-La historia es de mi total autoria, claramente basada ligeramente en la serie "Kösem La Sultana" escrita y producida por Timur Savci. Los personajes pertenecen totalmente a Masashi Kishimoot más los personajes y aditamentos de carácter secundario sin son de mi dominio y han sido creados para la dramatización de la historia.
Capítulo 10
Los días pasaban rápidos tras el anuncio de la boda y Sakura agradecía pasar tiempo con Sasuke pese a la presión que significaba eso en su vida y en la rutina del palacio.
Para suerte de todos, Mito no había hecho nada nuevo por intentar lastimarla…y Mikoto se encargaba de asegurar su protección a la vez que trataba con Mei, secretamente, para deshacerse de Mito y enviarla al viejo palacio, al "Palacio de Lágrimas" según le había explicado Kurenai. Kin y ella se llevaban mejor y actuaban verdaderamente como cómplices en todo cuanto les resultaba posibles, aisladas de las intrigas del Harem pero logrando que Kin pudiese informarla de todo cuanto sucedía.
Así como la llegada de nuevas jóvenes por órdenes de la Sultana Mito que se sentía desesperada al ver que Sakura no le guardaba lealtad alguna. Pero tampoco es como si las cosas cambiaran ya que, y no reparando en otras grandes belleza del Harem, Sasuke la llamaba cada noche sin excepción alguna.
Ya había pasado casi un mes desde que había tenido su primera sospecha de embarazo y seguía manteniendo la teoría. El día anterior apenas y había podido probar alimento, todos los olores a su alrededor de provocaban nauseas. Sabía que estaba embarazada, todo se lo decía…pero todavía no se atrevía a decirlo y no tenía la oportunidad. Pasando las noches con Sasuke, aconsejándolo, olvidaba aquello y, cada que deseaba decírselo durante el día, los deberes los separaban y le impedía contarle la verdad a Sasuke. Kin, claramente siendo participe del secreto, la aconsejaba a contarlo, pero Sakura tenía miedo.
¿Y si hacían algo para que perdiera al bebé?
Tenía enemigos, si bien se estaba ganando el cariño y aprecio de muchas en el Harem, eso no significaba en lo absoluto que no intentara algo contra ella, producto de los sobornos de la Sultana Mito. Sasuke había aceptado su sugerencia de arrebatarle a la poderosa Sultana sus más fieles aliados; políticos, doncellas, sirvientes y diplomáticos. Y en lugar de los miembros del consejo que habían estado del lado de ella, Sasuke los había reemplazado por aquellos que le eran leales a su madre, la Sultana Mikoto, haciendo que ahora hasta el propio Fugaku Pasha formara parte del Consejo Real.
Había recibido la respuesta a la carta que había escrito a su familia, Sasuke se la había hecho llegar y con solo recordar las palabras de su padre, Sakura sentía que su alma le volvía al cuerpo tras tan largo tiempo de incertidumbre.
"Mi amada hija, el corazón de todos nosotros se llena de alegría con saberte a salvo. El estar lejos de ti nos rompió el corazón y nos sumió en la más absoluta pena, pero ahora que te sabemos a salvo y feliz nada puede ensombrecernos. Algo te imposibilita volver, tus sentimientos han madurado, mi niña, y sé que en algún momento debíamos de dejarte partir. No importa lo que decidas o quieras para ti, si te hace feliz nosotros siempre lo aceptaremos y te tendremos en lo más profundo de nuestro corazón, para siempre.
Tu padre, Kizashi Haruno, que te ama"
Una parte de su ser, la antigua Sakura, seguía con su familia pero una nueva etapa de su vida, ser y si misma estaba totalmente junto a Sasuke, comprendía que había llegado la hora de buscar su felicidad, una felicidad que podía compartir con otros junto al poder que ahora tendría y con el que podría ayudar a todo aquel que le pidiera ayuda y la necesitara.
Lo estaba dejando todo por Sasuke, estaba dejando todo para dejar de ser una campesina griega y ser ahora aquello que le correspondía…por el hijo que llevaba en el vientre.
Era una Sultana
Sasuke, terminando de leer los informes dados por los capitanes del ejército jenízaro, observo de sola sayo a su hermano Yosuke que jugaba con su nuevo barco sobre un pocillo lleno de agua.
Hasta hacia solo uno momento ambos habían terminado de aquel barco tallado a mano, un momento libre en medio de tanto ajetreo y mediante el cual Sasuke se había reconciliado por completo con su hermano menor que nada de culpa tenia respecto del incidente de la huida, hacía ya un mes. El Uchiha dejo los informes sobre la mesa y se dedicó a observar a su hermano. El príncipe, observando a su hermano, desvió su mirada hacia el plato en que se encontraban unos dulces.
Se trataba de unos dulces de café, cortesía del príncipe Menma Uzumaki que los enviaba para el Sultan y su hermano menor en honor al compromiso que se llevaría a cabo entre la Sultana Hinata y Fugaku Pasha. Sasuke, sonriendo ladinamente, tomo el plato y le ofreció el contenido a su hermano que, sin titubeo o duda alguna, tomo un puñado y se los hecho a la boca en el acto.
-Yosuke, no comas demasiado—le advirtió Sasuke ante la mirada de súplica de su hermano menor que lo miraba como un cachorrito, -sabes que el café te provoca dolor de estómago.
El infante principesco no destiño su expresión tierna, sino que incluso enmarco su expresión suplicante en su rostro con un puchero.
-Pero me gustan—se excusó el príncipe.
Sasuke, revolviéndole el cabello, asintió mientras su hermano tomaba más y le sonreía con los anteriores, aun masticándolos, en su boca. El mayor de los hermanos Uchiha coloco el plato nuevamente sobre la mesa y no pudo evitar observar los cinco dulces que su hermano había dejado. Lo dulce no era algo que le gustara, ni tampoco a su hermano menor que solo disfrutaba de las almendras y avellanas como complemento natural de azúcar. Pero si a su hermano le gustaban, ¿Por qué a él no?
¿Qué más es uno?, se preguntó Sasuke a si mismo antes de decidirse a tomar uno. Al fin y al cabo, si no le gustaban, no tenía por qué comer más.
Sentada en silencio delante de Sakura, Mikoto observo atentamente a la joven pelirosa con quien había desayunado hacia solo unos momentos.
Vistiendo un sencillo vestido blanco de escote en V, y mangas largas y holgadas sobre el cual se hallaba una larga chaqueta dorada ligeramente transparente, con una diadema de tipo cintillo hecha de oro y decoradas con cristales ámbar, Sakura mantenía silencio delante de la madre del Sultan, vestida en galas limón claro bordadas en hilo cobrizo, con el cabello pulcramente recogió y adornado por una hermosa y soberbia corona de oro, perlas y diamantes, con una guirnalda de plata a juego colgando de su delicado cuello.
Mikoto había invitado a Sakura a pasar la mañana con ella y la joven favorita de su hijo no se había opuesto, más desde el desayuno la notaba nerviosa, incomoda y callada, y casi sin apetito. Claro que la invitación de Mikoto no se debía únicamente a un desayuno cualquiera. Temari tenía todo listo para ayudar a Sakura cuyo cabello se mantenía igual de corto tras el ataque, pero también la había llamado porque disfrutaba de su compañía y viceversa.
-¿Hay algo que te inquiete, Sakura?—se atrevió a preguntar Mikoto.
Levantando la mirada hacia la Matriarca Uchiha, Sakura sonrió levemente.
¿De qué le servía mantener en secreto, porque ya sabía que era seguro, el hecho de que estaba embarazada? Independiente de lo que fuese a ser al nacer, el bebé que estaba esperando era miembro el Imperio de los Uchiha; un Príncipe o Sultana que perteneciese a la nueva generación.
-No se…como decirlo, - titubeo Sakura recibiendo como respuesta una sonrisa de parte de Mikoto, cosa que solo la alentó a confesar de todas formas, tomando aire e infundiéndose confianza a sí misma. –Estoy embarazada.
Abriendo los ojos tanto como le era posible, la primera reacción de Mikoto, tras observar a la pelirosa con enorme sorpresa, no fue otra que abrazarla de golpe ante la noticia. Había deseado un nieto desesperadamente, un niño que pudiera ver crecer como Madre Sultana que era ahora, asegurando además la permanencia de su hijo en el trono. Sakura, igual de sorprendida por la reacción efusiva de la Matriarca Uchiha, abrazo a Mikoto de igual modo.
Llena de esperanza por la revelación, Mikoto rompió lentamente el abrazo y observo a Sakura de arriba abajo. Claro que era muy pronto como para que el embarazo se notara pero…estaba extasiada porque eso pasara. ¿Sasuke acaso lo sabría? Sakura, con solo notar la mirada supo lo que la Sultana Mikoto quería preguntarle.
-No, no lo sabe—respondió Sakura, tranquilizando más a Mikoto que, sin embargo, no conseguía menguar la enorme sonrisa que tenía en el rostro ni su brillante mirada emocional, -intente decírselo…pero la situación no lo ha permitido—menciono la pelirosa con ligera tristeza, antes de levantar la mirada nuevamente, -pero quiero decírselo antes de que se dé a conocer públicamente.
Sin hacer desaparecer la sonrisa de su rostro, Mikoto asintió únicamente, acariciando suave y maternalmente el brazo de la pelirosa, acción que al reconforto totalmente. Claro que entendía y compartía los pensamientos de Sakura. Guardia silencio por ella y por la felicidad de su hijo.
-Descuida, no diré nada—prometió Mikoto, con aire de complicidad ante lo cual Sakura sonrió. Levantando su mirada hacia la puerta, Mikoto observo a Shizune que parecía igual de feliz con la noticia, -Shizune, trae a Temari—Sakura observo a Mikoto, confundida por la orden que le dio a la pelinegra que, sin demora alguna, abandono la habitación, -me he enterado que estas algo…insegura, con tu apariencia.
Por instinto, Sakura toco uno de los cortos costados de su cabello que no había crecido en todo el mes que había pasado de lo ocurrido. Sasuke y ella habían pasado cada noche juntos, sin falta alguna…pero no podía evitar sentirse poca cosa o insegura delante de todas las bellezas que había en el Harem con esas largas melenas que adornaban con joyas y que peinaban y cuidaban devotamente…como ella lo había hecho en su momento.
-Ya no soy bonita, Sultana—menciono Sakura únicamente.
Acariciando el cabello de la pelirosa con sus propias manos, sorprendiendo a Sakura, Mikoto corroboro que, por más corto que estuviera ese cabello, seguía siendo suave como la seda y perfectamente cuidado.
-Lo eres, pero…- Mikoto guardo silencio, a modo de suspenso, separándose ligeramente de la pelirosa, -todos necesitamos ayuda en ocasiones.
Antes de que Sakura pudiera preguntar a que se refería con eso, las puertas se abrieron y, acompañada de Shizune, ingreso una bella joven de cabello rubio y ondulado, vestida en bellísimas telas purpuras e índigo con una diadema de oro y amatistas adornándole el cabello. Mikoto se levantó de su asiento, provocando que Sakura la imitara, justo cuando la joven rubia y Shizune hicieron la debida reverencia.
-Sultana—saludo la rubia, con voz melodiosa y marcada de carácter al mismo tiempo.
-Temari—le devolvió el saludo la Matriarca Uchiha.
Manteniendo ligeramente su mirada sobre la rubia, que ahora sabía se llamaba Temari, Sakura distribuyo su mirada desde la Sultana Mikoto hacia Temari, aun sin entender las anteriores palabras de la Sultana ni tampoco la repentina llegada de la rubia de orbes aguamarina. Tras la joven rubia se encontraba una doncella poco llamativa que, envueltos en tela, traía instrumentos que Sakura desconoció por completo y otra a su lado que traía una loza de metal, así como carbón. Y una tercera que traía algo sobre un almohadón y cubierto por un largo lienzo de seda.
-Esta es la favorita del Sultan—señalo Mikoto a Sakura con sus ojos, volteando a verla, -pongo en tus manos su belleza, Temari.
Escuchando la respuesta de Mikoto, Sakura entendió que la joven rubia se encontraba allí para arreglar el "desastre" que Kin había hecho anteriormente con su cabello.
Pidiéndole permiso con la mirada a la Sultana, cosa que Mikoto permitió, sentada sobre su diván y dispuesta a servir de espectadora, Temari se acercó a Sakura y la examino cuidadosamente, tocando el cabello de la joven pelirosa y comprobando cual era el trabajo que tenía que hacer.
-No hay problema, Sultana—respondió Temari, girándose para indicarle, con la mirada, a sus jóvenes ayudantes, que preparasen todo, cosa que procedieron a hacer inmediatamente, -un cabello realmente hermoso—elogió la rubía, sujetando la mano de la pelirosa, indicandole que tomara asiento en un diván desocupado, dándole la espalda, -no te reconocerás cuando yo halla terminado.
Escuchando a Temari, Sakura únicamente atino a guardar silencio y dejarse hacer. Además, y después de haber pasado un mes de ocurrido, no podía quedar peor, ¿verdad?
Luego de que una de sus ayudantes hubiera colocado una mesa a su diestra, Temari eligió uno de los delgados peines y aditamentos dispuestos por sus ayudantes, y desenredo con el cabello de la bella pelirosa que no emitió queja o protesta alguna. La rubia elogio mentalmente el sedoso cabello de la joven el cual no resulto reto alguno al peinarlo. Tomando una de las tijeras, Temari cortó cuidadosamente las puntas dañadas durante el forcejeo del ataque y las cortó ligeramente en la medida que considero conveniente.
Descubriendo el almohadón que una de sus ayudantes había traído, Temari tomo unos largos y sedosos cabellos igual de rosados y sedosos que los de la joven, o como a ella le gustaba llamarlas "extensiones". Temari las sujeto y ubico debidamente en la raíz y extremo de las zonas cortas, cubriendo y omitiendo los mechones cortos, haciendo lucir aquella zona infringida como una verdadera cascada rosa suave; como las flores de cerezo.
Temari, ante la atenta y confiada mirada de la Sultana Mikoto, espero que los implementos de metal a utilizar hubieran sido aclimatados por sus ayudantes que, colocándolos en una placa de metal por sobre el fuego de la chimenea, avivado por el carbón que habían traído, no tardaron en adquirir la temperatura deseada para el trabajo a realizar. La rubia tomo uno de las dos piezas de metal, en forma de un fino tubo, con un seguro y frio mango de oro, y enrollo los cabellos más cortos y finos alrededor de él haciendo que el calor los ondulara. Con otro cilindro casi igual pero más grueso, enrollo el resto del cabello y lo ondulo formando rizos perfectos que cayeron libremente tras la espalda de la pelirosa hasta llegarle a las caderas.
Otras de sus ayudantes, de pie a su lado, sujetaba una bandeja dorada sobre la cual se encontraba un lienzo que tenía encima toda clase de joyas; broches, diademas y telas cubiertas con joyas. Eligio un broche de oro con la ligera forma de una C que estaba cubierto de rubíes y adorno con él la larga melena de la pelirosa, en el lado izquierdo donde formo un elegante recogido que hacia caer el cabello por sobre el hombro izquierdo.
Escuchando a la pelirosa respirar de manera ansiosa, y girándose para ver a la Madre Sultana que sonreía completamente conforme, Temari tomo un espejo que se encontraba en la mesa, a su lado, y sosteniendolo en su mano lo coloco frente al rostro de la pelirosa que se cubrió los labios con sorpresa al ver el resultado.
-¿Qué te parece?—pregunto Temari con una sonrisa.
Sakura, sosteniendo el espejo con sus propias manos, girándose brevemente para observar a una muy sonriente Temari, observo absolutamente sorprendida el resultado. Su cabello nuevamente lucia largo y hermoso, como si nada hubiese sucedido jamás, como si ningún ataque hubiera tenido lugar en ningún minuto pasado. Casi con miedo, toco lentamente su ahora, nuevamente, largo cabello, con lágrimas en los ojos ante lo que estaba viendo y sintiendo.
¿Cómo podía tal cosa ser posible? Para ella parecía un milagro.
-¿Cómo lo hiciste?—preguntó Sakura, incrédula de lo que veía.
Susurrándole al oído, para que la Madre Sultana no entendiera lo que le decía, Temari observo de manera siniestra a la pelirosa que, por un instante, la observo con miedo, como si fuese una especie de bruja.
-Nyang, la hija del sastre del palacio—inicio Temari, fingiendo una siniestra voz de ultratumba, -tiene un cabello igual al tuyo, se lo corte y te lo puse a ti- la pelirosa, se cubrió los labios y sostuvo el espejo, observándola con miedo. Riéndose de la reacción inocente y crédula de la favorita del Sultan, Temari le acaricio el hombro, despreocupadamente, -es solo una broma—reconoció la rubia, devolviéndole el alma al cuerpo a la pelirosa, -todos tienen un talento, y este es el mío.
Sakura sonrió, alegre y cómplice a Temari que, lentamente, se giró hacia la Madre Sultana que personalmente se acercó a comprobar el resultado del trabajo. Sonriéndole a Temari, dirigiéndole su mirada a Shizune, la pelinegra se acercó y le entrego una bolsa con monedas de oro a la rubia quien, con una reverencia y sin darle la espalda, se retiró, sonriéndole a Sakura que hizo lo mismo.
A solas con la Sultana Mikoto, Sakura se levantó del diván y observo a la Matriarca Uchiha que la observaba con una sonrisa.
-Mejor—afirmó Mikoto, acariciando de su propia cuenta la, nuevamente, larga melena de la hermosa pelirosa, -mucho mejor—Sakura sonrió ante los elogios de la Madre Sultana quien, con un gesto de la mirada le indico que la siguiera, -ven.
Sin dudar de ella, Sakura se alejó del diván y siguió a la Sultana Mikoto que se encamino hacia una puerta que se encontraba junto a su cama. La pelirosa siguió a la Matriarca Uchiha a quien las puertas le fueron abiertas por sus doncellas. Siendo seguidas por Shizune, Sakura observo los hermosos vestidos que estaban dispuestos en el interior de la enorme habitación, ahora sabia, era el armario y tocador de la Sultana Mikoto que, caminando delante de ella, se dirigía hacia un vestido en particular que se encontraba perfectamente preparado para que alguien lo usara.
La pelirosa observo con verdadera sorpresa el vestido rojo rubí bordado en hilo de oro y decorado con piedras de topacio que relucía como una verdadera joya ante la luz del sol que se filtraba por las ventas. Sobre lo que parecía ser un pedestal, junto al vestido, se hallaba dispuesta una guirnalda de oro de la que colgaban cinco rubíes en forma de lágrimas siendo el central de mayor tamaño, con un par de pendientes a juego.
Mikoto, deteniéndose delante del vestido, se giró para ver a Sakura que recorría con sus ojos la tela bordada en oro de aquel vestido que, a su parecer, merecía ser usado por una diosa o criatura mitológica de gran belleza. Parecía ser algo sacado de un cuento de hadas, de los muchos que su padre le había contado a ella y a Matsuri desde que tenían cinco años.
-Es muy hermoso, Sultana—menciono Sakura, sin sospechar nada.
Con una sonrisa ladina en el rostro, Mikoto no dejo de observar a la pelirosa que estaba verdaderamente cautivada por el vestido.
-Es para ti.
Con solo escuchar esas palabras, Sakura aparto su mirad del vestido y observo a la Sultana Mikoto con sorpresa total pintándole el rostro. ¿Había escuchado mal o se estaba sugestionando algo?
-No puedo, Sultana…es demasiado—intento evadir Sakura, incapaz de creerse merecedora de tal regalo.
-Un vestido solo tiene valor, dependiendo de quien lo porte—comento Mikoto, alejándose del vestido y quedando frente a Sakura, quien aún parecía indecisa por semejante presente, -la belleza solo te hará una mujer más del Harem…pero serás diferente por el niño que llevas en el vientre y por como pones tu corazón y alma en las cosas—elogio Mikoto.
Pese a no sentirse merecedora de tal regalo, ni de la confianza que la Sultana Mikoto ponía en ella, Sakura asintió únicamente. Después de todo, y producto del bebé que llevaba en el vientre, si sería Sultana. Y puede que incluso más si el destino así lo quería.
La Sultana Mikoto había hecho que llevaran el vestido a sus aposentos para que así pudiera sentirse más cómoda, cosa que realmente si había contribuido a que la bruma de nervios que había cubierto la mente de Sakura por fin le resultara tolerable. Y como si fuera poco le había hecho llegar otros presentes.
Un enorme espejo de cuerpo completo, de estilo veneciano, que tenía un sólido y precioso marco hecho de oro sólido. Y como si no fuese suficiente, cinco coronas; tres de oro (rubí, zafiro y esmeralda) y dos de plata (amatista y diamantes engarzados con perlas), ¿Era demasiado? Para Sakura sí, pero, cuando Sasuke supiera la noticia, ¿Qué clase de presentes le daría por la felicidad que sentiría al descubrir la noticia?
Eso era lo que pensaba Sakura mientras se dirigía frente al espejo para observar como lucia con el vestido que la Sultana Mikoto le había obsequiado y que Kin se había encargado, muy cuidadosamente, de colocarle, temiendo que la pieza fuese un cristal a punto de romperse en su increíble perfección.
El vestido era de seda roja y granate que, en palabras de la Sultana Mikoto, representaba el color oficial del Imperio, el rojo que tanto se distinguía en el emblema de los Uchiha. Sakura sentía cada detalle del vestido enmarcar perfectamente su cuerpo, sus caderas, busto y cintura. El escote era redondo y con bordados dorados en el borde y en el centro del corpiño imitando dos cisnes con una rosa de citrino en el centro de ambos. Se sujetaba al cuerpo de ella superficialmente gracias a dos gruesas correas que además exponían sus hombros donde se hacía una manga abullonada de poco más de diez centímetros que luego seguía en mangas ajustadas con finas líneas verticales, de hilo de oro, hasta la muñeca. La falda se dividía en dos por bordados dorados entre ambas capas con incrustaciones de piedras de citrino como la que se hallaba en el corpiño como si se trataran de broches.
Su largo cabello, perfectamente peinado por Temari, colgaba sobre su hombro izquierdo hasta sobrepasar la altura en que se encontraba su busto, adornado por el broche de oro y rubí. A juego con la guirnalda de oro y rubíes en forma de lágrima, se hallaban los pendientes a juego de los cuales solo uno era visible producto del peinado. La pelirosa se giró para ver a Kin quien le indico que se acercara.
Inclinándose hacia la pelinegra, Kin le aplico ligeramente algo de perfume para mayor encanto tras haberla maquillado y arreglado para que luciera totalmente perfecta, aunque a los ojos del Sultan ya de por sí lo era.
Levantándose del diván, Kin procedió a acomodar las coronas que hacia solo unos minutos habían examinado. Sakura, entre nerviosa y tranquila, se recostó sobre el diván, intentando imaginar qué pensaría o diría Sasuke cuando ella le contase la noticia. Inevitablemente, y por mero instinto, se llevó las manos al vientre al pensar en eso.
Te amara tanto como yo, estoy segura, pensó Sakura dirigiéndole sus pensamientos al Príncipe o Sultana en su vientre.
Frente en alto y andar correcto, la hermosa pelirosa atravesó el Harem hasta llegar al pasillo que daba con los aposento del Sultan.
En medio de su trayecto, totalmente concentrada en ver a Sasuke y decirle de una vez por todas la noticia, había ignorado u omitido la mirada de sorpresa y envidia de las demás jóvenes del Harem al verla con semejante vestido y las joyas que usaba. Lo sabía muy bien, parecía una verdadera Sultana. Muchos de los guardias o sirvientes en su camino la habían observado intensamente, embobados e incrédulos de su belleza y de que fuera la misma niña flacucha e insulsa que había llegado al palacio y que ahora, sorprendentemente, lucia su increíble belleza como toda una mujer.
La mujer que era el objeto de amor y deseo total del Sultan.
Estuvo a nada de ingresar ante la respetuosa y baja mirada de los sirvientes que se atestaban en la entrada, pero la aparición de Anko se lo impidió. La criada de la Sultana Mei iba acompañada iba acompañada del príncipe Yosuke a quien sujetaba de la mano. En cuanto la saludo con la mano el joven príncipe, Sakura correspondió el saludo y se hizo a un lado para dejarlo pasar. El joven príncipe, girando su rostro, la observo una última vez mientras Sakura le obsequiaba una sonrisa.
Ya libre de obstáculos, los guardias le abrieron las puertas y Sakura entro, no sin antes, voltear a ver a Kin que la había acompañado. Sujetándole la mano a modo de aliento, la pelinegra le sonrió y despidió en cuanto Sakura ale dio la espalda e ingreso para que las puertas luego fueran cerradas tras de sí.
Sasuke, sentando frente a su escritorio, perdido en sus pensamientos, reacciono al verla, poniéndose de pie.
La pelirosa, en cuanto lo vio supo que no podría contenerse de decirle la única verdad que era la que iba a contar. Sujetándose la falda, corrió hacia él y, al igual que en muchas ocasiones, lo abrazo de golpe, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de él, sorprendiéndolo.
-Sasuke—murmuró la pelirosa contra el pecho del Uchiha.
El Uchiha, que si bien la había extrañado a lo largo de toda la mañana y ahora medio día, no entendía su efusivo comportamiento, pero tampoco se resistió al abrazo que no le resultaba incomodo en lo absoluto.
-¿Qué pasa?—preguntó Sasuke, envolviendo protectoramente sus brazos alrededor de la cintura de la pelirosa.
Estaba realmente hermosa, radiante, con ese vestido que no hacía nada sino enmarcar y recalcar todavía más su increíble belleza, pero lo verdaderamente sorprende para Sasuke, al abrazarla, fue sentir como el cabello de ella era largo nuevamente. No se pensó en arruinar el momento con preguntárselo, pero en su mente lo primero que asocio fue a la estilista de su madre, Temari, y su talento para solucionar cualquier problema parecido. Descendiendo sus brazos, sujetándose de los hombros del Uchiha y levantando su rostro, la pelirosa le regalo una de sus muy hermosas y totalmente genuinas sonrisas.
Sasuke, levantando una de sus manos para acariciarle el rostro, se abstuvo de besarla al notar en los ojos de ella que había algo que su ángel quería decirle. Mordiéndose el labio inferior, la pelirosa acerco ligeramente más su rostro al Uchiha que ya de por si estaba usando todo su autocontrol para no besarla, al verla tan hermosa y todo únicamente para estar ahí, delante de él.
-Vamos a tener un hijo—pronunció Sakura por fin, ansiosa por ver la reacción de Sasuke.
El Uchiha, incrédulo de lo que escuchaba, reacciono como Sakura jamás pudiera haberlo esperado en lo absoluto: con sus brazos envueltos alrededor de la cintura de la pelirosa, Sasuke la elevo haciendo que el rostro de ella quedara a su altura, observándola totalmente incrédulo. Claro que esperaba tener hijos con ella, más nunca había esperado que eso fuera tan pronto, ¡Ni siquiera habían pensado en nombres!
-¿Lo dices de verdad?—preguntó Sasuke sin dejar de observarla.
Riendo y asintiendo de manera vehemente, la pelirosa se sujetaba de los hombros del feliz Uchiha.
-Sí, sí. Es verdad—aseguró Sakura sin dejar de verlo a los ojos.
Serenándose momentáneamente, Sasuke la depósito suave y lentamente sobre el suelo, ambos agitados no solo por la acción que habían llevado a cabo de manera impulsiva, sino también por el efecto que la noticia tenía en ambos. Notándola más tranquila, lo único que Sasuke atino a hacer fue lo mismo que ella al omento de su entrada, abrazarla de golpe. Riendo contra el pecho del Uchiha, Sakura corroboro su teoría:
Ambos estaban más que felices con la llegada de un Príncipe o Sultana.
Kurenai guío a las sirvientas principales del palacio al interior del Harem, quienes entraron trayendo consigo copas de jugo sobre charolas de metal y deteniéndose frente a las jóvenes que dudaron de aceptarlas inicialmente. En lo alto del balcón de sus aposentos, que daba con la vista total del Harem, Mikoto observo sonriente su orden que estaba siendo cumplida. Sabía que Sakura ya le había dado la noticia a su hijo y ahora era su momento de celebrarlo al hacérselo saber a todo el palacio.
Guren tomo una de las copas y levanto la mirada hacia Kurenai. Kin, que llegaba de su paseo y luego de haber dejado a Sakura en los aposentos del Sultan, recibió una copa de jugo de parte de Kurenai que sostenía la propia y le sonrió ladinamente. Bebiendo el calmadamente el contenido, Kin no borro su sonrisa, observando de manera desafiante a su antigua amiga.
-La Sultana Mikoto obsequia esto a todas ustedes—rebeló Kurenai haciendo que, ya con confianza, las jóvenes tomaran una copa y comenzaran a beber, pero Guren seguía esperando una respuesta concreta, -Sakura, la favorita de nuestro Sultan…está embarazada.
La expresión de Guren no fue de otra cosa que de odio, pero en cuanto estuvo a punto de dirigirse a Kin, esta levanto la mirada hacia la Madre Sultana quien le indico que se acercara. Sujetándose la falda con una mano, Kin subió las escaleras mientras sujetaba su copa con la otra, sin derramar ni siquiera una sola gota del contenido. Con la debida reverencia, Kin saludo a la Matriarca de los Uchiha.
-¿Cómo lo tomo?—preguntó Mikoto de manera sínicamente cortes, refiriéndose a Guren, ante lo cual Kin sonrió ladinamente de igual modo.
-Como lo tomara la Sultana Mito—respondió Kin de igual modo.
Mikoto observo el Harem y la dicha que ahora podía mostrar sin titubeo o reproche alguno. ¿Por qué hacerlo? Ahora sería abuela de un futuro Príncipe heredero de Imperio o bien Sultana. Su era verdaderamente había comenzado y la era de Mito por fin llegaba a su fin.
Este es "mi" Sultanato, confirmó Mikoto observando, con la frente en alto, todo a su paso.
Tras haber dejado sus aposentos, luego de la celebración por la noticia del embarazo de Sakura, Mikoto se encargó de dar un largo paseo por el jardín, llenándose de alegría por todo lo que la rodeaba y que no parecía sino aumentar su dicha por la noticia de que sería abuela. Ahora, de regreso a sus aposentos, se encontraba con Mito que parecía totalmente ajena a la noticia de la favorita del Sultan.
Que gratificante me resultara decírselo, pensó Mikoto, deteniéndose frente a Mito que la observo con ligera molestia.
-Mi Sultana—la saludó Mikoto con una sonrisa sínica.
-Mikoto—le correspondió Mito de igual modo, fingiendo cortesía, -deberías encontrar a una mejor aliada—sugirió la pelirroja, -la favorita del Sultan actúa sola.
Mikoto sonrió plenamente y de manera burlona ante las palabras de Mito. Estaba más que claro que no sabía nada de lo ya divulgado por todo el palacio. ¿El por qué? Ella misma se había encargado de impedir que la información le fuese entregada a la abuela del Sultan.
-Actúa sola porque yo se lo recomiendo—respondió Mikoto, permanentemente sonriente, ganándose una irada confundida de parte de Mito ante la felicidad que mostraba, -¿No lo sabe? Sakura está embarazada.
Consiguiendo ocultar su sorpresa e ira, Mito se apretó las manos para desahogarse momentáneamente sin darse cuenta de que su gesto no hacía sino crecer la sonrisa y alegría de Mikoto. Sakura era la verdadera caída de Mito y Mikoto no podía estar más feliz por eso.
-Sultana—se despidió Mikoto con una reverencia sin voltear a ver a Mito, dirigiéndose a sus aposentos.
Todo es perfecto, pensó Mikoto más feliz de lo que había estado en muchos años
La cena había sido magnifica para ambos, romántica y llena de risas como siempre.
Sasuke se sentía totalmente en la cumbre de su alegría. Tenía dieciséis años, estaba enamorado de una mujer totalmente, hermosa y perfecta y dentro de solo unos meses tendría un hijo o hija. Era el Sultan del mundo y había conseguido mantener la paz en un estado casi decadente. ¿Se podía ser más feliz?
-¿Cuándo tendrá lugar la boda?—preguntó Sakura.
Sakura, sentada junto a la bañera, vestida únicamente con una toalla, se divertía bañando a Sasuke y jugando con el cabello de él.
-No te preocupes—le indicó Sasuke, observándola con una sonrisa ladina, levantando una de sus manos para acariciarle el rostro, -para entonces todavía no habrá nacido—aludió al Príncipe o Sultana en camino.
Sakura apenas y tenía un mes de embarazo, y la boda de Hinata y Fugaku tendría lugar dentro de poco menos de ocho meses, en octubre. Apenas y a inicios de noviembre seguramente sucedería el parto. Aun habría tiempo y Sakura podría asistir a la boda sin impedimento alguno como tanto deseaba. El Uchiha bajo la mirada levemente, lamento no poder hacer aquello con Sakura.
Las leyes del Imperio eran sagradas y, de sus predecesores, quienes habían intentado cambiarlas habían sido tachados de crueles y de hecho lo habían sido. La única ley que Sasuke aborrecía era "esa" que se limitaba únicamente a él. Hubiera deseado de todo corazón casarse con ella, más la ley lo impedía hasta que demostraba el poderío y hombría suficiente en su reinado…y sabía que eso no sería sino hasta dentro de muchos años y tuviera una prole numerosa como demandaba el Imperio.
Su padre, el difunto Sultan Izuna, solo había tenido cuatro hijos, tres varones; Itachi, él y Yosuke, y una niña; Rin, algo escaso para un Imperio que como máximo conseguía engendrar por generación de siete a doce herederos por monarca. La monogamia no era algo bien visto y Sasuke no conseguía entender el porqué. Sakura, durante la cena, le había prometido de todo corazón arle cuantos hijos desease…pero para él tener a su lado era su verdadero deseo, el saber que jamás estaría sin ella.
-No te culpes—le pidió Sakura, abrazándolo por la espalda al leer sus pensamientos, como solo ella podía hacerlo. –No necesito ser tu esposa, solo con saber que me amas soy feliz.
Sasuke sonrió ante esto, girando su rostro para verla y recibiendo un beso de parte de ella. Indicándole que se inclinara, con la mirada, Sasuke tuvo la oportunidad de girarse por completo y, envolviendo sus brazos alrededor de la cintura de ella, hacerla caer encima de él en la bañera. Riendo con los brazos alrededor del cuello del Uchiha, Sakura entendió su indirecta y fundió lenta y apasionadamente sus labios con los de él. La pelirosa no se resistió en lo absoluto al sentir a Sasuke quitándole la tolla, sino que se abrazó todavía más de él.
La felicidad de ambos era estar juntos, nada más.
Faltaba poco para que amaneciera en Konoha y con la noche aun latente, corría la oportunidad de Fugaku para salir del palacio y hacerle la visita que llevaba tiempo deseando hacerle al mayor de los hermanos Uzumaki; Menma. Entrando en el palacio de la familia Uzumaki y cruzando los pasillos, atestados de guardias, sin necesitar permiso alguno, el jenízaro se dirigió hacia la habitación del primogénito Uzumaki que, al verlo entrar, sonrió ladinamente con la malicia que lo caracterizaba, sentado frente a su escritorio.
Parecía estar esperándolo.
-Todavía recuerdo tu pasado, Fugaku—comentó Menma despreocupadamente, ojeando las páginas de un libro sin levantar la mirada hacia el jenízaro, -los demás comandantes y compañeros de tu generación te envidiaban—prosiguió el Uzumaki, cerrando el libro y dejándolo sobre su escritorio. –Le juraste lealtad a mi padre pero ahora veo que eso no significa nada para ti—acusó el Uzumaki con voz venenosa.
-La lealtad le es dada a quienes la merecen—respondió Fugaku recordando al difunto y justo Minato Uzumaki que no había sido sino un pacificador.
Claro que le había jurado su lealtad a Minato, habían sido muy buenos amigos y el rubio había muerto, llevándose a la tumba todos los secretos de Fugaku. Pero Menma no se le aprecia en nada, era cruel, malvado ambicioso, Fugaku no podía darle un voto de confianza siquiera, mucho menos su lealtad.
-Todo se acabó, Fugaku—sentenció Menma con voz calmada y una sonrisa ambiciosa adornando su rostro, -el reinado del Sultan Sasuke llego a su fin.
Fugaku, con el ceño fruncido ante las repentinas e incoherentes palabras del Uzumaki, no consiguió entender a que se refería, a menos que…hubiera hecho o intentando algo contra la vida del Sultan. Con la concepción de esa idea y sin mostrar respeto, Fugaku salió de la habitación de toda prisa. Esa era la situación más grave y directamente trágica que pudiera vivir el palacio en ese momento.
¡La vida del Sultan corría peligro!
Pasar la noche juntos era lo más habitual y hacerlo pese a la noticia el embarazo no les había resultado impedimento alguno. Todavía no amanecía, pero se respiraba un aire intoxicanté e inusualmente tenso, pesado.
Estirando sus brazos por sobre la almohada, Sakura aparto la sabana de su cuerpo y se levantó para tomar el camisón que se encontraba colgado junto a la cama para que pudiera colocárselo. Apartando su largo cabello, la pelirosa acomodo el camisón sobre su cuerpo y se sentó nuevamente sobre el colchón. Su primera reacción fue llevarse las manos al vientre y pensar en el niño o niña que estaba en camino. Sasuke le había asegurado que sin importar lo que fuera lo quería, pero había manifestado su preferencia por tener una hija; una Sultana, igual de hermosa que ella.
Pensando en su Sultan, la pelirosa volteo a ver a Sasuke, tumbándose a medias sobre la cama y besándole la frente.
Sakura frunció el ceño al sentir la frente del Uchiha demasiado caliente. Coloco el dorso del su mano sobre la frente del Uchiha y casi de inmediato la alejo al comprobar que tenía fiebre y además de eso respiraba de forma errática.
-¿Sasuke?—lo llamó Sakura, asustada al verlo enfermo. –Sasuke.
La noche anterior todo había sido perfecto. Se habían quedado despiertos hasta tarde, abrazados y charlando bajo las sabanas sin pensar en otra cosa que no fuese la felicidad que ahora sentían, sumidos en esa intimidad que solo los dos podían compartir por el amor innegable y enorme que se tenían. ¿Cómo era posible que ahora estuviera enfermo? La pelirosa lo removió ligeramente sujetándolo de los hombros, pero no respondió.
Aun sin atreverse siquiera a pensar en algo negativo, Sakura se levantó de golpe de la cama y corrió hacia las puertas, que abrió por cuenta propia, haciendo que los dos guardias en el exterior se giraran a observarla.
-Traigan un médico—le indico a uno que, con una reverencia, como si ella fuese una Sultana, y de hecho podía serlo, se retiró inmediatamente. El otro espero sus órdenes, -traigan a la Sultana Mikoto.
Una vez que el segundo guardia se hubo retirado, con una reverencia, Sakura volvió a cerrar las puertas y se giró para volver a recostarse sobre la cama tan rápido como se lo permitieron sus piernas. Coloco la cabeza de Sasuke sobre su regazo y le beso la frente, orando porque lo que estaba sucediendo no fuese sino una horrible pesadilla. ¿Por qué sucedía eso de todas formas?, ¿Se trataba de veneno? No lo crea ya que de lo contrario la hubiese afectado también a ella. ¿Qué estaba pasando?, y más importante para Sakura que cualquier otra respuesta, ¿Por qué a Sasuke?
No me lo quites, rogó Sakura con lágrimas que no tardaron en deslizarse por sus mejillas.
PD: nuevamente dedico el capitulo a cinlayj2 que sigue la historia y enserio agradezco su atención, no solo de leerla, sino también de comentarla. No se si el próximo capitulo pueda estar listo tan pronto, pero tampoco tarare demasiado, lo prometo :3 y si llega a ser así, sera por razones de fuerza mayor. Gracias a todos y hasta pronto
