Nota | Primero… ¡Perdón, perdón bonitas! Lamento tanto mi ausencia, mi único modo de retribuirles es dejarles el siguiente capítulo, algo largo pero con detalles importantes. ¡Disfrútenlo! ¡Las amo mucho!
Aredhiel corre con pastel y té ^_^
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PARTIDA DE AJEDREZ
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"Hace tiempo me canse de devorar almas indiscriminadamente" — Sebastian Michaelis —Cap. 26—
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Capítulo XI
"Ángel"
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Es un lugar enorme, bastante hosco, carente de la elegancia que acostumbra Ciel, quien le agarra con ligera fuerza de la manga del abrigo intentando no tropezar o evitar que cualquiera de esos miserables que yacen sobre el sucio suelo le agarre, aun por equivocación.
—Evite apartarse de mí…
Le había advertido, antes de adentrarse a ese bar (prostíbulo también, según habían averiguado), intentando agarrar de la mano al pequeño mocoso que reticente, lo había alejado con un brusco movimiento de sus pequeños dedos.
—No soy un niño pequeño para que me lleves de la mano…
Había replicado con el ceño fruncido, ofendido ante la insinuación implícita que le había realizado.
—Me será suficiente si el joven amo, procura no ser secuestrado.
Pudo corresponder a la queja con una casi sonrisa dando vuelta para ingresar, Ciel no tuvo otra opción que seguirle sin lograr regañarlo como era su real deseo, en una muestra significativa que su inteligencia preponderaba ante su soberbia.
Y ahí están, ambos transitando ante dos columnas de honor formadas por ebrios, la élite de la sociedad de los bajos mundos.
Llegan y observan a un sujeto fumar, es apenas más alto que Sebastian aunque indudablemente más fornido, el olor de la pipa delata que aspira opio o alguna otra droga popular.
Sebastian exhala un poco y continua, agarrándole aun ante la fulminante mirada de Ciel, la mano.
Es en ese momento en que tiene la certeza, que habría sido mejor dejar a Ciel en el hotel y no ceder ante sus presiones.
Aunque su tozudez tiene justificación esta vez.
Esta rozando la victoria.
—Buena tarde.
Saluda con cortesía ganando la atención del tipo, quien exhala humo, antes de prestarle atención.
Porte elegante, rostro de fino caballero, acento claro, seguramente un noble o al menos un rico burgués.
Y es cuando la mirada del guardia baja y depara en el niño, talvez adolescente, que le acompaña, un chiquillo de mirada prepotente, hermoso rostro y vestido con gran exquisitez.
—No permitimos mercancía propia —aclara el tipo con voz rasposa, fumando de nuevo.
—¿Mercancía propia?
Susurra Ciel con contrariedad adelantándose a Sebastian, quien hastiado espera que Ciel calle, el sujeto ríe de nueva cuenta.
—La mercancía habla —las miradas extrañadas no tardan, a lo que el hombre simplemente prosigue, con un vil gesto de comprensión—. No tenemos problemas con los pedófilos —Sebastian siente una ligera incomodidad invadirle, advirtiendo la situación—, pero no escogerá a ninguna de nuestras chicas si…
—Caballero —interrumpe el mayordomo con precisión, intentando controlar la ira de Ciel solo con gestos—, le aseguro compraremos placer esta noche…
Sebastian se interrumpe dándole una disimulada y significativa mirada al menor, exhortándolo para que le permita controlar la situación, Ciel quien se halla enojado y ruborizado, porque mucho hay de cierto en la insinuación de aquel sujeto, accede con fastidio.
—Es mi regalo de cumpleaños —continua Sebastian con gesto amable ante la estupefacción de Ciel y la confusión del otro hombre—, "el estreno" para mi hermano menor.
"Hermano", Sebastian había dicho "hermano", Ciel medita en breve tiempo aquella declaración. Como se atrevía aquel maldito demonio a llamarse su hermano, siendo solo su miserable mayordomo, aún peor, como se atrevía a fingir ese rol, cuando ambos hacían cosas que los hermanos normales no.
Idiota, idiota Sebastian.
—Pues no se parecen demasiado.
El sujeto agarra bruscamente de la barbilla a Ciel, el conde por reflejo pretende golpearlo con su bastón, sin lograrlo, al agarrar Sebastian el instrumento con maestría.
Lo abofeteara, golpeara a ese imprudente demonio, ¿Cómo se atrevía a restarle tanta autoridad?
—Vi esta mañana hermosas pipas en el centro del pueblo…
Sebastian hala a Ciel al interior del salón, y con disimulo extiende una pequeña bolsa con monedas al tipo que custodia el lugar, logrando callarlo y fingir que nada ha pasado.
—Bastardo —reprocha con voz baja Ciel—, como osas…
—Mi lord —interrumpe de inmediato Sebastian— ha sido necesario, y espero me excuse, pero es su culpa, debió acceder a quedarse en el hotel.
Ciel agita bruscamente la mano, fijando sus ojos en los del demonio.
—Insolente. Atreverte a llamarte mi hermano, y además afirmar tal indecencia que me enredaría con una prostituta por caprichoso placer…
Realmente está enfadado al afirma algo incorrecto, pero le disculpa, después de todo, apenas está empezando a vivir. Con prudencia, mira a su alrededor y cuando está seguro de no ser observado desde ningún rincón lo hace, baja su rostro y susurra en el oído de Ciel.
—Es gratificante no ser una prostituta para usted, mi joven señor.
¿Es qué desea hacerle perder los estribos?
Y ni siquiera le permite desquitarse, al colocarle ese dedo enguantado sobre los labios, sugiriéndole hacer silencio. Le obedece, solo porque sabe es lo más prudente.
Se sientan en la barra, uno a lado del otro, y pasa aquello que habían planificado antes de meter las narices en aquel sitio, las damas de la noche se aproximan al observar a Sebastian sosteniendo una copa de vino entre sus dedos, sonriendo, exaltando su apuesto rostro, y acomodándose con su postura galante.
Gestos innecesarios, a Sebastian nunca le faltan mujeres que deseen abrírsele de piernas.
Él solo se aparta lo suficiente para dejarle espacio, pero sin alejarse tanto como para no escuchar cualquier discurso.
Se esconde más en su propia capa, mira su copa de vino, la agita sin intenciones de beber, en tanto "la afortunada", se sienta en las piernas de su mayordomo, frotándose contra su cuerpo, abriéndole los primeros botones de la camisa y pasando sus labios pintarrajeados sobre las mejillas del demonio que le sonríe.
Al menos el coqueteo de Sebastian es distinto al que utiliza para seducirlo a él.
Aun así, le desagrada ver a esa tipa flirteando con su mayordomo.
—¿Qué hace un caballero como tú en esta pocilga?
Pregunta con simulada sensualidad la mujer sobre las piernas de Sebastian, él solo la analiza un poco antes de proceder.
Es bonita, de grandes ojos azules y cabello oscuro… de repente quiere darle un ataque de risa.
Había elegido de todas las prostitutas, la que más rasgos físicos compartía con Ciel, sabe entonces que sus deseos por el chiquillo sobrepasan cualquier límite sano.
Pero no existe punto de comparación, la cara de Ciel es preciosa, no necesita utilizar aquel vil engaño que las mujeres llaman 'maquillaje', aquellos labios delicados solo necesitan sus besos para colorearse de un rojo intenso, sin mencionar los gestos delicados que tiene el pequeño conde fruto de un pudor que no ha podido abandonar, y que él adora en la intimidad.
—Solo soy un simple viajero —continúa Sebastian, tendiéndole un trago—, mi lady.
La mujer ríe con cierta amargura.
—Yo no soy ninguna lady.
Y con sarcasmo Sebastian piensa que es obvio.
—Seré sincero con usted.
Sigue el demonio, tirando la última carta al besar la mano de la mujer que intenta seducirlo, y logra su cometido, al notar el estremecimiento en sus ojos, discretamente mira a Ciel, que distante, sostiene con fuerza una copa de vino.
—Necesito hablar de negocios con Gilbert de Clare.
—¿El Duque?
Responde la mujer con extrañeza, mientras Sebastian la acaricia despacio. Ciel escucha con cuidado.
—Sí, mi lady… ¿Lo conoce?
—Sí. Pero, apuesto viajero, usted pierde su tiempo.
La mujer mira con seriedad a Sebastian, y ante su reticencia, el demonio busca en su abrigo un par de monedas que coloca en la mano que la mujer tiene sobre su pecho, acariciándola despacio.
La desdichada siente desfallecer, no solo es uno de los hombres más guapos que ha entrado a ese lugar, destella algo mágico que amenaza con hacerla suspirar, como si fuera él quien la está seduciendo y no al revés, con aquel toque sutil sobre sus pechos.
Va a hablar, quiere hacerlo.
—Pierde su tiempo viajero, porque el Duque Gilbert de Clare… está muerto.
El desconcierto invade a Sebastian, aunque disimula con tino respondiendo al beso de la desdichada, sin embargo, puede observar con los ojos entre abiertos, un mohín de ira posarse en el perfil distante de Ciel.
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No sabe cómo contenerlo.
Ciel camina delante suyo con asombrosa rapidez, está molesto, demasiado, enojado al punto de haberlo abofeteado ayer en la noche, como no lo había hecho en meses, e insultarlo del modo más elegante e hiriente como no hacia hace tiempo.
La razón es obvia.
El primero de los responsables está muerto.
No habrá desquite, ni justicia, ni nada contra uno de los responsables de la tragedia Phantomhive.
Él, Sebastian Michaelis, ha fallado estrepitosamente en su papel de mayordomo perfecto, al no haber previsto la perdida de una fracción del mandato sagrado de Ciel.
La venganza.
Debe ser impecable con los que siguen después de este hombre, si desea seguir manteniendo su perfecta actuación, estética y el lazo más importante que le une a Ciel.
El contrato.
Alcanzan el cementerio, Ciel intenta empujar las rejillas metálicas, pero él lo hace pasando su brazo por encima de la cabeza del adolescente, que le ignora, ingresando al lugar.
Ciel sostiene su sombrero ante una fuerte ventisca, procurando recordar la descripción que había elaborado la prostituta para Sebastian, y avanza conforme las indicaciones regresan a su cabeza.
Descripciones que aparte de frustrantes, habían contado con gemiditos ridículos provocados por el inútil demonio que tenía a su mando, al tocar aquella mujerzuela.
Aquel demonio obsceno y sucio.
Sebastian entiende, admite su culpa y toma todas las responsabilidades de la actual situación.
Sin embargo, pese a su paciencia, su resignación y aceptación, algo molesta su indiferencia responsable sobre el proceder de Ciel.
Aunque, no puede definir con exactitud… ¿qué es?
Los pasos de Ciel se ralentizan, camina con suavidad, sin perder su elegancia, y él imita su ritmo, hasta detenerse tras el menor, que hiperventila y lee un único mensaje, perplejo y frustrado.
Gilbert de Clare — Duque de Pembroke
Fallece en agosto de 1886
Bajo esas líneas, esta naturalmente un pequeño pasaje en honor a su partida, nada que interese a Ciel, que solo analiza, una y otra vez el texto, que desvanece toda esperanza que aquella prostituta estuviera mintiendo.
Finalmente Sebastian descubre aquello que punzaba su paz con relación a Ciel.
Es solo un segundo, efímero y veloz, pero basta para llenar de repugnancia a Sebastian.
Sopla el viento de nuevo y el sombrero de Ciel cae al pasto.
El conde duda de realizar su venganza.
Vacilación superflua que puede extinguir todo el fuego y pasión, que el demonio tenga por su señor.
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—Regreso en breve, joven amo… como siempre la ineficiencia de Mey-Rin retrasa el itinerario. Permiso.
Se excusa el elegante mayordomo, con una reverencia y suave sonrisa, propia de un siervo cortes y excelente, para luego, abrazando una almohada (que debe estar en la lavandería) salir de la habitación.
Ciel sentado sobre su lujosa cama, solo le ha escuchado, le ha mirado salir, sin moverse u otorgar el permiso necesario. Sus ojos se desvían discretamente a "Bitter Rabbit", y casi inconsciente le acomoda al lado vacío de su cama, para retornar en breve a su pensamiento central, aun sentado en el colchón.
Sebastian está disgustado, bastante disgustado.
No es como si el demonio gritara, tuviera arranques de ira o similares, y quizá, ni siquiera él en su primer año juntos, lo hubiera descubierto.
Pero habían pasado ya algunos años, y podía leer al demonio con cierta seguridad.
Continua siendo el mayordomo perfecto, claro está, su casa continua impecable, tampoco ha modificado su proceder ante los sirvientes, ni siquiera su actuar ante él, consintiéndole aún todos los caprichos que se le habían antojado día tras día, las dos últimas semanas tras su vuelta de Adare, en Irlanda.
Las señales para sus deducciones son muchas, pero una sobresale entre todas.
Sebastian no ha intentado meterse en su cama durante todo ese tiempo.
Talvez la idea es narcisista, pero completamente coherente.
A partir del día que se rindió y entregó a aquel ser infernal, Sebastian noche tras noche se había filtrado entre sus sabanas, para reclamarlo, poseerlo, seducirlo de tal modo, que aun cuando intentaba ser reticente, resistirse aquel acto prohibido con toda su voluntad, su cordura terminaba reducida en gemidos y grititos de pasión, su cuerpo se transformaba en fuego líquido, que el demonio bebía centímetro a centímetro con loca avidez, sin extenuarse, extasiado y triunfante.
—Esta almohada si está limpia —murmura el mayordomo, entrando a la habitación—, aparentemente Mey-Rin la confundió con las que usamos los sirvientes.
El demonio se aproxima a él, sus fríos ojos azules se clavan en los carmesíes del sirviente, que le sostiene la mirada, sin dejar su papel.
—No comprendo cómo ha podido confundirlas —Sebastian acomoda la almohada tras Ciel— la textura es fina de frágiles bordados.
A él con franqueza, no le interesa escuchar más de la almohada, basta con que cumpla su función.
—Puedo sentir tu ira —Ciel ríe apenas, Sebastian se coloca a prudente distancia—. Creo saber también tus razones.
Ciel se tiende en la cama, agarra por inercia al peluche a su lado y lo estrecha con uno de sus brazos. Sebastian le arropa como cada noche.
—Si se refiere a…
Continua el demonio, reclinado sobre Ciel, el niño hace un gesto sarcástico ante las suposiciones de aquel diablo.
—No, a diferencia de ti, yo no gravito sobre esas cosas —aclara Ciel con calma—, y no es el único modo de percibir tus pesares.
Sebastian sonríe apenas, intrigado.
—¿Cómo puede afirmarlo entonces, mi lord?
El tono de Sebastian aún es muy educado, y para toda respuesta Ciel eleva la mano que no abraza al conejo de peluche, quita un par de mechones del rostro de Sebastian, que quieto le permite hacer. Lo siguiente es apenas un pequeño toque sobre sus cejas.
—Cuando alguien sonríe, llora o se enfada, mueve las cejas de modo especial —le aclara Ciel—, aparentemente tú solo las usas para manifestar emociones positivas, pero es falso, es imperceptible, pero también revelas emociones de otro tipo. Tu enfado, se vislumbra cuando esta ceja —Ciel presiona un poco más la ceja derecha de Sebastian— se frunce un poco al centro, apenas forma una arruga, y nadie lo nota, porque dura menos de un parpadeo.
Es bastante peculiar que Ciel sepa su estado de ánimo con mirar sus cejas, aunque nada extraño, Ciel ha sido bastante especial siempre.
Le mira sonreír con autosuficiencia, aun sintiendo esos pequeños dedos sobre su rostro.
—Me culpas —continua Ciel— de dudar sobre cumplir mi venganza, pero te equivocas.
La sonrisa de Ciel se amplia.
—Sientes apenas mis pensamientos, y basas tu juicio en ellos, pero no los conoces, de hacerlo, sabrías que nunca dude de mi capacidad, sino de la tuya por la incompetencia que te atreviste a mostrar.
Ciel empuja con ligero desprecio a Sebastian, su semblante juvenil se torna serio, contrastando con el gesto infantil que tiene al apretar más al conejo de felpa.
Un gesto socarrón se muestra en el rostro de Sebastian, antes de apartarse de su amo, y postrarse en el suelo con la cabeza inclinada en un gesto de gran respeto.
Ciel aún muestra una abrumadora voluntad por finiquitar su venganza. No tiene problema en seguir a sus pies.
—Pido disculpas por mi falla, my lord.
Ciel se incorpora, le mira antes de exhalar con calma.
—Acepto tus disculpas, ponte de pie, esto es desagradable.
Tiene el ligero deseo de sonreír, pero lo contiene obedeciendo pronto el mandato de Ciel. Ya de pie, se acerca de nuevo al más joven que solo se tensa con vacilación.
Astuto, indudablemente sabe que el juego se reanuda, que Sebastian aún no renuncia a tenerlo como su amante.
El mayordomo empieza a retirarse la ropa, y Ciel siente odiarlo un poco al sentir toda la excitación acosarle, apenas están arreglando disconformidades.
Se recuesta de nuevo y abraza al conejo, bajo las cobijas, aún más molesto con sí mismo, por no poder ordenarle que se marche. Sebastian es capaz de quebrar su voluntad solo con su firme deseo, lo sabe, por lo que cualquier acción es inútil.
El colchón se hunde a su lado, lo siente, y sin dejar de lado al peluche, Ciel encara con todo el valor que puede reunir a Sebastian, que le sonríe con perfidia, observándole con aquel brillo demoniaco en los ojos.
Al menos lleva puesto el pijama.
—Parece inquieto, joven amo, ¿Ocurre algo?
¡Descarado! ¡Descarado!
Patalea mentalmente Ciel al escucharle, aunque solo hace un mohín de disgusto.
—Quieres hacer 'eso'… ¿Cierto?
Debería, pero no contesta, ¿tiene sentido confirmar algo que Ciel ya sabe? No lo cree, porque es evidente, por supuesto que desea que Ciel sea suyo esa noche, adora poseerlo, escuchar su vocecita clamar su nombre, su cuerpecito tibio y sudoroso en diversas posiciones.
No tiene modo de describir, cuanto le gusta Ciel aunque sea humano.
Sin embargo, también sabe que el pequeño señor, no quiere hacerlo hoy y casi nunca.
Ciel disfruta del acto, eso es indudable, pero su consciencia, aquella que le ata a Elizabeth y a las cosas terrenales que le rodean y alguna vez le fueron amadas, tintinea poniendo en manifiesto algo obvio para él y para Ciel.
Sigue siendo apenas un chiquillo.
Aún adora comer postres, tomar las delicadas frutas con sus dedos, embarrarlas en la crema y llevárselas directo a la boca. Colarse a la cocina con pretexto de estar aburrido y no salir hasta degustar alguna de sus preparaciones, la de los postres en especial, usando sus dedos y su lengua diminuta.
También tiene un cuarto lleno de juguetes, que ha probado —utilizado—, al menos una vez, antes de dar su aprobación para su fabricación en masa por Funtom. Aunque siempre dice que todos esos juguetes no son más que muestras de la empresa, como si no leyera, cuan pleno se siente al regresar en el tiempo y utilizar esos artilugios como un niño normal.
Es ya un adolescente, así que esos episodios han dejado de tornarse tan frecuentes.
Aunque, el que en este mismo instante, tenga entre sus brazos a "Bitter Rabbit", no hace más que afirmar, que Ciel no termina de crecer.
No le disgusta ese hecho, porque fue él quien le dio ese peluche a Ciel para que no refunfuñara tanto cuando de madrugada debía regresar a su habitación, y el más joven se negaba aferrándose a él, sabía que su presencia había ahuyentado las pesadillas que le acechaban. El muñeco de felpa se transformaba en guardián a su marcha.
—Sí, quiero hacerlo —responde finalmente con descaro, ante la mirada indignada de Ciel —… pero el joven amo, no quiere… ¿Cierto?
Hace suyas, las palabras de Ciel, que le observa tratando de hallar el engaño. Vaya niño paranoico.
—No haremos nada esta noche.
Le afirma, acariciándole la cabeza.
Ciel le analiza, fijando su atención en las manos del adulto, el majestuoso contraste de la piel pálida con las uñas negras, y el pentagrama que los une, tatuado en la poderosa mano izquierda.
Izquierda…
Entonces recuerda un detalle que había olvidado.
Sebastian siente la mano de Ciel sobre su cuello, palpándole suave, para luego mover los dedos como si le acariciara hasta llegar al pecho, deslizándose lentamente.
No lo comprende. Realmente no. Y espera se detenga o no cumplirá su promesa.
Los dedos se posan justo en el lado izquierdo de su pecho.
Ciel le mira con desfachatez, y lanza la pregunta que le permite entender su proceder.
—Los demonios tienen corazón. He sentido varias veces el tuyo…
Para afirmar esas palabras, el corazón de Sebastian se acelera al tacto y palabras de Ciel, quien lo siente palpitando contra la piel perfecta de su mayordomo, que solo le observa desconcertado.
—Sí, los demonios tenemos corazón —contesta, como si fuera ajeno a tal hecho.
—¿Por qué? —susurra Ciel con curiosidad, sin apartar sus ojos y su mano del pecho de Sebastian.
—No lo sé —responde con sinceridad el demonio, recordando. Vaya que es joven para su especie, aunque en relación a un humano sea antiquísimo—. Escuche una vez de los más viejos algo al respecto.
Ciel le observa, sin desear obtener una respuesta forzada, aunque su ávido deseo de conocimiento brame con desesperación.
—Debe ser un hecho interesante…
Indaga, dándole potestad a Sebastian de confiarle eso o no.
—Lo es —Sebastian no halla razones para callar, apartando la mano de Ciel de su cuerpo, para sujetarla con gentileza—. Decían mis ancestros, que primero aparecieron los ángeles, con mente y corazón, pero algunos fueron imperfectos —se sorprende al notar la atención de Ciel, por lo que continua, con aquel antiguo cuento—. Algunos tenían el corazón vacío, para salvarlos se les otorgo un alma que pudiera escribir emociones, estos ángeles perdieron su naturaleza divina y fueron llamados "humanos". Pero hubo otros, en los cuales el amor divino se transformó en odio y emociones negativas, estos ángeles fuimos llamados demonios.
Los ojos de Ciel brillan con comprensión.
—Entonces un demonio sanguinario como tú es en realidad un ángel —murmura Ciel, interesado en aquella alegoría.
Sebastian ríe con cierta amargura.
—Yo no me llamaría así…
El demonio no dice más, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano, entrelazando sus miradas.
Su tacto es suave, bastante cálido, siempre le seduce así y cuando logra su cometido, sus manos se tornan rudas, fuertes y apasionadas.
Su mano se extiende en dirección a Sebastian, siente el impulso de acariciarle el rostro, de examinarlo, le recorre con sus dedos las cejas negras, le toca despacio alrededor de los ojos, mira las largas pestañas azabaches contrastando con granates pupilas, la nariz recta y perfecta, las mejillas de piel tersa…
Sus dedos se encaminan al final, los labios del demonio, su boca pecadora, parece de terciopelo, es lo que más le gusta, los besos que le obligan a olvidar todo por un instante, las sonrisas embriagadoras, los hoyuelos que se forman en esas mejillas cuando ríe.
Sebastian es un ángel, sin duda, uno caído, corrupto, diabólico.
Es la explicación más lógica a su belleza que roza lo divino.
Y es suyo, de nadie más, por este instante y lo que le resta de su corta vida.
Posa sus labios sobre los de Sebastian en un contacto dócil, un brazo le rodea los hombros forzándole a profundizar el unión, mientras separan a "Bitter Rabbit" de sus brazos, para sentir de inmediato y completamente ese cuerpo poderoso unirse con el suyo en un abrazo asfixiante y necesitado.
Las bocas se separan, Ciel coloca su barbilla en el hombro de Sebastian y se aferra él, ocultándose avergonzado, ante un último discurso y pregunta que puede ser mortal.
—Los ángeles pudieron odiar, transformándose en demonios —el alma mancillada de Ciel se estremece ansiosa contra su voluntad, ante la perspectiva, de no estar solo—, ¿Qué ocurriría si es opuesto, y los demonios llega amar?
—Es la perdición —contesta Sebastian con una melancolía que creía olvidada hace siglos—, todo cuanto nos puede ser preciado es breve, animales, lugares que desaparecen, vidas propias, prestadas —se detiene estrechando más a Ciel—, al perderlos, todo el amor se transforma en odio, nos corrompe y nos transforma en alimañas más atroces.
Ciel cree que talvez no es el único en estar roto por dentro.
Envuelve a Sebastian en sus brazos, le acaricia despacio, ocultando el rostro en ese pecho poderoso.
—¿Has caído en la perdición alguna vez, Sebastian?
Pregunta Ciel con voz apenas audible, sin atreverse a afirmar esa declaración.
Sebastian no contesta.
Ciel solo siente unas manos ajenas ceñirle con fuerza contra el cuerpo opuesto, casi fundiéndose, como cuando se entregan.
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Lo he acabado… ¡Por fin!
Primero, debo decir que estoy muy, pero muy avergonzada por mi tardanza, que no escribiré más disculpas a excepción de estas, porque creo con firmeza que nada me justifica…
Así que, si a pesar de todo, siguen ahí leyendo al otro lado de la pantalla esta historia… me llena, me hace feliz y es suficiente.
Sebastian y Ciel también se los agradecen.
Respecto al capítulo, fue algo largo, quizá hasta denso xD pero debo decirlo, incluye cosas que contribuyen mucho a la trama ahora que nos aproximamos al final, y por sobretodo es el mayor esfuerzo que puedo realizar para que Ciel y Sebastian no solo se complementen físicamente, también lo hagan a un nivel emocional… lo cual ha sido titánico tratándose de ese par, así que si hay algo de OoC por ahí, lo siento, pero creo que lo he justificado… ya me lo dirán ustedes, bonitas.
Por ultimo gracias, millón gracias por leer esto y porque más bonitas se han unido a la familia, por seguir, comentar y agregar a favoritos este fic, escrito con todo mi amor y todas las oscuras intenciones de Sebastian.
Pero no las entretengo más, con ustedes, nuestra sensual pizarra de honor.
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— PerlhaHale — Anzullia — valentinalondono3597
— SoyUnDinosaurio — elizabel — Johan Palma
— Nozomi Black — dhk
— Beth Molina
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Besos, Aredhiel ;)
