XI
Salieron en la noche del siguiente día, con la excitación que deparaba la aventura y el regreso de su equipo apenas si era posible dormir y estar tranquilo. Si todo era favorable podrían llegar al paso en dos semanas y, tomando en cuenta que en el paso el clima es torrencial, lo mejor sería atravesarlo a galope en el alba pues, si el clima los sorprendía cuando el sol se ocultara en el extenso océano, podrían separarse con el traicionero ambiente y perderse era impensable. Sólo fueron Celestia, Luna y Sombra. En esta ocasión Hooves no los acompañaría. Ante la amenaza, lo mejor era que él, como cabecilla de la fuerza militar, se quedara para resguardar el reino. El rumor de la guerra iba acrecentándose, en cualquier momento el peso de la furia llegaría. Valeria desde ese momento usó su magia y encerró al reino en una cúpula, desde el momento en que salieran los tres, nadie más saldría ni nadie más entraría si no es por una razón directa de Valeria. El propósito de recolectar comida sería para prevenir escasez de alimentos, la provisión duraría un par de meses para abastecer a la población, mientras tanto, y sin saber el tiempo que les llevaría la misión en otro continente, era imperante prever las necesidades. Sólo si fuera necesario, Hooves iría con su escuadrón a re-abastecer las bóvedas de alimento.
Ya eran adultos, excepto Luna quien estaba cerca de alcanzar esa etapa, por lo que Hooves y la princesa Valeria tuvieron la certeza de que sería suficiente con ellos tres. No sólo era la mejor opción para no llamar la atención en su travesía, dando prioridad al tiempo, sino que eran los más capaces; los mejores del reino en cuanto a magia, fuerza, compañerismo y sagacidad. El imperio estaría prescindiendo de sus mejores cartas, pero la misión lo necesitaba. El corazón de cristal sintió su partida y, como un ser querido llora la partida y espera con ansias el regreso de su querido, así les dedicó un latigazo al cielo que desperdigó las auroras boreales para iluminar hasta donde su luz pudiera en su partida.
Esta vez no tomaron transporte, carreta, ayuda o algo que no los cansara. Irían con paso seguro y veloz pero sin prisa, debían conservar toda la fuerza para el momento en que llegaran al paso. Poco se atreven a ir ahí, dijo Sombra, y en realidad sólo irían allá por razones de gran importancia, como mi madre al buscar el Lago de los Vestigios.
-No me contó nada de aquél viaje, sólo lo que el lago le mostró. Pero desde ahí cambió mucho, nos hizo a un lado.
Los primeros cuatro días fueron especialmente apacibles. Mientras caminaban hacia el Este, hacia costas donde la arena brillaba dorada y el mar resplandecía azul zafiro, se encontraron con pastizales vastos que llegaba el momento en que parecían hundirse como un lago profundo que los arrastra al fondo sin nada más a la vista, ahogándolos en su sutilidad. La fresca caricia del viento, refrescante pero fría, turbaba su sueño. En vista de que hacer una fogata era impensable, pues en la pastura verde provocaría demasiado humo, la luz y el humo terminaría revelando su posición kilómetros a la distancia. Tuvo que pasar día y medio para salir de la espesura de aquél pastizal para luego encontrarse con campos rocosos y escasos en flora. La piedra era grisácea y la tierra tenía un color café obscuro como si estuviera húmeda, pero no lo estaba. Al cuarto día el clima se volvió mucho más frío y el viento se volvió más duro y cruel. Esta vez frente a ellos se presentó un bosque de coníferas que parecía mucho más extenso que los pastizales perdiéndose en la ladera de algunas montañas que se divisaban a lo lejos. Iban con buen tiempo, así que se permitieron ese día recolectar leña y buscar hongos, raíces y pastura que no fuera tóxica. En realidad, todo parecía ir extrañamente bien. Los tres funcionaban tan adecuadamente que parecía un acto ensayado. Dentro del bosque encontraron un pequeño lago, de no más de doscientos metros de largo. Muy quieto y con oscilaciones lentas que brillaban cuando los hería la luz en sus aguas blancas por el reflejo de la nieve. No era muy profundo. Sacaron lo necesario para acampar.
Cuando llegó la noche prepararon una fogata a las orillas del lago. La luz reflejada por el fuego parecía viajar hasta la otra orilla cual puente para cruzarlo. Con el calor provisto se sentaron a platicar, al principio los 3, pero, sin darse cuenta, lentamente fueron excluyendo a Celestia. Quizá ésta última no le importó y se retiró a leer un libro de varios que se llevó prestados de la biblioteca en su propia tienda de campaña. Sólo Sombra se dio cuenta de esto porque Luna no paraba de ver el cielo estrellado que apenas albergaba algunas nubes grises navegando y dispersándose en su acolchonada anatomía.
-Luna -Dijo, Sombra sin mirarla a los ojos después de terminar una charla animada y con un tono más serio-. Ha pasado ya tiempo desde tu encuentro con la Consciencia Lunar. Es obvio que volveremos a toparnos y esta vez puede que en una forma más completa. Sólo tú y yo conocemos el peligro que supone ¿No estás asustada por ello?
Luna sólo le sonrió y con su casco le dio un suave golpe en su nariz para reírse y soltar a correr a orillas del lago, salpicando. Luna, no estoy jugando, dijo Sombra otra vez alcanzándola. Entonces Luna se detuvo pero no volteó a mirarlo, se quedó callada.
-Somos líderes de nuestro reino. Es nuestro deber mostrar entereza aun cuando tengamos miedo. Las esperanzas de la princesa y el imperio entero están depositados en nosotros. No podemos flaquear, pero yo me siento con miedo, Luna. No sé si tú, que eres la única que puede hacer contacto con la consciencia, podrás contra todo su poder. No quiero parecer un cobarde.
-No llamamos cobardía a nuestra flaqueza porque tengamos miedo a algo. No tener miedo es tonto, ¿no lo crees? Necesitamos temer para querer vivir. Es cobardía la flaqueza sólo si no lo intentamos, pero si seguimos tratando de vencer los obstáculos… creo que a eso le podemos decir que es lo natural.- Respondió Luna, girando lentamente para mirar al rostro enternecedor de ojos grises que la miraba suplicante, iluminado por los reflejos de la luna en el agua.- Claro que tengo miedo - continuó-. Pero sé que, cuando el miedo sea tanto que no pueda ni moverme, estarás tú y mi hermana a mi lado para darme valor. ¿Estarás ahí, cierto?
Se quedaron en silencio unos segundos hasta que Luna con sus patas delanteras lo salpicó al soltar fuerza contra el suelo. El otro respondió jugando hasta que sintieron una brisa que los hizo regresar al calor de las brasas y las llamas. Philomena se sentía a gusto dentro restregándose contra el carbón enrojecido como si se rascara. Sombra sacó de su mochila un par de sábanas. Le dio uno a Luna.
-¿Qué crees que nos espere allá?- Le preguntó.
-Tengo mucho deseo de saber también. En el camino no sé qué encontremos, pero al llegar a nuestro destino nos encontraremos con los minotauros.
-¿Minotauros?- Preguntó seguido de un estornudo.
-Seres muy diferentes a nosotros, con un modo de vida muy especial, así como su carácter. Llegan a medir, por lo menos, el doble que nosotros y, según mi hermana, se rigen por el honor. Me dijo que son criaturas que se deben tratar con mucho cuidado, son en exceso orgullosos.
Luna se mantuvo meditativa.- Seguro será divertido. ¿No sientes una emoción indescriptible por todo esto?- Vuelve a estornudar.
-Claro. Pero es hora de que vayamos a dormir. Tu hermana tiene rato que se metió a su tienda de campaña. Ve a dormir, mañana continuará nuestro viaje.
Luna hizo caso, se llevó la sábana de Sombra y se fue a acostar en su tienda de campaña. Sombra hizo ademán de marcharse también, pero fingió para quedarse en la fogata un rato más. Se quedó con la sábana sobre su lomo cubriéndolo frente a la fogata, mirando directamente a las llamas que se retorcían. Su mente se obnubilaba por el miedo, la confusión y la desesperanza. Escuchó a lo lejos otro estornudo de Luna desde su tienda de campaña que ya estaba cerrada. No pudo evitar reír. Se fue a dormir.
A la mañana siguiente fueron despertados por el rumor de un sonido grave que parecía provenir del suelo. Los tres salieron casi al mismo tiempo de las tiendas de campaña. Acercaron sus orejas al suelo y sentían y escuchaban la misma vibración que provocaba el sonido. Incluso el lago creaba nuevas oscilaciones con la vibración del sonido que se podían ver a simple vista. La fogata ya tenía un par de horas que se había apagado por sí sola y quedaba sólo un pequeño hilo de humo desde la larga cola de Philomena que se durmió en su centro. Los pinos se agitaban con el vaivén del viento sin que cesara el sonido. Tiraron las tiendas de campaña, guardaron todas las cosas y no gastaron tiempo para continuar.
Esta vez tuvieron que galopar, sin saber la causa del suceso, dirigiéndose a la ladera de una de las montañas que supondría un mejor camino. Mientras galopaban el clima bajó su temperatura y en menos de una hora comenzó a nevar. Serpenteando entre los pinos que poco a poco se fueron blanqueando de nuevo dejando sus tonos verduzcos sólo perceptibles bajo las mantas blancas; usando cada vez más fuerza, volviéndose lentos, para pasar sobre la nieve que se acumuló en el camino y les impedía moverse deprisa.
Poco antes de llegar, Celestia escuchó sonidos desde alguna parte del bosque. Se detuvo tan bruscamente que Luna al intentar detenerse estuvo cerca de tropezar. Celestia se quedó callada aguzando el oído, sus orejas levantadas moviéndose de un lado a otro indagando, y con la mirada fija en una parte alejada. Entonces el sonido se hizo más fuerte y pudieron reconocer ladridos y pisadas de una manada, lobos. Corrían deprisa en la misma dirección que ellos, tan ensimismados que los primeros en pasar metros cerca de ellos ni siquiera los notaron hasta que uno pudo olfatearlos y frenó para mirarlos. De gran tamaño, de pelaje gris y ojos amarillos, se acercó con cuidado mostrando las encías y dientes embadurnados de algo que parecía tener color miel. Resina de los pinos, fue lo primero que pensó Sombra. Los otros regresaron cuando al fin pudieron detectar el olor de los equinos. La resina goteaba de las fauces del lobo con las orejas agazapadas amenazantes.
Los tres no dijeron nada, se mantuvieron quietos mientras los empezaban a rodear, olfateando. Tanteando cada pisada para acercarse a ellos con cuidado. Se acercó a oler a Celestia. El tamaño y hosco gesto en la cara de los lobos los tenían paralizados, pero Celestia se mantuvo en sus cabales. Se acercó tanto a su cuerpo que Luna y Sombra se convencieron de que encajaría sus grandes colmillos en su tierna carne. Hicieron ademán de querer hacer algo, pero Celestia les dirigió una mirada fría e imponente. El que tenía resina en la boca fue el primero en hablar.
-No, no lo son.- Calmando sus expresiones y separándose.
-¿Qué es lo que no somos?- Preguntó Celestia, recobrando el aliento.
Se empezaron a retirar caminando y ellos los siguieron. Ya no se mostraban agresivos, todos estaban respirando con dificultad. Parecía que llevaban corriendo un largo trecho hasta que los encontraron, casi sin darle importancia a su agresivo encuentro continuaron su camino.
-Metamorfos.- Respondió el lobo gris.- Su capacidad de imitar formas no funciona en los bosques y con nuestro olfato, su aroma es nauseabundo y áspero. Podrán cambiar de forma, pero a nuestros finos olfatos no pueden engañar. ¿Qué es lo que hacen ustedes aquí?
-¿A qué se debe la resina que gotea de tu boca?- Preguntó Sombra.
Lo miró con cuidado hasta que lo pudo reconocer por su cara.- Tú debes ser de la realeza del Imperio de Cristal.- Exclamó.- Yo soy Fenrir, guardián del bosque. Conocí a tu padre muchos años atrás. La resina es por haber clavado mis colmillos en los pinos, lo hacemos para protegerlos de la corrosión de las sombras. El bosque mismo se estremece por el miedo.
-Las sombras, te refieres a la Consciencia Lunar.- Dijo Luna. Fenrir asintió con la cabeza.
-Te conocemos sólo por el nombre que te ha designado la tierra misma, Selene.- Se dirigió a Luna.- Y también sabemos de la hermana de la luz y el fuego, Helios.- Esta vez a Celestia.
-¿Helios, Selene?- Dijo Celestia mientras observaba como empezaban a subir la vertiente de la ladera de la montaña. Las fuertes patas del lobo ya estaban curtidas por el esfuerzo físico constante así que aún al haber pasado un par de horas subiendo la cuesta se mantenía fuerte y sin mostrar algún ápice de cansancio. Philomena miraba constantemente a Fenrir con tanta inquietud que Celestia temía que en un acto desesperado se encendiera en llamas y provocara algún daño, asustando a los lobos.
-Hermanas que tienen la esencia más antigua. Tan separadas por la esencia como unidas por el destino. ¿Qué es lo que las trae a lugares tan lejanos?-
-Vamos aún más lejos, cruzaremos por el paso de Tydes para llegar a Anthryos.
-¿Cuándo conociste a mi padre?- Preguntó ansioso Sombra.
-¿La consciencia lunar está aquí, justo ahora?- Exclamó Luna.
-La consciencia ha causado estragos en el mundo desde que la esencia lunar bajó de donde pertenece.- No contestó la pregunta de Sombra.- Desde tiempos remotos los lobos, búhos, águilas, grifos, delfines, y algunas criaturas mágicas hemos tratado de proteger todo nuestros hogares de esa corrosión. Las canciones más antiguas narran muchos caídos por su peste, lentamente las nuevas generaciones, siglo tras siglo, se fueron acostumbrando y creando resistencia. Aprendimos que al hacer segregar resina a los árboles, la esencia que emana de ella es dañina para la consciencia lunar, por lo menos para prevenir la corrosión misma. La tierra tiembla cuando siente que la consciencia está activa. No nos permite saber si está cerca o no. Lo único que se puede hacer es morder los árboles que están en los límites del bosque.
Se escucharon aleteos descendiendo desde la copa de los árboles. Un búho nival bajó mostrando sus lechosas alas que se confundían entre la nieve y sus ojos pequeños amarillos, como los de Fenrir, dejaban una estela de luz a su paso. Los miraba muy concentrado. Se posó en la espalda de Fenrir y al erguirse su pecho se acolchó tanto que casi se escondía su pequeño pico. Poco después llegó otro, esta vez un búho barrado. Se posó al lado del nival y movían la cabeza de un lado a otro, de un ángulo a otro, para ver mejor a los tres ponies. Los ojos del búho barrado, tan negros como el azabache, parecía que devoraban todo a su alrededor. Las manchas blancas y castañas de su cara y su plumaje daban la impresión de que tenía puesta una máscara.
-¡Ah!, ¡Uh!- Dijo este último.
-¡Ah! ¡Uh-huu!- Dijo el primero.
-Ellos son: Karba y Leteo. Saluden.- Pidió Fenrir.- Ya saben quiénes son, los tres.
-¡Ah!- Giró la cabeza horizontalmente el búho nival, que era Karba.- Es la magnífica Helios, visitándonos, y la mística Selene, uh-huu.
-¡Ah! ¡Uh-huu! También es el hijo del Rey del Imperio de Cristal, ¿vienes a saber de tu padre?- Dijo el búho barrado, quien obviamente era Leteo.
-Podrán hablar de estas cosas en el camino, pasarán el paso congelado de Tydes. Guíenlos, mi manada y yo debemos seguir vigilando.
-¿Vigilar, por qué?- Interrogó Celestia.
-Se acerca algo grande.- Exclamó Leteo girando de nuevo su cabeza.
-Algo grande se acerca.- Le siguió Karba mientras sus patitas se movían sobre la espalda de Fenrir.
-Me tengo que ir. Mi manada se aleja más.- Avisó Fenrir. Los búhos se levantaron en vuelo y estuvieron a punto de posarse sobre Celestia pero Philomena, que seguía inquieta se prendió en llamas. Todos se apartaron, menos Celestia a quien la llamarada no hizo daño alguno.
-¿No le dañó? No tiene ninguna quemadura –exclamó Sombra-.
-Por supuesto que no.- Karba se posó sobre él.- Ella es la señora de la luz y el fuego de la vida, su propia esencia no puede dañarle.
-Por supuesto que no.- Le siguió Leteo, quien se posó sobre Luna.- Dueña y vigilante del día, tus fulgores revitalizan tu alma, no la amedrentan. Tu corazón es fuego puro del Sol, uh-huu.
Celestia calmó a Philomena. Fenrir ya se alejaba perdiéndose su sombra entre los pinos.
-¿Qué es todo eso de Helios y Selene?- Exclamó Celestia, extrañada.
-Después lo sabrán. A su debido tiempo.
-¡A su debido tiempo!
-La pregunta es, ¿por qué quieren cruzar a Anthryos?- Dijo Leteo.
Les explicaron todo. Los búhos se quedaron con ellos durante seis días y siete noches. Les explicaron su misión y lo ocurrido años antes. De parte de Leteo, quien viajaba por diversos lugares de Equestria, supieron que últimamente la tierra parecía caer en una enfermedad que tarde o temprano la haría decaer si no se hace algo con la consciencia lunar. Durante el trayecto, Sombra siempre se mantuvo un poco distante, molesto de que no contestaran la pregunta acerca de su padre. Luego se contuvo, y posteriormente se calmó. No sabía si en realidad querría saber, quizá sería algo que no le gustaría escuchar. Como tal, prefirió no volver a preguntar y continuar el viaje.
En la madrugada de la séptima noche debieron separarse. El clima ahí era seco, el bosque acababa y sólo se vislumbraba una tierra de hielo, sin árboles, pastura. Era la nada. Pero a sólo unas horas estarían encontrando el paso de Tydes.
Antes de separarse, y lo búhos emprendieran su vuelo de regreso, Karba le dirigió unas palabras a Sombra: "Si aún quieres saber sobre tu padre, nosotros te lo diremos. Pero quizá debas preparar tu estómago y tomar aire."
Sombra se quedó pensativo unos segundos, pero entonces asintió con la cabeza. Fuera lo que fuera, podría escuchar con el mismo aire sereno y firmeza de siempre.
"Conocemos a tu padre, el Rey del Imperio de Cristal, gracias a que un día nos protegió de la corrosión de la consciencia lunar. Fue hace mucho, cuando comenzaron a caer pueblos y ponies por toda Equestria. La consciencia comenzaba a despertar de su letargo y su miasma se extendió por todos lados. Tu padre estaba en su campaña por liberar de ese yugo tantos lugares como pudiera. Su recuerdo perduró entre nosotros y en Fenrir, a quien conoció cuando apenas era un cachorro y su padre era el guardián del bosque. Nos conmovió con su idea de querer unificar los pueblos y grupos nómadas. Pero ese ideal tú lo conoces mejor que nosotros.
Un día él vino sin nadie más y con muchas heridas. Fenrir lo cargó sobre su lomo para llevarlo a su hogar. Tenía fiebres y quemaduras que parecían comerlo vivo en su corrosión. Deliraba y decía demasiadas cosas. Nos costó poder bajar su temperatura y que recobrara un poco de sí mismo y cuando estuvo lo suficientemente sano para hablar dijo que había sido vencido por la Consciencia Lunar, en una batalla no muy lejana del bosque. Sabía lo que le esperaba, lo único que podía hacer era acudir a nosotros aunque no pudiéramos salvarlo. Durante tres semanas luchó contra temblores, escalofríos y fiebre y nosotros hicimos todo lo indecible por salvarlo."
Sombra, entendió. No dijo más.
-Él ha sido una gran inspiración para nosotros. Repetía entre sueños tu nombre y el de la princesa Valeria, le pedía perdón entre lágrimas a tu madre. Él confiaba en que ustedes dos podrían contra el mal que amenaza Equestria y liberarla también del yugo de Discord.
-¿Discord?- Dijo Celestia.
-Es el tirano del sur de Equestria.- Respondió Sombra.
-Sólo pocas culturas de contadas criaturas de linaje antiguo conocen la historia sobre ustedes dos.- Dijo Leteo dirigiéndose a Luna y Celestia.- Y confiamos en que usted- Mirando a Sombra- también tendrá un papel importante para que en Equestria reine la paz.
Se despidieron alzando las alas. Poco lo parecía, y ellos se esforzaron para que así se notara, pero con sus alas extendidas dieron la impresión de reverenciarlos a los 3. No entendían, pero sentían que su figura representaba algo demasiado importante. Algo que ellos aún no comprendían. Frente a ellos comenzaba a nacer el sol hiriendo las nubes con su tono bermellón. Estaban al filo de su destino.
