Capítulo 10
La imaginación basta II
Son celos cierto temor
tan delgado y tan sutil,
que si no fuera tan vil,
pudiera llamarse amor.
La ley ejecutada. Lope de Vega.
—¡Helga!
Es un sentimiento injusto. El grito es un llamado impertinente y necesario. El ruido es la salida a la realidad, el quiebre que baja los sueños a la acera y destruye la atmósfera. Le parece bien que Brainy de un respingo y se aleje. Le parece, esto sin duda es mejor, que Helga se voltee de inmediato y note que no está sola.
Su mirada es tormentosa y se pasea en el silencio. Tiene las mejillas coloradas y apenas si parece darse cuenta que todos están esperando que diga algo. Lo que sea. Es extraño porque ni Alan ni Arnold tienen el derecho, pero se quedan en su lugar y parece que preguntan.
Como es natural, Helga se enoja. Arruga el ceño y sacude la cabeza. No sabe qué hacer con la vergüenza y lo último que se le ocurre es dar explicaciones. A quién. Es producto de la indignación, de la violencia con la que la gente observa y se entromete. Es un beso en la mejilla, apenas un roce insignificante que es más bien una despedida. Un beso que jamás podrá concretarse y quiénes son esos dos que se atreven a interrumpir un momento que no les corresponde.
Le molesta por otras razones, claro. A quién podría importarle menos que Brainy y Helga se hablen en un pórtico por el que casi nadie transita. Es patético porque a Helga no le gusta Brainy, pero le ha brotado la compasión en los titubeos que advierten un sentimiento que conoce de memoria. Le ha dado pena porque estar enamorado obliga que el orgullo se exponga al ridículo y se siente horrible. Como un desmembramiento que no acaba nunca, ni siquiera en la soledad de la habitación y con la cara en la almohada. Si supieran. Helga no es muy amiga de la justicia, pero le parece que hay ocasiones en las que se debe hacer lo correcto.
La ha llamado al propósito. Qué le hubiese costado darse la vuelta y fingir que no había visto nada. Sería más cómodo y cortés. Con qué cara y después de cuánto tiempo. Tú me has besado, Arnold. Le gustaría sentirse ultrajada, molesta, llena de resentimiento. Si Arnold ha hecho algo tan cruel, lo lógico es odiarlo. Helga lo recuerda en la piel, en el eco de su corazón acelerado y de las miles de preguntas que se deshacen en miles de ilusiones más. Se está burlando de todos. Eso, con qué derecho la está llamado.
—¿Qué quieren? —Es fácil ignorarlo cuando Alan está tan callado, como una estatua. Si les habla a los dos es más sencillo volver a la normalidad.
—No has ido a las luchas. —Le reclama con torpeza. Sólo hasta ese momento se ha dado cuenta que no tiene nada inteligente qué decirle.
El amor es asfixiante. Es una corriente de desastrosa densidad que acalora hasta los más friolentos. Se hacen poemas y se dicen cosas, se miran y no se miran y parece un largo desencuentro que funde la calle y desaparece al mundo. Alan no lo soporta, aún con sus maneras sutiles y su preferencia al bajo perfil, no lo soporta. No le gusta que se peleen en un lenguaje secreto que ignora la presencia de los otros.
—Perdónanos Helga. —Alza la voz y avanza unos pasos—. Nos hemos encontrado hace un rato y Arnold parecía preocupado porque no te reuniste con Harold.
—Sí, seguro. —Escupe—. Pues ya saben que estoy bien. —Suelta una risotada seca y sarcástica—. Ahora ya se pueden ir. Gracias.
Es lo último que quieren, pero Helga tiene ese gesto típico que le adorna el rostro cuando está a punto de perder la paciencia. Es apenas una mueca un poco más mezquina de lo usual y anuncia la tormenta que arrastrará con las buenas intenciones de cualquiera. Alan se da cuenta de inmediato y se prepara para marcharse. Arnold, un poco negado en el arte de leer las emociones, arruga el ceño y se prepara para contestarle.
—Tenemos que hablar.
—¿De qué?, si se puede saber. —Helga se ha puesto más colorada. Muy mal. Brainy está suspirando cada vez más fuerte. Alan se entera de inmediato, pero fiel a su carácter se mantiene ecuánime. Arnold siente que se va dando cuenta de algo, pero no puede señalarlo con exactitud.
—De Prufrock.
Si Arnold fuese más listo.
Patty se ríe de él, pero incluso cuando se burla intenta no herirlo gravemente. Se cubre la boca con la mano derecha y sostiene la maceta en su regazo con muchísimo cuidado. Harold se siente tonto y avergonzado, un poco más tonto que de costumbre y con un poco más de valor que en toda su vida. Se muere de miedo, claro, pero no le hace falta razonar mucho. A lo mejor Patty ya se dio cuenta.
—Por eso no has venido. —Le dice suavemente y con un leve tono de reproche que se suaviza en la sonrisa que le adorna el gesto.
—No. Ha sido por el señor Green, hoy no me ha dejado salir más temprano.
—¿En serio?
—Sí, bueno, luego me demoré un poco en Vitello.
—¿Escogiendo las azaleas? —Las mira con ternura y suspira—. Mis favoritos son los geranios, pero éstas también están bien.
—¿Los geranios? —Bufa—. Son feísimos.
—Harold, tienes una versión distorsionada de la belleza.
—No. Los geranios son feos y punto. —Se cruzó de brazos—. Cómo los puedes pedir de regalo de cumpleaños.
—Me gustan Harold, ya déjalo estar.
—Las azaleas son mejores.
—No, no lo son. Pero son bonitas.
—Entonces, ¿ese chico… era tu primo?
—Sí, Harold. —Rodó los ojos—. Al menos él sí llegó al almuerzo.
—Lo siento. —Se rascó la cabeza—. Sé que Rhonda te hará una fiesta.
—Este fin de semana, sí. —Se sonrojó—. Le dije que no tenía que hacerlo, pero insistió.
—Patty, ya te debes de haber dado cuenta, ¿no es cierto?
De que cambias mucho el tema de conversación, por supuesto. Harold se había quitado la gorra y jugaba nervioso con sus manos. Algo no se veía como siempre si era casi medianoche y el único hijo de los Berman se aparecía en la puerta con una maceta llena de flores. El cumpleaños estaba a punto de terminar y no había pasado nada extraordinario. Los días de semana nunca se prestaban para grandes celebraciones, pero al menos había tenido un almuerzo. Le habían regalado un pañuelo de seda y muchos libros interesantes. No se había dado cuenta de la tristeza hasta que el chico se apareció en su pórtico.
—¿Del mal gusto que tienes?
—No Patty. —Parecía frustrado—. Tú me gustas mucho.
La imaginación es suficiente. Basta para llenar de color la paleta de madera y crear imágenes imposibles incluso en la mente de aquellos inclinados al pragmatismo. Es suficiente para comenzar un fuego incendiario y reducir a cenizas el alma más cuerda. Exacerbada y paranoica se desliza por donde puede y por donde no debe, se crea mundos y sentimientos de lunática estructura, se cae en la realidad y el fenómeno se eleva, se hincha y domina con pasión desde las estrellas.
La imaginación basta.
Para Arnold, la imaginación siempre ha sido un oasis de posibilidades. Un cielo azul de nubes esponjosas y sueños atrevidos. La vorágine ideal para hacer borrón y cuenta nueva de la realidad que, a veces, es un poco ingrata. Más largos o ligeramente cortos, los escenarios se mueven en un presentimiento placentero. Ahí, donde el dolor no llega, se forman las fantasías. Es fácil adivinar que no se trata sólo de un escape sino de la puerta abierta a esa fuente inagotable de optimismo. Ahí, en el centro mismo de la imaginación, nace la esperanza más sólida.
Es un beso en la mejilla. Un beso que nunca llegará a los labios. En la noche y a solas. No parece que esté mal. No parece que tenga importancia. Le falta lógica y el detalle ya no es una anécdota insignificante. Nada podía ser casual con Helga. No con esa Helga que usaba el lazo rosa y hacía y tramaba tantas cosas sin contárselas a nadie. La misma rubia furibunda que se toma todo tan a pecho, no puede ser posible que bese con tanta facilidad.
Le molestaba la falta de honestidad. El gesto que prometía buenas noches cuando debía de decir adiós. Brainy lo entendería, claro. Lo tendría que saber a esas alturas. Todos lo sabían menos él, ¿no es cierto? Brainy también lo sabría y, sin embargo, había ido a visitar a Helga.
No sabía que era su amigo. Alan no tenía que saberlo, pero estaba en lo correcto. Incluso él, que los conocía toda vida, no hubiese podido prever lo tan amigos que Helga y Brainy eran. Tan amigos en la noche, tan amigos en el pórtico, tan amigos que se besaban en las mejillas y hacían tan amigos tantas cosas que no le contaban al resto.
Tan amigos en las miles de posibilidades que la imaginación creaba. Por Brainy no se había puesto el lazo, claro. Pero hacía tanto tiempo que Helga no utilizaba el lazo.
Phoebe estaría contenta con Gerald. Más contenta que nunca. Tan contenta que perdería el sentido y le diría que sí. Un sí descomunal y lleno de emoción contenida. Un sí tranquilo en apariencia pero sonoro en cada fonema que silbaría entre los dientes. Amor no todavía, porque eran muy jóvenes, pero eventualmente y con paciencia… Helga lo sabía, pero prefería mantenerlo como sospecha. Quizá le tocaría ser madrina de una boda a la que se opondría de todo corazón. Era su culpa, desde el inicio, si estaba ayudando en un plan que no tenía ni pies ni cabeza.
—Es una pésima idea, Geraldo.
—No te pregunté.
—¿Ah sí?, ¿realmente quieres ponerte pesado conmigo?. Perfecto. Te dejo aquí con todo tu escenario.
—¡Está bien! —Se limpió el sudor de la frente—. ¿Por qué crees que es una mala idea?
—Por la presión. Estarán todos sus amigos y se verá obligada a contestarte.
—No. Será romántico y espectacular.
—Público, cursi y de muy poca clase.
—Sólo porque tú nunca has tenido no…
—¿Quién dice que no? —Helga lo amenazó con el martillo—. Stinky.
—¿Qué? —Gerald soltó la caja y se golpeó el pie. Soltó un alarido agudo y todavía saltando y moviéndose y con el dolor reflejado en el rostro le siguió preguntando—. ¡Estás mintiendo!
—Puedes preguntarle.
—¡JAMÁS!
—Mira, te entiendo perfectamente. —Su tono se volvió sarcástico—. Yo tampoco te veo como un chico.
—¿Qué demonios…?
—Déjame terminar, zopenco. —Rodó los ojos—. Puede que no me veas como una chica. —Le lanzó una mirada de muerte que cortó de cuajo cualquier comentario que se le hubiese ocurrido—. Pero lo soy. Y hay chicos que se han dado cuenta.
—Sí, seguro. —Resopló—. Le preguntaré a Stinky.
—Hazlo, pero le pides que te tome una fotografía. Tu cara es tan expresiva, deberías irte al circo.
—Gracias. —Le murmuró entre dientes y Helga le sonrió en una mueca falsa.
Se quedaron un momento en silencio. Gerald tosió.
—¿En serio te parece de mal gusto?
—Pésimo.
Un nuevo silencio, esta vez más largo que el anterior.
—Y… ¿qué me su…? no, olvídalo.
Helga se cruzó de brazos y esperó.
—No te lo estoy pidiendo, pero…
—Oh por el amor a todo lo sagrado. Eres patético. —Se rió—. No es tan grave cabeza de cepillo, simplemente búscate un lugar privado.
—¡YA!, eso ya lo sé.
—Sí, ya me lo parecía.
Se miraron un momento antes de seguir clavando.
—¿Un lugar privado…?
—Geraldo, cállate y deja de avergonzarnos.
Helga se sacudió la escarcha que le había quedado en su vestido azul.
—Sólo dile que es por su cumpleaños. Luego llévala a su casa, ponte los pantalones de niño grande y... tú me entiendes.
—Sí, buena idea.
—Por supuesto. Ahora anda a la tienda y cómprame un emparedado de pastrami.
—Helga…
—Pataki. ¡Mueve el trasero Johanssen! —Le señaló la puerta—. Y ya que estás en eso no te olvides de traerme algo para beber. Nada de fresas o te mataré.
Gerald movió la cabeza de un lado a otro. Al final tuvo que admitir la derrota y a regañadientes se levantó y arrastró los pies hasta la salida. Les pidió paciencia a los dioses del Olimpo y se recordó que todo lo hacía por Phoebe y por nadie más. Pastrami, ahora dónde demonios voy a conseguir pastrami.
Por Phoebe. Arrastraba el carrito. Por Phoebe. Metió una botella de jugo de naranja. Por Phoebe… demonios, yo también tengo hambre. Agarró dos bolsas de galletas y patatas fritas. Dónde está el pastrami. Cogió un paquete de pan blanco y se deslizó hasta la sección de las carnes.
—¿Gerald?
No me digas…
—Hey Arnold, viejo. —Lo saludó con una sonrisa forzada—. ¿Qué haces?
Arnold alzó una ceja y le señaló la canasta llena de comestibles que llevaba en la mano.
—Mi abuela quiere hacer pastel.
—Ya…
—¿Pensé que estabas con el equipo de básquetbol?
—¿Yo? —Se tocó el pecho—. No… err… no, de hecho, ¿esto te dije?, ja, debo… sí, eso.
—¿Estás bien? —Preguntó mirándolo con sospecha.
—Sí, perfectamente. ¡Ya!, acabo de terminar la práctica y estaba comprando comida para todos… sí eso.
—Gerald, en serio, ¿qué te pasa?
El moreno rodó los ojos y levantó las manos al cielo. Joder, Helga tiene razón, eres un poco metiche. Soltó un largo suspiro y dejó el carrito a un lado, mirando interesado a todas partes menos al rubio. Era obvio que no le quería contar. Hasta el más tonto de los tontos se hubiese dado cuenta. Pero Arnold no era tonto, era un poco peor, era buena persona. Se ponía denso como las rocas y se preocupaba. En esas situaciones era una verdadera molestia.
—Viejo, estoy viviendo en el infierno.
—¿Cómo?
—Primero dime si sabes dónde puedo conseguir pastrami y luego te voy contando.
—¿Pastrami? —Se rió—. Sabías que a Helga tamb…
La mirada desesperada de Gerald detuvo cualquier elaboración. Algo no parecía estar bien.
Helga estaba echada en el piso, amarrando telas y maldiciendo mentalmente el polvo de hadas que se había esparcido en la utilería del club de teatro. Al final tanto Sheena como Eugene se habían ofrecido a ayudarlos, pero en las tardes y luego de sus respectivos ensayos. Le tocaba, a ella sola, soportar tres largas y aburridas horas de Gerald antes de que los otros dos llegaran y las cosas marcharan más rápidamente.
No le parecía una idea totalmente mala, después de todo. Cursi hasta el hartazgo, cliché como cualquier película y un poco, sólo un poquito, tierna. Pero no lo iba a admitir aunque le clavaran hierros al rojo vivo en la piel. Era parte de la dinámica de la mejor amiga y el novio que se llevaban mal. Así lo había querido el destino y Helga no tenía problemas en seguir con su rol. De hecho, en ocasiones como esa, hasta se divertía.
—Quizá debería equivocarme… —Pensó en voz alta mientras rasgaba un lado de las mantas—. Un poco aquí y se pondrá histérico.
Escuchó pasos que se acercaban por el pasillo y su estómago hambriento rugió con anticipación. Se moría por hincarle el diente a cualquier cosa que el moreno le hubiese traído. Lo chincharía si no había conseguido el pastrami, pero necesitaba carbohidratos y azúcar si iban a seguir con los toques finales antes del gran evento. Se moría por ver la cara de Rhonda cuando le avisaran que ninguna fiesta que había organizado en su casa sería tan exuberante como la que tenían planeada. Se moriría de envidia.
La puerta hizo ruido y Helga se levantó.
—Ya era hora, zopenco.
—No sabía que me esperaras, Helga.
Arnold alzó una ceja y Gerald le mostró grandes bolsas llenas de comida como ofrenda. Pero Helga ni se inmutó, se quedó parada y sintió el apuro en lo más íntimo de la sorpresa. Ya se estaba acostumbrando a esa inesperada (¡oh, ironía!) manera de Arnold de aparecerse cuando menos se lo esperaba. ¿No tiene nada qué hacer?
—Arnold nos va ayudar. —Gerald le entregó un paquete blanco—. Tu pastrami, agradécele. Yo te hubiese traído un paquete de galletas.
—Sí, gracias cabeza de balón. —Le dijo sin mirarlo y se dio la media vuelta sin decir nada.
Gerald se sorprendió pero, sabiamente, prefirió no hacer escándalo del asunto. No fuera a ser que Helga decidiera que no se sentía tan cómoda estando callada y terminara arrepintiéndose. Con cuidado de no alborotar las aguas, se acercó a Arnold y le susurró rápidamente. Tienes un don, Shortman, no conozco a nadie que la haya dejado callada.
Arnold no le contestó. Estaba perdido en un sobre análisis, que como todos los de su tipo, era bastante especulativo y sobredimensionado. Como los titulares de los diarios sensacionalistas y todavía peor porque la editorial se dirigía a una sola persona. Está pasando de ti. Sí, que lo gritaran si querían, pero se habían vuelto a pelear. Por razones desconocidas para Arnold, que eso quedara establecido. Está pasando de ti desde que se besó con Brainy. Eso era todavía peor.
Un poco molesto consigo mismo (y con Helga), tomó la botella con el jugo de naranja y dio unos cuentos pasos en dirección de la rubia. Ella estaba agachada y dándoles la espalda, lo que en su lenguaje particular y clarísimo significaba que quería que déjenme en paz. Arnold se lo imaginaba, pero cuándo había sido verdaderamente consciente del peligro del huracán Pataki, era una historia totalmente distinta. Ya lo pondrían en los libros de historia. Arnold Shortman era un masoquista de lo peor.
—Helga. —La llamó y se irritó en el silencio que siguió a su respuesta—. ¿No quieres jugo?
Si quería o si no, la rubia giró un poco más e hizo un poco más obvio que prefiero la muerte antes que recibirte el jugo. Gerald los miró un rato antes de fijarse en el reloj de pulsera que llevaba en la mano izquierda. Era tardísimo en sus planes y todavía no llegaban ni Eugene ni Sheena.
Arnold decidió que ser ignorado apestaba. Decidió, también, que Helga no tenía derecho de ignorar a nadie. Podía intentarlo si quería, pero tendría que aprender de alguna u otra forma, que a las personas se les tenía que prestar atención. Por respeto y porque se habían besado. Todavía no descubría las dimensiones del hecho y ni siquiera estaba seguro de lo que sea que había sentido o estaba sintiendo, pero que Helga decidiera ignorarlo era una de esas cosas insoportables que no podían estar, simplemente.
Se dio la vuelta hasta estar en frente, se agachó y la tomó de la muñeca para obligarla una interacción visual directa. Lo que en otras palabras se podía entender como no te vas a escapar, Helga. No le pertenecía, pero casi.
—¿Qué demonios crees que haces? —Le siseó con los ojos entrecerrados. Muy atenta a las reacciones de Gerald—. Nos va a ver.
—¿Y eso qué importa?
Helga abrió los ojos hasta que las cejas se perdieron en lo más alto de su frente. Sus ojos azules brillaban con pánico y se movió lejos (todavía atrapada), haciendo torpes y nerviosos intentos por liberarse.
—Importa mucho. Suéltame.
—No quiero. —Se aventuró en el furor del momento. Animado por la descomposición de los gestos de la chica—. Explícame qué pasó ayer.
—¿Qué pasó? —Repitió confundida—. ¿Cuándo?
—Cuando te encontramos con Brainy.
—Estás un poco confundido. Has dicho explícame y eso es lo que quiero que hagas tú, ¿desde cuándo tengo que explicarte nada? —Helga bufó, pero no le salió tan despectivo como hubiese querido.
—Eso no importa. —El sonrojo le encendió las mejillas—. Tenías que encontrarte con Harold.
—Pues dile a Harold que venga a preguntármelo él mismo. —Se puso el cabello detrás de la oreja—. ¡Suéltame!
Gerald tenía puestos los audífonos y pintaba alegremente en un pedazo de madera.
—Primero dime.
—¿Por qué?
—Porque no está bien Helga. Has besado a Brainy… —Sintió como le volvía el enojo—. Cuando se supone que estás enamorada de mí.
Helga le dio un manotazo en la muñeca y Arnold dejó ir la mano que tenía atrapada. Se veía mortalmente ofendida y sin ningún rastro de la antigua debilidad que le suavizaba los rasgos. No era la misma Helga que rehuía el recuerdo de sus declaraciones y se escondía en una falsa fortaleza. Arnold no sabía. Nuevamente, como ese día en la librería, no sabía nada y se dejó llevar por la anticipación.
—¡Un beso en la mejilla, estúpido! —Le gritó entre dientes y con el ceño fruncido—. Y tú no tienes derecho a reclamarme nada. ¡Tú me besaste, idiota!
Un poco, sí. Pero Helga no entendía. Arnold no se estaba burlando, ni creando falsas esperanzas, ni tramando nada. Ese día, en el pórtico lleno de a love supreme y con Coltrane, Arnold no se hubiese besado con nadie más y el impulso era más que sus fantasías más extrañas. Nacía con Helga entre las luces y la declaración que flotaba en medio de los dos. Arnold tenía a Helga para él sólo, esa noche. Arnold sólo tenía que tocarla y podía sentir sus defensas se rendían a su toque. Qué bonita cuando se molesta. Arnold no lo había pensado de ninguna otra chica, Ninguna de ellas tenía mal carácter.
Y sin embargo.
—¡Eso es de lo que quiero hablarte!
—¿Del beso? —Alzó una ceja el cabello le tapaba las mejillas—. Cállate, demonios.
—¡No!, tú no entiendes Helga.
—¿Qué cosa?
—Creo que me gustas.
CONTINUARÁ...
Notas.
Chicas y chicos les escribo rápido porque salgo de viaje en seis horas más y creo que tengo que dormir. Disculpen la demora en las actualizaciones, pero tuve que hacer viajes urgentes la semana pasada y no me dio tiempo de revisar, escribir o anotar nada. Este capítulo es corto, pero sustancial. A partir de aquí me temo que ya entramos en la racha final del fanfic. Todavía no decido si será un final abierto o no, pero les gustará... espero. Juar.
Oh sí, sobre el capítulo. Ustedes creen que ya, pero no. Recuerden que falta que aparezca Arnie y a Alan todavía no lo uso. JUAR. Ya bueno ;) Todavía falta mucho, mucho.
Me perdonarán también que no conteste los review anónimos, les prometo que les subiré todo en el siguiente capítulo. Esta vez no me demoraré tanto. Regreso el miércoles. Así que calculo que para el viernes habré terminado con el quinto capítulo de Cuando Helga perdió la paciencia. Subiré las viñetas y dos one-shot más, espero, hasta el lunes. Quizá se vengan actualizaciones seguidas desde el viernes de esta semana hasta la siguiente. Ya veremos. Por ahora me despido con este capítulo ;)
Gracias a ariel, Helga libre, Nuleu Strack, okarina, ale y Mcpdn. Les subo la respuesta cuando vuelva.
Ya saben que amo sus review y que los leo todos. Avísenme si tienen alguna duda y yo encantada de contestar. Por ahora me despido y ya nos vemos más pronto de lo que parece.
Abrazos.
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