Mmmm... bueno, pues hola. He tenido unos "problemillas personales", por así llamarlos, y por eso no he podido actualizar desde hace un tiempo. Gracias por ser pacientes, si es que lo habéis sido y no habéis olvidado mi historia por completo, y en recompensa aquí tenéis el siguiente capítulo :) Y ya solo quedan un par de capítulos para terminar el fic, gracias por estar ahí leyendo.

Capítulo 11:

El beso se tornó en algo desesperado en cuestión de segundos. Apoyé las manos en el banco en el que se encontraba ella, a cada lado de su cuerpo, mientras los besos se hacían cada vez más intensos, sobre todo cuando intenté montarme, sin mucho éxito, en el pequeño banco. Este se balanceó un poco, y volví a apoyarme en el suelo con miedo a que se rompiera cuando ella soltó un quejido. Si me lo cargaba tendría que darle explicaciones a Burt, y no es que eso se rompiera fácilmente, así que no habría forma humana de colarle una mentira. Rachel me quitó ese pensamiento de la cabeza casi al instante y puso su mano en mi cuello, acercándome aún más a ella.

Cuando Rachel empezó a besarme el cuello, aproveché para abrir los ojos y mirar por encima de su cabeza buscando algún lugar más cómodo que ese banco. Lo único decente que divisé fue el mostrador. Bajé la cabeza volviendo a besarla en los labios, y ella soltó un gemido cuando la medio obligué a levantarse del banco, caminando hacia la entrada del taller con ella subida a mis caderas, rodeándome con sus piernas. Cuando empecé a andar casi me tropiezo con el carro con ruedas en el que están todas las herramientas, pero lo vi a tiempo y pude esquivarlo.

- Finn – susurró dejando de besarme – La tienda está abierta.

Entendí lo que me dijo, y cuando pasamos por en frente de la puerta la cerré, dando la vuelta al cartel para que mostrara el mensaje "cerrado". Apoyé a Rachel en el mostrador a lo largo, por lo que tenía el espacio justo de anchura y longitud para que pudiera estirarse completamente. La besé un par de veces en el cuello, y fui descendiendo por el escote de su camisa. Me separé un poco de ella y empecé a desabrocharle los botones de la camisa uno a uno, hasta quitársela por completo y arrojarla en cualquier lugar del suelo. Entonces Rachel soltó un pequeño quejido y se incorporó rápidamente. Yo me sorprendí, preocupado, viendo cómo ella llevó la mano detrás de su espalda, cogiendo un boli y tirándolo al suelo.

- Lo siento – dije volviendo a besarla en el cuello – Es el boli que usamos para apuntar los encargos.

Ella se rió levemente, y negó con la cabeza quitándole importancia. Bajé de nuevo desde su cuello hasta su clavícula, llegando por fin a sus pechos, y depositando leves besos por la parte que no cubría el sujetador. Ella inclinó levemente la espalda, y entendí la señal pasando las manos por la parte de atrás de su espalda desabrochándolo. Lo tiré al suelo y, para mi sorpresa, ella se incorporó y empezó a desabrocharme los botones del mono antes de que pudiera hacer nada, para luego empezar a bajar la cremallera dejando a la vista la camiseta blanca que llevaba debajo y mi ropa interior. Sonreí y me saqué la camiseta, y ella empezó a acariciarme el torso. Empujé a Rachel para que volviera a quedarse estirada en el mostrador. Bajé la cabeza y dirigí mi boca a uno de sus pechos, lamiendo lentamente sus pezones. Con la otra mano amasaba lentamente su otro pecho. Ella empezó a soltar pequeños gemidos.

- Esto no está equilibrado, ¿no crees? - dije contra su pecho, sonriendo pícaramente, haciendo referencia a los vaqueros que ella aún llevaba puestos, mientras que yo estaba en ropa interior.

Bajé mi lengua desde sus pechos hasta su estómago, pasando por su ombligo, y llegando al filo de sus vaqueros. Separé mi boca de su cuerpo y llevé las manos a sus pantalones, desabrochándolos y bajándoselos lentamente, dejando a la vista sus braguitas negras.

- Mucho mejor... - le susurré en el oído.

Volví a bajar mi cabeza a sus labios, besándola suavemente. Me pegué más a su cuerpo, y cuando ella soltó un gemido supe que había notado la dureza en mis pantalones. Ella volvió a incorporarse y llevó los pulgares a cada lado de mis calzoncillos, bajándolos lentamente también. Aproveché para echar a un lado el mono de una patada, que se encontraba en mis pies arrugado, junto con los calzoncillos.

- Mucho mejor... - susurró ella sonriendo, siguiendo con el juego que habíamos creado.

Agarró mi erección, y de repente lo único que veía en mi cabeza eran fuegos artificiales. Durante un par de minutos solo me acarició suavemente, intentando llevarme al límite. Apoyé las manos a cada lado del mostrador cuando ella finalmente empezó a mover su mano arriba y abajo.

- Dios, Rach – gemí fuertemente cuando vi que ella se acomodó mejor en el borde del mostrador y bajó su cabeza, rozando con su lengua la punta.

Miré hacia abajo viendo cómo Rachel envolvió mi erección con su boca, y sentí que era demasiado para mí, volviendo a ver los mismos fuegos artificiales de antes. Levanté la cabeza mirando al techo, mientras ella seguía subiendo y bajando por mi lengitud, haciéndome soltar gemidos roncos. Llevé una mano a su pelo, acariciándolo tiernamente. Entonces ella empezó a succionar y yo, viéndome incapaz de aguantar más, tiré de su pelo separándola de mí. Ella al parecer entendió mi señal, porque empezó a subir por mi cuerpo hasta llegar a mis labios, depositando un beso húmedo. Yo la volví a estirar en el mostrador y empecé a besarla.

Justo entonces oí el sonido de una llave. Una llave en una cerradura. Rachel también pareció oirlo, porque se quedó igual de quieta que yo.

- ¡Oh, mierda! - dije, y no sé cómo lo hice, pero nos tiré a ambos hacia el suelo esperando que el mostrador nos escondiera.

Rachel soltó un quejido al caer al suelo, pero el mostrador no era demasiado alto así que dudo que se hubiera hecho daño. Gateé fuera de la seguridad de nuestro escondite improvisado y empecé a recoger nuestra ropa mientras la puerta empezó a abrirse lentamente, y yo volví a meterme debajo de la mesa lo más rápido que pude. Rachel me miró con la respiración agitada cuando oímos el sonido de unas llaves caer encima de la mesa. El sonido de unos pesados pasos lo siguieron. Mierda, mierda, mierda.

- ¿Qué hacemos ahora? - me susurró Rachel con cuidado de que Burt no la oyera.

- Y yo qué sé – respondí de la misma manera – Intentar salir de aquí como sea.

Pasé la mirada por su cuerpo y también por el mío. Yo estaba completamente desnudo, y ella solo tenía una pieza de ropa interior en su cuerpo.

- Intentemos vestirnos sin hacer mucho ruido, así si nos pilla al menos no será la gran cosa.

Ella me hizo caso, y buscó su sujetador entre el montón de ropa y empezó a ponérselo como buenamente podía, ya que no había mucho sitio. Yo asomé un poco la cabeza y vi que Burt estaba mirando en dirección al coche que reparé antes.

- ¿Dónde estará este chico? - pensó en alto.

Entonces sacó su teléfono móvil y comenzó a marcar un número. Me dio un vuelco al corazón. Seguro que me estaba marcando a mí. Escondí la cabeza de nuevo debajo del mostrador y vi que Rachel estaba terminando de abotonarse la camisa. Yo agarré mi camiseta blanca y me la puse lo más rápido que pude, seguido de los calzoncillos. Oh, mierda. El mono. ¿Cómo narices iba a ponerme ahí el mono?

La melodía de I still haven't found what I'm looking for empezó a sonar. Era el tono de mi móvil. Por suerte lo había dejado en el banco de al lado del coche y no en los bolsillos del mono o algo así. Volví a asomarme y vi cómo Burt se despegó un poco el móvil de la oreja, y empezó caminar lentamente hacia el lugar de donde provenía el sonido. Desde esa posición seguro que podía vernos, así que recé mil veces para que no se diera la vuelta. Cogió el móvil justo cuando dejó de sonar, y suspiró. Volvió a marcar otro número.

- ¿Carole? - dijo – Finn se ha vuelto a dejar el móvil en el taller.

Empezó a caminar en dirección a la puerta.

- Sí, claro, ahora lo llevo.

Desde donde me encontraba no podía verle, pero oí la campanita de la puerta, lo que indicaba que la estaba abriendo. Cuando pensé que volvería a sonar, en señal de que había cerrado la puerta detrás suya, solo oí silencio.

- ¿Y este boli? - oí decir a Burt, seguido de un muy leve sonido encima de la mesa; seguramente lo había dejado ahí.

Definitivamente, era el boli que se había clavado antes Rachel. Entonces sí que oímos la campanita de nuevo. Rachel fue la primera en apresurarse a salir de debajo del mostrador, y se llevó las manos al pelo, seguramente, intentando liberar la tensión que le había producido lo que acababa de pasar. Yo salí también, fui a dejar el mono y cogí mis pantalones y mi jersey, y empecé a ponérmelos. Rachel me miraba atentamente, y cuando pensé que iba a empezar a gritarme, empezó a reírse a carcajada limpia.

- ¿Dónde le ves la gracia? - pregunté mientras terminaba de vestirme, riendo levemente también.