Ángeles Desesperados
El regreso
Varios meses habían pasado desde la partida de Inuyasha a China y Kagome finalmente había ingresado a la Universidad. Allí había hecho una nueva amiga, Rin. Y a pesar de la constante melancolía que parecía mantener Kagome en su alma, aún lograba sonreír y seguía luchando por ser la mejor de la clase, aunque había que admitir que no se le estaba haciendo del todo fácil.
- Esa vieja de macroeconomía… - Siseó molesta repasando unas notas en la biblioteca de la Universidad.
- ¡Kagome! – Le llamó Rin, sintiendo como todo el mundo le indicaba que hiciera silencio. Kagome sonrió por la elocuencia de la joven.
- Hola, Rin. Aquí chica, esto es inconcebible, te digo. Mira esta brutalidad que hizo esa vieja el carrizo… - Decía enseñándole a Rin algunas anotaciones. La joven suspiró en respuesta.
- No me sorprende. Esa tipa es una pirata, no sabe ni de lo que habla en las clases. – Convino.
Y mientras mantenían aquella platica meramente académica, Sango suspiraba por enésima vez en la otra esquina distante de la mesa donde se encontraba Kagome. No sabía que extrañaría tanto a Miroku y mucho menos sus imprudentes comentarios. Siempre se había contentando con la presencia de Kagome pero ahora, parecía que eso no le alcanzaba. Quería reír, hablar con alguien despreocupadamente y Miroku había suplido ese papel a cabalidad durante bastante tiempo. Bueno, al menos él debería sentirse similar, pensó intentando darse ánimos.
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-¡Hey! ¡Morocho! – Le llamó un joven en la Universidad. Inuyasha jurando y perjurando que no era con él, ni siquiera volteó mientras caminaba por un pasillo de las amplias instalaciones de aquel sitio. - ¡Morocho! – Sintió que era llamado nuevamente. Muy bien, cabría la posibilidad que fuera con él, aunque no entendía muy bien porque le decían así, ya que cuando nació no tuvo ningún hermano mellizo junto a él. En fin, suspirando resignado se volteó y miró de reojo hacia atrás.
Observó como un muchacho se acercaba corriendo y le tendió unos papeles. Inuyasha parpadeó confundido.
- Se…te…cayeron… - Dijo tomando aire luego de la extensa carrera. Inuyasha los tomó y al ojearlos, efectivamente dio con su caligrafía entre las páginas. Tomó su bolso, colocándolo frente a él y vio como uno de los bolsillos se había abierto.
- Gracias. – Dijo al fin guardando sus apuntes. El joven sonrió asintiendo. - ¿Por qué me llamaste morocho? Yo no tengo ningún hermano de mi misma edad. - El muchacho ahora era el confundido y considerando luego de unos minutos de meditación que aquel era un extranjero, estalló en carcajadas. Inuyasha le miraba desconcertado. ¿Cuál era lo cómico del cuento?
- Oh, lo siento, chico. – Rió. - ¿Sos de otro sitio, eh? – Preguntó sonriente.
- Japón. – Repuso aún extrañado.
- Oh, ya veo. Lo que pasa es que aquí morocho significa moreno, entonces como vos sos así y como no sé tu nombre, no supe en qué otra forma llamarte. – Se explicó con aquel marcado acento. Inuyasha sonrió a medias.
- Lo entiendo perfectamente. Gracias. – Repitió.
- ¿Y bien? – Cuestionó.
- ¿Y bien qué? – Repitió sin entender.
- ¿Cómo te llamas? – Inquirió.
- Inuyasha. – Contestó algo extrañado por el repentino interés de aquel sujeto.
- Ah sí, nombre japonés sin duda. Yo soy Kohaku, mucho gusto. – Se presentó. - Creo que vos vivís en la misma residencia que yo. – Y luego de darle la respectiva dirección observó como Inuyasha hacia un gesto afirmativo. – ¿Estudiante de medicina, entonces? – Inuyasha volvió a asentir. – No sos hombre de muchas palabras, ¿eh? No importa, te acostumbrarás. – Sonrió. Que tipo tan raro, pensó Inuyasha, aunque veía que aquel joven no era mala persona después de todo.
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Kagome miró a Rin mientras le explicaba el ejercicio con la corrección respectiva. Había sido hábil al esconder de forma disimulada la carta que ya le estaba redactando a Inuyasha. No es que se dijeran cosas sumamente románticas además del claro "me haces falta" Aún así, sentía que era la única manera de tener noticias de él, después de todo, no tenía otro medio de comunicación más económico.
- Oh, ya entiendo… - Comentó Rin con pose dubitativa mirando con ojos ávidos la delicada letra de Kagome. Finalmente, luego de fruncir la frente mientras se esforzaba por retener todos los detalles posibles, sonrió satisfecha. – Gracias, Kag. – Dijo con su típica actitud alegre. Kagome le sonrió en respuesta, pero no de forma tan eufórica. Había superado su indicio de depresión luego de la partida de Inuyasha, sin embargo, su ausencia aún seguía haciendo mella en ella.
- No te preocupes. – Repuso guardando nuevamente los cuadernos en su bolso. – Una pregunta, ¿qué día es hoy? – Inquirió casualmente. Rin dijo la fecha mientras que a su vez también guardaba sus útiles. - ¿Qué? – Cuestionó alarmada. Rin levantó la vista sin entender su angustia.
- ¿Por qué? ¿Hay examen hoy? – Preguntó palideciendo ante esa posibilidad. Kagome negó con la cabeza.
- Se supone que debemos dar una "colaboración" a la biblioteca. No tengo dinero, ¿tú cargas? – Cuestionó en un susurro con súbito interés. Rin meditó un poco, recordando.
- Sí… - Suspiró aliviada. – Por suerte, mi mamá me había dado dinero ayer…
- Menos mal. Anda…- Dijo levantándose. – Vamos a salir de este compromiso de una vez. – Sonrió. Rin asintió enérgicamente y también se irguió caminando junto a Kagome hacia una pequeña fila de gente que fue igual de previsiva de pagar a tiempo.
Ambas jóvenes estaban tan entretenidas charlando de cualquier tema, que cuando llegó el turno de Rin de pagar, por poco se iba desmayando ante el hombre que vio de ojos dorados, cabello platinado, tez blanca y rasgos perfilados, ¡parecía una criatura mítica! Era un profesor de la Universidad claramente. Su ropa, su maletín, su porte lo delataban, pero para Rin era el ser más magnífico que hubiese visto en toda su vida.
- ¿Disculpe? – Preguntó al ver que aquel espectacular espécimen masculino había dicho algo, que por su embobamiento ni siquiera llegó a oír.
- Firme aquí. – Repitió tranquilamente. Rin le miró una vez más y finalmente firmó para luego entregar el dinero. Se dio media vuelta, no sin antes devorarlo con la mirada una última vez.
Kagome seguía en la fila, también se fijó en el individuo con repentino interés, después de todo, aquel hombre no podía pasar desapercibido, sin embargo, no había quedado tan anonadada como su amiga y firmó y pagó de forma más tranquila. Una vez que ambas estuvieran lo suficientemente alejadas como para que él no las escuchara, Rin chilló emocionada.
- ¿Viste lo mismo que yo? – Decía dando pequeños saltos. Kagome sonrió.
- Sí, ¿espectacular, no? – Rió. Rin asintió con vehemencia.
- Uff, espectacular es poco. ¿Crees que nos dará clase? – Inquirió entusiasmada. Kagome volvió a reír.
- Eso espero. – Dijo intentando sonar también enardecida, aunque por muy embobada que hubiera podido quedar con aquel guapo profesor, su corazón seguía perteneciendo enteramente a Inuyasha.
- Vaya que entre los mortales también se consiguen creaturas casi celestiales. – Rió Sango para sí, estando en completo acuerdo con aquellas jóvenes universitarias y aquel enigmático profesor.
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Kagome iba camino a casa algo cansada ya. Ese día el transporte estaba malísimo y tuvo que tomar cinco autobuses para llegar a su casa, que no quedaba precisamente cercana a la universidad. Bueno, en parte ella se lo había buscado, después de todo, tuvo un pequeño desvío para ir a la oficina postal a enviar su carta. En la última que había recibido de Inuyasha no se le relataba mucho además que todo allá era más caro, tenía que pasar frío por el clima tan distinto del de su país, y a veces hambre, debido a las costumbres tan extrañas que a veces podía presentar Inuyasha con la comida y su rechazo a la mayoría de los platos que se le presentaran, una especie de vegetariano que le gustaba comer pescado y pollo de vez en cuando, más nunca pasta, arroz o carne roja, que era siempre lo que se le servía por excelencia en donde estaba residenciado. Lo extrañaba y bastante, claro, ahora tenía varios amigos en la universidad pero por más que sea no es lo mismo, quería a Inuyasha, lo quería de vuelta, quería que la fuese a buscar a la Universidad en su carro para que fueran a comer un helado después, quería oír su risa, saber de sus problemas, de comentar cualquier cosa...
- ¡Kagome! – Escuchó que la llamaban. Volvió a aterrizar luego de andar viajando por las nubes y tuvo que hacer acopio de toda su voluntad e infinita paciencia para no expresar una mueca de desagrado, aunque ella estaba segura de que sus ojos siempre la delataban, sin embargo, colocando su mejor cara de póquer, hizo un esfuerzo por sonreír.
- Koga… - Dijo casi más como un lamento que como una exclamación de alegría. – Tiempo sin verte. ¿Cómo estás? – Saludó intentando sonar lo más distante posible. Ya sabía de las intenciones de ese tipo para con ella.
Koga era su vecino, su, vale la pena aclarar, muy rico vecino. Su familia era prácticamente dueña de la mitad del país en latifundios y las haciendas eran producidas dando sumas llamativas de dinero que podrían darle mayor atractivo a un hombre y hacer suspirar a cualquier mujer por poseerlo. Pero Kagome siempre ha sido diferente y se sale de la regla. Ella no creía en eso de que "dinero mata galán" aunque reconocía que si Inuyasha tuviera más dinero en su herencia sería una ventaja para cuando formaran una vida juntos, que era algo a lo que ambos aspiraban. Aún así, si ella hubiese querido, quizá Koga hubiera podido reemplazar el lugar de Inuyasha fácilmente, después de todo, desde que él supo que el novio de Kagome ya no estaba, la había vuelto a merodear casi suplicando un poco de atención hacia él y pues, Koga no era precisamente feo, más bien era atractivo, pero como en toda relación no sólo se puede vivir con una cara bonita, pues a Kagome aquel hombre no le convencía, su personalidad presuntuosa y mentalidad insulsa era suficiente para recapacitar a cualquier tentación por serle infiel a Inuyasha.
- Oh, pues bien, gracias. – Sonrió intentando acercarse, pero al ver el leve movimiento de Kagome donde alzaba la barbilla orgullosa, supo que no era el momento de darse la libertad de darle un beso en la mejilla. - ¿Cómo te va en la Universidad? – Inquirió.
- Bien, gracias por preguntar. – Contestó en tono glacial. - ¿Estabas buscando a alguien? ¿A Sota? ¿A Yuka? – Preguntó indiferente notando que estaban frente a la puerta de su casa. El joven rió.
- Pues a ti, bella Kagome. – Le piropeó. Kagome igualmente se tensó y le miró casi advirtiéndole con los ojos que desistiera. - ¿Cuándo nos tomamos un helado juntos? – Preguntó.
- Otro día quizás. – Respondió secante. "En otra vida, de preferencia" pensó para sí.
- Oh, vamos, Kagome. – Dijo alzando los brazos exasperado. - ¿Hasta cuándo vas a continuar así? ¿Vas a esperar por ese idiota? ¿Crees en verdad que te va a ser enteramente fiel durante tanto tiempo? – Espetó. Kagome sintió como algo en su interior se removía, ese era un golpe bajo, ella confiaba en Inuyasha pero siempre se mantenía ese pequeño pensamiento rumiador de no estar completamente segura de la fidelidad de él. – Soy mil veces mejor. Tengo dinero a borbotones, si llegáramos a casarnos, te daría un apellido poderoso. ¿Qué te puede ofrecer él? – Finalizó con su descarga.
- Algo de lo que tú nunca serás capaz. – Respondió serena y altiva. – A él no sólo le basta amarme ciegamente, él me respeta, me valora más allá del físico, no me saca en cara ninguna circunstancia social y mucho menos mi actual o futura situación adquisitiva. El dinero no hace al caballero, Koga. Y lamentablemente, tampoco te hizo a ti un caballero sino un patán. – Dijo sacando las llaves y entrando rápidamente a la casa sin mediar más palabra con aquel individuo. Sintió el timbre sonar insistentemente pero no le abriría, se engañaba si creía algo así.
Caminó apresuradamente hacia su habitación. Cerró la puerta bruscamente y suspiró con pesadez. Otra escenita más, contó mentalmente. Siempre era así con Koga, luego, cuando se lo volviera a encontrar, lo vería casi llorando para que le otorgara su perdón y nuevamente se iniciaría el círculo vicioso donde él la perseguía y ella lo rechazaba una y otra vez. ¿Por qué tenía que obsesionarse así? Mejor dicho, ¿Por qué con ella tenía que obsesionarse? ¿No hay más mujeres en el mundo o qué?
Lanzó la mochila sobre la cama con desgano y luego se tiró ella misma sobre ésta exhalando un suspiro largo. Definitivamente ese día había sido agotador. Se volteó en la cama y miró la foto de Inuyasha que tenía en la mesita de noche. Sonrió acariciando el retrato con sus dedos índice y medio, luego se acurrucó en la cama y exhaló un suspiro antes de recitar aquel poema preferido por ambos y que siempre que lo recordaba y decía en voz alta le llenaba de una paz inmensa inexplicable. Por eso antes de dormirse enteramente logró pronunciar en un murmullo:
Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
Y tú te irás borrando lentamente de mis sueños.
Un año y otro año pasaran como hojas secas,
De las ramas del árbol milenario del tiempo.
Y tu sonrisa de la claridad de aurora,
Se alejará en las sombras crecientes del recuerdo.
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- Dra. Taisho. – Llamó Sara, la fiel secretaria de esta mujer sin escrúpulos. Escuchó como daban permiso de pasar dentro del consultorio. – Dra., ha llegado un paciente sin cita. ¿Le hago pasar? – Inquirió temerosa. Aquella mujer era demasiado temperamental como para tenerle completa confianza.
- Muy bien, pero cancela mis siguientes citas. Hoy tengo un compromiso pendiente. – Ordenó con aquella inigualable mirada de hielo. Sara asintió rápidamente y luego de algunos requisitos por los que hizo pasar al adolorido señor, dejó que entrara en el consultorio. Al cabo de unos minutos salió algo más aliviado pero con cierto escozor en el cuerpo, no causado por la enfermedad, sino por la sensación de pequeñez que originaba esa mujer en él o a cualquier otro paciente.
Finalmente, Sara revisó una vez más la agenda de la susodicha médica y notó algo importante y relevante que si bien o la Dra. Taisho había ignorado o simplemente había olvidado.
- Disculpe Dra. – Le interrumpió cuando la mujer ya estaba dejando la bata blanca en un pequeño armario que había cerca del vestíbulo de espera del consultorio. - ¿Acaso ese compromiso importante tiene que ver con su hijo? – Preguntó tímidamente. Izayoi frunció el ceño sin entenderle bien del todo.
- ¿Con Inuyasha? ¿Qué tiene que ver él o qué? – Espetó tranquilamente cerrando el compartimiento y acomodando su cartera de cuero negro sobre su hombro.
- Es que… - Tragó saliva algo nerviosa. – Según la agenda, él regresa hoy de China. – Informó esperándose cualquier reacción. Las pupilas de la aludida se contrajeron en una expresión indescifrable.
- Hoy regresa…mi hijo. – Murmuró. Luego inhalando aire y adquiriendo una pose arrogante, miró largamente a su secretaria. – Pues bien, que tome un taxi y llegue a casa, yo tengo que reunirme con unos colegas en una pequeña celebración que se dará en un club. – Dijo con tono neutro mientras terminaba de salir del consultorio sin siquiera despedirse de Sara.
La secretaria miró la puerta, incluso después de que Izayoi hubiera salido por completo, nunca entendería como una madre podría provocarle tanto sufrimiento a un hijo y mucho menos tratarlo con tanto desdén y frialdad como lo hacía ella. Es que… ¿no tenía alma esa mujer, acaso? Meneando la cabeza de un lado a otro se dispuso a recoger sus cosas para irse a casa, no tenía caso en tratar de descifrar la mentalidad de aquella doctora que parecía tener un corazón de piedra.
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Inuyasha bajó del avión cansado. Le zumbaban los oídos a pesar que había tenido la precaución de mascar chicle todo el viaje de regreso. Llevaba un suéter en un brazo y un morral pequeño en el otro. Tenía que buscar las maletas antes que nada a pesar que el título lo tenía seguro en el discreto bolso que cargaba consigo. No se arriesgaría a perder un diploma tan tontamente y por el cual había luchado tanto. Caminó hasta donde se agolpaba la gente y no pudo evitar hacer una mueca al ver a tantas personas reunidas porque… ¿para qué negarlo? Era un antropofóbico por naturaleza y ese rasgo permanecería en su personalidad por el resto de su vida. Recogió las maletas con desgano, aún no terminaba su viaje después de todo, ya que sólo había aterrizado en la ciudad capital pero ahora le tocaba ir a su ciudad natal. Pero a pesar de esta aseveración, miró de reojo a su alrededor mientras avanzaba hacia la salida, con la esperanza inconsciente de ver a su madre allí para recibirlo, aunque su mente se empeñara en decirle que no se hiciese falsas ilusiones con un deseo así. Finalmente llegó hasta la autopista y logró tomar un taxi en una de las calles. Pagó su respectivo viaje y durmió en todo el camino de regreso, estaba completamente agotado y soñar con su hermosa novia le haría bastante bien.
- Niño… ¡Niño! – Escuchó que le gritaban. Se quejó mientras abría los ojos, estaba soñando con Kagome y que ella estaba con él en… Miró asombrado que ya estaba en su ciudad y frente a la casa de su tan amada novia.
- ¿Qué? ¿Cómo…? – Dijo atropelladamente pegando un brinco en su asiento.
- Te quedaste dormido en todo el viaje, muchacho. – Contestó secamente el chofer. Inuyasha sintió como de pronto el dolor de cabeza volvía a aparecer y miró con esfuerzo las manecillas de su reloj de pulsera comprobando que ya eran las seis de la tarde.
- Oh…bien, gracias. – Balbuceó abriendo la puerta. No sabía en qué momento había dado la dirección de Kagome en vez de la suya, pero no le importaba, quería ver a alguien que realmente lo apreciara antes de encontrarse con su tan "atenta" progenitora. El chofer se bajó a su vez y le abrió la maletera para que Inuyasha sacara el resto del equipaje. Finalmente, cuando el taxista se hubiera retirado, agarró sus maletas como pudo y se acercó a la puerta de la casa de los Higurashi. Tocó el timbre y esperó pacientemente.
- ¡No queremos comprar nada! - Escuchó desde dentro, de donde divisó ver salir a Sota. Sonrió por su impetuosidad.
- No estoy de ánimos para vender algo. – Contestó bromeando. Sota al reconocer su voz corrió hacia la puerta y lo miró con los ojos completamente abiertos.
- Oh, pero… ¡Estás vivo, hombre! – Exclamó apresurándose en abrir la puerta. Inuyasha rió divertido. - ¡Kagome! ¡Kagome! – Llamó Sota mientras hacia pasar a su amigo y le ayudaba con su equipaje.
La aludida salió de su cuarto con un pijama puesto y su cabello sujetado por una cola. Estaba estudiando, adivinó Inuyasha, ya conociéndola demasiado bien.
- Sota, ¿qué…? – Pero la pregunta murió en su garganta quedándose de piedra al ver a Inuyasha. Él le sonrió a medias y ese fue el detonante para que la joven reaccionara. Los ojos de Kagome se inundaron de lágrimas. - ¡Inuyasha! – Chilló en un sollozo ahogado corriendo a abrazarle. Él rió y le abrazó con cariño.
- Kagome… ¡Cuánto te extrañé! – Exclamó besando los cabellos de ella y sintiéndose en la gloria al volver a sentir aquel irrepetible aroma.
Sango salió de la habitación al escuchar tanto alboroto y en ese momento Miroku aterrizaba frente a los novios. Cuando Sango lo miró parpadeó incrédula.
- ¿Miroku…? – Preguntó viendo como el joven le sonreía afablemente. - ¡Tonto! – Gritó haciendo lo mismo de Kagome y, en este caso, volando a abrazarlo. – Tonto…me hubieras avisado que… - Decía sintiendo que los ojos le escocían por las lágrimas que se empeñaban en aparecer. Miroku rió y le correspondió el abrazo.
- El "elemento sorpresa" siempre es más melodramático. – Bromeó. Sango le pegó suavemente en su atlético pecho y sonrió en su abrazo. Ya le hacía falta aquel payaso, su payaso, pensó con alegría.
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Hola, lamento no haber continuado este fic antes, pero como decía, la enfermedad me impidió lograrlo durante estos días, además que me esforcé en continuar la idea del fic de Nuestra Dulce Aventura y pues, ni modo, apenas y podía con uno, así que lo siento. Pero, gracias a Dios, ya estoy mejor y he recuperado mis ánimos de escribir. Con respecto a las posibles dudas que tengan respecto al capítulo, ya que devolví a Inuyasha muy pronto, ni siquiera les dejé tiempo de saborear la melancolía xD; es porque faltan muchas cosas y pues, no me puedo dar el lujo de hacer que Kagome caiga en depresión y luego se recupere mientras explico todo el largo proceso. Con la posible pareja RinxSesshomaru que empecé hoy, no se entusiasmen demasiado. Esos ya son personajes extra extra extra xD, porque primero siempre estarán Kagome e Inuyasha y de personajes secundarios Sango y Miroku. Igualmente, a medida que vamos viniendo vamos viendo, mientras tenga coherencia en la historia, la pareja saldrá a colación en algunas ocasiones y así aprovecho de complacer a las adoradoras acérrimas de Sesshomaru, a las cuales, siempre agradezco mucho sus reviews y que como ven, intento también mantenerlas contentas con la historia. Muchas gracias por sus reviews a las nuevas lectoras, bienvenidas a este fic y espero que les guste tanto como a mí escribirlo, este mensaje también va para las demás lectoras que siempre se mantienen allí fiel hasta el final n.n. Con respecto al poema que recitó Kagome, no recuerdo el nombre del autor, se los diré después y si es algo triste, no se preocupen, el gusto de mi mamá por el poema no es tanto por el mensaje en sí sino por las emociones allí plasmadas. Bueno, entonces, muchísimas gracias por sus reviews, espero que el capítulo, aunque algo corto, les haya gustado y me puedan dejar review. Nos leemos pronto ;) Sayonara.
