CAPITULO 10: Guía turística del inframundo para medianos aventureros.
Hermione había pasado una noche de los mil demonios. A pesar que en un principio le había parecido simple caer en brazos de Morfeo, no contó con la cantidad de extraños sueños que la abordarían una y otra vez obligándola a despertarse en mitad de la noche repetidas veces, hasta que finalmente se dio por vencida en su insistencia por dormir.
El caso de Malfoy no la iba a dejar en paz, por mucho que ella se empeñase en hacerlo a un lado y pasar ese fin de semana como si no existiera.
Pensó que quizás el meditar sobre ello desde la tranquilidad de su hogar no estuviera del todo mal después de todo. Vale, no estaría cumpliendo con su primera disposición, pero si llegaba a algo, volvería mucho más desestresada a Hogwarts.
Después de todo eso era lo único que ella necesitaba: respuestas.
Inmediatamente una vocecilla en su cabeza le recordó que su único "problema" con Malfoy no era esa especie de responsabilidad que sentía por el estado metamorfoso del chico, dado que ella se encontraba con él en el momento en que ocurrió. No. Ella tenía varios asuntos al rededor de él dando vueltas.
Suspiró.
Ese tipo de pensamientos no eran algo que tuviera muchas ganas de enfrentar. Pero sabía, que para lo que se había propuesto, era necesario que lo hiciera antes de volver al colegio.
Era extraño admitir, dada la característica física bestial que ahora portaba el chico, que se sentía ligeramente atraída hacia él. Y no, nada tenía que ver lo que su lengua viperina había estado haciendo con ella.
Era algo más.
Algo sobre como un nudo se establecía en la boca de su estómago cada vez que él la miraba con la profundidad de sus ojos grises. O sobre la forma en que su piel se erizaba cuando él respiraba cerca de su oído. Y ni hablar esa paradójica protección que sentía cuando él la rodeaba con su cuerpo.
Algo sobre como se sentía cuando le pedía que no se fuera, o cómo cada vez le molestaba menos y le despertaba más revoloteos cuando la llamaba Mía.
Era sobre cómo estaba descubriendo la parte más humana de Draco Malfoy ahora, cuando ciertamente menos lo era. Ahora que le había visto atravesar el temor, la desesperación y la necesidad.
No podía evitar preguntarse cuanto duraría todo esto y qué sucedería con él cuando todo acabase. ¿Volvería a ser el mismo frío y arrogante niñato de siempre? ¿O aprendería de lo vivido? ¿Quedaría con esas secuelas que habían creado esa mezcla de necesidad y obsesión por ella? ¿O volvería a repelerle su sangre sucia?.
Se encontró pensando en que quizás no le importaba tanto, que lo único que la preocupaba verdaderamente era justamente que algo de eso pasara, que tuviese que enfrentarse a aquello porque él había recuperado su forma humana.
Aquél último pensamiento la llevó a recurrir a sus recuerdos para evocar la que era su imagen. Su cabello rubio, su porte altivo, su sonrisa de lado. Era hasta divertido el hecho que convertido en dragón y todo hubiese conservado tantos de sus rasgos. De alguna forma seguía siendo él, seguía siendo el guapo Draco Malfoy.
Otro suspiro escapó de sus labios.
Había estado tan ocupada en ignorarlo para pasar sus comentarios hirientes de largo, que nunca se había detenido a mirarlo dos veces. Nunca había pensado en él como un chico atractivo para deleitarse, simplemente pasaba de él.
Pero no podía negarlo. Draco era hermoso. Mucho.
Se sonrojó al imaginarse al rubio en su forma humana jugando con ella de la forma en que lo había hecho como dragón. ¿Serían sus manos tan ásperas? ¿Su lengua tan habilidosa?. Sintió un verdadero placer culposo al imaginar que así ella también podría jugar con él. Ella también podía hacerlo desesperar de placer, tocarlo en el punto justo, por el tiempo preciso para despertar su necesidad.
Lo imaginó desnudo, mientras ella recorría cada rincón de su cuerpo sólo con los ojos, deleitándose con la longitud y dureza de su miembro, allí para ella… por ella.
Dejó vagar su mente en las mil caricias que él podía proporcionarle a su cuerpo; esta vez con sus dos manos, con sus labios húmedos y la fricción de su cálida y suave piel. Imaginó sus dedos dentro de ella, así como aquella vez lo había estado su lengua, y no pudo controlar que fuese ella misma la que en realidad se satisficiera allí.
Se acarició mientras en su cabeza proyectaba que era su masculinidad la que estaba entre sus manos, que eran sus fluidos los que la humedecían mientras ella continuaba con el sube y baja por su longitud.
Pero pronto su inconsciente tomó total control sobre ella y a pesar de su antropomorfía, Draco dejó salir de entre sus labios aquella lengua reptiliana... larga, delgada y dividida en dos. No pudo evitar un jadeo por la simple vista. Jadeo que se intensificó, al igual que los movimientos en su intimidad, cuando lo proyectado dejó de ser ficción para pasar a ser un recuerdo.
Un recuerdo vívido, reciente… y caliente.
No le llevó mucho recordar para llegar al orgasmo. La sensación fue tan placentera y devastadora que quedó prácticamente hundida en el colchón, incapaz de mover un dedo.
Apenas sus ideas comenzaron a desemborronarse un poco, el pánico se adueñó de ella. No podía llegar a eso. No era sano. Fuera lo que fuera lo que despertaba Draco Malfoy en ella -además de calentura-, debía tener una explicación y una manera de resolver.
Escuchó movimiento en la habitación de al lado, el cuarto de sus padres, y tomó toda su fuerza de voluntad para meterse en la ducha y dejar su pequeño desliz detrás lo antes posible.
Sus padres abrían consulta los sábados por la mañana, así que desayunó con ellos y su pequeño primo, y cuando los adultos se fueron volvió a quedar al cuidado del pequeño.
Peter sacó sus cuadernos y acuarelas y se puso a dibujar alegremente, así que la castaña decidió hacer algo que no podía hacer en el colegio de magia y hechicería: encendió el ordenador.
Esperó a que la conexión de Internet le diera acceso a la red y con un clic perezoso, abrió un navegador y seleccionó un buscador. San Google, recordó con cierta nostalgia, el que todo lo sabe.
Miró con cierta aprensión el puntero negra que pestañeaba indolente dentro de la barra blanca y se decidió. Escribió las palabras: bestia, cabeza de cocodrilo, balanza, corazón y pluma.
Y cruzó los dedos.
Se sorprendió de la cantidad de información que salía. Y toda referente al antiguo Egipto. Antes de abrir las pestañas para ver que ponían, la curiosidad la mando a cliquear sobre la opción de imágenes. Inmediatamente sintió la boca secándosele.
Allí estaba la bestia de su sueño. Aquella cosa terrorífica con cabeza de reptil y culo de hipopótamo con los cuartos delanteros de león. Por lo visto, aquella criatura tenia nombre: "Ammit".
Y eso le sonaba… le sonaba mucho.
Hermione no se pudo contener y volvió a las páginas que Google creía que coincidían mejor con las palabras de su búsqueda, y abrió una al azar.
Al leer las primeras líneas comprendió de donde era que le sonaba. Ammit, era la bestia devoradora que comía los corazones de los difuntos que al ser juzgados en la muerte por los pecados de su vida, eran considerados indignos de ir al mas allá, condenados a vagar sin corazón, sin nombre, sin identidad ni memoria hasta el fin de los tiempos en el espacio vacío que separa los reinos de los hombres y el paraíso de los cielos. Sintió un terrorífico escalofrío recorrerla.
Pero en una página encontró más información. Ammit no sólo era la bestia devoradora, era una especie de guardiana de las puertas secretas que separan los reinos. Algo así como la versión grotesca, bizarra y medio reptil de Cerbero, el perro de Hades. Una deidad. Brutal, cruel, despiadada, monstruosa… pero deidad al fin y al cabo.
Ammit sólo ofrecía un castigo para todos los delitos por igual, cualquiera fuera. La condena más severa. Pero pese a todo, era considerado imparcial, y sólo se pedía su opinión cuando los dioses Maat, la justicia, y Thot, el escriba, estaban en desacuerdo. Si su opinión no era requerida, Ammit oficiaba únicamente como el verdugo que ejecutaba la sentencia final, o bien abría las puertas para dejar pasar al difunto si era encontrado digno.
Ahí, la castaña encontró un link sobre las puertas que Ammit custodiaba. Y fue cuando frunció el ceño.
El "Libro de los muertos". Ella lo conocía, aunque la gente por regla general no tuviera ni la mas remota idea de que era. Pese a su funesto nombre, era un compendio de los rituales, ceremonias y ofrendas que los sacerdotes debían realizar para ayudar al difunto a llegar a la otra vida con la mayor cantidad de facilidades posibles, por lo menos, hasta el Juicio. Y del mismo modo, también era un compendio de instrucciones para la preservación del cadáver en el mejor estado posible, dado que creían en la reencarnación.
Pero ese link llevaba a otras cosas. Nunca había indagado mucho en la mitología egipcia y sólo tenía unos conocimientos básicos y generales.
Así se enteró que el "Libro de los muertos" no era el único en su tipo. Habían mas. Pero los que más le fascinaron fueron dos en concreto. El "Libro de las puertas" y el "Libro de Amduat", que pese a ser dos tomos, eran básicamente lo mismo, pero en diferentes perspectivas.
Por lo visto, Hermione descubrió que el "más allá" egipcio era algo increíblemente complejo. No era un lugar, no exactamente, si no un montón de planos apiñados con diferentes niveles y planos.
Cuando un hombre moría, cruzaba la primera puerta, también llamada la falsa puerta e iba a Duat, un lugar entre planos que funcionaba como especie de purgatorio, allí estaba el palacio de justicia donde los dioses se juntaban a emitir su juicio sobre cada alma. Si el corazón era devorado se les expulsaba al vacío entre los reinos, si era digno se le abría una puerta y podía adentrarse en Duat, donde cada difunto elegía que hacer, quedarse hasta la eternidad o seguir avanzando.
Hermione descubrió que Duat era un lugar enorme, y cuando mas lejos ibas, mejor era. Estaba compuesto por planos y para pasar de uno a otro habían puertas. Y cada puerta estaba custodiada por una diosa. El problema era que cuando salían de los paraísos dentro de cada plano, habían peligros. Criaturas, dioses y pruebas destinadas a ponérselo difícil a las almas para que sólo las dignas llegaran a los mejores paraísos.
Es decir que si un alma decidía seguir adelante e ir a un lugar mejor en el que pasar la eternidad, corría el riesgo de no superar una prueba y ser mandado al vacío.
Y ahí es cuando entraban en juego los libros de las puertas y de Amduat. El "Libro de las puertas" se centraba en las horas diurnas. y el de Amduat en las nocturnas. Pero eran lo mismo: compendios de las criaturas que podías encontrar (tanto las buenas como las malas) y como actuar en consecuencia. Planos y mapas del paraíso y el infierno y las trampas que podían suponer para el difunto. Básicamente eran listados de pruebas y las respuestas para superarlas.
Hermione se deprimió mucho al saber que todos los difuntos de aquellas épocas remotas ahorraban toda su vida para poder comprar algunas paginas sueltas de aquellos libros y poder llevárselas a la tumba cuando murieran y que sólo los ricos y poderosos podían comprar los libros completos para asegurarse un lugar en el paraíso. Suspiró asqueada por ese elitismo y no pudo dejar de pensar que las cosas no habían cambiado tanto a lo largo de los milenios: Los ricos y poderosos siempre tenían más facilidades, pero no era justo que tras la muerte, siguieran conservando esos privilegios. La muerte debía ser igual para todos.
Decidió volver a la lectura.
Le llamo la atención que en Duat, las puertas que abrían nuevas dimensiones y nuevos lugares estaban custodiadas por diosas. No dioses. Diosas. En femenino. Y que cada una de ellas era la que ofrecía un desafío al alma del difunto.
Cada una de esas diosas tenia un nombre y títulos diferentes, sus vestidos eran distintos y los objetos que portaban también. Pero eran idénticas en todo lo demás, y compartían una característica: todas ellas tenían estrellas sobre la cabeza.
Entremezcladas le aparecieron unas imágenes de Nut, la Diosa del cielo. Siempre era igual: una mujer azulada con el cuerpo cubierto de estrellas. ¿Las Diosas de las puertas estarían relacionadas con Nut?
Era algo que investigar en otro momento.
Pero ahí descubrió una de las grandes diferencias entre los dos libros: Mientras el "Libro de las puertas" hablaba sobretodo de esas puertas y esas diosas portadoras de estrellas así como de la luz, el "Libro de Amduat" hablaba de cosas mas serias, y sobretodo, de oscuridad.
Fue en el libro de Amduat donde encontró unas referencias a un ritual que el difunto podía realizar en el otro mundo, renaciendo temporalmente como un Aj, un espíritu corpóreo, tras hacer unas ofrendas y rituales. Pero si el difunto en su forma de Aj, fracasaba en los rituales y las pruebas, sería consumido por la oscuridad a la que debía hacer ofrendas para conseguir esa corporeidad y poder viajar al mundo humano desde el inframundo.
Hermione parpadeó al leer eso. Para ir al mundo humano debían de cruzar puertas. Al menos, la falsa puerta. Las puertas estaban custodiadas por diosas.
Volvió a mirar la pestaña del navegador donde tenia guardada la pagina del libro de las puertas y miro las imágenes de aquellas bellísimas figuras cubiertas de estrellas.
Volvió teclear "Libro de los muertos en el buscador". Ammit. Ammit también custodiaba puertas. Era un guardián. Lo que suponía que Ammit era una diosa. En femenino. Monstruosa y atroz, aunque justa, y mujer. Pero Ammit no tenia estrellas. O al menos, ninguna imagen de Ammit las tenía.
Hermione tragó saliva. Las diosas de las puertas ponían pruebas, y si la prueba era superada se le daba un futuro mejor a quien hubiera salido victorioso. Un premio. Si se fracasaba en la prueba el castigo era atroz. Y no sólo en esta vida...
Hermione volvió a mirar las imágenes de Ammit. Aquello empezó a dejar de gustarle. Aquello empezaba a darle miedo. Muchísimo miedo.
Si el dichoso espejo de mango lapislázuli tenía relación con Ammit y había puesto a prueba a Malfoy convirtiéndolo lo en dragón, había mucho en juego… demasiado. El Slytherin no sólo se jugaba su forma física y corpórea… se estaba jugando su alma.
Y él ni siquiera lo sabía.
-Mioneeeee… -Lloriqueó Peter.
La castaña parpadeó saliendo de su ensimismamiento, apartó la mirada del ordenador y miró a su pequeño primo.
-¿Qué sucede?
-¡Tengo hambre!
-Pero si acabas de desayunar… -le regañó suavemente.
-¡Eso fue hace horas!
¿Horas? Hermione miró el reloj de la pantalla del ordenador. Las 13:45. Parpadeó. Llevaba desde las 8 de la mañana en el ordenador.
Apagó el aparato y se fue a la cocina a hacer la comida. De pronto se encontraba agotada. No había sido para nada consciente del tiempo transcurrido y la sensación que se le había aposentado en el fondo del estomago no le gustaba nada. Era como un peso. Un peso enorme. Un gran vacío que la empujaba hacia abajo y hacia atrás.
Había sentido eso. Era nostalgia. Añoranza. Lo había sentido cuando estaba enamorada de Ron hasta que le partió el corazón y tras mucho llorar y tener esa agónica punzada hueca en el estómago se había dado cuenta que él era su amigo… y que jamás podría ser otra cosa. Ahora empezaba a sentirlo de nuevo. Pero le aterró pensar en lo que eso significaba, porque ahora no lo sentía por Ron, ni por Harry. ..
Saco de la nevera una caja de hamburguesas y una bolsa de patatas fritas. Sí… las patatas eran interesantes. Mejor centrarse en las patatas y olvidar esa siniestra linea de pensamientos que estaba teniendo. Miró por la ventana y vio al gato de la vecina mirándola desde la distancia. Acicalándose.
Sonrió para sus adentros. La lengua de los gatos también es rasposa.
Snape tamborileó con los dedos sobre la superficie de la mesa y usó su mejor mirada de "soy mas peligroso que un basilisco" contra Dumbledore, que sonreía beatíficamente mientras saboreaba un caramelo de limón. Snape ni parpadeaba. Dumbledore agradeció tener el pelo largo por que así nadie le veía sudar frio.
Llevaban como 10 minutos en aquél tenso silencio y duelo de miradas. La situación no podía ser más incómoda. Al menos para el director. Snape se crecía con la tensión y ahora mismo tenía el tamaño de un castillo.
El más anciano de los dos acabó dándose por vencido y rompiendo el silencio.
-Sabes que no podemos ayudarle...
-Eso es lo que usted dice -Snape respondió inmediatamente.
-Es algo que sólo él puede superar. Y sólo quizás, la señorita Granger pueda ayudarle… -siguió hablando el anciano.
-Pero si no saben como salir de este entuerto y no se les proporciona la información adecuada, sería de un peligro inconmensurable para ambos.
-No veo por que debemos asustarles informándoles de lo que hemos averiguado sobre el espejo de Ammit, sobretodo cuando ya estoy trabajando en una solución alternativa… -siguió Dumbledore tranquilamente
-Métase sus alternativas por donde le quepan, Profesor. Sabe que le respeto y que le soy leal en muchos aspectos, ¡pero no estoy para nada de acuerdo con todo esto!- Snape golpeó la mesa con fuerza, ganándose con su arrebato y su insulto una mirada más que sorprendida del viejo director.- Esta situación es insostenible. Cada día que pasa en esa forma de dragón, Draco está más cerca de ser engullido por la oscuridad ¡Y él no lo sabe! He leído los archivos sobre el espejo de Ammit, y al menos, los reos condenados que usaban el espejo sabían a que atenerse, porque les informaron en que consistía la prueba del juicio... ¡Pero Draco no sabe nada! ¿Cómo diablos va a superar una prueba si ni siquiera sabe que está siendo sometido a una? Si sólo fuera el cambio de forma no pasaría nada, ¡pero estamos hablando de su mente y de su alma!
-Soy consciente que… -intentó apaciguarle, pero se vio interrumpido a mitad del intento.
-¡No! ¡No lo es! ¡No es para nada consciente! -Snape se pasó las manos por el pelo, furioso- ¿Sabe lo que pasará si ya-sabe-quien se entera que el hijo de uno de sus más lameculos vasallos es un dragón de proporciones apocalípticas? ¡Va a quererlo de mascota! Y tanto si Draco accede como si se revela, será un problema enorme. Tenemos que solucionar esto enseguida... De hecho, ¡ya tendría que haber sido solucionado! ¿Y me pide que me quede sin hacer nada y sin informar a Draco lo le esta pasando para que el solito salga del lio? ¿Pero qué clase de educador responsable es usted?
Dumbledore suspiró. El siempre había creído que sus estudiantes debían superar sus propios desafíos. Aunque Snape tenía un punto con que esto igual era un pelín demasiado grande y demasiado serio para que Draco lo solucionara solo, Dumbledore no podía decirle a Snape que en todo caso, el dragón blanco que estaba en el jardín destrozando árboles cuando se enfadaba era un elemento útil para distraer la atención de cierto mago oscuro que habla pársel de su fijación con Potter… igual se enfadaría por que pretendiera usar a su ahijado como carnada para ganar tiempo y que el niño de la profecía ganara la batalla contra el mal y cumpliera su destino. Snape comprendía la necesidad de tener perspectiva y sacrificar ciertos peones por un bien mayor cuando la situación lo requería, pero aquello era demasiado personal para el pocionista.
Así que el anciano director sólo se quedo allí, sonriendo relajadamente y dejando que el hombre le ladrara y le vomitara toda la bilis de su alma en insultos tan coloristas, crueles y creativos que consiguieron realmente acongojarlo y hacerlo sentir miserable.
-¿Te has calmado ya? -preguntó finalmente, cogiendo otro caramelo de limón.
Snape no respondió, sólo resopló indignado recuperando algo de aire de su arrebato. Cuando se oxigenara lo suficiente ese viejo iba a seguir escuchándolo...
-Bien, mientras recuperas el aliento, déjame decirte algo. Esto nos supera. La situación es mucho más delicada de lo que crees… -La fina ironía de sus palabras hicieron que Snape se burlara de él, otra vez- Creo que tienes razón… hasta cierto punto, pero toda la investigación que he hecho no arroja luz sobre un método alternativo de solucionar el problema y que el joven Malfoy vuelva a la normalidad -esta parte era totalmente cierta, para frustración de ambos- Lo único que sé, es que el espejo de Ammit propone un desafío que el condenado debe superar solo. No sé lo que podría pasar si le ayudamos o intentamos romper la maldición por nuestra cuenta, ¿lo comprendes? Podríamos condenarlo. Por eso no puedo permitir que intervengas. No abiertamente, como te gustaría.
Snape abrió mucho los ojos y miró a Dumbledore con cierto escepticismo. Sobretodo por la connotación que implicaban esas ultimas palabras.
Dumbledore, por su parte, volvió a sonreír beatíficamente. Sabía que si le prohibía a Snape intervenir estaría conectando una bomba de relojería. Pero si le dejaba cierto margen de maniobra sutil… bueno, eso ya era otro tema.
Snape no dijo nada. Se levantó y salió del despacho. Fue directo a hablar con la profesora de estudios muggles, y tras varias horas de conversación, y un cambio a ropa muggle que no le gustó nada, Severus hizo una visita a un lugar terrorífico llamado Waterstone's Cuando regresó, fue directo a su cuarto a ponerse su túnica de siempre y quemar esos diabólicos vaqueros que se había tenido que poner, y se fue a la biblioteca. Sección prohibida. Y con unos hechizos certeros sacó varias copias de ciertas páginas de ciertos libros.
Tenía todo lo que necesitaba. Ahora sólo le faltaba hacer llegar la información a donde quería sin que se supiera de su intervención. Sonrió. Aquello sería fácil.
Sólo tuvo que ir a cierto rincón del jardín trasero donde cierta alumna con problemas para entrar en contacto con la realidad solía pasear y dejar el libro muggle que había comprado, abandonado allí. Como si alguien lo hubiera perdido. Con un marcapáginas en el capítulo indicado.
Otro viaje a la biblioteca, y colándose en la sección de referencias, buscó la enciclopedia de Dragones y el compendio de grandes reptiles. Dos libros que sabía que el misántropo por excelencia de Slytherin llevaba varios días usando. Eran libros que no se podían sacar de la biblioteca, así que sólo tenía unas pocas horas al día para hojearlos… y allí, entre sus paginas, dejó las copias de los libros de la sección prohibida que había buscado. Como si fueran notas de un estudiante que olvido recogerlas.
Por último, sólo tuvo que hacer una visita rápida a Zonko y comprar unos cuantos dulces, unos muy específicos, envolverlos con las últimas páginas que quería que fueran encontradas y abandonar distraídamente su paquete en las mazmorras de la casa de las serpientes. En la habitación de cierto moreno, como si fuera un regalo.
Snape sonrió satisfecho. Y dejó que la naturaleza humana siguiera su curso.
Luna fue la primera en encontrar su "regalo". Un libro abandonado en el jardín, era una tragedia. Lo recogió para ir a devolverlo a su dueño, pero el título del libro la dejó anonadada: "El hobbit"... de un tal Tolkien.
La rubia pensó que no sería tan malo leer el libro antes de devolverlo. Pasó una tarde de lo más entretenida, hasta que llegó a un capítulo en concreto.
Leyó con ansia un par de veces aquél capitulo que le fascinó, donde el terrible Smaug jugaba a las adivinanzas con el pobre Bilbo, que sólo quería salir vivo de allí y llevarse el tesoro si era posible.
Claro que Smaug no acabó muy bien en el cuento… pero a Luna le encantó.
Hasta que cayó en la cuenta del señalador. Era un rectángulo de cartulina gruesa, con letras gruesas ponía de un lado DOBLE PERSONALIDAD en letras imprenta, y en la otra se podía leer lo siguiente:
La doble personalidad consiste en un trastorno disociativo de la identidad del "yo" por el cual una persona posee dos personalidades distintas; es decir, tiene dos formas de ser diferentes, con sus respectivas estructuras, pautas de conducta, criterios y formas de reacción que condicionan su forma de actuar. Dependiendo de diversas circunstancias, generalmente debido a situaciones de tensión psíquica, se pasa de una personalidad a otra, por lo que también se le ha denominado a este trastorno "personalidad alternante". En algunos casos existen tres, cuatro o más personalidades, con lo que se habla de "personalidad múltiple".
En la mayoría de los casos las diversas personalidades tienen características opuestas entre sí, tal como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de la famosa novela de Stevenson. Además de tener características psicológicas completamente distintas, pueden pertenecer a distinto nombre, sexo, profesión, edad, nacionalidad, raza, etc.
Como aclaración, el marca páginas tenía una minúscula frase en el reborde inferior aclarando que pertenecía a una colección creada por la Facultad de Psicología y Psiquiatría de Oxford.
Luna parpadeo. No creía en las coincidencias. Bueno, sí creía en las coincidencias, pero como regalos del universo que nos guían por la vida. Releyó el señalador y regresó a la pagina que había estado marcando. El capítulo donde se daba el encuentro entre el dragón Smaug y el pequeño Hobbit.
Tomó una decisión. Le devolvería el libro a su dueño… en algún momento. Porque en principio iba a necesitarlo.
Blaise fue a echarse una siesta. Había comido como una hiena, y necesitaba media horita de sueño. O una horita. O una tarde remoloneando entre las sábanas...
Se desnudó al llegar a su cuarto y cuando iba a meterse en la cama, vio que sobre su cama había un paquete envuelto con papel que parecía de periódico. Iba a tirarlo, pero la curiosidad y el aroma dulce que desprendían le pudo. Lo abrió. Y su sonrisa se ensancho.
Una caja de chocolates con menta y confites de naranja. Alguien debía quererlo muy mucho para regalarle sus dulces favoritos. Bueno, sus dulces favoritos después del helado de chocolate con vainilla.
Blaise era un ferviente creyente en la teoría del "pequeño estomago". Ese órgano fuera de los limites de la anatomía convencional que según sus seguidores, da igual lo que hayas comido o que estés a punto de explotar si das un bocado mas, siempre hay hueco en el pequeño estómago para un dulce o un poquito de tu postre favorito.
Y mientras se ponía las botas, poniendo a prueba su teoría estomacal y haciendo llorar de impotencia a su estómago normal y trabajar a marchas forzadas a su páncreas, que no daba a basto, Blaise hojeó el papel con el que venía envuelto su regalo...Eran unos recortes.
En uno, se hablaba de la dualidad. Era un articulo un tanto extraño, de esos que tanto le gustan a Theo, y daba como ejemplo a la diosa egipcia Bastet, una gata. A Blaise le gustaban los gatos, así que siguió leyendo con la boca llena de chocolate.
La tal Bastet era la diosa de las fiestas, el placer y la música. Blaise se convirtió devoto a esa religión en cuestión de segundos.
Pero cuando se enfadaba, Bastet se convertía en Sekmet, la diosa leona; patrona de la guerra y la destrucción y creadora del caos. Blaise ascendió en ese momento como el sumo pontífice de su nueva y recién descubierta fe.
El artículo estaba incompleto, pero después hablaba de algo llamado "dualidad mental", un estado en el que bajo ciertas circunstancias las personas sufren una división de la psique, creando un conflicto interno en el que las dos partes pelean por ser la personalidad dominante del cuerpo. Luego hablaba del Yo, del Ello y el Superyó… y Blaise perdió el interés. Pero lo que sí le quedó claro es que la dualidad esa creaba como dos identidades: una buena, y otra muy, muy mala, que peleaban por controlar el cuerpo.
Miró el papel con cierta curiosidad. Desde luego era el envoltorio de regalo más raro que había visto en su vida.
Decidió volver a vestirse, por alguna razón quería preguntarle a Theo sobre esas cosas. Y de paso, preguntarle sobre donde encontrar más información sobre esa diosa gata/leona portadora del caos y la fiesta y el placer, y que era capaz de destriparte y ahorcarte con tus intestinos si le tocabas las orejas cuando no debías.
Theo por su parte estaba muy confuso. Llevaba varios días buscando en las enciclopedias de dragones una especie en la que poder catalogar a su amigo, pero hoy había encontrado unas notas de algún estudiante entre las paginas del volumen que le habían llamado la atención.
Estuvo hojeando las notas por curiosidad un largo rato, y lo descubierto lo había descolocado mucho.
Alguien había estado apuntando párrafos y referencias para algún trabajo… lo que aumentaba más el nivel de lo extraño. Hablaban de la dualidad de la cultura de los antiguos egipcios, quienes por lo visto, eran increíblemente fervientes en la simetría.
Todo lo hacían por duplicado y de manera paralela. Pero al mismo tiempo, tenían una fijación por los antagonistas. Las dos caras de una misma moneda, se podría decir.
Pero lo que más fascinó a Theo fue un pequeño dibujo al final de esos apuntes, una especie de abanico circular, ¿o era un espejo de mano?, con la palabra AMMIT rodeada con dos círculos y un montón de signos de interrogación.
Eso ya era bastante misterioso. Theo no pudo contenerse y fue a un diccionario mágico a buscar la palabra Ammit, por si acaso. Lo que encontró lo dejó descolocado: Ammit era la bestia devoradora de corazones del juicio de los muertos.
Pero eso no explicaba lo del dibujito… así que investigó un poco más. Y luego otro poco. Hasta que en un tomo sobre los magos de la antigüedad, en la sección de juicios y castigos mágicos, encontró lo que buscaba: una referencia a un objeto considerado cruel y despiadado, destinado a castigar y dar una última oportunidad de redención a los peores criminales. El espejo de Ammit.
Theo tragó saliva y miró la enciclopedia de dragones, comprendiendo que jamás encontraría allí lo que iba a buscar, porque el dragón que intentaba catalogar no había salido de la naturaleza sino de la mente de alguien.
-¡A ti te estaba buscando! -canturreó alegremente una voz conocida a sus espaldas.
Theo se giró para encontrarse con la chocolateada y radiante sonrisa de Blaise.
-Limpiate la boca primero… -le dijo el misántropo tendiéndole un pañuelo
Mientras Zabini se pasaba la tela por la boca limpiado las pruebas de su goloso delito, le pasó con la mano libre el papel del articulo.
-Oye, ¿puedes explicarme qué es esto y dónde puedo encontrar mas información sobre la diosa gata?
Aquello hizo que las cejas de Nott se alzaran con curiosidad. Que Zabini le pidiera ayuda sobre algo que no fueran chicas o comida cargada de azúcar era inaudito. Leyó el articulo, frunció el ceño y lo volvió a leer… era demasiada casualidad.
-¿Dónde has encontrado esto?- preguntó casi temiendo la respuesta.
-En mi cuarto, envolvía una caja de dulces de alguna de mis fans...
-Comprendo. -Theo se puso muy serio. Alguien intentaba decirles algo. Alguien intentaba ayudarles. Quién y por qué era algo que se le escapaba, pero alguien les estaba dejando miguitas de pan para guiarles en la dirección correcta. El a donde los llevaría ese camino era lo que le preocupaba.
-¡Usted no lo entiende! -Chilló una voz cerca del mostrador de Madame Pince- ¡Lo que necesito es un mapa de la Tierra Media!
-Dirá de la Edad Media, querida- Le corrigió la bibliotecaria- Si me dices de que región, podré ayudarte...
-¡No la edad media... La Tierra Media! Necesito un mapa de La Comarca -Luna parecía bastante exasperada ante la incapacidad de la bibliotecaria de comprender algo tan sencillo.
-¿Qué Comarca? -Madame Pince había aprendido a lo largo de los años a tener una paciencia casi infinita y desquiciante con sus alumnos.
-No cual... ¡LA! ¡Sólo hay una! -Luna parecía al borde de las lágrimas.
-Señorita Lovegood, hay muchas Comarcas...¡Y más en la edad media! -La bibliotecaria empezó a preocuparse seriamente sobre la salud mental de la chica.
Theo no pudo contenerse. Se levantó, dejando a Blaise muy confuso y se acercó a su "nueva amiga" y compañera de estudios.
-Lovegood… ¿te pasa algo? -preguntó al llevar a la altura de la rubia.
Luna se sobresaltó un poco, pero al ver quien le hablaba suspiró aliviada. Theo era listo. Él podría ayudarla.
-¡Theo! ¡Es que la bibliotecaria no me entiende! ¡Ya sé como ayudar a Draco! -Luna le tendió el libro de cuentos muggle de Tolkien al Slytherin -Necesitamos encontrar un Hobbit, un saqueador, un montón de enanos y una flecha negra para que un descendiente del linaje de los reyes de Valle… Bueno, eso ultimo no, que sino mataremos a Malfoy de todos modos… ¡pero necesitamos un Hobbit!
Theo parpadeó. Decir que se encontraba muy confuso era poco decir. Miró el libro de cuentos que Luna le había dado y arqueó las cejas al ver el dibujo de la portada: un enorme dragón rojo rugiendo llamaradas sobre un enorme tesoro de monedas de oro.
-Luna… ¿de dónde has sacado esto? -Preguntó casi temiendo la respuesta.
-¡Lo encontré en el jardín!
Demasiadas coincidencias.
-Bueno, ven conmigo… -le pidió Theo amablemente- Creo que tenemos que hablar...
Los dos Slytherin y la simpática Ravenclaw hablaron de sus respectivos descubrimientos, contando las historias de como los diferentes pedazos de información llegaron a su poder.
El Sol fue cayendo mientras la biblioteca quedaba sólo iluminada por las velas y las lámparas. Pero los tres jóvenes, sentados en un rincón oscuro, seguían hablando en voz baja. Hasta que Luna rió.
-¡Es como en el libro! - Susurró entusiasmada mientras los otros dos la miraban sin comprender- En Hobbiton, en Bolsón Cerrado, cuando los enanos van llegando a casa de Bilbo según las instrucciones del mago para ir a la aventura que los llevara a Erebor a enfrentarse al dragón para recuperar la Montaña Solitaria… ¡El libro empieza como nosotros estamos ahora! Bueno, salvo que falta que lleguen un montón de enanos...
-Luna, ¿qué haces ahí?- Preguntó una voz femenina a espaldas del extraño trío. Los tres giraron la cabeza para ver a una Ginny muy sorprendida. A sus espaldas, Ron Weasley estaba no menos sorprendido y un des-cejado Potter los miraba con cara de incredulidad. Aunque cualquier cara sin cejas tiene expresión de incredulidad, así que su expresión no era muy fiable en estos momentos.
-Mira, ahí llegaron tus enanos, Lovegood… -canturreó Blaise alegremente ganándose una fulminante mirada por parte de los pelirrojos y de Potter.
-¡Genial! ¡Entonces ya podemos ir a salvar a Draco! -Luna daba saltitos emocionada.
-¿Que vamos a hacer qué? -Aullaron simultáneamente Harry y Ron.
Ginny fue más pragmática. Se acerco al trío improvisado y sentándose al lado de Luna, cogió la mano de su amiga y la miro a la cara.
-A ver, Luna… despacito y desde el principio. Explicame que está pasando...
-Claro, Ginny… verás, todo comenzó en un agujero, pero no era un agujero cualquiera… ¡Era un agujero Hobbit!
Theo suspiró. Iba a ser una tarde muy, muy larga...
