ACLARACION: la historia y los personajes no me pertenecen yo solo juego con ellos con fines de entretenimiento (algún personaje es de Twilight que pertenece a Stephanie Meyer, la historia es de Candice Hern)

Sin más aquí les dejo el capitulo que lo disfruten

Capítulo 11

Witherdale se encontraba detrás de la butaca de Isabella e inclinaba la cabeza para hablarle al oído. La mirada del joven no dejaba lugar a dudas. Estaba planificando su cita romántica. Edward reprimió un gemido y se dio la vuelta. Los invitados se habían reunido en el salón principal tras la cena. Algunas de las damas se habían turnado en el pianoforte, incluida Isabella, que se había defendido con un aria de Nicolini. Otras habían cantado, entre ellas Tanya, que tenía una voz dulce y clara. Resultaba obvio que no se encontraba cómoda cantando en público, pero la señora Denaly había insistido en que lo hiciera, tal como había hecho durante la visita de Edward a su finca en Wiltshire. El canto de Tanya era bonito y agradable, si bien no especialmente brillante. Su madre sabía sin duda alguna que ese era su único talento verdadero y estaba resuelta a mostrarlo cuando le fuera posible. Pero puesto que ahora Tanya estaba prometida, Edward pensó que la mujer podía haberle dado un respiro a la muchacha. Se tranquilizó cuando su amiga Jane Stillman se unió a ella en un dueto de Roses and Woodbines So Sweetly That Bloom. Y se relajó completamente cuando Witherdale, cuya voz resultó ser sorprendentemente bonita, se unió a ella en The Moon-Beam Plays on Yonder Grove. Pero el entretenimiento tenía que tocar a su fin, y lady Presteign había anunciado su intención de retirarse. Tras ella, otras damas se levantaron y se prepararon para abandonar la sala. Isabella le sonrió a Witherdale y él se acercó a su butaca y le ofreció su mano. Santo Dios, ¿sería tan osado de acompañarla a su cámara y entrar con ella a la vista de todos los allí presentes? Seguro que no. La estirada de su hermana jamás toleraría tal cosa. Edward se preguntó cómo podría encontrar una razón legítima para ausentarse de su cámara y no sentirse así tentado a escuchar lo que sucedía en la habitación contigua. ¿Debería salir a dar un paseo? ¿Encerrarse en la biblioteca con un libro? Una partida de cartas sería una distracción bien recibida. Sí, una partida de cartas. Eso era lo que quería. Y quizá un humeante cuenco de ponche de ron.

—Witherdale, dado que las damas nos abandonan, ¿qué le parece una partida de cartas para los caballeros?

Las palabras salieron antes siquiera de que Edward pudiera pensárselo dos veces. Había deseado que algún deber de anfitrión mantuviera a Witherdale lejos de la cama de Isabella. Se le ocurrió que quizá podía crear uno.

—Gran idea —dijo Eleazar Denaly y se frotó las manos.

Su mujer le lanzó una mirada severa, mirada a la que hizo caso omiso. Todo apuntaba a que al padre de Tanya le había llenado de alegría encontrar una excusa para mantenerse lejos de la cama de su mujer. Con tantos invitados, las parejas casadas se habían visto obligadas a compartir la cama, algo que probablemente muchos de ellos no hacían en sus respectivas casas. ¿Edward y Tanya tendrían habitaciones separadas en su futuro hogar? Edward esperaba que no fuera así, pero sospechaba que ella desearía lo contrario.

—Sí, Witherdale, echemos unas partidas —dijo lord Havering—. Odio retirarme tan temprano. No hay necesidad de seguir los horarios propios del campo estando tan cerca de la ciudad, ¿no?

Algunos de los otros caballeros expresaron en voz alta su aprobación y Witherdale, que no parecía para nada contento con la idea, se quedó inmóvil. Como anfitrión, no podía negarse a los deseos de sus invitados. Logró esbozar una sonrisa educada.

—Entonces, que así sea. —Le hizo un gesto a su mayordomo. —Hibbert, disponga la sala verde con mesas para jugar a las cartas y asegúrese de avivar el fuego.

Los caballeros les desearon buenas noches a las damas. Edward besó la mano desprovista de guante de Tanya y ella le devolvió una sonrisa radiante sin estremecerse por su roce. Quizá por fin estaba acostumbrándose a él. Le hizo una reverencia a su madre.

—Espero que no estén hasta altas horas —dijo—. Lord James ha prometido una excursión a Box Hill mañana. El señor Denaly necesitará descansar.

—Sí, señora —dijo.

Ella asintió con la cabeza, cogió a su hija del brazo y ambas abandonaron el salón. De lo que la señora Denaly no se había percatado, o al menos eso esperaba Edward, era que él solo se había mostrado de acuerdo en que su marido necesitaba descansar. No le había prometido que no acabarían a altas horas. Es más, Edward esperaba acabar lo más tarde que les fuera posible. Observó cómo Witherdale hablaba en voz baja con Isabella. Cuando se volvió, Newton estaba a su lado.

—Masen, es usted un imbécil perdido, tal como evidencia su sonrisa de satisfacción. No puede esperar posponer lo inevitable para siempre. Ella va a ser de Witherdale.

—Pero quizá no esta noche, si puedo evitarlo.

—Pero mañana sí, o cualquier otra noche. Ella será suya. Supérelo ya, amigo. Edward hizo una mueca de dolor. Newton, con su estúpida actitud, siempre tenía la capacidad de hacer que Edward se sintiera como un idiota.

—Tiene razón, por supuesto que sí. Pero no lo había planeado, se lo aseguro. Ha sido un impulso. Los he visto hablando en voz baja y no he podido controlarme. —Bueno, yo, por una vez, no le agradezco su condenado impulso. Yo también tengo una dama esperándome.

Witherdale condujo a los caballeros a la sala verde, una elegante (si bien masculina) sala con paredes de color verde oscuro y velas relucientes en cada superficie. Habían colocado tres mesas y dispuesto las sillas a su alrededor. Había varios decantadores de vino y filas de copas alineadas en un aparador. No era suficiente para lo que Edward tenía en mente.

—He oído —dijo—, que hace un ponche excelente, Witherdale.

Dado que la mayoría de los hombres estaban muy orgullosos de sus propias recetas de ponche, Edward consiguió dar en el blanco con aquella frase. Witherdale se infló de orgullo y dijo:

—Me honra saber que mi ponche goza de ese prestigio. Tengo una excelente receta. La mejor que hayan probado jamás, se lo prometo.

— ¿Es la receta de su padre, amigo? —preguntó Denaly.

—Por supuesto.

—Entonces puedo dar fe de su excelencia —dijo Denaly—. Warminster siempre servía el mejor ponche de ron que yo haya probado jamás.

—Entonces debemos probar un poco, Witherdale —dijo sir Tayler Crowley—. Pues, hasta que me demuestre lo contrario, tendré que considerar mi receta superior. Propongo que la probemos para poder juzgarla como es debido.

—Hecho —dijo Witherdale. Le pidió a un sirviente que le trajera la ponchera además de ron, brandi, limones, azúcar y nuez moscada.

—Será mejor que traiga para varias poncheras —dijo lord Havering—. Será necesario más de uno para determinar su superioridad.

Dios le bendiga, Havering. Crío estúpido. No había nada como un ponche de ron bien fuerte para emborrachar a un hombre antes de que pudiera percatarse de ello. En las mesas había colocadas varias barajas de cartas y los hombres comenzaron a colocarse por la sala. Witherdale fue ofreciendo una caja de puritos y sirvió vino a quienes lo preferían al ponche. Para cuando el sirviente regresó con una enorme ponchera de porcelana blanca y azul, la sala estaba llena de humo y ruidosas risas. Tenía todos los ingredientes para convertirse en una noche muy larga. Edward sonrió y tomó asiento.

Qué suerte había tenido cuando le dieron la cámara más grande. Isabella tenía muchísimo espacio para caminar. Y esperar. Ahora que iba por fin a ocurrir, deseaba que el momento llegara ya. La espera solo empeoraba las cosas. James le había susurrado al oído que esperaba que le permitiera hacerle una visita más tarde. Ella había mostrado su conformidad y ambos habían compartido una cálida mirada de expectación. Entonces Edward había echado todo a perder con la partida de cartas. ¿Acaso no sabía lo nerviosa que estaba por lo que iba a ocurrir aquella noche con James? Por supuesto que lo sabía. Había sido él quien le había dicho que se relajara. ¿Cómo podía relajarse si no tenía idea alguna de cuándo, si es que finalmente aparecía, iba a presentarse James? ¿Cuánto duraría la partida de cartas? Consciente de que James no podría subir pronto, Isabella había sacado provecho de ese tiempo adicional para arreglarse para él. Se había puesto el camisón más bonito que tenía, uno de seda rosa, y un salto de cama de seda a juego. Se había soltado el pelo y se lo había cepillado hasta dejarlo brillante y sedoso. No se lo recogió. No había nada seductor en una trenza de mujer mayor cayéndole por la espalda. Al menos hasta ahí llegaban sus escasos conocimientos, y tampoco se puso gorro. James querría ver su pelo suelto, así que dejó que le cayera por debajo de los hombros. Se había aplicado unas gotas de su fragancia de nardos favorita tras el lóbulo de las orejas y en las muñecas. No demasiado. No quería marearlo con el perfume. Lo justo como para atormentarlo. Eso esperaba. Todos los preparativos le habían ayudado a calmar sus nervios. Pero entonces la espera comenzó y la angustia regresó por sus fueros. ¿La encontraría atractiva? ¿La amaría lenta y delicadamente y no de la forma tan brusca como la había besado? ¿Tendría la valentía de pedirle que fuera con más delicadeza si no era así? ¿Sería su cuerpo diferente al de Jacob? ¿Respondería su cuerpo a las artes amatorias de James como debería? ¿Sería tan maravilloso y excitante como Rosalie les había dicho? Sus nervios habían alcanzado un punto crítico cuando escuchó un golpecito en la puerta. No lo esperaba tan pronto. Respiró profundamente y abrió la puerta. Tras ella estaba una sirvienta que sostenía una bandeja.

—Le ruego me disculpe, señora. Soy Ginny, la doncella de su ilustrísima duquesa viuda de Brandon. Me ha pedido que le traiga esto. — La bandeja contenía un vaso pequeño lleno de un líquido oscuro y una copa con vino de un color rojo brillante. —También hay una nota —dijo Ginny y le tendió la bandeja. Isabella cogió la bandeja con cuidado de que no se le derramara el líquido.

—Dele las gracias a su ilustrísima de mi parte, Ginny.

—Sí, señora. Buenas noches, señora.

Isabella cerró la puerta y colocó la bandeja sobre la mesilla de noche, donde podría leer mejor la nota a la luz de las velas. Leyó la nota, escrita con los garabatos tan curiosamente infantiles de Alice.

"Aquí hay dos cosas importantes para su noche especial. La primera es un licor de albaricoque que Brandon me enseñó a hacer. Bébaselo todo antes de que llegue lord James y estará relajada y lista para él. El vino está mezclado con zumo de enebrina. Bébalo después para protegerse de cualquier imprevisto. ¡Disfrute! A. ''

Era un cielo de mujer. Qué considerado por su parte. Sabía que Isabella estaba nerviosa y quería ayudarla. Dios bendijera su bondadoso corazón. Y lo cierto es que no había pensado en tomar precauciones. Seguía dando por sentado que era poco probable que se quedara encinta pero, no obstante, agradecía la ayuda de Alice. Isabella tomó un sorbo del licor y a punto estuvo de perder el equilibrio. Santo Dios, le ardían las entrañas. Menos mal que no se había bebido el contenido del vaso de un solo trago. Habría sufrido un colapso y habría caído desplomada al suelo. No le habría gustado que James la encontrara así. Fue tomándolo a pequeños sorbos hasta acostumbrarse a la calidez y hormigueo que fueron envolviéndola. No mucho después se percató de que le agradaba aquel hormigueo. Su calidez se extendió por todo su cuerpo, haciendo que se sintiera menos cohibida y más lánguida. Gracias, Alice. Isabella pensó que, después de todo, quizá podría relajarse y disfrutar con lo que James le hiciera. Echó un vistazo a la cama, donde todo ocurriría. Era enorme, con dosel y gruesos cortinajes. Una cama para alguien más regio e importante que la señora Swan. La noche era fría y había cerrado los cortinajes de la cama. Se sentía muy cómoda y confortable. ¿Cómo sería encontrarse en esa cálida oscuridad con James? Se acercó a un espejo y se observó en él. La seda rosa realzaba todas sus curvas, dejando poco sitio para la imaginación. ¿Qué pensaría James de su cuerpo? No era tan firme como antaño, pero todavía era esbelta. Sus pechos y sus caderas eran ahora más femeninos, más voluptuosos. Pero él era más joven que Isabella. ¿Pensaría que era demasiado mayor? ¿Que no era lo suficientemente joven? Dios santo, iba a tener otro ataque de ansiedad. No importaba lo que pensase de su cuerpo. Después de todo, no podía cambiarlo. Tendría que aceptarla tal como era. Unas horas después, a Isabella había dejado de preocuparle lo que James pensara de ello. Maldito fuera Edward por tenerlo ocupado y hacerla esperar.

Edward reía entre dientes mientras contemplaba el estado de la otrora elegante sala verde. Parecía algo digno de haber sido pintado por Hogarth; podría haber servido de inspiración a una de sus pinturas sobre los demonios de los excesos. Todo estaba patas arriba. Las sillas estaban desperdigadas por la sala, dos de ellas volcadas. Ropajes varios pendían del mobiliario: un corbatín aquí, una chaqueta allí, un abrigo de color verde botella colgado del aplique de una de las paredes… Las cartas estaban desparramadas de cualquier manera. Hacía horas que los hombres habían dejado de jugar, cuando los que quedaban allí se encontraban demasiado bebidos como para ver los palos de las cartas. Los decantadores vacíos y los vasos de ponche cubrían las mesas. Más de uno había derramado su contenido por la mesa y el suelo. El pie de una de las copas se había roto. Otra yacía hecha añicos en la chimenea. Las colillas de los puritos cubrían los tapetes de las mesas, yacían desperdigadas por el suelo, flotaban en vasos de ponche, e incluso algunas se balanceaban en las rebosantes bacinillas. La ponchera estaba vacía, a excepción de los posos, y se encontraba en la mesa central rodeada de botellas de brandi y ron vacías, un cuenco con limones exprimidos y un cuenco de azúcar volcado con terrones y trocitos de azúcar desparramados por la mesa (las tenacillas para el azúcar estaban debajo de esta) y un rallador de nuez moscada de plata lleno de restos. Había sido una velada muy ruidosa, especialmente tras la tercera ponchera, momento en el que se había hecho caso omiso de la receta de Witherdale y se había mezclado todo en el recipiente sin control ni medida. Denaly estaba desparramado en el sofá, roncando sonoramente. El joven lord Havering se había desmayado en una silla y tenía la cabeza apoyada en la mesa. Newton y McCarthy se habían marchado horas antes, pues obviamente estaban más interesados en sus citas románticas que en una fiesta ruidosa y etílica. Edward tenía el vago recuerdo de Ingleby entrando a hurtadillas en la cámara de alguna dama. ¿Había mencionado el nombre de la dama? Edward no podía recordarlo. Stillman, Crowley y Troutbeck también se habían marchado en algún punto de la noche, si bien Edward no estaba muy seguro de cuándo. Había estado ocupado asegurándose de que Witherdale bebiera más de lo que le correspondía. El mismo Edward había bebido mucho, pero en muchos momentos había fingido beber para asegurarse de que la fiesta continuara hasta altas horas de la madrugada. Su estratagema había funcionado. Witherdale estaba tan bebido que probablemente no podría cumplir. Y era lo suficientemente caballero como para no visitar a una dama en semejantes condiciones. Sir George Lowestoft, un joven con una capacidad asombrosa para beber, hizo un esfuerzo por levantarse de la silla.

—Vaya noche —dijo, con un marcado acento—. Podría dormirme de pie. Bien hecho, Witherdale. Un ponche excelente. —Se levantó muy despacio y después colocó un pie delante del otro en dirección a la puerta —. Santo Dios, menuda jaqueca tendré mañana. Buenas noches, caballeros.

Witherdale le lanzó una mirada lastimera a Edward, pues no deseaba tener que abandonar al último invitado que quedaba despierto. Edward estaba satisfecho porque no había manera de que el hombre molestara a Isabella a esa hora y en esas condiciones. Ya había hecho su trabajo.

—Sí, sí que ha sido una buena noche. —Recorrió la sala con la mirada —. Creo que ya ha sido suficiente, ¿no cree? Será mejor que ayudemos a estos dos, Witherdale. —Señaló a Denaly y a Havering.

—Tiene razón. —Witherdale se puso en pie con mucho cuidado—. Santo Dios. Había olvidado lo fuerte que era el ponche del duque. Sí, será mejor que busquemos a un sirviente para que los lleve a la cama. Me pregunto si encontraremos a alguno a estas horas.

Se quedó de pie un instante, como si intentara orientarse, para estabilizarse antes de comenzar a caminar.

—De acuerdo entonces, iré… ¡Arggghhh! Los pies de Witherdale se enredaron con las piernas estiradas de Edward y se dio de bruces contra el suelo. Se produjo un crujido terrible y a continuación el ruido de huesos rotos cuando su cabeza se golpeó contra la chimenea de ladrillo. Maldición. Edward cayó de rodillas de su butaca y miró a su joven anfitrión, que yacía a los pies de este con la cabeza sangrando y la pierna doblada en un ángulo antinatural. Soltó un grito de horror. Santo Dios, ¿lo había matado? Preocupado y disgustado, Edward se arrodilló al lado de Witherdale y le colocó la mano delante de la nariz. Seguía respirando. ¡Gracias a Dios!

— ¿Qué demonios? —Lowestoft, que todavía no había salido por la puerta, se volvió para ver lo que había ocurrido.

—Se ha tropezado —dijo Edward omitiendo que había sido con su propia pierna—. Y parece que está muy mal. Le sangra la cabeza y creo que se ha roto la pierna.

—Dios mío. —Lowestoft volvió a la sala y se puso al lado de Edward—. No está muerto, ¿verdad?

—No, gracias a Dios. Pero necesita ayuda. ¿Puede bajar a la planta inferior?

—Sí, por supuesto —dijo, repentinamente sobrio y pálido de la impresión—. ¿Qué tengo que hacer?

—Encuentre al mayordomo. Su nombre es Hibbert, creo recordar. Dígale que vaya de inmediato a por un médico.

— ¿Va a intentar moverlo?

—No, no creo que debamos mover esa pierna. Podríamos hacerle más daño. Prefiero esperar a que llegue el médico. Ahora, por favor, vaya a buscar a Hibbert.

El joven salió a toda prisa. Todavía no caminaba con paso seguro, pero sí de una manera más ágil y considerablemente más sobria que unos minutos atrás.

— ¿Qué ha ocurrido?

La voz somnolienta de lord Havering sobresaltó a Edward. Se había olvidado por completo de él. ¿Había visto algo? ¿Había visto a Witherdale tropezar con el pie de Edward?

—Creía haber oído un golpe. ¿Se ha caído algo?

—Witherdale se ha tropezado y ha caído. Me temo que está gravemente herido.

—Santo Dios.

El joven se puso en pie con dificultades y se acercó con paso tembloroso hacia la chimenea.

—Dios mío, esa pierna no tiene buena pinta. Me temo que se la ha roto. —Se inclinó para examinar la pierna retorcida.

—No lo mueva —dijo Edward—. Creo que deberíamos esperar al médico. Pero, páseme ese corbatín, ¿quiere? —Señaló uno que colgaba de una silla cercana. Havering cogió con lentitud el corbatín, que se le cayó dos veces de las manos antes de poder pasárselo a Edward. Edward examinó con cuidado la cabeza de Witherdale. Tenía un corte encima de su oreja derecha, donde se había golpeado con el borde afilado de la chimenea. No parecía profundo, pero había mucha sangre. Sus cabellos rubios estaban empapados de sangre en esa zona. Edward usó el corbatín para contener la hemorragia. Se quitó el suyo y lo colocó alrededor de su cabeza a modo de vendaje. Puede que no valiera de mucho, pero tenía que hacer algo. Se sentía impotente y muy culpable. Había deseado alejar a aquel hombre de Isabella, pero en ningún momento había pretendido dejarlo inválido. No había querido hacerle ningún daño. Pero no dejaba de ver el tobillo de Witherdale tropezando con el suyo. ¿Había estirado la pierna a propósito? ¿Había deseado que Witherdale tropezara y cayera? Edward no lo creía. Pero seguía viendo su pierna estirada y no dejaba de pensar en cómo podía haberla movido. Maldición. Había ido demasiado lejos esta vez. Pero ya no más. Nunca más. Nunca jamás volvería a interferir en la vida de Isabella. Si quería tener una docena de amantes, que los tuviera. Si quería tener un harén masculino lleno de esclavos sexuales suyos, podía hacerlo. Había tenido que estar a punto de matar a un hombre para darse cuenta de cuán ridículamente se había comportado en lo que a Isabella respectaba. La puerta se abrió y Lowestoft entró con el mayordomo, que se había puesto un abrigo sobre su camisa de dormir.

— ¡Santo Dios! —dijo cuando vio a su patrón.

—No hemos movido la pierna —dijo Edward—. He pensado que era mejor esperar al doctor.

—Sí, sí, es lo mejor —dijo Hibbert.

— ¿Ha mandado llamar a uno?

—Sí, he enviado al mozo de cuadra más rápido. El doctor Sneed está a solo cinco kilómetros de aquí, en Richmond. No debería tardar mucho en llegar. Espero que no esté sufriendo mucho.

—Por fortuna, ha bebido lo suficiente para calmar el dolor —dijo Lowestoft. Hibbert alzó la vista y se detuvo a observar la sala por primera vez. Sus ojos se entrecerraron un instante mínimo antes de volver a adoptar el semblante inexpresivo y decoroso de un mayordomo.

—Thomas.

Un joven sirviente despeinado, que contemplaba la escena desde la puerta con los ojos abiertos de par en par, entró en la sala.

— ¿Sí, señor?

—Quiero que usted y Charles limpien y ordenen esta habitación.

— ¿Ahora?

—Ahora. Antes de que llegue el médico. Y ayuden al señor Denaly a llegar a su habitación. Puede que el doctor Sneed necesite el sofá.

Con la conmoción del momento, Edward se había olvidado del padre de Tanya, que seguía durmiendo en el sofá. Hibbert se disculpó para poder vestirse de manera adecuada antes de que llegara el médico. Edward ayudó a los sirvientes a levantar a Denaly. Una vez se hubo despertado, estaba sorprendentemente alerta. No volvió a su habitación, sino que se quedó para ayudar en lo que pudiera. El doctor Sneed hizo su aparición cuarenta y cinco minutos después. Colocó la pierna rota (momento en el cual Witherdale se despertó gritando de dolor) y suturó la herida de la cabeza. Le dio a Witherdale una dosis de láudano y este volvió a caer inconsciente. Tuvieron que llevarlo a su cámara, que se encontraba en la planta superior, y resultó un proceso bastante complejo; Denaly, Havering, Lowestoft y Edward hicieron turnos con los dos sirvientes para levantarlo. Cuando llegaron al pasillo de su cámara, varias cabezas asomaron por las puertas para ver qué era todo aquel ruido. La oscura cabeza de Newton apareció tras una puerta que no era la de su habitación. ¿Sería la de lady Drake? Edward no estaba seguro. Newton cerró los ojos y negó con la cabeza incrédulo.

—Dios mío, ¿qué es lo que ha hecho? —susurró.

—Se lo contaré después —dijo Edward en voz baja—. Pero no ha sido deliberado, se lo prometo.

El rostro asustado de Ángela Weber asomó por otra puerta. Llevaba un chal de lana sujeto en el pecho. Una trenza larga y rubia le llegaba hasta la cintura.

—Santo Dios, ¿qué le ha ocurrido a este pobre hombre?

—Un accidente —dijo Edward—. Se ha roto la pierna.

— ¡Oh, Dios mío! —Sus ojos se posaron en el cuerpo inerte de Witherdale mientras lo llevaban a su cámara, al otro lado del pasillo. Vio a Newton y frunció el ceño; probablemente sabía que no era la habitación de Newton y probablemente también sabía de qué dama era. Cerró la puerta. La cabeza de lord Troutbeck asomó por otra puerta con un gorro de noche de cola larga y el rostro impresionado de la señorita Stillman apareció tras otra. La señora Denaly, con un gorro voluminoso, le lanzó dagas con la mirada a su marido mientras este ayudaba a llevar a Witherdale a su habitación. Cuando Edward entró en la habitación de Witherdale para ayudar a colocarlo en la cama, escuchó muchos susurros tras él. Se percató de que la habitación de Isabella había permanecido cerrada.