N/A: Muchas gracias a todos por leer y comentar... Siento no haber actualizado ayer, pero hoy tenéis el capítulo...


CAPÍTULO 11: VOLVER A ENCONTRARSE

Habían pasado cuatro años desde que Blaine y Sebastian rompieran su relación y la vida del segundo había cambiado drásticamente. No había visto a ningún Anderson durante ese tiempo y era más feliz por eso. Se había concentrado en el trabajo y había conseguido comprar varias compañías más, de las que él era el jefe. También había conocido a Kurt Hummel, hijo del congresista Burt Hummel.

No estaba enamorado, sabía de sobra lo que era el amor, lo había sentido con Anderson, y no tenía nada que ver con lo que sentía por Kurt. Sin embargo, era una relación cómoda, sabía que no le traicionaría, y en la que los dos mejoraban su situación. Parecían unos argumentos algo pobres para mantener una relación, pero no podía quedarse solo porque le habían roto su corazón.

Los señores Smythe no estaban del todo contentos. Sabían que su hijo no amaba a Hummel y no creían que fuera a ser feliz en esa relación. A pesar de todo, apoyaban a Sebastian porque tenía derecho a equivocarse...

Al igual que Marley Rose, la sobrina de Julia, hija de su hermana Millie. La chica se había quedado embarazada con 18 años y había tenido que retrasar su entrada en la universidad. Por fin, con la niña teniendo 3 años, podía asistir a clase. Sin embargo, no podía hacerlo sin ayuda y su tía se había ofrecido si entraba en una de las universidades de Nueva York. Obtuvo plaza en NYU por lo que no dudó en aprovechar esa oportunidad.

A pesar de que su tía se había ofrecido a pagar la mejor educación para la niña, ella había preferido un sitio más modesto porque ya hacían demasiado por ellas como para pagarle lugares caros para que estudie su hija. Además, el colegio estaba en el camino entre la universidad y la casa de sus tíos, por lo que era perfecto.

Una noche, Sebastian estaba junto a un cliente en su despacho. Habían pasado horas negociando las condiciones del contrato que regiría las relaciones de las dos empresas durante los siguientes años.

– ¡Esto hay que celebrarlo! – El señor Ito estrechó la mano del castaño.

– ¿Quiere que vayamos a tomar una copa? Conozco un lugar cerca de aquí muy elegante y discreto. – El ojiverde explicó.

– ¿Por qué no mejor algo más emocionante? Sé que tiene pareja pero al lugar donde le voy a llevar es muy discreto y nadie nos conocerá allí porque no está cerca. – El asiático lo miró con una sonrisa pícara.

– ¿Me está proponiendo que nos vayamos a un prostíbulo? No sé si será lo más indicado... No tengo los mismos gustos que usted a la hora de buscar un amante. – El más joven intentó mostrarse amable.

– Se equivoca, señor Smythe. Se lo voy a demostrar.


Sebastian estaba sorprendido porque el señor Ito lo había llevado a un local en el que todos los prostitutos eran hombres. El lugar no era muy elegante y la clientela no era muy selecta. Ellos destacaban por sus trajes y no pudo evitar sentir un nudo en el estómago, aunque no sabía por qué.

El señor Ito pidió a dos chicos, uno para cada uno de ellos. La mujer sonrió y les pidió que la acompañaran. Pasaron por un pasillo estrecho llenos de puertas y empezó a desear salir de ahí. El lugar no parecía muy cuidado, la moqueta estaba totalmente estropeada y tenía partes que parecían arrancadas. Las paredes habían sido claras alguna vez pero parecían ennegrecidas por algún motivo.

La mujer abrió la primera puerta y vieron a un chico en ella. El señor Ito se quedó con ese chico y a él lo acompañaron hasta otra. Cuando la señora abrió la puerta, Sebsatian se quedó sin respiración.

Blaine estaba ahí, mucho más delgado de lo que recordaba, pero no de una forma saludable. Los ojos color miel carecían de vida y ese brillo que había tenido años atrás. Había cicatrices en ese cuerpo que él no recordaba y estaba muy pálido.

El moreno se sorprendió al reconocer a la persona que estaba frente a él. No podía creer que él estuviera en un lugar como ese. Si era sincero consigo mismo, habría preferido no verlo nunca más. Su corazón todavía dolía al recordar el amor que se habían profesado y lo mal que habían acabado las cosas.

Lo peor de todo era que no culpaba a Smythe de nada. Tal vez si lo hiciera, sería más fácil olvidarlo. Sin embargo, el sentimiento de culpa era enorme y había algo en su vida que no le permitiría borrar de su mente el daño que había causado a la persona que estaba frente a él.

Sebastian sintió que su mente se quedaba en blanco y que sólo se enfocaba en Blaine y en lo que todavía sentía por él, aunque lo había enterrado en el fondo de su corazón. Sabía que se odiaría por eso, pero quería disfrutar una vez más de la persona a la que más había amado en su vida.

El castaño se desnudó a toda velocidad para tumbarse en la cama junto al moreno. Éste ya estaba sin ropa esperándolo y no pudo evitar sonreír. Una sonrisa que desapareció en el momento en el que sus labios se juntaron porque el beso era tan pasional que necesitaba toda su concentración.

Para los dos era como despertar después años dormidos. Ambos habían tenido sexo con otras personas pero ninguno había sido capaz de despertar ese deseo en ellos. Con nadie se habían sentido así y sabían que era porque había algo más que pasión entre ellos.

Estaban tan distraídos que Sebastian lo penetró sin siquiera ponerse el preservativo. Para Blaine era como si se sintiera completo por fin después de años de vacío. Esas manos volvían a recorrer su cuerpo erizando su piel y esos labios volvían a acariciar los suyos con firmeza.

El orgasmo llegó demasiado pronto para el gusto de ambos, pero no se sintieron avergonzados por ello. Podrían repetir todas las veces que el castaño quisiera porque era el que pagaba y parecía que estaba dispuesto a volver a sentir el cuerpo del joven que amaba.

Cuando Smythe salió del interior de su amante, éste se dio cuenta de que no habían usado protección. El miedo se instaló en la boca de su estómago pero sabía que ya no podía hacer nada. Intentó relajarse y enfocarse en que, durante unos minutos, iba a disfrutar del otro.

En cuanto Sebastian estuvo listo, volvió a penetrarlo. Era él quién llevaba el control y no le preocupaba si el otro deseaba lo que hacían o no. Sabía que estaba siendo rudo e incluso llevó al otro al extremo de tener que suplicarle para que no lo dejara a medias y le estimulase hasta alcanzar el orgasmo. Cuando estuvo satisfecho, salió del lugar sin siquiera mirar atrás.

Blaine se duchó, deseando que fuera el último cliente para poder irse a su casa porque no quería trabajar más ese día, estaba realmente cansado. Sin embargo, sus ilusiones se esfumaron cuando vio a un hombre de 70 años, un gay reprimido casado con una mujer y padre de cinco hijos, que iba habitualmente en busca de amantes y les pedía que hicieran cosas realmente extrañas. Esa iba a ser una visita muy incómoda.