11. Confesor

Ikki estaba de pie delante de la tumba de Esmeralda, de su Esmeralda, esperaba, sabía que Jango iba a aparecer ahí, se lo había dicho el griego días atrás, antes de marcharse, le había hablado también del Puño de Fuego del tirano, y de sus debilidades, no le había mentido, le dio información valiosa.

Sin embargo lo que le pedía… era algo extraño.

—Un hombre muy poderoso viene hacia acá, viene a enfrentar a Jango, pero si lo hace… será él quien se lleve la armadura de Fénix de regreso al Santuario para declarar la vacante de santo de bronce… si tú derrotas a Jango, la armadura es tuya… a cambio lo que yo te pido es muy sencillo… —farfulló.

—¿Qué es lo que quieres, desconocido?

—Que le abras los ojos a ese hombre… que le demuestres su error y su soberbia… puede ser ahora o puede ser más adelante… sólo te pido que recuerdes eso… —le confesó firme en sus palabras, estas martillaban como un millar de agujas.

Ikki no entendía de lo que le hablaba, ¿qué podía hacer él para abrirle los ojos a nadie?