Viñetas,
por Silence M.
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Planteamientos
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Shura no medía las consecuencias de su devoción. Por los dioses, que había cosas incuestionables en la vida de una caballero de Capricornio: que eran leales y muy supersticiosos. Normalmente no atendía a los niveles de su fervor. No en exceso, si cabía, y desde luego no por cualquiera.
Esa noche debió empezar a mirar atentamente las señales que la Providencia había ido regando proféticamente a su paso: el canto rodado, la grieta en la bóveda del altar, el ligero tropezón a la salida del Ateneo; las palomas, el viento, la lluvia. Su propio vacío interior. Cualquier cosa habría servido
Shura no medió esa noche las consecuencias de sus actos, y al final, ya era demasiado tarde. Ya había pecado.
El tiempo pasaba tan, tan rápido. Y era curioso, porque jamás había ocurrido así, tan de repente. Fue como un devenir fatal, al instante se volvió más ligero, más pesado, y esas dos ambivalencias tiraban de él con crueldad, toda su alma llena de un negro y ponzoñoso resentimiento que no lo dejaba liberarse de sus ataduras. Sentía odio, pero no sabía hacia quién.
Aioros estaba muerto, su Diosa a salvo. Él no le encontraba ningún sentido al hueco escaldado en el fondo de su estómago, como si alguna Parca retorciese sus intestinos, burlándose de él.
