Equilibrio

por Karoru Metallium


Disclaimer: Yu-Gi-Oh pertenece a Kazuki Takahashi y Konami, sólo lo uso para divertirme y sin fines de lucro. Las situaciones presentadas en este fic que no pertenezcan a los ya mencionados, son propiedad intelectual de "Karoru Metallium". Si no respetas eso, serás pateado.

Capítulo XI

Negando un sentimiento

Tu cabeza, mi querido Seth... preferiblemente cortada y servida en una bandeja...

El temor paralizó a Kaiba al escuchar la voz de la mujer en su cabeza, y por momentos se encontró incapaz de moverse o defenderse; pero el miedo se convirtió rápidamente en ira ante semejante atrevimiento y su instinto recurrió al poder que recién despertaba dentro de su cuerpo. Casi sin pensarlo, velozmente, se aisló del sonido venenoso de la voz de la egipcia, rechazándolo con todas sus fuerzas.

Todo lo que había dicho Shadi era cierto...

Ahora podía sentir la magia corriendo por sus venas, como una sensación cálida y oscura que le daba cierta seguridad a pesar de lo extraño que le resultaba; era la seguridad de que podría defenderse de las amenazas con algo más que su fuerza de voluntad o la simple arrogancia. Siempre había estado consciente de que había algo en él, pero negarlo ante los demás constituía para su persona un punto de honor. Sólo podía admitirlo ahora que ese conocimiento lo hacía más fuerte.

Sin embargo, suspiró sin querer. Sin lugar a dudas era más fuerte, sólo tenía que aprender a utilizar correctamente ese nuevo poder; pero tenía el presentimiento de que, magia o no, todo este asunto iba a terminar muy mal. Al menos para él.

Había pensado en su muerte muchas veces; a pesar de toda la seguridad de la que se rodeaba, sabía que en cualquier momento podía ser atacado por sus enemigos. Por ello había elaborado cuidadosamente su testamento, por ello había hecho planes y formulado instrucciones que chequeaba una y otra vez para asegurarse de que fueran las correctas, con la practicidad y la frialdad que le eran características; y por ello se alegraba de que Mokuba fuera ya casi un adulto.

Pero sólo esa mañana, después de aquel horrible episodio en el gimnasio, había comprendido de una vez por todas su propia fragilidad humana; había estado plenamente consciente de su propia mortalidad.

El pasado que tanto se había negado a aceptar era oscuro... dos vidas trágicas, llenas de pérdidas y errores fatales, y una tercera que hasta ahora no parecía encaminada a ser mucho mejor. La pérdida de sus padres a tan temprana edad, sus vivencias dolorosas en el orfanato, las torturas a manos de Gozaburo... todo parecía una cadena de castigos. Su triunfo al conquistar el mundo en que vivía, ese mundo que lo había herido, traicionado y casi destruido, era un triunfo vacío porque ya mucho de él había muerto en el camino.

¿No sería esta vida un castigo por los errores cometidos en las anteriores? ¿No había sido Seth una persona sedienta de poder? ¿Acaso no había sido Christian castigado por los errores de Seth, y había reaccionado convirtiéndose en un asesino?

Pero si esta vida era un castigo, ¿cuál era el papel de Mokuba en todo esto? Él no aparecía en sus recuerdos de otras vidas... sólo Shadi, Ishizu y el abuelo de Yugi parecían haber seguido a su faraón y a él mismo en esa especie de absurda cadena existencial.

Su pregunta se respondía sola. Mokuba era la esperanza que le había sido dada, su único motivo para seguir viviendo aún en medio del desastre; lograr su felicidad había sido un reto para él, y al ver su deseo logrado se sentía tan orgulloso que el precio que había pagado por esa felicidad se le hacía pequeño. Todo lo que importaba era que ese niño se convertía en un adulto que carecía de la dureza que él tenía a su edad, pero que era superior en su comprensión del mundo y en el disfrute de las cosas más simples; un adulto que conocía la felicidad y que estaba lleno de compasión, inocencia y pasión.

Mokuba había nacido para mantenerlo vivo... pero, ¿por cuánto tiempo? Su obra estaba casi completa, su hermano pronto dejaría de necesitarle...

Al entrar en la mansión lo vio bajar de dos en dos las escaleras, salvando la distancia con sus largas piernas. Vagamente divertido, notó que el adolescente se detenía bruscamente a dos pasos de su persona; era evidente que se había contenido justo a tiempo para no brincarle encima y envolverlo en un abrazo de oso que probablemente lo hubiera derribado.

- ¡Seto! ¿Qué te dijo Ishizu? Traes muy mala cara - le soltó de sopetón, sus grandes ojos azulgrises observándolo con seriedad.

Sin responder a la pregunta, el mayor de los Kaiba comenzó a subir por la escalinata, haciéndole señas a Mokuba para que le siguiera. Se sentía terriblemente cansado, lo cual no era de extrañar tomando en cuenta que apenas había podido dormir la noche anterior y además acababa de vivir un par de experiencias mentalmente extenuantes; por ello se dirigió directamente a la oficina adjunta a su dormitorio y se dejó caer en el mullido sofá que rara vez utilizaba, a pesar de que lo había hecho colocar allí con la finalidad de descansar en él a ratos cuando trabajaba.

Mokuba, interpretando acertadamente los gestos de su hermano mayor, se sentó en la butaca frente al sofá y esperó con paciencia a que éste se decidiera a hablar. Kaiba, después de unos minutos en silencio y con los ojos cerrados, procedió a darle un recuento corregido y resumido de lo que había sucedido esa tarde en casa de Ishizu.

- ... y todo se reduce a que debo defenderme solo. Shadi se ofreció a enseñarme a utilizar esos poderes.

- ¿Y Yami? ¿No puede él ayudarte?

- No necesito de su ayuda. Mientras más lejos esté del faraón, mejor para mí - repuso secamente, negando con sus palabras el impulso que sentía, aquella especie de tirón gravitacional que ahora sabía que siempre había existido entre ellos. No quería pensar en eso.

El inusual silencio por parte de Mokuba lo hizo abrir los ojos, y se dio cuenta de que el chico lo miraba de hito en hito, con incómoda fijeza. Una de sus cejas se elevó bajo su flequillo en señal de interrogación.

- Oye, Seto, entiendo que Yami te venció en el Duelo de Monstruos y que eso es muy importante para ti; también sé que te ha pateado el trasero a menudo, aunque debemos admitir que ha tenido buenas razones para ello. Pero también te ha salvado otras veces, y no es mala gente. De veras no logro entender ese odio que pareces tenerle...

- Yo no lo odio.

- Entonces, ¿qué? ¿Te molesta tanto que hayan estado tan cerca en el pasado? ¿Es verdad lo que yo pensaba, que fueron amantes? ¿Qué viste en esos recuerdos que no me has dicho? - las palabras del jovencito, pronunciadas con calma y suavidad, dieron en el blanco. Kaiba, estremecido, miró a su hermano con el ceño fruncido, dividido entre el sentimiento de orgullo por la perspicacia de la que Mokuba estaba haciendo gala, y el enojo por ser el sujeto a quien iba dirigida.

- Nada de eso importa ahora, Mokuba.

- Sé que aún estoy un poco verde, Seto, pero no soy estúpido; tú mismo me enseñaste a pensar, ¿recuerdas? Puedes negar todo lo que quieras, pero lo que está a la vista no necesita anteojos... y volviendo al punto principal, no comprendo cómo puedes evitarlo ahora, si lo amaste en esas otras vidas.

Oh, tenía que mencionar esa palabra, la misma en la que él no quería ni pensar siquiera.

Si Seto Kaiba no discutía casi nunca con su hermano era, en primer lugar, por la incapacidad casi patológica que tenía de sostener una conversación que contuviera algo más que gruñidos y sarcasmos. Y segundo, por la obvia razón de que sabía que no llegarían a ninguna parte: si él era terco, Mokuba era terco y medio, y aunque razonaban de manera muy diferente y el más pequeño carecía de su experiencia, sin duda sabía cómo y dónde atacar para dar en el hueso. Él mismo le había enseñado, después de todo.

Transcurrieron un par de minutos de pesado silencio antes de que el mayor de los hermanos hablara de nuevo.

- No soy la misma persona - dijo quedamente, mirando al techo.

No lo era, en efecto. No era Seth, ni Christian; no era ninguna de las personas que habían amado al faraón y que indudablemente habían sido amadas por él, pero igual le tocaba sufrir las consecuencias de sus actos.

- Es posible. Pero en esta vida estás tan ligado a Yami como en las anteriores, porque seguramente cuando eras Seth hiciste un juramento y lo sellaste con tu propia magia.

Mokuba acababa de darle una pista muy importante... él ni siquiera había pensado en ese aspecto del problema. Las palabras de Seth, las que había escuchado esa mañana en el gimnasio, se repitieron en su cabeza, seguidas por la voz agónica del faraón.

La tumba no me detendrá. No descansaré hasta que volvamos a encontrarnos, y ninguna de mis vidas tendrá sentido hasta que llegue aquélla, la que pueda compartir contigo al fin...

Si vas a atarte a mi condena... adonde vaya tu alma, la mía la seguirá...

- Hice un juramento, en efecto - dijo distraídamente, evitando añadir detalles; su mente estaba trabajando a marchas forzadas.

A pesar de su arrogancia era capaz de admitir, en la intimidad de su mente, que gran parte de su atracción hacia el faraón en esta vida era independiente de lo que hubiera ocurrido en las anteriores; Yami era un competidor nato, una fiera depredadora como él... una fiera que había sido capaz de vencerlo en más de una oportunidad. Nunca se planteó tener una pareja; pero si lo hiciera, pensaría en alguien que lo igualara fortaleza por fortaleza, ingenio por ingenio, a quien fuera capaz de respetar y que lo respetara, alguien capaz de ponerlo en su justo lugar cuando lo necesitara.

Yami.

Imposible. Él no cedería jamás ante el faraón, por mucho que una promesa milenaria los ligara. Esa promesa era una carga que había hecho aún más miserables las vidas de Christian y Henry, y que seguramente empeoraría la suya propia y entorpecería la nueva vida del recién renacido... porque además tenía la sospecha de que los intereses de Yami estaban puestos en alguien que definitivamente no era él.

Debía acabar con el juramento que los ataba. Sin esa compulsión que lo empujaba hacia él, le sería más sencillo resistir la atracción natural hacia su rival y concentrarse en cosas más importantes, como sobrevivir.

De nuevo sintió las punzadas del dolor que parecía haber tomado residencia permanente en su cabeza; la migraña que padecía desde la preadolescencia se había intensificado en los últimos dos días. Ahora tendría una doble tarea: defenderse de los ataques de Merit y buscar la manera de romper esa promesa, que más que un juramento se había convertido en una maldición. Ya bastante tenía con sus propios problemas como para complicarse con esa indignante sensación de dependencia del faraón.

- ¿Qué estás tramando, Seto? - se dio cuenta de que había permanecido en silencio un buen rato y de que su hermano lo miraba con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

- No estoy tramando nada. Sólo pienso que lo que fue sellado con magia puede ser destruido con magia... y que es una suerte que Gozaburo me haya entrenado para trabajar sin descanso, porque lo que se me viene encima es una tarea titánica.

- ¿Destruir con magia? ¿Te refieres a destruir el juramento del que hablábamos? - Mokuba ignoró la última parte de su comentario y lo miró con los ojos muy abiertos.

- Por supuesto.

- ¿Y porqué rayos querrías romper esa promesa? - la voz del muchacho de pronto se tornó muy aguda.

- Es una distracción incómoda e innecesaria.

- ¿Y porqué prefieres simplemente destruirla? ¿Porqué no la enfrentas? ¡Tú no eres un cobarde, Seto! - el menor de los Kaiba parecía perder la paciencia por momentos.

- No es cobardía; sólo estoy siendo práctico.

- Sería más práctico enfrentar el problema; claro que eso implicaría enfrentarte a Yami, hablarle, y ya sabemos que tú eres incapaz de hablar con él sin perder los estribos...

- ¿Hablar con él? Por todos los cielos, Mokuba, ¿qué esperas que haga? ¿Tantas ganas tienes de verme humillado ante Yami de nuevo? ¿Acaso quieres que...?

Kaiba se dio cuenta de que había estado a punto de hablar demasiado, y de que por primera vez se había referido en voz alta al faraón llamándolo por el nombre que había escogido en esta vida. Se sentía muy alterado y debía de ser evidente; porque el chico, que había estado a punto de soltarle una respuesta airada, cerró la boca de pronto con un chasquido. Cuando volvió a hablar lo hizo con el mismo tono calmado de antes.

- ¿Porqué siempre tienes que pensar y esperar lo peor de todo y de todos, hermano?

- Porque la experiencia me lo ha enseñado. Piensa mal, y acertarás...

- ¿Porqué no tratas de ser positivo por una vez, para variar? Y ya que estamos en la onda de las frases comunes, ¿no se te ha ocurrido que a la tercera va la vencida?

- No puedes hacer que la sabiduría popular funcione todo el tiempo, Mokuba - sonrió con ironía.

- Pero tú puedes intentar que funcione - retrucó el chico -; o al menos podrías, si quisieras...

- Pero no quiero. Y te estás olvidando de que esto no depende sólo de mí.

- Ajá, ya lo sé, también depende de él... no sé entonces qué te detiene. Brotes de histeria aparte, Yami es una persona bastante razonable. ¿Porqué no le hablas? ¿Porqué no intentas arreglar las cosas?

- ¿Arreglar qué? - preguntó Kaiba, haciéndose el sueco. Por mucho que quisiera a su hermano -y precisamente por lo mucho que lo quería- no iba a decirle que todo el asunto estaba condenado a la miseria desde el principio. No tenía porqué compartir sus temores con el pequeño y alarmarlo quizás innecesariamente.

- Eres imposible - suspiró al fin Mokuba, dándose por vencido al menos por el momento.

El mayor de los hermanos se puso de pie y se estiró, cansado.

- Bien, ya te he dicho todo lo que querías saber. Ahora sólo quiero darme una ducha y acostarme a dormir un poco para variar... ¿me das permiso? - preguntó, con ironía. Mokuba frunció el ceño y luego se echó a reír.

- Ve, tienes mi permiso. Pero antes... - sin avisar, se le echó encima y le dio el tan temido abrazo de oso. Kaiba dio con su humanidad en el piso, con Mokuba encima muerto de la risa.

- Cómo se ve que no tienes respeto ni piedad por los huesos de tu anciano hermano mayor... venga, quítate de encima que estoy molido.

- Te quiero, Seto.

- Y yo a ti. Pero reconsideraré eso si no me quitas de encima de inmediato las diez toneladas que pesas.

- ¡Seto! - protestó el chico, riendo. Era uno de esos raros momentos en los que su hermano estaba de humor para bromear un poco, y él lo disfrutaba al máximo... Kaiba también solía disfrutarlos, pero ahora estaba tan preocupado por otras cosas que sólo sonrió a medias.

Después de darle las buenas noches, siguió su rutina nocturna con precisión; aunque no olvidaba que en los últimos cuatro días no se había quedado trabajando en cualquier cosa hasta las tantas de la madrugada, como solía hacerlo antes de que todo este problema del faraón se presentara.

Se echó en la cama y se cubrió con las sábanas, colocando el cetro del milenio a su lado y cerrando los dedos alrededor del mango dorado. No tenía miedo ya de los recuerdos, ni siquiera de las pesadillas de muerte y de sangre; pero no iba a arriesgarse a sufrir otra invasión de su mente por parte de Merit sin defenderse, eso ni pensarlo.

Para su sorpresa, no le costó nada conciliar el sueño.


Estaba adormilado, pero sentía que alguien lo observaba. Luchó por abrir los ojos y éstos se abrieron, en efecto; pero no era su voluntad la que había instigado la acción. Era como si otra persona viviera en su cerebro, alguien que tenía el control de su cuerpo, y suspiró mentalmente al darse cuenta de que nuevamente soñaba un recuerdo.

Se encontraba echado a medias en una especie de diván, caído sobre cojines sospechosamente mullidos, y en una posición que garantizaba una tortícolis. Pero cuando se incorporó no sintió ninguna incomodidad física, sólo cierta irritación por haberse quedado dormido por parte del otro -¿él mismo?-.

Frente a él, sentado en el borde de un enorme lecho de cuatro postes con pesados cortinajes y mirándole con una sonrisa, estaba nada más y nada menos que aquella versión pálida pero igual de de hermosa del faraón, tal y como lo había visto en el recuerdo anterior.

Llevaba menos ropa encima -sólo calzas y un jubón, esta vez en tonos de azul-, pero afortunadamente estaba completamente vestido, porque Kaiba no creía poder soportar con entereza otro recuerdo como el que había tenido del faraón desnudo en su piscina privada; comenzaba a sentirse como una solterona remilgada que podía desmayarse en cualquier momento si veía a un tipo desnudo. Seto Kaiba, tímido y mojigato... había que vivir para ver cosas; de estar en posesión de su cuerpo habría soltado una de sus famosas carcajadas malignas.

Christian -porque era él- bajó la vista momentáneamente hacia su propio cuerpo y Kaiba comprobó con alivio que estaba vestido de manera similar, aunque llevaba una chaqueta de terciopelo encima de sus respectivas calzas y jubón, todo ello en color negro.

- En verdad estáis cansado... dormisteis un buen rato - la voz del joven, en aquel inglés arcaico, lo devolvió al escenario del sueño, dejando de lado sus consideraciones personales.

Se volvió hacia la ventana, cuyos paneles de pequeños cristales estaban abiertos de par en par y dejaban pasar el quemante sol de la tarde.

- Debo irme - pronunció, su voz ligeramente ronca por el sueño - en cualquier momento vendrán a buscaros y si me encuentran aquí se armará una buena. Y no quiero tener que salir por esa ventana... es demasiado estrecha.

- ¿Porqué saldríais por la ventana? No me digáis ahora que le tenéis miedo a Morton y a Stevens - dijo el otro, divertido -, al fin y al cabo no estamos haciendo nada más que conversar, y ahora mismo estabais dormido...

- Nunca me cansaré de deciros que sois un necio - repuso con arrogancia y fastidio, poniéndose de pie -; sabéis perfectamente que vuestra pequeña comitiva me detesta y desconfía de mí...

- Os importa demasiado lo que piensen ellos. ¿No debería importaros sólo lo que pienso yo? - aquella versión del faraón frunció el ceño y por momentos Kaiba olvidó que no lo estaba mirando a él, Seto Kaiba, sino a Christian Rosenkreuz.

- Henry, Richard está debilitado al igual que su partido... si las cosas siguen como van y jugáis bien vuestras cartas, seréis rey antes de terminar el año. Debéis cuidar vuestra reputación, porque tenéis muchos enemigos; vuestra amistad conmigo no es precisamente una buena recomendación para nadie.

- ¿Qué queréis decirme? - Henry se puso de pie, su aire altivo y majestuoso imponiéndose como siempre a pesar de la diferencia de estatura entre ambos, que aparentemente lo ponía en desventaja - ¿Creéis que dejaré de ser vuestro amigo si logro lo que me propongo?

- Sería lo más recomendable y lógico.

- No os dejaré, Christian.

- No podréis detenerme si decido desaparecer, Henry.

- No lo permitiré - repuso el joven con decisión, mirándole fijamente. Christian dejó escapar un suspiro frustrado.

- Está bien, Henry, supongamos que permanezco a vuestro lado. ¿Queréis decirme cómo explicaréis la presencia de un mercenario de origen incierto y pasado criminal en la corte inglesa? Muchas personas allá saben exactamente quién es Christian Rosenkreuz y las cosas que ha hecho... sé que allá me conocen no como el caballero negro, sino como el demonio negro - vio cómo los ojos del otro se agrandaban y supo que había dado en el blanco; pero no se detuvo allí. Sintió cómo su boca se torcía en la sonrisa sarcástica que era su especialidad, y cuando volvió a hablar su tono era amargo, hiriente - ¿O es que acaso planeáis emular a nuestro tatarabuelo haciéndome vuestro "favorito"...?

El rostro pálido de Henry se contrajo y los ojos flamígeros se oscurecieron por la ira, la incredulidad y un toque de dolor.

- ¿Qué diablos estáis diciendo? - preguntó en voz muy baja e inestable.

- Olvidadlo. Me voy - dijo bruscamente, dando un par de zancadas hacia la puerta. Pero una mano pequeña y sin embargo muy fuerte asió su brazo derecho, deteniéndolo y haciéndolo girar.

- ¡No os iréis sin haber escuchado lo que tengo que decir! - bramó Henry, sus ojos lanzando chispas de rabia.

Christian no se aguantó más, e inclinándose tomó al joven en sus brazos y lo besó de una forma dura, desesperada, casi violenta.

Seto Kaiba casi tuvo un ataque debido a la impresión -era demasiado, primero Seth y el faraón y ahora estos dos-, y para cuando logró recuperarse y concentrarse de nuevo en lo que estaba pasando, se vio perdido en un mar de sensaciones. El beso había sido correspondido con igual violencia al principio, pero luego había cambiado por completo.

Ahora no podía pensar, sólo sentía: labios salados, tibios, separados, rozando deliciosamente los suyos; una lengua tímida y sin embargo atrevida buscando la suya. Dedos largos y delgados apretando y acariciando, una voz suave y cultivada, ahogada por los besos, murmurando incoherencias.

¿Cómo diablos habían llegado hasta el lecho? No lo sabía, pero ahora aquella versión del faraón estaba debajo suyo y estaban pasando muchas cosas...

Estrechas caderas frotándose desesperadamente contra las suyas, calor frenético, fricción. Gruñó dentro de aquella boca frágil, presionando su propio cuerpo hacia abajo, ahogando un grito cuando el otro se arqueó violentamente contra él. Se sentía tan bien, tan bien....

En el dorado claroscuro de la tarde, vibrantes ojos de vino tinto, nublados por la pasión, lo miraban hambrientos desde el rostro pálido y bello. Un suave gemido escapó de aquella pequeña y perfecta boca, delicados dientes blancos mordiendo el labio inferior casi con saña; él siguió con sus propios ojos el sensual gesto, casi sin atreverse a respirar.

Unos discretos golpecitos a la puerta los sobresaltaron.

- No contestéis, Henry - siseó, suplicante y autoritario a la vez, casi sin reconocer su propia voz, mientras que aquellas manos pequeñas pero fuertes vagaban por todas las partes de su cuerpo que podían alcanzar, a pesar de la barrera de la gruesa ropa.

Lo estaba besando de nuevo, duro, húmedo y dulce; y el cálido y deseoso cuerpo debajo del suyo era todo lo que le importaba en el mundo. Un gemido zumbó entre ellos, una canción átona para dos gargantas, en contrapunto con los golpes que sonaban en el fondo...

Se separaron al fin. Los golpecitos ahora eran prácticamente puños, y fueron seguidos por el sonido de una voz masculina que a Kaiba se le antojó bastante familiar.

- ¿Milord? ¿Milord Henry? - la voz mostraba un dejo de irritación, y al oírla una sonrisa traviesa apareció en el rostro pálido - Henry, ¡sé que no habéis salido! ¿Estáis dormido? ¡Despertad de una buena vez!

- ¿Qué queréis, Morton? - preguntó al fin, con voz perezosa, mientras elevaba una mano para acariciar el rostro de Christian... de Kaiba, que no podía evitar reaccionar de la misma manera en que lo hacía la persona que había vivido esa experiencia.

- Debemos partir pronto... la condesa ha enviado un carruaje y una comitiva para llevarnos a Bellefort. Quiere que estemos allá para la cena - Henry suspiró con exasperación.

- No estoy vestido. Esperad unos momentos; ya bajaré.

- ¿Queréis que os ayude? - había un leve tono de sospecha en la voz del viejo.

- ¡No! Esperadme abajo.

- Como queráis, os esperaremos. Stevens ya ha dispuesto todo para partir, enviaremos después un carruaje por vuestros baúles - dijo Morton, y finalmente se alejó de la puerta.

Christian se apartó de Henry y se sentó al borde del lecho, estremecido por la tormenta de emociones que experimentaba. Kaiba podía sentir, en parte como un reflejo y en parte como propios, los sentimientos mezclados en la mente de ese "otro yo" del pasado: pasión, euforia, tristeza y rabia a partes iguales. De alguna manera estaba plenamente consciente de que lo que acababa de suceder cambiaba muy poco -o nada- lo imposible de su situación.

- ¿En qué pensáis? - la voz del otro joven lo sobresaltó. Pero Christian no tenía la menor intención de hablar sobre lo que acababa de pasar...

- En nada. Idos. A buen seguro Margaret os tiene buenas noticias de Inglaterra... quizás la ex reina Woodville al fin ha accedido a concederos la mano de Elizabeth cuando Richard esté fuera del juego.

- Sé que fue idea vuestra, y que es necesario que lo haga para fortalecer mi posición... pero no me siento bien con la idea de ese matrimonio. Sabéis que pasé parte de mi infancia viviendo en casa de Lord Herbert, y se daba por sentado que me casaría con Jane, la menor de sus hijas... - la voz de Henry sonaba culpable, y Christian se volvió a mirarle haciendo una mueca.

- Será una gran decepción para Jane, pero no estáis obligado... no existía un pre-contrato matrimonial ni siquiera de palabra, así que no pueden establecer ninguna reclamación.

- Es irónico que mi madre, que siempre odió a los Woodvilles, esté ahora arreglándome un matrimonio con una de ellos - sonrió divertido, levantándose del lecho y tomando una elaborada chaqueta bordada que se encontraba sobre el respaldo de una silla; se la puso sobre el jubón, seguida por una corta capa negra y procedió entonces a tratar de domar sin éxito su cabello frente al pequeño espejo colgado en la pared.

- Margaret sabe lo que os conviene. Y esa Woodville es también una Plantagenet, la hija mayor de Edward IV, princesa de Inglaterra aunque Richard haya tratado de apartarla de la sucesión; y mi prima, además. ¿Os resistís a emparentar conmigo? - preguntó, sonriendo con amarga ironía.

Henry no contestó. Se volvió hacia él y lo miró fijamente durante unos instantes que le parecieron eternos; cuando habló, fue directo al punto.

- ¿Porqué me habéis besado?

- ¿Porqué me habéis correspondido? - contraatacó.

- Supongo que por las mismas razones que vos. Porque os quiero, y sé que vos me queréis igual - las sencillas palabras lo hicieron estremecer. Kaiba tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que no le estaba hablando a él, sino al otro -. Sé tan perfectamente como vos que esto no es posible, pero no voy a renunciar a vuestra amistad ni al placer de vuestra compañía por necios escrúpulos. Si no puedo estar con vos de la forma en la que quiero, al menos os quiero a mi lado en mi hora de triunfo. No me neguéis eso, Christian.

Christian, que había estado terriblemente tenso, se relajó de pronto y dejó escapar un suspiro cansado.

- Sabéis que no puedo negaros nada...

- Pues no, no lo sabía hasta hoy - de nuevo una sonrisa iluminó aquellos ojos de vino tinto -. Y es bueno saberlo, porque en este momento todo lo que quiero es que volváis a besarme.

- Concedido - dijo simplemente, y tomando el rostro del joven entre sus manos lo besó apasionadamente de nuevo -. Ahora, idos de una buena vez. Os están esperando.

- ¿Cuándo os veré de nuevo? - su rostro expresó una profunda ansiedad, y Christian deseó borrar esa inquietud con otro beso; sin embargo, se contuvo.

- No lo sé. Pero cuando hayáis decidido la fecha para embarcar podéis mandar recado a la dueña de la posada y ella me lo hará llegar. ¿Me queréis a vuestro lado? Pues allí estaré, luchando con vos y por vos.

- Os quiero.

- Yo también a vos. Idos, Henry, no hagáis esto más difícil para los dos.

Cuando el joven hubo salido, Christian se dejó caer al suelo, debilitado... y Seto Kaiba despertó, sin sentir inquietud ni malestar por primera vez desde que comenzaran las visiones.

Sin embargo, el sueño lo había dejado con la incómoda sensación de anhelo que relacionaba con la dependencia que lo ataba al faraón. Por un momento, al mirar a través de los ojos del otro, se había encontrado deseando que Yami lo mirara a él alguna vez de la misma manera en que Henry había mirado a Christian. Con los ojos llenos de aquel sentimiento profundo e inefable que jamás había experimentado en esta vida.

Dando un suspiro involuntario, se dio la vuelta en la cama y procuró dormir.


Yami se levantó de la cama sintiéndose muy inquieto. No había tenido sueños ni visiones la noche anterior, y eso, antes que tranquilizarlo, lo preocupaba... porque los sueños le traían recuerdos que eran piezas para completar el rompecabezas de su vida como faraón, y eso era algo que agradecía.

Notó que Yugi lo observaba con preocupación durante el desayuno, y se propuso hablar con él no bien estuvieran a solas, antes de que se fuera a la universidad. Pero todos sus planes se vieron frustrados cuando el timbre sonó, el abuelo fue a abrir, y al volver traía consigo a una Tea toda sonrisas, con las mejillas levemente sonrojadas y los ojos brillantes.

- ¡Hola, muchachos! - saludó alegremente. Ambos respondieron al saludo, Yugi con una alegre sonrisa y Yami con una inclinación leve de su cabeza y un cortés "hola".

- ¿Nos acompañas a desayunar, Tea? - preguntó amablemente el abuelo, poniendo un plato extra sobre la mesa antes de que ella contestara.

- ¿No será mucha molestia? - preguntó modestamente la chica.

- Claro que no, hay suficiente para todos. Siéntate, por favor.

Yami no podía menos que notar que la chica apenas podía quitarle los ojos de encima, y eso lo hizo sentir tan incómodo que prácticamente se retorcía en su asiento; tenía además que considerar los sentimientos de Yugi, que luego de observarla unos minutos clavó la mirada en su plato y se limitó a juguetear con la comida. La situación era de lo más infeliz, y se puso aún peor cuando Tea, que hasta el momento sólo había hablado con el abuelo, se volvió hacia él y trató de sacarle conversación, obviando a Yugi.

Estaba tan indignado que apenas alcanzó a responder con monosílabos, sin prestar mayor atención a las palabras de la chica. ¿Cómo podía Tea tratar de esa manera al que había sido su mejor amigo desde la infancia? Aún si ignorara los sentimientos que el joven albergaba hacia ella -lo cual, según Yami, era improbable, dado que Yugi prácticamente veneraba el suelo que ella pisaba-, se estaba comportando de una forma que no era nada discreta y mucho menos considerada.

Por lo visto la joven no era para nada lo que Yami había pensado que podía ser.

El abuelo, que aunque no creía en las sutilezas era prudente, esperó a que todos hubieran terminado de desayunar para preguntarle a Tea el motivo de su visita. La aludida enrojeció y tartamudeó un poco antes de contestarle, con voz algo trémula.

- Bueno, yo... esto... quería saber si Yami... y Yugi, querían acompañarme al centro a comprar algo de ropa. Tú también necesitas tu propia ropa, ¿no es así, Yami? Supongo que estás usando algunas prendas de Yugi mientras tanto... - dijo al fin con algo de duda, recorriéndolo con la mirada.

El ex faraón estuvo a punto de reírse en su cara, porque las ropas que llevaba le quedaban a la perfección y él era casi una cabeza más alto que Yugi; era evidente para cualquiera que esas prendas le pertenecían. El suave suéter color crema de mangas cortas y los ajustados jeans marrones que Mai había insistido en comprarle resaltaban su singular colorido con sus tonalidades cálidas, y no había una sola cadena ni correa de cuero a la vista; su único adorno era el rompecabezas.

En contraste, su hikari lucía hoy más gótico que nunca, porque a sus ropas de siempre había añadido un nuevo surtido de cadenas y su rostro pálido contrastaba con su atuendo negro.

- De hecho, ya tengo todo lo que necesito, Tea; pero gracias por invitarme - repuso amablemente.

- Fuimos de compras con Mai ayer - intervino Yugi, hablando por primera vez con voz calmada y casi alegre, sin dar signos de inquietud. Yami podía sentir que estaba bastante deprimido, pero tranquilo... nada de aquellas oleadas de angustia y autodesprecio que emanaban de él cuando la chica dirigía su atención hacia su yami de una manera muy obvia.

- ¿Con Mai? - Tea estaba estupefacta, y un leve brillo molesto asomó a sus ojos. Yami decidió que no le haría ningún daño enterarse de que no era el centro del universo de Yugi... ni mucho menos del suyo.

- Sí. Fue muy amable, me prestó dinero y me ayudó a escoger la ropa. Tiene buen gusto, ¿no crees?

Tea asintió, aunque la confusión se retrataba claramente en su mirada. Pero pronto se recuperó de la sorpresa y volvió a dirigirle a Yami una sonrisa de ésas que bastarían para poner en funcionamiento a toda una central eléctrica.

- Bueno, me alegro mucho de que ya tengas todo lo que necesitas. ¿Vendrías conmigo sólo para hacerme compañía, entonces? Los dos, quiero decir - añadió rápidamente.

- Por supuesto que iremos contigo, Tea - contestó Yugi antes de que el otro pudiera decir palabra -. Yo sólo podré estar con ustedes un rato, porque tengo clases... pero estoy seguro de que Yami podrá hacerte compañía perfectamente.

Los ojos de Tea se iluminaron y una sonrisa aún más cegadora que la anterior apareció en su rostro; mientras su mirada buscaba la aprobación del ex faraón.

¿Qué se supone que estás haciendo, aibou? No es que no me agrade Tea, pero ya te he dicho que...

Venga, Yami. Compláceme, ¿sí?

Es que sé que ella te gusta y no entiendo qué pretendes...

Ya lo entenderás después, lo prometo.

Yami no tuvo más remedio que asentir, ya que Yugi así lo quería. No deseaba contrariar a su hikari, pero seguía sin comprender la razón de su extraño comportamiento... se suponía que debía estar ayudándolo a alejarse de Tea, y en lugar de eso lo orillaba a salir con ellos, asumiendo que después se iría a clases y los dejaría solos.

Los tres salieron juntos de la tienda; Yugi y Tea pronto empezaron a conversar al ver en un muro el anuncio de un evento internacional de baile de salón que se llevaría a cabo en la ciudad. La chica estaba matriculada en una academia de danza contemporánea y su pasión por el baile era bien conocida por todos sus amigos, así que cualquier tema relacionado la entusiasmaba.

A pesar de que ella trató de hacerlo participar en la conversación, Yami permaneció callado y algo taciturno. Tenía cosas más importantes en qué pensar; como Seto Kaiba, por ejemplo.

Penetrar en los recuerdos de Kaiba le había dado al ex faraón una prueba incontrovertible del poderoso vínculo que los unía. Entendía ahora la actitud de fría ira del joven empresario... era su única arma contra la pasión que presenciaba y que sentía en sus recuerdos, pasión que la persona que era ahora no podía -ni quería- comprender ni aceptar.

Adoraba mirarse en aquellos majestuosos ojos azules cuando estaban en medio de un duelo, cuando casi podía ver cómo planeaba su próxima jugada y la esperaba con ansiedad. Sabía ahora lo que tanto había extrañado en los años que tenía sin verle... la sensación de estar vivo que tenía sólo estando en su presencia, sólo enfrentándose a él. Ganarle era un beneficio marginal al que apenas le concedía importancia, aunque sabía que para Kaiba importaba demasiado; para él, lo importante estaba en el proceso, en la cercanía de sus almas durante el duelo, en la intensidad casi brutal con la que se enfrentaban.

Analizándolo fríamente, no le extrañaba que su aibou se hubiera dado cuenta del tremendo trasfondo emocional y físico que habían tenido esos duelos; por algo el enano había sabido de su atracción hacia Kaiba mucho antes de que hubiera sido capaz de admitirlo ante sí mismo.

- ¿Yami? ¡Yami! - aparentemente Yugi había estado tratando de llamar su atención por un buen rato, porque parecía inquieto y Tea lucía algo amoscada.

- Lo siento, aibou. Estaba pensando.

- Bien, sólo quería avisarte que tengo que irme ya a clases. Te dejo en buena compañía - una leve sonrisa apareció en los labios de Yugi, y Yami temió por su suerte.

Acompañar a Tea de compras no fue tan malo como esperaba, si exceptuaba los constantes sonrojos y los vacilantes comentarios destinados a hacerle hablar acerca de su -inexistente por el momento- vida personal. La chica se probó varios atuendos atrevidos y los sometió a su aprobación, quizás esperando que él le dedicara algún cumplido exagerado; pero Yami se limitó a hablar lo menos posible... la apreciaba, mas no se sentía ni tan siquiera un poco atraído hacia ella, y además la moda femenina actual se le antojaba demasiado caprichosa como para emitir un juicio.

Al igual que en su ronda de compras con Mai, terminaron sentados en torno a una mesa en el atrio de un centro comercial; esta vez, Yami insistió en pagar su helado con el dinero que Yugi le había dado, pero Tea se había mostrado tan ofendida ante semejante idea que al final tuvo que ceder.

Iba ya por la mitad de su helado de vainilla cuando Tea se aclaró la garganta para atraer su atención.

- Yami... yo...

- ¿Sí? - la alentó el ex faraón, distraídamente.

- Hace mucho tiempo que... que quiero decirte algo.

El tono de la chica encendió todas las alarmas en la cabeza de Yami. No se le iba a declarar, ¿o sí? Oh, no, no, no... Ra en los cielos... esto iba a ser muy embarazoso, mucho...

- ¿De qué se trata, Tea?

- Yami... yo... tú... ¡tú me gustas mucho! - soltó de pronto, de carrerilla y sin respirar; luego prosiguió rápidamente, como si tratara de decirlo todo antes de perder el valor del que se había armado: - Y quisiera saber si tú... si ahora que... que estás en tu propio cuerpo, considerarías... pensarías en salir conmigo.

- ¿Salir contigo? - el joven, a estas alturas, estaba alarmadísimo y confundido - ¿Qué estamos haciendo entonces? ¿No hemos salido?

- ¡No! No entiendes... quiero decir salir como novios... - la chica rió nerviosamente - rayos, ¿cómo eran estas cosas en el Antiguo Egipto? ¿No salía la gente con otra gente que le gustara?

- No sabría decirte. Mi matrimonio con mi hermana mayor fue arreglado, y nunca hice uso de mis concubinas - dijo Yami simplemente, aunque seguía confundido -. Pero Tea, si entiendo lo que quieres decir... y creo entenderlo... debo aclararte que yo no siento lo mismo.

- ¿Qué?

- Es que yo... - no tuvo tiempo de terminar, porque en ese momento la joven frente a él puso los ojos en blanco y cayó sobre la mesa con un ruido seco, golpeándose la cara y tirando el helado al piso. Yami se precipitó hacia ella, tratando de reanimarla - ¡Tea! ¡Tea! ¿Qué te sucede? ¡Responde, por favor!

La chica continuaba respirando con alguna dificultad, pero parecía estar inconsciente. ¿Se habría desmayado? ¡Pero si él no había dicho nada que pudiera inquietarla de esa manera... aún! Sus ojos buscaron ayuda alrededor; los ocupantes de las mesas aledañas los miraban con curiosidad, pero nadie intervino hasta que un hombre que vestía tan informalmente como ellos se acercó a la mesa con paso cauteloso.

- ¿Puedo ayudar en algo? Soy médico - añadió, vacilante.

- Por favor, se lo agradecería - dijo Yami automáticamente, mientras seguía tratando de reanimarla -, mi amiga se ha desmayado de pronto y no reacciona...

El hombre sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y lo mojó con el agua del vaso que se había volcado sobre la mesa al caer Tea sobre ella; entonces pidió a Yami que se apartara un momento y aplicó la improvisada compresa al rostro de la chica, hablándole continuamente. El joven los observaba impotente, sin saber qué hacer.

Al levantar la mirada, vio frente a él a Merit, en una forma que parecía sólida pero que sin embargo no proyectaba sombra alguna sobre el suelo del soleado atrio. La mujer lo miró con rabia, miró a la caída Tea con desprecio, y luego se volvió de nuevo hacia él y lo escupió a la cara. A continuación, se desvaneció en el aire tan súbitamente como había aparecido.

Yami, estupefacto, sintió la saliva espesa de la mujer deslizarse por su rostro, pero cuando levantó la mano para quitársela, sólo sintió su piel.

El médico no lograba reanimar a Tea, y hablaba ya de trasladarla a una clínica; pero Yami lo escuchaba sólo a medias. Se abalanzó sobre la chica y le levantó los párpados, observando que los iris azules debajo de ellos tenían un extraño tono opaco, como nublado, y que la pupila casi había desaparecido.

Tea no estaba desmayada. Su alma estaba atrapada en el reino de las sombras.

Merit al fin atacaba de frente.


N.A. (favor leer): Heme aquí de nuevo... más vale tarde que nunca, he tenido mucho trabajo y encima problemas con la computadora; para rematar en cuanto me han dado vacaciones he caído enferma XD. Antes de que chillen: lo que le pasa a Tea es parte del fic y está justificado; no es simple Tea-bashing. El recuerdo de este capítulo se sitúa en Francia a comienzos de 1485. Cuando me enteré de qué iba el juego Duelists of the Roses de inmediato lo relacioné con la historia, y recordé que los contemporáneos de Henry VII, como su nuera Catalina de Aragón, lo describen como un hombre delgado, pálido y anguloso, de cabellos rubios y enormes ojos grises, de apariencia envejecida y enigmática; serio, triste y pensativo... y claro, a una se le dispara la imaginación: ¿porqué estaba triste el rey? xDDDD. La madre del rey, Margaret Beaufort, era toda una intrigante y uno de los sospechosos más fuertes de hacer eliminar a los príncipes en la Torre XD. Respecto al comentario de Christian, el tatarabuelo de Henry VII, y en este caso, también de Christian, Edward II, fue un connotado homosexual que un siglo y medio antes escandalizó a la corte con sus favoritos -en especial Hugh Spencer- hasta que su esposa Isabelle, la "Loba de Francia", conspiró con su amante Lord Mortimer para matarle y hacerse con la regencia. Si ya les digo que la historia inglesa es deliciosa XDDDDDDD

Gracias a mis reviewers: Black Kymera(ya ves la interpretación que hace K de la razón de la existencia de Mokuba en esta vida y no en las otras. Pretty sad, huh? Y no notaste que en el cap anterior Yami dejó claro que piensa lo mismo, aunque no de la misma forma XDDD. Esa mezcla de fortaleza y fragilidad es lo más atrayente...), Yuu (a ver si ahora me pongo al día...), Xin Tamao (ya te digo, Xin, que no hay cuidado XDD; como ya te dije, la variedad de parejas las reservo para otros fics, en éste me gusta la intensidad centrada en estos dos), Shiroi Tsuki (si no lo has jugado no te has perdido de gran cosa, porque es un muermo XD), Anny Pervert Snape (como ya dije, me gusta una buena ración de angst pero sin excesos... resulta más realista y menos doloroso, tanto para lectores como para personajes. Hace mucho que no leo fics S/J, y no recuerdo alguno en inglés particularmente; ve a favorite authors en mi perfil y busca a Suisei Lady Dragon, su fic Winter Dogs es S/J en español y el único que sigo por el momento. Hay que presionarla pa que siga XD. Soporto a Seto como uke cuando se presenta de una manera lógica y continúa siendo Seto, no cuando lo humillan o lo desvirtúan para convertirlo en el "débil", porque creo en mantener en carácter al personaje y también que ser uke no es sinónimo de debilidad), Lena Hiyasaki (Hola de nuevo, Lena! Pues yo pienso tres cuartos de lo mismo... y bueno, es imposible complacer a todo el mundo, y en primer lugar está mi satisfacción y entretenimiento personal XD), Little Kei (bueno, ya te envié la respuesta por mail, espero que la hayas recibido y te haya servido de algo, aunque mi cabeza no siempre está clara XD), Guerrera Lunar & Rex (jajaja, frío pero sabroso, así es! Pronto conocerán toda la historia de Christian. XDDD Diox, el ojón tratando de calmar al enojón... ya verán, ya verán), BlackTsuki (yo también soy ferviente fan del S/Y, y NO pienso dejar este fic bajo ningún concepto; de hecho, los tres que estoy publicando van a seguir. Me agrada que menciones que no hace tanta falta el limón para que interese XDD. Y gracias a ti), Mrs. Valgarv (hace rato que no nos vemos ;;, es el trabajo. Y si te fijas, ellos dos son así... Yami, orgullo y todo, es capaz de abrir su corazón hacia los que quiere; Seto no puede por el temor a ser lastimado y por la barrera que se ha autoimpuesto), Clow Reed (yo no tengo ;; y si tuviera estaría el triple de cansada all final del día XD. Y eso es una verdad como un templo... tengo fics que considero son buenos y nadie les ha dicho por ahí te pudras, pero igual estoy satisfecha con ellos. Hice el S/J para divertirme, porque es una pareja muy buena para el smut XD), Itzukiai (sintiendo las sensaciones, ¿eh? Bandida XD. Y bueno, ése fue un fic de sensaciones, éste lo es de angst y melancolía y me alegra que también te guste. He estado muy presionada con el trabajo, pero como viste me las arreglé para concursar con un dibujo y todo XDD. Gracias mil), Escila (pues nada, tú a leer que esa historia es muy interesante. Ya verás a Merit), Águila Fanel (gracias, y sí, las intrigas apenas comienzan XDD), Hisaki Raiden (eres la prueba de que no se puede complacer a todos; ya ves que fuiste la única a la que le pareció pesado XD. En fin, les advertí que si querían algo ligero no lo buscaran aquí), Big Kahuna (gracias por el mail y... okole maluna hauoli maoli oe! xDD), Yami Atemu 91 (gracias por tus comentarios, bienvenida XD), Pierina ¡(bienvenida!).