos segundos, complacido de la atención de la misma y de que ésta hubiera regresado a casa. Una vez logró que Black Hayate se tranquilizara, se irguió, se removió con calma el abrigo, y lo colgó junto a la puerta. Frotando sus manos para recobrar el calor en sus largos y ahora considerablemente más pálidos dedos. Examinando el lugar, aún a oscuras, negó con la cabeza. Las cajas aún permanecían esparcidas en todos los rincones, ocupando gran parte del escaso espacio que su apartamento proveía. Quizá pudiera, en su próximo día libre, comenzar a acomodarlo. De momento, decidió, no tenía sentido continuar, así que simplemente encendió la luz y se marchó al baño, atravesando su cuarto para ello.
Removiéndose la última prenda del cansado cuerpo, ingresó al cuarto de baño. Abriendo, con cautela, la ducha; la cual midió, con igual cautela, extendiendo el pie desnudo y sintiendo la temperatura del agua con el empeine del mismo. Curvando los dedos hacia la palma, lo retrajo. Abriendo un poco más de agua caliente y finalmente deslizándose al interior. Un pequeño suspiro escapando sus labios cuando pudo consentirse el placer de sentir el calor de la lluvia comenzar a repiquetear contra sus hombros desnudos. Su cabello rubio empapándose. El cuarto entero llenándose de vapor. No obstante, el ladrido de Black Hayate, al otro lado de la puerta de su cuarto, la forzó a abandonar su temporal estado de relajación y a aguzar el oído. Alguien, si no oía mal, estaba golpeando repetidamente su puerta. Suspirando, cerró la llave de agua y salió de la ducha, enroscándose una toalla alrededor del cuerpo.
Al pasar por su cuarto, tomó una de sus pistolas, la cual había dejado sobre la mesita de noche junto a su cama, y siguió su camino. Deteniéndose, solo un instante, para removerle el seguro, retraer la corredera de la misma y dejarla alistada en caso de que debiera dispararla. Cuando llegó a la cocina, sin embargo, descendió el arma y volvió a asegurarla, oyendo la voz familiar al otro lado de la puerta —¡Yuju, Riza! ¿Estás?
Negando para sí, dejó la semiautomática cuidadosamente sobre la mesa, junto al teléfono, y acortó la distancia restante hasta la puerta. Con calma, removió el pasador, entreabriendo su puerta y revelando a una excesivamente animada Rebecca, vestida de civil, al otro lado. La cual, con su propia mano, abrió aún más la misma. Pudiendo ver finalmente el estado de su amiga. Enarcó una ceja —¿Recién regresas? —después de todo, estaba familiarizada con la rutina de su amiga y sabía que la rubia siempre se duchaba a duras penas arribaba del cuartel.
Hawkeye espiró —Así es —abriendo la puerta un poco más. No había nadie en los corredores, de todas maneras. Además, no era como si Rebecca no se hubiera encargado ya de abrir la misma lo suficiente para que cualquiera que decidiera pasar por allí la viera vistiendo únicamente una toalla.
La morena frunció el entrecejo —¿El general te retuvo?
Pero ella solo negó con la cabeza —No. Yo misma decidí aguardar a que el general regresara. Fue mi voluntad.
Rebecca se cruzó de brazos —¿Después de que se marchó con una mujer, en medio del día? —al ver que su amiga enarcaba una ceja, —inquiriendo cómo habría enroscado sus garras alrededor de la información, sonrió, añadiendo—. Los vi.
Riza volvió a negar con la cabeza. Si Rebecca lo había visto, estaba el riesgo de que alguien de mayor rango lo hubiera hecho también —El general debería ser más cuidadoso.
La morena torció el gesto aún más —¿Eso es todo lo que tienes para decir?
Riza solo exhaló larga y tendidamente —¿Acaso debería decir otra cosa, teniente Catalina?
—¿No te molesta? —insistió. A ella misma le herviría la sangre, de estar en la situación de la rubia. Roy Mustang decididamente necesitaba alguien que le pusiera los puntos sobre las íes, y no solo en lo concerniente a su ética de trabajo (dado que sabía que Riza se encargaba ya de ello) sino también en su vida. Tenía ya casi 36 años, después de todo. ¿Acaso no pretendía calmarse un poco y sentar cabeza? Su estilo de vida era atractivo en un hombre joven, dado que era casi justificable. En un hombre maduro, no obstante, simplemente implicaba incapacidad de avanzar. Y no, no importaba que Roy Mustang siguiera luciendo como lo hacía desde los treinta o incluso antes. Rebecca sabía su verdadera edad, a ella no la engañaba.
Riza solo negó con la cabeza, tal y como había esperado Rebecca que hiciera —No es asunto mío lo que el general hace o deja de hacer, Rebecca —su voz completamente neutral y fáctica.
La morena entrecerró los ojos —¿Es decir que no te molestó siquiera un poquito, teniente Hawkeye?
Le dedicó una mirada severa, cruzándose de brazos —Apreciaría que no insinuaras que estoy mintiendo, teniente Catalina —voz seca—. Y apreciaría también que pasaras si deseas continuar esta conversación. Me temo que ésta no es etiqueta apropiada para discutir en el corredor.
Ésta sonrió, recordando que su amiga aún vestía únicamente una toalla, y asintió, ingresando —Lo siento —y cerrando la puerta tras de sí—. ¿No tienes un vecino atractivo ni nada de eso para presentarme?
Negó con la cabeza —Estoy segura que no viniste hasta aquí para cuestionarme sobre el atractivo de mis vecinos —torció, voz sarcástica. Rebecca no pasaba a "saludarla" así porque sí. La conocía perfectamente.
—Estoy frustrada —admitió, frunciendo el entrecejo.
Exhaló pacientemente —¿Qué hizo el teniente segundo Havoc ahora?
La morena enarcó una ceja, cruzándose ahora ella de brazos —¿Qué te hace pensar que mi frustración tiene que ver con el idiota del teniente Havoc?
Riza alzó ambas cejas —¿Acaso no lo hace?
—No —admitió—, lo hace.
Asintió —Eso afirmé, Rebecca
—Salgamos a beber algo, necesito un buen macho —exclamó, señalándola. Expresión determinada.
Riza solo enarcó una ceja, voz ácida y seca, recordándole que tras el fiasco y engaño de la última vez pasaría demasiado antes de que accediera siquiera a salir a tomar un café con la morena —Estoy segura que afirmé la última vez que no volvería a hacer tal cosa, teniente Catalina.
—Oh, vamos. No puedo permitir que el idiota de Havoc me gane.
Riza espiró —Lamento informarte que mi respuesta sigue siendo no.
Pero ésta vez, en vez de lucir molesta, Rebecca solo sonrió y metió la mano en su bolso, retrayendo, de éste, una botella cerrada de vino —Sabía que dirías eso.
—Espero que no pretendas golpearme con la botella y llevarme en contra de mi voluntad, teniente Catalina —torció, con acidez y sarcasmo—. Porque debo recordarte que estoy armada.
La morena frunció el entrecejo, examinando el atuendo de la rubia —¿En serio? ¿Dónde? —negó con la cabeza—. Simplemente pensé que necesitarías una buena copa. Yo sé que la necesito. Lejos, del teniente segundo Havoc y Breda.
Especialmente del primero, añadió con sarcasmo para sí, pero no lo dijo en voz alta. Rebecca no lo asumiría de todas maneras, posiblemente jamás, pero ciertamente encontraba la sugerencia más segura que aceptar el salir a beber algo con la morena. Además, no negaría que algo, le vendría bien. Inicialmente se había inclinado por una taza de té. Sin embargo, estaba segura que el vino serviría lo mismo y una copa no podía dañarle. Además, y contrario a las creencias de los tenientes segundos Havoc y Breda y el sargento Fuery, Riza sí era humana (aún cuando los había oído en ocasiones declarar lo contrario, mientras su superior simplemente había permanecido sonriendo arrogantemente frente a la declaración) y sí disfrutaba una copa de vino de vez en cuando. Había sido un día largo —Aún no he cenado —declaró, finalmente. Expresión estoica.
—Bien, yo tampoco. Tú cámbiate y yo prepararé algo... —sugirió. Al verla torcer el gesto, añadió—. Oh, ¿vamos? ¿Qué puede pasar?
Riza enarcó una ceja —Permíteme refrescarte la memoria, teniente Catalina, y recordarte quemaste la comida y parte del campamento durante el entrenamiento de supervivencia, en la academia —retrucó, mordazmente.
—En mi defensa, teniente Hawkeye, eso fue hace años.
Suspiró —Bien —accediendo—, solo... no quemes a mi perro —antes de marcharse de regreso a su cuarto. Una vez en éste, tomó algo de ropa. Lo usual, una camisa y una falda tubo, y se vistió. Regresando en el exacto instante en que Rebecca se encontraba cocinando, y deslizando (clandestinamente y sin consentimiento) algo de comida a su Shiba Inu. Suspiró—. Apreciaría que no malcríes a Black Hayate, Rebecca —amonestándola con severidad.
La morena solo se encogió de hombros —Alguien tiene que hacerlo, teniente Hawkeye. ¿Cuándo fue la última vez que le permitiste a tu perro...?
La cortó —La vida sexual de mi perro no es asunto tuyo —estricta.
—Bien, ¿y tú? ¿Cuándo fue la última vez que...?
—Te recomendaría prestar atención a la tarea en mano, debido a tu historial, teniente Catalina —la reprendió, con dureza.
—Oh, vamos. Es solo una pregunta, ¿cuánto? ¿Un mes? ¿Dos? ¿Seis? ¿Un año? —al ver que la rubia no decía nada, prosiguió—, ¿uno y medio? ¿Dos?
Frunció el entrecejo —Me temo que lo que hago o dejo de hacer en mi tiempo libre no viene al caso —sin embargo, Rebecca no era del tipo de persona de dejar ir las cosas fácilmente. Así que simplemente continuó observándola, expresión curiosa, hasta que comprendió. Sus ojos se abrieron ligeramente.
—¡¿Dos años?
Espiró, calma —He estado ocupada. Entre el general de brigada y el trabajo en el cuartel no me deja mucho tiempo libre —no era una mentira, de hecho, se trataba de una verdad parcial, pero no era del todo cierto tampoco. De hecho, hacía una cierta considerable cantidad de tiempo que simplemente había desistido. No podía consentirse el distraerse de su objetivo de proteger al general y continuar empujándolo hacia la cima por una relación. Menos aún una que no continuaría más allá de un par de salidas, de todas maneras, dado que simplemente tenía otras prioridades y aspiraciones. Había afirmado continuar en la milicia, tras el exterminio de Ishbal, para poder garantizar un futuro mejor a las siguientes generaciones. Y había establecido que lo haría así debiera sacrificar su propio confort y felicidad a cambio para hacerlo y pretendía ver ese objetivo cumplido, asistiendo a su superior a convertirse en el pilar de Amestris.
Y, por otro lado, estaba su cuerpo. Su espalda. La cual había tomado la determinación de mantener apartada de los ojos del mundo. No era estrictamente necesario, dado que su superior se había asegurado de quemar gran parte del tatuaje en Ishbal, cuando ella se lo había solicitado. Liberándola, de esa forma, de la alquimia; y de su padre. Para poder llegar a ser únicamente Riza Hawkeye. Sin embargo, no era algo que deseara mostrar a los demás tampoco, por inútil que resultara ahora el tatuaje de la investigación de su padre. Y eso se aplicaba a las escaras también, evidentemente. Y, como persona estrictamente privada que era, ciertamente prefería mantener todo aquello para sí misma. Algo que, por razones obvias, resultaba particularmente dificultoso si decidía intimar con otra persona. Además, no tenía los menores deseos de verse forzada a responder las preguntas que vendrían inmediatamente con el descubrimiento de las marcas de su cuerpo. Así que simplemente había dejado ese aspecto de su vida detrás. Rebecca no comprendería, de todas formas, dado que ni siquiera ella sabía de la existencia de lo que yacía en su espalda.
—Entonces hazlo con el general. Cielos... debes estar arañando las paredes —negó con la cabeza, en señal de reprobación, mientras continuaba preparando lo que fuera que estuviera preparando.
Riza solo dedicó una mirada de reprobación a la morena —Soy perfectamente capaz de controlarme, teniente Catalina, a diferencia de cierta persona. Y me temo que no aprecio el comentario referente al general. Es inapropiado.
Afortunadamente para Hawkeye, la capacidad de concentración de su amiga en un solo tópico era escasa, igual que su capacidad para no ser tan indiscreta, y rápidamente olvidó la temática. O simplemente decidió comenzar a quejarse de su propia frustración, que era lo que la había traído allí, para empezar. Evidentemente. Tomando los dos platos, los colocó sobre la mesa con una copa de vino cada una. Se dejó caer en una silla, pinchando despiadadamente un trozo de carne —Desesperada, me llamó. ¡Pff!, como si él pudiera hablar. Saltando de una novia a la siguiente, para que todas lo dejen por el general.
Riza enarcó una ceja, observando cómo su amiga continuaba prácticamente apuñalando la comida y, en el proceso, su vajilla también, debido a la fuerza. Y aunque concedía que "desesperada" era un término considerablemente desagradable para designarla, no diría necesariamente que su amiga no lucía de esa forma, estableciendo a los gritos que conseguiría un buen hombre para casarse y retirarse. No que fuera a darle la razón al teniente segundo Havoc tampoco, porque el teniente ciertamente no era mucho mejor —Apreciaría, Rebecca, que ceses de acribillar mi vajilla, por favor.
Detuvo su acción de arañar el fondo del plato con el tenedor. Frunció el entrecejo —¿Por qué demonios solo tienes comida de lata? Es asquerosa. Me hace acordar a la academia.
Espiró —No he tenido tiempo de hacer las compras esta semana. El mayor Miles envió los papeles de Ishbal. Y al general le asignaron el caso de Kanama. Además, el papeleo ha estado acumulándose.
—Ah, se está complicando, ¿cierto? —concedió, recordando lo que había oído por el cuartel.
Cerró los ojos con calma —Así es. El general quiere evitar que el conflicto evolucione.
Tiró la cabeza hacia atrás, brazos colgando a ambos lados de la silla —Lo que nos falta, nuevos conflictos. Y aquí en las afueras de Central. Ah.. ¡Cielos! El Este era más tranquilo... Ahora no tendré tiempo para conseguirme un hombre maravilloso.
Riza dio un calmo sorbo a su vino. Ojos cerrados pesadamente. Comisuras de la boca curvadas a duras penas hacia arriba —Estoy segura que no tienes que buscar tan lejos.
La morena se enderezó e inclinó hacia adelante, codo y antebrazo derecho sobre la mesa, expresión desconfiada —¿Qué se supone que significa eso, teniente Hawkeye?
Pero la rubia solo negó con la cabeza, copa en mano —No. Nada, teniente Catalina —la cual depositó con cuidado sobre la mesa.
—Ahora dime exactamente qué quisiste decir con eso —demandó, señalando insistentemente con el dedo. Casi acusadoramente.
Espiró, voz severa —Estoy segura de que fui perfectamente clara. Así que apreciaría que cesaras con el tema.
Bufó, cruzándose de brazos —¿Cómo es la novia de Havoc?
Riza permaneció neutral —Lamento informarte que no he visto la mujer con la que sale el teniente segundo.
—Pero lo dejará pronto, ¿verdad? Porque no puedo tener al patético del teniente Havoc ganándome —inquirió, sonriendo.
—¿Acaso no tienes cosas mejores que hacer, como conseguirte un hombre y retirarte, teniente Catalina, en vez de concernirte con la vida personal del teniente Havoc? —inquirió, secamente, enarcando una ceja. Dedos enroscándose alrededor de su copa.
La morena bufó por segunda vez —Ah... Y yo que acepté el traslado a Central para conseguirme un hombre aquí. Resulta que son todos holgazanes o inútiles... O están tomados... Pero ya verás, me esforzaré y conseguiré un hombre maravilloso y me retiraré —exclamó, recobrando los ánimos.
Una calma y sutil sonrisa apareció en el rostro de Hawkeye —Si. Esfuérzate.
—Ah... Por cierto... ¿Puedo usar tu baño? Mucho vino —dijo, sonriendo.
Exhaló calmamente —No tengo que indicarte el camino —sin decir más, Rebecca se puso de pie y se marchó. Cerrando la puerta del cuarto de Riza tras de sí. Negando para sí, dio un sorbo a su aún primer copa de vino. No obstante, un golpe en la puerta, la detuvo con el borde de la misma en los labios. Hayate, que había permanecido echado junto a ambos, al lado de la mesa, alzó la cabeza, las orejas, y se puso de pie, apresurándose a la puerta. Frunciendo el entrecejo, Riza tomó el arma una vez más, volviendo, como antes, a removerle el seguro y caminó hasta la puerta. Dedos obrando diestramente para deslizar el pasador. Una vez lo hizo, tomó el pomo y abrió la misma, arma firmemente asida en la mano derecha. Al ver de quién se trababa, sin embargo, descendió la misma. Labios presionados firmemente en una línea.
—General, ¿qué hace aquí? —inquirió, aún sosteniendo la puerta abierta.
Frunció el entrecejo —¿Ni siquiera un apropiado "buenas noches", teniente?
Espiró —Buenas noches, general. Si me permite volver a preguntar, ¿qué hace aquí? —repitió, con sequedad.
—Se fue muy rápido, teniente —señaló, aún consternado. Hawkeye no se marchaba antes que él. Menos aún cuando había papaleo concerniente a Ishbal que revisar. De hecho, todo lo referente al proyecto lo había revisado siempre con ella a su lado. Siempre consultando su opinión respecto a las diferentes temáticas y demás. Dado que era, para ambos, un tema delicado y más bien personal que para el resto de sus subordinados, que no habían participado en el exterminio. Ésta vez, sin embargo, ella se había marchado dejándole todo en manos de él. Sin siquiera darles una ojeada—. Pensé que querría revisar los papeles de Ishbal.
—¿Acaso vino hasta aquí solo por eso? —inquirió, ceja enarcada—. Podré revisarlos en la mañana —asintió—, si eso es lo que desea —comenzando a cerrar al puerta—. Buenas noches.
No obstante, él la detuvo con su mano. ¿Acaso simplemente iba a cerrarle la puerta en el rostro?. Ella espiró —General, ¿qué hace? —y volvió a abrirla un poco más.
—No me agrada comer solo —dijo finalmente. Como si eso explicara y compensara toda su conducta. Bajo el brazo, notó ella, llevaba los papeles antes mencionados.
Exhaló, pacientemente —Sé que podrá encontrar quién lo acompañe, señor. De hecho, estoy segura de que la mujer de hoy estará más que complacida. Lamento informarle que ya comí, buenas noches —pero antes de atinar siquiera a mover la puerta, la voz de él la detuvo.
—¿Está acompañada, teniente? —observando ceñudo los dos platos y las dos copas de vino sobre la mesa de la cocina de su teniente primera.
Ella volteó la cabeza siguiendo la línea de visión de su superior y se volvió a él, asintiendo —Así es, general. Lo estoy.
—¿Y está bebiendo vino? —inquirió, aún más consternado. Hawkeye difícilmente aceptaba beber algo con él entre semana. De hecho, nunca aceptaba y la ocasión de la otra vez había sido meramente excepcional. Sin embargo, siempre afirmaba lo mismo, que no parecía adecuado beber entre semana. Especialmente cuando al otro día debía levantarse temprano para ir al cuartel general. Y, sin embargo, allí estaba. Bebiendo vino y cenando con alguien como si nada.
Enarcó una ceja —¿Acaso no debería, general?
—Pensé que no bebía entre semana, teniente —replicó, ya algo malhumorado.
—No lo hago, señor. Pero creo que tengo permitido consentírmelo una vez cada cierto tiempo. Así como estoy segura de que no es asunto suyo si bebo o no entre semana, dado que usted lo hace seguido, si mal no recuerda —replicó, mordaz y ácidamente.
—Siento discrepar, teniente. Es asunto mío, si mermará su rendimiento en la oficina —objetó, pobremente. Dado que no había objeción alguna en el mundo que pudiera hacérsele a su teniente primera en lo concerniente a su desempeño como su asistente, guardaespaldas y subordinada. De hecho, Hawkeye nunca pedía el día, ni siquiera estando enferma, sino que iba a trabajar dejando de lado cualquier motivo personal que tuviera para no hacerlo y siempre cumplía al pie de la letra, en tiempo y forma, con todas sus obligaciones. Atendiendo, de hecho, las de los demás incluso. Por lo que realmente admitía que había sido un recurso miserable el de atacar su, por otro lado, impecable ética de trabajo. Pero no había podido evitarlo.
La expresión de ella, entre severa y ofendida, y la rigidez de sus hombros le dio a entender que había estado en lo cierto. Un recurso bajo, en efecto —Puede estar tranquilo, general, de que mi rendimiento no se verá afectado por cualquier copa de vino que beba esta noche. Si no tiene nada más que decir, buenas noches-
—Espere. Lo lamento, teniente. Tiene razón, estuve fuera de lugar —se apresuró. No podía permitirle que le cerrara la puerta.
Asintió —Lo estuvo, general.
—¿Acepta mi disculpa? He sido un idiota —concedió.
Suspiró —Está bien, general. Buenas noches.
Frunció el entrecejo. Esa debía ser la tercera vez que su teniente primera le había dicho secamente "buenas noches", despachándolo —¿Apurada por deshacerse de mi, teniente?
—Como verá, me encuentro ocupada, señor —señaló. Además, no tenía los menores deseos de que Rebecca viera allí a su superior. O todas las conversaciones de allí en adelante ciertamente virarían sur, con ella intentando aseverar, una y otra vez, que las acusaciones de su amiga no eran no solo infundadas sino falsas. Entre ella y su superior no había nada salvo la estricta relación profesional que mantenían día a día. El resto era irrelevante para el conocimiento de su amiga.
Intentó ver por encima del hombro de su teniente primera, pero ella lo detuvo con una expresión de clara amonestación —¿Está con un hombre, teniente?
—Con quién estoy no es asunto suyo, general —señaló, con severidad—. Así como no es asunto mío con quien se marcha usted.
—Estás enfadada —dijo, bajando la mirada a ella y cesando de dejar de intentar ver por detrás de la espalda de su teniente primera.
Se cruzó de brazos —Así es, general. Rebecca lo vio marcharse hoy así como podría haberlo hecho cualquier superior. Debería ser más cuidadoso.
—Es solo una vieja amiga, teniente —objetó. No realmente acorde con las palabras de ella o la conversación en general. En realidad, ella estaba amonestándolo por su falta de cuidado a la hora de obrar en el cuartel y recordándole que debía velar mejor por su imagen y él estaba explicándole cosas que no iban al caso. Como si Hawkeye fuera su novia celosa y él debiera explicarse. Lo cual, en otro plano completamente distinto, era una noción ridícula. Él no tenía por que justificar sus razones. Menos aún quien le hacía compañía y quien dejaba de hacerlo.
—Estoy segura de que no tiene que explicarse conmigo, general. Simplemente apreciaría que aguardara hasta después de hora para marcharse. O al menos hasta haber realizado todo su papeleo —retrucó, estricta.
Frunció el ceño —¿Está enfada porque dejé mi papeleo, teniente?
—Así es, general —afirmó—. ¿Acaso debería no estarlo? Si me permite recordarle, me pidió que me asegurara de que no se apartara de su camino.
—¿Y se marchó sin revisar el papeleo de Ishbal solo por eso? —inquirió, sonriendo de lado. Con arrogancia—. Suena poco razonable, teniente, ¿no cree?
—Imagino que no lo vería de esa forma, general, si su superior se marchara por algo trivial como una cita y le dejara a cargo todo su trabajo —aseguró, con dureza.
—¿Entonces solo está molesta por el papeleo, teniente? —repitió, sonriendo aún más satisfecho.
Ella le dedicó una mirada de amonestación —Creo haber respondido a eso ya, general.
—Lo hizo, teniente —concedió, dando un paso hacia ella—. Solo estaba cerciorándome de algo.
Hawkeye frunció el entrecejo, dedos cerrándose firmemente alrededor del pomo de la puerta que aún sostenía, nudillos tornándose blancos —Por favor, retroceda, general.
Se detuvo, aún sonriendo complacido —¿Su compañía se ofenderá?
—Yo lo haré, si no mantiene una apropiada distancia —respondió, estricta.
—¿Entonces besarte sería sumamente inapropiado? —inquirió, en un tono bajo y profundo, inclinándose a duras penas hacia adelante. Su aliento fantasmagórico chocando contra los labios de ella.
Riza se tensó. El interior de su palma, aún presionada contra la perilla de la puerta, comenzó a sudar —Sabe perfectamente que si, general —haciendo uso deliberado del rango, a pesar de que él había dejado de lado las formalidades—. Y retroceda, por favor, o me veré forzada a cerrarle la puerta en el rostro.
—Ya lo intentó varias veces, si mal no recuerda, teniente —señaló, enderezándose. Recobrando la expresión de fastidio.
—Y lo seguiré haciendo, general, hasta que comprenda que debe marcharse. Como dije, revisaré el papeleo en la mañana, si eso desea. Buenas noches.
—¿Está con un hombre, teniente? —volvió a preguntar, aún menos complacido.
Espiró —¿Por qué, general? ¿Pretende incendiar a alguien cómo pretendió hacerlo con Barry The Chopper?
—No todo, teniente. Solo algunas partes —aseguró, expresión sombría. Las manos quizá, la boca, y... cualquier otra parte que quisiera acercar a su teniente primera.
Negó con la cabeza —Lamento recordarle que, como dije, no le concierne si estoy con un hombre o no, general. Y no tiene derecho a incendiar a nadie tampoco.
—En eso discrepamos, teniente —objetó.
—No lo dudo, general —asintió, cerrando los ojos con resignación.
—Mi deber, como su superior, es protegerla —aseguró.
—Soy perfectamente capaz de velar por mi propio bienestar, general, en caso de suceder algo. Si mal no recuerda, estoy armada. Además, me temo que fallo en ver el riesgo.
—Podría... intentar forzarla, teniente —insistió, molesto.
—Sí estuviera con un hombre, general, estoy segura de que su escenario sería viable. Y estoy segura también que no le iría particularmente bien, dado que guardo una pistola bajo la almohada. Si eso aclaró sus dudas, por favor, apreciaría que se marche.
—¿Entonces no está con un hombre?
—No, señor. Pensé que eso era obvio —replicó, con calma. Las comisuras de sus labios curvándose a duras penas hacia arriba.
—Ah... Y ahora quedé como un completo idiota, ¿no es así?
Cerró los ojos suavemente —Lamentablemente, general. Si.
—¿Entonces... con quién...? —comenzó, torciendo el gesto.
Suspiró —Rebecca. Y apreciaría que no lo vea aquí cuando regrese del baño.
Sonrió —No tiene que decírmelo dos veces, teniente. Buenas noches. La veré mañana.
Asintió —Si, buenas noches —antes de cerrar la puerta y poner el pestillo una vez más. Negando con la cabeza, se volteó para regresar a la mesa, en el exacto instante en que Rebecca regresaba.
—¿Vino alguien? —inquirió, sentándose en su silla—. Me pareció oír la puerta.
Pero la rubia solo se sentó en la mesa y dio un calmo sorbo al contenido de su copa. Ojos cerrados —No, nadie.
Rebecca torció el gesto —Ah... juraría que oí a alguien... —pero simplemente se encogió de hombros y retomó su comida. Quizá estaba volviéndose loca. Si, concluyó, quizá la soltería podía hacerle eso a una persona... Sería mejor que se apresurara a conseguirse ese hombre.
Si, definitivamente no quería terminar como la mayor general Armstrong, sin importar cuánto, militarmente, la admirara. No importaba. Ella quería casarse algún día.
