Tras mucho tiempo, os traigo...esto. Sí, esto, porque es tan corto que no merece ser llamado capítulo D: Además, debo admitir que no me ha gustado demasiado el resultado; me esperaba que me saliera algo mejor. En fin, vosotros juzgaréis. En cualquier caso, las malas noricias son que estoy a punto de entrar en época de exámenes. Y eso más la Selectividad y más irme todo julio de viaje supondrá que es poco probable que actualice hasta agosto, me temo. Lo siento, tendréis que esperar.

¿Disfrutad? Eso espero D:


Capítulo 11: Memoria

Celtiberia dormía plácidamente abrazada a un cervatillo, bajo la refrescante sombra de un roble. A su padre le enterneció la escena y decidió no despertarla (ni al cervatillo, ya de paso) todavía. Cuando la niña comenzó a desperezarse se abrazó con más fuerza al animalito de manera inconsciente, atraída por el calorcito que desprendía su cuerpo. El cervatillo se despertó, alarmado por haber empezado a quedarse sin aire; se sacudió, despertando completamente ala pequeña nación y echó a correr hacia donde se encontraba su madre. Celtiberia sacudió la cabeza, aún algo confusa, y vio a su padre sonreírle.

—Buenos días—en realidad era media tarde

—¡Buenos días! —sonrió ella.

Celtia se acercó y comenzó a quitarle las ramitas, hierbas y hojas de la cabeza. No podía evitar mimarla y protegerla. Le resultaba tan increíble que fuera su hija. Ahora comprendía mejor a los humanos. Por eso no quería decirle lo que debía decirle. Pero tenía que hacerlo. Suspiró y le revolvió el pelo cariñosamente.

—Tengo que hablar contigo—le comunicó.

Celtiberia percibió el tono serio de su padre. Igual había una guerra. Se sentó para escucharle.

Y Celtia le habló de los Oscuros, de la magia, de cuando era pequeño, de las predicciones, del amuleto de que era la única esperanza que les quedaba a las naciones y, por tanto, al mundo. Porque los seres humanos no podían vivir si no se encontraban formando parte de un grupo, de una nación. Y aunque, ciertamente, la desaparición de los humanos no significaba el fin del mundo, ya nada sería igual.

—Tienes que pensártelo porque…—se trabó. Permaneció en silencio algunos segundos, mordiéndose el labio. Era tan cruel…Su hija le miraba, decidida a aceptar—…porque para poder proteger a las otras naciones tienes que aprender muchas magias para defenderte, tienes que ir a sus casas para aprender los patrones de los Oscuros (ya que, como te dije antes, tienden a cambiar ligeramente según la nación). Y para conseguir ir a sus casas sin problemas, tienes que aprender el idioma que se habla, y si puedes, aprender el acento también. Y para estar segura de que ellos…no te hagan daño por ir a sus casas no puedes…—«Venga, Aius, dilo»—…no puedes existir. No para ellos.

No dijo nada más, y le pasó el brazo a su hija por el hombro, intentando tranquilizarla. Se había puesto pálida al oír las últimas palabras y estaba asustada con razón. No existir internacionalmente era casi sinónimo de estar muerto para una nación.

—Piénsatelo, no tienes por qué aceptar—le dijo su padre.

Ella asintió.


Celtiberia aceptó. No quería que ninguna nación muriera por su egoísmo. No ahora que sabía que podía salvarles. Aceptaba, con todas sus consecuencias. Su padre asintió al saberlo. Nunca supo si había sido una buena o una mala noticia.

Celtia y Celtiberia se sentaron frente a frente. Al lado de Aius había un cuenco con tinta.

—Para poder reconocer los patrones de los Oscuros con rapidez, lo mejor es no olvidar. El día que creamos este amuleto—Aius le enseñó el pendiente—, también hechizamos esta tinta. Cuando te haga un dibujo en la cabeza con ella, ya nunca podrás olvidar nada. ¿Segura? —le preguntó. Tenía la esperanza de que su hija se retractara, aunque no tenía muy claro por qué, si eso resultaría nefasto para ellos.

Celtiberia asintió. Aius, pues, procedió a cortarle el pelo en ciertas zonas y a dibujarle un símbolo en la cabeza. Cuando la tinta se secase, no se borraría jamás. Y ese tipo de conjuros funcionaban hasta que dibujo se borraba o dañaba considerablemente. Cuando Aius terminó, ambos se fueron a dar un paseo. Aius le comentó a su hija que Iberia le enseñaría a luchar. Celtiberia asintió, un poco extrañada; el conjuro ya debería estar haciendo efecto y no notaba ningún cambio.

Fue al día siguiente cuando los percibió. Se acordaba absolutamente de todo, como si lo estuviese viendo en ese instante: los lugares que había visitado, qué árboles había, la forma de las hojas, las palabras de su padre. Todo. El primer día le gustó. Una semana más tarde lloraba debido a las monstruosas migrañas que la atacaban. Llegó incluso a desmayarse; pues su cerebro se mostraba incapaz de asimilar tanta información. Y lo peor era que sus padres no podían consolarla porque las alegrías intensas también contribuían a su inestabilidad emocional. Sólo después de varios meses se acostumbró y volvió a comportarse como antes.

Aunque sonreía un poquito menos y todo le era un poquito más indiferente.


—Los símbolos expresan más que las palabras, los símbolos expresan nuestros pensamientos más profundos, los símbolos muestran lo que no somos capaces de expresas con claridad—Se notaba que Celtia estaba emocionad, pocas veces se mostraba tan hablador—, por eso los símbolos son magia; y para realizar magia, debes trazar un símbolo.

Celtiberia asintió. Era la segunda vez que su padre se lo decía. Parecía haberse olvidado de la memoria superior esa que ella tenía; o en lo que demonios se hubiese convertido su cerebro.

—Este es lauburu— Aius le mostró el símbolo—, canaliza la energía y también la magia. Dado que vas a aprender varias magias, puede servirte para controlarlas mejor si te lo tatúas en lugarse concretos. Esta otra es la cruz celta, un conjuro protector. Cuanto más complejo es el dibujo, protege de conjuros más poderosos. Es difícil que una nación mágica te ataque pero—Celtia suspiró— nunca se sabe. Y esta es la triqueta, simboliza la vida, la muerte y el renacimiento; así como la tierra, el agua y el fuego. Puede ayudarte como soporte para otras magias.

«La magia céltica es una magia pasiva, no ofensiva» fue lo primero que pensó Celtiberia. Se sintió un poco decepcionada, pero su padre la puso a dibujar enseguida, de manera que no pudo distraerse demasiado.

Pasar las mañanas aprendiendo magia con su padre, así como las propiedades mágicas y, por qué no, también curativas de ciertas plantas (como el roble y el muérdago) y aprender a comunicarse con animales; Y las tardes con su madre sobre cómo pelear, se convirtieron en rutina. Celtiberia tardó cinco años en aprender la magia ya que, si bien se aprendía los símbolos con rapidez; era muy diferente dibujarlos a dibujarlos con su efecto mágico (el cual, encima, suponía un gasto energético) Y, sobretodo, lograr que el efecto fuese permanente con el dibujo; y no que durase tan sólo cinco segundos.

Cuando sus padres consideraron que ya estaba preparada, la enviaron a casa de su siguiente tutor:

Roma.


Pues eso, hasta pronto, espero.