Al día siguiente, Ran y Shinichi hicieron que no había pasado nada la noche anterior, y eso al pequeño crustáceo le sacó de los nervios.

Y por eso, había planeado algo especial para ellos para cada vez que tenía ocasión. Y durante toda la semana, Sebastián hizo de las suyas.

El cangrejo respiró agitado. – No puedo más. – Se tiró a la cama de la sirena, ahora que no había nadie. – Toda una semana… sin un mísero pico. ¡Hasta he intentado emparejar al mago y a su amiga! – Gritó cansado. – Menos mal que los de Osaka ya están juntos… por que si no me pegaba un tiro. ¿Estaré perdiendo facultades?

De repente escuchó ruido fuera y se escondió.

Las tres chicas entraron en el cuarto.

- Es una pena que se esté terminando las vacaciones. – Se apenó Kazuha.

- Claro… en Osaka no podrás estar tan unida a Heiji como tú quieres¿no? – La picó Aoko.

- ¡Cállate! – Le recriminó la chica roja y tirándole una almohada. Y fue así como empezó la guerra.

La tercera chica que estaba en la habitación estaba muy callada. Las otras dos se percataron.

- Ran… ¿Qué te pasa?

- Nada. – Dijo fingiendo una sonrisa. – He estado recordando todo lo que hemos estado haciendo en esta última semana y… es una pena que se esté acabando. – Bajó la cabeza y dijo tristemente. – Os echaré de menos.

- ¿Cómo que nos echarás de menos?

- Os vais mañana.

- ¿Y? – Preguntó Aoko. – Tú te vienes con nosotros.

La sirena las miró sorprendida. - ¿Qué?

- ¿Crees que te vamos a dejar sola aquí? – Preguntó Kazuha. – Te hemos comprado un billete para que vengas con nosotros.

- Chicas… - Se le saltaban las lágrimas. – ¡Gracias! – Se abalanzó hacia ellas y las abrazó. El cangrejo se alegró, así podía hacer de las suyas.

- Vamos a dormir. Que mañana Kid va a robar al "garganta de la sirena". – Dijo Aoko marchándose de la habitación.

- Claro… - Dijo picarona Kazuha. – Hay que estar fresca para verle…

- Sí… y gritar ¡Te adoro Kid! – Terminó Ran.

- ¡Callaos! – Dijo roja la chica.

Las otras empezaron a reír con ganas.

La pobre Aoko estaba roja como un tomate. De repente sus facciones se tranquilizaron y comentó algo. – Por cierto Ran. – La aludida la miró, aún sonriente. – No te hemos dicho con quién te vas a ir a vivir en Tokio.

La chica calló de repente. – Pensé que iría con alguna de vosotras…

- Lo siento Ran. – Dijo Kazuha con mirada cómplice a Aoko. – Pero yo vivo en Osaka y mi casa es pequeña, al igual que la de Aoko.

- ¿Entonces? – El cangrejo afinó el oído.

- Pues… te irás a vivir con Shinichi.

La sirena se quedó pálida de la impresión, para luego tener el rojo característico de Sebastián. El cangrejo no se podía creer su suerte. Estaba radiante de felicidad.

- ¿Te parece mal? – Preguntó Aoko simulando sorpresa. – Ya hemos hablado con Shinichi y no le parece mal, aunque también puso esa cara.

- Como él vive sólo… y en una casa tan grande… creímos que no les importaría.

- Cl.… claro. – Consiguió articular la joven. – No me importaría.

- Entonces decidido. Hasta mañana. – Se despidió Aoko.

Ya no volvieron a hablar hasta que llegó la mañana.


Lo único que se podía ver era oscuridad, una oscuridad impenetrable. A veces se podía ver algo flotando, pero si estaba ante sus ojos. También algunas burbujas ascendían mientras ella se confinaba en la oscuridad. De repente, una luz cegadora le hizo cerrar los ojos bruscamente.

Cuando los abrió de nuevo, se encontraba en la cama del hotel mirando el techo. Aún tenía la sensación de caída.

No le dio mucha importancia. Solo era un sueño, raro, pero un sueño al fin y al cabo. Despertó a Kazuha y se prepararon para ir a desayunar todos juntos antes de abandonar el hotel.

Ya estaban en recepción para ultimar todo. - ¿Vamos a estar cargando con las maletas todo el tiempo? – Se quejó Kaito. Miró su maleta y las tres de Aoko, y le entró un sudor frío.

- ¿Y qué otra cosa podemos hacer? No vamos a volver aquí para luego ir al aeropuerto. – Dijo Aoko.

- Podemos ir ahora al aeropuerto y dejar las maletas en consigna. – Sugirió Kazuha.

- ¿Y hay consigna? – Preguntó su novio.

- Aunque no la haya, aprovecharemos y sellaremos los pasajes. Más tarde nos darán asientos dispersos. – Dijo Shinichi.

- Claro… - Le miró acusadoramente Heiji. El chico le miró y el moreno miró de reojo a Ran, que estaba hablando con Aoko. Luego volvió a mirar al detective y percibió que estaba levemente sonrojado. Sonrió. – Vamos al aeropuerto. Quién sabe, puede que Kuroba engatuse a la de los pasajes y nos embarcan las maletas ya.

- ¡Eso! Podría sacar mi arma de seducción para azafatas. – Dijo pícaramente el mago.

A Aoko no le gustó nada el comentario del detective, y mucho menos el de Kaito, pero no dijo nada y se dirigieron a la parada de guagua que les dejaba en el aeropuerto.

Allí tuvieron suerte y la chica fue tan amable y simpática que no solo les dejó embarcar las maletas, sino que también les puso a todos juntos en los mejores asientos del avión.

- ¡Qué simpática la chica¿No? – Exclamó Aoko.

- Y eso que no saqué mi arma de seducción para azafatas. – Comentó el mago.

La chica le miró con llamas en los ojos.

- Sí. – Afirmó Kazuha. – No te hizo falta porque no paraba de mirar de reojo a Shinichi. Ran, como no te des prisa te lo quitan.

- ¡Pero qué dices Sonoko!

Todos la miraron. Ella estaba confusa¿por qué dijo Sonoko? - ¿De qué conoces a Sonoko? – Preguntó Shinichi.

Ella le miró más confundida. – No… no lo sé. Me salió así, sin más. ¿Por qué¿Conoces a alguien que se llame así?

- Sí. Una compañera del instituto.

Los dos se miraron curiosos. - ¡Eh parejita! – Los dos miraron a sus amigos, que se echaron a reír. Sintieron como si no fuese la primera vez que los llamaban así, pero no dijeron nada.

Miraron hacia los asientos traseros y se miraron de nuevo. Con una sonrisa cómplice. – Nakamori. – Empezó Shinichi. – Como no tengas cuidado te roban a tu mago.

Los dos aludidos se callaron de repente, mientras que la pareja de Osaka no paraba de reír.

- Sí. – Afirmó la sirena. – Porque las alemanas de atrás no paran de mirarle.

Kaito miró hacia las chicas y sonrió. Aoko también miró, pero su mirada echaba fuego. Las chicas se quedaron blancas por la mirada de la joven.

Cuando se acomodaron en su sitio, la de Osaka comentó lo que ocurrió. – Vaya Aoko. A veces das verdadero miedo.

- A veces no. – La corrigió Kaito. – Siempre. – Recibió un tortazo y miró a la chica que se sentaba al lado. - ¡Ay¿Se puede saber ahora por qué me pegas? – Dijo sobándose donde recibió el golpe.

- ¿Yo? No te he hecho nada. – Dijo como si no viniese a cuento. – Solo te he espantado una mosca que se te había posado.

El mago la miró de reojo y siguieron tranquilamente su travesía hacia Las Palmas.

Se bajaron en la capital y empezaron a caminar hacia el museo.

- ¿A qué hora has quedado con tu padre, Aoko? – Preguntó el mago.

- A las doce en la puerta de atrás.

- Qué mal ha sonado eso.

La chica le miró sin entender. Pero por momentos se fue sonrojando más y más. - ¡Que es mi padre cacho burro!

- Ya¿recuerdas lo del bar aquella vez? – Le recordó su amigo.

- ¡Pervertido! – Cogió una papelera que casualmente había al lado y se la estampó en toda la jeta.

Sus amigos se quedaron a cuadros. Y los que pasaban cerca ni imaginen como estaban.

- ¡Eres una bruta¡Sólo te he dicho mi opinión!

- ¡Nadie te la había pedido!

- Bien. – Se levantó y se alejó.

- ¡Kuroba! – Le llamó Shinichi. - ¿A dónde vas?

- Lejos de ella. – Y desapareció entre el barullo de la calle.

- ¿No crees que te has pasado Aoko? – Le preguntó Ran.

- Se lo merece. – Pero cuando se viró, la joven sirena pudo apreciar una lágrima solitaria escapando de sus azules ojos.

Se encontraron con el inspector Nakamori y les pidió que paseasen por la cuidad por si encontraban algo sospechoso.

Aoko durante toda la tarde estuvo como ausente.

Shinichi se lo hizo notar a Ran. Ella esbozó una sonrisa. – Está preocupada por Kaito, aunque nunca lo admita.

- ¿Tú también estarías preocupada por mí? – La chica le miró sorprendida. El detective se dio cuenta que lo dijo en voz alta y se sonrojó. – Esto…

La chica también se sonrojó, pero con una sonrisa le contestó. – Claro que sí. No estaría tranquila hasta tenerte de vuelta a mi lado. – El chico la miró. La sirena rápidamente siguió. – Así sabría que estás bien. No quiero que ningún amigo se encuentre en apuros.

Sebastián, que se encontraba dentro de un bolso que le había prestado Kazuha a Ran, casi salió a bofetear a la joven para que espabilase. El chico bajó la mirada algo triste. – Amigo, claro. ¿Qué si no podríamos ser?

- ¡Eh Shinichi¡Ven!

El detective fue hacia el de Osaka y Ran fue a hablar con las chicas.

- Aoko. – Dijo Ran. - ¿Estás bien?

- Claro que sí. ¿Por qué no iba a estarlo?

- Estás algo ausente desde que Kaito se fue. – Dijo Kazuha.

- ¿Por qué iba a estar mal por él? Siempre me hace rabiar, nunca ha sido amable conmigo. ¡Nunca! Aún no sé porqué sigo siendo amiga de él.

- Será porque estás enamorada. – Dedujo Ran.

- ¡Ja¡Yo enamorada de ese mago! – Sus ojos se empañaron. - ¿Cómo iba a estar yo enamorada de ese insensible?

Sus dos amigas se miraron sin saber qué decir. – Pues… - Empezó la de Osaka. – De la misma manera que yo estoy enamorada de mi detective.

Aoko la miró. – Es distinto… él es muy dulce contigo.

- Es verdad. – Corroboró la sirena. – Es diferente.

- Es cierto, tú aún no estabas Ran. – La chica sonrió. – Justo en día en que tú apareciste en la playa, todo cambió. Ese día dijimos lo que sentíamos por el otro, pero desde que éramos pequeños, nuestra situación era muy parecida a la tuya Aoko. – Las dos chicas la miraron curiosas. – No parábamos de discutir por cualquier tontería, por minúscula que fuera. También era perseguido por las fans, y yo no podía evitar ponerme celosa. Pero en este viaje, gracias a Shinichi, ya no estamos igual. Nos peleamos de vez en cuando, pero nos queremos. Es nuestra forma de decirnos que nos queremos.

Las dos oyentes se quedaron con la boca abierta, nunca hubieran imaginado eso.

- Pero él siempre te ha protegido¿no? Como lo del barranco.

Las dos chicas miraron a la sirena. - ¿Qué barranco? – Inquirió Aoko.

- Ese que Heiji se tiró a salvar a Kazuha.

- ¿Es verdad eso?

La de Osaka estaba sorprendida. – Sí. En la isla de la sirena. Pero… ¿Cómo lo has sabido?

- ¿No lo habías contado? – Preguntó Ran.

- No… Nunca he hablado de eso.

Ran estaba cada vez más confusa, primero nombra a Sonoko, y luego recuerda eso. ¿Qué le estaba pasando? En ese momento un dolor muy agudo le empezó a retumbar en la cabeza. Se la agarró muy fuertemente, no aguantaba el dolor. Gritó desesperadamente, pero el dolor se incrementaba más y más. Sus amigos la rodearon y le preguntaron que qué le ocurría, pero ella no escuchaba nada. De repente, el dolor cesó y sintió un gran alivio. Se encontraba tan débil que sus piernas flaquearon y se precipitó al suelo, pero no llegó a él, Shinichi la había cogido a tiempo y la cargó en brazos hasta un banco cercano.

Sus amigos los siguieron, preocupados por la chica, tuvieron suerte que por la calle no transitaba nadie, si no los atosigarían, y eso era lo último que necesitaba la morena.

Estaba caminando con un hombre por un camino de tierra todo embarronado. La luna les alumbraba la ruta a seguir. Llegaron a un charco donde había otro hombre con una pala. Su acompañante, al cual no le podía ver el rostro, le dijo algo que no llegó a entender, le estaba señalando el charco. Lo miró y se precipitó hacia él. Lo único que se podía ver era oscuridad, una oscuridad impenetrable. A veces se podía ver algo flotando, pero si estaba ante sus ojos. También algunas burbujas ascendían mientras ella se confinaba en la oscuridad. De repente, una luz cegadora le hizo cerrar los ojos bruscamente.

Al poco, la joven abrió los ojos y vio a sus amigos mirándola preocupados. Se llevó una mano a la cabeza. Se sentía aliviada, pero ese sueño…

- ¿Estás bien Ran? – Preguntó Shinichi preocupado.

- Si… estoy bien. – La chica se acomodó y se levantó.

- No deberías levantarte. – Le dijo Kazuha.

- Os he dicho que estoy bien. – Dijo sonriente. - ¿Nos vamos?

Se pusieron en marcha hacia el museo. Todos estaban preocupados por la chica.

Esta no paraba de darle vueltas al sueño que tuvo, ahora lo tenía claro. Desde que soñó con eso, no ha parado de recordar cosas que supuestamente ella nunca había conocido.