Mezzaluna

París, je t'aime

Septiembre había llegado frío y contundente a París. La joven salió por la puerta del edificio ataviada con una gruesa parca y un pañuelo envolviéndole delicadamente el cuello. El viento mecía sin cuidado su cabello, atrapado en una diadema, mientras ella sentía cómo el frío subía por sus piernas. Un escalofrío recorrió su espalda y la joven suspiró.

Fue hacia la boulangerie que quedaba a unos metros de la entrada del edificio, en la misma rue du Vaugirard. Bonjour. Entró y la dependienta, que ya la conocía, sonrió y le tendió lo que siempre pedía preparado. Ils couten quatre euros et vingt centimes. La joven pagó con un billete de cinco euros y cogió el poco cambio que le dio. Merci,au revoir. Sin intercambiar ninguna palabra, le sonrió a modo de despedida y se fue. Al salir a la calle estuvo tentada de cruzar la acerca y adentrarse a los jardines de Luxembourg, de visitar la Universidad Rene Descartes, quizás, o de tomar algo caliente en una de las terrazas que daban al jardín. Pero notó su mirada clavada en ella, y recorrió el pequeño trayecto hacia el edificio de nuevo.

Era un casalote antiguo y completamente deshabitado. De hecho, solamente vivían ellos dos allí, pero no se podía negar el pasado elegante y lujosos que albergaba esa casa de la rue du Vaugirard, en el cruce con la rue Bonaparte. Subió hasta el tercer piso por las escaleras; el elevador, que era tan antiguo como la casa, tardaba horas en ir y venir, y a ella no le apetecía esperar.

Antes de que pudiera poner la llave en el cerrojo la puerta se abrió y el joven de cabello oscuro y rizado le dedicó una sonrisa. Ella intentó correspondérsela, pero no estaba de humor. Entró, ignorándolo por completo, y fue hacia la cocina para dejar allí la comida. Le esperaban otras veinticuatro horas sin poder salir del piso. Adiós, aire fresco; adiós, París.

El piso era de paredes realmente altas. Cerca del techo, unas molduras elegantes adornaban la pared. Las puertas eran largas y de madera oscura, con relieves a los que era imposible quitarles el polvo del todo. Había tres habitaciones con cama, pero la que daba a la calle estaba tapiada; era mejor que nadie supera exactamente dónde estaban. La cocina era antigua, estrecha y alargada, las repisas estaban tocadas por los años y las estanterías medio vacías.

Luego la joven se dirigió hacia el salón, donde dos sofás que crujían cada vez que uno se sentaba encima estaban encarados hacia el televisor, lo único del piso que parecía de ese año.

—Bella, deberías empezar a tomarte esto con calma —le suplicó Julian, sentándose a su lado en el salón.

La joven desvió la mirada. Julian no era una mala compañía: era divertido, siempre buscaba temas de conversación con los que hablar con ella y compartían la mayoría de los gustos por la mayoría de las cosas. Pero no era su compañía la que Bella ansiaba. Ella necesitaba ver a Edward. Cuanto antes.

—Sabes que de seguida que pueda vendrá, pero las cosas no están saliendo como ellos quieren…

La voz de Julian se metió en su cabeza, pero no terminó de escuchar la frase.

Las cosas no salían como ellos querían. La guerra entre licántropos y vampiros había estallado en Estados Unidos. Cada día llegaban noticias de terribles asesinados, incluso las daban en las noticias francesas. Se creía que era por el narcotráfico, por problemas de contrabando o ajustes de cuentas. Los vampiros se encargaban de esconder sus asesinatos con burdas tapaderas humanas; los licántropos lanzaban al mar las cenizas de los vampiros que habían matado. Y Edward estaba en medio de todo aquello, haciendo de mediador para los Vulturis.

Y a ella la habían mandado a Francia, a París, donde no se tenía constancia de la existencia de un hombre lobo desde 1923, a cargo de Julian Rhodes, un humano amigo de Carlisle Cullen. Al parecer, según le había explicado Julian, su familia se había hecho rica gracias a la ayuda de Carlisle y ahora él le devolvía el favor cuidando de Bella.

—No podemos salir, lo sabes —suspiró—. No sabemos en qué situación te encuentras ni a qué te nos enfrentamos… además, si te atacaran, yo no podría hacer nada —suspiró el joven, desmotivado.

Bella lo miró consternada y se sintió mal por haber sido cruel con él. Iba a hablar, pero no pudo. Perdió el conocimiento tras el ataque en Los Angeles y, cuando despertó, los médicos le explicaron que por culpa de esas extrañas heridas que se había hecho al caer de una bicicleta (¿De verdad pensaba que se lo iban a creer los médicos?) se había dañado en la laringe y no podía hablar hasta que le mejorara. Llevaba el cuello vendado para ocular las heridas que todavía tenía: cuatro arañazos profundos en un lado y otro en el lado opuesto. La garra del vampiro que había estado a punto de matarla.

Desde eso no había vuelto a hablar con Jacob y, por eso, no sabían en qué situación se encontraba. Edward le había dicho, mientras se despedían en el aeropuerto de Los Angeles, que él temía que los licántropos pudieran utilizarla como rehén o que los Vulturis hicieran lo mismo para mantener a la familia Cullen atada a la guerra. Así que Carlisle había llamado al señor Rhodes, le había dado el teléfono de Bella y el señor Rhodes le había dicho qué billete comprar; tanto secretismo, para que nadie supiera dónde Bella estaba porque, al parecer, uno de los altos manos de los Vulturis podía leer la mente, más o menos, como hacía Edward.

Y, desde que estaba en Francia y no veía a Edward, se preguntaba si merecía la pena seguir con vida tras tanto sufrimiento. Luego recordaba lo que sentía por él, lo que Isabella había sentido por él y, por muy estúpida que se sintiera al amar un monstruo (aunque cada vez lo veía menos como tal), paradójicamente se sentía feliz de ser correspondida.

Edward estaba en Italia en aquellos momentos. Para ser más concretos, se encontraba en Volterra acompañado de Carlisle esperando una reunión con los Vulturis. Los habían acompañado (o escoltado) hasta una sala de reunión cuyo suelo, paredes y columnas estaban hechas con el mármol gris y blanco típico del Renacimiento de la Toscana. Era la primera vez que Edward estaba allí, pero le recordaba a algún otro sitio, quizás una iglesia.

—Te recuerda a la basílica San Lorenzo, de Brunelleschi —le repuso Carlisle cuando vio que Edward examinaba la sala—. De hecho, esta sala la diseñó Brunelleschi —Entonces vio el parecido y asintió.

En el centro de la sala había tres tronos de mármol. En cada uno de ellos había un vampiro que, aunque vestía una larga capa negra, debajo llevaba ropa normal que cualquier humano de mediana edad hubiera llevado si fuera, por ejemplo, el adinerado director de un banco. En uno de ellos contrastaba, también, una larga melena negra y una piel fina, casi translúcida.

—¡Carlisle! —exclamó, acercándose al recién llegando con una amplia sonrisa, que dejó al descubierto unos afilados colmillos—. Me alegra que hayas regresado, ¿Qué noticias me traes?

Carlisle, pese a haber sido retenido en Volterra por los Vulturis durante un período relativamente largo de tiempo, le sonrió a Aro y le devolvió el saludo cuando él le tendió la mano. Aunque temió por su vida y la de su esposa, no podía negar que Aro lo había tratado bien todo ese tiempo, y muchos años atrás habían sido buenos amigos.

—Venimos por el tema de Mezzaluna, Aro —explicó Carlisle.

—Y de vuestra amiga Isabella Swan —le sonrió sádicamente a Edward—. Imagino que tú eres Edward —le tendió la mano. Edward sabía qué significaba eso porque Carlisle ya lo había advertido. Cerró los ojos y aceptó la mano de Aro. Al instante, notó como si le succionaran parte de la cabeza. Rememoró toda su vida (humana y vampira) a gran velocidad. Supo que Aro sabía cualquier cosa de él cuando abrió los ojos y lo vio sonriendo malévolamente—. Interesante, sigue siendo humana pero no sabes dónde está. Es una buena idea, si no estás interesado en que la matemos. Muy inteligente por vuestra parte.

Aro se había dirigido de nuevo a su gran trono de mármol. Los otros dos Vulturis, Cayo y Marcus, los miraban sin pestañear siquiera. Parecían dispuestos a dejar que Aro tratara con aquel tema que ya duraba demasiado.

—La guerra ya ha empezado, Aro —le anunció Carlisle—. Ya no necesitas más a mis hijos, ahora todos los vampiros de Norteamérica están unidos. Queríamos pedirte permiso para terminar con esta farsa del grupo de música.

Aro sonrió.

—Vuestra idea me parece buena —comentó, rememorando lo que había visto en las mentes de los dos Cullen—. Tenéis mi permiso para llevarla a cabo.

Carlisle sonrió satisfecho y se volvió hacia Edward, pero este seguía serio.

—No voy a traer a Bella aquí —gruñó al leer en el pensamiento de Aro lo que éste iba a pedirle—. Ella no quiere convertirse, no todavía —murmuró.

El Vulturi soltó una suave risa.

—Lo sé, Edward, lo sé —le repuso—. Todavía te ve como un monstruo. Pero estoy convencido de que cuando hayáis arreglado vuestros problemas, ella te suplicará que la conviertas en inmortal. Es cuestión de tiempo. Tu hermana Alice lo ha visto en sus premoniciones, ¿verdad? —continuó—. Además, no le quedan muchas opciones: o la inmortalidad o la muerte. No sabría decirte qué va a escoger —comentó irónicamente.

Edward bajó la mirada.

—Cuando se haya recuperado, quiero que la traigas aquí —el tono de voz había cambiado, eso era una orden en toda la regla—. Quiero examinar ese extraño poder que parece tener. Quiero descubrir el misterio que hay detrás de esta supuesta reencarnación. Hacía tiempo que no estaba tan muerto de curiosidad por algo —sonrió ante su propio chiste.

Carlisle le puso una mano en el hombro a Edward, al ver que este estaba poniéndose realmente nervioso por la conducta injusta de Aro. No iba a convertir a Bella a menos que ella se lo pidiera, mucho menos iba a matarla; traerla a Volterra como humana era casi condenarla a manos de los Vulturis. Si la traía allí y luego ellos no querían que se fuera, le sería imposible sacarla de la ciudad. Y le daba miedo que Aro la pudiera encontrar interesante.

—Te doy un año, Edward —le dijo, de pronto, Aro—. Tienes un año para traérmela aquí, convertida o no; pero si pasado un año sigue siendo humana, la buscaremos y la mataremos. Sabe demasiadas cosas y tú sabes que eso no lo podemos permitir —le sonrió malicioso.

Edward cerró con fuerza los puños y notó cómo las uñas se le clavaban en la palma de la mano. Si hubiera sido humano, hubiera sangrado. Pero él no era humano.

—Mientras, mandaré a alguien para que solucione el tema de Mezzaluna con vosotros —les explicó.

Las puertas de la sala se abrieron de nuevo y entró, con paso firme y delicado a la vez, una joven que no llegaba a los veinte años. Como todos los vampiros, sus rasgos eran perfectos. Una larga melena castaña caía por su espalda, formando suaves ondas que se mecían con cada paso que daba encima de unos impresionantes tacones de aguja. Su cuerpo perfecto, lleno de curvas sinuosas, quedaba totalmente al descubierto debajo de un vestido rojo.

—Danielle os acompañará —la presentó Aro—. Ella será mi voz para terminar esta misión —le sonrió a la vampira, que le dedicó una caída de ojos.

La noche había caído ya en París, cuando su teléfono sonó. Bella se despertó y cogió el pequeño aparato, que reposaba encima de su mesilla de noche. Reconoció al número que había en la pantalla y descolgó. Iba a preguntarle cómo estaba, cómo se encontraba, cuándo se verían, pero recordó que todavía no podía hablar.

—Hola, Bella —saludó dulcemente la voz de Edward—. Ya estamos en casa de nuevo —le explicó. Ella sabía que debían visitar a los Vulturis para hablar sobre el grupo y había estado angustiada desde la última llamada que había recibido del joven, al día anterior—. Pronto terminará esto del grupo y dejarán de perseguirnos los paparazzis —continuó el vampiro.

A Bella le hubiera gustado mucho poder decirle que se alegraba de aquello, que tenía ganas de volver a verlo. De acariciar su cabello. De besarlo. Pero no podía y el sentimiento de impotencia alejó la felicidad que sentía.

—Estamos en Alaska —continuó Edward—. Nos dirigimos a Denali. Aquí no hay licántropos; al parecer, no debe gustarles el frío. Las cosas se están empezando a poner feas, imagino que lo habrás visto en las noticias, estés dónde estés —imaginó la triste sonrisa de Edward al pronunciar aquellas palabras—. Me siento como si hablara con un contestador —suspiró—, pero sé que no es tú culpa. Espero que no dejes de… —iba a decir "quererme", Bella lo supo, pero el vampiro no llegó a pronunciar aquella palabra— …mientras estés fuera. Sería realmente patético por mi parte seguir hablándote si ya no quieres saber nada de mi.

Fue Bella la que sonrió tristemente entonces.

—¿Has empezado a leer eso, ya? —inquirió como si acabara de recordar algo—. Piensa que lo escribió casi un adolescente y que estábamos en otra época —se rió—. Qué vergüenza me da habértelo dado, o tenerlo guardado todavía. Pero, ya que lo tenía, era la mejor manera que pudieras recordarlo todo —suspiró—. A ver si, con ello, logramos desentrañar este misterio.

Edward se refería al diario de Isabella Winsett y a las cartas que Edward Masen le había estado mandando durante todo su noviazgo. Él lo había sacado de la habitación de su prometida tras el entierro y las había guardado todo ese tiempo.

Ahora Bella lo releía, cada noche, hasta que caía dormida.

La letra no se parecía a la suya. De hecho, la letra de Isabella era pulcra y ordenada, como la de Edward, comparada con la de Bella. Pero releer esas palabras era como leer su propio diario. Todo seguía pareciéndole tan lejano, pero vivo a la vez. Era como si hubiera encontrado un dibujo de su infancia o unos deberes de cuando tenía seis años. Sabía que era suyo pero no sabía cómo demostrarlo…

Finalmente, Edward se despidió. Ella, con los ojos humedecidos, fue a buscar el diario y continuó releyendo. Todavía no había llegado a la parte en que conocía a Edward, pero había pensado que, puestos a leer, leyera desde el inicio.

Julian la había convencido de ir a un restaurante. Esa mañana habían ido al hospital y le habían retirado las vendas. La herida estaba completamente curada y pronto podría empezar a ir a rehabilitación para hablar, si no lo conseguía por ella sola en unos días. Julian le había dicho que eso merecía una pequeña celebración y al final la convenció.

Pero primero fue a la peluquería. Se cortó el cabello, que le llegaba a media espalda, por encima de los hombros. Necesitaba un cambio, aunque ese peinado dejara al descubierto las marcas de sus heridas. Necesitaba hacer algo diferente, o iba a volverse loca con tanta precaución.

—Estás fabulosa —le comentó Julian cuando salió de la habitación con un vestido de seda negro que le había comprado él esa tarde. Bella le sonrió y se agarró al brazo que él, cómicamente, le tendió.

Abajo les esperaba un taxi y, aunque Bella creía que iba a llevarla a un restaurante, se sorprendió cuando se dirigió a los jardines del Trocadéro o eso entendió cuando le dijo la dirección en un francés muy fluido al taxista. Julian estuvo hablando con ella todo el rato, sobre trivialidades, y Bella le sonreía de vez en cuando. Desde luego, Julian era una buena compañía, pero no la compañía que ella quería. En ese momento hubiera preferido el frío de Alaska al temporal de París, por mucho restaurante lujoso.

El taxi paró en la avenida Maria Callas y ambos bajaron. Julian cogió la mano a Bella, que parecía un tanto perdida y desconcertada en aquella concurrida calle, y tomó una dirección muy seguro de si mismo. De pronto, llegaron al Trocadéro, una gran rotonda en forma de jardín. Pero no se dirigieron allí, sino que lo bordearon por la acera, como hacían muchos más turistas, no tan arreglados como ellos.

Llegaron al lado opuesto de la plaza, donde se abría un enorme espacio entre dos edificios de mármol blancos. Fue entonces cuando Bella se fijó en que, al otro lado del río Sena, la torre Eiffel quedaba recortada contra el cielo por los últimos rayos de sol, como una imponente bestia de acero.

Boquiabierta, la observó unos instantes. Todos aquellos turistas habían ido a abarrotar aquel espacio para observar la torre que, de pronto y sin previo aviso, empezó a centellear en millones de chispas azuladas.

Bella se volvió hacia Julian.

—Gracias —susurró con voz débil.

El joven tardó unos instantes en reaccionar.

—¡Puedes hablar! —exclamó de pronto, dándole un abrazo.

Bella se había percatado de eso también y estrechó al joven entre sus brazos. Nada más soltarlo, pero, ya había cogido su teléfono móvil para llamar a Edward.

Est—ce que tu est Julian Rhodes? —exclamó una voz femenina detrás de ellos.

Bella se volteó. Era una mujer, acompañada por un cámara de televisión. Los dos observaban a Julian con brillo en los ojos. Debían haber ido allí a hacer un estúpido encargo para alguna televisión local y se habían encontrado con el hijo del multimillonario Jeremy Rhodes. Sonrieron satisfechos, como si Julian y Bella fueran un plato de carne y ellos estuvieran hambrientos.

Pouvons—nous faire quelques questions, s'il vous plaît? —preguntó la mujer. Bella la miraba alternativamente a ella y a él y, disimuladamente, se abrigó el cuello con el chal, para evitar que pudieran ver las heridas.

Bien sûr —contestó Julian. Luego se volteó hacia Bella—. Quieren hacernos unas preguntas, contestaré yo —le sonrió. Bella asintió y le devolvió la sonrisa.

La periodista estuvo preguntándole a Julian qué hacía allí mientras el cámara se encargaba de grabar la entrevista, después de llamar a otro hombre que apareció con una cámara y se dedicó a fotografiarlos. Todos los turistas se habían vuelto hacia ellos y estaban haciendo lo mismo, sin saber quienes eran ellos dos, pero suponiendo que alguien debían de ser si tantas fotos les hacían unos profesionales.

Comment elle s'appelle? —preguntó finalmente la periodista, señalando a Bella con la cabeza. Ella sonrió incómoda.

Julian le dedicó una sonrisa a la mujer.

Elle s'appelle Audrey —mintió—. Mais nous nous devons partir. Merci beaucoup pour vôtre temps —agarró a Bella de la mano y tiró en dirección al Trocadéro—. Au revoir —se despidió con la mano, mientras llamaba a un taxi.

Bella subió tras él.

—¿Qué querían? —susurró dejando su teléfono móvil, que había estado cogiendo todo el rato, en el bolso. Se volteó para ver cómo el cámara seguía grabando su huída forzada.

Julian se recostó en su asiento.

—Querían saber quién eras y les he dicho que eras mi prima Audrey. Te pareces un poco a ella, pero no parecían muy convencidos —suspiró—. Espero que no causemos mucho revuelo. Si aparecemos en la prensa nacional no hay problema, pero si las cosas pasan a oídos de la internacional deberemos dejar París… Incluso el país. Si los Vulturis te encuentran…

Bella hizo una mueca y restó pensativa el resto del viaje hacia el piso, que se le hizo realmente corto. De pronto, estaba en frente del portal y saltó del vehículo nada más Julian le abrió la puerta. No esperó a que él llegara al portal de edificio para abrir la puerta: sacó su juego de llaves y corrió hacia arriba. Iba a encerrarse en su habitación, iba a llamar a Edward e iba a decirle dónde estaba. Si iban a buscarla los Vulturis estaría mejor protegida al lado de otros vampiros.

—¡Bella! —exclamó la voz de Julian.

No se había dado cuenta, pero se había estado mordiendo el labio inferior por culpa del nerviosismo y se había hecho un corte. Julian la paró al medio de las escaleras y la obligó a recostarse contra la pared.

—Tranquilízate. No va a suceder nada malo —le dijo.

La joven hizo una mueca.

—Quiero volver con Edward, Julian —suplicó—. Me da igual que puedan encontrarme o lo que puedan hacerme. Esto es mucho peor que cualquier tortura —susurró—. Déjame llamarlo. Quiero volver.

El hombre se puso serio.

—Prometí que te mantendría alejada de cualquier peligro hasta que ellos llamaran —le dijo—. No puedes decirle que estás en Francia, ni que te han fotografiado. No pareces la misma, con el pelo corto, nadie te reconocerá —intentó tranquilizarla—. Yo llamaré a mi agente, a ver si consigo que elimine el reportaje y las fotografías —murmuró—. Bella, no puedes decírselo.

La morena se quedó callada y miró al suelo. Finalmente, asintió. Julian tenía razón, no solamente se ponía en peligro a ella misma si intentaba volver, podían utilizarla como rehén y los perjudicados serían los Cullen.

—De acuerdo —concluyó—. ¿Puedo llamarlo, de todos modos? —comentó, notando como un nudo de emoción se le hacía en el estómago.

Julian asintió.

Bella corrió escaleras arriba, hasta la azotea del edificio. Abrió la puerta de madera carcomida por la intemperie y salió a la terraza descubierta y llena de moho que había encima del todo el edificio. Un viento helado azotó su cabello recién cortado y notó cómo la piel se le ponía de gallina. Sonrió al oler el aroma de París de nuevo. Hola, aire fresco; hola, París.

Marcó el número de Edward y esperó. Cada pitido se le clavó en el corazón mientras aguardaba.

—¿Bella? —preguntó la voz del vampiro, preocupada, al otro lado del auricular—. ¿Sucede algo?

Ella sonrió, aunque él no pudiera verlo, antes de hablar.

—¡Edward te hecho de menos! —exclamó. Su voz se oyó rasposa y fue consciente de que la estaba forzando demasiado—. Te echo de menos. Quiero verte; necesito verte, Edward —añadió con un tono más flojo.

Tardó en recibir la respuesta del otro lado.

—Yo también, Bella.


Gracias, gracias, gracias, gracias por los rr :)

Eri.