Estamos llegando casi a la mitad de la historia, y siendo que ya son muchos capítulos y no hay todavía explosión en la pareja, parecería que va muy lento. ¡Pero lo bueno se hace esperar! Y este es un capítulo determinante para ambos protagonistas, al igual que el próximo que publicaré en unos pocos días más, capítulo que tengo casi listo.
Quiero mandar un saludo y un agradecimiento enorme a hatsune94 y a Akisara145: son las autoras de dos de mis fics favoritos y que sigan esta historia para mí es un honor. En el capítulo anterior se cerró la cuestión de la Ciudad de las Camelias, con sus políticos hipócritas, pero gracias a eso, los habitantes de la Zona Bohemia pueden vivir en paz. Ya superado ese asunto, ahora se viene el desarrollo más detallado de la historia central, del que ya han visto alguno que otro detalle (los celos de Kenshin por ejemplo). Atenti con este capítulo y el próximo, y gracias por seguir!
Mientras Kenshin charlaba con Akane Yukishiro, el padre Anji era recibido en el convento y guiado hasta la habitación del Santo para esperarlo. Había llegado de Otsu muy optimista, pues había encontrado la solución a todos los problemas de su pupilo. No podía esperar para comunicárselo.
Mientras esperaba, merodeó por la celda. Era sencilla y Kenshin tenía muy pocas cosas: una cama de hierro con un delgado colchón y una manta, un pequeño armario para su ropa y un estante para sus jaleas, un austero escritorio con una vela y algunos elementos de escritura. Y bajo el crucifijo del pequeño altar que tenía, había un baúl donde el joven guardaba algunas cosas más y sus libros.
Mirando ese baúl, el padre Anji divisó Las tentaciones de San Antonio, de Gustave Flaubert, y decidió releerlo mientras esperaba por Kenshin. Grande fue su sorpresa y su terror al abrir el grueso libro: estaba cavado en sus páginas de modo que pudiera entrar escondido un elemento pequeño. Algo como un zapato.
Y era eso lo que el padre Anji estaba mirando.
En ese momento entró Kenshin y el sacerdote cerró violentamente el "libro".
-¡Padre! – exclamó Kenshin con alegría.
Fingiendo alegría, el padre se volvió a él con júbilo. En su interior estaba decidido más que nunca a alejar al Santo del pecado.
-¡Hijo mío! – le dijo feliz - ¡Justo iba a leer las Tentaciones de San Antonio, pero llegaste y ni alcancé a abrir el libro!
-Fui a dar un paseo. – explicó Kenshin, tomando el libro de las manos de padre y dejándolo distraídamente sobre el baúl - Padre, voy a tener una conversación muy seria con Sano, pero estoy pensando en cómo abordarlo. ¡Sanosuke anda por el mal camino, padre! ¡Y tengo que hacer algo por él!
Al padre Anji no le sorprendía que Sanosuke anduviera en malas prácticas, y no le importaba. Total, ese muchacho era un caso perdido. Lo único que importaba, y en ese momento más que nunca, era sacar de allí a Kenshin.
-Pero antes, deja que yo haga algo por ti. – lo atajó el padre - Hijo mío, tengo el remedio para todos tus males. ¡Te vas a Tokio!
Para Kenshin, esa noticia fue un baldazo de agua hirviendo.
-¿Yo? – farfulló.
Pero el padre no le dio tiempo para protestar.
-Puedes ir empacando tus cosas en este momento. – le ordenó - Irás al seminario de Tokio por unos meses, tiempo suficiente para conseguir tu transferencia a cualquier otra ciudad que no esté en Kansai. – y agregó - Ahora mismo nos vamos a Otsu, y mañana salimos para Tokio.
-Pero padre, tengo que avisarle a Akira. – empezó Kenshin.
-Allá te recuperarás y olvidarás todo lo sucedido aquí. – proseguía el padre sin escucharlo - Ya no te metas en campañas para proteger proyectos ajenos.
-Padre…
-Es sólo a Cristo a quien tienes que servir…
-¡Padre! – le interrumpió el Santo - ¡Estoy muy cerca de hacer un milagro!
-Haz el milagro en Tokio. – repuso el padre Anji sin darle importancia.
-Fui por el camino equivocado, y por eso ella me odia. – trataba de explicarle el joven pelirrojo - Pero sé que ella entiende a lo que voy; no da el brazo a torcer pero entiende.
-¿Tú lo sientes así?
-¡Sí, lo siento! – dijo Kenshin con convicción - Sucedió y vi algo en los ojos de ella…
-Esto es más grave de lo que pensé. – murmuró el padre para sí.
-¡Estoy consiguiendo tocar el corazón de ella! – seguía diciendo Kenshin, eufórico - ¡Falta poco!
El sacerdote de Otsu estaba cansado de esas excusas.
-Kenshin, hay dos cosas que pueden perder a un millón de hombres: vino y mujeres. – le advirtió con severidad - Son las dos cosas más engañosas del mundo, hacen perder la noción de lo que está bien y lo que está mal. Quien pretende ser Santo tiene que vivir lejos del vino y las mujeres.
Kenshin frunció el ceño.
-No entiendo por qué dice eso. – dijo por lo bajo.
-¿No lo sabes?
-¡Padre, yo amo a Cristo por encima de todo! – gimió el Santo, sospechando para qué lado iba su mentor.
-Pues lo amas muy mal. – sentenció el padre - Cuando amas, tienes que hacerlo completamente. Y aquí en Kansai, lo estás amando muy mal; si vas a Tokio te salvarás, hijo mío. El Diablo quiere que te quedes aquí.
-¿Pero tiene que ser ahora? – rezongó Kenshin. Realmente quería llevar a cabo ese milagro.
Y eso acabó con la paciencia del padre.
-¡Ahora o nunca! – bramó - ¡Haz tu maletas, pero ya! – y salió dando un portazo para esperarlo afuera.
Kenshin corrió hacia su crucifijo.
-Yo no quiero ir. – le dijo - ¡No me voy!
Enojado, el padre Anji decidió ir a la capilla del convento para orar, a ver si con eso se tranquilizaba y pensaba mejor las cosas. Ver ese zapato guardado como si fuera un tesoro hizo que su decisión de sacarlo de Kioto fuera implacable. Jamás permitiría que esa mujer se interpusiese en el camino de santidad del joven.
Era el único en la capilla, salvo por otro sacerdote jesuita y una bella joven que hablaba con él. Se sentó a rezar mientras escuchaba lo que decían, no podía evitarlo pues estaban cerca.
La joven pedía por una misa en el lugar.
-Entonces la misa será el viernes. – acordó la joven - Pero asegúrese de que el Santo pueda estar presente; sin él, no habrá misa.
-Puede estar tranquila. – le respondió el sacerdote antes de retirarse - Que Dios la acompañe.
Al escuchar eso, al padre Anji los ojos se le abrieron como platos. Pedía al Santo en una misa; pero aparte de eso, la mujer no parecía una beata más, era joven (los jóvenes ya no frecuentaban la iglesia como antes), hermosa y a juzgar por sus prendas, segura de su belleza. ¿Podría ser ella?
Se quedó mirándola atónito, y ella se dio cuenta y se acercó.
-¿Qué pasa, Padre? – le preguntó amablemente.
El padre Anji no pudo resistirlo más. Tenía que saber.
-¿Cuál es tu nombre? – le preguntó directamente.
-Kaoru. – le respondió ella.
-¿Harikēn Kaoru?
Y a Kaoru se le acabó la amabilidad, porque rápidamente asumió que por ser prostituta no podía pedir una misa o hacer cosas que el resto sí. Se sintió atacada.
-La misma. – afirmó en tono desafiante - ¿Por qué? ¿No puedo pedir que se haga una misa por el alma de alguien?
Al padre no le interesaba lo que ella podía hacer o no. No se anduvo con rodeos y abarcó el tema que sí le importaba.
-¿Qué es lo que quieres con el Santo? – inquirió con voz dura.
-Nada. – respondió ella, algo sorprendida - Vine para pedir una misa, sólo eso.
-¿No estás satisfecha con lo que estás provocando? – le espetó él - Basta de eso.
Kaoru se enojó con lo que le dijo.
-Y yo ya fui ofendida por todo el mundo. – contestó impaciente - ¡Basta de eso también!
-¡Dios está anotando todo lo que haces! – insistió el padre mientras ella se disponía a irse - ¡Y no dejará que burles sus cuentas! ¡Muchacha! – la llamó y Kaoru no pudo más que obedecer a regañadientes ante esa voz autoritaria - Piensa en la salvación de tu alma. Todo lo ruin que sucede en el mundo tiene un final, pero el castigo allá arriba dura por toda la eternidad.
Ante eso, Kaoru se volvió hacia el sacerdote con ojos tristes.
-No necesito de sus consejos, pues estoy haciendo mi penitencia. – le dijo suavemente.
-Pues será por los pecados que ya cometiste, porque ése que estás pensando en cometer ahora es el más grave, el más mortal de todos. – el padre no se rendía, seguía enfrentándola.
Kaoru frunció el ceño, confundida. Lo único que ella quería era incomodar al Santo, no matarlo ni nada por el estilo.
-¿Cuál? – quiso saber.
-Desencaminar al Santo y querer corromperlo. – respondió el padre Anji con furia - ¡Es lo que quieres: que el Santo caiga en la tentación! Te estás valiendo de todos los trucos para que él desvíe su mirada de Cristo y la pose sobre ti.
Kaoru no podía creer lo que oía. Jamás se le hubiera ocurrido hacer algo así adrede. Ella era prostituta, sí; pero los hombres que iban a ella lo hacían voluntariamente, ella nunca se hubiera atrevido a forzar a nadie a nada que no quisiera. Y menos a un sacerdote. En este caso, un casi sacerdote.
-No… - musitó.
-Estás ofendiendo a Cristo. – seguía atacando el padre.
-¡Pues él es orgulloso y se cree mejor que todo el mundo! – se defendió ella, enojada. Estaba cansada de que la gente pensara lo peor de ella - ¡Más hijo de Dios que todo el mundo! ¿Acaso sólo por ser Santo tiene derecho a pisotear a las personas?
-¡Es su deber humillar al demonio!
-¡Yo no soy un demonio!
-¡No lo percibes, pero el demonio comanda tus pensamientos y acciones! – exclamó el padre - ¡Y todavía tienes la cara de venir a presentarte en la casa de Dios! ¡A querer corromper al Santo!
-¡Dios sabe que nunca quise hacerle mal a nadie! – gemía Kaoru, con sus ojos llenos de lágrimas - Y si alguna vez hice mal a alguien, no fue a propósito.
-Arrepiéntete ahora, porque después de la muerte ya no hay marcha atrás. – le advirtió el padre Anji - Así que empieza a llevar ahora la vida que desearás haber llevado cuando mueras.
-Yo…yo… - balbuceaba ella.
-Desiste de Kenshin. – le pidió - Hija mía, ofrécele tu amor a otro hombre que no esté comprometido con Dios.
La confusión ya no le cabía a Kaoru en el cuerpo. Ella no quería seducir ni enamorarse de nadie. Ella sólo se reservaba para el hombre de su destino, ése que tenía que aparecer con su zapato.
-¿Amor? – preguntó ella - ¿De qué está hablando?
Y ese fue el abrupto fin de la conversación, pues en ese momento llegaba Kenshin con su pequeña Biblia a orar en el templo, encontrándolos enfrascados en una discusión. El padre Anji permaneció impasible y Kaoru se volvió a verlo aterrada. El joven Santo se aproximó a ellos.
-¿Me viniste a buscar? – le preguntó a Kaoru, medio temeroso, medio ansioso.
-¡No! – le gritó Kaoru, haciendo eco por toda la capilla - ¡Vengo a decirte que no te quiero en mi misa! – y salió huyendo de allí.
Kenshin no entendía por qué estaba tan alterada, aunque sospechó que el padre Anji tenía algo que ver. El sacerdote lo miró severamente y lo arrastró a su celda para ayudarlo con el equipaje, y así poder largarse de ese lugar. Abatido, Kenshin no pudo hacer más que obedecer.
Una hora después salieron para Otsu.
Mientras salía corriendo del convento como diablo que huye de la cruz (muy conveniente el dicho), la cabeza de Kaoru daba mil vueltas debido a las acusaciones del padre Anji. Y no sólo eso la molestaba, sino que su mente estaba empezando a hilvanar hechos que no le hacían ninguna gracia.
El hombre de su destino. La Noche del Exorcismo. El zapato perdido esa noche. El hecho de que nadie apareciera para devolvérselo y sacarla de la Zona Bohemia. Si las cosas se tenían que dar así, entonces el hombre de su destino era un cobarde. Un cobarde o un…
O un sacerdote…
La joven se sonrojó violentamente. ¡Pero si ella odiaba a ese Santo! ¡No podía ser él! Es cierto que le parecía un joven sumamente atractivo, y de no ser seminarista hasta coquetearía con él. Pero también era innegable esa sensación en el pecho cada vez que pensaba o hablaba de él, una sensación que nada tenía que ver con odio o desagrado, como sí le pasó con Enishi y tantos otros. Kaoru tuvo que admitir que desde un primer momento se sintió atraída por él, pero siempre ignoró ese sentimiento.
¡Pero no podía ser él! ¿Por qué él?
Tomó un taxi y fue derecho a hacerle una visita a la única persona que le podía dar una respuesta en ese momento.
Al llegar al lugar y bajarse del taxi, Kaoru miró con atención la casa de Madame Ikumatsu. Ahora todo dependía de lo que le dijera la vidente.
Para su fortuna, y desgracia también, la mujer salía de su casa en ese preciso momento, a las corridas y con una valija. Kaoru percibió que tenía que apresurarse a disipar sus dudas.
-¡Madame Ikumatsu! – la llamó corriendo hacia ella.
-¡Estoy saliendo para Kobe! – anunció la vidente - ¡Así que no atiendo!
-¡Por favor! – rogó al chica.
-Tenme esto. – le puso la valija en las manos para que se la atajara mientras ella buscaba en su cartera - ¿Será que tengo todo?
-Madame Ikumatsu, yo…
-¡Lo encontré! – exclamó ella triunfal, con su pasaje en la mano - En serio, no te puedo atender. – le dijo - ¡Taxi!
-¡Madame Ikumatsu, nadie apareció para devolverme mi zapato! – se apresuró Kaoru en hablar, desesperada, mientras la mujer se subía al taxi - No apareció nadie en mi vida.
Madame Ikumatsu la miró con expresión divertida.
-Pues estate feliz, el hombre de tu destino llegó. – le dijo.
Fue un instante de silencio en el que el corazón de Kaoru latía a mil por hora, y ella podía sentir perfectamente sus latidos, como unos tambores golpeados violentamente.
Así que las cosas eran así…
-¿Es él? – quiso saber - ¿El Santo? – aunque ya suponía la respuesta.
-Es él… - le confirmó ella - Búscalo y dile que lo amas – luego se dirigió al taxista - ¡Vamos!
Y Kaoru se quedó sola, perdida en sus pensamientos.
Y sintió que todo era una injusticia. Si fuera casado o comprometido, hasta podría tener una oportunidad, por más que no era adepta a ser la tercera en discordia. Pero su disputa era la más desigual del mundo. ¡Disputaba el amor de un hombre con Jesucristo!
Ella, que nunca había amado a un hombre en su vida, novios sí tuvo, pero no tuvo primer amor, no tuvo amor alguno, ahora se daba cuenta de que sólo sintió amor por Kenshin cuando lo vio en la Noche del Exorcismo, y pensó: Kaoru, toda tu vida fue una mentira, pero ahí está, delante de ti, tu verdad: ese sacerdote es el hombre de tu vida, y ciertamente nunca lo tendrás, pero él es tu única oportunidad de amar a alguien porque, fuera de él, nada bueno sucederá en tu vida; ella, que nunca supo qué era el placer sexual, que hacía a los hombres subir por las paredes y conocer el paraíso, pero sin encontrar el suyo.
Ella, que veía como mínimo a treinta hombres por día, a partir de las 3 de la tarde, siendo que una vez 77 hombres pasaron por el cuarto 304; haciendo cuentas: 12 mil hombres, 15 mil, 20 mil hombres, como cifra posible, y nunca sintió nada, ella fingía, besos fingidos, orgasmos fingidos, alegría fingida; y supo que su única oportunidad de saber lo que una mujer sentía al hacer el amor con el hombre que amaba era ganando la disputa con Jesucristo.
-Entonces tengo que tomar una decisión. – se dijo tristemente.
En Otsu, el padre Anji todavía encontraba resistencia en Kenshin, ya que éste no quería dejar sola a su madre, quien casi se desmayó al saber que se iría tan lejos.
-¿No vas? – se sorprendió el padre.
-No puedo abandonar a mi madre. – expuso Kenshin gravemente.
-¿No vas por tu madre o por aquella camelia? – inquirió el sacerdote, molesto.
-No diga eso, padre. – se angustió el Santo - Ya le prometí que no me volveré a acercar a ella.
-¡Pero si ella fue al convento a pedir una misa!
-Que haga lo que quiera, pero a mí no se me acerca. – dijo él, esperanzado.
-Ella te transformó en otra persona…
-¡No, padre! – exclamó el pelirrojo - ¡Sigo siendo el mismo!
-Sí, claro, sigues siendo el mismo con ese libro; y sigues pensando en ella… - dijo el padre mordazmente. Kenshin entendió perfectamente a qué libro se refería; era obvio que lo había abierto y encontrado el zapato de la pecadora dentro.
Prefirió seguir haciéndose el tonto.
-¡Claro que pienso en ella! – se justificó - Quiero que sea mi primer milagro.
-Piensas tanto en ella que cada vez que sales a la calle, la ves en otras mujeres. – acusó el padre.
-¿Cómo lo sabe? – quiso saber Kenshin, angustiado.
-Cómo no percibirlo… - suspiró el padre Anji - Ahora Dios te da otra oportunidad de escoger entre él y la vida mundana. – y agregó con autoridad - ¡Escoge!
Y el joven seminarista pelirrojo se estremeció al pensar que no tenía alternativa. Bajó la vista para que su mentor no viera sus ojos angustiados y murmuró, para alegría del padre:
-Iré…
