Twilight pertenece a Stephenie Meyer, por lo tanto la historia es mía. Ninguna de las canciones me pertenece, créditos a sus debidos autores.

Capítulo beteado por Mónica León, Beta Élite Fanfiction.

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****ADVERTENCIA****

Este capítulo contiene Lemon. Si eres menor de edad, te recomiendo que leas bajo tu responsabilidad. Si eres mojigata, ni lo leas. Y si eres una loquilla como yo, trae tus palomitas, acomódate y disfrútalo.


Infinitas gracias a quienes se dan el tiempo de leer esto que proviene de mi trastornada cabeza.

Canciones para este capítulo:

Hurts – Mercy.

Ed Sheeran- Give me love.

Nickelback – Savin me.

Ed Sheeran- Kiss me (ustedes sabrán cuando ponerla. Y no olviden esta canción).


Capítulo X

Besos que causan adicción

"Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción."

Joaquín Sabina

Halloween era la festividad favorita de Edward. ¿Por qué? Simple. Era el único día en el que salían todos los monstros habidos y por haber y la noche en la que se podía mostrar como verdaderamente era. Fue en un Halloween cuando conoció a sus dos mejores amigos; Dave y Alex.

Desde que nació, nunca hubo alguien que verdaderamente se interesara en él. Cuando era niño la mayor parte de los días se la vivía solo. Su madre salía todo el día y su padre no había vuelto desde que fue a comprar cigarros. Todos los años veía a sus vecinos salir disfrazados y no entendía porqué lo hacían, pero sí sabía que ellos lo disfrutaban. Cuando cumplió cinco años, le pidió a su madre que le comprase un disfraz. Ella, alcoholizada, le dijo: "Tú no necesitas un disfraz. Al fin y al cabo, ya eres un monstro". El pequeño corazón de Edward se rompió al escuchar lo dicho por su madre. Al ser un chico inteligente, entendió que esa mujer nunca le daría lo que él con tanto deseo pedía. Tres años más tarde, Sandra Burton, vecina y madre de su mejor amigo, le ayudó a hacer su primer disfraz. Ese año salió a pedir dulces toda la noche, acompañado de sus dos mejores amigos.

Hoy 20 años más tarde, Edward se encontraba en su auto frente a al edificio antiguo con toque francés que Rosalie había rentado. Desde a fuera lucía tétrico y elegante. Una combinación perfecta.

Al salir del auto, las cámaras se encendieron. Cerró los ojos debido a los flashes. Los periodistas comenzaron a gritarle mientras caminaba sobre la alfombra negra.

¿Vienes apoyar a tu amiga?

¿Ya solucionaste tus problemas con Alex?

¿Qué pasa con Jessica? ¿Volverás con ella?

¿Quién es la chica con la que se te vio en la galería?

¿Cómo salió tu madre?

¿Cómo llevas tu adición?

¿Dónde estuviste los meses anteriores?

Edward no contestó ninguna pregunta. Todas se le hacían absurdas y fuera de lugar. Sabía que era una figura pública, pero no tenían derecho a desprestigiarlo cada vez que lo veían. Ignorándolos por completo, continuó su camino.

Cuando entró al edificio, mostró su invitación. El chico que estaba en la entrada casi se cae de espaldas al ver a su ídolo entrar por la puerta. El hombre era aún más alto de lo que parecía y tenía un porte digno de la realeza. Le sonrió y le indicó la entrada a la fiesta. Edward le sonrió de vuelta y continuó su camino.

Siguió el camino que el chico le señaló, habían cortinas rojas y negras en pasillo. La entrada a la fiesta estaba cubierta por una cortina negra, la hizo a un lado y entró de lleno. La decoración lo dejó sorprendido. El salón parecía tétrico y elegante, con telarañas, velas, candelabros y retazos de tela de colores oscuros. Parecía una casa del terror con buen gusto. En ese momento se escuchaba la canción Mercy.

El lugar estaba abarrotado de gente vestida para la ocasión. Las mujeres con vestidos largos elegantes y pomposos, con antifaces a juego. Los hombres iban de traje, y al igual que las mujeres traían antifaces a juego.

Mientras caminaba, comenzó abrirse paso entre la gente. A lo lejos divisó a Zarck y su esposa. La pareja estaba parada al lado de la mesa de bocadillos. Sin pensarlo, caminó hacia ellos. Al llegar a su lado Amber le sonrió y él se acercó a ella, dándole un beso en la mejilla. Luego se volteó hacia su amigo, dándole un fraternal abrazo.

—Rosalie sí que sabe organizar una buena fiesta —murmuró Zarck.

Edward asintió con una sonrisa ladeada.

—Lleva organizándola desde hace un tiempo —dijo mientras tomaba un canapé—. ¿Qué tal saben? —le preguntó al hombre al ver que este había comido uno anteriormente.

—A la axila de Nick —respondió con asco—. No te lo recomiendo.

Edward soltó el canapé y tomó una copa de champaña. El otro lo imitó.

—¿Cómo has estado? —preguntó Amber.

—Dejando fuera mi situación sentimental, sexual, laboral, económica, física y psicológica. Bien.

La mujer comenzó a reír ante la respuesta del cobrizo.

—Al parecer tú estás mucho mejor que yo —dijo Edward mientras miraba su panza de embarazada.

Amber sonrió al ver a lo que se refería.

—No te creas. —Tocó su vientre—. Las noches son más largas de lo común.

Zarck rodeó a su esposa por detrás. El ojiverde sonrió al ver a su amigo completamente feliz. Al mismo tiempo sintió una leve punzada de celos, pero la eliminó al verlos juntos. Se dio la vuelta y vio a Nicker acercarse. Este lo saludó cuando llegó a su lado, luego prosiguió con su cuñada y por último, su hermano.

—Pensé que sería el último en llegar —dijo Nick sonriendo.

—Ya sabes cómo es Alex —murmuró Zarck.

—22 años de conocerlo y sigue teniendo el mismo sentido de impuntualidad —dijo Edward al ver cómo el susodicho llegaba corriendo, aproximándose.

—Disculpen la tardanza —murmuró el recién llegado—. En mi defensa, diré que tenía años que no pisaba Chicago como es debido.

Edward tomó dos copas, le pasó una a Alex y otra a Nick.

—En tu defensa diré que eres un idiota con pésimo sentido de la orientación. —Los hermanos comenzaron a reír por lo bajo ante el comentario de Edward. Por su parte Alex lo miró con el ceño fruncido.

—Siguen jodiendo y no llegarás a los 29 —amenazó Alex a Edward.

Este arrugó la nariz ante el comentario. Era la peor amenaza que el hombre le había hecho.

—Lo que tú digas.

—¿Por qué su niñera no vino con ustedes? —preguntó Amber al no ver a Joe por ninguna parte.

—Sencillo. Joe no aprueba este tipo de situaciones —respondió Alex.

—Para él, si algo no deja dinero, no es buena inversión —agregó Nicker mientras le daba un trago a su copa.

Amber miró a los cuatro hombres. Al parecer, a ninguno le afectaba que su representante pensara eso acerca de dar caridad.

—¿No les molesta? —volvió a preguntar la embarazada.

—No somos precisamente la Madre Teresa de Calcuta para decir lo que está bien o mal — contestó el cobrizo, encogiéndose de hombros—. Joe solo cuida nuestros intereses. Procura aceptar lo que nos genere dinero y lo que no, simplemente lo desecha.

Por primera vez Amber se sorprendió al ver cómo todos opinaban exactamente lo mismo. Sin querer entrar más en la conversación, tomó a su marido de la mano y lo condujo a la pista de baile.

Por el rabillo del ojo, Edward podía ver cómo la gente los miraba. Había gente importante en el lugar, pero ninguna era tan famosa como ellos. Los veían con determinación y ganas de acercarse, pero al parecer nadie se atrevía por miedo al rechazo. A lo lejos vio cuatro rostros conocidos. Sonrió.

—Ahora vengo —les dijo a Alex y Nick.

Comenzó a caminar entre la gente hasta que llegó con sus primos. Alice fue la primera en verlo. Dejó a su esposo a media conversación para lanzarse a los brazos de su primo.

—Mapache —murmuró la duende.

Edward le sonrió con amabilidad antes de soltarla. La siguiente en abrazarlo fue Rose. Para desagrado de su prima, la sostuvo por más tiempo.

—Por un momento pensé que no vendrías —le dijo al oído.

—No podía fallarte —dijo mientras la soltaba.

Depositó a Rosalie en su lugar y prosiguió a saludar a Emmett y a Jasper, ambos con un fraternal abrazo.

El rubio sonrió al ver a Edward tan compuesto.

—Luces bien, Cullen —dijo a modo de cumplido.

Edward sonrió débilmente al recordar la última vez que vio a Jasper. Había estado tan ebrio y drogado que dijo cosas que hubiese preferido testificar en su juicio.

—No me quejo.

Emmett comenzó a reír. Edward volteó a ver a su primo.

—Y tú, grandulón. ¿Cómo te trata la vida?

—Estupendo. La vida al lado de la mujer que amas es fabulosa —respondió mientras veía a su esposa.

El cobrizo asintió. Al parecer estaban muy enamorados.

—Y fuera del matrimonio, ¿cómo te va?

—En este momento estoy de vacaciones. —El hombre se pasó una mano por el cabello, característica de los Cullen cuando estaban nerviosos—. Sigo reponiéndome de la última lesión. —Apuntó su pierna—. Pero ahí vamos.

Rosalie abrazó a Emmett con ternura.

—Te amo —le susurró Rosalie.

El ojiverde fue el único que escuchó eso además de ellos. Sonrió al verlos tan unidos.

—En ese caso... Si necesitas algo. —Edward vio fijamente a su primo—. Solo llama.

Emmett asintió. —Lo sé.

Lo siguiente de la conversación fue acerca de ponerse al día con sus vidas. Alice y Jasper se mudarían de Los Ángeles a Chicago, debido a que Jasper había sido contratado por los Toros de Chicago, además de que Alice necesitaría ayuda con la llegada del nuevo bebé. Rose y Emmett volverían a su casa en Hawái para continuar su luna de miel y seguir con el tratamiento de Emmett. Por su parte, Edward les contó que estaba en plena grabación del nuevo disco.

—¿Dónde está esa chica que te trae loco? —le preguntó Rose a Edward en un susurro.

Él la tomó del brazo para conducirla a un lugar donde pudiesen hablar sin que nadie los escuchara.

—La invité. —Él sonrió al recordar su conversación con Bella—. Tiene trabajo en Dakota del Sur, así que no podrá venir.

—Rayos —murmuró la rubia con enojo—. De verdad quería conocerla.

Edward negó con una sonrisa.

—Será en otro momento.

Rose asintió. Tomó su brazo y volvieron con los demás. La conversación continuó entre bromas y chistes. Edward no participó en ningún momento, solo riendo ocasionalmente.

De un momento a otro mientras conversaban, vio cómo se agitaban las cortinas de la entrada, anunciando la llegada de alguien. Las cortinas se abrieron dejando ver a la mujer más hermosa que Edward había visto.

Cuando Bella entró al lugar, jamás imaginó que todas las miradas se posarían en ella. Sentía mirada de todo tipo; envidia, celos, lujuria, deseo, pero hubo una en particular que le llamó la atención. Se giró con delicadeza para ver de quién se trataba. Una penetrante mirada color verde la veía desde el otro extremo. No hacía falta adivinar quién estaba bajo ese antifaz negro con cuernos. Lo examinó por un momento. Iba vestido con un traje negro al igual que su camisa. Lo único que resaltaba de él era su mirada. Al lado de él, se encontraban dos mujeres hermosas, una de cabello negro y otro de cabello rubio. La de cabello negro traía puesto un vestido violeta y la rubia uno de color rojo.

A Edward se le secó la garganta al ver cómo lucía Bella. Traía puesto un hermoso vestido azul frondoso, con escote de corazón y detalles en tono plateado, haciendo resaltar sus ojos. Su cabello iba en ondas hasta debajo de los hombros. Estaba fabulosa. Venía acompañada por su hermano, Vincent, quien traía un smoking y un antifaz dorado que hacía juego con sus ojos color aceituna.

—Ahora vuelvo —murmuró el cobrizo.

Dejó a un lado a sus primos y comenzó a caminar entre la gente. Tuvo que empujar a algunos ya que querían saludarlo, tocarlo y, porqué no, pedirle una foto y un autógrafo. Edward como pudo, se deshizo de todos. Al llegar frente a Bella, sintió que el color se le iba.

—Luces hermosa. —Él le sonrió de una manera poco convencional que hizo temblar sus rodillas.

—Tú no te quedas atrás —dijo Bella—. Me encanta tu antifaz. —Señaló los cuernos.

Edward los tocó.

—Resaltan mi atractivo.

Bella comenzó a reír y Vincent se aclaró la garganta, haciéndose notar. El ojiverde volteó a verlo.

—Un gusto volver a verte —murmuró mientras le extendía la mano al hombre.

—El gusto es mío —dijo, tomándole la mano.

Ambos se dieron un fuerte apretón. Uno le dejaba saber que no se sobrepasara con su hermana, mientras que el otro le decía que no lo molestase, de lo contrario, lo conocería de verdad.

En cuanto Edward escuchó los primero acordes de Give me love, sonrió de una forma que debía ser ilegal.

—¿Me permite esta pieza? —Edward le estiró la mano a Bella.

Ella asintió al verlo devastadoramente guapo. El hombre tomó su mano y la condujo hasta la pista. Ambos podían sentir las miradas curiosas por saber quién lo acompañaba. Edward la tomo de la cintura y Bella colocó su mano en el hombro ajeno, comenzando a bailar. El balanceo era tranquilo. Estaban bailando una balada como si fuera un vals.

—¿Por qué no me dijiste que vendrías? —preguntó Edward.

Bella levantó su rostro para poder verlo.

—No sabía que vendría sino hasta hacía dos horas. Cuando volví de Dakota, Vincent estaba en casa de mis padres vistiéndose para venir. En cuanto me vio, me pidió que lo acompañara. —Bella sonrió al ver cómo Edward levantaba una ceja—. Al principio me resistí. Después recordé que vendrías y acepté.

Edward sonrió al reconocer la necesidad en la voz de Bella.

—¿Así que estabas loca por verme? —cuestionó, levantando una ceja y sonriendo.

Bella rodó los ojos ante la pregunta.

—Te equivocas —murmuró—. Estaba loca por venir a una fiesta llena de gente rica y prejuiciosa que no deja de observarnos.

Sin necesidad de voltear hacia los lados, él asintió.

—Has herido mi ego. Ahora sé que lo único que quieres es salir en portadas de revistas.

—Me descubriste. — Lo miró con una sonrisa—. Mi único propósito desde que te conocí, fue colgarme de tu fama.

Edward sonrió ante la broma, aunque por dentro estaba temeroso de que eso fuera lo único. Por la manera en que lo veía, sabía que no era así, pero no podía cantar victoria. Lo mismo pensó una vez de Kate.

—Por cierto. —Bella llamó su atención—. ¿Quién era la chica que salió contigo en la portada de la revista?

«¡Mierda!»

Había olvidado el tema de Jessica. La vez que la castaña le habló después del altercado con ella, pensó que sería para hablar de eso, pero cuando no tocó el tema, pensó que no habría un cuestionamiento después. Hasta hora.

—Se llama Jessica. La conozco desde que tenía 20. Ella fue la primera chica que conocí cuando llegue a este medio. —Bella ladeó la cabeza. No daba crédito a que solo fueran amigos.

—No parecían amigos precisamente.

Edward hizo una mueca al escuchar el tono de reproche.

—Por mucho tiempo fuimos amigos con derechos. —Él desvió la mirada—. Ahora somos una especie de amigos.

El que no la mirase a los ojos cuando habló hizo que Bella desconfiara aún más.

—Sé que no somos nada, y no tengo derecho de cuestionarte esto. —Edward volvió a mirarla—. Pero no me meto en un caso sin antes conocerlo.

En ese momento la canción terminó. Se soltó de los brazos del cobrizo y comenzó a caminar entre la multitud. Se quedó ahí parado, viendo cómo se iba. Sin pensarlo, corrió detrás suyo. Para llevar tacones, Bella caminaba demasiado rápido, haciéndolo correr. Antes de que pudiese cruzar la entrada, un brazo fuerte la detuvo. Se giró para ver de quién se trataba y unos enormes ojos verdes la miraban.

—Quédate —murmuro a media voz—. Quédate y te lo explicaré.

Bella pareció confundida ante aquellas palabras. Y aún más ante las acciones. Tomándola de la mano, la arrastró de vuelta a la fiesta y la colocó a un lado de Vincent. En cuanto la dejo, caminó hacia cuatro hombres vestidos de smoking. Conversó un par de minutos con ellos, hasta que subieron al escenario y la música se detuvo.

—Hola —saludó el ojiverde mientras sus compañeros preparaban los instrumentos—. Sé que no hace falta presentaciones, saben de sobra quiénes somos. Por lo tanto, solo espero que disfruten de esta nueva canción.

Los acordes de una canción que nadie había oído comenzaron a sonar. Todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo para ponerle atención a lo que la letra decía.

—Como no tengo las palabras para decírtelo…

Las puertas de esta prisión no abren para mí

Me arrastro sobre estas manos y rodillas

Oh, intento tomarte de la mano

Estoy aterrorizado entre estas cuatro paredes

Estas barras de hierro no pueden aprisionar mi alma

Todo lo que necesito es a ti

Ven por favor, te estoy llamando

Y oh, te estoy gritando

De prisa que me caigo, estoy cayendo

Muéstrame lo que es

Ser el último esperando

Y enséñame la diferencia entre el bien y el mal

Y te mostraré lo que puedo ser

Dilo por mí

Dímelo

Y dejaré esta vida atrás

Dime que vale la pena salvarme

Las puertas del cielo no abren para mí

Con estas alas rotas estoy cayendo

Y todo lo que puedo ver es a ti

Las paredes de esta ciudad no tienen amor para mí

Estoy en la cornisa de la decimoctava historia

Y oh, grito por ti

Ven por favor, te estoy llamando

Y todo lo que necesito de ti

De prisa que me caigo, estoy cayendo

Muéstrame lo que es

Ser el último esperando

Y enséñame la diferencia entre el bien y el mal

Y te mostraré lo que puedo ser

Dilo por mí

Dímelo

Y dejaré esta vida atrás

Dime que vale la pena salvarme

De prisa que me caigo

Todo lo que necesito es a ti

Ven por favor, te estoy llamando

Y oh, estoy gritando por ti

De prisa que me caigo, estoy cayendo

Muéstrame lo que es

Ser el último esperando

Y enséñame la diferencia entre el bien y el mal

Y te mostraré lo que puedo ser

Dilo por mí

Dímelo

Y dejaré esta vida atrás

Dime que vale la pena salvarme

Cuando la canción terminó, Bella estaba envuelta en los brazos de su hermano, llorando. La canción había sido muy hermosa. Ahí estaba él, erguido frente a un montón de gente, cantándole lo que no podía decir. Todas esas palabras le trajeron lágrimas. Nunca, en toda su vida, se hubiera imaginado que alguien le cantase una canción, y mucho menos frente a toda esta gente sin importarle nada.

En la parte de atrás, Rosalie sonreía triunfante al ver cómo su mejor amigo vencía uno de sus más grandes miedos. El reconocimiento en público. Alice, por su parte lloraba, aparte de estar sensible por el embarazo, la canción le había causado sentimientos encontrados. Felicidad por su primo y tristeza por la verdad en su voz. Jasper y Emmett lo miraban orgullosos. Ambos sabían que un gran hombre vivía en él, solo era cuestión de tiempo para que encontrase una mujer que valiera la pena para hacerlo relucir.

En cuanto terminó de cantar, la buscó con la mirada. La encontró al lado de su hermano, con los ojos llorosos. Sin dudarlo, dejó la guitarra a un lado y saltó del escenario. Sin importarle quién lo estuviese viendo, se abrió paso entre la multitud. Cuando llegó frente a ella no lo pensó, tomó con suma delicadeza su rostro y juntó sus labios hasta tomarla en el más fiero beso que jamás había dado.

La cabeza le comenzó a dar vueltas. La castaña no podía con todas las emociones que esto le había traído. Primero por la canción y segundo por el beso abrasador que Edward le estaba dando. Sus labios eran suaves, igual que la primera vez, frescos y amoldables. Su aliento fue el que la hizo desfallecer. Una combinación entre champaña, cigarrillo y menta.

No supieron cuánto tiempo pasó, solo que ninguno de los dos quería detenerse. Cuando el beso se tornó más apasionado, él lo deshizo lentamente, dejándola gimoteando.

—Por mucho que me encante besarte, creo que tenemos que hablar —murmuró sin soltarla.

Bella asintió.

Por suerte cuando ambos voltearon, la gente había dejado de verlos. Unos bailaban y otros comentaban, sin hacerse muy notorios. Edward la tomó de la mano y comenzó a conducirla hacia el balcón.

—Después de lo que has escuchado, ¿crees estar lista para esto? —Se podía notar la inseguridad en la voz del ojiverde. En ese momento estaba más nervioso que la primera vez que cantó en público.

—¿A qué te refieres con estar lista?

Él la soltó y dio un paso hacia atrás.

—Soy una figura pública. Lo que acabo de hacer significa que le acabo de decir al mundo que una chica me trae loco. Esto hará que los periodistas se maten por conseguir la nota en exclusiva de quién eres. Todo el mundo querrá saber todo de ti. Ya no podrás vivir en el anonimato, incluso tal vez afecte tus misiones en el FBI.

Bella abrió los ojos al enterarse de todo. Ella entendía de sobra lo que quería decir, sabía que la vida de un famoso no era del todo fácil como parecía, pero al escuchar que su trabajo podría fallar por esto, le hacía no estar tan convencida. Caminó hacia él.

—Desde hace un año. —Se detuvo para hilar sus ideas—. Lo único que me importa es mi trabajo. No hago nada más que enfocarme en eso para ser la mejor. No tengo una vida social, y mucho menos amorosa. —Edward tragó en seco al sentir cómo esas palabras se le clavaban en su pecho. Al parecer había vuelto a perder. Ella se levantó de puntitas y tomó el cincelado rostro entre sus manos—. Pero desde que te conocí, todo cambió. Ahora todo el día me la paso pensándote, preguntándome cómo estarás, con quién estás, qué estarás haciendo. Desde que te encontré en el jardín de la cabaña no hubo algo más en mi mente que tú. —La sonrisa del cobrizo se amplió—. Sé que todo esto es precipitado, pero estoy sintiendo por ti algo que ni siquiera yo puedo explicar. —Se inclinó para poder besarla, pero ella lo detuvo, colocando su mano entre ellos—. Déjame terminar. Ahora, sobre mi trabajo. —Bella ladeó su cabeza—. Prefiero disfrutar lo que dure el momento contigo a que cuando tenga 50 me lo esté reprochando por no haberlo hecho.

Con un movimiento ágil, Edward la tomó de la cintura, levantándola un poco más.

—¿Eso es un sí? —Quería saber la respuesta a una pregunta no hecha, precisamente.

Bella lo tomó de la solapa y lo arrastró hasta tenerlo enfrente.

—Cuidado, príncipe encantador, que yo no doy nada a la ligera. —Y con esa respuesta, el ojiverde acortó la distancia, volviendo a besarla.

Cuando sintió que su miembro comenzaba a cobrar vida debido a los besos de la castaña, supo que era momento de retirarse.

—Hay que ir a otro lugar —murmuró con voz baja.

Bella sintió sus mejillas arder a causa de la excitación.

—Tienes razón. —Por un minuto había olvidado dónde estaban—. Daríamos todo un espectáculo si nos encuentran echando un polvo aquí.

Edward comenzó a reír mientras asentía.

—Apareceríamos, posiblemente, en primera plana. —Tomó la mano de la chica para dejar el balcón—. Tenemos que salir de aquí —dijo en cuanto cruzaron el umbral.

—Sí. —Buscó a su hermano con la mirada y lo encontró hablando con una chica cerca de una ventana—. Deja que me despida de Vincent.

Edward asintió mientras buscaba a Rosalie.

—Está bien. Yo iré a despedirme de Rose —dijo antes de soltarla—. ¿Bella? —Ella se giró al escuchar su nombre—. Nos vemos en la salida en cinco minutos. —Asintió y continuó su camino.

Él continuó buscando a Rose. La encontró hablando con Emmett.

—Rose. —La aludida volteó al escuchar su nombre.

—Hasta que el mapache aparece —dijo en tono de burla—. Ya te hacía en otros asuntos. — Levantó las cejas sugestivamente.

Edward rodó los ojos.

—Deja mi vida sexual a un lado. —Se pasó la mano por el cabello al ver que Bella se dirigía a la salida—. Tengo que irme.

La rubia lo miró con el ceño fruncido.

—¡No! —dijo ella—. Quedaste que ibas a cantar un par de canciones.

—Lo sé. —Volvió a mirar a la salida y regresó su mirada a su amiga—. Pero tengo que irme. —El rostro de la chica se desfiguró—. No te voy a dar una explicación, solo vengo a despedirme. —Sin más se dio la vuelta.

—¡Detente! —Él detuvo su andar al escuchar el grito de su amiga.

—¡¿Qué?! —preguntó, un tanto alterado, mientras se giraba para verla.

—¡Me prometiste que cantarías!

—¡Y ya lo hice! —gritó Edward al escuchar el tono de su amiga—. Ahora me voy.

Continúo su camino sin escuchar lo que aquella gritaba. No era que no le importara, al contrario. Si había alguien por quien realmente se preocupase, era ella, pero por esta vez, por tan solo una noche, quería estar con alguien que no lo juzgara, que no le recordara quién era ni su pasado. Tal vez cuando esto terminara, pagaría por ello, sin embargo lo disfrutaría.

Al llegar a la salida, encontró a Bella erguida junto a la puerta, fumando.

—Lamento la tardanza —dijo a modo de disculpa.

Bella asintió. Tomó su cigarro y lo arrojó para apagarlo.

—¿Nos vamos? —preguntó, un tanto inseguro al ver la cara de Bella.

—¿Cuál de estos es tu auto? —interrogó, viendo hacia todos lados.

—Ese de ahí. —Él señaló el Jaguar 1995 color negro.

Bella silbó por lo bajo.

—Tienes un buen gusto.

Edward la miró y asintió.

—El mejor.

Al sentir su mirada, volteó.

—Me refería a los autos.

—Yo también —dijo él en broma, haciéndola sonreír—. Pues vámonos. —Le puso la mano en la espalda a Bella y la condujo hacia su auto.

Cuando estuvieron frente al Jaguar, la ayudó a subirse y luego procedió a hacer lo mismo. Una vez se acomodaron en el auto, lo encendió y comenzó a conducir. Mientras salían del estacionamiento, pensó en primer instante en llevar a Bella a un hotel, pero eso sería tan impropio, banal y común, que incluso la insultaría. Después pensó en llevarla a su departamento, pero ese era un lugar aún más sucio, el hogar de sus demonios, de sus desastres. De lo peor de él. Así que lo descartó. Al verse sin lugares, orilló el auto.

En cuanto estacionó el auto, miles de preguntas comenzaron a correr por la mente de Bella. ¿Acaso se estará arrepintiendo? Esa era la que más sonaba en su cabeza. No era difícil de entender. Podía traer a cualquier chica en vez de conformarse con la agente del FBI. Respiró profundamente, preparándose para escuchar el rechazo.

—No tengo un lugar al cual llevarte —susurró el hombre apenado y con la cabeza gacha.

Ella soltó el aire de golpe al escuchar de qué se trataba. Incluso sonrió por lo apenado que Edward lucía. Lo tomó de la mano haciendo que voltease a verla.

—No te preocupes. —La observó confundido—. Vamos a mi departamento. —Él levantó una ceja—. No me digas que pensaste que aún vivía en casa de mis padres.

—No te lo diré, pero sí lo pensé. —Sonrió al reconocer su error.

—Pues déjame decirte que tengo un lugar al cual puedo llevar hombres a todas horas sin que mis padres se enojen o se enteren.

Edward comenzó a reír.

—En ese caso… —Se llevó la mano de Bella a sus labios—. ¿A dónde, princesa?

Aún sonriendo, le indicó la dirección. Al llegar, se dio cuenta de que vivía en una de las nuevas zonas residenciales de Chicago. De seguro no tenía mucho de haberse mudado. Mientras examinaba la zona, Bella le indicó dónde estacionarse. Una vez que acomodó el auto, Bella se apresuró a bajar. Edward hizo lo mismo al verla abajo y rodeó el auto para encontrarse con ella. Bella le extendió la mano, la cual no dudó en tomar. Tomados de la mano, ella tomó el mando. Llegaron a un edificio moderno con fachada de ladrillos oscuros. Él miró hacia arriba.

—¿En qué piso vives? —preguntó.

—En el doceavo piso —respondió mientras abría la puerta.

—Dime que tienes elevador —murmuró al momento de entrar—. No quisiera volver a pasar lo mismo que en la torre Willis.

Bella comenzó a reír al recordar su cara mientras subían todos esos escalones.

—Este tiene elevador —afirmó, conduciéndolo a él.

En cuanto subieron al elevador, no contuvo más sus ganas y se abalanzó sobre Bella, arrinconándola a una esquina. Tomó su boca en un fiero beso lleno de necesidad. Ella no podía respirar al sentir la cercanía de Edward. La tenía aprisionada entre su cuerpo y la pared. Las manos del hombre eran tan rápidas que iban de un lado al otro sin detenerse demasiado.

De pronto la campanilla del elevador se escuchó, anunciando su llegada al piso de Bella. A regañadientes se separaron. Ella por su parte, respiró hondo antes de avanzar. Tomó de la mano a Edward y juntos llegaron a la puerta del departamento. Sacó sus llaves y abrió la puerta. El artista se quedó impresionado al ver el estilo industrial. La chica entró primero, jalándolo para que entrase.

—Vaya. —Miró hacia todos lados, asombrado por las pinturas que adornaban el departamento.

Ella sonrió al darse cuenta de que la decoración le había gustado.

—Llevo cinco años coleccionando pinturas —expresó cuando vio a Edward acercarse a la pintura llamada Fabrica.

Le echó un vistazo una vez más la sala. La colección de pinturas era simplemente impresionante. Detuvo su mirada en Bella. Ella lo miraba sonriente. Con toda la gracia posible, comenzó a caminar hacia ella. Estando frente a frente, tomo su cara con ambas manos.

—Me encantan todas estas obras de arte. —La agente iba hablar, pero él la calló con un beso—. Pero por ahora solo quiero contemplar una —susurró en sus labios.

Edward la cargó hacia una habitación con la puerta abierta. Al llegar, omenzó a quitarse el saco y después la camisa.

«¡Dios mío!», pensó Bella sin respiración mientras contemplaba por segunda vez el torso desnudo del hombre. La primera vez le había parecido fantástico, pero esto... Superaba todo. Sobrepasaba su recuerdo. Tenía unos hombros anchos y un torso que se iba estrechando. Una ligera capa de vello le otorgaba un aspecto masculino.

Viéndole de frente, pudo apreciar todos los tatuajes que poseía. Tenía tantos que casi no se veía su tono de piel original. Al verlos uno por uno, hubo uno en particular que llamó su atención. Era el pez koi, este estaba justo encima de su corazón. Ese era del tipo de tatuajes que no te hacías a la ligera.

—Antes de continuar. —Bella dejó sus pensamientos aún lado al escuchar la voz de Edward—. Tienes que tener algo muy presente. —La mirada esmeralda se suavizó—. No me jales el cabello.

Bella tragó en seco al escuchar la sinceridad en su voz. Parecía un chico asustado, evitando hacer algo que le traía malos recuerdos.

—Nunca haría algo que te causara dolor.

El corazón del hombre se hinchó al escuchar la sinceridad en esas palabras. Sin pensarlo más, se acercó a ella y alzó las manos para colocarle el cabello alrededor de los hombros. Mientras le pasaba los dedos por los mechones, se acercó a ella y volvió a apoderarse de sus labios.

Bella soltó un gemido, deslizando las manos por esos duros pectorales. El tacto de su piel era maravilloso. Con delicadeza, pasó sus dedos entre los pezones endurecidos. Edward gimió de placer al sentir esas finas manos sobre su cuerpo. Con agilidad, comenzó a desabrocharle el vestido lentamente y ella sintió un escalofrió cuando acabó. Por suerte, ese día llevaba las braguitas y sujetador a juego.

Él nunca se había sentido tan inseguro como en este momento. No era del tipo que tenía relaciones muy afectivas. Era más de polvos rápidos y sin compromisos, pero al estar frente a Bella, la perspectiva cambiaba. Le tomó la cara con ambas manos y la besó con suma delicadeza, temeroso de hacerle daño. La incitó a apoyarse en la pared con mucho cuidado, al mismo tiempo que pateaba el vestido. Cuando sus cuerpos se juntaron, ambos gimieron. Mientras mordisqueaba sus labios desabrochó el sujetador y exhaló al sentir la liberación. Edward inclinó la cabeza para chuparle un pezón y entre tanto ella le enterró las uñas en la espalda.

Llevaba casi un año sin tocar a una mujer de manera tan íntima; todo un récord para alguien como él. Esto debido al accidente que lo llevó a apartarse de los escenarios, de su familia y de la vida en general. Desde esa noche no había nadie a quién él deseara. Había quedado tan asqueado, que ahora con esta mujer en sus brazos era como renacer. Bella no hizo desaparecer todo el dolor que había en él, pero sí lo mitigaba. Y solo por eso ella era magnífica.

Bella no podía sostener ningún pensamiento. Estaba completamente cegada a causa del placer. Sin embargo se obligó abrir los ojos para grabar este momento en su memoria. Al hacerlo, su mirada se encontró en el espejo que tenía justo enfrente. Desde ese ángulo se podía ver la perfecta espalada de Edward. Contempló con rareza las cicatrices y el enorme tatuaje de dragón que poseía. Comenzó acariciar las cicatrices mientras abandonaba su pecho derecho para comenzar a torturar el izquierdo. Por las marcas en su espalda, entendió que en el mundo de Edward no existía el amor y la confianza. Estaba cubierto de quemaduras y aberturas que fueron cubiertas con un gran tatuaje por miedo a que alguien las descubriese, pero aún sin conocer ningún tipo de amor, se comportaba tan tierno que la hacía querer llorar.

En estos momentos estaba acariciándole el vientre. Con los ojos entrecerrados, observó en el espejo cómo introducía una mano bajo el elástico de sus braguitas negras para tocarla de forma más íntima. La sensación de esos largos dedos internándose en el lugar más sensible de su cuerpo le arrancó un gemido. Y volvió a gemir a medida que esos dedos penetraban su interior.

Siguió besándola hasta que llegó al vientre. Una vez allí, sacó la mano de las bragas y se las quitó, deslizándolas por las piernas con los dientes. Se arrodilló frente a ella y la miró con una expresión ardiente, apasionada y voraz. Aunque ella estaba desnuda, él todavía no se quitaba el pantalón del traje.

Bella se mordió el labio inferior mientras él le separaba las piernas. Su aliento la abrasó. Lo vio cerrar los ojos y apoyar la cabeza en su muslo como si estuviera saboreando el simple hecho de estar con ella. La ternura del gesto le provocó un nudo en la garganta. Acarició una de sus ásperas mejillas y el roce de su barba avivó aún más el deseo. Siseó de placer al sentir venir su primer orgasmo. Tuvo que aprovechar todas sus fuerzas para no caerse. Por su parte, Edward se dispuso a devorarla. La lamió y excitó hasta que todo comenzó a darle vueltas. Cuando se corrió, el orgasmo fue intenso y largo.

Escuchar el grito de la chica le arrancó un gruñido. Dejó un rastro de besos mientras se ponía de pie. Bella tuvo que levantar la cara poder mirarlo. Desde ese ángulo lucía más hermoso que de costumbre. Su mirada se había iluminado a modo que parecía tener una llama encendida en ellos. Su sonrisa era fiera y su cabello estaba despeinado. Al encontrar su mirada entre la tenue luz de su habitación, le tomó la mano y la colocó sobre su palpitante erección.

Bella tragó mientras introducía la mano bajo el pantalón de vestir. El crespo vello púbico le hizo cosquillas cuando encontró lo que buscaba. Cuando lo rodeó con los dedos, lo escuchó gemir. La tenía de un tamaño bastante considerable, húmeda y dura. Mientras lo acariciaba, le tomó la cara con ambas manos y le dio un beso profundo.

Se alejó de ella un instante para quitarse los zapatos. Cuando se llevó las manos a la cremallera, contuvo el aliento. Lo observó mientras se bajaba los pantalones, quedando libre.

—¿No usas ropa interior? —preguntó al verlo como Dios lo trajo al mundo

—Así es más cómodo —respondió, encogiéndose de hombros.

Bella le sonrió. Ahí erguido, completamente desnudo, estaba para comérselo. Sin pensarlo se arrojó a sus brazos, provocando que el cobrizo tambaleara y cayeran en la cama. Una vez arriba, Edward le apartó el cabello del cuello para dejar un mordisco en esa zona. Comenzaba aferrarse a ella. Con un ágil movimiento se acomodó entre sus piernas. Tomó el condón que traía en su mano y se lo acomodó. Su boca s fue a sus pechos mientras sus manos se acomodaban en su entrepierna. Luego se ocupó de su oreja. Le dio una mordida a su lóbulo al mismo tiempo que la penetraba. Bella soltó un grito de placer al sentirlo dentro.

Edward soltó un gruñido al sentirse rodeado por la humedad de Bella. Ella levantó sus manos, tomándolo de la cara y levantó sus labios hasta que se unieron con los de él. El beso era abrasador al igual que las embestidas. Pasó sus manos a la nuca ajena, sin dejar de besarlo. Porque dejarlo era algo que nunca querría hacer. Tenía los mejores labios que jamás había probado.

Las embestidas continuaron, dejándola sin aliento, cuando separan sus bocas ella gemía como nunca lo había hecho. La verdad era que Edward era un amante en toda la extensión de la palabra, preocupado más por el placer de quien tenía en frente que por el suyo. Le gustaba ponerle empeño en lo que hacía. Llevaba dos meses imaginándose como sería tenerla entre sus brazos y ahora que se estaba haciendo realidad no era nada comparado con su imaginación.

—Dios, Edward… —musitó mientras se frotaba contra su mejilla.

Edward continúo con las estocadas al mismo momento en el que su boca viajaba al cuello de Bella. La castaña sintió cómo la llenaba hasta el fondo, sin ser doloroso. Cuando él colocó su mano en su clítoris y comenzó a frotarlo lentamente, se sintió desfallecer. Cerró lo ojos, entregándose a un nuevo orgasmo.

—Así, nena —le susurró al oído—. Córrete de nuevo.

Y lo hizo. Como si su vida dependiera de ello. ¡Dios Santo! ¿Había algo mejor que esto?

Cada embestida de sus caderas incrementaba el placer y la sensibilidad. Edward se aferró más a ella al sentirse al borde del clímax. Incrementó el ritmo de sus embestidas a medida que se acercaba el momento. Ella le mordió el labio inferior, acto que le hizo perder la concentración. La abrazó mientras se corría en su interior. Hundió su cabeza en su cuello y aspiró su maravilloso aroma. Se embriagó con él. Cuando el orgasmo llegó a su fin, Edward se recostó, llevándose a Bella consigo sin salirse de ella.

Así, abrazados, ella quería detener el tiempo.

—Vaya… Eso fue… Muy bien—dijo mientras levantaba la mirada para verlo.

—Mejor que bien —murmuró al momento que le daba un beso en la coronilla, antes de salirse de su interior.

Se levantó de la cama, dejándola recostada. Le guiñó un ojo antes de perderse en el baño.

Minutos más tarde, cuando regresó del baño, Bella ya dormía en la cama. Sonrió al verla acomodada en un ovillo. Caminó hacia la cama, jaló el cubrecama y la tapó con este, dando un paso hacia atrás.

Al verse allí parado en medio de la recámara, no supo si irse o quedarse. No acostumbraba a quedarse con las mujeres después del sexo. Ni con Kate izo eso. Por suerte para él, sus pensamientos fueron interrumpidos con el sonido de su celular. Corrió hacia donde estaban sus pantalones para contestarlo.

—¿Diga? —contestó mientras salía a la estancia.

—¡¿Dónde carajos estás?! —exclamó Joe al otro lado del país.

—No te interesa —dijo sin importancia.

—Claro que me interesa. Quedaste en volar esta misma noche a Nueva York…

Edward se despegó el teléfono, harto de la voz de Joe y comenzó a caminar rumbo a la cocina, de donde sacó un vaso y se sirvió un poco de whisky.

—Regresaré mañana —murmuró y colgó. No tenía ganas de hablar más.

Dejó el vaso de whisky y regresó a la habitación. Al verla una vez más, decidió quedarse a dormir con ella. Al final de todo, quería conservar este momento lo más que pudiese.


Nota de la autora.

Ahora no hay algo que aprender xD o tal vez sí, pero ya se los dejare a su criterio. Aun así infinitas gracias por sus reviews, los leo todos, me encanta como piensan y el cariño que le dan a esta historia. (No tengo como pagarles).

Por cierto Bienvenidas sean las nuevas lectoras. (De verdad ayudan y motivan)

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Por último pero no menos importante gracias a mi Beta (Moni) eres la mejor, gracias por aguantarme y ayudarme.

Nos leemos en el próximo.