Hellsing no Uta

Capítulo 11: Jekyll y Hyde

– ¿Por qué te lo pregunto? Pequeña rata¿crees que no reconozco a un traidor?

El hombre en menos de una milésima de segundo se abalanzó sobre Ann, directamente hacia su cuello. Los hombres que también estaban ahí se habían quedados mudos y paralizados del miedo, incapaces de hacer algo por ella. Entonces, cuando ya todos daban por perdida la vida de la muchacha, se oyó una pequeña detonación. Algunos ahogaron una exclamación, porque lo que había sucedido era que una bala se había impactado directamente en la cabeza del atacante.

– ¿Qué demonios…!

–Esto te dejará quieto por un rato. –Ann bajó el arma humeante, y se acercó a quien había sido su blanco– Ahora dime¿cómo se siente traicionar a tu patria, a tu tan querida Reina, a tu familia?

No hubo respuesta.

–Humano tonto. No pensaste nada más que en ti mismo¿no es así¡Pobre de tu mujer, pobres de tus hijos, que tienen un padre y un marido tan mediocre¿Te parece justo el intercambio, eh? Tu alma y las de otros tantos a cambio de la eternidad…–la chica rió irónicamente–No es justo el intercambio; no es equivalente. Esas pobres almas inocentes que hoy morirán sin saber porqué…ojalá Dios sepa perdonar a los monstruos que están atrás de todo esto. En fin…

– ¡Tus esfuerzos no sirven para nada, niña!–siseó el vampiro– ¡El mayor ganará esta guerra, y finalmente Inglaterra será suya¡Todo el mundo conocerá el poder del Batallón!

–Es basura como tú lo que realmente me da ganas de vomitar. –Dijo ella con una furia apenas contenible, y volviéndole a apuntar a la cabeza con su pistola–En esta casa no hay lugar para los traidores, ni tampoco para la mierda como tú. –Su mano derecha guardó el arma en el cinto, para luego perderse entre su cabello. Con un silbido aterrador, la hoja de la espada empezó a vislumbrarse, y cuando ella terminó de desenvainar rápidamente su brillo destelló en la sórdida y fría mazmorra. –No puedo arriesgar estas vidas. ¡TE BORRO EN EL NOMBRE DE HELLSING!

Y con un silbido que erizaba los vellos, ella y su espada acabaron con el no-muerto.

–Basura despreciable–murmuró ella, pateando el montón de arena y cenizas a lo que había quedado reducido su oponente. –No pensé que habían llegado tan lejos…–Sacó de un bolsillo de su blazer un pañuelo, y con el limpió rápidamente la superficie de su espada. Luego, la observó con demente satisfacción, y la guardó nuevamente en su vaina.

Buscó en los bolsillos del pantalón cargo y sacó un pequeño auricular. Luego de ubicarlo correctamente, empezó a intentar comunicarse.

– ¡Capitán¡Capitán Bernadotte!

– ¿Ann¿Eres tú?

–Sí. Escucha: todos los de Inteligencia están sanos y salvos. Pero…

– ¿Qué¿Pasó algo?

–…Tenemos infiltrados de Milenio. Hasta ahora silencié a uno solo, pero puede ser que hayan más…

– ¿De qué grupo era?

–Grupo no sé, pero era de los que transfirieron de Marina hace tres meses, si eso te sirve.

–Ann…–empezó Pip

–Voy a ver a los invitados. Si hay traidores dentro seguro que se enteraron de donde están; lo mejor será que los lleve a otro lugar…

– ¡Los zeppelines llegarán en diez minutos¡Además hay uno que se está separando de la trayectoria principal!

– ¡Bueno, ya entendí¡No nací ayer, Pip, sé lo que hago!

–Eso espero…recuerda que tienes dos vidas que salvar. Y si te llega a pasar algo juro que no me hago responsable.

–No te responsabilices entonces, que yo no te obligo. ¡Cambio y fuera!

Se despidió de los miembros de Inteligencia y se alejó del lugar. Ellos ya eran grandes, y además tenían suficientes municiones como para defenderse en caso de ser atacados.

Recorrió los pasillos en un trote bastante ligero, casi corriendo, de puntillas, porque no quería ser descubierta. No era algo exactamente fácil, ya que era mucha la prisa que tenía, tanta que el corazón se agitaba desesperado en su pecho joven. Tenía que protegerlos, sería su culpa entera si algo llegase a sucederles. Sólo tenía una opción, entonces. No es que no quisiera entrar allí, pero sentía que profanaría ese lugar si no lo usaba para lo que había sido diseñado…

Abrió la puerta desesperada. Ellos ya estaban dentro, cómodamente ubicados.

– ¡Ann¿Dónde estabas?

–Nos vamos de aquí. ¡Ahora!–gritó ella, apenas pudo recuperar su voz.

– ¿Qué?–repitió Alexandra, incrédula–¿Tan pronto?

– ¡No discutas!–le dijo Ann, ya casi fuera de sí. Sintió que la mirada de su preceptor se clavaba inevitablemente en sus manos y rostro, irregularmente salpicados de sangre.

– ¡Cómo me has dicho, enana?

Esto era más de lo que alguien como ella podía soportar. No sería una Hellsing pura, pero era pariente bastante cercana a ellos. La ira y la indignación se le subieron a la cabeza, y estallaron irremediablemente.

–Me estás cansando. Una palabra más y te juro que…

– ¿Qué qué, eh, Boyle? No eres más que una enana malcriada, una plebeya que pretende ser princesa…

¡Esto era demasiado! El arma se detuvo a escasos milímetros de la frente de Collins.

–Dame un motivo y te juro que lo haré. –Ann la miró por unos segundos firmemente a los ojos, con la furia desbordante y pujante por salir. Se deleitó en el miedo que estaba imponiendo en la otra, disfrutando su evidente supremacía. Luego dio media vuelta y se acercó a la caja más cercana.

–No sé para qué diablos sacaron todo de lugar. –Murmuró furiosa, guardando nuevamente sus libros. –No me dan más que problemas; no sé para qué los traje.

–Ann, tus ojos…

– ¡Brian, hazme el favor de llevarme la comida!–le interrumpió ella, poniéndole en sus brazos un bolso bastante pesado. Luego le alcanzó una caja llena de libros, mientras que Alex tomó otra más liviana.

–No se separen por nada del mundo¿entendido?–dijo ella, mirándolos. Abrió la puerta y les indicó el frío pasillo con su cabeza. Silenciosamente los tres muchachos salieron del calabozo que oficiaba de cuarto de Victoria Ceres.

Lo último que querían los dos invitados era volver a andar por esos corredores helados, donde parecía no haber vida. Caminaban muy despacio, ya que Ann se esforzaba sobremanera en no errar en el camino. Ella sabía perfectamente que el circuito subterráneo de la mansión era el mejor laberinto que alguna vez se hubiera construido, ya que cualquiera que no conociese la forma de salir moriría o de frío, o de hambre, o de cansancio. Había momentos en que ella se detenía ante una bifurcación, pensando lo mejor posible en la decisión que debía tomar. De ella dependían esos dos inútiles que la acompañaban: esa engreída noble y el inepto pero buen preceptor. Luego de unos cuantos minutos de andar, la joven guía se detuvo.

– ¿Qué pasa?–preguntó el asistente.

Rápidamente, Ann dejó en el suelo todo lo que llevaba. Sacó de la mochila que estaba a sus espaldas una tiza y empezó a trazar círculos concéntricos con ella.

– ¡Rápido, entren en el círculo!–les gritó.

– ¿Qué es lo que quieres?–murmuró Alexandra, perpleja.

– ¡Sólo entren!

Ambos jóvenes obedecieron a ciegas. Ann desenvainó rápidamente su espada, y se quedó esperando. Y entonces, cuando el mayor de los tres estaba a punto de preguntar si eso era una broma…

Una explosión sacudió todo el pasillo. Segundos después se empezaron a oír pasos que resonaban en los sólidos muros de piedra, y tras una densa columna de humo aparecieron ellos. Una veintena de hombres, todos vestidos de la misma manera, enfundados de forma tal que sólo eran visibles sus rostros. Todos ellos apuntaron sus armas a Ann, quien los miraba expectante.

–Ya era hora. Creí que no llegarían nunca, basura inmunda.

–Apunten…

Veamos que tan bueno es "El último batallón".

– ¡FUEGO!

Una gran balacera gruesa se cernió sobre la chica. Horrorizado, Brian le tapó los ojos instintivamente a Alexandra, para que no viera su muerte. Pero entonces, cuando ambos ya estaban a punto de encomendarse a Dios y todos los santos…

Un silbido helado rasgó el aire.

Brian abrió los ojos.

Los cohetes estallaban frente a él, cortados a la mitad. Su mirada se dirigió desesperadamente en todas direcciones, buscándola, hasta que finalmente la halló. En el aire. Su cuerpo se contorneaba ágilmente en el aire, esquivando con absoluta facilidad las municiones gruesísimas que le habían lanzado. Esa brillante espada se movía cual extensión de su brazo, cortando de tajo todo lo que tuviese por delante, ya fueran balas, armas, o incluso cuerpos. Sin poder hablar observaba como los últimos se convertían en arena y polvo grisáceo ni bien los tocaba la resplandeciente hoja.

Repentinamente las vio venir hacia ellos: esquirlas. Esquirlas larguísimas, de varios centímetros de largo, afiladas como puñales. Ahora sí que estaban perdidos, no había escapatoria. Pero ni bien las primeras se acercaron al borde del círculo, se desintegraron automáticamente. No estaban más allí. Ése era el poder del círculo, entonces. Ni la sangre, ni el polvo, ni nada les llegaba a tocar sus cuerpos. Estaban impolutos, protegidos encima de ese escudo defensivo, mientras no salieran de él, claro.

Pero las cosas estaban desarrollándose demasiado bien para durar. Alexandra, creyendo que el peligro había pasado, puso un pie fuera del domo protector. Lamentablemente, o tal vez justamente por eso, un soldado se abalanzo sobre ella. La chica, presa del pánico, no se movió ni una pulgada, mas en cambio gritó con toda la fuerza que le daban sus pulmones.

– ¡Estúpida!–le dijo Ann medio segundo más tarde, cuando cortó por la mitad al atacante. La otra chica no tenía ni energías para responder a semejante comentario, pero su reacción fue un claro espejo de lo que sentía. Asustada, trastabilló una y otra vez hasta que pudo retornar dentro del círculo, con los ojos abiertos de par en par y una clara expresión de horror.

La batalla se extendió por unos minutos más, en los que Ann destajó cuerpos a su libre albedrío. Sus movimientos a cada momento eran más imperceptibles y certeros, dignos del más experto samurai o del mejor maestro en esa disciplina. Finalmente, el último efectivo se desintegró gritando de dolor. Apenas cansada, Ann se acercó a los muchachos.

– ¿Están bien?– les preguntó ella, mientras se sacudía todo el polvo que la cubría. Brian asintió, mas Alexandra aún no podía hablar; su rostro aún conservaba la expresión de palpable terror. –Entonces, vámonos.

Recién cinco minutos después, finalmente llegaron. Debían haber descendido mucho, ya que hasta Ann empezaba a dar señales de tener frío. Mientras tanto, los otros dos realmente estaban empezando a resfriarse, ya que de a ratos estornudaban. Dudaron un poco al entrar, ya que lo que veían era una helada mazmorra, en donde era más probable morir congelado que sobrevivir. Finalmente accedieron, y lo primero que hicieron al ingresar fue tender las mantas en una especie de cama, de forma tal que los resguardase de las bajas temperaturas. Cuando terminaron, y luego de un rato de silencio, Ann habló.

– ¿Se sienten bien?–preguntó, mirando preocupada a sus acompañantes. La respuesta no se hizo esperar.

– ¿Bien¿¡BIEN?–chilló Alexandra, fuera de sí– ¡Cómo te atreves a preguntarnos eso¡No sé cómo estamos vivos¡Y todo gracias a…a ti!

–Eh, por favor…cálmate¿quieres?–dijo Brian, intentando vanamente de conciliar a la chica

– ¡No me callo nada¡No señor!–dijo la chica, roja de la furia– ¡Desde que llegamos aquí no hemos tenido un segundo de tranquilidad¡¿Qué pretendes, Boyle, llevándonos aquí! Mi padre tenía razón cuando me advirtió de ti y tu familia.

–No te entiendo. ¿Cómo puedes decir eso de Ann¡Ella nos está haciendo un favor!

– ¿A esto llamas un favor!–Collins levantó su dedo apuntando a Ann–Yo sé lo que quieres: nos trajiste hasta aquí para matarnos de frío y luego comernos¿no? Pues no será así, no señor¡yo me voy¡Yo no seré tu almuerzo!

– ¿Qué quieres decir?–preguntó Brian, que no entendía nada.

– Quiero decir que es mejor que te alejes de esa…esa…esa… ¡vampiro!

Se hizo un silencio pesado. Brian trataba de digerir la información, incapaz de comprender cómo la chica decía una barbaridad semejante. Alexandra respiraba agitadamente, luego de haber dicho lo que se había guardado por tanto tiempo. Sin embargo, Ann estaba impasible, aparentemente sin preocuparse por tamaña acusación. Luego de unos segundos en los que jugeteó inocentemente con sus pulgares, tomó aire para responder.

–Qué suerte, parece que Sir Collins te dijo como diferenciar a un no-muerto de un ser humano normal…bueno, eso me ahorra algunas explicaciones.

– ¡Monstruo¡Aléjate de mi, abominación!–vociferó la chica, y se desmayó.

–Ann¿es cierto?–preguntó el preceptor.

La aludida se rió, y acomodándose en el suelo frío, se dispuso a hablar.

–Podría decirse que sí… En fin, es algo muy largo y difícil de explicar, especialmente si no sabes mucho del tema.

–No me matarás¿no?

– ¿Para qué?–preguntó ella–No gano nada; Sir Integra me mataría. Además, no me gusta matar. Y si no te molesta que te de un consejo, mejor duerme un poco, que la pelea da para largo. Buenas noches.


Hola! Siento mucho no haber podido actualizar el fic en tanto tiempo (de seguro creyeron q se había muerto), pero ya volví! Finalmente las preguntas clave del FAQ se están contestando…y ahora ya quedan…quedan… (cuenta las preguntas ya resueltas)…quedan… ¡2 preguntas! Sip! Espero haber hecho un capi tan largo como los primeros, con mucha acción digna de los tomos 6 y 7 (porq del 8 en adelante brilla por su ausencia, jeje)

Para los que se llegaron a preguntar y a los q no también… "Gott mit uns" es una frase q aparece en el círculo q tiene Alucard en los guantes, y que según dice Thess en "Fixation" (excelente fic, por supuesto) significa "Dios con nosotros" en alemán… (seh, alemán…después de todo, esto es Hellsing…XP)

Off topic: Ya me vi como 1000 veces el trailer d los OVAs…XDD Excelente avance, pero lástima que no salió Schodinger! Además, siempre q veo la escena de The Dawn del Mayor comiendo me sale decir: "Gordo¡AFLOJÁ CON LA SALCHICHA VIENESA!" XDD …. Jeje… la "salchicha vienesa"…jeje…se me ocurre un chiste de doble sentido, pero nah, queda mal…la "salchicha vienesa"… Maldición, el foro d DP me corrompe la mente!

Off topic: VOY A VER A THE RASMUS EL 29 D MARZO! YA TENGO LAS ENTRADAS!

Saludos! Y recuerden…"If u giv me dah pawa of 'chancla' i will punch yeh in da face!"