«En los albores de la tempestad, vuelvo a vosotros...»

SALMO DEL ÁNGEL CAUTIVO

¿De qué me sirve que hayas creado hermoso el mundo?

¿De qué me sirve que semejante a la miel tu luz se filtre por los espesos pinares?

¿De qué me sirve que los ríos me inviten a la delicia solitaria del baño

y que todas las cosas, en radiante oleada de hermosura, me circunden¿De qué me sirve

todo, si estás callado, si vuelves

el rostro de mí, si no me oyes,

si me apagan tu voz, si a mi alma te nublan?

¿De qué me sirven todas las cosas,

si has puesto cautivo, Dios mío, un ángel ciego en mi alma

y van cantando mis labios (sus ojos llorosos, sus tristes pupilas en sombra)

y mis ojos (sus manos celestes) van acariciando, besando las bocas,

como pétalos de viento suave?

(Ricardo Molina, A orillas del tiempo)

¿Acaso tengo disculpa alguna¿Acaso puedo empezar escribiendo la cabecera de esta nueva entrega de MDUL (la condenada se ha hecho de rogar) sin decir lo culpable que me siento de una ausencia que parecía no tener término? Diga cuanto diga no tengo excusa alguna. Bueno, mis motivos claro que los tengo, pero no son fáciles de explicar y creo que nadie, excepción hecha de mi calenturienta cabeza, podrá comprenderlos sin mortificarme. No trato de justificarme de modo alguno, en verdad, y de expresar con palabras humildes que no tengo la culpa de un retraso que parecía eterno, lo reconozco. Debéis estar más que enojados y encendidos, y de seguro más de uno, a modo de protesta, no va a contestarme en algún tiempo para que experimente qué se siente cuando alguien, al otro lado, desaparece indefinidamente. ¡Ojalá fuese ése mi único castigo!... Ya digo que nada, nada, puede justificarme. Quizá os haya tenido preocupados; quizá os haya fastidiado más de la cuenta sin entregaros la puntual continuación de MDUL. Quizás. MDUL... Incluso en este tiempo he pensado tirarlo todo por la borda, dejarlo por fin, abandonar su redacción... ¿De qué me servía? Qué mal os pago las horas que me dedicáis, las alabanzas, las palabras cariñosas... La amistad en definitiva. Qué mal os lo pago todo. Ojalá pudieseis estar dentro de mi cabeza y me entendierais. Resumámoslo, simplemente, en que he aprovechado estas semanas como una especie de "vacaciones" y vuelvo... distinto. No es así, en verdad, pero, bueno, es la mejor forma que tengo de explicarme. Por cierto, he leído recientemente los correos de algunos de vosotros (Karina, Laura, Vero..., creo citar por orden de recepción) y os agradezco el interés; lamento mucho haberos tenido preocupados, como ya he dicho al resto, pero, si te sirve de algo, Vero¡mira!, puedo aporrear el teclado y sale algo coherente. He de reconocer que con esas palabras tuyas me he reído muy mucho, que falta me hacía. Bueno, antes de seguir adelante, debo confesaros que mi tiempo no es mucho y no podré contestaros tan largo como quisiera; tampoco sé si querréis leer mucho de alguien que desaparece dos meses y no da señales de vida. En mi sola defensa diré que lo siento, que lo siento mucho, que quizá sea cierto que no sé valorar las cosas que valen la pena y que están a mi alrededor. Quizá no me creáis cuando os diga que merecéis un lugar muy importante en mi vida, y que os lo agradezco, pero es cierto: sólo cuando lo que quieres está lejos sabes valorarlo. Ojalá todos estéis ahí cuando aparezcan publicadas estas palabras, porque eso demostrará que vuestra calidad humana es mucho mayor que la mía, aguardando al que se va sin despedirse. Lo siento y gracias. P.D.: Por cierto, no penséis que es que me he quedado sin capítulos de reserva. Todavía, si queréis, tenéis que aguantarme un poco más.

PADFOOT HIMURA. Hola, Karina. Cuánto tiempo. Joder, tanto..., que ya tienes que estar más que aclimatada al ambiente de la universidad. Tienes que contármelo todo. Muchos dicen que ésos son los mejores años, y creo que en parte tienen razón, sí. Aprovéchalos, porque, después de eso, comienza la vida laboral y madurarás de golpe, o eso creo que haremos todos. También dicen que es en la universidad donde conoces a tus verdaderos amigos (aunque también lo había escuchado decir del instituto). En realidad, yo no sé si serán los verdaderos, pero seguro que buenos, entrañables y estupendos personajillos seguro que conocerás. ¿Y qué estás haciendo? No tengo ni idea. Ya tienes que llevar unos cuantos meses¿verdad¿Has tenido tus primeros exámenes? Tú no te amargues por nada¿eh? Contestando a tu pregunta, sí he visto el trailer (y muy recientemente, la verdad, cosa de dos días hace solamente), y he reconocer que, a pesar de mi prudencial desconfianza a un nuevo director, la cosa no tiene mala pinta. Las imágenes de acción (el ED, la lucha en el Ministerio, etc.), creo, no nos van a decepcionar. Lo que no entiendo, sin embargo, es qué hace Voldemort en una estación de tren y Harry que lo ve. Elena dice que es un sueño que tiene Harry, pero yo no lo sé. En algunas películas se han inventado cada cosa... ¡Ah!, y lo siento, no he tenido mucha oportunidad para seguir tus consejos cinéfilos. Espero tenerlo en adelante, espero... ¡Ah!, y creo que Sirius sí seguirá el tratamiento... ;) Un besazo enorme y espero que todo te vaya magníficamente.

HERMY EVANS. Mi querida Monikita de Lupin... Hola. A pesar de tus deseos, lamento no haberme puesto en "circulación", como tú dices, tan pronto como a ti te hubiera gustado. También he de confesarte que, a pesar de que te los agradezco, en esta ocasión sé que tus elogios no los merezco. Cuando los leo pienso que no van conmigo. No sé, también es que, ahora mismo no tengo la cabeza realmente en MDUL. Bueno, respondiendo a algunas de tus preguntas, puedo decirte que la premonición de Nathalie es sólo eso, "la sombra viene"... Quiero decir, que no ha visto nada realmente especial ni espectacular ni nada que sea preciso reseñar. Lo que os importa saber es que... "la sombra viene". Podríamos decir que es una "visión verbal" (aunque eso sea una contradicción en sí). Pues sí, puedo decirte que se avecinan unos capítulos interesantes (por lo de los embarazos y esas cosas, que me alegra que te haya sorprendido), pero he de reconocer que casi se me ha olvidado por completo de qué trataban los capítulos venideros e, incluso, el argumento de los capítulos que tenía que escribir ahora. Estoy hecho un caso. A ver si me pongo las pilas y espabilo con MDUL. Bueno, aquí lo dejo, guapetona, por hoy (que espero que el "mañana" sea pronto). Espero que disfrutes con este capítulo del reallity, ya que el avance te ha llamado la atención. Espero que sigas muy bien y que podamos hablar pronto. Besos.

SILENCE MESSIAH. ¡Hey! A ti hacía una barbaridad que no te veía. Pero, bueno, ya has visto que yo también me doy mis "escapadas" de vez en cuando... Bueno, no sé mucho de ti desde tu viaje a Inglaterra (¿fue Inglaterra?) cuando coincidimos en el msn. Sí, ahora es cuando te tienes que reír: sé que hace una barbaridad de eso. A ver si tenemos un momento para charlar y a ver si puedo comentar un poco más tus poemas, que sabes que eso siempre me hace ilusión. ¿Sabes?, me parece muy buena idea que hayas patentado tus composiciones, porque, si quieres que se muevan un poquito por la Red, es lo mejor que puedes hacer, conservar los derechos. Buena idea. Ya me dijiste, además, que un tío tuyo (bueno, no sé si era ésa la relación de parentesco que te unía a él) te ayudaría. Espero que tengas mucha suerte, que talento tenías un rato, ya te lo dije. Bueno, a ver si hablamos alguna otra vez, que no sé ya nada de tu vida. Besos y cuídate.

PUNKITTY. Hola, qué tal. Bueno, ya he dicho más arriba que tu correo me hizo muchísima gracia. No, no he estado como para tanto, pero casi. En fin, lo importante es que ya estoy (creo) algo mejor y puedo sentarme un rato frente al ordenador con ánimo de escribiros sin aburriros con largas filosofadas mías. En fin..., qué vida. Tengo que reconocer que te debo mucho la resolución que me ha llevado a sentarme y escribiros, gracias, sobre todo, a estas palabras: « Si te hace bien explicarte, adelante, es lo más justo, pero sabé que uno también sabe lo que es tener problemas de tiempo, y tenés tanto derecho a demorar actualizando como nosotros a demorar en leer, responder, o hasta desaparecer, sin que haya reproches de por medio… ¡Pero ni se te ocurra abandonar MDUL!! Eso sí que no te lo perdono, y entonces esos simpáticos mensajes de "presente" se pueden convertir en atomizantes e incansables mensajes recriminantes (y no es con animo de extorsionarte… ENTENDIDO?? Jejejeje)…» Espero que los mensajes amenazadores no lleguen jamás..., jeje. Bueno, sí, he de reconocer que he pensado tirar MDUL por la borda, que no sería lo único, pero he pensado que no es lo mejor, básicamente por vosotros. Cierto es que voy a recortar un poco la trama: tenía tanto MDUL en la cabeza que no le veía el final por ningún lado. Voy a meterme en el meollo del asunto y dejar que los capítulos que realmente me excitan me embriaguen de entusiasmo. De lo contrario, creo que MDUL también me llegaría a ahogar. Pero tú tranquila, que pienso seguir, con peor o mejor tino. Para ello necesito, por cierto, que me remitas una foto tuya por correo electrónico o en la web de MDUL, o bien una descripción elaborada por ti, para que pueda terminar de elaborar tu personaje. Ya sé cuándo aparecerá y cómo será (refiriéndome a su etopeya, claro está). Perdona, esto no está siendo hoy un comentario muy lógico-literario, como tú dices, pero es que la cabeza ahora mismo me está funcionando a impulsos. Espero que el personaje te guste, porque, según tengo previsto, va a ser el último que voy a agregar: ya sé cómo se cerrará MDUL. No te preocupes, todavía quedan capítulos para hartaros vosotros y para hartarme yo, pero bien. Por cierto, como comprenderás, no he tenido tiempo ni ocasión para leerme todavía tus historias, lo cual me avergüenza ya como no te puedes hacer ni una idea. No puedo decir nada que me justifique, sólo que lo siento. En cuanto a tus dudas, ahí va... Bien, a lo que te refieres del Mapa del Merodeador, si mal no recuerdo, cuando Derek pierde el mapa, asocio mi argumento con la historia verdadera de Rowling; esto es, queda en los ficheros de Filch hasta que es encontrado por los gemelos Weasley, quienes, puntualmente, se lo entregarán al joven Harry. Ésa es básicamente la historia del mapa. Lo único que necesita era que alguien lo perdiese para que acabara en los ficheros: ésa era Ken. ¿Derek H.? Jo, ya me había olvidado de ese personaje. Pues pensaba escribir un capítulo y me comía otro en el que éste era el personaje principal. Joder, que me acabo de acordar de media trama de MDUL. Perdona, es que en dos meses largos no he pensado ni siquiera en eso y se me ha olvidado la mitad. Bueno, puedo decirte que tu análisis es más que acertado (has estado muy perspicaz): ya sabes quién es su tío. En cambio, cuando empiezas a hablar de la sombra, la luz, Nathalie, aunque dices muchas cosas que, evidentemente, no te puedo negar, sí he reconocer que en otras no aciertas; pero ello es, claramente, porque todavía no he dado todas las pistas necesarias o porque, quizá, no lo expreso suficientemente bien en los capítulos para que lleguéis a las conclusiones oportunas. Bueno, también es cierto que todavía no quiero que lleguéis a descubrirlo. En cualquier caso, sí me parece muy interesante que siempre estés hablando del tiempo como leit motiv, porque ahí encontrarás una clave. Es más, el tiempo pronto se pondrá a funcionar para beneficiar al propio Remus. Bueno, hasta aquí llegan las subsanaciones de tus dudas. Cierto es que debería haberme entregado hoy a comentarios más profundos de nosotros (¡al cuerno MDUL!), de nuestra amistad y prolijas excusas por mi parte (aunque tú digas que no son necesarias), pero no me siento con fuerzas más que para realizar la parte sencilla de contestar un "review". En otra ocasión, espero, tendremos oportunidad de entablar esas maravillosas conversaciones de cierta reflexión que en otras ocasiones hemos compartido. Porque eres una persona excelente y sé que estarás ahí aunque yo desaparezca: me lo diste a entender con tu correo electrónico y no sé cómo agradecerlo, la verdad. Qué ingrato soy, la verdad. Espero que todo te vaya genial hasta que nos reencontremos, besos.

ALTHEA ELENEAR. Hola, chiquilla. ¿Cómo te encuentras? Me preguntas que de dónde saco esas ideas para escribir MDUL (por cierto, creo que colgué un árbol genealógico de Ánuldranh en la página oficial de MDUL, por si te interesa) y no sé decírtelo, la verdad. Imagino que la mía es una literatura (¿se la puede llamar literatura a esta improvisación constante?) de evasión, y me imagino un mundo paralelo, un mundo de la imaginación, un Más Allá de fantasía. ¿No te ha pasado nunca que tienes la impresión de que vives a caballo entre uno y otro? Pues a mí, con cierta frecuencia. Cada tanto estoy en un lado como en otro. Bueno, hasta hace bien poco, que di francamente el paso al mundo de la Realidad y me asusté un poquito, jeje. La verdad es que no tiene ningún mérito lo que hago, más después de ver los desplantes que os hago cada dos por tres incumpliendo las fechas de actualización... Vergüenza habría de darme. ¡Ah!, y tú tranqui, que, si lo que quieres es que salga más Benjamin, ése tiene que salir todavía rato. Hasta en el último capítulo está programado que salga ese "pedazo de carne", como tú lo llamas. Nunca pensé que algo que pudiera imaginarme yo y escribir con cierta sutileza pudiera provocar una explosión de hormonas. Espero no empaparme demasiado. Bueno, disfruta tu revolución de feromonas por Benjamin y ya me cuentas. Sigue bien y espero que tengamos la oportunidad de reanudar la conversación pronto. Un beso. P.D.: Imagino que ya has empezado las clases¿no?... Espero que te vaya bien. Lo pintabas tan mal, jeje. Por cierto, que se me olvidaba apuntar ciertas cosillas: sí, Gran Mago V.I.P. era el programa que veía Ángela, aunque en aquella ocasión no era V.I.P. (very important people). ¡Para qué veas lo que son las cosas, ella participando...! En fin, eso, espero, provocará muchas risas... Luego, por supuesto, el amiguito de Nathalie volverá a salir. ¡Faltaba más! Cogía Elena y me mataba si no. La verdad es que Nathalie y él van a hacer muy buenas migas, y hasta ahí puedo leer. Y te doy un pequeño avance, pero mantenlo en secreto: sí, el nuevo Nicked va a ser un niño. Pero chist, eh. Besos¿eh?

PIKI. Ea¿no querías que actualizara? Pues aquí estoy. Bueno, me dejo de guasas. ¿Tú cómo estás? Por mí no te preocupes, Laurita, yo estoy hecho de roble, y lo que no puede conmigo me hará más fuerte (o como sea que se diga eso). Lo cierto es que, después que tuvimos aquella pequeña oportunidad de hablar por msn, las cosas no me han ido nada mejor. Pero ¡nada, nada, nada!... Y lo peor es que no puedo hacer nada de nada contra nada de nada. Vaya, un fastidio. Pero, bueno, tiempo al tiempo y dejemos que el río siga su curso. Te agradezco mucho que te hayas preocupado mucho por mí todo este tiempo, los correos y todo eso, eres un solete que brilla en mis momentos de oscuridad. ¿Y sabes?, me ha hecho mucha gracia releer tus "reviews" en que te disculpabas inmensamente por tu retraso. Pero... ¿tú crees que hace falta?, jeje. Si yo estoy haciendo otro tanto..., Dios. Bueno¿cómo te va la vida? Por cierto, que le he comentado a Elena la idea del dibujo de Karina en plan compradora premamá, y está en fase de elaboración; la pobre está saturada ahora mismo con el instituto, pero sé que tendrá en cuenta tu idea y el día que menos nos lo esperemos llamará a mi casa diciéndome: "Mira lo que he hecho". Y yo no podré menos que poner una cara de circunstancias por lo sobrevenido del caso. Vamos, resumiendo, que me parece un buen dibujo y que seguro que lo hace. Me alegra que te gustara ese capítulo, y sí, Sirius tuvo mucho acierto (consecuencias de la abstinencia, que después se hacen las cosas con más ímpetu). En cualquier caso, todavía te queda nacer y esas cosas, aunque ya está escrito por ahí... Bueno, dejando al margen este tema¿cómo te va la vida académica? Espero que lo lleves todo limpio porque, de lo contrario, me planto con el AVE en Málaga y te doy un tirón de orejas que te meneo. No, es broma; no te lo vayas a tomar a mal. Espero que me cuentes cosas de ti, que siempre me río de tus "reviews" cargados de anécdotas. El último con todas las circunstancias de Navidad fue muy divertido. Bueno, pequeña, espero que estés bien y que nos reencontremos pronto (lo espero por mi parte, claro, jeje). Muchos besos hasta tu hermosa ciudad.

DRU. Hola, muchacha¿cómo te va la vida? Cuánto tiempo, jo, sin hablarte... Espero que no te hayas enfadado conmigo y no me hables ahora como aquella vez que viniste por Córdoba y no me avisaste (¿pensabas que se me había olvidado?... Jeje... Es broma, no te lo estoy recriminando). Bueno, en primer lugar, he de justificarme¡¡¡no veo esos programas!!!, o quizás los vea un poquito para ambientarme en estas escenas semi-costumbristas que tengo que pintar; pero eso no quita que le busque la parte graciosa al asunto para escribir un capítulo referente a ellos, a los reallities. Además, lo hago un poco en tono de mofa, vamos. Pero, en cualquier caso, si no te agrada, sé que me lo dirás, porque no te muerdes la lengua y eso es algo que me encanta de ti. Siento, por otra parte, que te haya chocado el embarazo de la madre de Helen, pero es que ¡es eso!, quería poner algo que os chocara realmente, que os dejara patidifusos. Espero haberlo conseguido, aunque, la verdad, sea un poco inverosímil que una persona se lleve cuarenta años con su hermano, como tú apuntas. Pero, al fin y al cabo, son magos¿no?, y se supone que tienen una vida más longeva. Por último, me ha encantado el análisis que les has hecho a los más pequeños de la casa: Matt, Nat y Jude, el amigo del primero. Puede adelantarte que sí, que Jude ayudara en la rebelión contra el terrible Tim Wathelpun. Pero es mucho suponer que Matt esté vivo para entonces. Creo haber dicho en alguna ocasión que uno de los principales objetivos de Wathelpun será principalmente éste, jeje. Pero no desesperes, yo también le tengo mucho cariño a Matt y no voy a dejar que le pasa nada realmente malo. Pero al dúo Matt-Jude todavía le quedan muchas cosas que pasar. Y Nathalie, bueno¿qué puedo decir de ella? Simplemente, es que es un prodigio de niña, toda una Ánuldranh, una verdadera adivina. La futura pitia, sí. No sé, sé que te sorprenderé mucho (o eso espero) con el devenir de la historia de los babies. Y lo mejor es que, en lugar de retrasarla tanto, voy a escribirla pronto para poderos dejar boquiabiertos, ansiosos, tremendamente jodidos, lo más pronto posible. Con esa esperanza guion promesa te dejo, despidiéndome con mucho cariño y deseándote todo lo mejor que se puede. Muchos besos, guapa.

ISILLE BLACK. Hola, chica. Lo cierto es que acabo de leer tu correo en el momento en que actualizo, con cierta prisa, y no puedo contestarte más por detenido, como sería mi gusto. En cualquier caso, me alegro por ti, porque por fin hayas llegado a leer todo, o casi todo, MDUL, o lo que hay de MDUL por aquí. Bueno, nada, que espero que tengamos ocasión de hablarnos pronto¿vale? Un besote enorme.

(DEDICATORIASí, hoy también hay de eso. Y os lo dedico a todos los que os habéis acercado durante estas largas semanas hasta este pequeño rinconcito donde cuelgo mis palabras. A ésos que, desesperadamente, me habéis esperado. A todos vosotros, mi pequeña familia de la Red, mis amigos harrypottérfilos, diseminados a lo largo del mundo pero que tenéis un rincón en el corazón. Y no digo esto más que porque, después de haberos contestado a cada uno de vosotros, me siento bastante mejor, y eso es porque os aprecio muchísimo. Os debo más que lo que es MDUL.)

CAPÍTULO XI (GRAN MAGO V.I.P. O UN NUEVO FUTURO PARA HOGWARTS)

–Ustedes dirán –habló Remus, que se acomodó en el asiento de su despacho, con las manos cruzadas sobre la mesa, puesta toda su atención sobre los dos hombres que tenía frente a sí, los cuales le sonreían desmedidamente.

–Verá usted, señor ministro –participó el más delgado de los dos, que resultó ser un hombre de gesto inquisitivo, mordaz, que se frotaba constantemente las manos–. Para que lo entienda perfectamente, se lo explicaremos desde el principio. Gran Mago va a tener este año su sede aquí, en Gran Bretaña.

–¡Ah! –lo interrumpió el licántropo echándose ligeramente hacia delante–. ¿Necesitan, pues, algún tipo de licencia, o cuál es el motivo de esta reunión? Hablen.

–No, no, no –contestó el otro hombre, rollizo y con cara de mazapán, riendo–. Ya hemos obtenido todos los permisos pertinentes, señor ministro.

–La razón de la reunión es muy diferente, señor ministro. Si me deja que le explique convenientemente, pronto lo entenderá –sonriéndole ásperamente–. Sabe usted, este año queríamos innovar, queríamos ofrecer a la comunidad mágica mundial un formato diferente, una edición especial de Gran Mago, algo que no hubiese visto hasta el momento. Lo debatimos largo tiempo, durante largas y numerosas reuniones, pero un día, al fin, dimos con la clave –el otro hombre le mostró un cartel publicitario que Remus tomó entre sus manos–: Gran Mago V.I.P. –exclamó el hombre gesticulando exageradamente con las manos, como si dibujase un gran rótulo en el aire–. Figúrese. Una casa con ocho very important persons, famosos ladies and gentlemen de la sociedad mágica anglosajona, encerrados juntos en un palacete con una superficie de quinientos metros cuadrados y protegido mágicamente, escondido en las Altas Tierras del Noroeste, conviviendo, compartiendo vicisitudes. Dígame, señor ministro. ¿Qué le parece?

–¿A mí? Bien, me parece bien. Pero, francamente, no sé qué tiene que ver todo eso conmigo, la verdad –reconoció.

Los dos hombres cruzaron una mirada y rieron flemáticamente.

–Verá, señor Lupin –habló el grandullón arqueando las cejas–. El objeto de esta reunión era ofrecerle la posibilidad, la magnífica oportunidad de participar en esta edición de Gran Mago. –Puso su maletín sobre el escritorio y extrajo un pergamino–. He aquí el contrato –dijo–. Puede echarle un vistazo y firmar, si gusta.

El licántropo lo tomó con dos dedos y lo acercó hasta sí riendo. No había hecho sino leer dos líneas cuando, acometido de otra risotada, abandonó su lectura.

–Disculpen mis modales –dijo ocultando tras una mano su incontrolable sonrisa picarona–. Quizá no se hayan percatado, pero, figúrense, soy el dirigente de este gran ministerio. Soy un hombre muy ocupado. Me temo que voy a tener que rechazar su generosa oferta, lo siento. No va a poder ser.

–Ya nos temíamos que iba a responder así, señor Lupin –intervino el hombre delgado, que soltó sobre el escritorio el maletín que llevaba consigo. Chasqueó los dedos y la cubierta se abrió estrepitosamente, haciendo relucir el impertérrito rostro del licántropo, que observó el contenido y a los dos hombres alternativamente–. Voilà! Imagino que esto le permitirá reconsiderar nuestra... mmm... sí, "generosa" oferta.

–Ya veo, ya veo –masculló el licántropo con gesto ambiguo. Pero, inmediatamente, adoptando una expresión seria, exclamó–¿De verdad piensan que van a doblegar mi voluntad sobornándome con su oro mágico? –introduciendo su mano entre los miles de galeones–. Mis muy señores míos –sonriendo fingidamente–¿acaso no se han percatado todavía? Soy un hombre de férrea voluntad, de principios firmes y honestidad inquebrantable. El oro es incapaz de corromperme. No voy a abandonar mi labor en el ministerio para participar en un estúpido e irrisorio programa de televisión al que sólo podrían acceder personajes patéticos y de escasos valores personales. Mi sitio está aquí, en este despacho, volcado en la gente a la que represento. Saben, es así como se construye un país. ¿O cómo creen que se protege a los individuos cambiaformas, se financia la rehabilitación de lugares públicos mágicos, se hacen campañas de conciencia sobre la inutilidad de la pureza de la sangre, se ayuda a los ciudadanos desempleados, se edifican escuelas para magos adultos o se reorganiza la economía mágica, eh? Aquí. Por ese motivo, y a fin de no provocarme más en relación a ese último punto, les rogaría que apartaran de mi vista este maletín y que, si han captado las directrices de mi mensaje, me dejen trabajar. Buenos días.

–Señor ministro, nuestra intención es firme –intervino el mago rollizo–. Pida lo que quiera y...

–¡También mi intención es firme, señor! –lo interrumpió Remus aparentando amabilidad.

–Qué fatídica desilusión para las lectoras de Corazón de bruja¿no cree, señor ministro? –participó el hombre restante riendo–. Sus seguidoras se sentirán ultrajadas.

–¿Está tratando de chantajearme, señor? –también riendo con suspicacia–. Está bien, está bien. Creo que todavía no me han entendido, lo tendré que repetir una última vez. Verán. ¡Soy el ministro de Magia, no un payaso circense! Nunca, repito¡nunca!, van a convencerme para participar en algo así. Y ahora, si no les es molestia, los llamo a la cordura y les ruego que abandonen mi despacho. De lo contrario...

–Ya hemos captado su disconformidad –habló con una media sonrisa el hombre de pie mientras recogía el maletín–. De acuerdo, pues. Aquí le dejo, no obstante, mi tarjeta. Llámeme si cambia de opinión.

Remus la recogió educadamente. Los observó respetuosamente, puesto en pie con los puños apoyados sobre su escritorio, mientras desfilaban en dirección a la puerta. Trató de tranquilizarse doblegando el agitado ritmo de su respiración. Pero no pudo. Antes de que alcanzasen la puerta, escuchó al robusto decirle al otro en un susurro:

–A este paso no vamos a encontrar a nadie dispuesto a participar en este país. David acaba de mandarme un mensaje: Harry Potter tampoco ha accedido.

–¡Y ha hecho bien! –exclamó Remus duramente–. Es un muchacho honrado que quiere pasar desapercibido. Lo más que quiere es terminar la carrera y ya está.

El hombre delgado, torciéndole el gesto, lo miró una última vez antes de cerrar la puerta tras su paso con un terrible estrépito. Remus se dejó caer sobre su asiento y, apoyando los dedos de una mano sobre los correspondientes de la otra, reclinándose hacia atrás, meditó unos segundos en silencio. Después, hablando para consigo mismo, musitó:

–¿Quién puede estar tan loco como para dejarse seducir por una patraña semejante?

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

–¡Me han seleccionado para participar en Gran Mago V.I.P.! –gritó Ángela batiendo palmas.

–¿Ésa era la noticia tan importante que tenías que darnos? –le inquirió Remus, suspicaz, acariciándose el peludo mentón mientras la observaba con el ceño fruncido.

Ángela asintió, confirmándolo. Nadie faltó que no la felicitase. Incluso Remus. Sabía que su cuñada era lo suficiente alocada como para haberse dejado arrastrar por la seductora idea de participar en Gran Mago. Recordó que, cuando la conoció, el primer aspecto de su carácter que impactó sobre el licántropo, además de su desparpajo, fue su fanatismo por el concurso aquel, aunque demostraba ser, a pesar de las excentricidades, una mujer cabal e inteligente. Los años no habían pasado en balde: habían obtenido fama y reconocimiento; tenía ante sí, qué duda cabía, a la insólita cuñada del ministro de Magia británico, y aquella mujer iba a emplear aquella baza a su favor. Se la veía tan ilusionada que Remus no apuntó nada. Lo pensó un instante y descubrió, para su sorpresa, que no sentía temor ni antipatía porque Ángela fuese a participar en Gran Mago sólo por ser pariente de él. Reconoció para sus adentros el valor de aquella mujer y se sintió orgulloso. Mientras la abrazaba, felicitándola, supo que no lo dejaría a él en ridículo o en mal lugar. Aquello le bastaba.

–Que yo no quiera participar no implica que otros no deseen hacerlo con todas sus fuerzas –musitó Remus mientras se retiraba a su asiento. Al fin y al cabo, era el sueño cumplido de Ángela.

Así pues, la noticia de que Helen había pedido temporalmente un permiso de baja en San Mungo ocupó un segundo plano. Sólo Remus y la señora Nicked parecían preocupados, pero los comentarios de Ángela no daban lugar a intervenir sobre otro tema que no fuese el que ella imponía. En consecuencia, Helen, riendo forzada, les hizo indicaciones con las manos y, entreabriendo los labios, les musitó:

–Luego os lo explico todo.

Durante los días sucesivos, la fachada de Ángela se fue llenando de periodistas a los que ésta saludaba sutilmente con la mano desde la ventana. Había saltado la noticia de que era una de las concursantes. Sorensen y Mark, apostados a varios metros de distancia de ella, se miraban extrañados entre sí, encogiéndose de hombros, y la dejaban proceder sin rechistar. Sin embargo, el bibliotecario incubaba en su interior un resquicio de temor. La mujer no había discutido con él su entrada en el programa; había respondido afirmativamente sin habérselo consultado previamente. No quería que se marchara. No quería dejarla de ver durante semanas, o meses, o fuese lo que durase su participación. Pero, ante todo, lo que Sorensen no deseaba es que su paso por Gran Mago cambiase a Ángela.

Días antes de su entrada en la casa, extrañamente tranquila, Ángela recibió al periodista que se encargaría de la filmación de su reportaje de introducción. Sorensen observó el proceso a hurtadillas, asomando los ojillos desde detrás del libro que fingía leer, hasta que Ángela y el periodista lo invitaron a intervenir. Casi tomándolo cada uno de un brazo, lo arrastraron hasta colocarlo delante del objetivo. Le explicaron que deseaban tomar algunos imágenes de él y de su hijo para incluirlas en el reportaje. Abochornado, todo enrojecido, cuando terminaron se llevó a Mark a dar un paseo. Transcurrió éste con ellos dos caminando silenciosos, puestas las miradas en el suelo, las manos hundidas en los bolsillos. Acabaron en una hamburguesería muggle, donde Mark, después de haber transcurrido un largo rato sin que mediaran palabra, le dijo a su padre con tono extrañamente maduro en el chico:

–Si le pidiésemos a mamá que no fuese al programa ese¿tú crees que nos haría caso?

Sorensen miró a su hijo con rostro sonriente.

–¿Tú tampoco quieres que mamá se vaya, verdad? –Mark cabeceó. El bibliotecario le restregó el cabello a su hijo y éste no se apartó–. No hay que pedírselo, Mark. Tu madre está muy ilusionada. Hacía mucho tiempo que no la veía así.

Días más tarde, Sorensen entró tranquilamente en el dormitorio del matrimonio, ya ocupado por su esposa. Hizo sonar delicadamente los nudillos sobre la puerta abierta y su mujer, que estaba preparando el baúl, se giró repentinamente. Le sonrió, pero él no consiguió corresponderle el gesto. En consecuencia, la mujer se aproximó hasta él y descansó su cabeza sobre su alto hombro, sin que el hombre dijera nada.

–Te voy a echar de menos –apuntó ella. Y apartando el rostro para mirarlo a los ojos–: Sé que hay algo que os pesa, pero que no me habéis querido decir.

–Tú tampoco me dijiste a mí si quería que entrases en esa casa –participó él–. ¡Tú tampoco preguntaste mi opinión!

–¿Acaso te hubieses opuesto? –le inquirió ella endureciendo el tono. Pero, relajándolo nuevamente, continuó–: Sorensen, Soren... Sabes que esto me hace ilusión. Sé lo que tiene que rondar por esa inteligente cabecita tuya –acariciándole la sien con las yemas–, pero no te preocupes. Sea lo que sea, no temas por mí. Volveré cuando suceda, antes o después, pero volveré; Gran Mago acabará. Te lo juro. –Y, como si le hubiese leído el pensamiento, agregó–: No voy a cambiar. No voy a dejar que suceda. –Antes de que el hombre la interrumpiese, ella puso un dedo sobre sus labios para silenciarlo–. No –dijo–. Yo estoy por encima de todo esto, Soren. Soy más fuerte. Pero si tú dudas... No tendré fuerzas para continuar.

–¿Me lo prometes? –le espetó él.

–¡Te lo juro! –respondió precipitadamente la mujer–. Créeme. Sólo necesito que tú tengas fe en mí. –Sorensen le regaló un tímido beso–. Sólo eso. Tú me bastas. Tú eres mi mundo. Nada, ninguna casa¡nada!, puede cambiar eso. Créeme.

La noche del estreno del programa, la familia se reunió en su integridad en casa de Remus y Helen, quienes prepararon una opípara cena. El señor Nicked, sentado cual un rey sobre el sillón principal, le ordenó a su nieto mayor que encendiese el televisor. El programa estaba a punto de dar comienzo. Mientras el resto ayudaba a poner la mesa, él observó con mal disimulado encanto la publicidad: escobas voladoras, cepillos de dientes que funcionaban de forma autónoma y perseguían a los niños que evitaban lavárselos, pantuflas ladradoras, pasaron ante sus ojos provocándole no poco estupor. Cuando la señora Nicked ya se estaba temiendo que su marido fuese a rogarle, postrado ante sus pies, que le comprase alguno de aquellos productos, apareció la entradilla del concurso, acompañada de aquella impactante música de notas graves que se le clavan a uno en la cabeza. A gritos, hizo venir a todos. Se sentaron alrededor de la televisión mientras intercambiaban impresiones.

Pero el silencio se adueñó de ellos cuando apareció el apuesto presentador, Henry Miló, que se aproximó, en silencio, desde el fondo del plató hasta la cámara. Cuando se halló a sólo unos centímetros de ésta, la señaló con un amonestador dedo índice y, contorsionando el gesto, anunció:

–Habéis esperado un largo año. ¡Gran Mago os compensa!

Con un juego de luces sobre el plató, una cámara superior mostró una imagen en picado desde los focos hasta el suelo y, reapareciendo con la toma de otra, volvió a aparecer Henry Miló, que se frotaba las manos con entusiasmo. Detrás de él tenía una ingente pantalla sobre la que se iban sucediendo imágenes de la casa, todavía vacía.

–¡He visto a tito Sorensen! –gritó Nathalie cuando apareció, fugazmente, una imagen del público.

–Gran Mago desembarca en la cuna de la magia –anunció el presentador–, en Gran Bretaña. –Comenzaron a sucederse unas imágenes cualesquiera del país, sin que por ello la voz del presentador se interrumpiese, pues siguió como voz en off–. Después del increíble éxito que recibió la edición anterior, preparada en Francia, en directo para todo el mundo presentamos: Gran Mago V.I.P. –Las veloces imágenes del país se interrumpieron, centrándose de nuevo sobre Henry, pero, principalmente, sobre las imágenes de la casa que detrás de él se estaban emitiendo–. Sobre las nubladas colinas de Escocia se asienta esta magnífica mansión: jacuzzi, sala de relajación y de musculación, piscina salada con arena importada de las aguas del Mar Negro para acondicionar la playa que se ha construido artificialmente alrededor, cocina autónoma, cuarto de baño autolimpiable y un indecible etcétera. Pero, sobre todo, lo que no puede faltar este año, como ningún otro, es el confesionario. En él podrán descubrir sus emociones y, si están muy alterados, podrán conjurar cuantos maleficios quieran sobre las paredes. Recordemos –riendo– que los hechizos no rebotan sobre las paredes sino que absorben la magia. –La cámara se volvió a centrar sobre el rostro del presentador–. Sólo ocho personas disfrutarán de todas estas condiciones. Cuatro magos, cuatro brujas y cinco gallinas descabezadas en el cobertizo que tendrán que domesticar y de cuyos huevos plateados tendrán que alimentarse durante la primera semana. ¡Comienza Gran Mago! –El señor Nicked aplaudió con las lágrimas saltadas por la euforia–. Ocho personas, sí; personas famosas, de sobrada reputación, a las que veremos precipitarse estrepitosamente o ensalzarse con la gloria de la victoria.

»Pero comencemos a introducirlas. La primera habitante es una mujer que viene desde Hogwarts y que, según ha reconocido, desea participar con gran anhelo. Reconoce que no es excesivamente famosa sino entre sus alumnos, para quienes es una guía, un ángel iluminador, una digna mentora. –El propio presentador se sonrió–. Demos un gran aplauso a Sybill Trelawney.

La cámara que iba a captar la entrada de la adivina tembló terriblemente. Al instante siguiente, el alarmado rostro de ésta apareció a sólo unos centímetros del objetivo. Al parecer, había tropezado con ella. Echó el vaho sobre el objetivo y lo frotó con el extremo de la chal mientras se disculpaba repetidamente. Caminó torpemente hasta la alta mesa que ya había ocupado el presentador y, tras inclinarse hacia adelante, se sentó frente a él, apartándose a tal efecto los dobles ropones que componían su estrafalaria falda.

–Buenas noches, Sybill. ¿Cómo se encuentra? Según me ha referido su redactora, está usted muy contenta y con gran ánimo de entrar en la casa. ¿No es así?

–Sí, sí, así es, Henry –habló con su aguda voz. Se rio de manera tan abrupta que, por un momento, todos creyeron que estaba padeciendo un estertor ahogado–. Lo que ocurre en realidad es que, como usted sabe, yo soy una gran adivina y mi Ojo Interior me ha revelado que voy a llegar muy lejos. Estoy muy ilusionada.

–¿Ah, sí? –inquirió el presentador probando a no reírse–. Perfecto, pues. Bien, bien. Metamos el vídeo introductorio de Sybill Trelawney. ¡Adelante vídeo!

Helen no dejó de menear la cabeza en todo el rato que duró la emisión del mismo. Remus estuvo casi más atento a ella que al vídeo. A pesar de las pantomimas que protagonizaba, el licántropo encontró en varios ocasiones una sincera sonrisa dibujada en los labios de su mujer. Sabía que el que Trelawney estuviera allí a ella la hacía feliz.

–Muy bien –exclamó Henry Miló al terminar el vídeo–. Ahora bien, antes de que entre en la casa, Sybill, la directiva del programa me ha pedido que discuta con usted un aspecto de su participación en directo para que quede constancia en los espectadores que ahora mismo nos están viendo. –Trelawney, para asombro del presentador, dirigió a la cámara un timorato saludo con la mano–. Qué risueña –dijo–. Lo que quería preguntarle es qué solución ha adoptado con relación a su defensor. Todos los concursantes tienen derecho a nombrar a un familiar o amigo para que venga a las galas a defenderlo. Pero usted dice no haber encontrado a nadie.

–Oh, bueno, sí, es cierto –respondió ruborizada–. He tenido muy mala suerte, la verdad. Nadie ha accedido. Casi convenzo a Firenze, un centauro que me auxilia en mis clases de Adivinación. Pero es tan borrico el pobre.

–En tal caso¿no va a defenderla nadie? –La mujer cabeceó tristemente–. En ese supuesto –apuntó el presentador dirigiéndose a la cámara–, hago un llamamiento a todos los amigos o conocidos de Sybill. Si alguien está interesado en defenderla, envíenos una lechuza al apartado de correos 666.

–¡Anímate, Helen querida! –la asaltó su madre divertida, burlándose–. ¿No era ésa compañera tuya durante la escuela?

–Sí –respondió impasible–. Pero aquí estamos todos con Ángela a muerte.

Después que intercambió unas últimas palabras con Sybill, le ofreció una pelota de goma de color rojo. Le pidió que la presionara, y, al hacerlo, la adivina se desvaneció en el plató apareciendo detrás de él, en la pantalla, dentro de la casa. La contempló unos segundos, sonriéndose, y después, volviendo a dirigirse a la cámara, anunció:

–La primera habitante de la casa ya está en su interior.

Tras un corte publicitario, presentaron al segundo: el petulante y de afectada elegancia Gilderoy Lockhart, que discurrió amaneradamente hasta la mesa que ocupaba el presentador. Se apartó su enrevesada capa para tomar asiento frente a él y, apoyando el codo contra el fino cristal de la mesa, apoyó sobre su mano el mentón adoptando una expresión de póquer. La entrevista esta fue más extensa que la de Sybill, pues Henry Miló se interesó por el reciente estado de convalecencia de Lockhart. Pero éste, sabiamente, se guardó de revelar por qué le fue causado, es decir, su malparado ataque contra Ron y Harry o su hipócrita vida fingida; lo más que apuntó fue: «He cambiado. En mí eso es decir mucho.»

Cuando hubo entrado, el presentador se llevó una mano al oído izquierdo, presionándolo. Estaba prestando atención a lo que le anunciaban por el pinganillo, pues en seguida él mismo apuntó:

–Me están comunicando... Sí. Me están comunicando que el tercer habitante está a punto de llegar. ¡Conectamos con la casa!

La imagen que apareció a continuación secuenciaba una imagen del exterior. La noche era cerrada, ni luna siquiera había, pero las estrellas destilaban débilmente entre la tierna espesura. De pronto apareció un par de magos, varitas en mano, que señalaban al cielo con inquietud. Se activó el zoom de la cámara, dirigiendo el objetivo de ésta hacia el firmamento. Inmediatamente lo captó: una figura que planeaba entre las luciérnagas del espacio, describiendo vaivenes. Parecía un hombre montado sobre una escoba, como pronto se demostró al aproximarse a una velocidad terrible. Aterrizó magníficamente junto a los dos hombres ya dichos, a quienes les entregó la escoba, y se aproximó hacia la casa de Gran Mago, que consiguió captar la cámara al girarse en redondo, siguiendo al hombre.

–Es un volador estupendo –prosiguió hablando el presentador en tanto estas imágenes se emitían–. Aunque durante su corta carrera como jugador profesional ha pasado por diferentes equipos, actualmente guarda los postes del Liverpool Quidditch Team. Ha obtenido el récord de imbatibilidad de la liga británica: trece partidos consecutivos sin dejar que la quaffle penetre por ninguno de sus aros de gol. Ha recibido numerosos premios a pesar de su corta edad: destaca la Escoba de Oro durante el campeonato nacional del año anterior. ¡Ahí está!, ya viene. ¿Lo ven? Dios mío, he de reconocerles que el pecho me está latiendo como desbocado. Me confieso seguidor de ese muchacho, un talento preclaro. He de advertirles que ha accedido a participar en el concurso siempre y cuando pueda continuar sus entrenamientos; por tal motivo, hemos acondicionado en el jardín un espacio a tal efecto. Será el único habitante que podrá disponer de una escoba voladora, como ya saben nuestros seguidores, un objeto prohibido por nuestro reglamento. ¡Ahí viene!, ya llega, sí. Mírenlo bien, señores, es Oliver Wood. Apláudanlo, apláudanlo, sí señor. John, hágalo parar. ¡Párelo! –El cámara corrió hacia Wood y, rozándole el hombro, éste se volvió hacia la cámara–. Denle un auricular para que pueda hacerle unas preguntas. Gracias. Buenas noches, Oliver. Ni te puedes imaginar el placer que representa para mí poder mantener estas palabras contigo.

–Gracias, Henry –respondió halagado Wood–. Para mí también es un placer.

–¿Cómo te encuentras, Oliver? –le preguntó.

–Bastante nervioso, a decir verdad –confesó–. Pero, bueno, supongo que es normal. Espero conectar con mis compañeros y que todo marche bien. No he tenido ni la posibilidad de saber todavía quiénes son. He estado fuera hasta ahora y no he recibido ningún tipo de información.

–Mejor así. Lo dicho, Oliver, un placer. Estaremos muy pendientes de tu participación y yo, francamente, te deseo mucha suerte. Nos veremos todos los jueves a partir de ahora cuando conecte con la casa durante las galas. Ánimo.

Wood se despidió e internó en la casa por la puerta principal. Los dos magos que lo seguían bloquearon la puerta tras su paso y la imagen volvió a centrarse sobre Henry Miló, que sonreía complacido.

–Un chico fantástico, la verdad. Bueno, sigamos. Antes de entrevistar a la siguiente concursante, una colega que parece haber abandonado temporalmente la profesión, les recuerdo que seguimos adscritos a la campaña solidaria "Una comunidad mágica sin humos, un ambiente menos perruno". Recuérdenlo: fumar mata. Corten con el tabaco. Vamos a seguir administrando ayuda profesional a los habitantes que lo soliciten para dejar de fumar. Así, quizá, a nuestra siguiente concursante, que se reconoce adicta a la pipa de bosques foráneos. Como les he anunciado ya, se trata de una colega retirada, o al menos así se cataloga ella misma. Hasta hace poco, su hiriente pluma, o vuelapluma, que era el útil de escritura que empleaba, provocaba heridas que difícilmente cicatrizaban entre la sociedad mágica de este país. Algunos de los personajes sociales que han terminado por desfallecer entre sus terribles dedos, entre otros, son el célebre Harry Potter, el exministro de Magia Cornelius Fudge, del que hablaremos a continuación, y el fallecido Alastor Moody, al que criticó duramente durante la década de los noventa. Ahora, en cambio, según reconoce ella misma, como veremos en su vídeo de presentación, ha depuesto la pluma periodística sustituyéndola por la creativa. Las principales librerías del mundo mágico ya anuncian la pronta publicación de su primera novela, Un escarabajo, un problema "pelotero", en el que reconoce haber vertido gran cantidad de vivencias autobiográficas. A pesar de que todavía no ha salido a la venta, mediante reservas, ya se ha vendido la primera edición completamente en Gran Bretaña, Australia y Japón, y promete ser el título más exitoso de la gama novelística romántica. Quizá muchos de ustedes ya hayan descubierto a quién me refiero. ¿Verdad? Por favor, que pase a plató mi antigua compañera y amiga Rita Skeeter.

Después de entrevistarla, dio paso a algunos anuncios publicitarios. Una vez hubieron acabado, Henry Miló presentó a Ludo Bagman, que entró precipitadamente en la casa tras una breve entrevista. La enorme pantalla detrás del presentador proyectó a continuación la imagen de un globo aerostático que descendía lentamente. La bolsa de aire concentrado reproducía en su superficie los colores de la bandera británica.

–El hombre que viaja en el interior del globo, concursante evidentemente, no sabe que está a punto de coincidir con una antigua amiga. Pero eso sucederá cuando llegue a tierra. Hasta entonces... Bueno, lo cierto es que este hombre no necesita presentaciones, ni mucho menos para los espectadores de Gran Bretaña. Toda la comunidad mágica lo conoce.

A Remus se le descolgó de la impresión la mandíbula al descubrir que quien protagonizaba el vídeo siguiente era nada menos que Cornelius Fudge, uno de los integrantes de su Consejo de Sabios. Su antecesor no lo había advertido de su inmediata incorporación al concurso. Tendría que buscarle un sustituto para las sucesivas reuniones del Consejo. Pero lo que más afectado dejó al licántropo fue las repetidas menciones que Fudge hacía de él: «Remus Lupin no sería nada sin mí. Yo lo lancé al estrellato político y le enseñé cuanto sabe.» «Yo descubrí a Remus Lupin. Hasta que cayó en mis manos, era un hombre sin ideas, sin empleo y sin futuro. No puede olvidar que yo lo nombré candidato de mi partido progresista.»

–Será imbécil –masculló Remus con el puño en alto–. ¿Que yo era un hombre sin ideas, sin futuro? Espera tú si no voy y le hago alguna visitilla a Ángela para, ya de paso, darle un par de coscorrones a ese tarugo descerebrado. Vale que me convenció para aceptar su propuesta, pero ni le debo nada ni le tengo nada que agradecer. Será...

–¡Remusín!... –le advirtió su esposa–. Que están los niños delante.

El globo tocó tierra. Vestido con un traje ridículamente ampuloso y tocado con un sombrero estúpido, Fudge solicitó ayuda para bajar de la cesta de grueso mimbre que lo había portado. Se detuvo ante la cámara con afectada pose y saludó con la mano sonriendo fingidamente.

–Señor Fudge. ¡Señor Fudge! –gritó el presentador tratando de hacerse oír con aquél a través de la conexión auditiva. Cuando el interpelado respondió, estalló un tímido aplauso por parte del público del plató que Cornelius recibió exaltado, realizando numerosas inclinaciones de torso–. Bienvenido a Gran Mago. Mire a su izquierda. ¿La ve¿Qué le parece la casa que hemos construido este año? –La repuesta fue tan aduladora que Remus, empalagado, decidió levantarse para recoger la mesa–. Me alegro de su entusiasmo, señor Fudge. ¡Espere, espere! Antes de entrar, por favor, queríamos entregarle un regalo.

–¿Para mí? –exclamó con falsa humildad–. No tenían por qué molestarse.

–Teníamos, teníamos. –Colocaron junto a Fudge una caja de madera de aproximadamente su altura, de medio metro de anchura. Le pidieron que la abriera a golpe de varita y mostrase su contenido a la cámara; un contenido, le advirtieron, que tendría una indecible trascendencia con relación a los acontecimientos futuros en la casa. El mago, adoptando una incómoda postura, alcanzó con un conjuro la tabla que hacía de tapa y ésta cayó. Una mujer de aspecto desagradable, gesto mohíno, peinado estrafalario, vestimenta pomposa, salió del interior–. ¡Dolores Umbridge! –desveló por fin el presentador. Un nuevo aplauso desganado arreció por parte del plató mientras la fea mujer se tocaba la punta de los pies con la nariz al inclinarse para saludar. Remus apareció corriendo desde la cocina y se detuvo boquiabierto frente a la pantalla del televisor–. Bienvenida a usted también, Umbridge. Según me han informado mis redactores, hace al menos dos años que ustedes dos no se ven. ¿No es así?

–Así es –respondió nerviosamente Fudge–. Desde mi dimisión y... su despido.

–En tal caso –prosiguió el presentador–, estarían deseosos de reencontrarse. Hagan el favor de brindarles a nuestras cámaras la cariñosa imagen de un abrazo.

Aunque a regañadientes, el hombre y la mujer se aproximaron el uno hacia el otro y se dejaron tocar por los livianos brazos del contrario. Pero a Remus no le pareció tan afectuoso como era de esperar.

–Perfecto, pues –exclamó vivazmente el presentador–. Ahora pueden entrar juntos en la casa. Espero volverlos a ver lo más tarde posible, que será síntoma de que han obtenido una alta posición. Mucha suerte y ánimo a ambos. –La imagen captó la estampa de los dos marchando en dirección a la puerta, silenciosos y sin dirigirse la palabra–. Un extraño dúo, sí señor. Pero, si me permiten opinar, mucho más peculiar es nuestra siguiente y última invitada, cuya identidad no debe suponer una incógnita para casi nadie. A pesar del celo con que hemos ocultado los nombres de los concursantes, se ha filtrado la noticia de que Ángela Fosworth sería una de ellos. –Tomó entre sus manos y enseñó a cámara las portadas de algunas publicaciones periódicas, en las que figuraban títulos como: «La cuñada del ministro desnudará su alma en televisión», «Ángela F., la última del clan lupino en ganar su fama» o «¡Ángela Fosworth!, el estandarte licántropo en televisión», que tenía por subtítulo «¿Publicidad subliminal en favor del ministro?»–. ¿Qué le parece toda esta publicidad en torno a usted, Ángela?

Se había acercado un instante antes de formular aquella pregunta a su mesa de entrevistas, donde ya estaba cómodamente sentada Ángela, que sonrió complacida a los aplausos que, en seguida, también se le ofrecieron a ella. Se inclinó ligeramente hacia delante para responder.

–Pues puede hacerse una idea: desbordada... La verdad es que una no está acostumbrada a este despliegue mediático. He acompañado en ocasiones a mi cuñado, el ministro de Magia y el segundo mago más atractivo de Gran Bretaña según Corazón de Bruja, del que estoy muy orgullosa, por cierto, pero nunca es lo mismo. Piensas que esa presión no va contigo y que mañana, estés donde estés, a ti no te fotografiarán.

–Bueno, pero ¿sabe que eso va a cambiar completamente a partir de ahora, no¿Es consciente de todo eso, verdad? –le preguntó.

–Sí, lo soy. Pero, a decir verdad, no me molesta mucho. Sabré ponerme en mi sitio.

–¿Es consciente también de que es la concursante menos conocida¿Cree que eso puede afectarle de alguna manera de cara a la decisión semanal del público?

–Puede ser... Quizá la audiencia todavía no me conozca mucho, pero dudo que en otros países que no sea Gran Bretaña los demás sean muy conocidos.

–Según tengo entendido¿todavía no sabe quiénes son sus compañeros, cierto?

–Sí, así es. Me han tenido encerrada en una sala de espera hasta ahora. Sólo he podido ver a Cornelius Fudge y a Umbridge. –Involuntariamente, la expresión se le contorsionó al pronunciar aquel nombre–. Prefiero no opinar sobre ellos dos todavía.

–¿Qué opina si le digo –consultando su carpeta– que sus otros compañeros son Oliver Wood, Gilderoy Lockhart, Rita Skeeter, Ludo Bagman y Sybill Trelawney?

–¿Sybill Trelawney? –repitió al tiempo que estallaba en una sonora carcajada–. Mi sobrina se tiene que estar desternillando delante del televisor. Tú tranquila, cariño –dirigiéndose a la cámara–, que a ésa le vamos a dar para el pelo. ¡Ánimo! Es que fueron condiscípulas en Hogwarts, sabe. Hay mucho rencor si se escarba por ahí.

–Bien. Para que la conozcan un poco mejor aquéllos que no saben nada de usted, hemos preparado un excelente vídeo de presentación que dejará cualquier intriga satisfecha. ¡Adelante vídeo!

La primera imagen de que constaba éste era la del rostro de la propia Ángela, enfocado a bastante distancia. «–Mi nombre es Ángela Carney, pero, a raíz de que me he casado con un hombre maravilloso, la burocracia insiste en hacerme llamar Ángela Fosworth. Tengo 51 años y soy Escorpio. En la convivencia me considero una mujer madura, tolerante y arriesgada, pero no dudo que en la casa salga mi otro yo: gritona, malhumorada y esquizofrénica. Me gusta que las cosas estén en su sitio y que me dejen en paz cuando lo pido. Puedo llegarme a enfadar con bastante frecuencia si no me siento a gusto.» A continuación, Ángela, tomando el sol sobre una tumbona en la playa, dejó la revista que fingía leer y habló hacia la cámara: «–Me eduqué en los Estados Unidos de América, pero me considero totalmente anglosajona. Hasta contraer matrimonio con mi primer marido, trabajaba como cazadora de criaturas mágicas silvestres de importantes propiedades mágicas. Soy una experta.» Cogió un cangrejo de extraña apariencia que pasaba en esos momentos justo a su lado y dijo: «–¿Lo veis?, esto es un cangrejo de fuego, poseedor de un caparazón muy valioso.» Y lo tiró hacia atrás, cayéndole a una mujer gruesa que también trataba de broncearse, a quien el crustáceo no dudó en atravesarle la nariz con sus fieras pinzas. La imagen siguiente, según reconoció inmediatamente Remus, se debió de filmar en el jardín de la casa de Ángela. Había dicho allí ésta: «–La homosexualidad no es una enfermedad, aunque tiene cura: yo. Mi marido era gay cuando yo lo conocí.» La imagen siguiente había tomado a un Sorensen serio, impertérrito, encogido de hombros delante del objetivo sin saber qué decir. Sonrió trabajosamente.

–¿Qué? –gritó Mark, que se había quedado a cenar en casa de sus tíos.

Matt se rio de él. No le importaba que su tío hubiese sido antes homosexual, ni le molestaba tampoco; pero le agradaba tener una sola razón para poder molestar a su primo. Su madre, no obstante, lo regañó. Mark, sin embargo, quería obtener una respuesta y, medio inundados los ojos de lágrimas, la reclamó gritando.

–¿Quiere lanzarle alguien a ese niño un maleficio para que se calle? –protestó el señor Nicked, terriblemente enojado.

–Calla, insensible muggle –lo regañó a su vez a él la señora Nicked–. Deja al pobre, que se ha llevado una fuerte impresión. Y tráeme otra tarrina de chocolate, que con ésta no me he saciado.

–Sí, eso llevas diciendo desde la cuarta –discutió mientras se levantaba–. Y a mí sí me lanzabais maleficios de ésos antes. No es justo. O todos moros, o todos cristianos, que desde que te ha renacido la vena maternal esa...

La explicación de Ángela siguió así: «Pero lo cambié: me conoció y se enamoró de mí. Y yo sé que ahora sólo tiene ojos para mí. He sido su remedio de amor, su poción de deseo. Fruto de nuestra unión es nuestro hijo, Mark.» La imagen siguiente captaba a éste tumbado sobre su cama, jugando con su Scalextric, sobre el que planeaba una escoba tan apáticamente como él se hallaba. Al girarse y descubrir la cámara sobre él, se levantó de un salto y, gritándole, lo amenazó con el mando para que lo dejase en paz. «–Es un poco pillo», reconoció su madre riendo.

Así acababa el vídeo de presentación.

–Antes de que termine la entrevista, Henry¿le importaría que mandase un mensaje? –le preguntó Ángela con una franca sonrisa.

–No, por supuesto que puede. Iba a presentar a su defensor en plató, su marido Sorensen, pero puede mandar el mensaje ese. ¿Un saludo a la familia, imagino?

–No exactamente –contestó misteriosamente–. Esta más bien dirigido a un amigo. ¿Cuál es mi cámara? Ah, gracias. –Ésta la captó con exactitud al prolongar el zoom–. ¿Tacos no se pueden decir en televisión, no es así? –El presentador cabeceó anonadado, asustado de lo que aquella mujer podría decir–. Bien –ajustando un dedo amenazador por delante de su furibunda mirada–, ten muy clarito esto, Tim Wathelpun de los co... córcholis. Sabemos que estás por ahí, escondido, temiendo todavía dar la cara. Y más te vale seguir así. Te aseguro que, como se te ocurra levantar tan siquiera las cejas, una horda de aurores del ministerio se te va a echar encima y te van a despellejar ¡vivo! Mi cuñado está haciendo lo imposible para encontrarte y meterte en prisión antes de que hagas esas... ¡marranadas! que mi sobrina ha visto porque es una privilegiada. Así que... ¡tenlo muy claro!, guárdate de aparecer por aquí o yo misma te meteré una patada en el... ¡pompis! Sabe –dirigiéndose al atónito presentador–, es que mi hijo puede estar viendo esto. –Y prosiguiendo–: Una patada en el pompis, decía, con la que te mandó a Saturno cuanto menos. Mmm... ¡Cochino!... Ya está.

–Vaya, qué fastidio –exclamó Benjamin arrojando un par de galeones sobre la mesa–. He perdido la apuesta. No creía que Ángela fuese a ser capaz de decirlo. Remus, creo que vas a tener una excelente relaciones públicas en Ángela.

–Y espera que no diga también «me voy a mear en las bragas de la ilusión» cuando entre en la casa, como ha prometido –intervino la señora Nicked.

–Ge... genial –tartamudeó el presentador, incómodo–. Extraña relación la que tiene usted con sus amigos.

No excesivamente trascendente fue la restante entrevista que mantuviera con Ángela ni tampoco su entrada en la casa, durante la cual ya protagonizó algún encontronazo con Dolores y Trelawney; encontronazos que darán mucha materia de la que hablar en hechos sucesivos. Baste ahora quedarnos con la conversación que mantuvieron el desdichado Mark y el cómico señor Nicked. Éste halló a aquél llorando desconsoladamente sobre los primeros escalones que conducían al piso alto cuando salió con la tarrina para dársela a su mujer. Iba refunfuñando que era la última y que, si quería más, las pintara, porque él no pensaba volver a ir al supermercado de la esquina, que abría ininterrumpidamente.

–¿Qué te pasa, Markitos? –le preguntó entrañablemente el señor Nicked mientras le acariciaba el cabello–. ¿Por qué estás enfadado?

–¡No me toques! –golpeándole para que dejase de acariciarlo–. Déjame en paz.

El muggle se sentó a su lado, cómicamente sobre un escalón con las piernas encogidas. Le dijo:

–Sé que lo que acabas de descubrir te ha... traumatizado, pero no debes dejarte arrastrar por las primeras impresiones. Tu padre es un hombre de los pies a la cabeza. Y, aunque hubiese sido mariquita en el pasado¿qué hay de malo en eso? No te tortures por eso ni lo tortures a él. Se dio cuenta de su error al conocer a tu madre, y tú naciste de ese encuentro. Creo que sólo eso es ya suficientemente significativo¿no lo crees? Como ha dicho tu madre en el vídeo, tú eres el fruto de su amor, un amor sincero y correcto que no conoce de pasados o pesares. No seas lelo, Markitos, y deja de llorar. Los niños-hombres como tú no lloran. –Le enjugó las lágrimas y el chico se dejó hacer.

–Perdóname –le susurró el chiquillo.

–¿Qué has dicho? –le inquirió el muggle sorprendido.

–Que me perdones –musitó con el gesto torcido–. Por golpearte. Lo siento.

–No te preocupes, chaval. Tu tío es fuerte como un roble e inquebrantable como una muralla. ¡Qué chaval! Nunca te había escuchado disculparte por nada. Te has ganado algo y como sé que no eres de besos... A ver, a ver, qué te doy. ¡Ah, sí!, toma. –Le tendió la tarrina–. Cómetela. Le diré a mi señora que no he encontrado más o que se las ha comido Alby. Algo inventaré. Al fin y al cabo, tarde o temprano por algo me iba a tener que regañar.

–Gracias –exclamó contento tirando del plástico para abrirla.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Como se percató inmediatamente Matt, toda la escuela se había hecho eco de la entrada de Trelawney en la casa de Gran Mago; se había convertido en el tema principal de todas las conversaciones. Mientras caminaba por el estrecho pasillo del expreso de Hogwarts, sus oídos no dejaban de procesar comentarios al respecto. Incluso hubo un chico de sexto de Hufflepuff que, tomándolo del brazo, lo paró en seco y le preguntó:

–Oye. ¿Tú no eres el sobrino de esa tal Ángela Fosworth?

Respondió entrecortadamente y, acelerando el paso, se alejó de allí volviendo de tanto en tanto la vista atrás. Al llegar a su vagón, abrió la puerta bruscamente y se dejó caer al lado de Jude. Se quitó la túnica quedándose en manga de camisa. Además de Jude, los otros tres chicos que estaban con ellos, Richard Goldman, Michael Frizoll y Adrien Benton, lo miraban inquisitivos.

–La mujer del carrito ya no va a venir más –comunicó. Aquella había sido la razón por la que había recorrido todo el expreso hasta la cabina del conductor–. Esto es lo más que he podido conseguiros –indicó sacándose de los bolsillos unos puñados considerables de productos varios–. No tenía más y ha dicho que no iba a reponer.

–Es una rácana –exclamó Michael mientras se inclinaba hacia Matt para tomar su parte–. Tal vez sea hora de lanzarle otro maleficio cuando esté vuelta de espaldas¿no te parece, Ricky? –haciéndole provocativos gestos con las cejas a éste.

–En el tren no se habla de otra cosa que lo de Trelawney –dijo Matt.

–A mí eso ni me va ni me viene –torció el gesto Richard–. Es una chiflada. No sé cómo habéis tenido estómago suficiente para apuntaros a su asignatura.

–¿Tengo que recordarte que yo también presiento cosas? –le espetó Matt–. Si es en su clase donde puedo perfeccionar un poco mi poder, bienvenida sea.

–¿Quién creéis que enseñará ahora esa asignatura? –inquirió Adrien, un chico que portaba unas gruesas gafas, sin mirar a nadie en concreto.

–Según tengo entendido, no la daba Trelawney sola –le respondió Jude mientras Richard y Michael se desternillaban señalando algo que había llamado su atención por la ventanilla–. Hay también un centauro que se encarga de administrarla. Firenze, creo.

Matt asintió vehemente en señal de afirmación.

–Oye, Matt¿y qué clase de cosas eres capaz de hacer con ese poder tuyo? –le preguntó Michael sin perder todavía la sonrisa de sus labios.

–Presiento cosas –musitó–. Intuyo lo que va a ocurrir a veces. Pero no mola.

–¡Deja eso! –exclamó Richard propinándole un codazo juguetón en el costado a Michael, el único que compartía asiento con él–. Su otro poder es más interesante. El año pasado consiguió levitarle las gafas a McGonagall y ésta no se enteró de quién había sido¿recuerdas? –Todos rieron–. ¿Has progresado este verano, Matt?

–Pues... no lo sé –reconoció encogiéndose de hombros–. Hasta el año pasado sólo era capaz de levitar libros. No he tenido la oportunidad de practicar en casa; de lo contrario, me habrían expulsado.

–Y a punto ha estado –musitó riendo Jude, compartiendo una cómplice mirada.

–Pero ahora sí puedes –continuó Richard–. Ten. –Le tendió la copa vacía de Adrien, que, aunque no rechistó, abrió la boca para tapársela a continuación, asustado–. Veamos si no has perdido tus reflejos. Estoy deseando que seas capaz de levitar a la señora Norris con sólo mirarla. Así, Filch no se dará ni cuenta y no nos castigará.

–Este año podremos hacer más que eso –apuntó Jude con el pensamiento puesto sobre el Mapa del Merodeador, convenientemente guardado en el baúl de Matt.

Se hizo el silencio cuando Matt tomó la copa y la puso sobre la palma de su mano. Concentrándose, apretó sus facciones, entrecerró los ojos, arrugó el ceño. Pero la copa no tardó en girar sobre sí misma, flotando en el aire, delante de su rostro. Sus cuatro expectantes amigos lo aplaudieron. Sin embargo, Matt no relajó la expresión. La copa seguía girando ante su atenta mirada, cada vez más deprisa, tanto y tanto, que la luz proyectada sobre el vidrio describía sobre las paredes atemorizadores relámpagos de colores. Interpuso entre el objeto y sus ojos su mano derecha, sobre la que sintió el peso del cuerpo flotante. Nada más lo hubo hecho, la copa se deshizo quedando convertida a nada más que cristal líquido, informe. Los cuatro chicos dejaron escapar un grito de sorpresa. Matt, sonriendo satisfecho, perdió la concentración, y el vidrio sin forma se precipitó contra el suelo, haciéndose añicos.

–¿Cómo has hecho eso? –le inquirió Richard contemplando atónito tanto al chico frente a él como los pedazos que su acción había ocasionado–. Progresas día a día, joder, chaval. ¿Os la imagináis, a la Señora Norris como sacada de una batidora?

–¿No estaréis insinuando que empleemos su poder para eso, no? –le espetó Jude encarándole–. Es peligroso. Matt debería tener cuidado con ese poder.

Las prevenciones del muchacho fueron rápidamente ignoradas, incluso por Matt, que se sentía atraído por su nueva capacidad. Ninguno se dio cuenta de que Jude, visiblemente contrariado, fruncido el ceño, observaba con desdén nada en concreto a través de la ventanilla; los demás siguieron vitoreando a Matt por largo rato, y durante más aún hubieran proseguido de no ser porque el tren se detuvo y las voces de los prefectos los obligaron a bajar. Aunque todos los demás recogieron muy deprisa, Matt se quedó a esperar a su amigo Jude, que tiraba pesadamente de su baúl. Como viese que lo aguardaba, le sonrió. De ningún modo estaba enojado con él.

Por segundo año consecutivo, Matt se montó en uno de aquellos tenebrosos carruajes que parecían discurrir autónomamente. En el mismo momento en que cruzaron la verja de la escuela, nerviosos, sacaron el Mapa del Merodeador y, con gran asombro, observaron cientos de motas con nombres avanzar por el largo camino principal. Otro buen puñado serpenteaba sobre la superficie del lago. Entre exclamaciones de júbilo y emoción, descubrieron a McGonagall todavía en su despacho, a Hagrid cabeceando la compañía que surcaba las negras aguas, a Filch junto a su adorada gata frente a la puerta principal, ante las escaleras, etc. Si hubiesen seguido observando atentamente el pergamino, hubiesen descubierto que en el Gran Comedor ocurría algo anómalo: aparecía una mota de la que, en un principio, cabría decir que aquél no era su lugar.

Aquel año, como Matt descubriría en seguida al subir las escalinatas de acceso al ala principal del castillo, le depararía una doble y mortificante sorpresa.

Los alumnos, describiendo lo que parecían remolinos al entrar, se sentaron precipitadamente sobre las mesas de sus correspondientes casas. Matt estaba hambriento. Apenas tuvo lugar a pensar en otra cosa que en lo que le rugían las tripas. Sin embargo, su amigo Jude lo sacó de aquellos pensamientos cuando le propinó un seco golpe con el codo. Señalaba la mesa de los profesores, pero, como estaban sentados en los bancos más alejados, no conseguía ver bien y entrecerraba los ojos para agudizar su vista. Mirando hacia donde él, lo escuchó preguntar:

–¿Aquélla... Aquélla no es tu madre?

La nítida vista lobuna heredada de su padre consiguió apreciar claramente lo que a él le pasaba desapercibido o borroso. En efecto, su madre estaba sentada junto a Sirius, con el que charlaba animosamente, ignorando las intempestivas miradas que, frecuentemente, le lanzaba Snape. Boquiabierto, los ojos abiertos como platos, pronunció sin ningún empeño deíctico sino meramente exclamativo:

–¡Ay, mi madre¿Qué demonios hace ella aquí? –estalló a continuación–. ¿Para qué diantre ha venido¿Qué se propone, dejarme en ridículo? Jude, pellízcame. Jo... ¿Qué hace aquí?, dime.

–Muy sencillo, imagino –respondió su amigo–. Sustituir a Trelawney.

–¿Sustituir ­­a Trelawney? –repitió–. ¡Genial!... Encima va a darme clase.

La adivina se percató de que su hijo estaba ya sentado bajo el estandarte de Ravenclaw y que la había descubierto a ella, con lo que, ignorando por un momento la conversación de Sirius, levantó la mano para saludarlo. Después se giró en redondo e intercambió una cruda mirada con Severus. La mujer frunció el entrecejo y se volvió.

Matt, con los codos apoyados sobre la mesa y la barbilla sobre las manos, se pasó toda la ceremonia de Selección meditabundo y angustiado, el apetito ya perdido por completo. Paulatinamente, comenzaba a digerir que, con su madre dentro de los muros de la escuela, sería incapaz de emplear el Mapa del Merodeador o cometer cualquier travesura similar, entre otras cosas. Aunque en ningún momento había contemplado realizarle aquella bárbara sesión de tortura a la Señora Norris, llegó a sentir pena de no poder hacer ni siquiera aquello.

Tan profundamente hundido estaba en aquellas reflexiones, que no se percató de que había terminado la ceremonia, el Sombrero había sido retirado y la directora McGonagall se había puesto en pie, después que Severus, que desempeñaba su antiguo cargo como subdirector, retiraba el taburete. A tal efecto, Jude hubo de propinarle otro codazo, pues su amigo era el único que, en lugar de tener la vista puesta sobre la mesa de los profesores, la tenía vencida sobre su vacío cuenco de porcelana. Creyó que la señora Lupin se había percatado, por lo que trató de sonreír con dulzura, con inocencia.

–Bienvenidos, alumnos todos de Hogwarts, a un año más de vuestra educación mágica –habló la directora, a la que el cargo le había conferido un extraño aura de potestad–. El castillo os recibe a todos con los brazos abiertos, nuevos y antiguos, óptimos para el aprendizaje o desastrosos traviesos. Sed bienvenidos. Antes de que dé inicio el magnífico banquete, he de dar parte sobre dos noticias de importante y general consideración. La primera, como todos sabréis ya sobradamente, tiene relación con la profesora Sybill Trelawney, que ha abandonado momentáneamente la docencia para encargarse de labores... menos pedagógicas. Aunque Firenze asumió la responsabilidad de encargarse él solo de la impartición de la asignatura de Adivinación, antes de lo que la dirección de esta escuela creyó posible encontramos una sustituta ejemplar. Ruego deis vuestra más gentil bienvenida a Helen Lupin, la mujer del ministro de Magia, quien se ha tomado la molestia de pedir una baja temporal en San Mungo, donde trabaja, para suplir la... importuna carencia que las vacaciones de la profesora Trelawney han provocado. –Cuando el aplauso se hizo más débil, la profesora McGonagall, que no se había sentado, esperando, volvió a intervenir–: No obstante, estimados alumnos, no es ésa la única baja que se ha producido en esta mesa, y me temo que la que estoy a punto de comunicar es, muy al contrario que la otra, definitiva. La señora Hooch, mal que nos pese a todos, va a abandonar la docencia para encargarse del cuidado de sus cuatro hijos y dos nietos, de manera que hemos tenido que hallar rápidamente un sustituto para las clases de Vuelo de primero, la optativa Claves para Sobrevivir a un Vuelo ante Condiciones Inestables ofertada en séptimo y el arbitraje de los partidos de quidditch. Por desgracia, me temo que se retrasa.

Las dobles puertas del Gran Comedor se abrieron contundentemente.

–Si se está refiriendo a mí, señora McGonagall, le ruego perdón. ¡Mil perdones! –dijo la recién llegada, que dejó a todos los chicos con las miradas presas de su belleza–. Casi he tenido un accidente viniendo volando hasta aquí. Maldigo al que se le ocurrió la dichosa idea de plantar ese condenado Sauce Boxeador.

Matt se deslizó repentinamente de su banco cayendo de espaldas contra el frío suelo de piedra. A nadie pasó inadvertida su caída, ni a éste las risas. Jude lo ayudó a levantarse y a sacudirse el polvo de la túnica.

–No creo que sea hora de maldecir a Albus Dumbledore. Su influencia todavía pesa en muchos de los corazones de los aquí presentes, señorita Tonks.

Nymphadora Tonks, que ya había alcanzado la mesa de los profesores, se sonrojó frente a McGonagall, que, en lugar de apuntar nada en su contra, la colocó justo a su lado y, dirigiéndose hacia los estudiantes, les habló:

–Rápidamente advertida de la baja de la señora Hooch por el profesor Black, la profesora Tonks dimitió de su puesto de aurora para el ministerio de Magia. Ruego un elocuente aplauso por ella.

Los chicos habían quedado tan impresionados de su aspecto físico que ni cuenta siquiera se habían dado de que ni la habían aplaudido tan siquiera. Lo hicieron con tal ánimo y energía que el sonrojo de Matt, que no había pasado inadvertido para Jude, pasó a un segundo plano.

–Ahora sí que no voy a consentir que nadie me arrebate el puesto de guardián este año –susurró Michael al oído de Richard, que se sonrió malicioso.

Al término del banquete, Jude y Matt, seguidos de cerca por Adrien, que no quería quedarse solo con Michael y Richard, abandonaron el Gran Comedor con dirección a sus doseles en la torre de Ravenclaw. Jude no dejaba de instigarle a su amigo Matt para que le confesase si era aquélla realmente la Tonks de la que él no dejaba de hablarle. El chico, cansado al fin, se volvió para encararlo y, gritándole, le respondió que sí.

–¿Estás bien, Matt? –le preguntó Adrien mientras Jude le echaba un brazo por encima del hombro.

–Sí, perfectamente –ironizó–. Mi madre va a darme Adivinación y Tonks va a arbitrar los partidos de quidditch. Si consigo que el corazón no se me desboque y pueda parar alguna quaffle me sentiré perfectamente. Hasta entonces no. Pero ¿qué digo?, si ni siquiera soy todavía guardián. Ahora sí que no voy a conseguirlo: estaré muy nervioso.

Al mismo tiempo que Matt abandonaba el Gran Comedor por la puerta principal, su madre abandonaba la mesa de los profesores y salía por la puerta trasera so pretexto de descansar un rato en la torre que pasaba a ser ahora su dormitorio. No había hecho sino recorrer un corto corredor cuando una grave voz, sobradamente conocida, la asaltó, pronunciando su nombre, y la hizo detener. Se volvió fríamente, con expresión hierática y ojos fulminantes.

–¿Qué quieres, Severus? –le preguntó mientras éste se aproximaba. En consecuencia, ella dio un par de pasos hacia atrás. Él los ignoró.

–No me has saludado, Helen. No me has dicho nada.

–¿Qué quieres que te diga? –le espetó enfadada–. ¿Acaso eres tan cínico como para exigirme algo así, después que te has comportado tan mal con mi familia y conmigo? Te detesto, Severus Snape.

–No digas eso, Helen.

–¡No te acerques! O gritaré... Has intentado destruir a Remus varias veces, y estúpida de mí te lo perdoné todo. Pero intentaste destruir mi matrimonio, Severus, el amor que siento por Remus, que lo es todo en mi vida, y eso sí que no te lo consiento. No te acerques, por favor. No quiero tener nada que ver contigo.

Snape cayó de rodillas frente a ella.

–Necesito que me disculpes, Helen. Estoy curado de mi enfermedad por ti.

–¿Te está molestando esta patética pantomima de mago, Helen? –Sirius apareció por detrás del recodo del corredor con la varita enhiesta apuntando hacia su ataviado de negro enemigo–. No trates de levantarte, Quejicus. Así estás mejor; eres patético, Severus. ¿Acaso no te ha dicho Helen que la dejes en paz¿Qué parte no has entendido? –Se rio–. Te levantas dos segundos después que nos deja Helen y ¿realmente crees que no me iba a dar cuenta de que ibas a atosigarla?

–Helen –prosiguió Snape ignorando al animago y la varita que tenía frente a sí–. Tienes que creerme. Usa tu Legeremancia y verás cómo ya no siento nada por ti; verás cuán arrepentido estoy de cuanto he hecho. ¡Perdóname, Helen! Necesito tu perdón.

–Adiós, Severus –dijo solamente ella y se fue.

–Eres patético, Quejicus –volvió a terciar Sirius cuando Helen se hubo marchado–. Pero ten cuidado, no voy a pasarte ni una. Voy a estar olfateando tu rastro –llevándose la punta de su varita a su nariz para golpearla con tacto varias veces–. Remus me ha pedido que te vigile atentamente y eso es lo que haré. No se fía un pelo de un rastrero como tú y hace bien.

Severus se puso en pie sin temor a la varita que lo apuntaba.

–Sirius... –habló–. Ha llegado a mi conocimiento que estás esperando una preciosa niña. ¿Me han informado mal? Qué lástima tan severa que crezca sin conocer a su padre por un encontronazo estúpido con su compañero de Defensa contra las Artes Oscuras¿verdad?

Los dos hombres se abalanzaron uno sobre el otro enzarzándose en una brusca pelea que los llevó, zarandeándose y revolviéndose, de un muro a otro sin consideración. McGonagall, con un candil en la mano, apareció junto a ellos y, casi sin prestarles atención, les dijo:

–¿Habéis visto a Nymphadora? –No recibió respuesta–. Perfecto. Cuando dejéis de jugar, si la veis, me avisáis. Quiero hablar con ella. –Y alejándose–: Hay cosas que no cambian nunca por más que pase el tiempo...

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Aquella noche, según los turnos que habían establecido, les correspondía a Trelawney y a Ángela encargarse de lavar los platos sucios. La segunda siguió a la patosa adivina a regañadientes, sin mediar palabra con ella. Era innecesario: Sybill no cesaba de hablar y apenas dejaba lugar a que su compañera emitiese algún tipo de comentario. Aquel sistema satisfacía a Ángela, con lo que no repuso nada. La dejó hablar y hablar sin decir ella nada. Hasta que... Bueno, hasta que, estando ella secando la vajilla y colocándola en su sitio, mencionó la falsa adivina:

–Si eres la cuñada del ministro¿tienes que conocer a Helen Nicked, no es así? Bueno, Helen Lupin quiero decir –llevándose las manos llenas de espuma hasta las gafas, que se le habían deslizado hasta la punta de la nariz.

–Sí, soy además su tía –explicó sin ánimo.

–¡Qué fantástica coincidencia¿no lo crees? –exclamó extasiada–. Helen y yo fuimos excelentes amigas en Hogwarts. Asistió al Club de Adivinación que fundé y lideré yo misma.

–Sí, qué coincidencia –intervino desganada.

–Por desgracia no llegó a ser jamás una excelente adivina, a pesar de que apuntaba maneras. Estaba normalmente más entretenida en encontrarse con ese Remus... Bueno, con el actual ministro, y besuquearse en los pasillos.

–Mira qué bien –apuntó Ángela distraída. Parecía que la ignorase.

–Se lo dije muchas veces. Helen –como si la tuviese delante y la reprendiera–, tienes que espabilarte. Crees haber recibido un don y debes estimularlo. Pero no me hacía caso. Yo creo que estaba en el Club sólo para pasar el rato. A mi parecer, no era muy querida en Ravenclaw. Por esa razón no lamenté que lo dejase en tercer curso. Sally, Amy y yo nos las arreglábamos solas gracias a las pautas que nos marcaba la señorita Phoebe, que Rowling la tenga muchos años en su gloria. Me lo olía, sí: Helen no tenía ni una pizca de poder adivinatorio; detestaba el tarot, soslayó el estudio de la necesaria quiromancia, sabía leer más que deficientemente los posos del té y la bola de cristal se le resistía. Según decía, le bastaban unas... visiones que aseguraba recibir, puedes figurarte. ¡Aunque a mí no me la pegaba!... El tiempo me ha dado la razón: Amy y Sally están trabajando como pitonisas en ferias muggles; yo, en Hogwarts como profesora de Adivinación, y ¿qué hay de ella? En San Mungo, recomponiendo huesos y obligando a la gente a beberse asquerosas y pestilentes pociones. Un trabajo nada digno para una verdadera adivina.

–¡Cállate de una puñetera vez, Sybill! –gritó Ángela arrojando el paño que estaba usando para secar los platos–. Llevo un rato aguantándome pero... Grrr. Eres insufrible. Un fastidio. ¡Cállate, cállate, mil veces cállate¿quieres? Cierra esa boba boca tuya y deja de soltar idioteces por ella. Nadie se mete con mi sobrinita. ¿Me has oído¡Nadie! Es mil veces mejor adivina que tú, por eso no tenía por qué codearse con tontitas colegialas amateurs como tú. Ya desearías tú su don, freaky farsante. Y ¿qué tiene de malo que se fuera a besuquearse con Remus, eh? Al menos ella ahora está casada, tiene una familia, hijos, y no está sola y amargada como tú. Pero, nunca jamás –amenazándola con un dedo enhiesto que, bizqueando, Sybill siguió atenta–, vuelvas a dudar de su don, seudoadivinucha; a insultarla. ¡Es la mejor adivina que existe en estos tiempos que corren! Y no tú. ¡No tú! Según me refirió ella misma, hasta la pitia de Delfos se ha sentido atraída por su poder. ¡Ja¿Qué tienes que decir ahora a eso?

–Pues... –con boquita de piñón.

–¡Nada!, no tienes que añadir nada, porque ni ves nada ni lo verás, cegata. Vuelve a mencionar a Helen, vuelve tan sólo a mentar su nombre, y yo te juro, te juro y te perjuro que te arranco esos estropajos que tienes por pelos y me hago una fregona con ellos. ¡Será inventora la tía!... Mi sobrina te da veinticinco mil vueltas como adivina, porque ella lo es de verdad, mientras que tú, simplemente, lo finges.

Y, lanzándole el paño, se marchó de a su lado muy ofendida. Mientras recorría el pasillo con los nervios en tensión, iba repitiendo con la sien palpitante:

–Qué fastidio de mujer, qué fastidio de mujer... ¡Qué fastidio de mujer!

Trelawney, apartándose el paño, que le cubría el rostro, preguntó a Ángela adoptando una expresión idiotizada:

–¿Te has molestado por mis inocentes comentarios¿Adónde vas?

–A ponerte a caldo en el confesionario –le contestó a voces–. Voy a pedirles una diana con tu foto para desahogarme un rato.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

La botella giraba sobre sí misma a la mayor velocidad que había alcanzado hasta el momento. Jude, al contemplarla, recordó el vaso fundido por Matt durante su trayecto en el expreso. Como lo hubo recordado así, tan de improviso, los ojos se le desviaron de la botella verde a su amigo, que estaba sentado cerca de él, fija la vista en el objeto. El cuello de la botella se detuvo apuntando a Shirley Isaacs, una chica rubia de aspecto entrañable y ojos encandiladores.

–Beso, verdad o atrevimiento –recitó Matt, que había sido quien había lanzado la botella. La chica, tímidamente, escondiendo sus hechizadores ojos tras sus párpados de suave seda, abrió sus elegantes labios para escoger la primera opción–. Bien. Deberás darle un beso a Jude.

Éste, vuelto todo escarlata, se quedó con la mirada inyectada en pánico y en rencor a un tiempo en Shirley y al otro en su amigo, que sonreía descaradamente. Sabía que a Jude le gustaba Isaacs, pero era tan tozudo que no le diría nada, a pesar de que ella mostraba habitualmente que el fiel de su corazón se había decantado por el simpático muchacho. El cuerpo de la joven mojigata saltó, puesta a cuatro patas, delicadamente por encima de la botella, mientras Jude, inmóvil, veía acercarse su fiera para hacerle presa. Cerró los ojos y dejó que la cálida sensación de calor que aquellos labios le proporcionaron le embargara, cubriéndolo todo el cuerpo cual un escalofrío placentero. Su primer beso, pensó complacido cuando hubo acabado.

Al lanzar la botella, Shirley miró con malicia a Matt, pues sobre éste había recaído en aquella ocasión la fortuna. Sin embargo, escogió éste verdad por librarse de una arriesgada prueba. No obstante, la pregunta que le formuló la chica no estaba falta de preparación y fingida perversidad:

–¿Por qué te has empezado a juntar con los cinco chicos de Slytherin?

Matt sonrió.

–No son malos tipos. Les pierde la fama. Eso ya me lo había preguntado Jude y le dije que no me quiero llevar mal con nadie. Si os tranquiliza, fueron ellos los que vinieron a mí solicitándome el alto al duelo. Todos los de Slytherin no tienen por qué ser villanos o psicópatas –se burló–. Los hay buenas personas. Y ellos lo son.

–Yo por si acaso no me fiaría mucho –intervino Jude.

–Pues yo sí me fío –repuso Matt abiertamente–. Me resultan simpáticos y pienso seguir encontrándome con ellos en ocasiones.

Cuando, transcurrido un rato, la botella cayó en manos de Richard, éste ni corto ni perezoso, al ver que ésta había escogido a Michael, y éste, a su vez, verdad, le preguntó:

–¿Verdad que te masturbas?

Las chicas se sonrieron, los chicos estallaron en carcajadas, entre tanto, no sabiendo si decantarse por la actitud general o por el bochorno que parecía dominarlo en sus rubicundas mejillas, Michael cabeceaba contundentemente negándolo.

–¡Mentira, mentira! –le gritó Richard señalándolo con la mano–. Eres un tramposo, Michael. ¡Eso cuesta prenda!... Yo lo oigo cuando se ducha. Qué digo... ¡Todos nosotros –refiriéndose a los chicos– lo escuchamos! No forma ruido ni nada, que parece que lo están matando. –Adrien rio tan escandalosamente que las gafas se le cayeron hacia delante–. Además, a mí me lo has confesado. –Se puso en pie y golpeó a su amigo con el cojín sobre el que había estado sentado–. Serás tramposo –lo ofendió riéndose.

Miriam Adler, una chica desenvuelta, de larga melena oscura, tomó la botella y la hizo girar violentamente. Michael le espetó que era su turno, pero ella, irritada, le indicó que estaban jugando decentemente y que ellos dos parecían un par de pazguatos salidos de una leonera. Era un secreto a voces que a Miriam le caían mal aquellos dos, pero que, en cambio, Matt era el rey de su sueño y de su vigilia. Fue, por tanto, una extraña coincidencia que el cuello acabase señalándolo a él. La chica se tomó un largo espacio de tiempo para pensar su pregunta, pues era aquello lo que éste había pedido.

–¿Qué es lo que más miedo te da en el mundo? –fue finalmente.

Matt también lo pensó largamente. Sonriéndose, le pareció demasiado patético confesar que el sótano de su casa. Cuando hubo caído en la cuenta, los ojos se le desviaron en varias ocasiones hacia Jude, quien intuía su respuesta.

–Que los demás puedan tener que pagar el pato por cosas de las que yo tal vez sea el causante –fue lo que terminó por responder. Jude sabía que se refería a aquel sacrificio que había presentido en sus sueños. Aunque lo había pretendido, no había conseguido sacarle aquella idea de la cabeza.

Después que se quedó un largo rato boquiabierta, Miriam, recomponiendo el gesto, adujo:

–No, esperad. Eso no era lo que quería preguntarle. Hay otra cosa que me intriga más. ¿Puedo hacerle la pregunta? –Como la mayoría se encogiera de hombros, Matt, expectante, escuchó sobrevenirle–¿Quién es Tim Wathelpun?

–Es verdad –intervino su mejor amiga, Samantha, de voz cándida–. Tu tía, Ángela, lo mencionó. Estaba viendo Gran Mago cuando pasó.

–Parecía poseída –comentó sin dudarlo Richard.

Como hallara todas las miradas puestas en él, Matt, aclarándose la voz, explicó:

–Tim Wathelpun es un hechicero que habrá de venir algún día, cuyo nombre, creo al menos yo, no se había pronunciado hasta hace bien poco más que en mi casa. Mi padre está poniendo cuanto puede de su parte para encontrarlo; pero la búsqueda desde el ministerio está resultado tan infructuosa que lo está conduciendo a la duda y a la desesperación.

–¡No tanto! –lo interrumpió Jude–. La primera vez que lo vi, el año pasado, me hizo prometer que no pararía hasta encontrar a ese proscrito aún desaparecido. Nos lo hizo prometer a ti y a mí. Me dijo que era valiente. Me preguntó para qué era apta mi varita y, cuando le respondí que para Defensa, se emocionó.

–Creo que el que la mía lo sea para Transformaciones le satisface más que a nadie a Sirius –musitó Matt.

–¿A Besa-Culos-Matt? –exclamó Richard–. Ese hombre es una pieza de museo.

–Pero ¡dejadlo! –protestó Miriam–, que os perdéis del hilo central. Sigue, Matt.

–Según se sabe, será mil veces peor que Voldemort. ¡Será terrorífico!... Mi madre me dijo que, según había podido ver ella, movería los mismos cimientos del mundo. Dejará miseria, cadáveres y tortura por doquier. Será como el Juicio Final. –Las chicas, el mejor auditorio que había tenido jamás, contuvieron exclamaciones y derramaron sentidas lágrimas, que habrían de multiplicarse en seguida–. Nada volverá a ser después de su paso. Aunque mi madre me haya contado todo eso, yo también lo presiento en mi interior. Sé que ya viene. Y lo peor... Bueno, lo peor para mí... Lo peor es que..., según los vaticinios, yo... yo... Veréis. Al parecer mi destino es expirar en las garras de Wathelpun.

Miriam dejó escapar un grito y se escondió la cara entre las manos para llorar.

–¿Vaticinios? –se burló Michael–. ¿Y quién se cree esas chorradas? –Matt lo miró inquisitivamente–. Quiero decir¿realmente piensas que vas a morir porque alguien, que a lo mejor quería timarte, lo ha vaticinado? Es absurdo.

–¡No es absurdo! –le encaró Matt–. Me lo aseguró una hirsuta luz que habita el sótano de mi casa. Y yo sé que dice la verdad. Además de que pude verlo en sus ojos, lo presentí: no mentía. Pero no me importa, lo tengo asumido. –Devolviéndole la mirada a Jude–: También yo me enfrentaré a él hasta que al que el destino le haya marcado sucumba.

–Destino, destino... –volvió a participar Michael, empleando un tono como de retahíla–. ¿Y cómo sabéis eso del Wathelpun ese, por vaticinios también? Patrañas.

Matt, enojado con él, se puso en pie y clavó sus ojos con furia sobre los del chico frente a él. La sala común de la torre de Ravenclaw se quedó un instante en silencio.

–¿Acaso estás tratando de decir que mi madre es una mentirosa? –le espetó furioso–. Ella es la que lo ha vaticinado todo. Y yo sé que es cierto, que pasará pronto.

–Solamente digo que ésas son tonterías, cuentos que se les dicen a los niños cuando se los llevan a la cama. Tonto tú que te lo has creído.

Las ventanas de la torre se abrieron repentinamente y un fuerte vendaval entró por ellas. El fuego de la chimenea se consumió y la noche, terriblemente oscura, se sumió sobre ellos. Sólo el rostro de Matt parecía encendido.

–Retira eso inmediatamente –gritó Matt.

–¿El qué? –le replicó Michael–. Déjame en paz, Matt. ¿Que retire qué? No creo en adivinos ni en encantadores de culebras. Si tu madre es una de ésos y tú crees haber heredado su poder, enhorabuena, mejor para ti. Pero a nosotros no nos vengas sermoneando ni vendiendo la idea de que "algo terribilísimo" está a punto de ocurrir.

–¡¡¡Retíralo!!!

–Si te molesta que alguien opine de forma distinta a ti, te jodes. Sabes, me da igual que te enfades. No tengo por qué creerte. No tengo por qué pensar que eso es cierto. Wathelpun es una barata mentira de la cuentista de tu madre. ¡Farsantes todos!

El ambiente comenzó a enrarecerse. El repiquetear de los dientes de Matt se convirtió en una monótona letanía que los cubría mientras Michael, tozudo, persistía en su idea de escepticismo en voz baja. Los flecos de la alfombra sobre la que estaban sentados comenzaron a bailotear movidos por aquella extraña ráfaga que se les llevaba los cabellos. Entre tanto Matt, apretada la quijada, le ordenaba al otro que lo retirase, el cuerpo de Michael comenzó a elevarse del suelo. Ninguno se dio cuenta hasta que el chico, gritando enloquecido, comenzó a agitar los brazos como un demente. Pronto estaba hierático, frente a Matt, completamente a su merced.

–Me haces daño –gritó Michael, que apenas podía articular palabra.

–¡Retíralo! –exclamó Matt–. Sólo retíralo.

Gruesas lágrimas comenzaron a caer por las mejillas del muchacho, que tan pronto como hubieron salido de sus ojos, se volatilizaron sobre su piel. Sin embargo, continuaba con la boca cerrada.

–Nadie insulta a mi madre –gritó Matt–. ¡Nadie!

Jude se abalanzó sobre su amigo y el cuerpo de Michael cayó de bruces contra la alfombra. Después de tratar golpear a su adversario en aquella pugna, cosa que fue impedida por Jude, que se interpuso, Michael echó a correr llorando y se perdió. Matt trató de incorporarse. Gritó varias veces el nombre del chico que huía.

–¿Estás bien, Matt? –le preguntó Jude–. Por un momento temí que lo fundirías como al vaso de cristal del tren. Matt, debes tener cuidado. Aún no eres capaz de controlar ese poder. Es peligroso. Pero ¿estás bien?, habla.

–Jude, dile a Mike que vuelva, dile que ha sido sin querer. No sé lo que me ha pasado –llevándose una mano a la dolorida cabeza–, no era yo. Era la rabia que sentía la que me ha impulsado. Por favor, Jude, pídele que vuelva. ¡Dile que lo siento!

–Olvídate de ese idiota, Matt –le dijo ayudándolo a levantarse–. Sabes que por mi parte se merece eso y más. El que me preocupas eres tú. Ese poder... ¡Es increíble! Sabe Rowling lo que puedes llegar a hacer con él. Pero aún no lo controlas, debes ser cauto. Y no usarlo contra personas.

Ayudado por su amigo, Matt se retiró de la sala común en dirección a los dormitorios. En tanto se dejaba conducir, sollozando, decía:

–No me he dado cuenta, Jude, de verdad. Pero ha insultado a mi madre. –El otro asintió–. Se me ha escapado de las manos. Tengo que pedirle perdón. Tengo que hacerlo. Me he extralimitado, lo sé. No quería hacerlo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

–Me he enterado de que has discutido con Sybill –habló súbitamente la fría y calculadora voz sinuosa de Dolores Umbridge.

Ángela, que ocupaba previamente el sofá en que la otra acababa de sentarse, no apartó de su vista la revista que fingía leer con apático entusiasmo; es más, fingió que la repulsiva y sibilina bruja no se había acomodado a su lado ni que la miraba con ojos de interés. Sin embargo, Umbridge sí estaba horriblemente pendiente de su compañera, la mirada inyectada sobre su rostro, las uñas clavadas sobre el cojín aguardando ansiosa su respuesta. No pudiendo esperar más, la volvió a espetar:

–Me han dicho que...

–¿Qué demonios quieres, Dolores? –estalló Ángela apartando con frenesí la revista a un lado–. ¿Es que no puede leer una tranquila? Habla, di, qué quieres.

–Sé que detestas a Sybill. He estado hablando en secreto con Rita y ella también me ha reconocido que le resulta detestable. Ya somos tres, querida. Rita está de acuerdo: le he propuesto un pacto, que la votemos este jueves las tres para que salga nominada. ¿Quieres que Gilderoy Lockhart sea el otro nominado? Sé que el joven Wood te resulta simpático. Puedo hablar con Ludo para ajustar las nominaciones.

Una vez hubo finalizado su parlamento, Ángela, a quien se le había escurrido el puente de sus gafas a lo largo del tabique nasal, se quedó observando a su interlocutora fríamente, con los ojos bañados de escepticismo y desconfianza.

–¿Qué te parece, querida? –le inquirió–, responde.

–Que eres patética –adoptando una mueca nauseabunda. Y, recuperando su revista y hojeándola de nuevo, comentó despreocupada, como si no la tuviese en frente–: Nominaré a quien me salga de las narices, para que lo sepas. Ni Sybill me cae bien, ni mucho menos tú, ponzoñosa culebra, instigadora. Que a mí no me coacciona ni mi madre, para que lo sepas. –Y volviendo a arrojar la revista con ira y levantándose–: Me voy a lanzarle unas quaffles al amable de Oliver, que al menos a él se le intuye corazón. Hasta la cena, dolorosa.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

El último día de la semana, Matt ascendía presuroso la larguísima y curvada escalinata que lo conducía a una de las torres más elevadas del castillo: aquélla en que se impartía la clase de Adivinación. Mientras lo hacía, con Jude y Adrien siguiéndolo en silencio, sudorosos, pues llegaban tarde, fue recapitulando mentalmente los acontecimientos que, vertiginosamente, se habían sucedido durante aquella primera semana de clase.

Lo había meditado profundamente. No le importaba que su madre se encargase temporalmente de la asignatura que administraba la lunática de Trelawney. Los rumores sobre Helen Lupin, como profesora nueva que era y sujeta a insidiosos y experimentales comentarios, no habían tardado en florecer; pero Matt descubrió para su sorpresa, y para su orgullo también, que todos eran óptimos y aduladores. Los alumnos que ya habían tenido la oportunidad de pasar por su torre, por su clase, decían de ella que era tan buena que ojalá Trelawney se ahogara en la piscina de Gran Mago para no regresar jamás. Muchos que no habían sentido jamás interés por el estudio de la Adivinación proclamaban extasiados que, por ventura de Rowling, ojalá les hubiese sido concedido un poco de ese don para poder profundizar en los entresijos de la Verdad. Decían de ella que, a diferencia que Trelawney, dejaba ver que realmente sabía cuanto había que conocer sobre aquella materia tan metafísica.

Estos rumores, claro está, venían emparentados con los que se habían originado a partir de la discusión entre Ángela y Trelawney en la casa de Gran Mago. A estas alturas, nadie dudaba ya que Helen Lupin fuese realmente una verdadera adivina. Pero no fue sólo Hogwarts quien se interesó por aquel hecho: la noticia apareció publicada en grandes letras en Corazón de bruja al día siguiente y no faltaba en ningún pasillo quien la estuviese leyendo entretenido.

Incluso se le llegó a preguntar a Matt insistentemente por ello. Con tal insistencia, en realidad, que cierto día tuvo que defenderlo Jude hasta que alcanzaron la cabaña de Hagrid, donde pudieron refugiarse. Para sorpresa del chico, Tonks estaba aprovechando la mañana para recordar viejos tiempos con el semigigante mientras tomaba una taza de té que éste le había ofrecido solícito. El barbudo hombre les concedió otra a sus adolescentes amigos y los invitó a apurarla con efusivo entusiasmo, como hacía siempre; en realidad, Jude y Matt eran reacios a beber de su té porque les desagradaba su sabor, pero acababan bebiéndolo igualmente, por no molestar a su amigo. En aquella ocasión, sin embargo, Matt, ruborizado, se lo acabó derramando todo encima cuando Tonks le preguntó si iba a probar suerte aquel año para entrar en el equipo de Ravenclaw. La taza acabó cayéndose y haciéndose añicos, como su corazón.

Aunque en aquella ocasión pudo ponerle remedio a las atosigadoras preguntas bajo el amparo del temido guardabosques, el nombre de Matt también corrió de boca en boca con la velocidad que arde la pólvora. Se había filtrado la información de que él había heredado el don adivinatorio de su madre y conocía que aquello que Ángela Fosworth, durante la emisión de Gran Mago, había dicho concerniente a Wathelpun, era cierto. Pronto, el nombre del hechicero se mencionaba insistente, curiosamente, en los corrillos que se organizaban en los pasillos, en los terrenos o al acabar las clases. Pero no era de lo único que se hablaba: también había abandonado la oscuridad de lo secreto el involuntario ataque que había protagonizado el hijo del ministro contra uno de sus compañeros. Muchas hipótesis se ofrecieron en relación con los hechos, pues lo cierto es que las versiones de lo acaecido variaban según las casas y los cursos. Pero lo que no variaba, en general, era el paulatino temor que se había originado en torno a Matt; un temor que, por otra parte, le había beneficiado a éste para que, llegado un determinado momento, no se le volvieran a acercar para inquirirle con insistencia acerca del supuesto don de su madre. Cuando caminaba por los pasillos, se apartaban de su paso, cuchicheaban a sus espaldas o lo señalaban sin miramientos.

Él, en cambio, hacía caso omiso de los comentarios, y en ningún caso se dejaba influenciar o abatir por ellos. Sus cuatro compañeros varones lo hicieron en más de una ocasión, en tanto discurrían de aula en aula, vestir con una fina y extremadamente larga túnica oscura, tocada por un cubrecabeza que le otorgaba una pintoresca imagen. Iban gritando a lo largo de los corredores, con voz agónica:

–¡Apartaos, apartaos de su camino, criaturas mortales, si no deseáis morir bajo la hiriente hoja de su varita, rayo centelleante, espada deformadora! He aquí al más temido de los hechiceros del mundo, al mismo predecesor del temido Wathelpun, ante el que las naciones lastimarán sus hinojos. Apartaos, apartaos, decimos, o empleará contra vosotros el poder del que murmuráis a sus espaldas para heriros de muerte.

Pero Flitwick los descubrió representando aquella pantomima y los castigó.

No importaba. Pese a lo que pudiese campar en el exterior, Matt volvía a ser feliz en su cuarto de la torre de Ravenclaw. Michael había aceptado sus sinceras disculpas y se habían reconciliado, a pesar de la reticente oposición de Jude. Devuelta la normalidad al menos entre sus doseles, los poderes de Matt volvían a ser admirados y enaltecidos. Pero éste, en absoluto deseoso de que sus íntimos se hiciesen eco de los comentarios del exterior o fuesen los iniciadores de los mismos, cambió la dirección de sus elogios. Pero antes los obligó a guardar el secreto. Una vez lo hubo hecho, sacó el Mapa del Merodeador. Tal y como tanto Jude como él habían imaginado, la aparición y descubrimiento de las propiedades del viejo pergamino dejaron perplejos a sus compañeros. Fue, en consecuencia, una primera semana de abundantes paseos nocturnos. Sólo McGonagall los descubrió una cierta noche, sin que éstos pudieran escapar a tiempo de la mota que anunciaba su nombre.

–¿Se repite acaso la historia, mi querido Lupin? –le preguntó condescendiente antes de restarles una ínfima cantidad de puntos. Se marcharon aliviados de regreso a su dormitorio, conscientes de que la sombra del castigo había planeado muy próxima.

Pero, en aquellas ocasiones, solía transcurrir un largo rato hasta que Matt conciliaba el sueño. Oculto completamente bajo la sábana, examinaba el mapa con atención y melancolía, la vista sólo puesta en la inquieta mota que indicaba el nombre de su madre, que deambulaba de un lado a otro de su despacho. Al igual que él, parecía inquieta, poco dispuesta a conciliar el sueño. La noche anterior, con no poca sorpresa, la descubrió abandonando su estancia y el mismo castillo para vagabundear por los oscuros terrenos vacíos. No sabía adónde se dirigía hasta que la observó detenerse frente al sauce boxeador. Permaneció allí no supo cuánto rato, pues se durmió sobre el mapa y, al despertar, ya estaba recorriendo los pasillos en dirección a su clase. Jude y Adrien, que compartían con él Adivinación, lo despertaron y lo esperaron y ayudaron mientras se vestía y desayunaba. Llegaban tarde, evidentemente. Pero a Matt no le importó: la carrera lo despejaba. Intuía que el escaso sueño de su madre, entre otras razones, lo causaba él: desde que la viera en el Gran Comedor, no había vuelto a hacerlo ni lo había pretendido. Al principio tan sólo lo invadía el temor de que su madre estuviese en el castillo, de que lo vigilara. Pero, lentamente, fue siendo consciente de la estupidez de su comportamiento e, interiormente, decidió disculparse con ella en cuanto la viese.

No tuvo posibilidad con la celeridad que quería. Adelantándose a sus compañeros, llamó a la puerta. Helen, que abrió personalmente, sonrió carismáticamente a su hijo y los invitó a pasar.

–Creía que ya no venías –le susurró mientras les indicaba un asiento donde podían sentarse–. Perfecto, pues. Creo que ya estamos todos, que no falta nadie. Vosotros tenéis que ser Adrien Benton y Jude Clint¿no es así? –la clase entera emitió una ahogada exclamación, como si lo hubiese adivinado realmente; Helen se sonrió: aquellos ingenuos chicos no conocían que ella había repasado sus listas, que incluían fotografías, así como que a Jude lo había tratado durante todo el verano–, además de, claro está, Matthew. Muy bien. Estaba explicándoos que tanto Firenze como yo nos encargaremos de la impartición de esta asignatura. –Matt, al despegar la vista de su madre, descubrió que el centauro estaba presente, envuelto en sombras, detrás del escritorio–. Me he informado y, al parecer, la profesora Trelawney suele dividir los grupos; es decir, que de algunos cursos se encarga Firenze y de otros ella. Yo no lo prefiero así. He hablado con Firenze y, a pesar del incremento de horas que este cambio le supone, ha aceptado que colabore con él impartiendo clase en todos los cursos. No quisiera malgastar la infinita sabiduría que puede proporcionaros la exacta lectura astrológica de los centauros a los noveles alumnos de tercer curso. –Firenze sonrió halagado.

»Me he tomado la molestia, aunque no he tenido la oportunidad de hablar con la profesora Trelawney –decía mientras se paseaba por entre las mesas entregándoles cuartillas de pergamino–, de prepararos un programa de contenidos. Por desgracia, somos incapaces de estimar el tiempo que estará enclaustrada en esa casa. Hay cuestiones que hasta a los adivinos nos cuesta percibir –mencionó sonriendo–. Pero no importa. Sea cuanto fuere, estaré gustosa de sustituirla y daremos hasta que podamos. Como he dicho, no he tenido la oportunidad de hablar con la profesora Trelawney; esto, sin embargo, no impide que conozca su método de docencia, con el que no estoy de acuerdo y, por tal, he modificado ligeramente, como tal vez hayáis descubierto si habéis tenido la oportunidad de consultar los contenidos que ha impartido otros años.

Matt echó mano a su programa, que curiosamente Helen le había entregado del fondo. No había sido casual: el suyo tenía garabateadas en el margen las letras de su madre, que formaban un mensaje sinóptico que decía así: «¿No has tenido tiempo de venir a verme¿Acaso estás molesto por alguna razón? Ven a verme a mi despacho algún día, cariño.» Lo guardó en su mochila antes de que sus amigos lo descubrieran y le preguntaran por el contenido.

–Yo prefiero –prosiguió Helen– comenzar por unas nociones básicas, imprescindibles para el estudio de la Adivinación. Qué es la Adivinación, qué diferencias presenta con respecta a la videncia, quién goza de su don, si es posible que todos los magos alcancen sus premisas, los objetos relacionados con su práctica, etcétera. Firenze os entregará a continuación unas copias que hemos realizado y en las que podréis encontrar todos estos aspectos, que serán materia de examen, por cierto.

»Pero antes quisiera que debatiésemos sobre lo que vosotros mismos, antes de leer esos apuntes que os hemos confeccionado, intuís qué es la Adivinación, para qué sirve y todo eso. –Un elocuente silencio fue la única respuesta que recibió, por lo que se sonrió divertida–. No me lo estáis poniendo fácil –bromeó–. Merlín decía de la Adivinación que era el arte que hacía a los jóvenes viejos y a los viejos dioses. –Esperó pacientemente por ver si se producía algún tipo de reacción entre sus oyentes–. Con mayor propiedad, también dijo de ella que era el arte a través del cual la mente y el Tiempo se fundían en una indisoluble comunicación no verbal que permitía a los ojos ser los túneles de la abismal Verdad. Eso, claro está, se pronunció en el siglo IV, y, aunque supone la base de muchas de sus definiciones, aún no habían nacido Einsplein o Broyd, importantes teóricos de la Adivinación contemporánea. Sin embargo, en realidad lo que a la mayoría de vosotros os preocupa es simplemente si a final de curso habréis aprendido lo suficiente como para adivinar las preguntas del examen¿me equivoco? –La clase estalló en una carcajada general–. Me temo que la respuesta es "no" –con contundencia–. Me temo, igualmente, que muchos de vosotros no tendréis acceso a la... «abismal Verdad» no sólo durante este año, sino durante toda vuestra vida. A pesar de que Einsplein, usándose de unas complejas fórmulas matemáticas de escasa funcionalidad, adujo que los magos carentes del don de la Adivinación podían sentirse arrastrados momentáneamente por la energía intrínseca de la Verdad, mi opinión coincide con la medieval de Merlín: no es más que adivino el que así al mundo vino. –El pareado produjo una tímida sonrisa generalizada–. Sin embargo, los útiles de Adivinación (cartas de tarot, posos de té, etcétera) os servirán para profundizar en la realidad psicológica mágica interna del individuo y entender un poquito mejor la idiosincrasia de la complejidad de la magia; eso, claro está, si no habéis sido tocados por la varita del don y sois visionarios, cosa que iremos descubriendo lentamente a lo largo de estas interesantes clases. Pero, repito, no aguardéis descubrir sombras que se escurren en el interior de la bola de cristal o creáis que basta con memorizarse las infinitas figuras que pueden adoptar los posos de té. Si Merlín tiene razón y el mago nace, no se hace, dudo mucho de la efectividad de esta asignatura. Pero puede ayudaros a conoceros a vosotros mismos más de lo que imagináis, os lo aseguro. No consiste tan sólo en acertar lo que va a suceder, si va a salir tal número en la Magoloto o si va a llover mañana a mares; la Adivinación le permite a uno un exacto reconocimiento de uno mismo, un profundo análisis y unas conclusiones de relevancia. Dicho lo cual, y sin ánimo de preocuparos más, os dejaré que vayáis descubriendo esto por vosotros mismos. Lección primera. Qué es la Adivinación. Leedlo en voz baja y, después que alguien lo resuma en voz alta, Firenze y yo moderaremos un debate sobre lo que opináis al respecto.

La clase transcurrió sin mayores incidencias dignas de ser incluidas en estas memorias.

Una vez hubo finalizado la clase, Matt, esperando a que sus compañeros desfilasen y desaparecieran escaleras abajo, se acercó hasta el escritorio en el que, distraídamente, pues no le pasó desapercibido al chico el hecho de que su madre lo contemplara de reojo, ésta conversaba con el centauro. No hizo falta que llamase su atención; sobradamente lo vio venir. Firenze, educadamente, se apartó para comenzar a disponer las bolas de cristal, material que emplearían con los de quinto curso, que estaban a punto de llegar.

–Ya creía que ibas a pasar también de largo ante esta oportunidad de charlar, hijo mío –comentó la adivina con ternura–. ¿Qué te ha pasado?

–No tengo excusa –reconoció el muchacho cabizbajo–. Perdóname.

–Ni se te pase la idea por la cabeza, jovencito –habló pellizcándole amablemente una mejilla–; una madre jamás tiene que perdonar a su hijo. Nada hay tan grave que ésta haya olvidado que, un día, lo tuvo dentro de su ella. No importa, Matt. Tienes trece años. Aunque te parezca imposible, yo también he pasado por ellos y, créeme, también me hubiese forzado a no creerlo si mi madre se hubiese presentado en la escuela por sorpresa.

–No me avisaste –se quejó el pequeño–. Si me lo hubieras dicho...

–Quería darte una sorpresa, entiéndelo. Perdóname tú, hijo mío; he sido una egoísta. Debí habértelo dicho. ¿Estamos en paz? –Matt sonrió, complacido–. Perfecto, pues. Tengo clase, sí, pero, si te apetece, puedo invitarte a una taza de té en el Gran Comedor. Creo que a Firenze no le incomodará que le solicite que se encargue él solo de la próxima clase. ¿Qué dices, te apetece?

–Lo siento –replicó visiblemente entristecido–. Van a realizarse dentro de diez minutos las pruebas de admisión para el equipo de quidditch de Ravenclaw. Quiero formar parte del equipo.

–¡Eso está muy bien! –exclamó con excesivo énfasis para ocultar lo defraudada que había quedado–. No importa, de verdad. Pero... ¿no será que no quieres que te vean conmigo, verdad? Si es así, no me molesta, la verdad –añadió enseguida. El chico, también apresuradamente, reconoció que aquello no le incomodaba. No le importaba quien lo pudiera ver–. Muy bien, mi pequeño. En tal caso, dado que tanto tú como yo estamos muy ocupados durante el día, pero terriblemente ociosos por la noche¿qué te parece si concertamos nuestra primera reunión materno-filial esta noche, a la orilla del lago? Tengo guardia y... sé que tú sabrás llegar.

–Pero no nos dejan vagar por ahí de noche –se excusó Matt.

–Sé que sabrás llegar –se limitó a decir, tocándole graciosamente la punta de la nariz–. Tú también eres adivino, Matt. No te tendría que extrañar que sepa de tus incursiones nocturnas de estas pasadas noches. Cuando vea a Harry ya le recriminaré que haya sido tan imprudente como para entregarte el Mapa del Merodeador. ¡Tan sólo eres un niño! –Pero recomponiendo el gesto–: A las doce me parece bien. Eres un niño, sí, pero cuando tu padre tuvo ese mismo mapa tampoco era mucho más maduro. Ahora vete, tesoro, si no quieres llegar tarde a tu prueba de quidditch.

Se despidió de ella, no sin antes darle un sonoro beso que hizo sonreírse al distraído centauro. Recorrió saltarinamente el espacio que distaba desde el escritorio hasta la puerta. Pero sus saltos se truncaron amargamente al ver aparecer el siniestro perfil de Snape bajo el umbral de la puerta. Las centelleantes miradas del profesor y el discípulo rivalizaron unos segundos. El hombre rechinó con rabia su dentadura y apretó con saña puños y quijada viendo que el chico no se apartaba de su camino. Lo detestaba tanto como aquél podía odiarlo a él. Pero su propio odio era tan irracional como pueril: se basaba tan sólo en el terrible parecido físico que existía entre Matt y su padre, que le recordaba con la sola presencia del primero las heridas aún no cicatrizadas del pasado.

–Has obtenido un dos en el trabajo que te encargué sobre los vampiros, Lupin –le mencionó mientras lo apartaba con brusquedad–. ¿Debo felicitarte?, es mucho más de lo que esperaba que obtendrías. Espero que con el de los licántropos te esfuerces un poco más. –Una pasajera sonrisa recorrió sus finos labios–. De lo contrario, me temo que este curso te estás buscando que te suspenda. Márchate ahora mismo de mi vista.

Girándose violentamente, se dirigió hacia el escritorio del aula, en el que Helen ordenaba unos papeles atentamente; tanto, que ni se había enterado de la repentina entrada de Severus ni de las mordaces palabras que había mantenido con su hijo. Sólo cuando lo tuvo delante de sí lo descubrió. Alzó los ojos parsimoniosamente y, en viendo su rostro serio, volvió a bajarlos disciplinadamente, diciendo tan sólo:

–Fui bastante clara, Severus. No quiero que me molestes, que me persigas, que trates de hablarme, de convencerme ni mucho menos que trates de invitarme a una de tus ridículas pócimas embriagadoras.

–Helen... –trataba de interrumpirla a cada momento el otro.

–Te lo advierto, Severus¡o me veré obligada a quejarme a McGonagall! –gritó.

El hombre se recompuso el cuello de la túnica resoplando. Apuntó enseguida:

–No hará falta, Nicked. No vengo a molestarte. Seré conciso. Como jefe de la casa Slytherin, considero injusto el castigo que has impuesto sobre mi alumno Emtuer. –La adivina levantó de nuevo la vista con gesto cansado. Su expresión parecía querer decir «así que era sólo eso», mientras hacía soplar con resignación unos cabellos que se le habían escapado del flequillo y que colgaban delante de sus ojos–. Estarás de acuerdo conmigo en que...

–Severus –repuso sin ánimo–, lo descubrí practicando maleficios sobre una traumatizada niña de primero en el interior de un cuarto de baño mientras su divertido compañero Eniodvastac le mostraba su «pilila». –El profesor quedó mudo, como si su información no concordase con aquélla–. Créeme que he sido muy benevolente en no coger a esos dos engreídos zoquetes tuyos de tercero y expulsarlos para siempre de esta escuela; pero, dado que todavía no había introducido su pequeñita «pilila» en el interior de la boca de la chica, como creo que era su intención, dejemos que sea el padre quien tome cartas en el asunto. Si no me equivoco, va a disponer acciones judiciales. ¿Algo que objetar al castigo, decías?

–Me han informado mal –repuso.

–Caso resuelto, entonces. Si no te importa, deseo terminar de corregir esto antes de mi siguiente clase –consultando su reloj–, que va a comenzar... ¡ya mismo!

–Sí, claro. Aunque, antes, como jefe de los Slytherins, debo preguntarte si, una vez hayan cumplido su castigo, podrás perdonarlos; quiero decir, si su actitud en esa... tan deprimente acción supondrá un inconveniente en el desarrollo de tus clases, de tu comportamiento para con ellos. Lo digo por tu... inexperiencia.

–¿Inexperiencia? –repitió con calma–. Sí, tal vez, en el campo de la docencia, pero te recuerdo que soy una profesional sanadora que ha tenido que curar a enfermos que la han desprestigiado, ofendido, atacado e incluso escupido. Ni te puedes imaginar lo mal que está la sanidad en los días que corren. ¿Mi comportamiento para con ellos? –Sonrió desganada–. Me considero profesional, Severus, y yo no voy a interrumpir mis clases por sus chiquilladas. Más te vale que, en lugar de preocuparte por esos menesteres, lo hagas por su actitud en mis clases, que deja mucho que desear.

Aunque no había sido la contundente respuesta que el profesor había deseado, apartando de un manotazo los folios de la adivina, le cogió el rostro a la mujer con ambos manos y, aproximándolo al suyo propio, le espetó con agresiva dulzura:

–Y si a ellos... –nerviosamente–. Y si a ellos sí puedes perdonarlos¿por qué a mí no? Dime. ¿Por qué a mí no? –Entre tanto, la mujer trataba de zafarse de sus manos, pero ejercía Snape tal fuerza que ni usándose de puñadas, arañazos, consiguió librarse–. ¿Acaso su pecado es más inicuo¿Acaso ellos más merecedores de tu perdón? Mírame a los ojos. ¡Mírame a los ojos, Helen Nicked!, y dime lo que ves. ¿Ves amor por ti? Ya no. ¿Ves resentimiento hacia Remus?... No... ¿Ves arrepentimiento, eh? Di. ¿Lo ves?...

–No basta, Severus –le musitó–. ¿Es que no lo entiendes? Seré legeremántica, pero no estúpida. Jamás podré perdonarte lo que me has hecho a mí y a mi familia, digan lo que digan tus negros ojos. –Varias lágrimas comenzaron a derramarse de los profundos pozos de Snape–. Digan lo que digan, Severus... No puedo olvidar.

El hombre la soltó y se apartó. Se cubrió el rostro con un brazo entero por que la mujer no la viese. Esgrimió enseguida él:

–Tienes razón, Helen. La tienes, claro. Soy un bastardo, un estúpido, un...

–No me vas a dar pena, Severus...

–¡No te quiero dar pena! –le vociferó con los ojos anegados–. No quiero... ¿Por qué es tan difícil la vida, todo...? –Se dejó caer sobre una mesa, sentándose–. Siempre me enseñaron que había una solución para cualquier cosa. Pero no la hay. Sé que me he comportado como un cretino de un tiempo a esta parte... ¡Toda mi vida! Y quiero levantar cabeza, Rowling sabe que quiero; pero no lo conseguiré hasta que tú, a la que más ha torturado mi desgraciada actitud, me perdone. Quiero convertirme en un hombre nuevo, Helen. ¿Por qué debo yo perdonar a Remus y tú no a mí?

–Yo no te he pedido que lo perdones, Severus...

El hombre hundió el mentón en el pecho y, con los ojos cerrados, lloró amargamente. Sollozando, compuso las últimas palabras:

–Es cierto, nunca me lo has pedido. ¡Nunca! Pero tú lo amabas; lo amabas y lo amas. ¡Y yo te amaba a ti, Helen!, y el día que me iba a declarar os vi paseándoos junto al lago cogidos de la mano. –Levantó la cabeza y, mirándola, repitió–: Os... vi. –Su tono se había consumido de repente. No eran los ojos de Helen los únicos que lo contemplaban. Los alumnos de quinto curso de Hufflepuff, suspendidos confusos frente al profesor, lo contemplaban estupefactos. Helen, por detrás de todos ellos, mantenía hacia él una mirada fría.

–El profesor Snape ya se iba –dijo–. Ya ha terminado lo que ha venido a hacer.

–Sí –refutó aquél. Y, antes de marcharse, apuntó solamente–: Nunca me lo has pedido, es cierto. Pero tampoco que lo odie. Si yo soy el culpable de tu enfado¿por qué no puedo ser asimismo el "culpable" de tu perdón?

Y, sin aguardar respuesta ninguna, se marchó.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

–Que conste que no quiero coaccionarte, que ya eres un chico maduro para tomar tus propias decisiones; pero... porfitas, no te vayas, Oliver. Si tú te vas¿con quién me dejas, eh? Hazte cargo. Soy vulnerable entre tanto buitre.

–No seas ridícula, Ángela –lanzándole la quaffle para que volviese a disparársela–. Lo he decidido: esta noche voy a pedirles que me nominen. No quiero seguir, creía que iba a ser diferente. No lo digo por vosotros...¡no!, de verdad. Doy gracias al Cielo porque te he descubierto y he descubierto a una increíble mujer, pero no quisiera perder la tónica. Antes que este concurso está mi reputación como jugador de quidditch. No quisiera perder la forma. Con eso es con lo que me gano la vida. En estas pésimas condiciones no puedo entrenar. Y no te sientas ofendida, que tú lanzas estupendamente.

–No, si lo entiendo –repuso Ángela–. Creo que yo, en tu lugar, haría lo mismo. ¡Ah!, y gracias por el cumplido. Pero no puedo dejar de sentir cierta añoranza. Eres como mi niño aquí, al que tengo que cuidar de esos carroñeros. Sabes –adoptando un tono confidencial–, Dolores me ha pedido mi nominación para Sybill.

–Pobre mujer. Si las cosas siguen así, creo que al final va a salir nominada. Mira, pues conmigo. Se salvará, no te preocupes, porque el jueves le rogaré a la audiencia que me expulse a mí para que vuelva a los entrenamientos del estadio de Liverpool. Aunque algo de rabia sí que da, porque la que se merecería sentarse conmigo en la sala de expulsiones es Dolores. Aunque no quiero pensar en eso, sabes, no quiero entrar en el juego de odios y reproches. Me considero más fuera que dentro.

–Entonces¿está decidido?

–Está decidido.

–Oh, mi niño, que se me va a ir. Qué pena más grande. Ven aquí que te dé un achuchón, que aproveche, que ya mismo no te tengo a disposición. –Se abrazaron–. ¿Sabrás que te echaré mucho de menos, no?

–Sí, lo sé. Igual que yo a ti. Pero puedes venirme a ver cuando quieras. Da por hecho que te conseguiré unas entradas para tu familia el día de la final del campeonato. Imagino que a tu hijo Mark le debe de gustar el quidditch.

–Imagino, o espero, o ruego. Quiero decir, ojalá le guste algo. Es que es un poco vara perdida, pero tratamos de educarlo lo mejor que podemos. ¡Ay mi niño de Gran Mago! –apretándole los carrillos al joven jugador–. Lo que lo voy a echar de menos.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Matt llegó tarde al entrenamiento. Maldijo la mala suerte que parecía imperar sobre él aquel día, pues no acertaba a llegar puntual a ninguno de sus compromisos. Jude y Adrien lo habían esperado pacientemente, no así Richard y Michael, que planeaban veloces describiendo círculos alrededor del campo, como los demás. Lo que sucedía, en realidad, es que Jude y Adrien no estaban realmente interesados en formar parte del equipo. Ni siquiera las escobas que llevaban eran suyas; se las habían tomado prestadas a Tonks. En consecuencia, seguido por los otros dos, Matt, con su Ígnea Estrella Fugaz sobre el hombro, se dirigió al puesto de ingreso, donde hicieron constar sus nombres. A continuación, les dieron la indicación de que volasen alrededor de los postes de gol a mayor velocidad cada vez; si no se chocaban entre ellos o contra los postes durante cinco minutos, debían bajar a que les asignasen una nueva tarea.

La prueba encomendada parecía sencilla, pensó pronto Matt. Aunque no debió de pensarlo así Adrien, quien, a los dos minutos de vuelo, se golpeó bruscamente contra el poste de la derecha e hizo astillas el palo de su escoba. Por supuesto, perdió el control de ésta y acabó empotrándose contra las gradas. Tranquilizó a sus dos amigos dejándose ver todo amoratado y cubierto de sangre, con las gafas incluso quebradas, pero gritando que se encontraba perfectamente, eso sí.

La prueba siguiente consistió en planear a distintos niveles y tratar de poner en práctica el amago de Wronsky. Después les arrojaron pelotas de diversos tamaños, formas y colores y habían de atraparlas. Seguidamente, debían planear a alta velocidad esquivando los maleficios que, desde abajo, les conjuraban. Jude cayó ante aquella prueba, pues fue alcanzado por un hiriente rayo que lo hizo saltar de su escoba y caer desde una altura aproximada de siete metros. Matt aterrizó para auxiliar a su amigo. Le habían salido unos feísimos forínculos en la cara que hicieron pertinente la pronta intervención de la señora Pomfrey. A fin de que no abandonara las pruebas, Richard, que también había sido eliminado a aquellas alturas, se encargó de acompañarlo a la enfermería. Entre tanto, Matt se encaró con el chico de séptimo que, como capitán, dirigía las pruebas por lo que aquél llamó «una despótica y salvaje prueba que no conduce a nada, sino tal vez a producir una pila de malsanos heridos en la enfermería». El chico lo amenazó con que lo expulsaría de las pruebas si no se callaba y Matt se alejó volando sobre su escoba, escondiéndose entre el grueso de los "supervivientes".

Esperó después pacientemente su turno. Los, como he llamado ya, "supervivientes" aguardaron a que se les llamara para realizar la prueba definitiva. Michael entró en la opaca carpa antes que Matt y salió decepcionado, de lo que éste se alegró en su interior. Si el puesto de guardián no había sido para Mike, a lo mejor él tenía posibilidades. Animado por aquella idea, se relajó. Pero, al escuchar su nombre, las piernas se le volvieron tan poco sólidas como gelatina y, respirando difícilmente, a duras penas pudo apartar la lona de entrada de la carpa. Si no se tranquilizaba, pensó para sí, no podría demostrarles de lo que era capaz.

–Hola... –saludo con voz aguda.

–¿Nombre? –le respondieron tan solamente.

–Matthew Lupin.

–Ah, sí. El hijo del ministro –le indicó a la chica que, junto a él, llevaba el listado–. Bien. ¿Cuál es el puesto que solicitas?

–Guardián –contestó con un hilo de emoción.

–¡Siguiente! –gritó el chico con malas pulgas. Entró ilusionado aquel siguiente cuando Matt todavía estaba quejándose, preguntando, tratando de buscar una explicación lógica. ¡Él quería hacer la prueba!, pretextó–. Lo siento –adujo el chico de séptimo casi sin mirarlo–. Le prometí anoche a Crowther –señalando a un chico fornido, de cabellos rubios, detrás de él– durante la cena que le reservaría el puesto de guardián. No creo que haya nadie en la escuela que desempeñe esa función mejor que él, y menos un payaso de tercer curso. ¿Acaso no sabes que ha firmado un precontrato para jugar con Manchester Quidditch Team?

–Me da igual –protestó Matt tozudo–. Yo quiero hacer la prueba.

–Ve a quejarte a tu papaíto y déjame en paz. A ver, tú¿qué puesto quieres?

–¡Quiero hacer la prueba! O...

–¿O qué? –lo interrumpió el capitán malhumorado–. ¡Vete, pasmado!

A regañadientes, con las lágrimas a punto de caramelo, se marchó del campo de quidditch. Con las manos hundidas en los bolsillos, estaba haciendo levitar ante sí su propia escoba, gracias al poder del que tanto hemos hablado a lo largo de este episodio. Cuando la cogió, el palo de madera estaba tan caliente que pensó que faltaba poco para que su dorado recubrimiento se derritiese. En absoluto resignado, profundamente enojado, le propinó un terrible puntapié a una botella vacía de cerveza de mantequilla, la cual describió una perfecta parábola hasta desaparecer tras unos matorrales. Acto seguido, el muchacho percibió un ladrido que, misteriosamente, sonó extrañamente humano al término del mismo. Apartando el follaje con violencia y maldiciendo con graves improperios, salió al descubierto Sirius, que se tambaleaba de un lado a otro rascándose la cabeza. Al descubrir a Matt, corrió a su encuentro.

–¿Has visto quién ha sido el energúmeno que ha lanzado eso? –le preguntó.

–No –mintió–. Pero ¿qué hacías ahí escondido, bajo tu forma animal?

–¿Yo? Nada. –Sonrió–. Bueno, que quede entre tú y yo. Estaba espiando a Snape. Un encargo ministerial. Pero creo que a raíz del grito me ha descubierto. –Apreciando entonces la humedad de sus ojos–. ¿Te ha pasado algo, Matt, hijo¿Por qué lloras? –El chico, apartando el rostro, se hizo de rogar, como hacen todos los niños de esa edad–. ¿Te han pegado, te han lanzado una maldición, te han pegado un chicle en el sobaco?... Ay, dime, que me tienes en vilo. O, de lo contrario, te lo haré escupir por la fuerza –blandiendo ante su rostro su varita.

–El capitán del equipo de Ravenclaw –sollozó, no pudiendo contener por más tiempo las lágrimas–. No me ha dejado que haga la prueba de guardián.

–¿Montgomery? –estalló el animago–. ¿Que Montgomery ha hecho qué?

–Me ha dicho que el puesto de guardián se lo había reservado a un tal Crowther y no me ha dejado hacer la prueba. Me ha echado sin más.

–¡Mi pobre niño! Pues ¡ven! –tirando de él–. Esto no puede quedar así, no, no señor. ¡Digo yo que no y es que no! Hábrase visto. Tú no te preocupes, Matt, que sé yo de qué pie cojean tanto Montgomery como Crowther. Dos buenas piezas...; a ver si aprueban ya este año y se largan de una puñetera vez. Lo siento, querido mío, pero Ravenclaw esta mañana se va a quedar sin puntos. ¡Se va a quedar despeluchada!, ja.

–¡Siguiente! –gritó el capitán con poco entusiasmo–. Siguiente, por favor. –Al entrar Matt de nuevo, el chico arrojó la carpeta al suelo y se rasgó con enfado la túnica, exageradamente–. ¡Estoy harto de que me tomen el pelo esta mañana! Cuando digo siguiente es ¡siguiente! –La lona volvió a deslizarse y apareció bajo la carpa, frente a ellos, el profesor Black, que los miraba desafiante–. Señor Black.

–Señor Montgomery... Ha dicho siguiente¿me equivoco? He estado esperando ahí fuera largo rato; suerte que ahora puedo hacer la prueba. ¿O no? –enarcando las cejas. Pero, como el adolescente no apuntara nada, el hombre, vociferando, dijo–: Tamaño cretino. Montgomery, me tienes hasta... ¡hasta los pelillos de la nariz¿Qué es eso de que ahora reservas los puestos del equipo, eh? –El chico permaneció mudo–. Por desgracia, no soy el jefe de tu casa; pero te aseguro que, a menos que dejes que Matthew haga la prueba, comunicaré lo sucedido al profesor Flitwick.

Molesto, el capitán dio la orden de que se prepararan. Matt, no sin antes agradecerle la maniobra al que llamaba su tío, se montó sobre el palo de la escoba y dio una fuerte patada sobre el suelo, elevándose junto a los postes de gol que habían sido creados bajo la carpa. También Crowther se había elevado, ya que, a instancias de Montgomery, sería el encargado de lanzarle las quaffles. Un brillo malicioso serpenteaba en el interior de su mirada en tanto, con la pelota en alto y el brazo en tensión, esperaba encontrar al chico desprevenido. La primera pelota se coló por el aro de la derecha sin que Matt, nervioso y confundido, pudiera evitarlo. Una carcajada general estalló abajo. Sólo Sirius, los músculos en tensión, con las manos unidas en actitud de rezo, parecía desearle suerte; aunque no faltaron momentos en que se distrajo, dirigiéndose a los chicos del recién elegido equipo para castigarlos o sustraerles puntos.

–¡Ánimo, Matt! –le gritó con las manos a modo de bocina.

El chico inspiró fuerte. Con una sonrisa maquiavélica, Crowther se propuso tirar la siguiente con mayor fuerza incluso que la anterior. Matt entrecerró los ojos. La bola roja salió despedida como un bólido, pero el chico, gracias a la vista de lince que había heredado de su padre, se lanzó sobre ella como un águila imperial y la recogió victorioso, señalándosela a Sirius, que saltaba y aplaudía entusiasmado. Crowther, herido en su orgullo, recogió la quaffle y la volvió a lanzar enérgicamente, pero las veloces manos de Matt volvieron a suspenderla, frenando a tiempo su escoba antes de empotrarse contra un poste de gol. Acompañados de los vítores del profesor de Transformaciones y de las muecas desencajadas del equipo de Ravenclaw, el fornido Crowther, que lanzó muchas, no volvió a encajar una quaffle por entre los agujeros que defendía Matt. El capitán, en consecuencia, lo sustituyó por Lewis, su mejor lanzador. Pero el resultado fue exactamente el mismo; Matt se había confiado y protegía los aros con uñas y dientes.

–¡Lewis, un último tiro! –gritó desde abajo Montgomery meditabundo.

El cazador arrugó la frente, concentrándose. Matt lo imitó; sólo una tibia sonrisa rompió el carácter que dominaba sus facciones. Cuando la quaffle salió despedida en dirección a un aro del extremo, él se arrojó heroicamente detrás. Conteniendo un grito de esfuerzo, comprobó que la pelota se le adelantaría, que no llegaría a tiempo para detenerla. Tan sólo alcanzó a rozarla con la yema de los dedos. Pero, sin embargo, la pelota se detuvo a tan sólo unos centímetros del aro. Matt, entre exasperado y contento, descubrió que tanto denuedo había puesto, que había conseguido detener la pelota gracias a su poder. Recogió la quaffle antes de que ninguno se diera cuenta y descendió con ella al lado de Sirius, que lo felicitó mientras daba palmas.

–Vale, está decidido –habló Montgomery–. Crowther, tú vas a ser guardián, sí, pero de reserva. Bienvenido a bordo, Matthew.

El chico, tal era su emoción, no volvió a sentir rencor hacia aquel joven, que, posteriormente, conforme la confianza se fuese haciendo mutua, tan buenos consejos le daría para perfeccionar su técnica. Y parecía que, en aquel principio, el sentimiento era correspondido: el equipo de Ravenclaw en su totalidad, olvidando las recientes aversión y discrepancias, felicitó a Matt por su acción y elogió su juego, dándole golpes afables en la espalda. Sólo Crowther parecía molesto, pero ignorado también en grado sumo. Y ¿qué decir de Sirius? Algunos alumnos de Gryffindor, que eran los próximos con los que tenía clase, hicieron correr el rumor de que estaba tan radiante durante su clase que parecía borracho.

Muy en contra de mi acostumbrado proceder, me veo obligado a romper la lógica sucesión cronológica de los acontecimientos que me fueron narrados en la cabecera de su sueño para relatar algo que pasó cuando Helen ya no estaba, pues Sybill había vuelto; aunque Remus, en cambio, sí se hallaba presente, pues había sido invitado por el mismo Flitwick. Me refiero, claro está, al primer partido de quidditch de Matt, que tuvo lugar dos meses después de aquel viernes de triunfo. Tal y como había pronosticado el capitán, la pronta elección del equipo favorecería un entrenamiento mayor y más intensivo, lo que, a la larga, habría de repercutir en una mejora en el juego de Ravenclaw. A pesar de que Matt consideraba que, arbitrando Tonks, se sentiría tan nervioso que sería incapaz de jugar, lo cierto es que el día en cuestión no le fue marcado ni un solo tanto. Ravenclaw ganó por doscientos ochenta puntos frente a cero, lo que hizo más efusiva la fiesta de triunfo en la alta torre de los águilas: se descorcharon miles de botellas de cerveza de mantequilla, se emborracharon miles de mentes con proyectos de copas y miles de brindis se realizaron en honor de Matthew, al que Montgomery llegó a reconocer como el promotor de la aplastante victoria. Aunque todo aquello hacía inmensamente feliz a Matt aquella noche de celebración, su mente, sin embargo, estuvo distraída y arrastrada por ensoñaciones: al término del partido, la propia Tonks lo había felicitado y, de paso, lo había invitado a tomar una taza de té con ella en su despacho.

–Hace mucho tiempo que no disfrutamos tú y yo de una agradable conversación –le había dicho–. Pásate cuando quieras¿de acuerdo, Matt?

Aquella noche el chico soñó con un ángel de cabello violeta que renacía como una princesa de azabache cabellera y albos vestidos, que volaba con alas de verdad.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

La noche, cerrada, plasmaba un opaco manto sobre las calmas aguas del lago. Sólo diminutas y blanquecinas estrellas destilaban en el firmamento, cuales miradas que pestañean, inconstantes, en busca de las patéticas criaturas que, desde arriba, contemplan en la Tierra. En aquel lugar, a aquella hora, sólo una les devolvía la mirada. Pero en absoluto era patética su mirada, su existencia, ella misma. Aunque las observaba distraída, sus ojos irradiaban una fuerza inimaginable, imprevisible, allí sentada sobre la roca, encogidas las piernas. Parecía que estuviese leyendo su textura uniforme, desentrañando sus secretos, pues sus ojos estaban acostumbrados a aquellas operaciones. Era, en efecto, Helen Lupin, sobre la que la pitia de Delfos había puesto sus certeras miras. Debían de ser las doce menos cuarto cuando una suave mano rozó su hombro. Sin embargo, la mujer no se inquietó; se volvió resueltamente, no alarmada, con sus brillantes ojos castaños sonriendo.

–Hola, Sirius –saludó–. No te esperaba.

El hombre se sentó junto a ella y observó igualmente concentrado el mismo paisaje.

–¿Te has enterado de la noticia? –la espetó–. Tu hijo ha sido nombrado guardián del equipo de Ravenclaw. ¿Debes de sentirte orgullosa, no? –La mujer asintió sin más–. ¿Ya lo sabías? –le preguntó.

–Claro –sonriendo desmedidamente–. Matt vino a contármelo nada más ocurrir.

Un mínimo espacio de silencio se extendió entre ellos dos.

–¿Tú también estás de guardia? –le inquirió el animago. La mujer asintió y él rio–. Pues qué bien estamos haciendo ambos nuestro trabajo, aquí sentados. –Cuando se hubo recuperado de la risa, le preguntó–¿Te encuentras bien? Con lo de Severus, ya me entiendes.

La mujer dirigió hacia el hombre un instante su clara mirada.

–Yo estoy bien –respondió–. Él, no. –Resopló–. En el fondo me produce lástima. Pero no puedo olvidar lo que nos ha hecho. –Antes de que Sirius la interrumpiera diciendo algo parecido a «es que no debes olvidarlo», la adivina apuntó–: Qué fácil era todo antes¿no? Cuando éramos jóvenes, con la edad de Matt. ¿Te acuerdas? –Rieron un momento–. Lo único que te preocupaba de Severus era pillarlo in fraganti para darle la vuelta como a una croqueta. –El hombre rio, pero ella, seria, prosiguió–: Sé lo que estás haciendo por mí. Quiero decir, sé que lo vigilas constantemente. No tengo nada que temerle, Sirius, pero te lo agradezco sinceramente.

–No hay de qué, Helen –repuso el otro medianamente ruborizado–. Y sí tienes que temerlo. Te recuerdo que es el temido y legendario violador pocionero. –Ambos rieron sonoramente–. No bebas nada que él te dé. Entonces¿te produce lástima?

La mujer asintió con gravedad.

–Un poco sí –confesó–. Sé que ha cambiado. Sirius, es un hombre cuarentón como nosotros, pero sin amigos, sin familia... Solo. No puedo dejar de sentir un pinchazo en el pecho al pensarlo. No sé cómo me comportaría si yo también fuese así. ¿Y si la culpa fuese nuestra por no tenderle una mano amiga? –Sirius no respondió. Helen tampoco prosiguió aquella idea. Dijo a continuación–¿Recuerdas el día que, aquí mismo, James, Remus y tú fuisteis atacados por un tentáculo del calamar gigante?

–Oh, sí, lo recuerdo –riendo–. Todavía corre la historia a modo de mito entre algunos chicos de séptimo. Y también recuerdo a Lily... ¡Cómo lloraba! Suerte que tú tuviste más temple.

–Me hubiese enzarzado con él a patadas, puñetazos, mordiscos¡lo que fuese!, con tal de liberaros –reconoció.

–Un simple hechizo demoledor bastó. –Y tras una pausa–: Nosotros también hemos pasado por muy malos momentos, Helen. ¡Pésimos algunos! Y en ningún momento se me ha ocurrido fastidiarle la vida a nadie. No sé si Severus se merece todo lo que tiene, o lo que no tiene, pero tampoco él ha hecho nada para evitarlo. Ha dejado que la lápida se inclinase lenta, muy lentamente, hasta que lo ha sepultado. Nosotros también hemos pasado por malos momentos –repitió–. ¿O acaso te piensas que no echo en falta a James? –mirando con añoranza las estrellas–. Ni te imaginas lo duro que para mí resulta mirar a Harry a la cara y hablarle como si tal cosa, como si no pensase que es a su propio padre al que tengo delante. Y ya sé que Lily era para ti tu mejor amiga. ¿Dónde crees que estarán ahora, eh¿Por qué tú puedes verlo todo, pero no el Más Allá desde el que nos tienen que estar mirando y dando ánimos¿Por qué siempre los mejores mueren jóvenes? La vida es injusta, Helen. Y no creo que ninguno de nosotros haya nacido para impartir justicia con Severus.

–Lo sé, tienes razón, Sirius. Pero tampoco sé si injusticia. Digas lo que digas, no puedo dejar de sentirme cruel y despreciable por lo que hago. Severus... no tiene amigos. ¡Ni uno! Nosotros pudimos serlo en la Orden, pero no quisimos.

–Él no quiso...

–¡Nosotros no quisimos, Sirius! Él tan sólo se mostró agrio porque nosotros ya le habíamos vuelto la espalda. ¿Qué esperabas que hiciera? Suplicarnos. Lo siento, Sirius, pero es inevitable que manifieste cierta lástima por él.

Sirius vislumbró entonces una figura que se movía desde el castillo y, dejando escapar una ahogada exclamación, dijo después, frotándose las manos:

–Hay un alumno fuera de la cama a estas horas. ¡Viene directo a nosotros!

–¡Tranquilízate! –le rogó poniéndole una cabal mano sobre el hombro–. No es más que Matt, guiado por el Mapa del Merodeador. Sí, Harry se lo ha entregado a él –respondió a su mirada atónita–. Le he pedido que baje a esta hora para que hablemos. ¿Te molestaría dejarnos solos? –Sirius respondió que no y se levantó presto. Saludó al chico con entusiasmo y se marchó en dirección al castillo–. Hola, hijo mío. ¿Cómo te encuentras¿Has asimilado ya la noticia de tu ingreso en el equipo de quidditch?

–Mis amigos me han preparado una fiesta en la sala común –explicó alegre–. Creen que soy algo así como un héroe –riendo–, porque el siguiente jugador más joven de mi equipo tiene casi dieciséis años. ¡Hasta me han apodado Benjamín! –Rio con amargura, puesto que aquel nombre le trajo a la memoria su trágico amor.

–Qué bien, cielo. Esta tarde, sabes, he tenido la oportunidad de hablar con tu padre y está muy orgulloso de ti. Seguramente mañana te llegue una lechuza suya. Ah, y otra cosa, aunque esto se supone que tiene que ser un secreto. ¿Sabes lo que me ha dicho? –El chico cabeceó–. Que va a regalarte una escoba nueva por Navidad. –A Matt se le iluminaron las facciones–. La verdad es que me he pasado por casa. Tu hermano Alby ya ha empezado a articular sus primeras palabras. Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo; hace nada eras tan pequeño como él. Y ahora estás hecho... ¡todo un hombrecito! Y dime. ¿Te gusta alguna chica? –Matt calló–. Miriam Adler me parece muy agradable. ¿A ti no? Aunque, si quieres, podemos hablar de otra cosa –viendo su mutismo.

Matt se preguntó, una última de tantas veces, cómo su madre, de la que todo el que la conocía decía que era la adivina más poderosa que habitaba la Tierra, no había adivinado todavía que de quien estaba él enamorado era de Nymphadora Tonks. Al pensar en aquello, otra idea lo asaltó y preguntó en consecuencia:

–Mami¿cómo sabías que Harry me había dado el Mapa del Merodeador?

–¡Ah, eso! –Rio–. Lo intuí –le susurró suspicaz–. Lo cierto, hijo, es que, de un tiempo a esta parte, puedo adivinar ciertas cosas si me las propongo. Sí, por mi cuenta. McGonagall me dijo que te había encontrado deambulando por ahí y el resto fue proponérmelo. Últimamente sé muchas cosas del destino, sabes. Pero... –su rostro se ensombreció–. Pero soy incapaz de adivinar todavía quién es Tim Wathelpun. Aunque tratemos esta noche temas más alegres¿no te parece? –le reconvino festivamente–. ¿Te habías dado cuenta de lo hermosas que son las noches en Hogwarts? Cuánto tiempo...

–El otro día estuve hablando con mis amigos de Wathelpun –recordó de pronto.

–Ya he oído algo por ahí –comentó sin atribuirle apenas importancia.

–Y no me creyeron –prosiguió, no obstante–. Pensaron que me burlaba. O, peor, que mentía. No creen en el destino.

–Y es normal, Matt. Mira, no me extrañaría que hasta tu padre me dijese que es irracional. No son adivinos, al fin y al cabo, como tú y como yo. Lo que has de hacer es callar, hijo mío. Callar. Me temo que, inexorablemente, Wathelpun acabará llegando y, entonces, se confirmarán nuestros vaticinios. Debemos callar. Ahora el mundo, gracias a tu tía abuela Ángela, sabe que existe. ¡En su mano está creer o no!, eso no me importa. Nosotros sabemos la verdad y estamos preparados. Eso, en cambio, sí, y mucho. Nosotros seguiremos aportando nuestro grano de arena para encontrarlo. Lo que diga la gente nos es indiferente. ¿No te parece? –Y acercándose un poco más a él–: Hijo, dime, ya que no hay nadie que pueda verte conmigo¿te avergonzaría darme un abrazo?

El chico la arropó candorosamente entre sus brazos.

–En absoluto –respondió.

–Ni te imaginas lo que me reconforta uno solo de tus besos frente a esos crueles pensamientos que provocan esas viles visiones mías.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Sybill y Oliver cruzaron una tensa mirada, de muy distinto significado la de cada uno. La de ella revelaba inconformidad, deseo de permanecer, mientras que la de él, ansias por huir, desaparecer. Entrelazaron sus inquietas manos, sentados sobre el albo sofá de la oscura sala de expulsiones. Los focos de la habitación, dirigidos hacia ellos, parecían, en primera instancia, los causantes de las brillantes lágrimas de sudor que se derramaban por sus cabellos y frentes; pero era realmente el nerviosismo el que las propiciaba, gruesas y abundantes. Mientras se susurraban palabras de ánimo el uno al otro, Wood le decía a su compañera que él había pedido a la audiencia irse y que, en consecuencia, sería expulsado; que no tuviera nada que temer, por tanto. Pero la mujer, no obstante, temblaba desquiciada, acariciando con la mano libre un collar de cuentas de perlas que sobresalía de su faltriquera.

–¿Estáis preparados? La audiencia... –comenzó a recitar el presentador, Henry Miló, cuya imagen apareció en un televisor de plasma incrustado en el muro frente a ellos–... ha decidido... que debe... abandonar... la casa... –La pausa se hizo eterna, la tensión insoportable–... ¡Sybill Trelawney!

La adivina, que dejó escapar un desmesurado grito de sorpresa, se puso en pie de un salto, el cual provocó que el collar de cuentas se le cayera al suelo con gran estrépito; se rompió y las menudas bolitas rodaron en todas direcciones, pero la mujer no se preocupó de recogerlas. Abrazó a Wood con tristeza, sin ocultar las visibles lágrimas que pendían de sus ojos; pero éste, en cambio, yacía impasible, atónito. Sólo repetía, una y otra vez, que aquello no podía ser, que él tenía que irse.

–No, si yo lo había vaticinado –intervino ella berreando lastimosamente.

–¡Henry, Henry! –gritó Wood hasta que la imagen del presentador volvió a aparecer sobre el plasma–. Yo no puedo, no quiero seguir aquí. Me quiero ir con Sybill.

–¿Lo has meditado suficientemente? –le preguntó éste entristecido.

–Por supuesto. Lo llevo considerando casi desde que entré y por ese motivo les pedí a mis compañeros que me nominasen. No estoy a gusto. No es problema del programa o del formato, no os preocupéis; es problema mío. Necesito volver a los entrenamientos y retomar la temporada. No quiero perder la forma. No sé por qué han echado a Sybill –la mujer, secándose los ojos con un pañuelo, asintió profundamente–, cuando yo he reconocido en muchas ocasiones que me quería marchar. –El presentador insistió, pero la actitud de Oliver era clara–. Me quiero ir –concluyó–. Ya está pensado.

–Os espero, pues, en plató –sentenció Henry Miló.

Y ellos, en consecuencia, entrelazados los brazos, atravesaron la puerta posterior, que se acababa de abrir, cubierta de una densa niebla, y desaparecieron.

Cuando se abrió la puerta de la sala de expulsiones aquella noche, nadie regresó. Nadie lloró la marcha de Sybill; nadie, tampoco, la de Oliver. Excepto Ángela, claro está, que se durmió abrazada al almohadón mientras reflexionaba en que se había quedado sola. Completamente sola.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Severus abrió la puerta del claustro de profesores precipitadamente. Habían llegado hasta él unos rumores de los que, sin querer darles crédito, pretendía cerciorarse rápidamente. Incluso había dejado su clase de Defensa contra las Artes Oscuras en suspenso, y a los alumnos al cuidado de Hagrid, que pasaba casualmente por el corredor cuando él abandonó el aula. Nada importaba, en realidad. Recorrió los laberínticos pasillos del castillo con un único pensamiento, activo y que lo martilleaba. Al abrir la puerta, todas las dudas se disiparon como una liviana niebla.

–¡Severus! Cuánto tiempo sin verte. ¿Me has echado de menos? Ya ves, aquí estoy ya, de vuelta. Creo que ha habido un complot en mi contra, pero no importa. Qué más da. Mi Ojo Interior lo intuía, a decir verdad. ¿A qué viene esa cara larga, hombre?

Era Sybill, por supuesto, que se había acercado hasta el mago ataviado de negro para estrecharlo entre sus brazos, cosa que Severus se dejó hacer sin participar en absoluto. Él, en cambio, más interesado que en saludar o en abrazar a Trelawney lo estaba en otear la habitación en penumbras.

–Helen... –titubeó–. ¿Dónde está?

Sirius, que estaba introduciendo unos libros de una estantería ruinosa en una mochila roja, lo miró desconcertado y, con voz ronca, le explicó:

–Se ha ido. Ha regresado a San Mungo, su baja concluía a partir del momento en que Sybill volviera. –El cetrino mago hundió la vista en el suelo–. Pero ha dejado algo para ti –prosiguió el otro enigmático. Le tendió un papel–. Me pidió que te lo entregara personalmente.

Severus recogió el trozo de pergamino con manos temblorosas, desliándolo y leyéndolo con avidez. Cuando lo hubo concluido, sonriendo, levantó sus ojos brillantes en dirección a Sirius, que lo contemplaba impertérrito. Éste apuntó:

–Una gran mujer, Helen. Lo he leído, Severus. No quiso ocultármelo. En mi opinión, no te mereces su perdón; pero ella está por encima de ti y de mí. Personas como ella hay pocas. –Severus asintió respetuosamente. El animago continuó hablando, sólo que a continuación no se dirigió exclusivamente a su adversario–: Bueno, me voy.

–¿Que te vas? –le espetó Severus con tono agrio–. ¿Adónde? –Parecía contrariado, molesto, incómodo. Si se me apura, y aunque sólo es una hipótesis, creo que en lo más íntimo de su corazón sentía la marcha de aquel hombre.

–He pedido la baja –explicó lacónicamente–. Será momentáneo, no te preocupes. Regresaré. Ahora mismo creo que mi lugar está en otra parte, no aquí. Voy a aprovecharlo. ¿Qué te pasa, Severus?, te veo contrariado. –Snape no se molestó en ocultar su extrañeza y, en cierto modo, pesar–. Volveré, chicos. Que os vaya bien sin mí. Hasta pronto.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Bueno, hasta aquí el capítulo. He decidido que, en esta ocasión, no voy a poner fecha de actualización, porque... Bueno¡¡¡porque luego nunca las cumplo!!!, jeje (aunque no sea motivo de risa). En cualquier caso, trataré de que sea lo más pronto posible, confiad en mí. De todas formas, la mayoría tiene seleccionado el relato en la opción de alertas, con lo que se os notificará cuando actualice.

Avance del capítulo XII (GRAN MAGO V.I.P.)¿Quién sustituirá el lugar dejado por Wood¿Qué mago será lo suficientemente arrojado como para adentrarse en ese nido de culebras?... ¿Será ese mago capaz de solventar la soledad que Ángela empieza a experimentar? Cuando ésta vea llegar una moto derrapando por el jardín, lo descubrirá. La edición de Gran Mago más controvertida de la historia está a punto de finalizar. Y con terribles resultados. Toda Gran Bretaña temblará a consecuencia de lo que pasará ahí dentro: los pilares del Ministerio se tambalearán. Y, por último¿quién conseguirá coronarse vencedor de esta edición?... ¿Tendrán nuestros amigos alguna oportunidad entre tanto sucio concursante?... Lo comprobaremos en el próximo capítulo.

Muchas gracias, de nuevo, a todos por todo. Espero que nos veamos pronto. Hasta entonces, cuidaos de hacer nada malo, cuidaos vosotros y que disfrutéis de todo. Muchos besos y abrazos.