NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, SOLAMENTE ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.

¡Hola a todos! sé perfectamente que me he tardado Muuuuuuuuuucho en actualizar :P lo siento, simplemente la idea para este fic...¡Plug! voló. Pero regresó al fin y la he encadenado con dos candados de acero. No escapará en un bueen tiempo :)

Muchas gracias a todas esas personas que siguen leyendo este fic, sus comentarios me apoyan. Originalmente, éste iba a ser un fic muy "ligh" pero se me ocurrió una drama nueva y empieza con éste capítulo. No será muy extenso (al menos, por el momento no le calculo más de dos capítulos para el final) tiene que ver, más que nada, con el pasado de Hakoda y en dónde repercute ésto a sus hijos. (Maldición, pensándolo mejor... ¿tres capítulos más? xD)

Comentarios:

ashlee bravo: te aseguro, de verdad, que terminarán juntos :)

Nieve Taisho: Katara lo descubrirá pronto, y el tema de Sokka y Aang es muy, pero muy tenso.

Enjoy!


Capitulo 11.

El comprobante.

Solamente de ver a Aang tan enojado, Sokka palideció.

—¿Qué demonios está pasando?—reclamo el Avatar, sentándose de golpe en la mesa frente al moreno.

—Primero: cálmate. Te lo explicaré todo. Segundo. Siéntate, no estamos aquí para discutir.

Consciente de que sus emociones desenfrenadas causaban un gran conflicto, Aang tomó asiento y respiró profundamente. El corazón latía desenfrenado, sus sentimientos desbordándose luchaban para no ser reprimidos. Era ya la segunda vez que le pasaba en el día, sus chakras saliéndose de control, los tatuajes emanando un ligero brillo. Aang tardó en reponerse.

—Sokka… dime por favor ¿Qué es lo que está pasando?

—Amigo… ¿Aún puedo llamarte así?—lucía arrepentido, acongojado.

—Claro—jamás dejó de considerarlo como tal—Solo dame una explicación.

Sokka sacó de sus túnicas un pergamino y se lo tendió. Aang, al desenrollarlo, leyó:

Señor.

El plan está marchando perfectamente. Nadie sospecha en absoluto y Hakoda no ha regresado, por lo tanto, usted sabrá a lo que procederé en breve. Katara está completamente enamorada de mi persona (al menos de quien cree que soy) y será sencillo manipularla. Tenga todo listo para la próxima semana al ocaso. Hakoda deberá pagar por lo que nos hizo.

Atentamente:

Aang.

Había abajo un sello. Mostraba un cuerno de mar estilizado.

—Se lucieron—afirmó—La firma es casi idéntica.

—Como no te he visto firmar mucho, temo que caí en la falsificación—admitió Sokka, cabizbajo—¿Ves ese símbolo? Es el de los Invasores del Sur.

—Los conozco—como Avatar, Aang conocía a las potentes amenazas de la paz que el mundo afrontaba actualmente—Pero no sabía que tu padre tuviera problemas con ellos.

—Ése es el punto. Yo tampoco lo sabía.

—¿Podrías empezar del inicio, Sokka? Temo que me estoy confundiendo.

Asintió. Y comenzó a explicarle:

Él recibió esa y otras cartas firmadas por Aang, con el símbolo de los Invasores del Sur. Jet se las dio, enmascarado y pidiendo que no lo delataran. En un principio Sokka solamente pensó que querían abusar de Katara o algo por el estilo, de ahí que se pusiera tan violento y firme en la resolución de que no volvieran a verse.

Pero cuando Hakoda regresó, y Sokka lo puso al tanto, notó por primera vez en años auténtica preocupación en el rostro de su padre. No entendió realmente lo que pasaba, pero Hakoda le prohibió a Katara salir de la casa, fingirían que estaba enferma. No explicó nada, más que los Invasores del Sur eran peligrosos.

Y lo eran. Una asociación criminal que comerciaba con armas potencialmente peligrosas y con esclavos. Sus naves eran rápidas, sigilosas, sus hombres perfectamente entrenados para matar. Como su nombre indicaba, frecuentaban el Polo Sur, así como las regiones sureñas de la Nación de Fuego y el Reino Tierra. Nadie había podido nunca encontrar su base ni detenerlos. Pero ¿Estaba acaso Hakoda involucrado en todo eso?

—Papá prohibió a Katara que te hablara, o si no te mataría. Los dos creíamos que eras un impostor Aang. Ésta noche hablaré con mi padre nuevamente y trataré de saber por qué le preocupa tanto esto.

—Yo también buscaré más información Sokka. Y muchas gracias por explicarme todo.

—Gracias a ti.

Los dos amigos pidieron disculpas nuevamente y se abrazaron. Después, cada uno se fue por su lado a buscar repuestas.

Aang inmediatamente fue al Palacio Real, donde era recibido siempre con halagos. Bastó decir quién era para que las puertas de la biblioteca le fueran abiertas. Él entró e inmediatamente comenzó su búsqueda sobre los Invasores del Sur. Aunque sabía quiénes eran, su origen y parte de sus actividades le eran desconocidas.

Era una organización criminal nacida en los últimos años del Avatar Kyoshi. Ella murió buscándolos. En los dieciséis años que se demoró en aparecer el nuevo Avatar, adquirió gran fama y poder. Su fundador era un hombre que no hizo nada por ocultar su identidad. Se llamaba Tigo. En su infancia y juventud fue un piratas que atacó las naces de comerciantes, principalmente en la Tribu Agua del Sur.

Reunió su propia tropa, más militar que de costumbre. Pero él no atacaba a lo tonto, planeaba minuciosamente sus robos y tenía un código de lealtad demasiado alto para que se le considerara un pirata. Más y más personas acudían a él. Bajo un riguroso rito de iniciación, Tigo los podía contar entre sus filas.

La nave dio lugar a dos naves más. Pronto, se supo de su símbolo común: el Cuerno de Mar. Se hicieron llamar Invasores del Sur en su saqueo más famoso: su interrupción en la Tribu Agua para atacar directamente la bóveda real. Aunque fracasaron, muchas casas fueron arrasadas por el fuego y robaron tantas tiendas, que los costos se elevaron a una suma nunca antes producida por un asalto "pirata".

Su organización era impresionante. Nadie sabía de dónde venían. Sus miembros correspondían a seres de todas las naciones, menos los Nómadas Aire. El Avatar Roku tuvo como principal misión detenerlos, pero a su momento de aparecer era demasiado tarde. Los Invasores del Sur se transformaron en la primera mafia conocida y, desde luego, la más importante.

Para combatirla, Roku creó la Brigada Elemental. Contenía miembros de las Cuatro Naciones. Era una especie de agencia secreta, comandada exclusivamente por el Avatar, que Aang debería conocer próximamente. Ellos eran la principal amenaza de los Invasores. Y, en éste caso, su gran informante.

Aang encontró más archivos interesantes. Los Invasores del Sur no habían provocado ataques en los últimos diez años. Parecían estar inactivos, lo cual claro no iba con la personalidad de esta organización. La última fechoría de la que eran autores fue un asesinado por medio del envenenamiento, que acabó con la vida de un importante diplomático en la sociedad del Polo Sur.

El diplomático en cuestión se llamaba Hagoda.

Aang no pudo ocultar su asombro cuando descubrió, también, que Hagoda era el padre de Hakoda. Abuelo paterno de Sokka y Katara. Tras su asesinato, la viuda se retiró de la política y el hijo, desconocido para la alta sociedad, se mudó de la Tribu.

Pero ¿Hakoda no se había mudado por la muerte de Kya? Al menos, eso era lo que Aang tenía entendido. Si la muerte del padre y de la esposa coincidían era una gran casualidad del destino. Ese ataque parecía ir directo a él. Pero ¿Por qué?

No le gustaba la forma en que iban sus pensamientos, por lo que salió de la biblioteca. Había una persona que podría informarle absolutamente todo lo que necesitaba.

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Hakoda estaba en su estudio, con diversos papeles enfrente. Le costaba concentrarse en su trabajo cuando tenía tantas cosas por las cuales preocuparse. Nunca fue su intención esconderse, pero Ba Sing Se era territorio de los Dai Lee, no de los Invasores. Ellos no podían entrar y hacer lo que quisiera en una ciudad que no les correspondía.

Las cartas que Sokka les mostró le asustaron de una manera que no había experimentado en mucho tiempo. Los planes consagrados previamente en Omashu se esfumaban. Hakoda no sabía ya qué demonios pensar. Veía a su hija, su linda Katara, de ojos azules, de tímidas sonrisas; y recordaba inmensamente a su amada Kya. No se la quitarían dos veces.

Un toque en la puerta.

—¿Mande?—extrañamente, saber que su familia tenías peligros, lo hacía menos propenso al coraje e ira—¿Quién es?

—Padre—Sokka entró en la oficina de Hakoda con un paso firme y mirada seria. Verlo de esa manera hacía que el hombre experimentara una sensación inmensa de orgullo—Tengo que hablar contigo.

—¿Puede esperar?

—No.

Asintió, acomodó los papeles y los guardó en el taburete. Con una sola señal su hijo pasó y se sentó enfrente de él, obviamente, tras cerrar con candado la puerta.

—Hemos cometido un error.

—¿A qué te refieres?—frunció el ceño, no era común que eso pasara, al menos no últimamente—¿De qué error me hablas?

—No fue Aang el autor de esas cartas que te mostré.—sacó una y después otro pergamino firmado auténticamente por el Avatar—Verás que hay una marca de falsificación… en ésta línea.

Hakoda miró ambos bocetos con extremo cuidado y lo descubrió: un pequeño pero importante error. Asombrado de que su hijo encontrara ese descubrimiento, se recargó nuevamente en el respaldo de su silla.

—¿Quién propones que sea?

Se encogió de hombros.

—Puede que sea Jet o Haru. Son malos chicos.

—Necesitamos saber exactamente quién es, Sokka—habló con mayor seriedad—Piensa que de eso depende la seguridad de tu hermana.

—Estoy consciente de ello. Por eso Aang me está ayudando.

Palidez.

—¿Aang? ¿Y porqué confías en él?—habló con voz contenida, visiblemente molesto.

—Él es el Avatar padre. Encontrará más fácilmente una gran cantidad de información. Y quiere de verdad a Katara.

—Si de verdad la quiere que lo demuestre y nos deje en paz.

—Padre, no puedes ser así de inflexible—reclamó el moreno, impresionado consigo mismo por haber hablado de tal manera a su progenitor—Piensa en todas las molestias que se ha tomado, en Suki que me ha dicho…

—¡Un momento!—lo interrumpió—¿Suki está detrás de ésta información?

Su rostro, rojo de ira, era impasible.

—S-si—titubeó.

—¡Sabes que no confío para nada en esa mocosa!—gritó, poniéndose de pie—Y por ende, no confío en ésta información que me has traído.

—Pero, papá….

—¡No quiero "peros"! no creeré nada hasta que no lo vea con mis propios ojos.

—¿Por qué debes ser así de necio?—Sokka, también de pie, estaba enojado por el insulto y por la necedad. Todo ese coraje reprimido hacia su padre comenzó a emerger y no pudo controlarse—¿Pretendes encerrar a Katara toda la vida por ese miedo tonto a que la rapten? ¡No es posible!

—¡Lo es porque lo digo! Y más vale que salgas en estos momentos o…

—¿O qué?—lo retó con la mirada, irguiéndose—No soy un niño.

—¡Pues deja de actuar como tal y lárgate!—tomó asiento de golpe—Tengo mejores cosas que hacer.

No se movió.

—¡Lárgate!

Sokka lo miró un poco más y salió lentamente del despacho. Hakoda, reclinado, pensaba en mil cosas a la vez. Sus pensamientos y sus conceptos morales chocaban constantemente. Estaba desesperado.

Ya no sabía qué hacer.

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Aang fue a la casa de Suki y entre las cosas que ambos sabían fueron atando más cabos. No obstante, quedaban muchas preguntas sin resolver. Tenían sus teorías, y necesitaban saber si eran ciertas. Aang ya había conseguido por medio de unos contactos la entrevista definitiva con un agente que, de seguro, le daría la información que necesitaban.

—¿Estás completamente seguro de esto, Aang?—preguntó Suki

—Completamente—respondió—Pero… no lo sé… no me termina de convencer el que vengas conmigo.

—¡Eso ni se pregunta!—reclamó con enfado—Voy a ir porque he sido afectada por ese hombre mucho antes y mucho más tiempo que tu ¿Quedó claro?

—Ehh….

—Dije… ¿Quedó claro?

Bastó la mirada de Suki para que el Avatar asintiera enérgicamente.

Los dos se pusieron ropa oscura y salieron en plena noche. Aang caminaba por las calles de la ciudad con total fluidez. En determinado momento, acercándose a un sector señalado, los dos se desplazaron con agilidad. Por saltos y piruetas anduvieron de techo en techo hasta dejarse caer grácilmente en el patio de un establecimiento.

Suki, que conocía la ciudad desde hace mucho, miró alrededor.

—¿Conozco éste lugar?

—Probablemente.

Aang extendió su mano y una llamita pequeña salió de ella. La iluminación hizo que la Guerrera contemplara los muros pálidos y los decorados rojos.

—El Dragón de Jazmín.

Una puerta se abrió, conducía a la cocina. Un hombre encapuchado les dio señas de que entraran. Aang pasó sin dudar y Suki lo siguió porque confiaba en su amigo. Posteriormente, otra puerta los condujo a un túnel que terminaba en una salita cómoda y completamente secreta.

El hombre de un solo movimiento prendió las antorchas y se quitó la túnica. Era un anciano que muchas veces vio atendiendo el restaurante, afable, le parecía una buena persona.

Aang lo saludó con mucha reverencia.

—Maestro Iroh.

—Todo un honor tenerlo aquí, joven Avatar.

Suki, que no entendía nada, hizo una mueca a su amigo éste, esbozando una sonrisa, comenzó a explicar.

—Él es el poderoso Maestro Iroh, de la Nación de Fuego. Hermano mayor del Señor de Fuego Ozai. Y dueño de éste espectacular puesto de té.

—¿Tú eres el hermano del Señor de Fuego?—preguntó asombrada.

Efectivamente. Iroh era el primogénito del fallecido Señor de Fuego Azulón. Llevó una infancia tranquila con su hermano menor. Fue el heredero hasta la muerte repentina de su hijo, Lu Ten, poco después de haber perdido a su esposa. Renunció a su derecho legítimo del trono y viajó por las naciones hasta instalarse en el Reino Tierra. Al menos, esa es la versión "oficial".

Iroh desde muy joven había tenido un contacto espiritual muy alto, al grado de caer perdido por accidente en el Mundo de los Espíritus. Salvado por el Avatar Roku, Iroh debía callar sus conocimientos de quienes no lo supieran valorar y así decidió unirse a la Brigada Elemental, como miembro secreto. Al aumentar su edad, terminó también aliado de la Orden del Loto Blanco. Como miembro de dos organizaciones secretas, no podía acceder al trono de forma directa. Iroh tenía muchísima participación, aunque oculta, en la política de su país. Pero vivía tranquilamente en Ba Sing Se su adultez, pensando que quizá, en menos de diez años, se rencontraría con su amada esposa y querido hijo.

—Así es. Pero dime solo Iroh.

—¿Cómo…? ¿Por qué…?

—Iroh es el líder de la Orden del Loto Blanco—explicó el maestro aire—Una asociación que trasciende las cuatro naciones. Son algo así como la fundación hermana de la Brigada Elemental.

—De la que también soy miembro.—sonrió orgulloso Iroh.

—Eso lo convierte en una persona muy importante, señor.

—No más de lo que me gustaría ser—repuso, tomando asiento—Vaya, sé que los jóvenes gozan de mucha fuerza, pero siéntanse por favor. Es más cómodo hablar de esa manera.

Y los dos tomaron asiento lentamente. Iroh les sirvió té de jazmín, delicioso por cierto. Relajados, ninguno de los dos sabía por dónde comenzar. Iroh lucía sonriente y rebosante de jovialidad, para su gran edad, fue su carismática sonrisa lo que les hizo adquirir confianza.

—Venimos a preguntarle sobre los Invasores del Sur—empezó Aang—Y la relación que tienen con un hombre llamado Hakoda.

Iroh se tensó.

—¿Hakoda, del Polo Sur? ¿El hijo de Hagoda?

—Él mismo.

Iroh dejó la taza de té en la mesita de noche y cerró los ojos, meditando.

—Si, sé quién es—mencionó con una voz queda—No es una historia precisamente… agradable.

—Cuéntenos por favor.

Abrió sus ojos.

—¿Qué relación tiene Hakoda con ustedes?

—Él es el padre de las personas que amamos—le dijo Suki, sin reparos.

—Y los aparta de ustedes ¿verdad?

—Sí—dijeron al mismo tiempo.

—Muy típico de él. Pues, escuchen con atención lo que les diré.

Iroh se puso de pie, y sacó de un cofre pequeño un pergamino. Se lo dio a Aang y habló despacio, explicando minuciosamente los hechos. Ambos jóvenes, al final de la relatoría, tenían lágrimas en sus ojos.

—La prueba de que todo lo que os digo es verdad está en ese pergamino—Iroh lo señaló en las manos de Aang—Usen sabiamente ésta información.

Con eso, los despidió y mandó a sus casas.


Bien, hasta aquí...Qué les pareció? ¿Merece aunque sea un pequeño comentario?

¿Qué creen que haya dicho Iroh sobre Hakoda?

Más sobre esta historia de amor en el próximo capítulo de "Teach me to fly" xD

¡Gracias por leer!

chao!