—Diálogos —
«Pensamientos»
Palabras sobresalientes
La Leyenda de los Sennin.
Capítulo 11
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Caía la tarde del tercer día desde la llegada de Hinata a Amegakure. Desde que el palanquín la había llevado hasta el castillo, se encontraba por momentos más deprimida. La fortaleza de Amegakure era aún más opresiva y aterradora que la del señor Orochimaru. Las mujeres que habitaban el castillo se mostraban tristes y melancólicas. Hinata sólo había visto a su señor brevemente, pero había quedado impresionada por su presencia, Yahiko Pain dominaba la residencia, y todos temían sus cambios de humor y sus arrebatos de ira. Nadie se atrevía a hablar con franqueza. Las mujeres, de voces cansadas y ojos vacíos, dieron la enhorabuena a Hinata y prepararon para ella sus ropas de boda con manos apáticas. Hinata notaba cómo era presa de su funesto destino.
La señora Senju se mostraba tensa y preocupada. En varias ocasiones pareció estar decidida a confiar sus temores a Hinata, pero en muy raras ocasiones se encontraban a solas. Hinata pasaba horas enteras intentando recordar todos los acontecimientos del viaje, intentando dar sentido a los misterios que la rodeaban, pero se percataba de que lo ignoraba todo sobre ellos. Nada era lo que parecía, y no podía fiarse de nadie, ni siquiera de Rin, a pesar de lo que ésta le había dicho. Hinata se veía obligada, a causa de su familia, a ser fuerte y casarse con el señor Sennin. No tenía razón alguna para pensar que el matrimonio no se llevaría a cabo como estaba planeado y, sin embargo, tenía la sensación de que la ceremonia no llegaría a celebrarse. La boda le parecía tan remota como la misma Luna; pero si no se casaba, si otro hombre muriese por su culpa, no tendría más salida que su propia muerte.
Intentaba enfrentarse con valentía a su situación, pero ante ella misma no podía fingir: tenía 16 años, no deseaba morir, quería vivir y estar junto a Naruto.
El sofocante día lentamente iba llegando a su fin, y el sol arrojaba una espectral luz rojiza sobre la ciudad. Hinata estaba cansada e inquieta, y ansiaba liberarse de las capas de ropas que vestía. Deseaba que llegase el frescor propio de la noche y, al mismo tiempo, temía la llegada del siguiente día, y del que venía después.
—Los señores Sennin vinieron hoy al castillo, ¿no es cierto? —dijo Hinata, haciendo un esfuerzo para que su voz no delatara la emoción que sentía.
—Sí, el señor Pain los recibió —Rin titubeó. Hinata notó que la doncella la miraba con lástima, hasta que ésta dijo en voz baja—: Señora... —y se interrumpió.
—¿Sí?
Rin empezó a hablar animadamente sobre las ropas de boda, en el mismo momento en que dos criadas pasaban por fuera de la habitación. Sus pisadas hacían trinar el suelo de ruiseñor. Cuando el sonido se había apagado, Hinata preguntó:
—¿Qué ibas a decirme?
—¿Recuerdas que una vez te conté que se podía matar a alguien con una aguja? Te voy a enseñar cómo hacerlo; uno nunca sabe cuándo va a necesitarlo.
Rin le enseñó lo que parecía una aguja corriente; pero, al tomarla entre sus dedos, Hinata se percató de que era más resistente y pesada, como un arma en miniatura. La criada le enseñó cómo clavarla en el ojo o en el cuello.
—Ahora, escóndela en el dobladillo de tu manga. Ten cuidado, no te vayas a pinchar.
Hinata se estremeció, tan fascinada como horrorizada.
—No sé si sería capaz de usarla.
—Una vez, llevada por la ira, clavaste el cuchillo a un hombre —dijo Rin.
—¿Cómo lo sabes?
—Obito me lo contó. Cuando sentimos rabia o miedo, los humanos somos capaces de cualquier cosa. Lleva siempre tu cuchillo contigo. ¡Ojalá tuviéramos espadas!, pero resulta muy difícil esconderlas. En caso de pelea, lo mejor es matar a un hombre lo antes posible y apropiarse de su sable.
—¿Qué va a pasar ahora? —susurró Hinata.
—Me gustaría poder contártelo todo, pero sería demasiado peligroso para ti. Sólo quiero que estés preparada.
Hinata abrió la boca para seguir preguntando, pero Rin murmuró:
—Debes guardar silencio. No me preguntes nada más y no le digas nada a nadie. Cuanto menos sepas, más segura estarás.
A Hinata le habían adjudicado una pequeña alcoba situada en un extremo de la residencia, contigua a otra habitación más grande donde se alojaban las mujeres de la corte de Pain, con la señora Tsunade. Ambas habitaciones daban a un jardín que recorría la fachada este de la residencia, y Hinata podía oír el murmullo del agua y el ligero movimiento de los árboles. Durante la noche, Hinata notó que Rin permanecía en vigilia. Incluso, en una ocasión, se incorporó y vio que la criada estaba sentada, con las piernas cruzadas, junto a la ventana abierta. Su silueta apenas era visible bajo el cielo vacío de estrellas. Las lechuzas ulularon durante la noche. Empezó a llover al amanecer, y llegaron desde el río los reclamos de las aves acuáticas.
Hinata se quedó dormida escuchando a éstas; pero, más tarde, los estridentes graznidos de los cuervos la despertaron. Había dejado de llover y hacía calor. Rin ya se había vestido y, cuando vio que Hinata estaba despierta, se arrodilló junto a ella y le susurró:
—Señora, tengo que hablar con el señor Sennin. ¿Te importa levantarte y escribirle una carta o un poema? Necesito un pretexto para poder visitarle otra vez.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hinata, alarmada por la preocupación que mostraba el rostro de la muchacha.
—No lo sé. Anoche tenía que haber sucedido algo... que no sucedió. Tengo que ir a averiguar el por qué —y con un tono de voz más elevado, añadió—: Sí, prepararé la tinta, pero mi señora no debe ser tan impaciente pues tiene todo el día para escribir poemas.
—¿Qué puedo escribir? —dijo Hinata, con un hilo de voz—. No sé escribir poesía; nunca me han enseñado.
—No importa. Escribe algo sobre el amor de los esposos, los patos mandarines, las clemátides y el muro...
Hinata habría pensado que Rin bromeaba, pero su aspecto denotaba una profunda seriedad.
—¡Ayúdame a vestirme! —exclamó Hinata, con autoridad—. Sí, ya sé que es temprano, pero deja de quejarte de una vez. Debo escribir de inmediato al señor Sennin.
Rin sonrió con aprobación, al tiempo que contemplaba el pálido rostro de Hinata. Ésta escribió algo, sin apenas saber lo que decía, y elevó la voz al decirle a Rin que fuera corriendo hasta la residencia del señor Sennin a llevarle su escrito, y ésta, fingiendo desgana, partió. Hinata pudo oír entonces cómo su doncella se quejaba a los guardias y, después, las risas de éstos como respuesta.
Luego llamó a las criadas para que trajeran el té y, una vez que lo hubo bebido, se sentó frente al jardín y lo contempló, mientras intentaba calmar sus temores y acopiar tanta valentía como Rin. De vez en cuando, sus dedos buscaban la aguja que escondía en la manga, o el suave mango del cuchillo que guardaba bajo su túnica. Recapacitaba sobre el hecho de que tanto Rin como la señora Tsunade la hubieran enseñado a luchar. ¿Qué esperaban que sucediera? Hinata se sentía como un peón en la partida que se estaba jugando a su alrededor, pero al menos habían intentado prepararla y le habían otorgado armas para defenderse.
Rin regresó al cabo de una hora y trajo consigo una misiva del señor Sennin: un poema escrito con agilidad y pericia. Hinata lo leyó.
—¿Qué significa?
—Sólo es una excusa. Tenía que escribir algo como respuesta.
—¿Se encuentra bien el señor Sennin? —preguntó Hinata, con formalidad.
—Sí, desde luego, y te aguarda con todo su corazón.
—Dime la verdad —susurró Kaede. Observó el rostro de Rin y vio la duda en su mirada—. El señor Naruto... ¿ha muerto?
—No lo sabemos —Rin suspiró profundamente—. No tengo más remedio que contártelo. Naruto ha desaparecido con Kakashi. El señor Sennin piensa que el Gremio le ha capturado.
—¿Qué quieres decir? —Hinata notó que el té que había tomado con anterioridad se le revolvía en el estómago y por un momento pensó que iba a vomitar.
—Salgamos a pasear por el jardín mientras todavía hace fresco —dijo Rin, con calma.
Hinata se puso en pie y le pareció que iba a desmayarse; las gotas de sudor, frías y pegajosas, se agolpaban en su frente. Rin la sujetó por el codo y la guio hasta la veranda. Luego se arrodilló ante ella y le calzó las sandalias.
Mientras caminaban con lentitud por el sendero bordeado de árboles y arbustos, el murmullo del agua del arroyo ahogaba sus voces. Entonces, Rin susurró de forma rápida y apremiante, en el oído de Hinata:
—Anoche Pain iba a ser asesinado. Obito se encuentra a menos de 50 kilómetros de distancia con un numeroso ejército. Los monjes guerreros de Kusagakure están preparados para tomar la ciudad. Los Akatsuki podrían ser derrotados.
—¿Qué tiene eso que ver con el señor Naruto?
—Él iba a ser el asesino. Él iba a escalar los muros del castillo por la noche. Pero el Gremio le atrapó.
—¿Naruto? ¿El asesino?
Hinata sintió ganas de echarse a reír ante una idea tan disparatada, pero entonces recordó cómo Naruto solía encerrarse en su propio mundo oscuro y cómo intentaba siempre ocultar su destreza. Hinata cayó en la cuenta de que apenas le conocía más allá de las apariencias; pero ella siempre había tenido la sensación de que había algo más bajo la superficie. Respiró profundamente e intentó serenarse.
—¿Qué es el Gremio?
—El padre de Naruto, Namikaze Minato, era miembro del Gremio, y éste heredó sus poderes extraordinarios.
—Como los tuyos —dijo Hinata, con aspereza— y los de Kakashi.
—No, los suyos son mucho más grandes que los nuestros —replicó Rin—. Pero tienes razón: también pertenecemos al Gremio, pero a un maestro distinto dentro de este.
—¿Eres una espía? ¿Una asesina? ¿Es por eso por lo que finges ser mi doncella?
—Pero no finjo ser tu amiga —intervino Rin—. Ya te he dicho otras veces que puedes confiar en mí. Ya sabes que fue Obito quien me encargó que te cuidara.
—¿Cómo puedo saber qué me dices la verdad, con todas las mentiras que me han contado? —preguntó Hinata, al tiempo que los ojos le ardían.
—Ahora te estoy diciendo la verdad —aseguró Rin, entristecida.
Hinata se sintió desfallecer por el impacto que las noticias le habían causado, pero pronto se repuso y se sintió tranquila y lúcida.
—En cuanto a mi matrimonio con el señor Sennin Jiraiya, ¿lo organizó él para tener una excusa para venir a Amegakure?
—No fue él. El matrimonio fue la condición que le impusieron para poder adoptar a Naruto. Una vez que aceptó, la boda le proporcionaba una razón por la que traer a Naruto a la fortaleza de los Akatsuki —Rin hizo una pausa, y después, lentamente, dijo—: Es posible que Pain y los señores que comandan el clan Sennin, utilicen la boda como tapadera para la muerte de Jiraiya, y éste es, en parte, el motivo por el que yo vine contigo, para protegeros a los dos.
—Mi reputación siempre resulta útil —dijo Hinata, con amargura.
Era consciente del poder que los hombres ejercían sobre ella y cómo lo usaban, sin importarles las consecuencias. De nuevo se mareó.
—Siéntate un rato —dijo Rin.
Los arbustos habían dado paso a una zona más abierta en el jardín, con vistas de las montañas a través del foso y el río. Al otro lado del arroyo se hallaba un pabellón, ubicado de forma que recogiera la brisa, y se dirigieron hasta allí, cruzando con cuidado las rocas que atravesaban el arroyo. En el suelo había cojines, y se sentaron sobre ellos. El agua que fluía por el riachuelo refrescaba el ambiente, y los martín pescadores y las golondrinas cruzaban el pabellón con repentinos destellos de color. En los remansos más alejados los lotos exhibían sus flores púrpura, y algunos lirios morados, cuyos pétalos tenían un tono similar al de los cojines, aún florecían al borde del agua.
—¿Qué quieres decir con que Naruto ha sido atrapado por el Gremio? —preguntó Hinata, mientras acariciaba nerviosamente el tejido del cojín sobre el que se sentaba.
—Naruto pertenece, al igual que su padre y nosotros, a la organización de Shinobi's que está dividida en Gremios. Sin embargo él ha sido criado como un Jinchūriki, pacifico por naturaleza para mantener en calma parte del ser dentro de él. Es por su naturaleza pacifica, que el Gremio pensaba que el intento de asesinato a Pain iba a fallar. No querían perderle, menos teniendo Naruto tales poderes y habilidades extraordinarias, es por eso que vinieron a impedirlo. Kakashi tuvo que ver en ello.
—¿Y tú?
—No, yo opinaba que el asesinato debía intentarse. Pensaba que Naruto contaba con las posibilidades para lograrlo. Mientras Pain siga con vida, la rebelión contra los Akatsuki no será posible.
«No puedo creer que esto esté pasando», pensó Hinata. «Estoy atrapada en una traición. Rin habla del asesinato de Pain de forma tan liviana, que parece que se tratara de un campesino o un paria. Si alguien nos oyera, nos torturarían hasta la muerte». A pesar de que cada vez apretaba más el calor, Hinata sintió un escalofrío.
—¿Qué van a hacer con Naruto?
—Se convertirá en uno de ellos, y su vida será un secreto para nosotras y para todos los demás.
«Así que no volveré a verle», pensó Hinata.
Escucharon voces que llegaban del sendero, y unos instantes después la señora Tsunade y su acompañante, Shizune, cruzaron el arroyo y se sentaron junto a Hinata y Rin. La señora Tsunade estaba tan pálida como antes lo había estado Hinata y, de alguna manera imposible de definir, su talante había cambiado y había perdido en parte su rígido autocontrol. Entonces, pidió a Shizune ir por un poco de té. La señora Tsunade se dirigió a Rin con un susurro:
—Tenemos poco tiempo. Supongo que podemos confiar en la señora Hyūga.
—No diré nada que pueda delataros —dijo Hinata, en voz baja.
—Rin, cuéntame lo que ha pasado.
—El Gremio ha apresado a Naruto. Eso es todo lo que sabe el señor Jiraiya.
—Nunca pensé que Kakashi pudiera traicionarle. Debe de haber sido un desengaño muy amargo.
—El señor Jiraiya dijo que había sido consciente del riesgo que corría, y no culpa a nadie de la situación. Ahora su mayor preocupación es su seguridad. La suya y la de la criatura.
En un primer momento, Hinata pensó que se refería, de un modo extraño, a Shizune, pero notó un ligero rubor en el rostro de la dama, quien frunció los labios y permaneció en silencio.
—¿Qué debemos hacer? ¿Deberíamos intentar la fuga? —la señora Tsunade se retorcía la manga de la túnica con sus pálidos dedos.
—No deberia hacer nada que pudiera levantar las sospechas de Pain.
—¿No piensa huir Jiraiya? —preguntó la dama, con un hilo de voz.
—Se lo sugerí, pero asegura que no lo hará. Le vigilan de cerca y, además, considera que sólo sobrevivirá si no muestra temor. Debe actuar como si confiara por completo en los Akatsuki y en la alianza que han propuesto.
—¿Está decidido a celebrar la boda? —su voz subió de tono.
—Seguirá actuando como si ésa fuese su intención —dijo Rin, marcando sus palabras—. También nosotras debemos actuar de la misma forma, si es que queremos salvar su vida.
—Pain me ha enviado mensajes en los que me presiona para que me case con él —explicó la señora Tsunade—. Siempre le he rechazado a causa de Jiraiya —la dama, perturbada, miró fijamente el rostro de Rin.
—Señora —dijo ésta—, no hables de eso. Ten paciencia, se valiente. Todo lo que podemos hacer es esperar. Debemos fingir que no ha sucedido nada extraordinario y prepararnos para la boda de la señora Hinata.
—Utilizarán el matrimonio como pretexto para matarle —dijo la señora Tsunade—. Hinata es muy bella... y también mortífera.
—¡No quiero causar la muerte de ningún hombre! —exclamó Hinata—. Y menos aún la del señor Sennin —sus ojos se cuajaron de lágrimas, y apartó la mirada.
—¡Qué pena que no puedas casarte con el señor Pain y acabar con su vida! —exclamó a su vez la señora Tsunade.
Hinata dio un respingo, como si hubiese recibido una bofetada.
—Perdóname —susurró la señora Tsunade—. No sé lo que digo. Apenas he dormido, y el miedo me hace perder la razón. El miedo por él, por mí misma y por nuestro bebé. No mereces mi descortesía. Espero que puedas perdonarme —la dama tomó la mano de Hinata y la presionó ligeramente—. Si yo moero, tú serás mi heredera. Te confío mis tierras y mis gentes... Cuida bien de ellos —alejó la mirada, contemplando el jardín más allá del río, y en sus ojos brillaban las lágrimas—. Si es la única forma de salvar su vida, tiene que casarse contigo, aunque le matarán de todas formas.
En el extremo del jardín podían verse unos escalones en una apertura del muro de fortificación, junto a la escalinata, estaban amarradas dos barcas de recreo. Y al pie de las escaleras había una cancela que, según supuso Hinata, sería cerrada por las noches, aunque entonces estaba abierta. A través de ella se divisaban el foso y el río. Junto al muro se sentaban dos guardias en actitud ociosa, aturdidos por el bochorno.
—Un paseo en barca nos libraría hoy del calor —dijo la señora Tsunade—. Es posible que podamos sobornar a los barqueros...
—No lo recomiendo, señora —dijo Rin, apremiante—. Si intentas escapar, levantaras las sospechas de Pain. Lo mejor que podemos hacer es aplacarle mientras Obito se acerca.
—Obito no entrará en Amegakure mientras Pain siga con vida —dijo la señora Tsunade—; no va a arriesgarse a un asedio. Siempre hemos considerado que este castillo es inexpugnable; sólo puede caer desde dentro —de nuevo apartó la vista del agua y miró el torreón—. Nos atrapa —continuó—; nos agarra con fuerza, pero tengo que huir.
—¡No actúes precipitadamente! —suplicó Rin.
Shizune regresó, con una bandeja de madera labrada y cuencos de cerámica verde.
—Gracias… —dijo la señora Tsunade. Su voz se desvaneció al tiempo que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas—. Mi pobre hijo… —exclamo al tiempo en que sus manos se posaban sobre su vientre. Shizune hablo apenas noto el estado de su señora.
—Vamos, mi señora; debe tumbarse a descansar.
Lágrimas de compasión cuajaron los ojos de Hinata. Las piedras del torreón y de las murallas que la rodeaban parecían ejercer presión sobre ella. El cri crí de los grillos era tan intenso que llegaba a aturdir la mente; daba la sensación de que el calor emanaba del mismo suelo. Hinata pensó que la señora Tsunade tenía razón; todos ellos estaban atrapados y no tenían forma de escapar.
—¿Quieres que regresemos a la casa? —le preguntó Rin.
—Prefiero quedarme un rato más.
A Hinata se le ocurrió que había otro asunto sobre el que tenían que hablar.
—Rin, tú tienes la libertad para moverte de un lado a otro; los guardias confían en ti.
Rin asintió con la cabeza.
—Tengo algunos de los poderes propios del Gremio a ese respecto.
—Tú eres la única que podría escapar de todas las mujeres que nos encontramos aquí —Hinata titubeó, al no saber bien cómo poner en palabras lo que tenía que decir. Finalmente dijo con brusquedad—: si quieres marcharte, puedes hacerlo; no quiero que te arriesgues por mi culpa… —entonces Hinata se mordió el labio y apartó rápidamente la mirada, porque no sabía cómo iba a sobrevivir sin Rin, de la que había llegado a depender por completo.
—La mejor forma de estar a salvo es que nadie intente escapar —susurró Rin—; además, ni se me ocurriría hacer tal cosa; nunca te abandonaré, a no ser que tú me lo ordenaras. Ahora nuestras vidas están ligadas —y añadió, como para sí—: No sólo los hombres tienen honor.
—El señor Obito te envió a mi lado —dijo Hinata— y tú me dices que eres del Gremio, el cual ha ejercido su poder sobre el señor Naruto. ¿Eres realmente libre para tomar tus propias decisiones? ¿Puedes elegir la vía del honor?
—Para ser alguien a quien no se le ha dado instrucción, la señora Hyūga es muy sabia —dijo Rin con una sonrisa, y por un instante Hinata notó un cierto alivio en su corazón.
Hinata permaneció junto al agua durante la mayor parte del día y apenas comió. Las damas de la casa vinieron a acompañarle durante unas horas y hablaron de la belleza del jardín y de los preparativos para la boda. Una de ellas había estado en Myoboku, y describió la ciudad con admiración; le contó a Hinata algunas leyendas del clan de los Sennin y, en susurros, también le habló de las antiguas desavenencias del clan con los Akatsuki. Todas las damas expresaron su alegría porque la boda de Hinata pusiera fin a esta rivalidad y le comentaron lo encantado que estaba el señor Pain con la alianza.
Hinata no sabía qué responder y, consciente de la traición que subyacía bajo los planes de boda, se refugió en la timidez; sonrió sin cesar, hasta que le dolieron los músculos de la cara, aunque apenas pronunció palabra.
Apartó la mirada, y vio cómo el señor Pain en persona cruzaba el jardín, en dirección al pabellón, acompañado por tres o cuatro lacayos.
Las damas callaron de inmediato, y Hinata le dijo a Rin:
—Creo que me retiraré a mi habitación. Tengo dolor de cabeza.
—Sí, mi señora. Te peinaré el cabello y te daré un masaje en las sienes —dijo Rin.
Era cierto que el peso del pelo le resultaba insoportable a Hinata. Bajo sus ropas, notaba el cuerpo pegajoso e irritado, y ansiaba el frescor que traería la noche.
Según se alejaban del pabellón, el señor Hidan se separó del grupo de hombres y se encaminó hacia ellas. Rin, inmediatamente, cayó de rodillas, y Hinata le hizo una reverencia, aunque no tan respetuosa.
—Señora Hyūga —dijo Hidan—, el señor Pain desea hablarle.
Hinata intentó disimular su desgana y regresó al pabellón, donde Pain se había acomodado en los cojines. Las mujeres se habían retirado y contemplaban el río. Hinata se arrodilló en el suelo de madera y bajó la cabeza hasta tocar el suelo, consciente de que los profundos ojos de Pain, la miraban de arriba abajo.
—Incorpórate —dijo, de forma concisa. Su voz era áspera, y las palabras de cortesía no encajaban bien con su lengua. Hinata notó la mirada de sus hombres sobre ella, el denso silencio que ya le resultaba familiar, la mezcla de lascivia y admiración.
—Jiraiya es un hombre afortunado —dijo Pain.
Los hombres se rieron, al tiempo que Hinata percibía en sus risas tanta amenaza como malicia. La muchacha pensaba que Pain le hablaría sobre la ceremonia de la boda o sobre su padre, quien había enviado mensajes diciendo que no le era posible asistir debido a la enfermedad de su esposa. Pero sus palabras le sorprendieron:
—Tengo entendido que conoces a Obito.
—Le conocí cuando estuvo al servicio del señor Orochimaru —respondió Hinata, con prudencia.
—Por tu culpa, Orochimaru le envió al exilio —dijo Pain—. Al hacerlo, cometió un grave error, y lo ha pagado con creces. Parece ser que ahora voy a tener que enfrentarme a Obito en mi propia puerta —exhaló un profundo suspiro—. Tu matrimonio con el señor Sennin llega en un momento muy oportuno.
Hinata pensó: «Soy una chica ignorante, criada por Orochimaru. Soy fiel y estúpida. No sé nada de las intrigas entre clanes».
Entonces, puso expresión de muñeca y voz infantil:
—Sólo quiero hacer lo que mi padre y el señor Pain deseen que haga.
—¿Oíste algo en tu viaje sobre los movimientos de Obito?, ¿Te habló de ellos Jiraiya en algún momento?
—No he sabido nada del señor Obito desde que abandonó al señor Orochimaru —respondió Hinata.
—Y sin embargo cuentan que Obito era tu defensor.
Hinata, que mantenía la mirada baja, no se atrevió a mirarle a través de sus pestañas.
—No puedo ser considerada responsable de los sentimientos que los hombres tengan hacia mí, señor.
Sus ojos se encontraron por unos instantes. La mirada de Pain era penetrante y depredadora. Hinata notó que también él la deseaba, tentado y seducido por la idea de que la relación con ella traía consigo la muerte.
A ella, el asco le atenazó la garganta. Pensaba en la aguja, escondida en la manga de su túnica, e imaginaba cómo la clavaría en la carne de Pain.
—No —acordó él—, y tampoco podría culpar a hombre alguno por admirar tu belleza —giró la cabeza, y le dijo a Hidan—: Tenías razón, es exquisita —parecía que estuviera hablando de una obra de arte—. ¿Te dirigías a la casa? No quiero detenerte. Tengo entendido que tu salud es algo delicada.
—Señor Pain.
Hinata hizo una reverencia hasta tocar el suelo otra vez y, de rodillas, se desplazó hacia atrás, hasta el borde del pabellón. Rin la ayudó a ponerse en pie, y se alejaron del lugar.
Ninguna de ellas habló hasta que llegaron a la habitación. Entonces, Hinata susurró:
—Lo sabe todo.
—No —respondió Rin, mientras tomaba el peine y empezaba a pasarlo por el cabello de Hinata—. No está seguro, no tiene pruebas. Lo hiciste bien, señora.
Los dedos de Rin masajearon el cuero cabelludo y las sienes de Hinata, y la tensión empezó a reducirse. Hinata se echó hacia atrás y se apoyó sobre Rin.
—Me gustaría ir a Myoboku. ¿Vendrás conmigo?
—Si eso llega a suceder, no me necesitarás —replicó Rin, con una sonrisa.
—Siempre te necesitaré —dijo Hinata, con una nota de melancolía en la voz—. Quizá sería feliz con el señor Sennin si no hubiese conocido a Naruto, si él no me...
—¡Calla! ¡No digas eso! —Rin suspiró, mientras sus dedos seguían trabajando.
—Podríamos haber tenido hijos —continuó Hinata, con voz lenta y soñadora—. Ahora ya no va a ocurrir nada de eso. Sin embargo, tengo que fingir que va a ser así.
—Estamos al borde de una guerra —murmuró Rin—. Ni siquiera sabemos lo que va a suceder dentro de unos días, ¡y mucho menos lo que nos traerá el futuro!
—¿Dónde estará ahora el señor Naruto? ¿Tienes idea?
—Si sigue en la capital, se encontrará en una de las casas secretas del Gremio; pero es posible que le hayan sacado del feudo.
—¿Volveré a verle alguna vez? —preguntó Hinata.
Pero no esperaba una respuesta ni Rin habría sabido dársela. Los dedos de ésta seguían presionando su cabeza. Más allá de las puertas abiertas, el jardín centelleaba bajo los tenues rayos del sol, y el canto de los grillos era más estridente que nunca.
Lentamente, el día se fue marchitando y las sombras empezaron a alargarse.
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Agradezco como siempre a todos los que dan follow y favorite respectivo a la historia que estoy adaptando, de veras que es un libro muy muy bueno como para no haberlo adaptado a este mundo tan similar.
Agradezco profundamente también a todos los que me dejan sus reviews. De verdad que me emociona mucho leerlos aunque sean solo uno o dos.
Bueno, a la historia no ha de quedarle dos o tres capítulos más, por lo que más adelante tendré una pregunta sumamente crucial que hacerles.
Bueno, la razón por la que traje este capítulo hoy –y no el viernes como suelo subirlo- es porque el periodo de pruebas ya comienza y ahora me dedicare a leer y estudiar la mayoría de mi tiempo :S y al ser esta una noche de "descanso"… bueno, quise traerlo antes. En fin…
Me voy despidiendo, me alegra saber que les ha encantado tanto como yo esta maravillosa historia llamada "Leyenda de los Otori" escrita por Lian Hearn.
Cuídense y tengan un buen término de semana.
Sayonara!
