CONSECUENCIAS:

Al día siguiente tenía miedo de ir día a la escuela. Cosa estúpida, me dije intentando animarme. Ya que no podía huir era una soberana tontería esconder la cabeza.

Entré a la escuela esperando ser el centro de atención, volteé hacia los lados pero todo parecía normal, nadie me veía y se reía, todos estaban en lo suyo. Ok paranoia, no eres mi mejor aliada pensé para mi misma, dejé los libros en el casillero y me fui a clases.

A la hora del almuerzo mi hambre no hizo acto de presencia, ganándome una reprimenda por parte de Susan. Había preferido no decirle nada, aun no estaba de humor para aguantar su lástima y por lo que veía Malfoy tampoco se había ido de la lengua. Cuando Susan empezaba a enumerar las consecuencias de mi falta de apetito añadió un comentario que me hizo explotar.

—Además, si te enfermas, Daniel se preocupará mucho.

— ¿Y a mí qué me importa la estúpida preocupación de ese idiota? —estallé mientras me paraba y salía de la cafetería dejando a Susan entre molesta y sorprendida.

Caminé sin rumbo por los pasillos, no me apetecía ir al gimnasio pero tampoco quería estar vagando por toda la escuela. Aprovecharía el tiempo, tal vez con un poco de suerte podría ahogarme en la ducha. No tenía la cabeza en su sitio y tardé tanto en cambiarme que cuando salí la mayoría ya estaba en la cancha. Cuando iba por el pasillo entre las gradas lo poco que quedaba de mi suerte se esfumó por completo.

— ¡Eh! ¡Di! ¿Por qué no te acercas y platicas un rato con nosotros?— preguntó alguien que no conocía, pero al observar con atención el grupo noté que era el equipo de baloncesto.

—Solo mis amigos me llaman Di, para ti soy Mattews— le espeté lo más altivo posible.

Ok, saquemos lo Malfoy que hay en mí.

¡Ohhhhh!— exclamaron a coro los demás detrás de él.

— ¡Oh, vamos! Ahora no te hagas la santa. Las personas como tú…— comenzó a decir, pero lo interrumpí bruscamente.

—Las personas como yo tenemos algo que se llama dignidad, así que te agradecería que me dejaras en paz —le sugerí con toda la diplomacia y arrogancia del caso.

—¡Vamos Di! Yo sigo siendo tu amigo— intervino Daniel avanzando hacia mí—. Yo sé que te gusto.

¡Déjame en paz!— le ordené.

Intenté alejarme de él pero se puso enfrente de mí para impedirlo, estaba pensando en dar media vuelta para largarme en otra dirección cuando añadió algo que no debería haber dicho.

—Espero que lo de anoche no arruine nuestra amistad.

Me quedé de piedra. Lentamente mi cabeza se torció hacia un lado, mirándolo con incredulidad.

— ¿Después de haberme humillado, llamado fácil y decir que no valía para nada más que ganar una apuesta, quieres conservar nuestra amistad? — pregunté atónita.

No sé si el día que repartieron cerebros Daniel faltó, porque allí estaba sonriéndome como un idiota.

—Sabía que tú querías que siguiéramos siendo amigos— dijo malinterpretando mi reacción.

— ¿Qué? — exclamé más sorprendida que ofendida. Él se acerco e intentó darme un abrazo, yo reaccioné retrocediendo como si hubiera un resorte entre nosotros— ¿Eres idiota o te sale natural? —le pregunté atónita.

—Haré como si no hubiera escuchado eso— me regañó reprendiéndome con un dedo.

—Haz lo que quieras, pero a mí déjame en paz— le advertí con toda la intención de largarme de allí cuando antes, no me gustaba estar en un pasillo ventilando mis problemas.

Noté que al final de la gradería, recostado de lo más natural sobre la pared, estaba Malfoy. Daniel intentó agarrarme pero yo me libré como pude.

—No te enojes— me dijo de manera juguetona intentando agarrarme el brazo otra vez.

—Para tu información, no soy un juguete que puedas tomar a tu antojo. Soy una persona y me vas a respetar, no soy como el resto de tus amiguitas— le espeté ferozmente.

—Dianita, no te creas mas de lo que eres— me aconsejó con voz dulce—. No eres agraciada, y no es que seas un juguete, pero no puedes esperar que alguien se fije en ti con las cualidades que tienes— terminó diciéndome con una sonrisa indulgente.

Al diablo la diplomacia me dije cuando sentí la sangre caliente en las venas, y cuando fui consciente de lo que hacía, mi puño estaba atravesando el aire y se estampaba en toda la cara sorprendida de Daniel. Él se dobló ocultando la nariz entre sus manos mientras yo, elevando el mentón lo más que pude, me dirigí hacia Malfoy, que luchaba por no reírse a carcajadas.

¡Wow, Diana!— exclamó aun conteniendo la risa— eso ha sido…

—Creo que me he roto el nudillo— afirmé a modo de saludo sosteniendo mi mano— pero valió la pena.

— ¡Y qué lo digas! Ven, te curaré la mano— se ofreció.

Yo lo seguí a las gradas en busca de un sitio más discreto mientras otros curiosos corrían en dirección contraria a la nuestra para ver que había pasado.

Daniel terminó con la nariz fracturada y yo con una satisfacción no sentida en años, pero sus pesares no se limitaron al enfrentamiento con mi puño. Su semana fue empeorando poco a poco con sucesos inexplicables, como que su casillero se llenara de espuma al abrirlo o que las cintas de sus zapatos se amarraran y cayera al suelo. Pero lo más divertido fue verlo ausente en la última práctica de su equipo. La pelota le pegó en la cara, no conseguía hacer ningún pase y cuando el entrenador lo regañó él se limitó a sonreír de forma estúpida como si estuviera borracho. Entonces recordé la promesa de Malfoy de hacerle la vida imposible.

—Así que… —le insinué un día en clase de historia.

—Así que ¿qué? —me preguntó suspicazmente.

—Así que cumpliste tu palabra y el patán es víctima de tus travesuras.

Preferí no decir nombres ni acciones concretas por si había algunos oídos indeseados cerca. Malfoy solo sonrió, una sonrisa traviesa pero a la vez escalofriante.

—Hechizo de confusión, una pequeña dosis diaria y ni siquiera podrá amarrarse los zapatos— explicó muy feliz consigo mismo.

¿Y no es peligroso? Digo, es reversible ¿verdad? — pregunté poniéndome seria.

—El efecto es temporal— afirmó encogiéndose de hombros— por eso tengo que hacerlo a diario y de manera moderada, para que no actúe como un estúpido en su casa y alerte a sus padres.

—No creo que sea la mejor solución— intervino Susan, que de cierta manera no apoyaba el plan pero en su momento quiso freír a crucios a Daniel—. ¿No crees que es suficiente con el golpe? Con eso ya no se meterá contigo— dijo buscando mi apoyo aunque Malfoy se me adelantó a la hora de responder.

—Primita, deja que juegue un rato con él, no seas aguafiestas— le dijo con hastío.

Pero a la confusión le siguieron incidentes que fueron graciosos al principio pero que se tornaron penosos después, al punto que empecé a preocuparme. No solo estaba olvidadizo, aparecía en salones equivocados, ahora estaba en la banca porque no lograba anotar ninguna bola y cada pase que le hacían terminaba en su cabeza o su estómago, chocaba contra las puertas… en fin, era vergonzoso ver el retrasado mental en el que se había convertido.

Harta de verlo en ese estado y sintiéndome culpable de saber cual era la causa de sus males encaré un día a Malfoy en casa de Susan.

—Oye, creo que ya es suficiente de bromas contra Daniel. Solo le falta babear para ser un completo retrasado— le dije cruzándome de brazos.

— ¿Y a ti que más te da lo que le ocurra? Deja que me divierta un rato— manifestó usando un tono aburrido y arrastrando las palabras.

— ¿Todo es diversión para ti? ¿Es que no piensas en las consecuencias? — pregunté poniéndome enfrente de él.

— ¡Ay, por favor! ¿Qué consecuencias puede haber? ¿Qué se quede un poco torpe? La verdad no me interesa— dijo haciéndome a un lado y siguiendo su camino hacia el refrigerador.

— Oye, que sepas magia no te hace superior a los demás, debes respetarlos de igual manera— le hice ver siguiéndolo a la cocina.

—Te equivocas, sí me hace superior. Son simples muggles, no sé porqué haces tanto relajo— afirmó sirviéndose un poco de helado

— ¿Simples muggles? ¿¿¡¡Simples muggles!!?? — exclamé mirándolo con sorpresa y repulsión— ¡Te recuerdo que yo soy una muggle!

—Ya vas a empezar otra vez— observó como si nada, tomando una cuchara y dirigiéndose a la mesa.

—No puedes andar por el mundo haciendo tu bidibi badibi bum a diestra y siniestra. Son personas como tú y como yo ¡Debes respetarlos! — reclamé plantándome frente a él a través de la mesa.

—Yo no ando lanzando hechizos por todos lados, además, soy un mago ¡y los magos hacen magia! —Espetó como si fuera lo más evidente— y por si no lo notas, aquí estoy un poco restringido, en algo tengo que distraerme

—Pues cómprate un perro y así te distraes, pero deja de comportarte como el dios omnipotente que decide la vida de los demás— le exigí ya bastante sulfurada.

—No sé qué es lo que te pasa— me dijo apuntándome con la cuchara atascada de helado—, en un principio pensaste que era buena idea ¿Ahora te carcome la conciencia?

—Cuando se trataba de hacerle una o dos bromas fue buena idea, que se pasee como si le faltara la mitad de las neuronas es pasarse de la raya— aclaré poniendo ambas manos sobre la mesa.

—Él que hace la magia soy yo, así que tú ve tranquila por allí sin que tu conciencia te diga nada, que yo soy feliz haciendo lo que hago— afirmó con frialdad.

—Está bien, haz lo que quieras, pero no quiero ni pensar lo que suceda cuando realmente le pase algo malo y seas tú el culpable de sus desdichas— dije avanzando hacia la puerta, al llegar al marco me volteé para añadir algo—. Allí seréis tú y tu conciencia las culpables de la suerte de un simple muggle.

Iba molesta, sulfurada, no entendía como podía tomarse tan a la ligera la suerte de una persona. En cierta manera comprendía que se sintiera aburrido en un lugar donde no se podía hacer lo que uno quisiera, le habían privado de la rutina a la cual estaba acostumbrado pero tampoco estaba en un cuarto cerrado donde no pudiera hacer nada. No buscaba una manera de distraerse, se empecinaba en no dejar su vida mágica y acoplarse a una vida muggle. ¿Tan difícil le resultaba? No lo entendía, simplemente no lo entendía.

Llegué a mi casa en tiempo record y subí a mi habitación como un vendaval. Me quedé allí hasta la hora de cenar, cuando mi madre me llamó a la mesa observé que estaba muy seria.

—Diana, quería hablar contigo— dijo viendo a su plato.

—Dime ma, ¿qué pasa? — pregunté algo preocupada.

Habitualmente mi madre no es de las que piden audiencia para hablar, ella simplemente dispara.

— ¿Recuerdas el trabajo que solicité? — preguntó viéndose más apenada que nunca.

—Sí, lo recuerdo. Te esforzaste mucho por él.

Durante un segundo temí que no se lo hubieran dado, lo que explicaría que pareciese tan abatida.

—Pues me lo dieron.

Yo salté de mi silla y corrí para abrazarla. Era el trabajo de sus sueños, lo que siempre había querido, había pasado años preparándose para un puesto así y ahora por fin lo había conseguido.

—Felicidades ma, sabía que lo podrías lograr, tú siempre puedes— le dije aun abrazada a ella.

—Err… gracias, gracias hija— dijo tímidamente.

Yo entendía como podía comportarse de forma tan cohibida cuando en realidad era una mujer muy lanzada. A menos que esa timidez fuera otra cosa. La miré fijamente y pareció casi avergonzada. Allí había algo que no encajaba.

— ¿Entonces, no estás feliz con tu nombramiento? — pregunté viendo que seguía apenada.

— ¡Oh no! no es eso, es solo que con este empleo pasare más tiempo fuera que en casa. No quiero descuidarte o que pienses que no me interesa tu bienestar, porque claro que me interesa. Sabes que eres lo primero para mí— explicó entre balbuceos.

Yo no pude hacer nada más que mirarla con cariño, ella estaba apenada por descuidar su hogar.

—Mamá, ya no soy una niña que necesita que la estés vigilando constantemente para que no se meta en la chimenea— le dije recordando un incidente de cuando tenia cuatro años y una afición piromaníaca por alcanzar las brasas de la chimenea de tía Laura.

—Lo sé, pero me resulta difícil dejarte así, pensaras que soy ambiciosa y que no me preocupo por ti …. —y allí iba otra vez la diatriba de auto penitencia.

— ¡Mamá, mamá! — alcé la voz para hacerme oír—. No eres ambiciosa, o por lo menos no en el sentido que piensas, y sé que esto lo haces también por mí, así que no te preocupes y alégrate ¡Es el puesto de tus sueños! — exclamé volviéndola a abrazar y haciendo que olvidara su preocupación.

La entendía muy bien. Ella siempre había estado pendiente de mí y mis necesidades, por más mínimas que fueran. Había estado allí cada día, sirviendo el desayuno a tiempo para que no llegara tarde, cuidando que mi ropa estuviera limpia y sin agujeros que causaran mala impresión… y ahora dejarme para cumplir con su sueño profesional no le resultaba fácil, pero tenía que hacerlo y yo no le iba a poner trabas para que no lo realizara. Ya había dedicado su vida a cuidarme, ahora era tiempo que yo le devolviera un poco de lo que me había dado y la apoyara con su proyecto.

Pasé todo el día siguiente ignorando a Malfoy y su mal talante, si no le gustaban las verdades no era mi problema.

Lo peor de todo fue que, como si mi boca perteneciera un profeta, justo a la hora que salíamos de clases sucedió lo que yo más temía. La confusión de Daniel había llegado a mayores.

Caminaba hacia fuera de la escuela cuando el grito de alguien en el parqueo nos alertó a todos. Muchos salimos corriendo hacia la puerta y cuando logré colarme hacia el parqueo pude ver un corro de personas apiñadas alrededor de algo o alguien. Un profesor salió corriendo hacia el tumulto y vi como muchos se hacían a un lado para dejarlo pasar.

—No lo vi, apareció de la nada, le bociné pero no hizo caso— balbuceaba un chico con la cara completamente desencajada por la histeria.

—Tranquilízate Linares, no fue tu culpa, ya viene la ambulancia— decía el maestro tratando de calmar al muchacho e intentando que los demás se alejaran de la zona.

Yo me colé como pude entre los mirones y cuando logré ver quien era el accidentado el alma se me cayó a los pies. Daniel estaba tirado en el pavimento, mientras uno de los profesores lo revisaba. Parecía que se había llevado un buen golpe y la cantidad de sangre era exagerada, Daniel se quejaba aunque sus palabras eran incoherentes. Por suerte la ambulancia no tardó en llegar, subieron a Daniel, tomaron declaraciones y el tumulto de personas se disolvió poco a poco. Cuando levanté la vista de la mancha de sangre que había dejado en el pavimento me topé con los ojos de Malfoy. Estaba frente a mí pero su rostro no reflejaba ninguna emoción, le mantuve la mirada un par de segundos y luego desaparecí. Me dirigí hacia la malla que cercaba la escuela y Malfoy me siguió.

—Estarás contento— le reclamé al escuchar que se detenía detrás de mí.

—No fue de gravedad— dijo simplemente y pude haber apostado que se encogió de hombros.

— ¿Está en el hospital y tú dices que no fue de gravedad? ¿En que demonios piensas Malfoy? — le pregunté encarándolo.

—Se va a recuperar, solo fue un golpe leve, el auto no iba rápido— se justificó simplificando las cosas.

—Y agradece a Dios, o a quien sea que agradezcas, que solo fue un golpe. Pero esto te debe enseñar que con la vida no se juega Malfoy— advertí rabiando. Luego lo observé mejor y al contemplar su absoluta indiferencia una duda cayó sobre mí— ¿Tuviste algo que ver con el accidente? ¿Tú lo provocaste?

— ¿Por quién me tomas? ¡Claro que no! — se defendió mostrando por fin una emoción, ultraje.

—Contigo ya no sé ni que pensar, te creo capaz de todo— afirmé con una nota de decepción en la voz—. Te crees mejor que otros y por eso te aprovechas, te dije que lo dejaras tranquilo pero no podías hacerlo, tú simplemente estabas aburrido. Si tan aburrido estás pues resuelve un rompecabezas y así matas tu tiempo en algo que no afecte a nadie.

— ¡Oye! tampoco me regañes que no soy un verdugo— protestó molesto.

—Pues eso pareces. Te crees juez, jurado y verdugo. Dictas y ejecutas sentencias sin que nadie te lo pida— exclamé haciendo aspavientos con las manos

—Pues no te escuché quejarte cuando las pelotas rebotaban contra su cabeza— me echó en cara, la indignación había podido más y ahora se estaba defendiendo con un ataque.

—Yo no te pedí que me defendieras— le dije volteándole la cara.

—Viniste corriendo a mí, llorando porque se había burlado de ti, hablándome de tus tontos sufrimientos. Era obvio que querías que sufriera— recalcó entrecerrando los ojos.

Estaba dando golpes bajos y yo no se lo pensaba permitir.

—Por si no lo has notado me defiendo muy bien sola, el derechazo que recibió lo confirma. No necesito que me estés cuidando las espaldas, si tú hiciste algo fue porque quisiste— le espeté controlando mi voz para no ponerme a gritarle como loca—. Además, no fui corriendo a ti, tú me seguiste y si mi memoria no me falla el que terminó hablando de sus sufrimientos fuiste tú, señor mortífago desertor.

Fue tal su indignación que se quedó callado. Yo aproveché y me retiré del lugar. Necesitaba tiempo para mí, tiempo lejos de la magia, tiempo lejos de Malfoy y sus descabelladas ideas de justicia y diversión.

No más magia para mí.

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Los actos que Malfoy hace no pasan sin consecuencias, como indica el titulo de este capítulo, Diana se porta muy dura con él, pero alguien tiene que bajarlo de su nube de ensueño donde el no paga por nada. Para los que estén preocupados, Daniel regresara sano y salvo, solo era alguien con quien Diana pudiera restregarle ciertas cosas en la cara a Draco.

Si alguien continua leyendo por aquí, solo me queda agradecerles que lo hagan, sé que no soy la más rápida publicando, aun mas teniendo los capis ya escritos, pero entre una y otra cosa, el tiempo se hace ojo de hormiga.

Saludos a todos