Dorcas es perfecta.
Marlene había conseguido zafarse de toda obligación por el día luego de escribir una gran acta para el ministerio, la cual había ocupado gran parte de su tiempo hace un par de días, y ahora se encontraba en su habitación, por fin a solas y en plena comunión con su inconsciente, ese que la había estado presionando hasta con sueños para que pensara en la rubia y en Sirius. Había puesto el Dark side of the moon de Pink Floyd a un volumen moderado y a puertas cerradas. Se había dado cuenta de que ya no necesitaba ni quería llamar su atención, y no es que lo hubiera querido con anterioridad cada vez que escuchaba música, pero sentía que esa parte de su amistad se había acabado.
Tan perfecta.
No paraba de pensar en ella desde que llegó a tumbarse a mirar el techo, su actividad favorita por esos días. Su mente no la dejaba en paz pensando en lo que se traía el ojigris con ella. Estuvo a punto de ponerse más de una vez de pie, apagar la música e ir a hablarle de frente, encararlo, preguntarle si ese era el plan del milenio por el cual estaba apostando para que los dejaran tranquilos o si era de verdad, y no tenía idea de lo que quería escuchar. Quizás solo deseaba saber que en algún momento ambos volverían a ser los de siempre y esa gran tontería se acabaría, o algo parecido. Volverían a escuchar música, olvidarían sus vidas amorosas y se tragarían los rumores, esos que comenzaron con todo, eso sonaba mejor.
Dorcas lo rechazará, y todo volverá a ser igual.
¿Acaso quería que fuera todo igual cuando fue ella quien le pidió que no lo fuera? Se sentía como una paradoja con extremidades.
Cerró los ojos y, por primera vez desde que puso a correr el disco, se concentró en lo que estaba escuchando, descubriendo que ya para ese entonces iba por la pista número ocho, la penúltima canción: Brain Damage.
— Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo —murmuró junto a la canción y resopló. Adoraba ese disco, solía escucharlo junto a su padre cuando era pequeña, cinco o seis años debía tener cuando eso sucedía muy a menudo, pues su padre era un fanático sin remedio de la banda. Fue de ese modo en el que, apenas tuvo uso de razón, supo que esa banda que tanto escuchaba su padre era Pink Floyd, y que ese álbum que ponía cada fin de semana cuando podían estar juntos y él no tenía que ir al trabajo, era el que ahora se encontraba escuchando.
— Soy yo —respondió alguien de pronto, asomado en la puerta.
Marlene se incorporó de un salto cuando vio que era Sirius y lo peor era que no se equivocaba: era él quien estaba en su cabeza, él y la taciturna Dorcas Meadowes.
— ¿Qué pasa? —contestó, intentando espabilar y no lucir como si la hubiera descubierto en algo malo como en ese instante.
— ¿Cómo es que no me invitaste a escuchar tamaña pieza musical? ¡Estoy indignado! —exclamó Black, apoyándose en el umbral con los brazos cruzados—. En fin, la cena está lista y debes ir a socializar hasta media noche abajo como es costumbre aquí, me han mandado a avisarte.
— Voy —fue toda la respuesta que le dio la morena, tragándose un par de bromas sobre cómo lo tenían para los mandatos. Otra paradoja para la colección era que se moría porque las cosas volvieran a ser las mismas y no se atrevía ni a bromear para que se quedara un rato más con ella como era de costumbre. Su propio comportamiento la repugnaba y confundía a la vez, ¿Qué era lo que sucedía últimamente? No tenía idea.
Sirius le sonrió y se quedó en donde estaba sin mover ni siquiera un dedo pese a que su misión informativa estuviera completa.
— ¿Por qué no te vas ahora? Me tengo que vestir —gruñó McKinnon, fastidiada.
— Bien, bien —él se descruzó de brazos y suspiró, considerando que era suficiente. La morocha no cedería para absolutamente nada, al parecer, y él no tenía tiempo para averiguar qué era lo que estaba sucediendo en su cabeza—. Te veo en el lado oscuro de la luna, McKinnon —se despidió.
Ella, quien ya se había levantado y ahora se encontraba en su armario, buscando algún vestido u otra prenda decente para la cena, se volteó y lo miró, pensando en lo que le había dicho a modo de despedida.
— ¿Sabes? si escuchas el álbum hasta el final, te das cuenta que el mensaje es que no hay lado oscuro de la luna y que, de hecho, toda la luna es oscura, citando la canción que lo dice —le informó. Sirius estuvo a punto de entornar los ojos, algunas veces se le hacía tan evidente que era una Ravenclaw, otras ni se daba cuenta, pero ese momento no era uno de aquellos—. Y es un hecho científico —añadió y finalizó la joven.
— Piénsalo un poco entonces —le sonrió de medio lado y prosiguió a explicar con brevedad a lo que se refería—. Lo que acabo de decir significa que de cualquier modo que imagines te seguiré viendo —luego simplemente desapareció antes de ver su reacción o recibir una respuesta, no la quería ni necesitaba y Marlene no había tenido el tiempo ni siquiera para pensar en algo que decir.
Probablemente, Sirius estaba perfectamente consciente de lo que le había dicho desde la referencia a Pink Floyd hasta que desapareció y solo quiso provocar que ella le explicara el hecho científico para llegar al desenlace que tuvo su pequeña conversación. ¿Qué más podría esperar de él? Ya lo conocía bastante bien como para sacar todas esas conclusiones con certeza.
Meneó la cabeza con una leve sonrisa que no pudo evitar esconder y siguió escogiendo ropa mientras el álbum, coincidentemente, acababa.
Dorcas estaba contenta de estar de vuelta, sí, pero no tanto como para irradiar felicidad. Se había puesto un despampanante vestido rojo para la cena y en ese momento, luego de muchos cumplidos y pequeñas charlas con sus compañeros, se había separado del grupo y observaba a todos bailar, cantar, charlar, beber y reír. El mundo comenzaba a ponerse más alegre gracias al alcohol en sus bebidas, podía decir, y esperaba que también se pusiera un poco mejor para ella con la copa de vino que tenía entre las manos. En realidad, esperaba por nada, ya no esperaba nada desde que regresó de su largo y sinuoso viaje hacia las tinieblas en persona. Era como volver a renacer para encontrar que nada le interesaba con la intensidad que solía interesarle todo, y que nada nunca le iba a interesar tanto como… no quería pensar en ello en ese momento, se forzó a no hacerlo durante toda la velada, no podía flaquear ahora.
Había supuesto que llegaría tarde o temprano, y no tuvo que esperar mucho para corroborar que sus suposiciones eran ciertas. Él se sentó a su lado apenas tuvo oportunidad, lo que provocó que la pequeña sonrisa que tenía en el rostro gracias a un chiste que había contado Dedalus se esfumara con rapidez, y no quiso hablar primero, lo que resultó en un incómodo silencio que se prolongó más de lo esperado entre ambos. No quería ser mala, ni descortés, no quería siquiera que él pensara que tenía algo en su contra porque eso sería un error, le caía bien y consideraba que era uno de los mejores aurores que tenía la orden, lo admiraba incluso, pero verlo le dolía y nadie podía imaginarse cuánto. Se moría de ganas de decirle lo que sucedía, la historia completa, la versión sin recortes que nunca le dio porque después de todo le incumbía, pero no podía, no se sentía preparada.
— Déjame adivinar —musitó lo suficientemente alto como para que él escuchara, rindiéndose—. Ahora te intereso ¿No? —añadió intentando sonar animada y burlesca, como si le causara gracia.
— Como yo a ti —respondió el joven limpiamente, sin sospechar nada de lo que pasaba por la cabeza de su compañera, como todos. Nadie podía sospechar lo mucho que había sufrido y cambiado en esos ocho meses lejos de los suyos, de su lado, de la luz.
— Sirius, no estás poniendo atención a cosas que están frente a ti. Puedes mirar todo lo que quieras, pero no ves —soltó Meadowes, pensativa.
— ¿A qué te refieres, Dorcas? —el moreno dejó de jugar, genuinamente confundido, y se giró hacia ella con una mirada repleta de duda en sus ojos grises. La rubia se removió en su asiento para encontrar una posición más cómoda mientras lo miraba.
— ¿Qué es lo que quieres? —fue al grano y bebió un sorbo de vino. Le costaba asimilar tanto de la vida que la mitad del tiempo se encontraba en otro lugar, muy lejos de su ubicación física, tan solo pensando en ese pasado muerto e, irónicamente, lleno de vida. Fueron meses de fantasías quebradas en mil pedazos sin posibilidad de reconstrucción, meses en donde todas sus ilusiones fueron escapándosele de las manos una tras otra hasta que no dio para más.
¿Y qué pasaría si escogiera aceptarlo a él en cambio? Pensó, observando a Sirius mientras esperaba su respuesta, y de tan solo imaginar lo que sucedería sintió escalofríos en todo el cuerpo. No quería lo que él le hacía a cada persona con la que salía y definitivamente no quería ser usada, no tenía tiempo ni fuerzas para intentar lo que todos intentaban con él, entenderlo, forzarse a quererlo, le parecía un acto inútil y horrible de su parte. Ella sabía que Sirius solo querría a alguien de verdad cuando le naciera, desde las entrañas, y no tuviera escapatoria a ese sentimiento arrollador que al parecer jamás había tenido el gusto de sentir, lo cual entendía perfectamente, sabía las trabas que podía poseer un muchacho proveniente de una familia como la suya.
El problema que tenían ambos en ese instante era que a él nada le nació con ella, así como a ella tampoco nada con él. Era un poco irónico, ambos perdían el tiempo deliberadamente con el otro, pero la diferencia era que a ella no le importaba, tiempo le sobraba para perderlo en lo que fuera. El problema era que no sería justo para Sirius después de todo, pues él no estaba tan dañado como ella y aún tenía oportunidad de salvarse, encontrar algo real, aunque con su testarudez dudaba que quisiera aceptarlo.
— Solo digo que podríamos intentarlo —sugirió el ojigris como si fuera algo calculado matemáticamente, lo que a ella le sonó como una propuesta de trabajo fría y plana, un asunto laboral que debe ser tratado con meticulosidad y responsabilidad, como un mero trámite.
Lo miró y bebió una vez más de su copa.
Quizás sí debía aceptar esa propuesta de trabajo, fueran cuales fueran los motivos que movían a Sirius para realizarla, porque sabía que entre esos motivos no estaba el amarla y si era así todo sería mucho más fácil.
Pero ¿Cómo aceptar que suceda algo así después de todo? Había conseguido tener algo real y lo había conseguido pese a destruirse a sí misma por ello, a ahogar todas sus creencias e ideologías por ello y había valido la pena cada segundo. Fue una realidad que superó con creces un contrato frío y tonto como el que le estaba proponiendo Sirius, y prefería ahogarse en recuerdos toda su vida a traicionar sus sentimientos y volverse frívola como él.
— No —le advirtió casi sin voz, suspirando—. No lo hagas.
— ¿Hacer qué? —el moreno seguía sin comprender, había algo en Dorcas que le indicaba que había perdido esa chispa con la cual la había conocido.
Meadowes se aclaró la garganta, resuelta.
— Sirius, tú sabes cuánto te estimo, eres genial y me encantaría responderte de otra forma porque no creo que seas una mala persona —confesó—. Pero no… no estás siendo diferente a como has sido siempre, y creo que te da miedo encontrar a alguien que realmente te haga querer cambiar.
El moreno por poco había olvidado lo directa y sincera que podía llegar a ser Dorcas, siempre con la verdad en los gestos, las miradas y la palabra. Ella lanzaba dardos con sus frases desnudas y carentes de contexto, y algunas veces le parecía que disfrutaba con el efecto que producía su sinceridad, lo que en realidad para ella era solo una forma de ser y no se alegraba de hacer sentir mal a los otros pero tampoco iba a torturarse mintiendo solo por aparentar. La ojiazul en ese instante, al decirle lo que pensaba a Sirius, recordó lo que había sentido con ese alguien que le hizo querer ser diferente. El sentimiento más real que había tenido en la vida fue amarlo, y ese joven siempre estuvo más allá de todos los que conoció, incluyendo a Sirius.
— Y ese alguien no soy yo —continuó al ver que Black no respondía—. No soy yo ni cualquier persona a la que llegas a proponerle "intentarlo" con tal frialdad.
El ojigris ya no se sentía confiado sino que atacado, atacado y derrotado por la joven auror, quien le sonrió con un aire ausente, un millón de años luz de allí, y luego extendió su mano hasta alcanzar su barbilla y acariciarla vagamente como a un perrito que ha aprendido bien su lección.
— ¿Sabes? Me agradaría ver quién eres con esa persona, lo raro que puedes llegar a ser —de un momento a otro sintió los ojos aguados y entró en pánico pues estaba siendo observada por Sirius y se encontraba en medio de una fiesta de fin de año por lo que no podía arruinar todo largándose a llorar. Definitivamente no podía dejar caer ni una sola lágrima en público, era algo que se había prohibido desde que decidió volver a la orden.
Lo que la había hecho sentirse así de miserable de un momento a otro fue uno más de aquellos recuerdos que se le colaban involuntariamente en cada pensamiento hasta en los momentos más impropios. Esta vez, sus propias palabras nuevamente habían traído a su memoria el cómo era ella estando con él: vulnerable, amada, indefensa.
Había pensado que el llanto se había acabado y que lo superaría, pero estaba lejos de ello, y eso la llenaba de frustración.
No lo estaba superando.
— Yo…
Sirius iba a comenzar a defenderse y a preguntar de paso por qué en sus ojos claros había tanta tristeza, pero la irrupción de los hermanos Prewett en la fiesta los hizo desviar la atención de su conversación hacia el alboroto. Habían traído cervezas, whisky, confeti y hasta elementos del mercado negro para encender la noche, a ambos les encantaba hacer de las suyas, en especial para las ocasiones festivas como esas. Dorcas se secó los ojos con discreción y le palmeó la espalda con suavidad, poniéndose de pie sin escuchar palabra de lo que él comenzaba a elaborar trabajosamente.
— Hablamos luego —le prometió y se despidió. En menos de un minuto, Sirius la vio integrada en el grupo formado por los gemelos y otros, y supo que eso ya no tenía sentido. Dorcas le había hecho ver lo ridículo que era por primera vez y deseó disculparse con ella por lo sucedido. También la estimaba y no merecía la pena arruinar esa estima con sus juegos.
Dorcas tampoco es un juego, lo comprendió mientras la miraba. Ella era hermosa, astuta como muy pocos, sabía que podrían conversar por horas y, a la larga, encontrar algún tema en común que los entusiasmara, sabía que si ella pusiera de su parte todo podría llegar a funcionar, pero se dio cuenta de que él tampoco lo estaba haciendo. Si él estuviera poniendo de su parte para formar algo concreto con ella, no estaría lanzándose a ella como un chico de quince a una Hufflepuff ingenua en los pasillos del gran castillo de Hogwarts.
Tenía razón. Con lo magnífica que era, no lo hacía querer cambiar nada de lo que era, nada, solo replantearse cosas que no quería aceptar. De pronto se sintió amargado, frustrado y solo, muy solo, con la cabeza llena de niebla, fracasos, Regulus y McKinnon, siempre McKinnon.
Quedaban tan solo diez minutos para la medianoche y para los ochenta cuando Lily detuvo la música que tenía bailando a muchos, llamando su atención al golpear su copa con una cuchara. Observando la expectación que generaba su llamado, muchos pensando que quería dirigirse hacia ellos para darles un discurso de fin de año, decidió hablar. James, a su lado y con una cara impagable, ya estaba deseando que todo el mundo y hasta Voldemort supiera lo que la pelirroja tenía que decirles; era el hombre más feliz de la tierra y, por supuesto, ya no podía esperar hasta el próximo año para que la orden compartiera su felicidad. Lo único que la pareja lamentaba era que nuevamente Andrómeda, Ted, Emmeline y muchos otros no estuvieran presentes en ese momento tan especial, pero según habían sido informados, todos se encontraban bien en sus respectivos lugares de seguridad.
— Sé que muchos de ustedes ya están a punto de perder la conciencia —habló Lily, mirando significativamente a Elphias Dodge y a Hagrid—. Pero antes de que acabe este año me gustaría que supieran una noticia que nos tiene muy contentos a James y a mí.
— ¡Ya suéltala! —exclamó Marlene desde atrás, al lado de Edgar Bones y un poco más que alegre gracias al vodka negro que habían traído los Prewett. El resto se mantenía expectante.
— James y yo vamos a ser padres —continuó la pelirroja con una sonrisa de oreja a oreja. El apoyo de James desde que supo la noticia había sido fundamental para deshacer cualquier duda sobre ese embarazo. Ya no pensaba en los riesgos, en los pro y contras que podía tener, solo sabía que estaban juntos en eso y lo podrían lograr. Esa era la noche más feliz de su vida, claro, si es que no venían más como esa y mejores.
Tras un silencio, Sirius fue el primero en saltar de su asiento y alcanzar a James envolviéndolo en un fuerte abrazo, maravillado con la noticia. Potter, algo descompuesto, le devolvió el abrazo con alegría; había sabido desde el momento en que Lily le anunció sobre el embarazo que Sirius estaría feliz y orgulloso de escucharla. Luego de eso, la pareja fue felicitada por una tropa de borrachos y no tan borrachos, deseándoles lo mejor. Fue ahí cuando Alice llegó a grandes zancadas al lado de Lily con una expresión graciosa en su rostro, tras ella Frank reía y meneaba la cabeza.
Alice se echó a los brazos de su amiga al borde del llanto.
— Lily… Lily, oh Merlín, ¡Qué día! —reía.
— ¿Qué sucede? —la pelirroja la miró luego de su abrazo, un poco confundida.
— Yo… ¡Es que es tan gracioso! —exclamó—. ¡Frank y yo también seremos padres!
Lily, con los ojos como platos, soltó un pequeño grito de emoción y esta vez fue ella quien se echó a los brazos de Alice, contagiada con su risa y la de Frank tras ellas.
— ¿Cuántos meses?
— Dos.
— ¡Igual yo! —se miraron y estallaron en más risas. Frank meneó la cabeza y se encontró con James dentro de poco, quien al preguntar qué demonios estaba sucediendo allí fue informado por él mismo de la coincidencia.
— Cualquiera diría que nos pusimos de acuerdo —comentó Potter largándose a reír, Frank le siguió y luego todos se enteraron de lo que había sucedido con ambas parejas, felicitando a los cuatro por tanto rato que casi se les olvida que la cuenta regresiva para el año que venía comenzaba en ese minuto, y fue Dumbledore quien llamó la atención de todos para que comenzaran a abrir el champagne y contar en grupo como era normal antes de la llegada de un nuevo año.
Fue así como recuperaron la compostura para contar mirando el gran reloj del salón principal, todos en coro, ansiosos por continuar con la fiesta que se venía para toda la noche. Los ochenta estaban próximos a ser un hecho y era el momento propicio para olvidarse de la guerra, el dolor y la muerte aunque fuera por esa noche.
Cinco…
Cuatro…
Tres…
Dos…
Uno…
El sonido de los corchos saltando fuera de las botellas, los aplausos, los "feliz año nuevo" antes de los abrazos, todo fue mágico. Todo volvió a sumirse en un caos repleto de felicitaciones y buenos deseos. Marlene, con una botella de champagne fuertemente agarrada en una mano por si alguien la fuera a empujar y se le resbalara, abrazó a toda una ronda de amigos y conocidos que comenzaban a marearla y confundirla en la efervescencia del momento. Reía sin tapujo de todo lo que sucedía, había asumido hace bastante que el vodka ya se le había subido a la cabeza, pero no le importó, todos se encontraban en una situación similar. Cuando terminó de abrazar a Remus con entusiasmo, susurrándole algo sobre un año repleto de chocolates al oído, le dio u buen sorbo a su botella y paseó la mirada por entre todos, intentando recordar si le faltaba abrazar a alguien.
Y de pronto, no hizo falta siquiera mirarlo para saber que su abrazo le faltaba.
Lo buscó por todas partes y lo encontró abrazado de James, haciendo bromas sobre la paternidad. Cuando se miraron, las sonrisas en los rostros de ambos se esfumaron, fue como si reconocieran al mirarse que algo les faltaba a pesar de lo bien que se la estaban pasando. Ellos nunca habían tenido la necesidad de mentirse, y esa extraña amargura compartida los hizo sentir acompañados en una fiesta en donde a ambos les faltaba algo: su familia.
Sirius soltó a James y se abrió paso por entre sus amigos para avanzar hasta quedar frente a ella, dispuesto a admitir que había fracasado en su misión y necesitaba una tregua, volver a ser los mismos, olvidarlo todo. McKinnon bajó los brazos como si se estuviera rindiendo y estiró su mano libre con solemnidad, como un juego.
— Oh, sé que no eres completamente feliz, canuto, pero sonríe, emborrachémonos, porque de lo que estoy segura es que tampoco lo soy, y no moriremos por eso —dijo.
Black estiró su mano, conforme, y estrechó la de la joven con fuerza, sellando el trato, deleitándose brevemente con que lo llamara canuto por primera y última vez en su vida, considerando que ella solía llamarle "perro" a secas todo el tiempo. Canuto sonaba simplemente bien en sus labios, lástima que se reusara a utilizarlo más a menudo así como él se reusaba a utilizar su primer nombre al referirse a ella.
— Feliz año nuevo para ti también, McKinnon —murmuró con un brillo distinto en los ojos, tentado a llamarla Marlene en vista de la eventualidad, pero no, no rompería con su ritual esa noche.
A unos metros de la escena que se daba entre ambos amigos, Dorcas, casi ebria —por beber más de la cuenta a propósito— y sentada amistosamente en las piernas de Gideon Prewett, quien se quejaba de tenerlas ya dormidas con su peso cada cinco minutos, los observaba con mucha expectación y curiosidad. El rumor naturalmente llegó a sus oídos apenas pisó el cuartel, pero le pareció demasiado sorprendente como para creerlo.
— ¿A eso se referían? —preguntó, desviando dificultosamente la mirada de la llamativa pareja hacia los hermanos que charlaban sobre el sabor de unos licores extranjeros que habían traído de uno de sus viajes a Irlanda. Fabian fue quien dejó la charla para prestarle atención a la rubia y a quienes ella miraba.
— Él la respeta —le indicó, terminándose un tercer jarrón de cerveza de mantequilla—. No luce como un cualquiera a su lado ¿Lo ves?
Dorcas tuvo que estar de acuerdo con eso. Sus ojos no la engañaban y por primera vez, desde que llegó a la orden esa mañana, una pequeña y sincera sonrisa apareció en su rostro, recordando con nostalgia millones de momentos en donde fue observada por él de ese modo…
Del mismo modo en el que su hermano miraba a Marlene.
