Adrien

Me cuesta más trabajo de lo que pensaba dejar a Marinette en la puerta de su casa y no volver a verla hasta mañana. Cuando se despide de mí tras la puerta de la panadería y desaparece en dirección a su cuarto, empiezo a ser consciente de todo lo que ha ocurrido hoy. Y tengo miedo, miedo de que se arrepienta de haberse dejado llevar…, igual que yo, en realidad. No sé qué me ha pasado, no sé por qué actuado así, como si hubiera sacado la personalidad de Chat de debajo del traje y la hubiese multiplicado por cinco.

―Chico, tranquilízate o llamarás la atención de Hawk Moth y los akumas―susurra Plagg bajo mi ropa.

―Lo sé, lo siento―respondo en voz baja.

No hablamos más en todo el trayecto hasta mi casa. Me esfuerzo al máximo para controlar mis pensamientos y no permitir que me confundan y me alteren más. Bastante tengo ya con las hormonas revolucionadas y el encanto de Marinette. ¿Cómo no me he dado cuenta antes de lo imprevisible y adorable que es? Me siento estúpido y tengo ganas de golpearme con la pared por haber tardado tanto en fijarme en ella.

El resto del día lo paso tumbado en mi cama, mirando el techo. Plagg se dedica a comer todo el queso que he podido traer de la cocina y me deja en paz. En cuanto cierro los ojos para irme a dormir, puedo ver perfectamente a Marinette. Esta noche no iré a verla como Chat, dudo mucho que pueda contenerme. No estoy de si extrañará la visita, supongo que me lo comentará mañana. O puede que no, ya no sé cómo funciona la cabeza de Marinette.

Dejo de darle vueltas a cualquier tontería y me relajo para poder dormir.

… … … …

He dormido como un bebé. Hacía tiempo que no descansaba tanto y se lo achaco a la tranquilidad de saber que Marinette está conmigo, que sigue queriéndome. O, al menos, eso es lo que rezo mientras voy a su casa con el tiempo suficiente para ir con ella a clase. He conseguido convencer a Nathalie de que puedo ir a pie al instituto, aunque no estoy muy seguro de si Marinette se habrá despertado ya, suele llegar corriendo al instituto. Si no, no me importaría subir como Chat y…

No, gato malo, gato malo.

Me golpeo a mí mismo la frente delante de un grupo de personas que está a punto de cruzar la calle. Se me quedan mirando, pero yo les ignoro. Creía que no tenía tanta imaginación, pero me parece que me equivocaba. No puedo actuar como si fuera un crío necesitado de atención sexual, por mucho que me atraiga la idea de conocer mejor el cuerpo de Marinette (sobre todo después de haber podido tantearlo ayer por encima de la ropa). «Maldita sea, Adrien, para ya».

Entro en la panadería y enseguida me recibe el dulce olor a pan recién hecho y a vainilla. Me relamo con discreción y me acerco al mostrador, donde la madre de Marinette ya ha preparado los pasteles que más se venden en bandejitas plateadas. Se me cae la baba al verlos.

―Buenos días, señora Dupain Cheng―saludo, sacando de dentro toda mi educación; ¿le habrá contado Marinette que estamos saliendo? ― ¿Se ha despertado su hija?

La madre de Marinette me sonríe con dulzura.

―Buenos días, Adrien―mira el reloj de su muñeca y suspira―. Más le vale. Si no, va a llegar tarde otra vez. ¿Te importa esperar un segundo? Le diré que has venido a buscarla.

No me da tiempo a contestar. Me sonrojo y asiento con la cabeza mientras ella entra por la puerta trasera de la panadería, que da directamente a su casa. Empiezo a darle golpecitos al suelo con el pie, nervioso. ¿Se lo habrá contado? ¿Qué pensará de mí esta mujer? Bueno, sabe quién soy, ya he venido a su casa un par de veces. ¿Eso cuenta como visita a los padres? Lo dudo mucho. ¿Y si Marinette me pide que me presente formalmente? No, no creo que haga eso, es la reina de la timidez. Jamás me pondría en una situación tan tensa. Aunque, por otro lado, si vamos a estar bastante tiempo juntos (espero que sí), ese momento tendrá que llegar tarde o temprano. En ese caso, prefiero que sea, cuanto antes, mejor.

Dios, estoy divagando.

Por suerte, no me da mucho más tiempo a pensar en otras tonterías. Escucho alboroto tras la puerta de la panadería y creo que distingo la voz de Marinette. Me estiro la ropa, me pong mi la mochila sobre el hombro y espero. Y espero. Y sigo esperando. Al fin, la puerta se abre y Marinette aparece con la lengua afuera. Me atrevo a mirar el reloj, quedan diez minutos para que empiecen las clases.

―Lo siento―jadea Marinette en cuanto sale del mostrador, apoyándose en él con una mano―. No sabía… que… vendrías a buscarme.

―Ya, perdona―me disculpo con una sonrisa, llevándome una mano a la nuca; menudo fallo―. ¿Estás lista? ¿Nos vamos?

Marinette asiente y se vuelve hacia su madre.

―Me voy ya, mamá.

―Vale, cariño. Recuerda que hoy tienes que cuidar a Manon por la tarde.

La expresión de Marinette se desencaja. Yo me limito a observarla en silencio mientras suspira, se recoloca la mochila en los hombros y agarra con resignación su carpeta.

―Sí, claro―musita en voz baja y pasa por mi lado mirando al suelo en dirección a la calle.

Es en estos momentos en los que me siento fuera de lugar. Me despido de la madre de Marinette lo mejor que puedo y salgo tras su hija con rapidez. La encuentro en la esquina de la panadería, esperándome. Me mira con ojos tristes, lo que hace que parezca más adorable todavía. Le sonrío y le cojo de la mano para besarla.

―¿Tenías pensado hacer algo o qué? ―adivino.

―Sí, más o menos―admite, desviando la mirada y comenzando a andar, obligándome a seguirla―. Aunque, ya has conocido a mi madre, así que solo te falta mi padre.

―¿No lo conocía ya? ―intento bromear, pero veo que no me sale muy bien porque Marinette no sonríe siquiera.

―Digamos que le he contado a mi madre que estamos juntos―se sonroja, aún sin mirarme; estoy cada vez más tentado de agarrarle la cara y obligarla a hacerlo―. Mi padre todavía no sabe nada.

―¿Y eso? ―en realidad, no soy quién para preguntar nada de eso. Ni siquiera he intentado hablar con mi padre por teléfono para contarle lo que ha pasado o, al menos, para allanar el camino.

―No te haces una idea de cómo se pone con esas cosas―Marinette por fin se atreve a mirarme de reojo―. Soy su niña pequeña, siempre, pase lo que pase. No sé si verá con buenos ojos que… bueno, que tenga…

La forma en que se muerde el labio y trata de fundirse con el suelo me hace mucha gracia, aunque no me río. Quiero que esté cómoda conmigo, no que tartamudee como siempre.

―¿Novio?―incluso a mí me resulta raro decirlo, pero no se lo hago ver.

Marinette asiente efusivamente con la cabeza. Ya no puedo más y me echo a reír.

―Adrien―gimotea, provocándome una oleada de ternura que me obliga a abrazarla, a pesar de la mochila que me estorba.

―Perdona, perdona.

Marinette masculla algo sin sentido, pero se deja mimar hasta que llegamos al instituto y tengo que soltarla. Me limito a cogerla de la mano y a tirar de ella para subir con rapidez las escaleras metálicas que dan a nuestra aula. Tenemos suerte y no hay ningún profesor dentro. Le abro la puerta y dejo que entre primero. Marinette sonríe un poco y se pone roja de nuevo. Por mucho que haga eso, no voy a dejar de ser caballeroso con ella. De hecho, me gusta tanto dedicarle esos detalles que no me cuesta ningún trabajo hacerlo.

―¡Tío!―exclama Nino al verme entrar con Marinette― Por fin llegas.

Mira un segundo a Marinette y nuestras manos. No pienso soltarla y creo que ella lo sabe. Casi en ese mismo instante, Alya se pone de pie y se reúne con nosotros.

―Buenos días, parejita―le guiña un ojo a Marinette, haciéndome reír por lo bajo―. Hoy no te has quedado dormida. ¿Has tenido buen despertar?

Marinette hace una mueca y se encoge de hombros.

―Mi madre me ha tirado de la cama, literalmente.

Me quedo mudo. Es más, Alya y Nino tardan lo mismo que yo en soltar una carcajada. Me duele tanto el estómago que tengo que agarrarme al borde mi mesa. Al principio, Marinette parece molesta, pero al vernos reír tanto termina por sonreír. ¡Por fin! Una sonrisa sincera.

―Creía que me queríais más…―comenta como si nada y posa sus ojos azules en mí.

―Si quieres que te diga que te quiero, solo tienes que pedírmelo―contesto, consiguiendo que se quede sin habla y que Nino y Alya se peguen codazos el uno al otro.

Disfruto de la timidez de Marinette, sabiendo que es más pasional de lo que quiere mostrarle al mundo. La campana la salva del bochorno que le he causado casi sin querer y se va derecha a su asiento, tras el mío.

―Me las vas a pagar, Adrien Agreste―murmura, inclinándose hacia mí por encima de la mesa.

Echo la cabeza hacia atrás y me topo con su boca a la altura de mis ojos.

―Cuando quieras―respondo, guiñándole un ojo.

… … … …

El día se pasa demasiado rápido para mi gusto. Cuando me quiero dar cuenta, estoy acompañando a Marinette a su casa. Nada más salir del instituto, le cojo la mano y le doy un beso en los nudillos. Ella se sonroja, pero me mira directamente y me sonríe.

―¿Por qué haces eso?―pregunta, curiosa.

―¿Y por qué no?―replico, encogiéndome de hombros― ¿No quieres que sea cariñoso contigo?

―No es eso―responde Marinette, volviendo a centrarse en la calle―. Es que… bueno… Siempre supe que eras atento, pero no tenía ni idea de que podías serlo tanto. Como ayer―me mira de reojo, enrojeciendo por momentos―. Me pediste perdón, a pesar de que lo que pasó fue cosa de los dos.

Me sorprendo. No esperaba que sacara el tema ni que se atreviese a encararme. Normalmente, le da vergüenza enfrentarme pero hoy parece…, no sé, más confiada.

―Aun así―contesto―, no quiero que creas que soy un saco de hormonas andante.

―Nunca lo he pensado―confiesa, sonriéndome con absoluta sinceridad, deslumbrándome―. Sabía que eras diferente, aunque también tengas tus… eh… ¿necesidades?―duda, haciéndome reír.

Si se refiere a las ganas que tengo de descubrir cómo es ella bajo la ropa; de ver hasta dónde puedo llegar; de memorizar cada gesto, cada manía y cada centímetro de ella, sí, puede llamarlo necesidad.

―Llevamos poco tiempo juntos―añade en voz baja mientras pasamos junto al parque y lo dejamos atrás―. No quiero correr y que luego todo se complique.

Borro la sonrisa y asiento. Estoy completamente de acuerdo con ella.

―El problema es que me atraes de una forma que no puedo controlar―admito y noto cómo se tensa a mi lado―. Tú te has pasado meses esperándome y yo llevo semanas esperando que ocurra esto―alzo nuestras manos para ponerlas frente a sus ojos azules―. Y siento como si te conociera de antes, como si hubiese pasado contigo más tiempo que con nadie más. No sé explicarlo.

Dejo de andar de repente y me paro frente a ella. Marinette alza la cabeza para poder mirarme a los ojos, con la boca entreabierta y varios mechones de pelo oscuro fuera de su sitio. Apoya una mano en mi pecho y yo respiro hondo. Cada pequeño contacto me empuja más hacia ella.

―No me importará esperar el tiempo que haga falta, todo lo que quieras―murmuro, juntado mi frente con la suya―. Solo quiero que no te arrepientas de nada cuando… si ocurre.

Marinette sonríe levemente y ladea la cara para, poniéndose de puntillas, poder besarme con suavidad.

―No te tengo miedo―dice con un hilo de voz, pero con la misma determinación y calor que vi ayer por la tarde en sus ojos mientras le devoraba la boca―. Y no sé si estoy lista hasta que lo intente. Así que, no te comas mucho la cabeza, ¿vale? No estarás forzándome a nada.

Trago saliva con esfuerzo y asiento con la cabeza. No dejará de preocuparme el asunto mientras tenga este fuego que me quema por dentro y no sepa ahogarlo sin tener que ponerle las manos encima.

Marinette parece satisfecha con mi respuesta silenciosa, porque me rodea sin soltarme y empieza a caminar, tirando de mí. A partir de ese momento y hasta que llegamos a su casa, charlamos de cosas triviales y de cómo Nino y Alya están cada vez mejor. Con fastidio, me despido de ella en la puerta de la panadería y espero a que entre para regresar a casa. Durante ese tiempo a solas, hago memoria de lo que ha ocurrido hoy.

Chloe ha intentado hablar conmigo varias veces, pero la forma en que Marinette la miraba hacía que se alejara de mí. La verdad es que me gusta que sea así, por fin puedo dejar de tener a mi amiga de la infancia colgada del cuello. Era realmente molesto, pero siempre le he concedido lo que ha querido. Supongo que ese fue mi error, confiar demasiado en ella. Aún queda por resolver el asunto de la foto. No quiero que ese montaje se filtre y llegue a la prensa, supondría un mayor bochorno para Marinette y un esfuerzo extra por mi parte para convencer a todo el mundo de que eso es mentira. Ya lo pasé bastante mal cuando Marinette me rechazó, no necesito que piense que no es suficiente para mí; menos aún después de la charla junto al parque.

El pecho se me hincha al recordar sus palabras. Es tan amable y dulce conmigo como soñaba que sería. Se está relajando a mi lado poco a poco, me está dejando ver lo que me he pasado noches observando desde la ventana de su habitación: su carácter, su alegría y sus ganas de seguir innovando y mejorando en sus diseños. Cada vez estoy más convencido de que fui un estúpido al no fijarme en ella desde el principio. O tal vez lo hice, pero la aparición de Ladybug en escena me nubló el juicio. Sea como sea, estoy decidido a hacerla feliz. Quiero que se sienta la chica más afortunada del mundo y lo voy a conseguir.

Espero.