«Scars deeper than love»
Todo de Hajime Isayama.
Summary:
AU. Luego de una tragedia que cambió sus vidas para siempre, Mikasa es vendida a una casa de geishas a sus trece años de edad siendo separada del niño con el que se crió toda su vida, Eren Jaeger, solo para reencontrarse diez años más tarde, probando la fuerza de su amor y re-abriendo heridas del pasado. Eremika.
N/A: *grita por siempre* DETALLES ABAJO, AHORA LEAN Y DISFRUTEN.
—o—
Un mes después…
Aquella noche, Levi soñó con Mikasa.
A decir verdad, no podía recordar con exactitud la última vez que soñó con ella. Cuando intentas huir de un recuerdo que te persigue con dientes voraces dispuesto a devorarte, poco a poco la cacería se transforma en algo demasiado rutinario y la crueldad deja de guardar sentido. Entonces te escondes, abatido, debajo de una cueva donde la oscuridad te sumerge y la luz no puede entrar. Pero tarde o temprano, el recuerdo regresa, y ésta vez, él gana.
La luz del crepúsculo penetraba la cálida ventana de su habitación, las cortinas de seda blancas balanceándose al compás del viento primaveral, un escenario demasiado bonito y acogedor que no combinaba en lo absoluto con los dramáticos sollozos infantiles que Mikasa dejaba escapar desde un rincón de su cama, abrazando sus rodillas contra su pecho y escondiendo su pequeño rostro entre sus manos. Mikasa siempre había sido una niña pequeña, o eso era lo que Levi pensaba. No era alta, ni robusta, y no aparentaba la edad que poseía. Su cabello corto la hacía lucir aún más aniñada, y era demasiado inocente como para congeniar del todo con el resto de las niñas del orfanato, niñas que pensaban en novios y primeros besos cuando Mikasa solo deseaba jugar bajo la sombra de un árbol, atrapando luciérnagas en la noche.
Mikasa era demasiado pura para éste mundo.
Y sus lágrimas también lo eran.
A pedido de su madre, Levi había ingresado a su habitación para ver qué demonios sucedía con ella. No había querido almorzar y se había salteado el chocolate caliente que Carla preparaba para todos los niños cuando el sol se ocultaba entre el horizonte. Tampoco había querido hablar con Eren, y eso ya le había parecido demasiado extraño a Levi, así que había decidido tomar cartas en el asunto. Los caprichos infantiles no eran santos de su devoción, y no iba a dejar que su pequeña hermana permaneciera encerrada en su habitación lloriqueando todo el día como una cobarde. Los Ackerman no eran cobardes, y Levi debía limpiar el nombre de su familia antes que los niños del orfanato comenzaran a burlarse de él.
Así que entró, cerrando la puerta detrás de él, y Mikasa continuó llorando sin siquiera alzar la mirada para ver quien era. Avanzó poco a poco, casi con aburrimiento, hasta que se agachó frente a la cama, utilizando el alto borde de madera para esconder casi todo su cuerpo. Sostuvo entre sus manos la muñeca que había traído y la alzó hasta que su cabeza sobresalía por el borde de madera. Algo así como una obra de títeres.
—¿Por qué lloras?
Tal vez fue por su voz aniñada y femenina, intentando acoplarla al delicado aspecto de la muñeca, pero los sollozos de Mikasa se detuvieron casi de repente. Podía oír el snif snif de su nariz, intentando controlarse, y aunque no podía verla, supo que sus ojos se habían fijado en la muñeca que mágicamente sobresalía desde el borde de su cama, hablándole.
—¿Quién eres? —preguntó en un susurro, limpiando su nariz.
—Me llamo Kushel —exclamó Levi, hablando como una niña mientras movía un poco la muñeca con su mano—. Creo que me perdí, porque repentinamente me encontré con tu habitación.
—Las muñecas no pueden hablar —repuso Mikasa.
—¡Cállate niña estúpida! —dijo Levi—. Yo puedo hacer muchas cosas. Puedo bailar —Levi maniobró la muñeca con su mano, imitando un baile absurdo—. Puedo saltar —la muñeca comenzó a saltar—, ¡e incluso puedo cantar! Lala lalala. ¿Ves?
Mikasa comenzó a reír, y Levi sonrió.
—Levi, ya se que eres tú, sal de ahí —insistió su hermana, aún riendo.
Levi rodó los ojos.
—¡Yo no conozco a ningún Levi! —exclamó la muñeca.
Mikasa volvió a reír.
—¡Levi!
Levi salió de su escondite repentinamente, abalanzándose hacia Mikasa mientras que la muñeca se encargaba de esparcir cosquillas sobre sus costillas, el punto débil de su hermana. Ella se echó a reír a carcajadas, intentando detenerlo, su cabeza cayendo hacia atrás mientras de sus labios se esparcía vida pura, colores que llenaban la habitación de esperanza, la fuente de energía que Levi necesitaba para continuar todos los días. Su hermano era un muchacho serio y arrogante, y ningún niño del orfanato se atrevía a meterse con él. No era demasiado expresivo con sus sentimientos, mucho menos frente a otras personas, pero eran momentos como éstos, donde ambos se encontraban a solas, en los cuales Levi se permitía a sí mismo deshacerse de su coraza para que Mikasa pudiera verlo como realmente era. Un hermano mayor que habría dado hasta su propia vida con tal de ver a su hermanita sonreír.
Cuando las carcajadas de Mikasa cesaron y logró recuperar el aliento, se incorporó, sentándose sobre la cama, sus mejillas rojas como dos inmensos tomates. Levi inclinó la muñeca hacia ella y depositó un besito en la punta de su nariz. Ella rió, apartándose, el pelo de la muñeca provocando cosquillas en su piel.
—Ella es Kushel —dijo él, dejando la muñeca entre sus pequeñas manos—. Será tu nueva amiga. Pero ten cuidado, le gusta tirarse pedos por las noches.
Mikasa contuvo una risita, aún con sus ojos sobre la muñeca.
—Es muy linda.
Pero Levi no le devolvió la sonrisa.
—¿Por qué llorabas, Mikasa?
Mikasa agachó la cabeza, borrando su sonrisa. Se mantuvo en silencio durante unos pocos segundos, entonces sus labios susurraron un inconfundible Reiner. A Levi le hirvió la sangre.
—¿Reiner?
Mikasa asintió, despacito.
—¿Te hizo algo?
El rostro de su hermana se constipó, amenazando otro sollozo.
—L-Lo vi golpeando a Tommy y le dije que se lo contaría a Hannes, entonces él me agarró del pelo y dijo que si decía algo iba a romper mi casa de muñecas y que me cortaría el pelo mientras dormía.
—¿Romper tu casa de muñecas? —dijo Levi, arqueando las cejas—. Primero tendrá que vérselas conmigo cuando le rompa su maldito trasero. No podrá sentarse durante todo un año.
Mikasa rió, cubriéndose la boca.
—¿De qué te ríes? —replicó Levi—. ¿No me crees?
Levi se apresuró a cargar a Mikasa entre sus brazos, haciéndola girar por todas partes, relatándole la gran lista de atrocidades que le haría a ese bastardo por haberse metido con su hermana pequeña. Mikasa rió, y el miedo y la angustia que la habían acompañado durante todo el día se esfumaron porque Levi era su protección, y cuando él prometía algo, Mikasa sabía que siempre lo cumplía. Levi era su defensor, su guardaespaldas, su hermano mayor. Él siempre la protegería.
Pero nada era para siempre.
Levi despertó con lágrimas en los ojos.
Jadeando y temblando, se incorporó casi de un salto sobre su cama, la oscuridad de la noche sumergiéndolo en una densidad atroz. Tocó su frente, sudando, y las lágrimas en sus ojos caían como por arte de magia, ni siquiera supo que se deslizaban de sus mejillas hasta que tocó su rostro, entonces miró sus manos. Permaneció de esa manera durante varios segundos, pestañeando, con el corazón atascado en su garganta. Entonces lloró.
Levi Ackerman, el soldado más fuerte de la humanidad, el terror de la Policía Militar, lloró.
Cubrió su rostro entre la palma de sus manos, y tal y como lo hizo su hermana dentro de un recuerdo que lo azotó como un mal sueño, Levi ahogó sus penas como un niño pequeño. Jadeó, sin ser capaz de contener los sollozos, y se alegró de que durante años hubiera decidido vivir solo. Compartir espacio con otras personas siempre había sido una verdadera molestia, y no deseaba que nadie lo encontrara en ese estado. No deseaba ser consolado, porque Levi Ackerman no merecía ser consolado.
Ésto era lo que era, ésto era en lo que se había convertido, ésto era lo que merecía por el crimen más grande que cometió en su vida: el no haber sido capaz de proteger a su hermana menor. Cada desgracia, cada mala noticia, cada golpe que la vida le empuñaba, Levi lo aceptaba con los brazos abiertos. Para él, ninguna desgracia era injusta. De alguna manera, luego de diez largos años, Levi creía que debía pagar. Y hasta el día de hoy nunca creyó haber pagado sus deudas del todo.
Tal vez nunca lo haría.
Aún era de noche, sin embargo, Levi no pudo volver a conciliar el sueño. Se incorporó de su cama y desde el cajón más cercano, durmiendo en un rincón, estaba Kushel, la antigua muñeca de Mikasa. La había encontrado esa misma noche, en el ataque al orfanato, sucia y repleta de lodo. Recordó haberla cargado consigo durante todo el viaje hacia las murallas, aferrándose a lo único que había quedado de su hermana. La lavó, la arregló, y la guardó durante mucho tiempo. Aún la conservaba, por supuesto, limpia y ordenada. Permaneció sentado en su cama observando la pared de su habitación, sus manos aferrándose con fuerza a la pobre muñeca hasta que el sol comenzó a asomarse por la ventana y Levi caminó hacia el cuarto de baño para tomar una ducha. Se vistió con su uniforme militar, se colocó sus lentes de sol y abandonó la incomodidad de su vivienda para marchar hacia el cuartel, como casi todos los días. Sin embargo, algo más movía sus impulsos, una fuerza más poderosa que su propia voluntad le hizo marchar hacia el cuartel con la cabeza en alto, dispuesto a hacer algo que no se había atrevido a hacer en mucho tiempo.
Al llegar a la recepción, Connie y Marco estaban firmando unos papeles junto al mostrador, ambos conversando muy animadamente.
—Entonces le dije: oye, nena, ¿quieres bailar? Y ella se rió y dijo "bueno, pero solo si me compras una patata" —hablaba Connie, altanero.
—Esa chica explotará de tanto comer —repuso Marco, firmando un papel.
Conne rió.
—Ya la he apodado "chica patata" y… oh, ¡Levi! Hey —repuso Connie cuando lo vio llegar, dispuesto a fichar sus papeles.
—¿Han visto a Mike? Lo he estado buscando —respondió Levi, tomando su bolígrafo.
—Mike se fue con Eren, ambos tienen guardia —respondió Marco—. ¿Estás bien? Te ves fatal.
Levi suspiró.
—Tuve una mala noche. Oigan, ustedes aún siguen siendo los subordinados de Zacklay, ¿verdad? —preguntó.
Marco asintió.
—Así es. ¿Por qué preguntas?
—¿Siguen trabajando con los registros?
Connie y Marco intercambiaron una mirada.
—Todo el tiempo —respondió Connie.
Levi asintió, firmando la última sección de su fichero.
—¿Podrían hacerme un favor? Necesito que busquen en los registros de ciudadanos dentro de las murallas a alguien llamada Mikasa. ¿Creen que puedan darme una mano con eso?
—¿M-Mikasa? —tartamudeó Connie, y rápidamente miró a Marco, buscando ayuda.
Levi notó la tensión. Alzó la mirada de su papel, estudiándolos a ambos con la mirada.
—Sí, Mikasa —afirmó, aunque no dijo su apellido—. ¿Por qué? ¿Oyeron de ella?
Connie se veía realmente nervioso. Rió, negando con la cabeza, mirando a Marco constantemente.
—¿Q-Qué? ¡Claro que no! Yo no conozco a ninguna Mikasa. ¿Y tú, Marco?
Éste se rascó la cabeza, sonriendo amablemente.
—No, para nada.
Connie asintió, dándole la razón.
—De hecho, diría que es un nombre bastante extraño. ¿No crees? Nunca he conocido a ninguna Mikasa. ¿Tú, Marco? Debe ser algún nombre de las tribus… eh, indígenas… o algo así. ¿Asiáticas? Creo que nórdicas.
—N-No, por supuesto. Es un… eh, nombre extraño. Pero buscaremos en los registros, no te preocupes.
El silencio abrumador que arrasó con la recepción fue más que suficiente para que Levi sospechara que ese par de inútiles estaban ocultando algo. Por supuesto que lo harían. Ambos eran muy amigos de Eren, y cualquier cosa que Eren supiera, ambos guardarían el secreto. Levi los observó, ambos quietos como rocas y sonriendo exageradamente. Si no fuera porque eran sus compañeros de trabajo y a pesar de todo les tenía aprecio, los habría golpeado hasta el cansancio para que hablaran. Levi era conocido por ser un hábil interrogador de criminales, especialmente de soldados de la Policía Militar. Empleaba la intimidación y la fuerza física, y solo los soldados más cercanos sabían que también proporcionaba cierto tipo de… torturas, en casos muy extremistas. Sacarle información a ellos dos no habría sido problema si no fueran sus compañeros, pero debía controlarse.
—Si me ocultan algo, juro que les arrancaré los ojos con mis propias manos.
Connie dejó escapar una risita nerviosa, y Levi se marchó del lugar sin siquiera despedirse, dejándolos a ambos con la piel de gallina y el corazón en la garganta. Se miraron de reojo, nerviosos.
—Hay que informarle a Eren.
—o—
Para cuando abandonaron la casa de té, había comenzado a nevar.
—¡Mikasa, mira, mira! —exclamó Sasha, abandonando los escalones de la entrada—. ¡Está nevando!
Mikasa la siguió con curiosidad, asomándose por la puerta y cerrando su paraguas. Lo dejó a un lado, siguiendo a Sasha quien había tomado su mano para arrastrarla junto a ella hacia la calle, mientras Jean y Marlo se quedaban hablando con unas personas en la entrada, bajo el techo de la casa de té. Sasha reía, alzando sus manos hacia el cielo, atrapando los copos de nieve, y Mikasa la imitó.
—Ah, desearía que pudiéramos usar ropas normales para jugar en la nieve, no podemos hacerlo con nuestros kimonos —se lamentó Sasha, y Mikasa rió cuando notó una gran cantidad de copos de nieve acumulados en sus pestañas.
Se inclinó y con sus dedos los quitó suavemente.
—Estoy segura que nevará durante toda la semana y ya te he enseñado la ropa que compré. Podremos salir el sábado.
Sasha sonrió, entusiasmada. Mikasa había aprovechado la esporádica ausencia de Jean para ir a la tienda y comprar más ropa casual, ropa que no usarían usualmente. La había escondido dentro del armario de la okya y le había enseñado las prendas a Sasha, gran cantidad eran para ella. Sasha se había sorprendido. Era la primera vez que alguien le regalaba ropa como esa. Vestidos, suéteres, botas, sombreros, bufandas, Mikasa había utilizado la última paga de un cliente para invertirlo en su exagerada compra, y ambas no podían estar más entusiasmadas.
—Pero, ¿crees que madre nos deje? —preguntó, insegura.
Mikasa asintió.
—No te preocupes por eso, estoy segura de que Nanaba nos cubrirá —acomodó el cabello de su amiga—. Te ves bonita hoy.
Sasha asintió, riendo.
—¡Es porque veré a Connie dentro de unas horas! —susurró en voz baja, para que el resto de los invitados que poco a poco abandonaban la casa de té no la oyeran—. En cuanto regrese a Shiganshina, vamos a vernos cerca del parque. ¿Te he contado que me besó?
Mikasa no esperaba tan repentina confesión. Alzó las cejas, sorprendida.
—¿Qué?
Sasha dio un saltito, asintiendo y tomando sus manos infantilmente.
—¡Sí! ¡Me besó en los labios! —Sasha anunció, enrojeciendo de felicidad. Era su primer beso—. Fue tan romántico. Y luego me compró una patata. Me gusta mucho, Mikasa. Es tan gentil y gracioso, y creo que de verdad le gusto.
Mikasa asintió, suspirando.
—Estoy feliz por ti —confesó—. Pero ten cuidado. Si Frieda se entera que estás viendo a un muchacho a escondidas…
—¡Ah, como si eso me importara! —replicó Sasha, y luego frunció el ceño severamente—. No le temo a nada cuando estoy con él. ¡Y tú deberías hacer lo mismo!
—¿D-De qué hablas?
—¡Besar a Eren!
Mikasa jadeó, intentando cubrir la boca de Sasha con su mano.
—¡Sasha, shhh! —suplicó, horrorizada. Jean estaba a pocos pasos de ella—. Si Jean te oye…
—¡Tú sabes que quieres hacerlo!
—Sasha.
—Incluso susurras su nombre cuando duermes.
Mikasa se sonrojó, nerviosa.
—¡E-Eso no es cierto!
Sasha ladeó el rostro, alzando las cejas.
—¿A caso tienes sueños sucios con él, huh?
Incluso a pesar de su pálido maquillaje, el rostro de Mikasa lucía más rojo que nunca.
—¡S-Sasha!
Ésta se echó a reír a carcajadas, y Jean se acercó junto con Marlo.
—¿Lista para irnos? —preguntó, tomándola delicadamente del brazo.
Mikasa asintió, echándole un último vistazo a Sasha, quien sonreía con extrema picardía.
—-C-Claro…
Con un ligero apretón de manos, Sasha le dijo adiós. Mikasa caminó hacia el auto de Jean, dispuesto a llevarla hacia su departamento de Rose, mientras Sasha abría la puerta del chofer que la llevaría de regreso hacia Shiganshina. Antes de introducirse en el auto, Sasha la observó.
—¡Recuerda lo que te dije!
Mikasa intentó ignorarla, avergonzada, y agradeció que Jean no hubiera preguntado nada al respecto. Durante todo el recorrido hacia Rose, Jean se la pasó hablando de la multitud de planes y citas que Mikasa tenía pendientes durante toda la semana. Tres reuniones en Sina el miércoles, jueves y viernes. Una presentación en Shiganshina el domingo y la cita más importante de todas: ésta noche, en Rose. Las cosas con su socio Patrick habían empeorado de sobre manera, el último contrato que les faltaba firmar para ejercer negocios juntos no había sido resuelto aún, y la única condición de Patrick fue, efectivamente, pedir una noche especial con Mikasa. No le importaba demasiado, a decir verdad. No era la primera vez que sucedía, cuando un cliente pedía el trato especial de una geisha sin más acompañantes. En cierto modo, era casi un alivio, no debería estar pendiente de casi diez hombres a la vez, simplemente enfocar toda su atención en Patrick, servir su sake, bailar para él y oír sus problemas cuando el alcohol tomara posesión de su cuerpo.
Pero aún era temprano y tenía el resto de la tarde libre, y había decidido hacerle una visita a su madre. No había vuelto a hablar con Eren desde esa última vez, pero supuso que él ya había visto a Carla, y esperaba que las cosas fueran un poco más amenas esta vez.
Cuando llegaron a su departamento y se instalaron, Jean volvió a colocarse su chaqueta, debía marcharse.
—Volveré esta noche para llevarte a la casa de té —dijo, colocándose sus guantes de cuero.
Mikasa asintió.
—De acuerdo.
Un incómodo silencio inundó la habitación. Jean la observó durante unos segundos, paciente, y se inclinó con la intención de depositar un beso en sus labios. Pero la reacción de Mikasa lo sorprendió de sobremanera. Ella parpadeó, esquivando sus labios y paralizándose en su puesto. Jean se detuvo, a pocos centímetros de sus labios, congelado como un gran trozo de hielo. La observó con perplejidad. Era la primera vez que Mikasa rechazaba un beso de ese tipo, incluso si no los compartían muy a menudo, mucho menos en público. Mikasa parpadeó, dándose cuenta de lo que había hecho, pero era demasiado tarde para remediarlo. Esquivó su rostro y depositó un inocente besito en su mejilla, un gesto que no se asemejaba para nada a la intimidad que Jean deseó efectuar en primer lugar.
—Buen viaje —fue la única respuesta de Mikasa.
Sin decir nada más, ella se volteó, dispuesta a continuar con sus cosas, dejando a un Jean paralizado junto a la puerta de entrada. Éste parpadeó, intentando procesar la absurda escena y el patético rechazo. ¿Qué demonios le pasaba? Con una extraña mueca, Jean permaneció en silencio, casi esperando algo más, pero nada sucedió. Mikasa ni siquiera se volteó a verle.
Tragó saliva sonoramente y se dio la media vuelta, abriendo la puerta para marcharse del departamento.
En cuanto Mikasa confirmó su huida, observando desde la ventana su auto alejarse por las calles, Mikasa se deshizo de sus incómodas sandalias para corretear hacia el baño y quitarse el incómodo maquillaje. Desató el nudo de su cabello y lo dejó caer en cascada, peinándolo para que quedara lacio y desenredado. Se sorprendió de cuánto había crecido, casi llegaba hacia su cintura, jamás lo había tenido tan largo antes.
Abandonó el cuarto de baño para rebuscar en la bolsa que había preparado toda la ropa que empacó para visitar a su madre. Un vestido de lana gris, suéteres blancos, botas de invierno y un bonito gorro rosa con orejitas de conejo. Se rió al verlo, era muy tierno. Se vistió en silencio, inspeccionando su aspecto frente al espejo. Era demasiado extraño observarse a sí misma usando este tipo de ropa, pero la comodidad que le proporcionaba era abrumadora. Durante un instante deseó llorar de felicidad.
Una vez que estuvo lista, abandonó su departamento para marchar hacia la casa de su madre.
La trayectoria fue tranquila, aunque vio algunos soldados de la Policía Militar marchando con sus camionetas verdes hacia la muralla Sina. La nieve aún caía del cielo y la comodidad de sus zapatos al caminar sobre la nieve era increíble, era como caminar sobre un colchón esponjoso. Era deprimente el saber que luego debería volver a usar aquellos estúpidos kimonos otra vez.
Mikasa se alegró de ver la posada de su madre con las luces encendidas. Incluso a pesar de la intensa nevada, el negocio seguía abierto, lo que significaba que su madre estaba en casa. Suspiró, nerviosa como la primera vez que la visitó, y caminó hacia la puerta de entrada, haciéndola sonar con una divertida campanilla una vez que ingresó en el establecimiento. El lugar no se hallaba demasiado concurrido, tal vez por la nevada. Mikasa divisó a su madre entrando por una puerta trasera hacia la posada, y a la muchacha que trabajaba con ella, Petra, detrás del mostrador. Su madre detuvo su caminata cuando la vio plantada frente a la puerta, con su cabello largo, su gorro de conejito y su mirada esperanzada.
Petra jadeó, cubriéndose la boca con la mano, observando la escena con mucha atención, sin embargo, Mikasa no podía despegar los ojos de su mamá.
—Hola —saludó, sin saber qué otra cosa decir, intentando sonreír un poco para calmar el denso ambiente.
Los ojos de Carla poco a poco se llenaron de lágrimas, sin embargo no se veía enfadada y deprimida, no como la última vez. Esta vez, Carla sonrió. Sonrió como las madres que sonríen cuando ven a sus hijos nacer por primera vez, cuando los sostienen entre sus brazos luego de nueve largos meses de espera. Le sonrió como una madre debería sonreírle a su hijo. Con amor.
Amor puro.
Carla no se hizo esperar. A paso lento avanzó hacia Mikasa, y cuando se detuvo frente a ella, la abrazó. ¿Durante cuantos años soñó con abrazar a su mamá otra vez? Era lo que había deseado desde la noche en que atacaron el orfanato, era lo que sus pies descalzos clamaban cuando corrió por los pasillos destruidos de su hogar, buscando, buscando, siempre buscando a su madre. Porque en tiempos de peligro es lo que el ser humano busca, el calor y el confort de la persona que nos trajo al mundo, que nos enseñó el significado de la vida, el nombre de cada estrella, el significado del verdadero amor. Mikasa rodeó a su madre con ambos brazos, respirando su aroma que continuaba siendo igual de hermoso como lo recordaba. No era un aroma a rosas o a verano, no llevaba el perfume de las granadas ni la pasión descontrolada que emanaba la esencia de Eren. Era un aroma puro, un aroma que Mikasa habría podido sentir incluso si se le era arrebatado el sentido del olfato. Era el aroma de su madre, un aroma inconfundible, y sus brazos acariciando su cabello era como abrazar la esencia de un hogar. Su hogar.
Carla se apartó de ella un segundo, tomando su mano. Ambas derramaban lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza. Lo último que Mikasa vio en los ojos de su madre no fue tristeza. Fue alegría. Mikasa sonrió, temblando infantilmente.
—Ven —susurró su madre, arrastrándola hacia el interior de la casa, sin antes dedicarle una distraída mirada a Petra, demasiado conmocionada por la situación—. Petra, querida, atiende la posada por mi, por favor…
—¡C-Claro! —respondió la muchacha, aún sorprendida por semejante espectáculo.
Carla arrastró a Mikasa hacia su casa, guiándola hacia la sala principal. Hacía mucho tiempo que Mikasa no presenciaba la esencia de un hogar. La okya no lucía como un hogar. No solían pasar tiempo juntas, ni reunirse en un lugar determinado a conversar, excepto durante las horas de comida; cada geisha se mantenía ocupada entrenando o trabajando, y la mayoría del tiempo Frieda siempre se encontraba dentro de su despacho. Su departamento de Rose era tan solitario como un desierto, e incluso cuando Jean estaba a su lado, el lugar se sentía como si ella fuera la única persona ahí dentro.
Pero la casa de su madre lucía diferente.
Podía sentir un calor, una brisa en los sofás cómodamente situados frente a una bonita TV, el perfecto lugar para reunirse a ver una película, una de acción, esas que Eren tanto solía amar. La mesa que decoraba el comedor era muy grande y espaciosa, repleta de sillas en las que Mikasa podía visualizar una familia entera, reunida para cenar, como solía ser dentro del orfanato, niños ruidosos comentando anécdotas con sus bocas repletas de comida. Mikasa sintió una oleada de nostalgia al comprobar cuantas cosas se había perdido durante diez años.
Carla se detuvo, volteando a verla. Ya no sonreía.
—Mikasa —dijo, y reprimió un sollozo—. Yo… lo siento, siento mucho lo que-
Mikasa negó con la cabeza repetidas veces, sonriendo y limpiando las lágrimas de su mamá.
—No, por favor, no llores. No quiero hablar de eso. Quiero… quiero que olvidemos todo, ¿si? Quiero que estemos bien, mamá —dijo, y tomó sus manos, observándolas unidas—. Yo… quiero verte. Hoy he tenido la tarde libre, así que quise visitarte. Lo haré cada vez que pueda, lo prometo. Vendré cada vez que tenga días libres, y así será hasta que solucione las cosas. No se si Eren habló contigo, pero…
Carla asintió, apretando el agarre de sus manos.
—Lo hizo —dijo, y sonrió un poco—. Ese mocoso siempre está entrometiéndose en todo.
Ambas rieron, limpiándose el rastro de lágrimas secas. Carla la observó, y estiró su mano para acariciar su mejilla, su cabello, su mentón, la cicatriz sobre su pómulo, cada parte de su rostro, como si quisiera memorizarlo entre la punta de sus dedos, grabarlo en su memoria, actualizar el rostro de niña que aún cargaba dentro de su corazón. Mikasa cerró los ojos, suspirando, y su caricia curó la gran mayoría de cicatrices que cargaba en su pecho. Fue un intenso alivio, una curación que solo una madre podía proporcionar.
—Te ves hermosa —dijo, conmocionada—. Eres… tan hermosa. Te has convertido en una hermosa, hermosa mujer.
Mikasa rió, sosteniendo la mano de Carla contra su mejilla.
—Me parezco a ti.
Carla rió, ambas rieron, y la situación abandonó todo rastro de melancolía y tristeza. Carla tomó su mano de nuevo, agitándola.
—Dioses, pero, ¿por qué no me avisaste que vendrías? Niña loca. Eren me dijo que tienes mi número telefónico.
Mikasa asintió.
—No estaba segura de hacerlo. Además, quería verte en persona.
—Entonces has venido en un gran momento. Yo… estaba cocinando Knödel —anunció su madre, esperanzada—. A-Aún… aún es tu comida favorita, ¿verdad?
El corazón de Mikasa dio un vuelco.
—¿D-De verdad? —preguntó, sorprendida—. ¡Claro que sí! Yo… no he comido Knödel en años. ¿Puedo ayudarte?
Carla sonrió, un brillo mágico se expandió en su mirada, y asintió repetidas veces. En menos de diez segundos, la situación se tornó más familiar de lo que Mikasa habría esperado. Carla la obligó a despojarse de su abrigado atuendo, encendiendo la chimenea, y ambas marcharon hacia su hermosa y gigante cocina. Mikasa sabía cuanto amaba Carla cocinar, y se alegró de que pudiera tener una cocina tan grande y espaciosa. Se alegró de que su madre hubiera podido vivir bien durante todos estos años, parte de ella se sintió mucho más tranquila. Durante el tiempo que pasaron cocinando juntas, se dedicaron a hablar de todas las cosas que habían sucedido durante diez largos años. Las buenas, y las malas. Mikasa habló sobre su entrenamiento, sobre Sasha, sobre Armin, y Carla se sorprendió muchísimo de saber que ambos habían sido amigos por mucho tiempo. Dijo que lo invitaría un día a cenar también, decía que Armin siempre se paseaba por la posada para comer algo, las comidas de Carla eran sus favoritas.
Cuando el almuerzo estuvo listo, su madre se quejó de lo delgada que estaba, y era cierto. A pesar de que no había una regla estricta dentro del mundo de las geishas que dictara el peso ideal—y muchas veces eso dependía de la política de las okyas—Frieda siempre había insistido en que era importante mantener un peso estable para poder calzar los quimonos y atraer a los clientes mucho más rápido. Por supuesto, Mikasa era su joya de oro dentro de la okya, su geisha más importante, y su dieta resultaba ser mucho más estricta que la del resto de sus compañeras. Su trabajo, su dieta, sus horas de sueño, todo era excesivamente estricto, y el estrés le provocaba una intensa falta de apetito. Había recibido demasiados halagos por su figura, y las palabras de su madre le hicieron caer en una triste realidad. Mikasa no lucía hermosa ni extravagante, su peso no era algo que los hombres o las personas deberían admirar, y se dio cuenta de cuan perfeccionista y materialista era el mundo de las geishas verdaderamente, tan alejado de la vida real, de las cosas que de verdad importaban.
Por esa razón, Carla se aseguró de servirle dos platos de Knödel, y Mikasa juró que estuvo a punto de llorar cuando probó el primer bocado. Sabía exactamente igual a cuando era niña, y fue un agradable retroceso al pasado. Comieron juntas, rieron juntas, y cuando Mikasa sintió que estuvo a punto de explotar de tanto alimento—aunque lo agradecía enormemente, especialmente si era preparado por su madre—ambas tomaron asiento frente a un hermoso sofá que Carla mantenía frente al inmenso ventanal que exponía el acogedor jardín del patio trasero, donde los árboles y el sol alumbraban mágicamente el interior de la casa. Carla mantenía a Mikasa acurrucada contra su pecho, como a una niña pequeña, mientras Mikasa observaba el cielo desde la ventana, su oreja descansando contra el pecho de su madre, oyendo los latidos de su corazón, su mano acariciando su largo cabello una y otra y otra vez, y fue la primera vez en largos años en donde Mikasa se sintió realmente tranquila. Allí, entre los brazos de su madre, Mikasa no le tuvo miedo a nada.
Continuaron hablando en silencio, como si alguien más pudiera oírlas, y la conversación poco a poco fue desviándose hacia un tema en particular, hacia alguien en particular.
Tarde o temprano, todos los caminos conducían hacia él.
Sin poder evitarlo, Mikasa recordó las palabras que Armin le había dicho tiempo atrás.
Pero, ¿qué es lo que hace que dos personas se encuentren en el momento exacto y en el lugar indicado? Creo que, si el hilo es real, también provoca la separación después. Creo que la historia habla de una herida que nos queda en el corazón, un lugar que desde lo simbólico nos dice que no vamos a poder olvidar ese amor herido. Siempre existirá la cicatriz, pero el hilo vuelve a unirlos de nuevo después. Los dioses unen y a veces separan más allá de nuestros propios deseos.
—¿Y Eren? —preguntó Carla en un cálido susurro, su mentón descansando contra su cabellera—. ¿Qué hay de Eren, hija?
Mikasa cerró los ojos ante la mención de su nombre, los mantuvo cerrados durante largos minutos.
—Estamos bien —dijo en respuesta.
Eso creo, pensó.
Oyó a Carla suspirar.
—Sabes —comenzó, su mano palmeando su hombro una y otra vez, como a un bebé—. Ese muchacho está loco por ti.
El corazón de Mikasa latió estrepitosamente, y supo que Carla pudo sentirlo. Una madre lo sabía todo.
—¿Eso crees? —preguntó, cediendo al rumbo de la conversación.
Incluso con los ojos cerrados, Mikasa pudo ver a su madre sonreír cálidamente.
—Oh sí, claro que sí —afirmó, optimista—. Cada vez que lo veo, lo único que hace es hablar de ti todo el día. Mikasa esto, Mikasa aquello… Mikasa, Mikasa, Mikasa. Me contó que le diste tu bufanda. No hay un solo día en donde no lo haya visto que no estuviera usándola. Incluso cuando hace calor, nunca se la quita.
Mikasa contuvo el impulso de sonreír. Suspiró.
—La última vez que lo vi, me dio una bolsa de granadas.
Sintió la cabeza de Carla asentir sobre la suya.
—Su casa de Klorva está situada dentro de un pequeño campo cerca de la carretera principal. Se que mandó a plantar árboles de granada en los alrededores.
Mikasa abrió los ojos.
—¿De verdad?
Carla asintió de nuevo.
—Mmmh. Y se está esforzando mucho por guardar tu secreto a Levi —repuso—. Se lo difícil que es para él ocultarle algo así, pero se ha mantenido en silencio hasta ahora. Él te quiere mucho.
Él te quiere mucho.
Sintió sus ojos picar.
—Eso me da miedo.
Por primera vez desde que ambas tomaron asiento en el sofá, Carla la apartó para poder mirarla a la cara. Despejó su bello cabello de su rostro, ocultándolo detrás de su oreja y de sus hombros. Negó con la cabeza, tranquila como el viento.
—No hay miedo en el amor, Mikasa —afirmó. Y Mikasa olvidó cuando fue la ultima vez que alguien le habló de esa manera—. El amor nos hace fuertes, nos impulsa a continuar a pesar de las circunstancias. Todo lo que ha pasado… ¿por qué crees que sigo aquí, de pie, con vida? Sin el amor que siempre he tenido por ti, sin el amor que siento por Levi, por Eren… incluso por Petra… yo no estaría aquí.
Mikasa suspiró. Sus labios temblaron al hablar.
—Pero el amor duele, mamá. A veces duele demasiado.
Carla asintió.
—Eso es cierto —repuso, acomodando su cabello de nuevo—. Se que aún estás herida, Mikasa. Se que aún llevas cicatrices aquí —dijo, y descansó su mano contra su pecho—, cicatrices más profundas que el amor. Pero ese dolor nunca sanará si no te das la oportunidad de amar y de perdonar. No hablaré de tu hermano, no hasta que te sientas lista, pero Eren ha vivido todos estos años para encontrarte. Es joven, apuesto, inteligente, y nunca ha hecho nada más que ofrecer su vida a la Legión. Siempre creí que él se casaría primero. Levi… él siempre ha mantenido sus distancias, pero Eren está muy pendiente de nosotros, todo el tiempo. Le agrada pasar tiempo en familia, siempre le ha gustado. Creí que sería el primero en formalizarse, en casarse, pero todas las cosas que hace… nunca las ha terminado. Es como si se aburriera de todo demasiado deprisa, vive distraído, y ni siquiera Armin, siendo tan inteligente como es, puede comprenderlo del todo. Pero yo sí lo hago, yo sí lo entiendo. Eren es mi hijo, tal vez no lleva mi sangre, pero lo quiero como si lo fuera. Aún cuando Levi y yo nos dimos por vencidos, aún cuando perdimos la esperanza… el amor de Eren fue más grande, y eso le impulsó a seguir.
Carla hizo una pausa, suspirando, y la miró a los ojos fijamente.
—Eren siempre supo que te encontraría. Durante diez años no tuvimos noticias de ti, y llegué a pensar que tal vez habías muerto —soltó una risa seca, casi melancólica—. Recuerdo lo mucho que Eren se enojó conmigo por haber pensado eso, no me habló durante días. Tenía diecisiete años. Poco después se unió a la Legión, a pesar de mis protestas, y Levi le siguió. El amor de Eren me inspiró a mantener mi esperanza, por más débil que fuera, y al final del día él tuvo razón. El amor siempre tiene la razón, Mikasa. A pesar de que nos neguemos, a pesar de que intentemos remar contra la corriente y vivir bajo nuestras propias reglas… el amor siempre gana.
Mikasa bajó la mirada, observando sus manos sobre su regazo.
—Yo… —empezó, dubitativa—. No he sido buena con él. Me siento mal por ello. Hace poco lo abofeteé.
Sorpresivamente, Carla se echó a reír. Mikasa alzó la mirada, confundida, y la risa de su madre fue contagiosa incluso si no lo deseaba así. Mikasa sonrió un poco, sin embargo eso no evitaba que se sintiera culpable.
—Bueno, no voy a negar que seguramente merecía esa bofetada —replicó Carla, riendo—. Es un buen chico, pero es demasiado problemático.
Mikasa asintió, riendo un poco.
—Siempre lo fue.
Ambas permanecieron en silencio durante unos pocos segundos, hasta que Carla notó que Mikasa estaba tocando distraídamente las puntas de su largo cabello. Carla suspiró, inclinando su mano hacia su cabeza para cepillarlo con sus dedos suavemente.
—Vaya. De verdad lo tienes muy largo.
Mikasa lo pensó durante un momento, luego la miró, arqueando las cejas.
—¿Quieres cortarlo?
Carla pareció sorprendida. Parpadeó, alejándose un poco de ella para verla mejor al rostro.
—¿Q-Qué? —preguntó, no muy segura—. ¿Quieres que lo corte?
¿Quién querría cortar un cabello tan largo y sedoso como ese?
Mikasa asintió. De repente, una chispa de rebeldía se encendió en su mirada.
—¡Sí! —exclamó, dejando escapar una infantil risita—. Córtalo como cuando era pequeña.
—P-Pero… ¿no te meterás en problemas con tu… trabajo? Si eres una geisha, tu-
—Oh no, la gran mayoría de las geishas usan pelucas, no será un problema —interrumpió, y tocó su cabello con sus manos—. Quiero cortarlo.
Aún conmocionada por su repentina decisión, Carla se incorporó del sofá para ir por sus tijeras, esas que utilizaba para el cortar el cabello de Levi. Ambas se dirigieron hacia el baño y antes de que Carla hiciera el primer corte, le preguntó si realmente estaba segura de ello. Mikasa respondió con un "sí" rotundo.
Cuando el trabajo estuvo hecho, Mikasa contuvo el aliento frente al espejo. Nunca creyó que un simple corte de cabello podría cambiar tanto el rostro y la esencia de una persona. No se veía como una geisha, ya no se veía como la mujer que había sido durante los últimos diez años. Ahora, frente al espejo, podía ver a Mikasa Ackerman.
La verdadera Mikasa Ackerman. Esa que no utilizaba maquillajes excéntricos ni incómodos kimonos. El corte era exactamente igual al que usaba de pequeña. Corto hasta la mandíbula, con un pequeño flequillo de costado decorando su frente. Durante mucho tiempo había visto a una simple extraña entre los espejos que la rodeaban, como si su alma hubiera sido encerrada dentro del cuerpo de alguien más. Era como aquella canción infantil que había oído años atrás en una película animada.
¿Quién es esa chica frente a mi? ¿Cuando mi reflejo mostrará quién soy en realidad?
Por primera vez en mucho tiempo, Mikasa se sintió ella misma de nuevo.
—Vaya —murmuró frente al espejo, tocando su nuevo cabello—. Luzco… como yo otra vez.
Carla rió.
—Tu cara no ha cambiado en lo absoluto, especialmente con este corte.
Mikasa suspiró, asintiendo, y se volteó hacia su madre.
—Gracias, mamá —dijo, sonriendo—. Por lo de hoy… fue un buen día.
Carla asintió, acomodando su nuevo cabello.
—Hagamos algo divertido la próxima vez que nos veamos. Podemos ir de compras, o ir a cenar… lo que tu quieras.
Mikasa asintió efusivamente, sonriendo.
—Claro.
Luego de un último abrazo, Mikasa decidió que ya era hora de marcharse, poco a poco el sol comenzaba a ocultarse y tenía que prepararse para su reunión de ésta noche. Se calzó con su abrigo y guardó su gorro de conejito en su bolsillo, no deseaba ocultar su cabello. Se preguntó qué diría Jean de su nuevo corte. Cuando ambas atravesaron la posada, Carla le dio un último abrazo.
—Llámame, ¿de acuerdo?
Mikasa asintió. Le dedicó una rápida mirada a Petra, quien hablaba por teléfono detrás del mostrador, pero que no dejaba de observarlas a ambas de reojo. Mikasa le sonrió, agitando la mano a modo de despedida, y Petra lució sorprendida, asintiendo y sonriendo y agitando su mano eufóricamente, todo a la vez. Mikasa se volteó y luego de un último vistazo a su madre, sonrió para abrir la puerta y marcharse de la posada. Comenzó a bajar las escaleras poniendo extremo cuidado en donde pisaba sus pies, el suelo estaba resbaladizo a causa del hielo, cuando oyó el sonoro sonido de una puerta cerrándose. Alzó la vista, confundida, y Armin volvía a tener razón otra vez.
Armin—y el amor, como había dicho su madre—siempre tenían la razón.
Eren acababa de estacionar su auto frente a la posada, el sonido de la puerta había sido la de su auto. Ambos se detuvieron casi al instante cuando comprobaron que estaban frente a frente, interponiéndose en el camino del otro. Durante los últimos meses parecía ser lo único que sabían hacer bien, interponerse en el camino del otro. Eren llevaba puesto su uniforme militar y sus gafas de aviador, las cuales se quitó para confirmar que, evidentemente, la mujer de cabello corto parada frente a él abandonando la posada de su querida madre adoptiva era Mikasa.
La mayoría de sus encuentros siempre habían sido algo incómodos. Sin embargo, por primera vez, no fue así. Los copos de nieve caían a su alrededor y Eren fue el primero en formular una pequeña sonrisa al verla. Sin poder evitarlo, Mikasa lo imitó.
—Oh, hola —saludó él, casi con confusión, como si aún no pudiera creer que ella estuviera ahí. Mantenía inconscientemente su mano contra su pecho, justo por encima de su corazón. Como si al verla repentinamente hubiera recibido un flechazo instantáneo contra su pecho; como si intentara controlar los frenéticos latidos de su corazón.
Mikasa no estaba segura, pero tan inocente gesto provocó que las mariposas revoloteando en su vientre fueran aún más escandalosas de lo que había esperado. El viento a su alrededor era frío y opaco, sin embargo, el calor que sintió dentro de ella al verlo frente a sus ojos fue algo que no pudo explicar. Habían cosas que simplemente no tenían explicación. Eren era una de ellas.
—Hola —respondió Mikasa, sonriendo suavemente, tomando una ligera bocanada de aire.
No podía ocultar el hecho de que estaba feliz de verlo otra vez.
Sus ojos verdes viajaron de inmediato hacia su cabello.
—Tu cabello —dijo, sonriendo como un idiota—. ¿Carla lo cortó?
Mikasa asintió, tocando las puntas distraídamente.
—Sí —respondió, sonriendo. ¿Por qué cada vez que lo veía quería sonreír como una desquiciada? Intentó controlarse, pero era demasiado difícil—. Le pedí que lo hiciera.
Eren le devolvió la sonrisa, una sonrisa cálida para un día demasiado frío. Sus ojos no albergaban nada más excepto nostalgia. Seguramente estaría recordando a la Mikasa del pasado, la cual lucía exactamente igual que ella ahora mismo, aunque tal vez más pequeña.
—Te ves hermosa —admitió, solemne—. Siempre me gustó como te quedaba el cabello corto.
Ba-dump. Ba-dump.
Mikasa suspiró, temblando, y no precisamente de frío.
Hermosa.
Quiso decir lo mismo. Quiso decir que él también era hermoso, allí, parado bajo un sol oculto tras nubes demasiado espesas, bajo la infinidad de copos de nieve que caían desde cielo y se posaban sobre su cabello despeinado, con sus ojos profundos que albergaban su propio universo y la punta de su nariz roja por el frío. Quiso dar un paso, y otro, y luego otro, y abrazarlo de la misma manera en que abrazó a su madre horas atrás. Porque hacía meses que lo había encontrado y un beso interrumpido fue lo único que compartieron. ¿Cuantas veces soñó con verlo de nuevo, con tener la posibilidad de abrazarlo de la manera en que no pudo hacerlo la noche en que se separaron? Había soñado con ello numerosas veces y ahora, nuevamente, volvía a encontrarse con él por pura coincidencia.
No.
No podía ser una coincidencia.
Era mucho más que eso.
Su pecho se estremeció al notar que llevaba puesta la bufanda roja, tal y como Carla había dicho. Nunca se la quitaba. Nunca.
—Espero que al menos la laves —bromeó, sin poder evitarlo, sus ojos dirigiéndose hacia la bufanda arraigada firmemente en su cuello—. Cada vez que te veo la llevas puesta.
Eren rió.
Dioses.
Mikasa amaba su risa.
—Claro que sí —afirmó él, acomodándola—. Es mi amuleto de la buena suerte.
Mikasa sonrió, y bajó un escalón.
—Deberías entrar, mamá debe estar esperándote.
—No sabía que vendrías —repuso Eren—. ¿Está todo bien?
Ella asintió, el flequillo recién cortado interponiéndose entre sus ojos. Iba a correrlo con su propia mano, distraída, mientras se disponía a continuar la conversación, pero Eren la sorprendió inclinando su mano y apartando él mismo con sus dedos los rebeldes mechones de su cabello negro. El contacto de su mano con su piel le hirvió la sangre. A pesar del frío, su mano siempre se sentía cálida. Durante un instante olvidó todo lo que estaba a punto de decir.
Sin embargo, Eren lucía tan tranquilo como siempre.
—S-Sí… todo está b-bien —respondió, hipnotizada por su mirada—. Tenía la tarde libre así que pasé a visitarla.
—Igual yo. ¿Ya te vas?
Si no fuera porque tenía un compromiso, Mikasa se habría quedado. Asintió, y el tener que marcharse le provocó una angustia desconsoladora.
—Sí… tengo una reunión en unas horas —respondió. Pero se apresuró a continuar, casi como si estuviera generando un compromiso—. P-Pero… vendré el Lunes.
Eren asintió, sonriendo en respuesta.
—Genial —dijo—. Te veré el Lunes, entonces. Te traeré más granadas.
Ante la mención de las granadas, Mikasa sonrió aún más. Asintió, emocionada.
No podía esperar hasta el Lunes.
—De acuerdo.
—Bien.
Mikasa suspiró.
—Bueno, será mejor que me vaya. Adiós —dijo, bajando los escalones hacia la calle, saludándole tiernamente con la mano.
El corazón de Eren iba a estallar en mil pedazos.
Como un idiota la siguió con la mirada, su mano aún sosteniendo su débil corazón. Débil, débil, débil. Eren era absolutamente débil cuando se trataba de Mikasa y no le importaba en lo absoluto. No creía que existiera una mejor debilidad que ésta.
—Adiós —dijo en respuesta, mientras la observaba marchar y voltearse nuevamente para sonreírle, agitando su mano otra vez.
Eren suspiró pesadamente, observando el lugar en donde Mikasa había desaparecido hacia la otra calle, y si no hubiera sido porque una mano lo jaló firmemente de la oreja, Eren habría pasado el resto de la tarde observando el sitio vacío que Mikasa había dejado al marcharse.
Éste jadeó, haciendo una mueca.
—¡A-Ah!
Volteó el rostro para encontrar el de Carla, quien alzaba las cejas.
—Si sigues mirando, se te caerá la baba.
Eren apartó su mano con el ceño fruncido, frotando su oreja y con un intenso rubor en sus mejillas. La hizo a un lado, dispuesto a entrar dentro de la posada.
—Cállate, no es cierto —replicó, sin embargo, Carla rió.
Petra se acercó a ambos, su rostro aún lucía sorprendido.
—¡Ah, Eren! —exclamó—. ¡Así que esa es tu famosa hermana! Mikasa, ¿verdad?
El asco en el rostro de Eren fue más que notorio.
—¿Hermana? ¡Asco! Claro que no es mi hermana, ugh —Eren se estremeció de tan solo pensarlo—. Que los Dioses no lo permitan.
Durante las próximas horas, Eren se quedó a comer en casa de Carla.
Supo que estaría tachando los días del calendario hasta que el Lunes llegara.
—o—
Para cuando Mikasa llegó a su departamento, la noche ya había arrasado en la ciudad de Rose. Para su suerte, Jean no había llegado aún, así que se dispuso a deshacerse de sus cómodas ropas para vestirse con el kimono que usaría esa misma noche. Rojo, largo y de seda, los favoritos de Patrick, según Jean. Pintó sus uñas de negro y miró su cabello. ¿Qué debería hacer con él? No es como si hubiera demasiado para hacer, estaba tan corto que no sería posible hacer ningún moño. Decidió dejarlo así por ahora, dentro de las casas de té los dueños proveían pelucas especiales para geishas al igual que kimonos de repuesto y sandalias, podría llegar más temprano y arreglar su cabello allí.
Comenzó a preparar la mezcla blanca para pintar su rostro cuando sintió la puerta abrirse. Se volteó ligeramente, observando a Jean atravesar el corredor.
—Oh, hola —saludó ella.
Jean se detuvo mientras se quitaba la chaqueta. Sus ojos se posaron de inmediato sobre su cabello.
—¿Te cortaste el pelo? —preguntó, como si fuera demasiado obvio.
No iba a gustarle. ¿Por qué tenía el presentimiento de que no iba a gustarle?
—Sí —respondió ella, y continuó mezclando la pasta del maquillaje.
—Mmmh —dijo él, mientras buscaba sus otros zapatos—. Se ve extraño. Supongo que tendré que acostumbrarme.
Mikasa ignoró su estúpido comentario y continuó batiendo la pasta. Incluso si ésta ya estaba lista, Mikasa continuó haciéndolo. ¿Cuánta diferencia había entre un "te ves hermosa" y un "se ve extraño"? Mikasa se enfadó consigo misma al intentar comparar dos comentarios de dos personas absolutamente diferentes.
Suspiró, dispuesta a pasar la primera pincelada sobre su piel, pero Jean la interrumpió.
—No te maquilles —pidió, marchando hacia el baño para buscar una loción.
Mikasa se detuvo, dubitativa.
—¿Por qué? —inquirió.
La voz de Jean se oyó desde el baño como un eco.
—Uno de los requerimientos de Patrick. Pidió que asistas sin maquillaje.
Mikasa permaneció quieta y en silencio, depositando el pincel en el cuenco nuevamente, observando su reflejo en el espejo. Jean salió del baño y caminó hacia la cama, dispuesto a cambiarse de camisa. Mikasa se volteó sobre el asiento de su tocador, observándolo.
—Jean.
—¿Mmmh?
—¿Por qué Patrick solicitó una cita solo conmigo?
Jean se encogió de hombros.
—Eres la Dama de Rojo, todos desearían tener el dinero suficiente para pagar una cita solamente contigo.
Mikasa suspiró.
—Ya lo se, pero… ¿no te parece extraño? Ni siquiera quiere que me maquille.
—No es extraño —repuso Jean, abotonando su camisa negra—. Es solo un pedido de mi más grande cliente, así que necesito que lo complazcas en todo esta noche y des lo mejor de ti.
Mikasa apartó la mirada.
—Siempre doy lo mejor de mi.
Regresó su mirada hacia el espejo, y por el reflejo vio que Jean estaba observándola. Éste suspiró, caminando hacia ella, y se agachó a su lado. Tomó su mentón para obligarla a mirarlo. Mikasa suspiró. Con Jean siempre era lo mismo.
—Lo siento —se disculpó, apartando su cabello a un lado—. Pero estoy muy nervioso. Las cosas con Patrick no estuvieron bien y todo depende de lo que suceda esta noche. Eres la única que puede ayudarme. Te prometo que luego de esto, si todo sale bien, te daré más días libres como la última vez, ¿si?
Mikasa asintió, sin saber qué otra cosa decir.
—Está bien.
Jean asintió, más animado, y sostuvo su mano para depositar un casto beso. Se incorporó, dispuesto a continuar con sus cosas.
—Vamos, apresúrate a prepararte, tenemos que salir de aquí pronto.
Y así fue.
Mikasa solo decidió pintar un poco sus labios de rojo y cuando supo que estaba lista, Jean y Mikasa abandonaron el departamento para introducirse en el auto de su chofer, camino a la casa de té en donde tendría su reunión con Patrick. Para su sorpresa, las calles de Rose se encontraban demasiado vacías. No estaba del todo segura si aquí también se había implementado el toque de queda, pero le pareció extraño, aunque probablemente se trataba del frío. ¿Quién querría recorrer las calles de Rose a estas horas con semejante nevada? Cuando llegaron a la casa de té, Jean se despidió de ella y dijo que regresaría al departamento, y que su chofer la traería de regreso una vez que la reunión hubiera concluido.
Para su sorpresa, Patrick había llegado mucho más temprano de lo que esperaba y estaba esperándola en la habitación. La dueña de la casa de té, Morgana, halagó su nuevo corte de cabello con una amable sonrisa, y dijo que todo estaba listo para empezar. Cuando Mikasa recorrió los pasillos camino hacia la habitación en donde Patrick estaba esperándola, los guardias de Patrick cerraron las puertas detrás de ella y el hombre la recibió con una brillante sonrisa.
Luego de eso, todo recurrió de manera muy normal, como era habitual en este tipo de reuniones. Mikasa tomó asiento junto a él en el suelo y las horas transcurrieron demasiado lentas para su gusto. Encendió infinidad de abanos, jugaron a las cartas, comieron sushi, Mikasa danzó para él, Patrick le contó los acuerdos que planeaba firmar con Jean, conversaron un poco sobre política, más danzas, más juegos y, desgraciadamente, demasiado alcohol.
Era habitual, era algo demasiado normal, pero Mikasa nunca había terminado de acostumbrarse. Beber por obligación nunca era agradable. Había bebido por voluntad propia en algunas ocasiones, especialmente vino, realmente le gustaba. Sus cenas con Jean siempre eran acompañadas por un costoso vino tinto que impregnaba su lengua de un dulce sabor. Pero el sake no era su bebida alcohólica favorita, especialmente cuando sus clientes insistían en que continuara bebiendo, y bebiendo, y bebiendo hasta perder los sentidos. Gracias a los Dioses, aún estaba cuerda, sus sentidos permanecían alertas aunque sentía su rostro quemar de calor y sus risas intervenían la conversación de Patrick en ocasiones poco apropiadas, pero a él no parecía importarle en lo absoluto.
Cuando las horas pasaron y Mikasa creyó que ya sería hora de terminar la reunión—ni siquiera estaba del todo segura cuándo terminaría, ni siquiera sabía qué hora era—, Patrick la sorprendió con un costoso regalo. Palmeó sus manos tres veces y sus guardias trajeron entre sus brazos un elegante y sofisticado kimono color rosa. Lo colocaron frente a ella en el suelo y luego se marcharon, cerrando las puertas. Mikasa contuvo el impulso de reír y dejarse guiar por los efectos del alcohol. El kimono era horrendo, sin embargo, era su deber agradecer el presente.
—Oh, Patrick —dijo, sus dedos deslizándose por la tersa tela—. Es hermoso. Muchas gracias.
Él rió, su risa entremezclada con su borrachera y el humo de un tabaco que no había expulsado aún.
—Me alegra que te guste —dijo, apagando su abano—. ¿Por qué no te lo pones?
—Oh —Mikasa asintió, dejando su sorbo de sake a medio terminar—. Claro, si eso es lo que quieres. Estoy ansiosa. Espérame aquí, regresaré enseguida.
Mikasa sostuvo el borde del kimono, dispuesta a incorporarse y llevárselo consigo hacia los vestuarios para pedir a las demás chicas que le ayudaran a ponérselo, sin embargo, la gruesa y robusta mano de Patrick la tomó por la muñeca, impidiendo que se levantara del suelo.
—¿Qué haces? —preguntó—. No te tomes tantas molestias. Póntelo aquí.
La amistosa sonrisa de Mikasa poco a poco se desvaneció cuando sus ojos viajaron hacia la mano de Patrick firmemente sosteniendo su muñeca, impidiendo su huida. Su corazón comenzó a latir demasiado deprisa, e intentó sonreír nuevamente, fingiendo que su cuerpo no había enviado una intensa alerta de adrenalina por toda su espina dorsal. El cuerpo humano es sabio al igual que la naturaleza. En casos de peligro, en casos en donde creemos que nuestra vida se ve amenazada por fuerzas mayores, nuestros instintos impulsan a nuestro cuerpo a moverse, a actuar conforme a su naturaleza para protegerse a sí mismo. Mikasa supo que su cuerpo quería que corriera. Debía correr ahora mismo.
El miedo en su mirada fue inocultable a pesar de la nerviosa sonrisa que cruzó por sus labios.
—¿Q-Qué? —rió de nuevo, intentando apartar su mano delicadamente, pero el agarre de Patrick no cesaba—. Patrick…
—He dicho que te lo pongas aquí, vamos —insistió, jalándola del brazo, y la soltó para tomar el borde de su kimono, justo por encima de sus hombros, intentando bajarlo—. Yo te ayudaré.
Ella apartó sus manos, y la sonrisa de su rostro se había borrado por completo. No fue cuando apartó sus brazos de su cuerpo que notó que sus manos temblaban estrepitosamente.
—¿Qué crees que haces? —preguntó, y su voz sonó más débil de lo que habría deseado.
En un abrir y cerrar de ojos, Patrick había estirado su mano para sostener su nuca y estrellar sus asquerosos labios contra los suyos. Mikasa jadeó, sorprendida, intentando apartarlo mientras sentía su lengua abrirse paso entre su boca. Un pánico atroz se desató en su interior, y con un llanto ahogado lo apartó bruscamente, incorporándose del suelo y limpiando sus labios con la palma de su mano, asqueada.
—¡Estás loco! —gritó en respuesta, jadeando.
Pero Patrick fue más rápido de lo que ella esperaba. Se incorporó del suelo y la estampó contra la pared más cercana, intentando quitar su kimono y besarla en los labios. Para su desgracia, Patrick era demasiado gordo y alto, lucía como un inmenso guardaespaldas, y no fue fácil deshacerse de él. Mikasa comenzó a llorar, asqueada, temblando y durante un instante no fue Patrick quien intentaba deshacerse de su kimono, utilizando toda su fuerza para mantenerla contra la pared. No fue Patrick.
Fue Kenny.
—¡Suéltame! —chilló, aterrada.
Pero Patrick no la soltaba.
—Eres tan hermosa… —susurraba contra su oído, lamiendo su cuello.
Mikasa gritó, pero nadie parecía oírla. Con una fuerza que no supo de donde emergió, Mikasa empujó a Patrick hasta quitárselo de encima, éste lució sorprendido, y en su leve momento de debilidad, Mikasa lo abofeteó, jadeando con fuerza. Patrick soltó una exclamación, su mano sosteniendo la mejilla en donde Mikasa había impactado un absurdo y pequeño golpe, nada que pudiera haber provocado una pequeña herida digna de causar intimidación. La mirada de odio que Patrick le regresó fue peor de lo que había esperado. Hizo de su mano un puño, un puño grande y pesado que impactó contra el rostro de Mikasa, obligándola a caer contra el suelo.
Cuando Kenny la violó, Mikasa recordaba haber recibido una que otra abofeteada, absurdas palmadas contra su mejilla que no provocaron nada más que un intenso rubor o un pequeño corte en su labio inferior. Pero Patrick había decidido doblegar su apuesta. No fue una simple bofetada, la palma de su mano era gigante y se había convertido en un grueso e inmenso puño, el tipo de golpe que un hombre le habría provocado a otro hombre en una pelea entre iguales. Pero Mikasa era una mujer, y el golpe de Patrick le afectó de sobremanera. Su puño era inmenso y el golpe abarcó casi toda su cara, su ojo derecho y gran parte de su boca.
Mikasa cayó boca abajo contra el suelo, y su rostro impactó contra el borde de la mesa, provocando aún más daño. Su mano también había caído sobre la mesa, las copas y las botellas de sake rompiéndose en el proceso, pudo sentir un intenso corte del vidrio contra la palma de su mano. Aturdida, Mikasa jadeó, sintiendo la sangre deslizarse por su boca, el intenso ardor en su piel nublando sus sentidos, y chilló cuando sintió las manos de Patrick en su espalda, tomando el kimono y abriéndolo por la mitad, dejando su espalda descubierta. Ese kimono había sido uno de los más costosos que había tenido antes, y ni siquiera quería pensar en la reacción que Frieda tendría al saber que se había hecho añicos.
¿Por qué solo pudo pensar en algo tan superficial como eso en un momento así?
Patrick la volteó boca hacia arriba, presionando su muñeca contra el suelo para que impidiera moverse.
—¡Suéltame, suéltame! —gritaba Mikasa, su ojo estaba repleto de sangre y su visión comenzó a nublarse.
—¡Quédate quieta! —gritó él, intentando pobremente subir el borde de su kimono por su pierna, pero los kimonos eran pesados y espesos, no iba a conseguirlo tan fácilmente.
Mikasa miró a su alrededor, buscando ayuda.
No, no, no.
No podía pasar otra vez.
Esto no podía suceder de nuevo.
No otra vez.
Desesperada y por un milagro divino, Mikasa estiró su mano ensangrentada hacia la mesa rota con la cual había chocado al caer y tomó el plato más cercano, el cual estrelló pobremente contra la cabeza de Patrick. No lo hirió de sobre manera, pero provocó que cayera hacia un lado, encima de la pequeña mesa, y de esa forma logró quitárselo de encima. Éste tocó su frente, ensangrentada, parpadeando e intentando procesar la situación. Mikasa gritó, incorporándose del suelo con dificultad, sosteniendo la parte delantera de su kimono porque estaba completamente roto, si no lo sostenía, caería y quedaría desnuda. Corrió hacia la puerta, abriéndola, sollozando y gritando el nombre de Morgana.
—¡Morgana! —chilló, esquivando a los guardias de Patrick en la entrada. Pudo oír el grito de Patrick, ordenando que la atraparan. Mikasa tropezó con sus sandalias, y en medio de su carrera se las quitó, quedando descalza—. ¡Morgana!
La mujer apareció repentinamente junto con otras geishas que Mikasa conocía, éstas chillaron al verla en semejante estado, despeinada y ensangrentada. Morgana la atrapó entre sus brazos.
—¡Mikasa! —exclamó, asustada—. ¡¿Qué te sucedió?!
—P-Patrick… é-él…
Los guardias de Patrick aparecieron en el corredor, corriendo junto a él, quien sostenía su frente ensangrentada. Tan solo tenía un pequeño corte, y lucía furioso.
—¡Ven aquí, maldita zorra!
Mikasa jadeó, y Morgana la aferró a sus brazos protectoramente.
—¡Patrick! —exclamó Morgana, enfadada—. Le recuerdo que esto no es un prostíbulo y la política de la casa prohibe cualquier tipo de abuso físico contra nuestras geishas.
Margaery, una de las geishas presentes y con la cual Mikasa había trabajado numerosas veces, se apartó de Morgana.
—La Legión del Reconocimiento está en la puerta patrullando, los llamaré.
Morgana asintió, y Mikasa parpadeó, conmocionada.
¿La… Legión?
Antes de que pudiera voltear el rostro para echar un rápido vistazo por la puerta de entrada, Patrick se dirigió hacia ella violentamente.
—¡Jean se enterará de esto y te dejará en la calle, asquerosa prostituta! ¡Me encargaré de que así sea!
—¡Patrick, le ordeno que se largue ahora mismo! —gritó Morgana.
Durante un breve instante, Mikasa contuvo el impulso de escupirle la sangre que llevaba acumulada en su boca.
—¡Tú, Marlo, Kenny, Jean y toda tu maldita escoria pueden irse al demonio! —gritó en respuesta.
Margaery regresó con cuatro soldados de la Legión del Reconocimiento, dispuestos a tomar cartas en el asunto. Mikasa se paralizó cuando vio a Marco, a Connie, a Mike, el tipo que siempre aparecía en televisión detrás de Erwin Smith…
… y a Eren.
Pero Patrick no parecía haberlos visto. Al parecer, el que Mikasa mencionara a sus más queridos amigos de manera tan despectiva lo enfureció de sobremanera. Alzó su mano, dispuesto a algo que Mikasa no pudo procesar, cuando la mano de Eren impidió el ataque de Patrick al sostener su brazo, manteniéndolo erguido en el aire. El silencio que inundó la casa de té fue abrumador.
Eren era conocido dentro de la Policía Militar. Según por lo que Marlo había dicho, era odiado por cada uno de ellos. Que el mismísimo Eren Jaeger se hubiera plantado frente a Patrick de semejante manera pareció sorprenderlo, lo observó con asombro, enfurecido e impactado a la vez, y la mirada de Eren viajó rápidamente hacia Mikasa.
Mikasa, quien permanecía entre los brazos de Morgana, con su kimono roto y su cara golpeada, temblando y con lágrimas.
La mirada de Eren se endureció de sobremanera y Mikasa, por primera vez, le tuvo miedo. En un abrir y cerrar de ojos, Eren quitó de su cintura su pistola y apuntó directamente hacia la cabeza de Patrick, apoyando la punta del arma sobre su frente. Todos soltaron una exclamación, jadeantes.
—¡Eren! —exclamó Connie, asustado.
Mike intentó poner su mano sobre el brazo de Eren, alarmante.
—Eren, por todos los Dioses, baja esa arma, no armes un escándalo.
—Quítame la mano de encima, Mike, o juro que volaré tu cabeza de un disparo también —gruñó Eren, sin apartar la mirada de Patrick, quien por primera vez se veía intimidado.
No, no, no, joder.
Ahora Eren iba a meterse en problemas por su culpa.
Morgana la tomó por los hombros, intentando voltearla.
—Vamos, Mikasa, debemos quitarte esa ropa.
Mikasa se volteó hacia Eren, temerosa.
—N-No, p-pero…
—Ven, dejemos que los soldados se encarguen —insistió Morgana, arrastrándola hacia la habitación más cercana.
Mikasa no pudo oír bien qué era lo que sucedía en el corredor. Una vez que Morgana la encerró dentro de la habitación, la ayudó a quitarse el kimono cuidadosamente, arrojándolo a un lado. Ya no tenía caso, la prenda estaba absolutamente arruinada. Por alguna extraña razón, Morgana no la vistió con otro kimono de repuesto. En lugar de eso, le entregó ropas normales. Una falda marrón y un gran suéter negro con zapatos oscuros. Mikasa dijo que se lo devolvería, pero Morgana se negó, diciendo que podía quedarse con las prendas. En cuanto terminó de cambiarse, ambas regresaron al corredor y Mikasa encontró otra camioneta de la Legión estacionada en la puerta. Al parecer todo había sido más serio de lo que creía. Morgana la llevó hasta la entrada, tal vez con la intención de encargar un chofer para llevarla de regreso a casa, pero mientras Mikasa buscaba temerosamente a Eren con la mirada, temblando y con sus heridas aún sin curar, Marco apareció de repente con aspecto apenado.
—Gracias por todo, nos encargaremos nosotros a partir de ahora —le informó a Morgana, y colocó una mano en el hombro de Mikasa—. Ven, Mikasa, necesitamos que testifiques lo que sucedió.
Mikasa se despidió de Morgana con una frágil mirada y Marco la arrastró hacia la siguiente calle, sentándola sobre la parte trasera de una camioneta de la Legión. Colocó una manta sobre sus hombros pues aún nevaba, y le entregó un pequeño pañuelo para que presionara la herida de su mano. En ningún instante Mikasa dejó de temblar, ni de buscar a Eren con la mirada.
Marco tomó asiento frente a ella, con un bolígrafo y unos papeles en mano.
—¿Puedes decirme lo que sucedió?
Mikasa observó su mano ensangrentada, a pesar del pañuelo, la sangre no dejaba de salir.
—T-Tuve una reunión privada con Patrick —murmuró, incapaz de hablar correctamente.
Marco anotó sus palabras en el papel, luego asintió, esperando a que continuara.
Mikasa mantuvo la mirada fija en su mano.
—Me regaló un kimono, y quiso que me lo pusiera ahí mismo, frente a él —susurró, y la sorpresa en la mirada de Marco fue más que evidente. Aquello la deprimió aún más—. Me negué, entonces él… é-él quiso…
Él suspiró, cerrando la carpeta luego de terminar sus últimas palabras.
—No es necesario que digas nada más, está bien —dijo, guardando su bolígrafo—. Lo siento mucho, Mikasa. Espera aquí.
Marco se marchó hacia donde estaban el resto de los soldados y Mikasa aprovechó el breve momento de intimidad para llorar. Cerró los ojos, sintiendo el ardor de su ojo lastimado mientras el calor de sus lágrimas se deslizaba por sus lastimadas mejillas. ¿A caso era su destino? ¿A caso era su destino que hombres malvados intentaran abusar de ella? Kenny ya lo había logrado, y por un milagro divino, Mikasa había impedido que Patrick lo hiciera también. ¿Cual era el paso a seguir? ¿Qué era lo que vendría después?
¿Qué querían los Dioses de ella? Ya se lo habían arrebatado todo. Le arrebataron su hogar, a su familia. La obligaron a esclavizarse de por vida con una deuda que nunca podría pagar. ¿Qué más iban a quitarle?
Ya no le quedaba nada.
Desvió la mirada, aturdida, y encontró a Eren hablando con Marco junto a una camioneta. Observó la manera en que Marco le entregaba la carpeta donde había escrito el testimonio de Mikasa. Ella se paralizó, y los ojos de Eren viajaron sobre las palabras escritas por Marco. Lo observó cerrar la carpeta con fuerza, estampándola contra el pecho de Marco, y se volteó para caminar hacia la otra calle, donde habían más camionetas de la Legión. Marco intentó detenerlo, pero Eren marchó de todas formas.
Mikasa suspiró, cerrando los ojos.
Si hubiera podido huir hacia el mar, o hacia el cielo… Mikasa lo habría hecho en un parpadeo.
Los minutos pasaron y Mikasa apartó su mirada perdida del suelo cuando oyó pisadas acercándose cada vez más. Volteó el rostro un poco, casi adormecida, y contuvo el aliento cuando divisó a Eren caminando hacia ella lentamente. Cargaba un pequeño botiquín blanco entre sus manos, y Mikasa adivinó la situación incluso antes de que aconteciera. Eren tomó asiento frente a ella, abriendo el botiquín.
—Dame tu mano —ordenó en voz baja.
Ni siquiera la miró a los ojos.
Con cuidado, Mikasa se deshizo del pañuelo que Marco le dio, el cual estaba casi completamente rojo, y estiró su mano hacia Eren. Éste la tomó con cuidado, como si estuviera propensa a romperse, y comenzó a curar el profundo corte en su palma. Mikasa notó que sus manos temblaban, y alzó los ojos hacia él, quien los mantenía inclinados y concentrados en curar la herida. Pudo notar un pequeño moretón en su labio inferior, demasiado pequeño pero lo suficientemente grande y reciente como para que Mikasa pudiera notarlo a pesar de que uno de sus ojos estuviera hinchado y ensangrentado. Se tensó. ¿A caso Eren había…? ¿A caso él y Patrick…? Mikasa temió lo peor, pero el silencio y la frialdad en Eren la mantuvieron en completo silencio.
Una vez que su herida estuvo cubierta por una pasta transparente y fría, Eren tomó algunas gasas y vendó su mano lentamente, sus dedos deslizándose por su piel con demasiada delicadeza. Él, que era torpe y robusto, ponía extremo cuidado en cada tacto.
—Lo siento —susurró ella, casi sin pensarlo.
Tenía el gran presentimiento de que Eren iba a meterse en serios problemas luego de lo sucedido.
Su disculpa pareció irritarlo.
—Cállate, Mikasa —protestó, enfadado, mientras buscaba unas cosas dentro del botiquín—. Tu no has hecho nada malo.
Si no había hecho nada malo, ¿entonces por qué le sucedían estas cosas?
Eren tomó su mentón y la obligó a alzar el rostro para comenzar a curar las heridas de su cara. Incluso cuando sus ojos se suavizaron un momento, su mirada volvió a oscurecerse al notar lo lastimada que estaba. Suspiró, con evidente mal humor, y tomó un paño mojado para limpiar la sangre de su boca y de su ojo. Éste había comenzado a hincharse, y el interior estaba cubierto de sangre. Además, las lágrimas que había derramado no habían ayudado demasiado. Mikasa ni siquiera quería verse a un espejo.
—Juro que voy a matarlo —protestó, deslizando el paño sobre su pómulo, quitando la sangre seca—. A él, al hijo de puta de Kenny, al imbécil de Jean…
—Eren —murmuró Mikasa, conteniendo las lágrimas—. No es nada… estoy bien, ni siquiera me due-
—¿Bien? —Eren apartó el paño de su ojo y la miró, enfurecido—. ¿Te has visto a un espejo, mujer? No estás bien. ¿Cómo puedes-
—¿Qué quieres que diga, Eren? —interrumpió Mikasa. Un incómodo silencio se interpuso entre ambos—. ¿Quieres que me largue a llorar? No voy a hacer eso.
Mikasa apartó la vista, incapaz de sostener su mirada, y luego de unos pocos segundos de silencio, Eren retomó su tarea de enfermero. No le tomó demasiado tiempo, tampoco es como si hubiera mucho por hacer. Limpió la sangre de su rostro, colocó algo de crema sobre las heridas y una pequeña bendita sobre su ceja, al parecer su piel se había partido un poco. Cuando hubo terminado y cerró la caja del botiquín, ambos se incorporaron, y Mikasa supo que ya era hora de marchar a casa.
¿Cuál es mi casa? se preguntó.
Eren guardó unas cosas dentro de la camioneta y cuando se volteó hacia ella, quitó las mantas que Marco había colocado sobre sus hombros. Se quitó su chaqueta negra y se la puso, asegurándose de que Mikasa introdujera los brazos por las grandes mangas. Luego, se quitó la bufanda roja, y la enroscó alrededor de su cuello.
Mikasa se quedó quieta, apretando los puños y conteniendo las lágrimas, cuando la larga y desgastada bufanda comenzó a enroscar su cuello lentamente. No sabía si era por los años o porque Eren la había lavado muchas veces, pero la bufanda se veía más larga de lo normal, y Eren continuó enroscando, la tela cubriendo casi toda la mitad de su cara, dejando solo sus ojos y su frente al descubierto. Ahora el aroma de Eren estaba por todas partes. Acto seguido, Eren tomó su mano, entrelazando sus dedos tiernamente y dio un paso, comenzando a caminar, obligándola a seguirlo.
—Vamos —dijo—. Te compraré chocolate caliente.
Y así fue.
Eren se despidió de Marco y ambos se introdujeron en su auto negro, avanzando por las desoladas y nevadas calles de Rose. En ningún instante entablaron conversación, y Mikasa se dedicó a observar el paisaje oscuro por la ventanilla, resguardándose entre el calor de su chaqueta y la bufanda roja. Eren aparcó el auto frente a una tienda que ya había empezado a decorar la entrada con objetos navideños. Las luces parpadeaban mágicamente sobre la puerta de entrada, y fue lo único bonito que Mikasa vio aquella noche, observando distraída las luces cambiar de colores todo el tiempo. Eren se bajó del auto y minutos después regresó con su chocolate caliente, decorado dentro de un bonito vaso de plástico rojo, con las palabras "¡felices fiestas!" decoradas en verde. Mikasa tomó el vaso y se sorprendió de que solo hubiera uno solo. Miró a Eren de reojo, la bufanda roja cubriendo casi todo su rostro.
—¿Tú no tienes uno?
Eren cerró la puerta y arrancó el auto mientras negaba con la cabeza.
—Estoy bien.
Solo lo había comprado para ella.
Mikasa suspiró, el calor del vaso calentando sus manos.
—¿Quieres que te lleve a casa de Carla? —preguntó Eren.
Mikasa cerró los ojos. En un momento como ese no habría deseado nada más que estar en la casa de su madre, entre sus brazos, sintiendo el calor y el amor de un hogar. Pero era demasiado arriesgado. Mikasa no deseaba regresar a su departamento, no quería ver a Jean, y si marchaba a casa de su madre Jean sospecharía de su ausencia, y tal vez llamaría a Frieda para preguntar si ella estaba allí. Si no la encontraba en la okya, Mikasa podría meterse en serios problemas. Jean podría creer que intentó escapar, como muchas veces lo hizo de pequeña.
Negó con la cabeza, siendo controlada por las circunstancias y no por sus propios deseos.
—Llévame a Shiganshina. Me meteré en problemas si voy a casa de mamá.
Eren no respondió, y en silencio continuó conduciendo.
Los minutos pasaron y Eren tomó la ruta de una carretera que se encontraba bastante concurrida, y el tránsito lo obligó a detenerse durante varios minutos, avanzando a paso de tortuga. Eren mantenía sus manos fuertemente arraigadas contra el volante, pensando en todas y cada una de las posibilidades que tendría de hacerle pagar a ese imbécil lo que había hecho, cuando repentinamente escuchó un ruido que detuvo sus sádicos pensamientos. Eren parpadeó, sin atreverse a girar el rostro, cuando oyó el sonido de nuevo.
Snif. Snif.
En silencio y oculta bajo la bufanda roja, Mikasa mantenía sus ojos fijos en la ventanilla, ojos repletos de lágrimas que intentaba contener a toda costa, sollozos que tragaba pobremente y quemaban su pecho en el proceso. Incluso de pequeña, Mikasa nunca había sido demasiado talentosa para llorar en silencio. Eren apartó la mirada del volante para echarle un rápido vistazo a Mikasa. Mantenía sus manos contra su regazo, y Eren notó que temblaban estrepitosamente. Mikasa intentaba controlarlo, tratando de ocultar sus manos bajo las mangas de la chaqueta, pero era imposible.
Si Mikasa estaba pasando una pésima noche, para Eren era aún peor.
Era muchísimo peor.
Durante el resto de hora que les tomó llegar a Shiganshina, las lágrimas de Mikasa fueron como intensos cuchillazos contra el pecho de Eren.
—o—
Eren estacionó el auto a media calle de distancia de la okya.
Con el toque de queda la calle se veía más vacía de lo normal. Incluso luego de que abandonaron el auto y permanecieron de pié junto a éste durante unos minutos, el silencio entre ambos fue incómodo y tortuoso.
—Gracias por traerme —dijo, sus ojos viajando hacia todas partes menos hacia él.
—¿Vas a estar bien? —preguntó.
Mikasa asintió.
—Sí, estaré bien —dijo. Tomó una bocanada de aire, suspirando—. Soy fuerte.
Eren asintió repetidas veces.
—Sí, lo eres —afirmó, y Mikasa alzó su mirada hacia él—. Siempre lo fuiste.
—A pesar de lo que sucedió hoy… —comenzó, dubitativa—. Yo… estoy feliz de que pude verte de nuevo.
Toda la ira que acompañó a Eren durante el viaje se evaporó por completo, casi por arte de magia. Mikasa era la única persona en el mundo que podía apaciguar el peligroso fuego de su corazón.
Eren siempre había sido un hombre de palabras. Pero incluso ahora, ni siquiera sabía qué responder. Mikasa observó sus propias manos.
—No quiero irme —susurró, sabiendo que así debería ser en pocos minutos. Debería caminar lejos de él y abandonar el calor que encontraba a su lado, el calor de un hogar. Regresaría a la okya, debería enfrentar a Frieda, a Jean, y durante largos días no tendría noticias de Eren otra vez.
No quería irse.
No quería irse nunca.
Eren contuvo su afilada y traicionera lengua, deseando a toda costa susurrar lo mismo, sería muy egoísta decirlo.
No quiero que te vayas.
Presa del silencio, Mikasa deslizó sus manos por la bufanda para quitársela, poco a poco desenroscando la desgastada tela de su dolorido cuello. La dobló un poco, intentando achicar su longitud, e inclinó ambas manos para que Eren pudiera tomarla de regreso. Alzó la mirada, esperando, pero Eren no se movió ni siquiera un centímetro.
Mikasa se quedó quieta, con sus manos alzando la bufanda, una posición demasiado absurda que le habría hecho escapar una risita si su rostro no se sintiera tan adolorido como para sonreír. Eren la miraba fijamente, serio como una roca, hasta que soltó un exasperado suspiro, como si Mikasa estuviera poniéndolo de los nervios. Tomó la bufanda, y cuando Mikasa creyó que iba a colocársela a sí mismo nuevamente, Eren la sorprendió haciendo todo lo contrario.
Se inclinó hacia ella y comenzó a enroscar la bufanda alrededor de su cuello, la misma torpe y desaliñada maniobra que empleó la primera vez que se la entregó, demasiados años atrás. Mikasa parpadeó, conmocionada, y despegó sus labios para hablar.
—E-Eren…
—Quédatela.
—Pero…
—Mikasa —replicó él, dejando en claro que poco a poco estaba perdiendo su paciencia—. Es tuya. Quédatela.
En silencio, Mikasa tocó la tela con la punta de sus dedos. A decir verdad, le alegraba tener su bufanda de vuelta. Incluso si no la había usado durante años, se había convertido en parte de su ser. Ahora que las cosas con Eren iban en mejor camino, podría usarla otra vez sin ningún tipo de remordimientos.
Eren acomodó el flequillo de su cabello y resguardó un mechón detrás de su oreja. Era un pensamiento demasiado egoísta e infantil, especialmente luego de todo lo que había sucedido, pero Mikasa no pudo evitar preguntarse cuándo sería la próxima vez que Eren la besaría, si es que planeaba hacerlo de nuevo. Se sintió como una idiota de tan solo pensarlo.
—Ya vete —repuso él.
Pero Mikasa tardó varios minutos en realmente marcharse.
Se quedó allí parada frente a él, dudando, su pequeña y lastimada cabeza teniendo una intensa discusión con su cicatrizado corazón. Eren la observó con curiosidad, ¿por qué se quedaba allí parada sin hacer nada? Supo que habló, supo que sus labios formularon palabras pero Mikasa no oyó ninguna de ellas.
—¿Mikasa?
Las palabras de Eren quedaron suspendidas en el aire cuando Mikasa dio un paso, incrementando peligrosamente la distancia entre sus cuerpos y sus rostros. Eren permaneció quieto como una roca, paralizado como un niño de catorce años, y sus ojos siguieron el delicado viaje de sus lacerados labios que tiernamente descansaron entre su mejilla y su boca, casi por encima de su labio inferior. No fue exactamente un beso, ni siquiera podía considerarse como uno, pero el simple hecho de tener sus labios tan cerca de los suyos, el simple hecho de tener su rostro a centímetros de su piel, su cálida respiración azotando la suya propia, su ligero aroma a alcohol y a chocolate, la íntima cercanía de la única mujer que había amado en toda su vida…
Eren ni siquiera pudo continuar pensando con claridad cuando Mikasa apartó los labios de su piel, dejando escapar un intenso suspiro ahogado, como si se hubiera quitado una carga extrema de sus hombros. Muy a su pesar, Eren cerró los ojos, ebrio bajo los efectos de un beso incompleto, y volteó el rostro ligeramente, pues Mikasa solo había besado un extremo de sus labios. Sus frentes chocaron y Mikasa cerró sus ojos ante el contacto con su piel, el calor de su suave respiración, la manera en que Eren inclinaba levemente su rostro para alcanzar el suyo porque se había convertido en un hombre extremadamente alto. Durante un breve instante, Eren se vio extremadamente conmocionado. No esperaba algo así, no lo esperaba en lo absoluto. A penas se había atrevido a tomar su mano cuando la arrastró hacia el interior del auto, lo último que esperaba de una noche tan terrible como esa era que Mikasa deseara algo como esto; porque fue ella quien dio paso a semejante contacto físico, no él, que siempre era impulsivo y atolondrado. Ella, que durante muchos meses intentó poner su distancia, evitando todo tipo de contacto con él.
Eren parpadeó repetidas veces, conteniendo el aliento, notando que sus manos aún seguían a cada lado de su cuerpo, inmóviles, intentando procesar la situación. Deseó inclinarse tan solo un poco más, lo suficiente para atrapar sus labios en un beso completo y terminar aquello que habían empezado meses atrás, cuando Eren finalmente se atrevió a dar el siguiente paso bajo una noche estrellada y una lámpara que parpadeaba en sintonía con su corazón. Deseó rogarle para que no se marchara, proponer algún plan disparatado, esos típicos de un adolescente hormonal e imprudente. Abandonar la Legión, abandonar a sus amigos, abandonar su vida entera dentro de las murallas y escapar lejos, muy lejos. Al mar. A las montañas. A donde fuera, mientras Mikasa escapara con él.
Porque eso era con lo que su mente se había estado torturando durante los últimos años.
Aún continuaba recordando el orfanato destruido entre sus sueños, el sonido de una tormenta que aún no llegaba y el granero, donde todo había terminado. Y esos dos niños dentro del granero, tratando de aferrarse el uno al otro con desesperación con manos ensangrentadas, aferrándose lo más fuerte que podían pero al final todo era simplemente demasiado. El tiempo era demasiado fuerte.
Tiempo, tiempo, tiempo.
Eren siempre creyó que tendrían tiempo.
Pero tarde o temprano, esos niños debían separarse, partir por caminos diferentes. Y así creía Eren que era con ambos. Y era una lástima, una verdadera lástima, porque ambos se habían amado el uno al otro durante todas sus vidas y aún así no podían estar juntos. Al final de todo, no podían estar juntos para siempre.
Y ambos parecían extremadamente conscientes de ese hecho.
Por esa misma razón, Mikasa sabía exactamente cuál era el límite a llegar, y Eren creyó que fue cruel.
Cuando se apartó de él con sus párpados cerrados, evitando mirarlo a los ojos; cuando Eren abrió los suyos y la vio con la cabeza gacha, derramando lágrimas para darse la media vuelta y caminar de regreso hacia la okya sin siquiera mirar atrás, sin siquiera decir adiós ni sostener su mirada… Eren creyó que fue cruel.
Cruel y hermosa.
Mikasa no miró hacia atrás, ni siquiera se volteó a verle o a despedirse con su mano y una tierna sonrisa. Si lo hacía, no sabría si podría regresar a la okya otra vez. Y Eren no la siguió, tampoco la detuvo. Supo que era de la misma manera para él. Aún con el calor de Eren impregnado en su piel, Mikasa continuó sus pasos secos hacia la puerta de entrada de la okya, donde la lámpara parpadeaba como todas las noches, reuniendo polillas que le daban la bienvenida a un lugar que jamás se sintió como un hogar.
Su hogar lo acababa de dejar minutos atrás, cuando los brazos de Eren la soltaron.
Con un suspiro abrió la puerta de entrada, esa hecha de madera que chirriaba cada vez que la abrían. La cerró detrás de ella, tomándose unos segundos que utilizó para esconder su rostro entre sus manos, mordiéndose el labio inferior con fuerza sin importar las lastimaduras sobre su piel. Mientras Mikasa fuera una geisha, mientras estuviera atada a Frieda, a su contrato, a Jean…
Eren y Mikasa nunca podrían estar juntos.
Y esa noche lo supo. Supo que eso era lo que deseaba, lo que realmente quería. La confusión que la acompañó durante meses se había esfumado cuando sus labios confirmaron las sospechas que Eren había dejado en su interior la noche en que la besó.
Mikasa lo amaba.
Siempre lo había amado.
Y aún así, a pesar de sus sentimientos, el destino los había separado durante diez años.
¿Podría esa cruel maldición romperse alguna vez?
Ocultó su rostro en la bufanda roja, intentando calmarse, y luego de unos segundos limpió sus lágrimas, dispuesta a entrar en la casa y enfrentar al resto de sus hermanas, a exponer su rostro injustamente golpeado y a esperar los problemas que sabría dicha golpiza traería consigo. La luz estaba encendida, y cuando entró dentro de la casa y llegó a la sala principal, todas estaban sentadas en el sofá, vestidas con sus batas de dormir. Frieda fumaba un cigarro, su cabello atado en un alto y desordenado moño mientras sintonizaban una radio algo entrecortada. Todas las miradas cayeron sobre ella cuando llegó, y de alguna extraña manera, era como si estuvieran esperándola.
El rostro de Frieda se tiñó en horror cuando vio las lastimaduras en su rostro.
—¿M-Mikasa…?
*llora*
Quise actualizar antes, lo juro, pero me quedé sin internet por un montón de tiempo. Por suerte aproveché esos días para escribir, y creo que el resultado fue bastante satisfactorio (?) he estado queriendo escribir este capítulo básicamente desde que comencé el fic, y lo escribí y re-escribí muchas veces porque quería que quedara casi perfecto. La verdad no tengo mucho para decir o explicar, espero poder subir el próximo lo más pronto posible, y les agradecería mucho a todos si me regalan un bonito review? -dibuja corazones- a esta pobre escritora que sufrió de aburrimiento por no tener internet.
Ahora sí, la pregunta definitiva: ¿creen que Jean sabía lo que Patrick planeaba hacer con Mikasa?
-se va corriendo-
¡Hasta muy pronto!
—Mel.
