Hay capítulos que son más difíciles que otros y este es sin duda uno de esos. No estaba planeado, pero son los personajes los que llegan a mí y piden ser mostrados. lo iba a dejar como un Bonus, pero finalmente quedó como un capítulo completo y aquí va.
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Capítulo 10: Bienvenida realidad
Miró la fotografía que descansaba al lado de su computadora y sonrió. Había sido tomada en La Push. Su marido, con varios años menos, estaba acostado en la arena y sus tres hijos, aún pequeños, estaban sobre él y reían. Ella, por supuesto, había capturado el momento y, desde el día que se la entregaron, descansaba sobre su escritorio.
Se quitó sus grandes lentes y refregó sus cansados ojos miel. Llevaba dos días intentando corregir una columna para la revista, pero estaba reacia y apenas la dejaba avanzar.
Odiaba el silencio. Extrañaba las risas, extrañaba el sonido de los tacones, las metralletas del juego de video, la música del piano, los besos de su esposo, incluso los gritos. Extrañaba a la familia que ya no existía.
Intentaba no pensar demasiado, aún así no podía evitar preguntarse dónde habían fallado, dónde habían dejado de ser lo que eran para convertirse en seres egoístas, intolerantes, irracionales. En qué momento habían perdido el respeto por el resto.
Quizás había sido ella y su necesidad de ver a sus hijos siempre felices lo que habían acabado con su marido y su matrimonio. O, por el contrario, ella, su amor y el poco carácter que presentaba frente a su esposo habían acabado con sus hijos.
Necesitaba ser fuerte, necesitaba trabajar más duro para poder conservar su casa, pagar la universidad de su hija y ahorrar para que su hijo menor pudiese estudiar, pero sentía que lentamente se derrumbaba y que cada día estaba haciendo peor un trabajo que antes le apasionaba.
Lo peor, la soledad. Echaba tanto de menos sus hijos. Los mayores no le hablaban, se habían largado de casa y al menor lo obligó a marcharse porque las pesadillas no le dejaban en paz y sabía que en esos intentos de alivianar el dolor de su alma terminaría muriendo.
Tomó el teléfono y marcó el número que tantas veces había intentado marcar ese día, sin éxito. Al tercer intento se atrevió a dejarlo sonar y respiró profundo para escuchar las nuevas noticias. Temía que fueran tan desalentadoras como la última vez.
- Centro asistencial de Forks, habla Georgina – contestó la voz impersonal de una secretaria.
- Eh, hola, quisiera hablar con el doctor Denali – pidió tímida mordiendo sus uñas.
- Sí, le comunico con él de inmediato – y comenzó a sonar una relajante melodía de Chopin.
Chopin. Otra vez pensó en su hijo, su pequeño e incomprendido niño. Su artista, el único que se le parecía, el único que había heredado su sensibilidad para expresarse ante la vida.
¿Acaso era pecado que ella hubiese querido que él lograra lo que ella no pudo lograr?
- Diga – la voz grave de su hermano la hizo sonreír.
- Habla Esme – volvió a morder una de sus uñas.
- Esme, cómo estás cielo – saludó el hombre.
- Intentando sobrevivir – murmuró – Alice se ha ido también, hace un mes ya – no pudo acallar el sollozo por tan solo recordar cuando la vio irse en esa moto, con todas sus cosas a cuesta, a casa de ese chiquillo que parecía poseído por el demonio.
- Pero si ella no le ha trabajado un peso a nadie, con qué va a vivir – contestó cabreado – debes sacar carácter y enderezar a esa niñita malcriada…-
- Carlisle les dejó algo de dinero, al parecer la idea de morir estuvo mucho tiempo rondando en su cabeza y quiso dejarles algo, además yo tengo el deber de pagarle al menos la universidad…-
- No debería meterme, pero sabes que si no le pones freno ahora…-
- No sacó nada, Eleazar. Es tan orgullosa como su padre y aunque viviera bajo un puente no volvería a casa si yo le dejo de entregar dinero. Si la apoyo, ella volverá a casa cuando se dé cuenta que cometió un error – esa era su esperanza, a eso se aferraba cada vez que sentía que se ahogaba.
- Y Emmet, has sabido algo de él – ella instintivamente miró la fotografía que estaba sobre el mueble empotrado en la pared frente al escritorio. Emmet aparecía sonriente con Carlisle a un lado y ella al otro el día que se graduó de la escuela de medicina.
Después del funeral de su marido no lo había vuelto a ver. Sabía que había ido a buscar sus cosas cuando ella no estaba y que para variar había peleado con su hijo menor.
- Sé que sigue en Nueva York especializándose en el Sinaí, pero es por lo que me ha dicho Rose. A ella la llama seguido e incluso vino a Seattle el cuatro de Julio a verla – suspiró – ella me dice que debo darle tiempo – y ella se lo daría – Quiero saber de Edward, cómo está mi niño – preguntó.
- Ayer hablé con el doctor Martin y me dice que está evolucionando bastante bien. Yo también lo veo mejor, ha abierto el órgano electrónico que le regaló Carmen y lo he escuchado tocar. Además se ha hecho amigo de una chica que al parecer le ha ayudado a olvidarse un poco de sus pensamientos turbulentos. Ahora sonríe, no mucho pero al menos lo hace y también habla más, bastante más – sonrió sinceramente, alegre de que al menos algo estuviese saliendo bien.
- No ha intentado otra vez…- dejó la frase inconclusa. Le costaba hablar de eso.
- No, después de empezar el instituto no he observado heridas nuevas. Incluso ahora no protesta cuando lo voy a revisar - no podría haber elegido mejor momento para llamar – Si quieres puedes venir a verle, su sicólogo dice que ya es hora que se reencuentre con alguien de su familia y por como están las cosas creo que tú eres la única indicada – la emoción la embargó, el momento que ella estaba esperando por fin había llegado, podría visitar a su hijo.
- Gracias – dijo sollozando – gracias por todo lo que has hecho por él – se limpió la nariz con un pañuelo de los que descansaban permanentes en su mesa de trabajo – iré mañana y volveré el domingo – miró la hora y notó que se estaba haciendo tarde y debía entregar la corrección de la revista antes de viajar - Dale saludos a Carmen. Te dejo, debo seguir trabajando – se despidió segura que con esa motivación podría terminar rápido sus quehaceres.
- Adiós. Llamaré a Tanya y le diré que se escape contigo – habló rápido antes de colgar.
Esme volvió a ponerse los lentes y su vista se posó otra vez en la computadora. Empezó nuevamente a leer la misma columna que la estaba complicando antes. Milagrosamente empezó a cooperar y pudo seguir con la siguiente.
En su mente ya se fraguaba el plan. Un paso a la vez. Primero salvar a Edward y hacer que este reencontrara con su esencia, su carisma, su pasión. Después sería el turno de ir a por Alice.
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- Doctor Cullen… ¿me escuchas? – murmuró preocupada Bree Tanner, una de sus compañeras en la residencia.
No sabía qué cara tenía, pero no debía ser buena si alguien le había dirigido la palabra después de cinco meses desde su cambio de hospital. La mala fama de su padre no solo lo había arruinado en Washington, donde había empezado, sino también amenazaba con su carrera en Nueva York.
Miró a la joven. No reparó en su cara, menos en su cuerpo y sonrió levemente por cortesía.
- Estoy bien, gracias – ella se sentó a su lado en el banco de la sala de estar en la que estaban.
- No quiero meterme, pero a veces hace bien desahogarse - miró curioso a los ojos negros de la muchacha.
La chica no parecía la típica curiosa, más bien parecía la típica desadaptada que intentaba hacerse amiga del desadaptado de turno. No era tan guapa, pero su rostro angelical le recordó a su hermanita.
- Gracias, lo tendré en cuenta – se levantó y notó que su turno había terminado.
Se quitó la bata blanca y la credencial. El día había estado flojo así que no se duchó, se ducharía en casa, necesitaba salir del lugar.
Llegó al frío y solitario departamento. Si siguiese en casa, su madre estaría cocinando algo dulce y un poco de caldo, Edward estaría tocando el piano y Alice hablando por teléfono con su amigo Jasper porque ya se había atrasado con los apuntes de clase.
Pero su padre estaría otra vez bebiendo en su despacho, gritándole a Alice que corte el teléfono y a Edward que calle ese ruido que llama música. Alice obediente cortaría y Edward fingiría no oírlo y tocaría más fuerte solo para molestarlo y comenzaría la misma pelea de todos los días.
Él prefería eso, cualquier cosa con tal que su padre viviese. Su padre sufría una depresión y ni su madre ni Edward lo entendían. Sólo bastaba tenerle un poco de paciencia y convencerlo de tratarse por las buenas.
Edward con ese carácter de mierda nunca fue capaz de ponerse en el lugar de su papá y entender que él solo quería lo mejor para sus hijos. Nadie le decía que no siguiera con la música como pasatiempo, pero él en ese afán de ser rebelde y llevarle la contra al mundo, se había empeñado en seguir con una carrera que solo lo mataría de hambre.
Entre Esme y Edward habían matado a su padre, lo obligaron a buscar otras mujeres y terminar sus días convertido en un donnadie, lleno de deudas y sin el respeto de los suyos. No era justo, y él nunca se los perdonaría.
Sonó el teléfono y el identificador de llamadas le informó que su rubia maravillosa le llamaba. Ella era su único cable a tierra, su conexión con el mundo, lo que le impedía volverse loco ante tanta calamidad.
- Hola – contestó la llamada.
- Hola cariño – respondió aquella voz angelical que después de cinco años seguía haciéndolo suspirar como el primer día.
- Visitaste a Alice, no me coge el móvil – preguntó de inmediato. Ella era su única familia y necesitaba saber que su pequeña estaba bien.
- Sí. Está mal, Emmet – las palabras de Rose lo atraviesan.
- Qué tan grave es – pregunta alarmado - está deprimida, enferma, o volvió a vomitar y a cortarse – necesitaba saber a qué atenerse esta vez.
- Peor. La encontré metida en el peor barrio de Seattle, drogada y borracha. Cuando la quise sacar de ahí empezó a forcejear y ese imbécil que tiene por novio se metió entre medio, cuando quise sacármelo de encima ella me jaló el cabello y él otra vez intentó meterse y le intente pegar, pero golpeé a Alice y luego un tercer tipo me echó casi a la rastra – Emmet apretó el teléfono, respirando fuertemente - debes volver Emmet, debes sacarla de ahí, eres el único que puede – volver, algo más debía poder hacerse.
Regresar significaba dar la bienvenida otra vez a su realidad, volver a reencontrarse con los viejos fantasmas, aumentar las probabilidades de encontrarse a Esme o a Edward y sentir esos deseos de matarlos y desconocerse a sí mismo por pensar aquello.
- Lo intentaré – tragó el nudo que se formaba en su garganta.
- Debes ser fuerte, tus dos hermanos te necesitan y lo sabes. Tu madre también – cerró los ojos sopesando las palabras de su novia.
- No me pidas tanto, pediré una semana para ir a buscar a Alice y traérmela, nada más – dijo seguro.
- Por cierto, Alice este mes casi ni se ha asomado a las prácticas y dudo que este yendo a clases, ya perdió el semestre y yo no puedo hacer nada más por ayudarla – maldijo en voz baja.
- No importa Rose, me la traeré y arreglaré todo para que entre a estudiar a acá. Primero un médico debe evaluarla – suspiró rendido – intentaré viajar el próximo fin de semana, sería mucho pedirte que la sigas de lejos o mandes a tu hermano a hacerlo – preguntó – por lo menos evitar que se muera antes de que yo llegue – tembló ante la posibilidad, pero bien sabía qué podía pasar si no la cuidaban.
- Hablaré con Jasper, no te preocupes Emmet, estamos contigo para lo que desees…-
- Gracias. Te amo – murmuró al borde del abismo.
- Pasa buena noche, te amo también – colgó el teléfono y maldijo su suerte y la de su familia.
Esa noche lloró como nunca lo había hecho, se sintió cobarde, un mal hermano, un mal hijo, y aovillado en la cama dejó caer sus lágrimas imaginando que su padre acariciaba su cabeza o su madre besaba sus heridas o bien sus hermanos se acostaban con él y le hacían cosquillas. Lloró aún más.
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La diminuta mujer observó reticente su reflejo en el espejo y en su rostro apareció un amague de sonrisa. Abrió los ojos un poco más intentando reconocerse, primero su perfil por el derecho, luego por el izquierdo, otra vez de frente. Nada. De ella ya no había nada.
Su melena negra azabache estaba opaca, sucia, grasienta y olía a tabaco barato. Sus ojos chorreados con rímel. Su mejilla derecha, antes blanca, estaba morada y dolía. Ni siquiera sabía cómo se había golpeado, pero tenía toda la pinta de haberse enfrentado a alguien en alguna pelea. Su labio tenía sangre seca, y sentía la boca amarga.
Se vio desnuda, solo con sus diminutas bragas negras mal colocadas y quiso corroborar si existían más daños. Su cuello tenía dos grandes marcas rojas sin forma y una en la que se distinguían dientes. Sus senos estaban rojos y doloridos al tacto.
Miró a su alrededor buscando su ropa. Sus jeans estaban a los pies de la cama, su top y su sostén en el suelo.
No recordaba nada, sólo haber aspirado ese polvillo blanco que le dio Riley. Luego bebió un poco de ron, o quizás no fue tan poco, pero entre risas, besos, caricias, perdió la conciencia.
Sólo había imágenes sueltas. Una mujer rubia se la quería llevar. No, la mujer rubia se quería llevar a su hombre, sí, ella quería llevarse a Riley. Luego ella le tiró ese cabello, la mujer hizo lo mismo. Dolor, la maldita perra tenía una buena derecha y le dio con todo en la mejilla.
- Me excitas tanto pequeña – susurra él en su oído cuando logra separarla de la mujer.
Luego aparece una cama y besos, llanto, más besos. Riley gruñía y aspiraba un poco más. Ponía polvo blanco en su torso desnudo y lo aspiraba, lo lamía. Ella sólo quería dejar de existir.
Sus recuerdos eran escasos, solo aparecía en su cabeza ella desnuda en cuatro patas y las manos de un hombre tocándola entera. Un dolor entre sus piernas y el sentimiento de partirse en dos.
Luego está sobre ella, no se detiene a pesar de sus súplicas. La muerde, le chupa, y jadea mordiendo luego su oído.
Y le duele, pero él no para el ritmo infernal dentro de su ser.
Pide que se detenga, pero él aprieta sus muñecas y penetra en ella más fuerte. Muerde su labio inferior y ella aúlla de dolor, pero él solo se excita más. No sabe si esta triste, asustada o feliz.
Él duerme desnudo a su lado y ella llora, solo llora.
Mientras las imágenes llegaban, su reflejo lloraba como ella lo hace al mirar la sangre entre sus piernas. No entiende en qué se convirtió, y contra todo pronóstico, extraña a su padre. Miró el reloj sobre el velador, las dos de la tarde. No sabía qué día era, por lo menos estaba en la que había sido su cama el último mes.
Se puso una camiseta grande que encontró en el primer cajón de la cómoda que abrió. Caminó hasta la habitación que cumplía funciones de comedor, cocina y sala de estar y sacó una cubeta de hielo, echando unos cuantos a una bolsa y apretándola sobre su mejilla herida después. Por fin sentía el dolor disminuir.
Observó el pequeño lugar. Parecía que había sido todo arrasado por un huracán. El diván blanco, que ella se había esmerado tanto en tapizar, tenía manchas de por lo menos tres colores; uno de los cuadros con impresos de Botero estaba destrozado en una esquina y la mesa estaba llena de vasos sucios y botellas vacías.
No quería entrar al baño, no quería entrar y saber que nadie vendría a asearlo por ella.
Ya no pudo aguantar los deseos de vomitar, no le importó nada más y entró al diminuto cuarto y se hincó frente al sanitario y botó todo lo que tenía dentro.
Cepilló sus dientes maniáticamente acabándose la mitad del dentífrico. Enjuagó su boca con un fuerte enjuague sabor a menta, pero aún así sentía la boca amarga, seca.
Dio el agua de la ducha sin importarle que estuviese fría. Se desnudó, se metió dentro y con ello quiso lavar todas sus culpas, sus miedos, su vergüenza. Quería comprender en qué clase de mujer se había convertido.
Aplicó champú en su cabello y jabón en su cuerpo. Quitó, casi como un rito religioso, los restos de sangre de su rostro, de su pecho y de entre sus piernas. Se pidió perdón así misma por hacer con su cuerpo tamañas barbaridades.
Las manos grandes de Riley le abrazaron por la cintura y ella asustada volteó para encontrárselo totalmente desnudo pegado a su cuerpo. Iba a hablar pero los labios de él no la dejaron. Era un beso suave, como los que siempre le daba, no como lo recordaba, no el animal que había estado con ella la otra noche.
- Ya te extrañaba – susurró en su oído derecho mientras le refregaba su erección en la barriga – siento mucho lo de anoche - lamió su lóbulo.
Sus manos le apretaban las nalgas y él se agachó un poco para que su erección rozara su dolorido sexo. La tomó en brazos y ella le rodeó las caderas con sus piernas.
Ella sintió el fuego y él volvió a poseerla hasta que el éxtasis los golpeó. La chica gritó su nombre, el sólo gruñó en respuesta.
Se quedaron inmóviles por algunos momentos, ella buscaba la razón para que su vida estuviera así, pero pese a todo, le gustaba lo que Riley le hacía sentir cuando no estaban borrachos o drogados.
- Vamos a comer – salió de ella - quiero repetirme el postre, toda la tarde y te necesito con fuerzas…-
Ella sonrió ante la expectativa y comprendió que había nacido una nueva Alice, la Alice que seguía de las tragedias, la que se había cansado de ser buena, la que solo quería vivir sin importar el mañana. Dejó de lamentarse y aceptó la realidad.
