Capítulo 11: Vanessa Doofenshmirtz
Perry nunca creyó que algo como esto podría pasar, tampoco pensó que sufriría por ello, pero así era. Ahora no tenía idea de cómo seguir o qué hacer. Él simplemente se había quedado allí, acostado en el suelo, cerca del cuerpo inerte de quien alguna vez fue su enemigo. Vanessa, en cambio, estaba sentada en una esquina, abrazando sus rodillas, en tanto lloraba e intentaba ahogar su dolor.
Su mente le gritaba que se fuera, que era muy peligroso quedarse aquí, porque más androides podrían aparecer; pero él no quería moverse. Por más arriesgado que fuera él deseaba quedarse, aunque no sabía exactamente la razón de aquel deseo. Tal vez se debía a su dolor o quizás porque, una parte de él, todavía no aceptaba su reciente perdida. Tal vez tenía miedo, pero... ¿miedo a qué? ¿Al destino? ¿A la tragedia? ¿A estar solo en un mundo nuevo, cruel e inseguro? No, él no podía tener miedo, debía tratarse de otra cosa.
Tal vez era la simpleza del dolor que sentía, quizás se debía a que su mundo se había derrumbado por segunda vez. Su mundo que, durante un mes, había constado únicamente de las cuatro paredes de ese apartamento y de... su difunto "enemigo". Su mundo que ahora se había perdido en un charco de sangre y un mar de lágrimas, pero debía seguir. Ahora ya no estaba solo, ahora no debía preocuparse sólo por sí mismo, había alguien más: Vanessa; y existía el recuerdo de una promesa: protegerla.
Perry se levantó, limpiando las últimas lágrimas de sus ojos. Ahora no tenía tiempo de llorar, lo haría después. En estos instantes sólo importaba mantenerla a salvo, tal y como lo había prometido. Se acercó a ella y colocó una mano en su hombro, intentando llamar su atención. Vanessa levantó la vista, sólo para ver al agente.
—Oh, Perry, voy a extrañarlo tanto —murmuró, antes de abrazarlo.
Él simplemente le devolvió el abrazo. También lo extrañaría, aunque no pudiera decirlo en voz alta. Después de unos momentos Vanessa lo soltó, lo miró a los ojos, buscando algún mensaje escrito en ellos y, para su suerte, lo halló; pero no le gustó en lo más mínimo: Tenemos que irnos.
—No —respondió ella—. No puedo.
El agente continuó observándola, anunciando con la vista todo lo que él no podía decir. También le dolía, a pesar de que no debería ser así; pero todo aquel dolor no le impedía ver lo que era más que obvio, tenían que seguir, era muy peligroso estar aquí. Vanessa, al ver aquello, intentó dejar de llorar, limpió algunas gotas saladas de su rostro y se puso de pie. De pronto miles de pensamientos y recuerdos llegaron a su mente y en una fracción de segundo recordó una cosa: su familia. Ella tenía una familia, ¿cómo podía olvidarse de eso? Tal vez el dolor del momento había nublado su pensamiento, pero eso no justificaba nada.
Perry la observó durante un tiempo y le llamó la atención el hecho de su repentino sobresalto. Sin embargo, decidió que era mejor no preguntar, porque no tenían tiempo, pero sobretodo porque no tenía manera de hablar.
—Está bien —dijo Vanessa—. Tenemos que irnos.
Él asintió, sin embargo, antes de irse, se encaminó hasta un mueble. Abrió un cajón y buscó los planos, pero sólo encontró un sobre manila, que tenía una palabra escrita: Perry. El agente secreto lo tomó y lo guardó en su sombrero, deduciendo que allí se hallaban los planos, después de todo, no había nada más en aquel cajón. Después ambos, Perry y Vanessa, se encaminaron hasta la puerta; pero antes de salir, la mujer observó el reloj, eran las nueve con veinte minutos de la mañana.
—En diez minutos los robots irán al piso quince para permitirme ver a mi padre —dijo con melancolía—. Escóndete en el departamento vacío.
Perry la observó nuevamente, preguntando con la vista si estaba segura de esto. Él no quería arriesgarse ni ponerla en peligro.
—Créeme —continuó—. Sé lo que hago.
Él suspiró con frustración, antes de acatar la orden, mientras Vanessa se encaminó al nivel quince para fingir que continuaba esperando. Perry ingresó al apartamento que antes perteneció al doctor Brandon. Aquél lugar lucía ófrico y descuidado, en el piso se hallaba una mancha de sangre y en las paredes estaba escrita una sola palabra que se repetía, llenando todo el espacio posible: "libertad"
Caminó hacia la ventana, decidido a evitar ver las paredes otra vez. Posó sus manos en las rejas, pero al hacerlo, el dolor en el brazo izquierdo retornó. Se sostuvo el miembro herido durante unos instantes, inspeccionando su estado, sólo para hallar que la herida sangraba levemente. Sin tomarle mucha importancia, se limitó a ver el cielo; sin embargo, no halló el celeste claro que lo caracterizaba. Todo lo contrario, el cielo estaba nublado y ófrico, lucía tan deprimente como su estado de ánimo.
Escuchó voces y pasos que se hacían más fuertes. Entonces decidió esconderse.
—Verá a su padre, en cuanto verifiquemos un asunto —dijo un ser de metal.
—De acuerdo, puedo esperar.
Perry caminó hasta la puerta, intentando no ser visto, pero al mismo tiempo, observar lo que ocurría. De esta forma, si en algún momento Vanessa corriera peligro, sería más fácil salir y protegerla. Gracias a ello, logró observar que los robots ingresaban al departamento.
—¿Qué paso aquí? —preguntó un androide
—¡Papá! —gritó Vanessa, fingiendo que no sabía nada.
Sin embargo, los robots no le permitieron acercarse. Mandaron traer una camilla, para llevar el cuerpo e incinerarlo. Perry vio, por última vez, a Doofenshmirtz y no pudo evitar que las lágrimas volvieran a presentarse. Casi al instante un trueno se escuchó y luego el sonido del caer de las gotas de lluvia. Casi parecía que el cielo lloraba con él.
Mientras los robots bajaban las escaleras, Vanessa se encaminó al departamento.
—¿Perry? —llamó.
El agente secreto salió de su escondite.
—Debes salir del edificio —dijo, cuando lo vio—. Espérame en el callejón de la calle cinco.
Antes de que Perry pudiera hacer algo, Vanessa corrió para alcanzar a los androides. Él suspiró con frustración, se suponía que debía protegerla, ¿cómo haría eso si se hallaba en un callejón a varias cuadras de distancia? No obstante, hasta ahora no la había visto correr ningún riesgo, al parecer los androides creyeron aquella historia.
Salió del departamento y bajó las escaleras, hasta que halló la puerta principal que conectaba con el exterior; sin embargo, no se fue del edificio. Él se escondió, buscó a Vanessa con la vista y para su suerte la halló. Los seres de metal estaban hablando con ella, en tanto la mujer se limitaba a asentir. Tal vez era mejor que se fuera, después de todo, si lo encontraban sería peligroso... para ambos. Y él no quería que aquella escena en el departamento se repitiera, tampoco deseaba que alguien más perdiera la vida.
Perry ingresó al callejón, el lugar no era exactamente lujoso, más bien parecía un depósito abandonado y olvidado o tal vez era un basurero. Sin embargo, la suciedad era lo que menos le importaba en estos momentos, tenía cosas más relevantes en las que pensar. La lluvia caía con más fuerza, estaba mojándose, pero aquello no le preocupaba. Había estado bajo la lluvia tantas veces antes, que ahora ni siquiera le molestaba. Al menos el agua lavaba su pelaje y de esta forma ya no estaría manchado con sangre.
Su rostro estaba empapado, pero no por el agua que caía del cielo, sino porque continuaba llorando, aún le dolía la partida del doctor. Comenzaba a cuestionarse el por qué de tanto dolor, pronto entendió que no había perdido a su enemigo, sino... a su mejor amigo. Aunque nunca lo admitiría en voz alta.
Su mente se empeñaba en recordarle las semanas que pasó con Heinz, las cosas que hacían para divertirse, las historias que le relató. Se acordó el día en que lo conoció, la vez que fue de compras con él, cuando reconstruía el inador para que sus dueños volvieran a ser divertidos. Sonrió, tal vez el afecto que le había tomado era más viejo de lo que pensaba, sólo... que nunca se había percatado de aquello.
Finalmente recordó que lo salvó dos veces y que murió por consecuencia. Sintió rabia, pero no contra los robots, sino contra sí mismo. Ira... por no haber podido evitar su muerte. Su mente continuó susurrándole, una y otra vez, que esto era su culpa; pero él ya no lo soportaba más, no podía seguir escuchando aquella voz. Golpeó algunas cajas para desahogarse, rompió varias, pero era inútil. Nada podía hacer que se sienta mejor, nada podía aliviar su culpa. Se acurrucó en una esquina y dejó que la lluvia continúe mojándolo. Al menos no era el único que lloraba, al menos el cielo también lo hacía.
El tiempo transcurrió en silencio, en tanto él se lamentaba y dejaba que sus tormentos afloren con libertad. Finalmente, después de lo que parecía una eternidad, la lluvia comenzó a caer con menos intensidad y el silencio fue interrumpido por el sonido de pasos.
—¿Perry? —Era la voz de Vanessa—. ¿Estás aquí?
Trató de secarse las lágrimas, pero obviamente eso no bastaría para fingir que no estaba llorando. Entonces bajó su sombrero para que le cubriese los ojos y acudió al lugar donde Vanessa se encontraba.
—Ahí estás —murmuró cuando lo vio—. Por un momento creí que te fuiste.
Perry negó, antes de notar que ella tenía los ojos rojos, al igual que él, y en la mano derecha sostenía un saco. La mujer lo observó por unos momentos, en tanto secaba algunas lágrimas. Después decidió hablar.
—¿Estás herido? —preguntó.
Él no sabía cómo responder. Sí, estaba herido, pero no le tomaba mucha importancia y no entendía el por qué de su pregunta. Después de un tiempo asintió y simplemente mostró su brazo, para indicar donde se hallaba la herida; pero también, para que viera que el sangrado se había detenido.
—Bien, iremos a mi casa —dijo Vanessa—. Allí desinfectaremos esa herida, te daré algunos víveres y podrás continuar con la búsqueda de tus dueños.
Perry negó, antes de sacar su libreta, escribir, arrancar una hoja y entregársela: No es necesario. Mi herida ya no sangra, puedo continuar su búsqueda ahora mismo.
—Pero puede infectarse, además es probable que demores en encontrarlos.
Él suspiró y negó nuevamente, después escribió otra nota: Tu padre me dio un aparato que me ayudará a hallarlos rápido.
—Pero la ciudad es grande —objetó ella—. Quizás tardes en llegar a dónde se encuentran.
Perry la observó durante unos momentos, sin comprender por qué quería ayudarlo. Entonces decidió escribir aquella duda: ¿Por qué quieres ayudarme?
Vanessa se sorprendió al leer aquello, sin embargo, decidió responder.
—Mi padre me lo pidió antes de morir.
Él se sobresaltó, no podía creer aquello. ¿No le pidió exactamente lo mismo a él?
—Lo sé —dijo—. Te hizo prometer lo mismo.
Perry bajó la cabeza. Al parecer logró leer sus pensamientos. Tomó su libreta y volvió a escribir: Pero su muerte fue culpa mía.
—No, claro que no —respondió ella—. Estabas acorralado no podías hacer nada.
Él, sin embargo, no creía aquello. Su muerte había sido culpa suya y nadie podría borrar ese pensamiento de su cabeza. Vanessa notó eso, entonces decidió hablar, nuevamente.
—Escucha, Perry —dijo—. Papá corría peligro desde que te alojó en su departamento, pero a él no le importaba. De hecho no lo veía tan feliz desde hace veinte años.
Perry levantó la vista inmediatamente, al hacerlo Vanessa logró ver sus ojos y notar que había estado llorando, al igual que ella. Sonrió para sus adentros, en el fondo ella siempre había sabido que Perry le tenía aprecio a su padre.
—Hace veinte años, cuando le avisaron a papá que desapareciste, él se desesperó —continuó—. Yo estaba en mi habitación, hasta que escuché gritos y luego el sonido de un portazo. Entonces salí, para ver lo que pasaba; pero sólo logré ver a mi padre corriendo de un lado a otro. Le pregunte qué ocurría y él sólo me dijo que me lo explicaría después, que ahora debía salir a comprar algunas cosas. De camino al centro comercial, me contó que te perdiste y que el Regurgitador estaba libre y lo buscaba. Le pedí que buscara protección, pero se negó. Cuando le pregunté la razón de aquello, simplemente dijo que tenía que buscarte.
Vanessa tomó aire antes de continuar.
—Estaba tan preocupado que no quise contrariarlo más. Fuimos a varias tiendas y compró varios objetos para la construcción de un submarino. Lo vi tan triste y angustiado que me sentí mal, y lo ayudé. Fue la primera y única vez que ayudé a mi padre con uno de sus proyectos —dijo—. Pasamos todo el día en el submarino. Papá exploraba el mar con el radar y yo me limitaba a intentar animarlo. Cuando la noche llegó volvimos a su edificio, pero papá no podía dormir. Oí que andaba por todo el departamento. A las cinco de la mañana escuché que se salía, entonces fui con él. Volvimos a pasar todo el día en el fondo del mar, ello nos acercó como padre e hija. Después retorné a casa de mi madre, pero no podía dejar de pensar en él, así que volví al día siguiente. Estaba a punto de tocar la puerta de su departamento, hasta que se abrió por sí sola. Vi que sostenía algunas maletas y otras cosas, entonces le pregunté qué hacía y él sólo me dijo que estaría en el submarino hasta encontrarte.
Perry se sorprendió, él no sabía eso, tampoco había esperado algo así.
—Intenté detenerlo, pero no lo conseguí. Él me dio un aparato para comunicarme con él y se marchó. —continuó—. La primera vez que le llamé, mencionó que perdió los planos de todos sus inventos, era probable que los dejara en la calle cuando habló conmigo. Hablaba con él de vez en cuando, siempre lo escuchaba preocupado y con la misma noticia: todavía no te encontraba. Casi tres semanas después de que mi padre se fue, empezó la invasión de Danville. Edificios robots gigantes aterrorizaban las calles, acompañados por robots liliáceos. De inmediato reconocí que eran inventos de papá así que lo llamé, pero sólo conseguí decirle lo que ocurría y él prometió que vendría.
—Pasé días esperándolo pero no llegaba. Finalmente me capturaron a mí y a mamá, sin que pudiéramos evitarlo. Nos clasificaron de acuerdo a nuestras capacidades. Algunos edificios se transformaron en fábricas y ya que no tenía talento para la ciencia me asignaron para trabajar en una de esas fábricas. Pasaron semanas, hasta que un día me llevaron al edificio que antes perteneció a mi padre, allí me reencontré con él. Me dijo que tardó en llegar porque estaba demasiado lejos, pero que lo capturaron en cuanto tocó el puerto de Danville. Tuvo ciertos problemas, sin embargo, logró que le permitieran verme. Pero... él todavía estaba muy triste, porque no logró encontrarte, más aun, él creía que estabas... muerto y se lamentaba por eso.
Perry tomó un tiempo para pensar, al parecer ahora se habían invertido los papeles.
—Creí que iba a olvidarse de ti, pero… —continuó–. Un mes después volví a visitar a papá y los robots me anunciaron que padecía de alucinaciones, dicen que a veces gritaba: "Perry el ornitorrinco" o despertaba gritando. Hable con él, me contó que tenía pesadillas, se sentía culpable por toda la invasión de Danville, por no haberte encontrado y sobretodo se sentía muy solo. Expliqué todo esto a los robots y desde entonces me permitieron visitarlo dos veces al mes. Sin embargo, algunas veces encontraba la puerta abierta, ingresaba sin tocar y encontraba a papá hablando con, lo que él llamaba, Perry el ornitofinjo —suspiró—. Tiempo después, encontré planos de una máquina de clonación. Le pregunté qué haría con ella y dijo que estaba pensando en clonarte. Me enfadé con él y le expliqué que era peligroso, al final logré hacerle entender que no era lo mejor. Cuando te alojó, lo vi muy feliz, otra vez se comportaba como hace veinte años. Al parecer llenaste un vacío que tuvo por mucho tiempo.
La lluvia se había detenido totalmente, pero el cielo aún continuaba nublado, aunque eso no tenía importancia. El silencio se impuso por unos momentos, en tanto Perry asimilaba lo que había escuchado y Vanessa pensaba cómo continuar. Finalmente ella se agachó, para estar a la altura del agente.
—Fuiste el mejor amigo de mi padre, ¿ahora entiendes por qué quiero ayudarte?
Perry asintió levemente.
—¿Aceptarás mi ayuda?
Volvió a asentir, a pesar que todavía temía ponerla en riesgo al aceptar su ayuda.
—Hey —dijo ella—. Si logras volver en el tiempo nada de esto ocurrirá, ni siquiera la muerte de mi padre –Sonrió levemente ante esta idea—. Bien –Vanessa abrió la bolsa o saco que sostenía—. Entra.
Él se extrañó, no esperaba aquello.
—Es la única forma de llevarte a mi casa sin que te vean —objetó Vanessa.
Aquello le era muy semejante a lo que tiempo atrás hizo Jacob. Un día trajo un maletín lo abrió y dijo: entra. Sonrió levemente ante esta idea. Por cierto, ¿qué sería del profesor? No había tenido tiempo de pensar en él, seguro estaría bien, después de todo, se hallaba a muchos kilómetros de distancia del infierno en el área limítrofe.
Ingreso al sacó y Vanessa comenzó a caminar. El dolor en el brazo persistía, pero él sólo pensaba en Heinz, todavía le dolía mucho su partida y, a pesar de las palabras de Vanessa, continuaba sintiendo un poco de culpa. El viaje fue largo, tanto que tuvo tiempo para pensar. No quería arriesgarla, tal vez era mejor irse cuanto antes.
—Perry, ya llegamos —abrió la bolsa.
Salió, y pudo observar que se encontraba en la acera de la casa amarilla, que aparentaba tener un cierto aire familiar, pero que semanas antes inspeccionó y concluyó que estaba abandonada.
—Ésta es mi casa —dijo—. Mi esposo siempre sale a recibirme, así que es mejor que nadie te vea. No quiero tener que explicar todo lo que pasó, porque mi esposo y mis cuñados se angustiarían y no deseo que eso suceda.
Él asintió, lo comprendía.
—Espera aquí hasta que entre a mi casa, luego ve al patio de atrás, localiza la puerta trasera y espera allí, hasta que yo la habrá.
Asintió y observó que Vanessa se encaminaba a la puerta. Perry sentía un toque de curiosidad por saber quién era su esposo. Había conocido a tres pretendientes, pero no sabía quién finalmente ganó su mano y se convirtió en el nuero de Doofenshmirtz. Entonces se asomó desde su escondite. Un poco de curiosidad no mataba a nadie ¿verdad? Ella llegó hasta la puerta, pero cuando se disponía a tocar, un hombre de aproximadamente 30 años y cabellos verdes abrió la misma.
—Hola, Ferb —saludó Vanessa—. Perdona la tardanza.
Continuará…
