#11 – Puertas a un nuevo mundo
No podía ser que él, Lovino Vargas, un heterosexual de pies a cabeza, sintiera atracción por un hombre.
Mantenía su mirada baja, sostenía con ambas manos la taza cerca de sus labios. Quería olvidar aquel sueño, después de todo podía ser una mala jugada de su subconsciente y nada más. Miró de soslayó al tritón, el cual le miraba preocupado por el bofetón que recién se había dado él mismo. Miró hacia un lado dando un sorbo al café y finalmente carraspeó para volver a hablar.
—Me gustaría darme una ducha tranquilo – espetó de la nada. El tritón alzó ambas cejas en confusión. – Que me gustaría despelotarme aquí e irme a la ducha, y contigo delante no puedo.
—¿Despelo- ¡Oh! Entiendo – respondió el tritón riendo.
Sin decir nada más, el moreno se levantó y a paso torpe se dirigió nuevamente hacia las escaleras, sosteniéndose firmemente en el barandal mientras bajaba para no caer de bruces o algo en un torpe paso. Una vez abajo, caminó hacia el sofá y se desplomó sentado, frunciendo el gesto cuando aquella caja mágica no mostró ninguna imagen como la vez anterior. Así era como la hizo reaccionar, pero ahora se mantenía negra, únicamente mostrando su reflejo sentado debido a la luz que entraba por las ventanas.
En una media hora aproximadamente, el italiano bajó las escaleras vistiendo informal mientras se secaba el cabello con una toalla, una camisa blanca sin mangas con unos pantalones anchos negros junto a unas botas del mismo color que escondías los bordes inferiores del pantalón. Al llegar al salón, se sorprendió al ver al tritón peleando con el televisor, preguntándole al aparato el por qué ahora no mostraba ninguna imagen para él. No pudo evitarlo, se echó a reír por aquella escena mientras se acercaba y tomó el control remoto, encendiendo el televisor para él.
—Pero mira que eres idiota – dijo mientras tiraba la toalla en el reposabrazos del sofá. – Hay que encenderlo para que vaya.
Ante la mirada entre curiosa y confundida del moreno, el ítalo le enseñó cómo hacerlo para próximas veces, incluso cómo cambiar de canal. Pese a aquel sueño, parecía que había levantado de muy buen humor. Para cuando el tritón comprendió lo que debía hacer con aquella caja mágica, el del rulo le dejó claro que por nada del mundo abriera la puerta a nadie a menos que fuera su hermano o el armario andante, que aunque por el momento mantuviera sus piernas todavía no las controlaba bien y sería un riesgo innecesario.
—¿A dónde vas? – cuestionó ladeando la cabeza el moreno.
—A la casa de al lado, no tardaré en volver.
Con un poco de suerte no tardaría demasiado tiempo, únicamente lo justo en lo que el otro leía lo que llevaba de historia, unas sugerencias, o incluso la típica presión de los editores hacia los escritores. Sí, ese era motivo suficiente para estar feliz ese día, el recordar que por primera vez tenía a alguien importante que le ayudara con un libro y, quién sabe, quizá abrirle paso a la fama en el mundo de la escritura. Cogió el portátil y sin más, dejando a un Antonio embobado con el televisor, se dirigió hacia la casa de Govert y Emma, donde el primero ya le esperaba impaciente. Ni siquiera un "Hola" o un "llegas tarde", el rubio extendió la mano tras dejar pasar al otro para que le extendiera la historia.
—¿En serio…? – cuestionó al ver que el menor le extendía su portátil.
—¿Qué? El dinero no me sobra y no me he podido comprar una impresora – respondió frunciendo el gesto, poco a poco parecía que aquel buen humor desvanecía.
El rubio pidió, de una forma que sonó más bien a orden, al italiano que enchufara el portátil a su impresora, la cual se encontraba en el ordenador del salón, y que la instalara, que se sentía más cómodo leyendo en el papel que en la pantalla de un portátil. A regañadientes, el ítalo obedeció mientras que el otro desapareció escaleras arriba, a saber para qué, el menor decidió no preguntar para evitarse una posible mala respuesta y que con ella su buen humor desvaneciera. No pasó mucho rato hasta que el holandés bajó y extendió un sobre al castaño, observando la cantidad de páginas que el otro llevaba escritor.
—No está nada mal – elogió, quizá de forma áspera, al menor.
—¿Qué es esto? – Enarcó ambas cejas tomando el sobre.
—Es tuyo – respondió dándole la orden al portátil para que imprimiera la historia.
El ítalo abrió el sobre acercándose hasta la ventana para mayor claridad, en el interior parecía haber solo un papel, por lo que hinchó las mejillas en reproche. ¿En serio? ¿Sólo un papel? Aun así la curiosidad pudo más que él y sacó dicho papel, resultando ser un cheque a su nombre. Relajó su expresión, mas ésta bien pareció deformarse en una mueca de sorpresa, incredulidad y horror.
—¡¿Tanto dinero?! – espetó más que contento, quizá dicha suma de dinero no era la cantidad que él se imaginaba tras vender un libro, pero si la suficiente para arreglar la fachada de la casa, cambiarse el coche si quería y aun así alimentarse durante un par de meses. Bueno, cambiarse el coche quizá si era uno de segunda mano o barato. – Pero, un momento. Aún no he terminado el libro, ¿por qué me das esto ahora?
—¿Acaso te has olvidado del libro que se vendió bajo la condición de que hicieras uno mejor?
Cierto, el castaño se había olvidado completamente de que ya había vendido uno. Volvió su mirada al cheque, quería ponerse a bailar ahí mismo, restregarles ese cheque en la cara a sus padres para demostrarles que Feliciano no era el único con talento, que él si se lo proponía podía ser igual de bueno, o incluso mejor. Con el pecho lleno de orgullo, volvió a guardar el cheque en el sobre y éste en el bolsillo, ya luego más tarde iría a cambiarlo. Para cuando la historia estuvo imprimida y el rubio pudo ver que posiblemente tardaría un buen rato en leer todo eso el ítalo regresó a su casa abrazando el portátil como si en ello se le fuera la vida, trotando hasta abrir la puerta de su casa casi de una patada.
—¡JÓDETE MUNDO! – exclamó tras dejar el portátil sobre la encimera que separaba la cocina del salón.
El tritón se encontraba sorprendido e incluso alarmado por la entrada que había hecho el otro, mas se arrodilló en el sofá para poder ver al menor, sonriendo de oreja a oreja una vez calmó el susto.
—¡Te ves muy animado! – espetó al ver como el otro se sacudía, saltaba e incluso parecía bailar. - ¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta!
Tardó unos instantes, pero finalmente el castaño se giró hacia el tritón hinchando el pecho nuevamente, mostrándole el sobre en el que aún estaba el cheque. El otro no entendió el por qué esa cosa podía hacerle tan feliz, por lo que el ítalo al ver que el otro se encontraba confundido respondió con palabras.
—¡He vendido mi primer libro! Bueno, se supone que lo hice hace ya algún día pero hoy me han dado el dinero. ¡Por lo que ahora sí estoy seguro de que lo vendí! ¡Hoy nada podrá estropear mi felicidad!
El moreno soltó una carcajada, era la primera vez desde que estaba ahí que le veía así de animado. Se levantó del sofá y caminó lentamente hacia él, abrazándole por la espalda mientras le daba la enhorabuena. Y ahí, el cerebro de Lovino, dejó de funcionar quedándose estático al sentir los brazos del otro rodearle. Espacio, espacio… repetía una y otra vez la mente del menor, hasta que finalmente el otro le soltó dedicándole una enorme sonrisa. Cuando por fin se sintió libre, se alejó un par de pasos sintiendo como sus mejillas empezaban a arder por lo que miró hacia otro lado, maldiciendo en voz baja.
—¡Tengo una idea! ¡Celebrémoslo! – la voz del tritón hizo reaccionar nuevamente al otro, que le miró curioso. – Aunque realmente no sé cómo celebráis las cosas los humanos… - Se cruzó de brazos mirando al techo pensativo.
El menor abrió los labios para comentar algo sobre celebrar su primera venta, mas sus palabras fueron acalladas al escuchar su teléfono móvil sonar. Sacó este de su bolsillo y leyó el mensaje el cual simplemente decía "La feria ha llegado!" por parte de la belga. Mierda, la feria. Suspiró pesadamente al recordar que el grupo de Emma había quedado para ir todos juntos y que contaban con su presencia ese día, sin embargo no podía dejar al tritón durante todo un día entero solo en casa. Su mirada se posó sobre aquel par de piernas que temblaban ligeramente ante el gran esfuerzo al que estaban sometidas.
—¿Cuánto hace que no te mojas las piernas? – cuestionó guardando nuevamente el teléfono en el bolsillo.
—¡Desde que me he levantado! ¡¿No es genial?! – respondió el moreno entusiasmado.
Lovino volvió a posar su mirada sobre sus piernas meditando la posible idea de, por una vez, llevar al mayor con él. Sin embargo había muchos puntos en contra ante aquella idea, la más importante es que no sabía qué temporal haría; si llovía su cola podría aparecer involuntariamente, además de que en las varias ferias a las que había asistido había alguna atracción de agua, las típicas de disparar un chorro de agua o la más infantil de todas, tener que "pescar" varios patitos. Nunca imaginó que el agua pudiera dar semejante dolor de cabeza. Tan sumido estaba en sus pensamientos que no se percató cuando el moreno prácticamente sacudió la mano frente a él.
—¡Lovilove! – exclamó sacando al menor de su mundo.
—¡¿Pero qué clase de estúpido nombre es ese?! ¡Mi nombre es Lovino! – vociferó arrugando la nariz.
—¡Hagamos algo divertido los dos juntos por una vez!
Había sido totalmente ignorado, mas el ítalo no replicó, confundido por aquel comentario. ¿Por una vez? Ahora que lo pensaba, pese a que ya llevaba algún día juntos no habían hecho demasiado juntos, únicamente tratar el tema sobre su llegada, curar la herida… Quizá el ayudarle a caminar podía considerarse algo. Frunció el gesto y negó con la cabeza. Él sólo estaba ahí por seguridad, si empezaban a hacer cosas juntos, o mejor dicho a mostrarle cosas sobre ese 'mundo' el tritón acabaría por no marcharse jamás, al parecer todo aquel que aprendía a vivir entre humanos terminaba quedándose.
—¡Oh, venga! – reprochó el moreno tironeando de él hasta el sofá, obligándole a sentarse. – No es bueno pasar demasiado tiempo con tu libro. ¡Tú también necesitas descansar!
En silencio, Lovino se acomodó en el sofá sintiéndose derrotado. Estaba demasiado contento para pelear y el otro tenía razón. Pasaron el resto de la mañana observando la tele, más bien el castaño tratando de no dormirse mientras el tritón parecía entusiasmado con aquel programa infantil. Tras la comida, el menor llamó a su hermano para que cuidara del tritón, que él tenía que hacer un par de recados antes de que los bancos cerraran. No bien el menor llegó a la casa, Lovino se marchó sin decir dónde iba a ir.
—Ve… parecía apurado – comentó Feliciano ladeando la cabeza.
—¡Feliciano! – el tritón extendió los brazos, acercándose a él para abrazarle.
Pasaron alrededor de cuatro horas antes de que el mayor de los hermanos regresara cargando varias bolsas consigo, prácticamente abriendo la puerta de una patada por segunda vez ese día.
—¡Me cago en todo! – espetó, asustando a los otros dos, provocando que el menor de los hermanos cerrara la puerta del a nevera de golpe.
—Benvenuti a casa! – Sonrió nervioso, mas pronto su expresión se relajó y corrió a ayudarle con las bolsas. - ¿Qué has comprado?
—Un par de cosas que íbamos a necesitar por aquí – respondió dejando las bolsas que cargaba sobre el sofá. Rápidamente se giró y frunciendo el gesto señaló al tritón, quien se autoseñaló confuso. - ¡Más te vale que te comportes y no me hagas cambiar de opinión!
—¡¿Wah?! – Abrió los ojos en sorpresa, aunque no tenía ni la menor idea de lo que hablaba el otro. - ¡Yo me comportaré! Pero, ¿cambiar de opinión sobre qué?
Lovino rebuscó en las bolsas antes de apartar tres de ellas. De entre esas tres, sacó unos pantalones vaqueros un poco anchos y una camiseta de un gris oscuro de cuello ancho, extendiéndoselo al tritón.
—Pruébate esto en el baño y sal una vez te hayas cambiado de ropa. Luego te cuento.
El moreno obedeció y caminó cuan rápido le permitieron las piernas, no demasiado cabe decir pues las piernas empezaban a no responderle debido a las largas horas sin agua.
—Wah~ ¡Le has comprado ropa nueva! Parece ropa cara – dijo las últimas palabras mirando las bolsas que había apartado, - no creo que le hayas comprado esa ropa para estar por casa.
El mayor giró su atención hacia su hermano, quien sonreía con cierta malicia. Sus mejillas tomaron un leve tono carmín, era cierto, no había comprado ropa nueva para el tritón para tenerlo solo en casa.
—¿A dónde lo vas a llevar? – cuestionó ante el silencio ajeno, siendo respondido nuevamente por el silencio. – Ve…
Mientras el tritón se cambiaba, Lovino sacó de una de las bolsas una botella de cava que había comprado para celebrar su primera venta, dejándola sobre la encimera al escuchar que finalmente la puerta del baño se abría. El moreno tuvo que apoyarse en la pared para no caer, el cansancio era cada vez mayor; los pantalones parecían quedarle perfectos mientras que la camiseta le quedaba un poco ajustada, haciendo que el cuello se viera un poco más ancho, casi dejando a ver el pecho.
—Me sentía más cómodo con los otros… lo que fuera que llevaba en mis piernas – comentó con un puchero.
—¡Te ves genial! – halagó el menor de los italianos.
—Quejica. – Se acercó al mayor para comprobar que la ropa le iba perfecta, ni grande ni pequeña, dándole un pequeño empujoncito como gesto para que se fuera a cambiar de regreso, pero el tritón casi se desplomó al suelo de no haber sido que Lovino consiguió sostenerlo a tiempo. – ¡Oye!
—Lo siento… - Sonrió vagamente sacudiendo la mano. – Creo… creo que va siendo hora de mojarme un poco.
Lovino ayudó al tritón a sentarse al borde de la ducha, pidiéndole que se quitara la ropa antes de mojarse, que la necesitaba entera. Le había salido un poco cara para que a los cinco minutos estuviera rota por la pronta aparición de una gran cola de pez. Salió del baño para encontrarse con Feliciano que sonreía de oreja a oreja, mirando al mayor a la espera de alguna respuesta a sus preguntas mudas. El mayor, al sentir aquella mirada, no pudo evitar sentirse cohibido.
—¿Qué demonios quieres? – preguntó al sentirse acusado de algún crimen con aquella mirada.
Feliciano tan solo dejó escapar una risita tonta, acercándose a su hermano para abrazarle sin previo aviso. Aquel acto no era para nada nuevo, es más, el mayor ya estaba acostumbrado a que su hermano lo abrazara por la más absurda razón, o incluso sin motivo alguno, por lo que aquello no le sorprendió, mas tampoco le agradó. Lovino se removió en el abrazo, blasfemando palabras incoherentes hasta que por fin el otro le soltó, volviendo a reír.
—¡Me alegra que os hayas hecho amigos! – espetó Feliciano de la anda.
—¿Q-qué? – Lovino, creyendo que su hermano simplemente se encontraba en un momento cariñoso, en los cuales no hacía más que decir tonterías, prefirió ignorarle.
Amigos… No eran amigos. Sólo conocidos. Si había compartido su cama con un medio conocido era simplemente por no tener otra cama preparada y el otro no había mostrado ser un desquiciado pervertido que abusaba de las personas mientras estas duermen. Vivían bajo el mismo techo, sí, pero temporalmente hasta que el otro recuperara toda su energía y aquella herida se curara. Sí, él únicamente estaba siendo buena persona, estaba cuidando de un herido.
—¡JA! – exclamó Lovino ante la idea de que por fin estaba haciendo algo bien, llamando la atención del menor.
—Ve~ ¿No le vas a echar de menos cuando vuelva a su casa?
¿A qué venía aquella pregunta? El mayor de los hermanos se giró para clavar su mirada esmeralda sobre el menor que no dejaba de sonreír, acusándole con la misma mirada de estúpido. Lovino Vargas jamás extrañaba a un estúpido, y Antonio había demostrado en más de una ocasión ser uno. Respondiendo a su pregunta con un mero 'obvio que no' tomó un par de copas del armario y, tras una pequeña batalla con el corcho, descorchó la botella de cava.
—Tengo ñoña – pudo escuchar una voz cansada, Antonio se arrastró para ir con los otros dos.
—¿Ñoña? – preguntó confundido Feliciano.
—Morroña, cansancio, sueño… - Bostezó antes de seguir hablando. - ¡Pero ha valido la pena!
El tritón sacudió la cola ligeramente sonriendo de oreja a oreja; había conseguido mantener sus piernas por largas horas, aunque lo mejor para él es que había aprendido a caminar sin necesitar de alguien sosteniéndole todo el rato. Ahora podría tratar de convencer al otro de que le enseñara su mundo, que ya no había la excusa de no tener un par de piernas con las que caminar. Miró hacia arriba cuando Feliciano se acercó a él, arrodillándose para quedar a la misma altura y sin más le abrazó.
—Hermano Antonio necesita una siesta~ - espetó antes de soltar una risita.
Lovino había estado distraído con servir una tercera copa por lo que no había escuchado cómo había llamado el menor al tritón, de seguro de haber escuchado le habría reclamado.
—¿Qué celebramos? – cuestionó Feliciano cuando el mayor le ofreció una de las copas.
—De que por fin puedo decir que soy un escritor. De que al fin mis esfuerzos por dejar de vivir en las sombras han dado su fruto. – Sonrió ladino apuntando al menor con la mano libre. - ¡Ya no eres el único hermano conocido!
—¡Cierto! ¡Fratello vendió su primer libro! – exclamó alegrándose por el mayor. – Congratulazioni, fratello! Aunque creo que ya te lo había dicho, igual me alegro por ti!
—¡Lovi se hará famoso y se olvidará de los no famosos! – lloriqueó en broma Antonio, aunque igual se alegraba de que al otro le fueran bien las cosas.
Tanto Antonio como Feliciano se miraron y únicamente bastó un gesto con la mano del mayor para que el ítalo corriera a la nevera y de ella sacara un pastel de nata y fresas, mostrándoselo a su hermano. Ante la mirada confundida de Lovino, Feliciano comentó que Antonio había querido celebrar la primera venta como era debido pero que él no tenía ni idea, por lo que habían decidido preparar un pastel para él. El mayor de los hermanos miró el pastel, si ambos lo habían preparado explicaba el por qué parecía que hubiera sido cubierto por un niño pequeño. Al parecer el tritón había tenido el honor de ser quien adornara el pastel. Lovino arrugó la nariz ante aquel gesto.
—Merda…
Ni siquiera un gracias por ello pero ambos sabía, o eso querían creer tanto Feliciano como Antonio, que al mayor de los hermanos le había gustado aquel detalle. No había otra excusa para que el otro mantuviera la mirada gacha mientras partía el pastel, obviamente, sirviéndose el otro más grande. ¡Era en su honor, él tenía todo el derecho!
Durante un par de horas, los tres pasaron el rato comiendo pastel, charlando sobre el libro que ya se había vendido… parecía que la atención estaba posada sobre Lovino, aunque, de un segundo a otro, Feliciano empezó a hablar de cómo habían sido sus días en aquella nueva ciudad. Aquello había molestado un poco al mayor de los italianos, no entendía por qué había cambiado el tema de conversación tan rápidamente por algo que no tenía nada que ver, aunque no pensó en la probabilidad de que ya habían agotado los temas de conversación posibles sobre el libro y que el menor sólo trataba de revivirla, aunque fuera hablando de algo totalmente diferente.
Para la hora de cenar, Feliciano se despidió para volver a su casa junto a su pareja, dejando nuevamente Antonio y Lovino a solas.
—¡Odio cuando toda conversación acaba hablando de él y ese- estúpido bastardo! ¡¿Acaso no puedo tener un día en el que la atención se pose sobre mí?! – el ítalo estalló, no le importaba si el otro le escuchaba. - ¡Me parece increíble! – Ante el silencio, no recibir respuesta por parte del mayor, Lovino se giró para ver qué era tan importante para que el otro no le estuviera escuchando. - ¿Me estás escuchando?
Efectivamente, no le estaba escuchando. El tritón se había quedado dormido en el sofá acaparando éste. Frunció el gesto y a paso rápido se acercó, tirándolo al suelo por osar ignorarle y quedarse dormido mientras él se estaba desahogando.
—¡Pero no te quedes dormido ahí, so imbécil!
—¡Pe-pero estoy cansado! – respondió tras un quejido por el impacto contra el suelo. Bostezó acurrucándose en el mismo suelo.
—… ¿En serio te vas a dormir ahí? – Entornó la mirada, cogiendo una de las bolsas que habían sido apartadas a un lado del salón.
De la bolsa sacó unas sábanas limpias que había comprado para preparar la cama de la habitación de invitados, si el otro prefería la cama a dormir en la bañera o la piscina mejor que tuviera la suya propia y dejara de invadir su espacio personal al dormir. Preparó la cama rápidamente y salió para avisar al otro de que si quería dormir tenía una cama para él solo, a lo que el otro no tardó en ir arrastrándose.
Sentado en la orilla del mar, se abrazó las piernas para poder esconder su rostro húmedo por las lágrimas entre ellas. No entendía por qué lloraba, desde el primer día sabía que eso iba a ocurrir pero por alguna extraña razón sintió como si alguien estrujara su corazón lenta y tortuosamente hasta hacerlo añicos, como si parte de su alma acabara de abandonarle junto a él. Alzó la mirada tan solo un momento con la esperanza de que el otro hubiera cambiado de idea, imaginándole parado frente a él con una enorme sonrisa entre labios prometiéndole que todo iba a estar bien, que él iba a estar a su lado para siempre. Sin embargo lo único que pudo ver fue un precioso amanecer, como el sol se alzaba lentamente en el horizonte junto aquel reflejo en el mar que hacía que aquel evento que ocurría todos los días fuera aún más hermoso. Pero para él aquella belleza fueron puñaladas lanzadas a corta distancia y a gran velocidad directas a su pecho.
Acababa de perderle y sus últimas palabras no fueron más que insultos, creyendo que quizá de aquella forma no se iría, sino que se quedaría para tratar de apaciguar aquel mal humor y consolarle. Volvió a esconder su rostro contra las piernas, llorando desconsoladamente hasta que el latir de un corazón cerca de él consiguió calmar su mal estar. Unos fuertes brazos rodearon su cuerpo atrayéndole, aquel calmado latir, el calor y el olor a mar que la otra persona desprendía…
Abrió sus ojos para encontrarse a sí mismo tumbado en su cama. Había sido un mero sueño, pero por alguna razón lo había sentido tan real… Movió una mano para limpiar aquellas lágrimas que habían escapado en su sueño, mas su cuerpo se congeló al percatarse de que alguien le estaba abrazando por la espalda.
—¿Qué dem- - no se atrevió a terminar la frase, ni siquiera se atrevió a mirar quién le estaba abrazando.
Era obvio quién, únicamente habitaba una persona más en aquella casa, la cual no parecía tener pudor alguno a la hora de irrumpir en su habitación por la noche.
—¿Estás despierto? – preguntó el dueño de aquel abrazo con una suave voz. – Te he escuchado llorar desde abajo y he venido a consolarte. – Lentamente el mayor movió los brazos para liberar al otro, quien no se movió un ápice. – Fuera lo que fuere era solo un sueño.
Al no recibir respuesta alguna por parte del otro creyó que le había molestado, que había hecho mal en volver a colarse en su cama cuando le había dejado claro la noche anterior que ahora la habitación de invitados era suya temporalmente y que ya no debía, ni podía, dormir con él. Se sentó en la cama dispuesto a regresar a su habitación, mas una mano le agarró de la muñeca rápidamente.
—Idiota – susurró el ítalo. ¿Por qué su corazón se había acelerado ante aquellas palabras?
Antonio dejó escapar una risa antes de acurrucarse nuevamente a su lado, manteniendo cierta distancia para no incomodar al menor.
A la mañana, Lovino fue el primero en despertar. No tardó en darse una ducha rápida y preparar algo de desayunar para ambos, ese iba a ser un día largo… uno muy largo. Con la energía recargada y poniendo toda su fe en aquellas piernas aún inestables, corrió hacia donde el tritón dormía plácidamente. No se había percatado de ello al levantarse, pero ahora completamente despierto recayó en que estaba durmiendo con las piernas, ¿acaso no se había ido a dormir con la cola?
—¡Es hora de levantarse, dormilón! – exclamó sacudiendo al otro.
—Cinco minutos más… - pidió escondiendo el rostro en la almohada.
Sin pensarlo dos veces, el menor saltó sobre el otro sin pudor alguno, sintiéndose victorioso al escuchar el grito del otro.
—¡¿A qué ha venido eso?! – se quejó el tritón, fingiendo un puchero.
—¡He dicho que es hora de levantarse!
Toda victoria desapareció cuando el otro cerró los ojos aún con la molestia de su propio peso sobre él. Frunció el ceño, si él decía que era hora de levantar nadie podía dormir. Se hizo a un lado arrodillándose mientras cogía un cojín, mas sus acciones se congelaron al ver como lentamente el otro sonreía. Mas no era una sonrisa como las que solía mostrar, sino más bien una llena de malicia, como si no planeara nada bueno. Pasó saliva de forma seca cuando aquel par de esmeraldas de posaron sobre su propia persona. Sin duda, no sabía si sentir miedo o abofetearle para que dejara de sonreír de aquella manera.
—Antes el jefe quiere su venganza – espetó el tritón antes de abalanzarse sobre el ítalo y atacarle con cosquillas.
El menor por inercia soltó el cojín, retorciéndose bajo el peso ajeno intentando alejarse de aquellas manos juguetonas que parecían saber los mejores puntos para torturarle. Trató de resistirse, pero el cosquilleo pudo más y no pudo evitar reírse a carcajadas.
—¡Su-Suéltame, idiota! – exigió con la voz entre cortada, no pudiendo para de reírse.
—¡Jamás! – respondió siendo contagiado por la risa ajena.
Pese a lo recién dicho, lentamente dejó de hacerle cosquillas cuando el rostro ajeno se tornó rojo y parecía que llorara de la misma risa, había sido suficiente por el momento. Sonriendo de oreja a oreja, se arrodilló a un lado y dejó que el otro recuperara el aliento, aunque parecía que continuara riendo de vez en cuando hasta que finalmente su respiración se normalizó nuevamente.
—La mejor cura para la tristeza son las risas – pausó sus palabras, manteniendo su mirada fija en la ajena. - ¿Lovi no es feliz? Puedes contármelo si algo te está molestando, y si es alguien le golpearé para que deje de hacerlo. – Aquellas últimas palabras parecían en broma para animarle, mas el brillo de sus ojos había desaparecido completamente, como si lo hubiera dicho demasiado en serio.
—Solo fue un sueño.
—Hm… Una vez mi hermano me dijo que cuando un sueño nos parece real puede llegar a cumplirse si no lo contamos a nadie. Supongo que si no queremos que se cumpla solo sirve con contarlo. – Silenció sus palabras cuando el otro entrecerró la mirada. – Digo, si lloraste en sueños es que debió sentirse bastante real.
—Estaba en la playa llorando, no sé por quién, solo sé que alguien se había ido y me sentía tris- - acalló sus propias palabras, no iba a admitir que se sentía triste aunque hubiera sido en un sueño. – Mal. Aunque ya debería estar acostumbrado a ello, siempre he estado solo.
Antonio extendió las manos para estirar ligeramente los labios del menor en una sonrisa, sonriéndole al mismo tiempo.
—¡Ya no vas a estar solo nunca más! Ahora estoy yo aquí – guiñó el ojo al tiempo que decía aquellas últimas palabras.
—No seas imbécil, tú te vas a volver derechito al mar una vez esa herida se cure. – Trató de disimular un leve sonrojo.
—Pero mira que eres insistente con eso. – Hinchó las mejillas en un puchero. – Aunque me vuelva al mar vendré todos los días a visitarte. ¡Los amigos se visitan!
El ítalo no dijo nada sobre aquello. Tan solo se mantuvo en silencio hasta que decidió levantarse y dirigirse hacia las escaleras.
—He preparado el desayuno y abajo tienes la ropa, date prisa o te quedarás aquí.
Confuso, el tritón parpadeó repetidas veces. "O te quedarás aquí" se repetía mentalmente una y otra vez viendo como el otro desaparecía por el hueco de las escaleras. Curioso por saber a lo que se refería caminó cuán rápido pudo y le siguió.
—Nos vamos a la feria.
—¿Qué es eso? – preguntó el tritón curioso antes de llevarse la tostada a la boca.
—Er… un lugar al que la gente va a pasear y pasarlo bien.
El moreno casi se atragantó con aquel pedazo de pan. ¡¿Había escuchado bien?! "Un lugar al que la gente va", lo que significaba que por fin iba a ver algo que no fuera la casa y sus afueras. Al fin, iba a conocer parte de su mundo. Ilusionado y sin caber en sí mismo de felicidad, desayunó como si no hubiera un mañana y se vistió con las ropas que el menor le había comprado. Gritó que él ya estaba listo, mas el menor le empujó para que se sentara en el sofá, arrodillándose frente a él. Con cuidado, el ítalo le colocó unos botines que había comprado a juego con aquella ropa, asegurándose de que le quedaba bien, aunque quizá un número más no le hubiera hecho mal.
—Ahora sí estás lis- No, todavía no.
Se alejó y al poco regresó con un cepillo. El otro parecía que no se hubiera peinado aquella cola durante mucho tiempo y eso le hacía ver mal, por lo que con paciencia – y sin mucho cuidado – cepilló su cabello y lo recogió con el mismo lazo que llevaba cuando le conoció. Ahora sí estaba listo.
—Me siento raro – comentó mirando en un espejo. Si bien le acababan de cepillar el pelo, este parecía ir en contra de las reglas de la gravedad haciéndole ver un poco despeinado. - ¡Vamos, vamos!
El ítalo se había vestido con unos simples tejanos cómodos, deportivas y la camiseta negra sin mangas y capucha que llevaba el día que lo encontró. Asegurándose de llevar lo necesario, así como las llaves y el móvil, salió de la casa, seguido por un niño pequeño atrapado en el cuerpo de un adulto. Antonio no paraba de sonreír, hablando de lo feliz que le hacía que por fin le enseñara algo aunque al mismo tiempo se sentía algo asustado, no sabía qué era ese lugar. Ya cerca del coche, Lovino abrió la puerta del acompañante para que Antonio se subiera, mas este se había detenido antes de cruzar el portón de hierro que separaba el jardín de la casa con el exterior.
—Oh, ¡venga! Si te asusta el coche debo decir que ya has estado montado, ¿o acaso te crees que te cargué desde la playa hasta aquí yo mismo?
—¿Y si no es tan bonito como Ludwig lo hace ver? – preguntó, dejando en claro que lo que le daba más miedo no era el coche, sino decepcionarse al creer que aquel nuevo mundo era maravilloso y después resultara ser todo lo contrario.
—Bueno, no te voy a decir que es todo precioso, hay lugares hechos mierda. – Se encogió de hombros. – Pero ya, no seas un nenaza. Si ahora que te dejo venir conmigo te niegas, no voy a llevarte nunca más.
Ante aquellas palabras Antonio reaccionó y finalmente se subió al coche al lado del acompañante, dejando que Lovino cerrara la puerta por él. Era un espacio muy pequeño, apenas podía moverse allí dentro. Cuando el ítalo se subió al coche, le colocó de forma algo dificultosa el cinturón de seguridad y repitió lo mismo pero para él, arrancando el motor. El moreno se tensó al momento de sentir la vibración bajo su cuerpo y el sonido del motor, empezando a arrepentirse de haberse subido.
—Te ves un poco tenso – se burló el menor, dibujando una sonrisa ladina.
Durante el trayecto, el mayor parecía hundirse cada vez más en su asiento, sujetándose fuertemente al mismo como si de esa forma pudiera salvarse de una muerte segura, además la conducción temeraria del menor no ayudaba al temor del tritón. Ya casi cerca de la feria el teléfono sonó, mas lo ignoró, o al menos hasta que llegó a un semáforo en rojo y devolvió la llamada. Al otro lado se encontraba Emma, quien le preguntó si iba a ir, aunque su sorpresa fue cuando el menor confirmó que ya estaba casi en el lugar pero que llevaba compañía. Quedaron en encontrarse allí.
—¿Falta mucho?
—Ya casi hemos llegado.
Tras unos cinco minutos, el ítalo empezó a buscar aparcamiento con la esperanza de no tener que caminar demasiado. Afortunadamente para él, sus palabras fueron escuchadas encontrando un amplio lugar que habían reservado para las personas que quisieran asistir a la feria, y que además se encontraba prácticamente vacío todavía. Al escuchar como el motor se detenía, el tritón trató de salir rápidamente pero ni la puerta se abría ni aquel cinturón le dejaba moverse.
—Tampoco ha sido para tanto – dijo el menor al ver el desespero del otro por salir de allí. Después de bajarse del coche le ayudó a él a bajarse.
No había tenido tiempo para mirar a través de la ventana, había estado demasiado preocupado en sobrevivir durante todo el trayecto, pero ahora que se encontraba seguro de pies en el suelo – aunque las piernas le seguían temblando ligeramente – se detuvo a mirar curioso, dejando escapar sonidos de admiración cuando algo captaba su atención.
—Espero no arrepentirme de esto – murmuró para sí mismo, empujando ligeramente al mayor para que empezara a caminar hacia la feria.
No podía creerlo todavía, estaba caminando entre humanos…
¡SORPRESA! Vale, no me maten, no tengo excusa para /tan/ larga ausencia. Pero como dije, no dejo historia incompleta I Y no, ésta no va a ser la primera.
Portada del fanfic (quitan espacios y listo, sino en mi perfil está el enlace): p-inkfluff . deviantart art / Entre-plumas-y-escamas-Cover-495521716
No voy a responder a reviews ya que no se quién sigue por aquí y quién no ( ;_; ), pero quisiera dar las gracias por el apoyo y sus lindas palabras~
Y ahora si me lo permiten, me voy a esconder.
