Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.
—10—
"No me mientas, por favor."
Love the Way You Lie-Rihanna Ft. Eminem.
Love Lies-Bon Jovi.
No presté atención a las risotadas de Edward mientras recogía las tazas y platos que yo misma compré, en algún momento de mi vida. No creí darles una futura utilidad si me mudara con Edward, pero eran cosas mías, el sudor de mi frente las pagó y no las dejaría regaladas a cualquier otro inquilino.
Del pequeño salón, apenas y tomé una lámpara artesanal que el dueño de la hamburguesería me regaló en mi cumpleaños, y también un par de cojines mullidos que tanto me gustaban y fueron regalo de Ray en algún momento mientras nos mudábamos.
Cuando terminé de empacar mis cosas y amontonar las bolsas contra la puerta, me giré con los brazos cruzados. Edward me observaba, escudriñando con los ojos mi postura, aunque la sonrisa tirante en las comisuras de sus labios fuera muy notoria.
—No te molestes, ya sabes—murmuró acercándose a mí. Sus ojos refulgieron mientras me miraba y me estremecí en cuanto sus brazos rodearon mi cintura—solo estaba jugando un poco. Para divertirnos.
—Solo tu reíste—respondí manteniendo mis manos a los costados de mi cuerpo.
—De acuerdo—sus labios formaron una mueca—No más bromas pesadas sobre el pasado de Bella. ¿Estás feliz? —hubo una pregunta implícita entre esas dos palabras, pero decidí evitar confundirme más, y me dediqué a sonreírle socarronamente.
—Bueno, en ésta relación, alguien tiene que llevar los pantalones—hundí las yemas de mis dedos, por inercia, en los cabellos de su nuca. Me sentía cómoda abrazando su fuerte cuerpo, sus manos infundían un profundo calor en el centro de mi pecho, como si mi corazón se regocijara en mantener la esperanza de que pronto pudiera amarme.
—Humm—fingió pensárselo dos veces antes de hablar, sus ojos se perdieron por un instante en la pared a mis espaldas y su atención se alejó de la mía. Cuando me regresó la mirada, había un brillo distinto en sus ojos, y aunque no lo reconocí como burla, si encontré diversión— Podríamos compartirlos ¿No te parece?
Me dio mucha risa verlo así, intentando darme una respuesta satisfactoria aún hiendo en contra de sus deseos. Cualquier hombre podía hartarse de llevar los pantalones en su casa, pero sabía que Edward quería hacer las cosas bien conmigo, así que me limité a asentir y no causarle más problemas.
—Ahora, podemos pedir algo de comer—sugerí después de besarle una mejilla.
—Me gusta la idea—murmuró caminando la nevera. Había imanes para pedir domicilios y él se limitó a tomar el de una pizzería. — ¿De qué desea su pizza, Señorita Swan?
Me reí mientras caminaba hacia la despensa, abrí las puertas y encontré un galón de refresco. El favorito de Ray.
—Puedes pedirla mitad americana, mitad especial del chef. Con queso extra en los bordes y una ensalada Andrómeda (1) —serví el líquido burbujeante en dos vasos y los coloqué en la mesa de café. Me deslicé en el viejo sofá, con las manos entre los muslos y la cabeza gacha, pues por alguna razón, tener esa conversación pendiente provocaba una punzada en mi pecho, como un presentimiento de que perdería muchas cosas si accedía a hablar con él.
De acuerdo. Íbamos a casarnos, viviríamos en su casa y seguro él querría niños. Aunque yo no estaba dispuesta a dárselos.
¿Y qué hay de mis estudios? ¿De mis amigos y mi empleo?
Sabía que decisiones difíciles se avecinaban entre nosotros dos, mucho de esto marcaría el comienzo de una relación. De nuevo, las dudas me atacaban y yo solo quería dormir un rato, caer en una nube de algodón romántico y no volver a despertar hasta que las cosas entre Edward y yo, mágicamente se resolvieran.
Lo escuché impartir órdenes a través del teléfono, y mis dedos comenzaron a jugar con el tapete del espaldar, aburridos y nerviosos igual que yo. Cuando la llamada finalizó, Edward se deslizó a mi lado y tomó mis manos entre las suyas. Me vi obligada a regresarle la mirada y le brindé una sonrisa algo forzada.
—Ya pedí algo para cenar—murmuró acercando mi cuerpo al suyo con un solo brazo— ¿Estás bien?
Había notado el temor en mi rostro con la misma rapidez que Ray lo hacía, y me sentí estúpida por eso. Como si fuera un libro abierto ante los ojos de los dos hombres más importantes de mi vida.
—Es solo que…tengo miedo—susurré tratando de ser sincera—Tu quieres que vivamos en Chicago, y está bien. Me gustan las casas grandes y los espacios abiertos, no quiero que pienses que estoy oponiéndome a esa decisión, porque ya la tomamos juntos. Pero…
— ¿Pero…?—Preguntó incitándome a continuar.
—Hay cosas aquí, personas y lugares en esta ciudad que son importantes para mí. Tengo amigos, empleo y gente que me aprecia. Estudio en un instituto, tengo profesores que esperan mucho de mí. No me gustaría dejarlos así como así—murmuré mirándolo a los ojos.
Quería que él sintiera mi angustia, la pérdida y el dolor que causaba abandonar un lugar que fue mi hogar durante tantos años. Todo el tiempo lejos de él y los que pudieron ser mis amigos en el internado, consiguieron que creara otros lazos con personas más sinceras y buenas que ellos.
—Es difícil para mí acostumbrarme a un nuevo sitio, y cuando finalmente lo consigo. Me duele dejarlo atrás—continué arriesgándome un poco, solo para tazar sus mejillas con mis dos manos—Por favor, Edward. No me hagas dejar todo atrás. No quiero perder lo que tengo en esta ciudad.
Sus grandes ojos verdes se clavaron en mí por unos instantes. No pude seguir hablando, porque la intensidad de su mirada fue demasiado fuerte, así que me quedé allí, con mis manos sosteniendo su rostro y nuestros ojos entrelazados. Yo solo quería mostrarle como me sentía, y traté de hacerlo varias veces, solo pensando en lo mucho que me dolía alejarme de la vida que tenía aquí.
—Bella—murmuró después de varios minutos. Sus labios se habían convertido en una fina línea recta que aumentaba la fuerza de su mandíbula cuadrada. Sus manos fueron ásperas cuando retiraron las mías de su rostro y clavó sus ojos en los míos antes de hablar, el tono dulce ya no estaba allí y quise golpearme por no ser tan cuidadosa al hablarle, y golpearlo a él por ser tan terco y estúpido—no tengo nada que me ate a este pueblo. La única causa por la que decidí quedarme más días de los necesarios, fuiste tú. Te quiero en mi vida, y me decidí a luchar para conseguirte.
—Y ahora quieres marcharte conmigo—reconocí con el ceño fruncido.
—Serás mi esposa, y aunque comprendo la importancia de este pueblo para ti, no veo a nadie aquí, rogando porque te quedes. —Continuó como si mis palabras no tuvieran importancia—Sé que tus estudios son importantes, jamás te obligaría a dejarlos atrás. Pero sé que habrán otros institutos, conseguiré uno de los mejores para ti y estarás inscrita antes de lo que esperas, sin tener que repetir los dos años que cursaste aquí. —Respiré un poco, pues dejar atrás mi carrera no podría ser una opción en este mundo, ni en el otro. Pero mi corazón seguía palpitando fuertemente, como un caballo desbocado dentro de mi pecho, pues su decisión seguía implacable.
—Pero eso…
—Si dejas tus empleos aquí, y te dedicas a estudiar a tiempo completo—murmuró conteniendo mi mandíbula con los dedos de su mano derecha, de forma directa veía sus expresivos ojos—será más sencillo para ti. Podrás conseguir un puesto mucho más importante, ayudante del chef o qué sé yo—me sonrió a modo de disculpa y procedió a acariciar mi rostro con su otra mano, delineando la frente, los párpados y las cejas. Sus dedos viajaron a mis labios y los entreabrió con cuidado, sin dejar de mirarlos mientras hablaba—y jamás perderás a tus amigos. Puedes venir a visitarlos cuando quieras o llamarles, tendrás todo lo que necesites a tu alcance para comunicarte con ellos. Yo solo—su voz disminuyó varios tonos hasta convertirse en un susurro mientras la humedad de mi boca empapaba su dedo entre mis labios. Su otra mano me acercó más a su cuerpo y sentí un picor entre los dedos y por todo el rostro, además de unas inmensas ganas por besarlo. — quiero tenerte conmigo. Por favor. —Pidió alejando su mano de mi boca, para hundir su rostro en el hueco de mi hombro.
Me sentí tan débil al tenerlo cerca, que decidí cerrar mis ojos y respirar por un momento, acompasando sus inhalaciones con las mías. Nuestras manos se entrelazaron al instante y sus labios buscaron la piel de mi cuello con rapidez, nada fue apremiante. Solo caricias débiles y susurros inentendibles. Me quedé abrazada a él, escuchando su corazón contra el mío, derribando todas esas murallas que estaba decidida a mantener para evitar que él me cambiara.
¿Cuándo, y por qué demonios Edward podía manipularme tan fácil?
—Tendrás una mejor vida en Chicago, amor—murmuró después de unos minutos, levantando su rostro hacia el mío con una sonrisa de disculpa por segunda vez—todas las cosas que deseas tener por ti misma, vas a conseguirlas. Solo necesitas un apoyo, y yo quiero ser quién extienda su mano hacia ti cuando lo requieras. Por favor, Bella. Ven conmigo a Chicago y enséñame a vivir como tú lo harías, como tu esposo y fiel compañero.
Me quedé sin palabras al notar la sinceridad en sus ojos. Edward no podía fingir tanto ¿O sí? Unas cortas lágrimas descendieron por mis mejillas y él las atrapó con un beso, luego aplastó sus labios contra los míos de forma dulce y ligera, sin ninguna otra pretensión. Yo asentí fervientemente, hundiendo mis dedos en su espalda mientras él me recostaba en el mullido y viejo sofá donde estábamos sentados. Dije "Si" entre besos muchas veces, esperando que él comprendiera la gravedad de mi aceptación.
Estaba rindiéndome demasiado fácil ante sus deseos. Solo esperaba no salir tan lastimada cuando todo esto terminase.
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Solo nos besamos en ese sofá, por mucho, mucho tiempo. La pizza llegó y decidí tragarme dos pedazos de un bocado mientras Edward pagaba la cuenta. Bebimos toda la botella de refresco y exterminamos la ensalada y el cartón de pizza. Ambos estábamos hambrientos y hablamos poco mientras comíamos, solo salían risitas nerviosas de mi boca y él las sofocaba de vez en cuando, tomando mi cuello entre sus manos y regalándome un profundo y caliente beso, siempre que no tuviéramos pizza a medio masticar en la boca.
Salimos de allí, Edward canceló por mí el mes que debía y me sonrojé de vergüenza, pero le prometí que pronto se lo pagaría. Tomamos las bolsas y partimos al hotel, cuando llegué allí, deslicé los zapatos fuera de mis pies y me hundí en las cobijas. Edward no dudó en acompañarme y a los pocos minutos, ambos descansábamos completamente dormidos.
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Cuando abrí los ojos, el brazo de Edward reposaba sobre mi cintura, provocando que no pudiera salir de la cama. Conseguí girarme y mis ojos, enseguida se clavaron en su rostro. Edward era lo que muchas personas llamarían "hermoso" aunque esa palabra se quedaba corta cuando se trataba de él. Tenía las pestañas más largas que jamás tendría un hombre común, y sus cabellos refulgían con el golpe de luz filtrado por la ventana. Verlo producía muchos pensamientos en mí, tanto positivos, tristes, furiosos o felices. Y con ello, firmes ideas de que hacía lo correcto al escoger lo que, yo creía, me daría alegría y paz, al menos por un corto tiempo. Llegué a pensar, mientras observaba su masculino pecho descender y ascender con la fuerza de sus inhalaciones, que podía ocurrir un milagro, uno tan grande que provocara el más grande de los amores en Edward. Y guardé la esperanza en el fondo de mi corazón, al notar que una parte de mí, la más inteligente, sabía la facilidad con la que estos efímeros lazos se romperían en un corto tiempo.
Bastaba con que él supiera mi decisión sobre los bebés. Yo aún no quería un hijo, pero decírselo empeoraría las cosas entre nosotros, ahora que al fin tomaban un rumbo adecuado. Así que decidí hacer algo inteligente mientras él dormía y me deslicé fuera de su abrazo como pude.
Llegué al salón y rebusqué entre mi pequeña bolsa de ropa interior, el móvil viejo que utilizaba para el trabajo. Lo había comprado años atrás en una rebaja dentro de una tienda electrónica. Presioné dos botones y comencé a buscar en la agenda, hasta que llegué al número de Kelly, apreté la garganta antes de llamarla, y comencé a respirar agitada mientras la llamada pitaba.
Me quedé con los ojos apretados hasta que la aniñada voz de mi amiga contestó. Ahí pude respirar un poco, y tomé fuerzas desde el centro de mis entrañas para hablar.
— ¿Hola?
—Hola, Kelly—saludé en voz baja— ¿Me escuchas?
— ¡Bella! —Chilló la pequeña mujer al otro lado del teléfono—Qué alegría saber de ti. Pensé que te habrías marchado con Ray, pero…
— ¿Ray se fue? —Susurré apretando el teléfono a mi oído—y por favor, habla en voz baja.
—Si. —Aseguró con nostalgia en la voz—Te vi una noche, corrías como desesperada bajo la lluvia hasta llegar al estacionamiento del edificio—Se quedó pensando y me dieron ganas de estrellar el teléfono de un porrazo contra la pared. Yo no tenía tiempo, quería hacer esto lo más rápido posible pero necesitaba saber de Ray—Ahora que lo pienso, mi bicicleta se perdió ese día. —Estrellé mi mano contra mi frente, recordando lo estúpida que fui al tomar su transporte prestado—Como sea. Ray se marchó con Amellie el mismo día, no huían. Parecían felices, aunque supe que te extrañaban porque cuando mencionaba tu nombre, los ojos de ambos se llenaban de lágrimas.
—Soy una estúpida—murmuré de forma inconsciente. Había dañado a dos buenas personas, sin intención, pero lo había hecho, y no podría perdonarme si llegaran a sufrir de alguna forma por mi causa.
—No lo creo—respondió ella con una risita. —Como te dije, la hamburguesería es un desastre. Sin ti, ni el jefe puede con los proveedores.
Suspiré y asentí, a sabiendas de que el señor Harrison jamás pondría en su sitio a las arpías que teníamos por vendedoras.
—Kelly—la llamé, tratando de captar su atención mientras las manos me temblaban—Necesito que me hagas un favor.
— ¿Voy a tu departamento? —Preguntó gentil—Puedo…
—No, no. Escúchame—susurré de nuevo. A estas alturas, tenía miedo de lo que podría llegar a pasar si Edward despertaba—Necesito que me des el nombre y el número de teléfono de tu ginecóloga.
— ¿Mi ginecóloga? ¿Para qué quieres una ginecóloga? —mi cabeza la visualizó, rodando los ojos mientras buscaba la respuesta a su pregunta. Preferí quedarme en silencio, esperando que la parte lógica de Kelly saliera a flote. —A menos que… ¿Tienes alguna enfermedad?
— ¡No! —Estuve a punto de decirle que solo me he acostado con un hombre en mi vida, pero me abstuve y decidí concentrarme en disminuir el tono de mi voz para susurrar otra vez. — Voy a…. —llené mis pulmones antes de hablar, dispuesta a soltar la bomba a forma de explicación convincente—Voy a casarme, Kelly. Y necesito una doctora para la revisión.
Si. Sonaba lógico y no había mentiras implícitas en esa oración. Tragué en seco al escuchar el roce de las sábanas al ser removidas, apreté los ojos y quise ordenarle a Edward que siguiera dormido, mientras yo tomaba una decisión importante a sus espaldas.
— ¡Oh! —Chilló ella, como esperaba que lo hiciera—Es maravilloso. Me gustaría ir, ya sabes. Puedes tomarme en cuenta para lo que quieras…
—Necesito su dirección, teléfono, lo que sea—susurré desesperada, interrumpiendo su monólogo—por favor.
—Claro, claro—pareció haber comprendido mi prisa—pero es ginecólogo. Da la consulta gratis con tal de que compres los anticonceptivos y todo el medicamento necesario en su clínica. Se llama Roger Rivers, en el centro de la ciudad. El edificio "Plus & Plus" en el piso 19. Te diré el teléfono para que hables a pedir una cita. 2822668.
—Gracias—susurré antes de colgar la llamada.
Tenía los datos en mi cabeza. Como mesera, mi memoria había mejorado mucho desde el instituto, así que asentí y me concentré en mantener un rostro de total tranquilidad antes de regresar al dormitorio. No quería que Edward viera la mentira en mis ojos, no quería hacer nada deshonesto. Odiaba mentir a cualquier persona, pero realmente no podía decirle mi decisión acerca de los niños. Él solo…se volvería loco, de inmediato.
Suspiré, y en cuánto regresé la vista a mi espalda, encontré a Edward mirándome de frente. Con los ojos fruncidos y las manos cruzadas a la altura de su fuerte pecho.
— ¿Con quién hablabas? —Preguntó mientras extendía los brazos, en claro gesto de un saludo físico de "Buenos Días".
—Hola—susurré mientras mi rostro se hundía en su pecho. Él olía exquisito, la fragancia más deliciosa y varonil del mundo se filtraba por mis fosas nasales mientras mi cabeza buscaba una rápida respuesta.
—Hola—repitió después de dejar un beso en el tope de mi cabeza— ¿Puedo saber con quién hablabas?
—Con una amiga—respondí enrollando mis brazos alrededor de su cuello—es vecina de mi antiguo edificio. Quería saber porque me mudé y le conté que pronto me casaría. Ya sabes, se puso de cotilla.
No le miré a los ojos mientras hablaba, me dediqué a jugar con el borde redondo de su camiseta, las palabras salían de mi boca, empujadas por el firme deseo de que él no se enterara. Tenía terror y asco de mi misma de tan solo pensarlo, pero era cierto. Me desolaba la simple idea de estar lejos de él, no quería enfadarlo por ningún motivo.
—No tienes que esconderte de mí para contestar tus llamadas—susurró besándome la oreja—si es solo una amiga…
—No quería despertarte—lo que dije, era verdad. Así que pude mirar sus grandes ojos verdes mientras mis labios le rozaban la mandíbula. Nos quedamos en silencio unos momentos, solo respirando el tranquilo aire a nuestro alrededor. Mi cuerpo poco a poco se había relajado, y librado de la tensión, podía responder con gusto a las caricias de Edward sobre mi espalda. Solo suspiré, mientras sus labios me mimaban por el cuello, los labios, las manos. Cada yema de mis dedos fue besada. Sus ojos miraban con adoración donde se encontraban con un trozo de piel descubierta, y poco a poco, él nos recostó en el sofá del sitio aquel.
Edward me regaló un gran beso. Sabía a menta y café, supuse que así le gustaba desayunar en las mañanas mientras sus labios acariciaban los míos. Mis dedos se habían hundido en su maraña de pelo, que parecía una peluca de Hollywood al despertar cada mañana. Su lengua se coló entre mis labios, y comenzó a danzar con la mía, arrancando suspiros de mi boca cuando tenía acceso a respirar. Se sentía tan bien, solo quererle. Estar así, abrazados un buen rato mientras susurrábamos el nombre del otro en nuestros oídos.
Jesús. Se sentía maravilloso. No quería ni pensar en algún momento lejos de sus brazos.
No sé cuánto tiempo pudo haber pasado, y demasiado pronto para mí, Edward nos separó y me sentó en su regazo. Acariciando con su pulgar, mi labio derecho que lucían un poco hinchado.
—Hoy estás hermosa—murmuró sonriéndome. Le correspondí el gesto y él se rió.
— ¿Iremos a algún sitio en especial? —Le pregunté mientras, sonrojada por el momento anterior, sonreía como una pequeña tonta. Lo amaba. Lo amaba tanto que el pecho parecía explotárseme cuando su nombre escapaba de mis labios.
—Mi pequeña saltamontes—susurró mientras entrelazaba nuestros dedos. Me llevó caminando a la esquina que hacía las veces de cocina, y me obligó a deslizar mi trasero sobre la silla—Necesito que desayunes, antes de hablar de nuestros planes.
—Está bien, ¿Y tú?
—Tomé café y un poco de tarta de menta. —Comentó mientras servía ante mí una bandeja con chocolate y tarta de queso—Me siento satisfecho.
Asentí y probé el pastel. Sabía a yogurt pasado y me dieron ganas de devolverlo.
—Edward, esto es asqueroso—murmuré alejando el plato de la bandeja, antes de beber dos grandes sorbos del delicioso chocolate. —No puedo creer que me hayas hecho comer esa porquería.
Él se carcajeó, pero al percibir el pútrido olor proveniente de la tarta, frunció la nariz y la desechó con rapidez.
—Lo lamento, supuse que te gustaría comer algo dulce—se encogió de hombros y deslizó ante mí un pedazo de tarta de menta. Me lo comí con ganas y exterminé el chocolate. Edward caminó por el salón mientras desayunaba, sentí ganas de darle un zape por ser tan misterioso, pero me detuve porque el sabor de la tarta de queso no salía de mi lengua.
—Terminé—la palabra salió de mis labios con rapidez, en el mismo instante en que Edward giró hacia mí con sus grandes ojos, tan profundos y temerosos que se me revolvió el estómago de solo verlo— ¿Ocurre algo?
—Tengo que regresar a la empresa—respondió deslizándose en la butaca frente a mí—en dos días, necesito estar en Chicago para atender una serie de complicaciones con un cliente muy importante. Y quiero que vengas conmigo.
Asentí, dispuesta a ser fuerte mientras hablábamos.
—Entiendo. —Susurré dándole una sincera sonrisa—Y estoy de acuerdo. Me iré contigo. Solo tengo que hablar con mis empleadores y avisar en el instituto de gastronomía.
Edward respiró después de mis palabras, una bonita sonrisa se asomó en las comisuras de su dulce boca.
—Entonces eso haremos—sonrió mientras palmeaba mi muslo desnudo—hoy vamos a conseguir tus liquidaciones y los papeles que necesites para trasladarte a un nuevo instituto. Mi secretaria encontró uno que te encantará—asentí feliz, pues no quería dejar mis estudios a medias—Y luego…tendremos que visitar a Jasper y Alice.
— ¿Por qué? —Pregunté. No necesité aclarárselo, Edward sabía que mis dudas estaban en la visita a los señores Withlock.
—Necesitarás un vestido que Alice diseñó para ti. Según ella, es perfecto—me besó la frente y se retiró al dormitorio. Pero yo, de tonta tenía los pelos de los pies, así que lo seguí y lo encaré con los brazos cruzados. Edward dejó el traje que pensaba ponerse y me miró con los ojos confusos.
— ¿Por qué y para qué necesito un vestido, Edward?
—Bella—susurró divertido—Amor, necesitas un vestido porque cenaremos con un cliente importante, Los Newton. Y con mis padres.
Mi mandíbula cayó al suelo, supongo que le faltaban tres centímetros para rozar la gran alfombra del Pent House. ¿Sus padres? ¡Dios! No los veía desde que tenía quince años, en esa fiesta de graduación que dieron para Edward. ¿Con qué ojos verían nuestro compromiso? ¿Y si me odiaban porque pensaban que solo era una aprovechada? .Mi cabeza no pudo evitar sacar tantas conclusiones.
—Deja de pensar—susurró Edward, abrazándome con fuerza antes de tirarme como saco de patatas sobre la cama, y colocarse sobre mí, reposando su peso sobre los codos. Su nariz rozaba con la mía y me sentí un poco intimidada por la cercanía. —Todo saldrá bien, te conocen desde que somos unos niños. Les gustará la idea de que me case contigo.
— ¿Estás seguro? —Pregunté después de varios segundos. Mis temblorosas manos se hundieron en la camiseta desgastada con la que dormía.
— Si. Siempre voy a estar seguro de todas las decisiones que tome contigo. Me haces pensar, Bells—susurró mientras me besaba los labios con suavidad—haces que el Edward estúpido desaparezca, y llegue uno que amaría besar cada trozo de suelo que pisas. Soy un mejor hombre a tu lado, y jamás dudaría de haber tomado la decisión correcta al quedarme contigo. Al tratar de amarte. Yo te quiero—sus ojos se clavaron en los míos y pude ver sinceridad allí, mientras mi cabeza rebobinaba la última frase que salió de su boca.
¡Dijo que me quiere! ¡Que me quiere!
—Edward—susurré emocionada, besándole los labios de forma urgente.
—Te quiero, Bella. ¿Cómo no habría de quererte? Y aunque sé que "Te quiero" no es un "Te amo". No lo sé—se encogió de hombros—podemos conseguirlo con el tiempo. Ahora quiero quedarme a tu lado, y sé que dentro de unos meses, no podré apartarme de ti.
— ¿Hablas enserio? —le pregunté clavando mis cortas uñas en su espalda—No juegues con esto, Ed. No me mientas, por favor. Es importante para mí…
—Es verdad, yo aún no te amo—un pinchazo me recorrió el cuerpo—pero te quiero. Es…como si fuésemos un par de adolescentes que se conocen, se gustan y salen. Así se enamoran ¿No? —asentí y le besé el hombro antes de escuchar sus palabras—entonces, voy a enamorarme de ti. Y tú de mí. Con la diferencia de que no somos adolescentes, y nos casaremos pronto.
Yo sonreí feliz. Edward había dicho que me quería y eso solo avivó las llamas de la esperanza en el centro de mi cuerpo. Conseguiría que me amara, podía cambiar las cosas malas de él. Lo sabía. O al menos eso esperaba.
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Después de ese par de instantes, cuando mi corazón quiso dejar de palpitar al escucharlo hablar, me dediqué a rogarle que no fuésemos a ver a los Withlock. No quería ver a Jasper, había sido una pésima persona con él, pero estaba herida y necesitaba desahogar mi rabia. Edward me consintió y armamos un plan. Él iría a recoger el vestido para la cena con sus padres—que por cierto me tenía más que nerviosa— y a presentar mi renuncia en los dos restaurantes. Me dolió que él tuviera esa parte del plan, pero me decidí a aceptarlo porque no podría ver a mis compañeros y mis jefes y no soltar una que otra lágrima. Yo solo tendría que ir a la Universidad a recoger mis papeles y mis calificaciones.
Era el momento perfecto para acudir al ginecólogo.
Nos despedimos con un beso en la puerta del hotel. Él se fue en su auto y yo en un taxi, con el dinero suficiente para alquilar un cachivache y andar en él por media ciudad. Corrí a la universidad y obtuve todos mis papeles. Esperaba y deseaba con todas mis fuerzas, empezar el cuarto semestre en otra ciudad, con una vida mucho más feliz y libre de rencor. Luego, tomé otro taxi, uno que no perteneciera a la agencia que Edward contrató y me marché hacia la dirección que Kelly me dio por la mañana.
Antes de entrar, encontré una gran fila de muchachas esperando ser atendidas. Una de ellas, rubia y con los ojos más azules del mundo, me miró con odio después de recorrerme de pies a cabeza. No le presté atención. Una zorra como ella no merecía más que pena.
El doctor fue amable conmigo, me hizo una revisión completa pero veloz, ya que le expliqué que pronto me casaría y necesitaba unos anticonceptivos con rapidez. Mentí diciendo que no queríamos tener bebés. Él me entregó la caja de las pastillas, me explicó como tomarlas con dedicación y lo importante que era ser constante con la dosis. Acepté en silencio, cancelé en la recepción de la clínica, donde volvía encontrarme con la horrible rubia que pagaba una caja de anticonceptivos iguales a los míos, y luego salí huyendo de allí.
Las piernas me temblaron al atravesar la puerta del hotel. No quería cenar con los padres de Edward, ni ver a sus dulces hermanos. Pero asentí al verlo, me lancé a sus brazos y luego de unos besos, me deslicé en el costoso vestido púrpura que Alice diseñó para mí, según Edward. Los zapatos fueron el paso más difícil, pero conseguí calzármelos después de mirarlos con odio media hora.
Mis pechos se veían grandes con el escote del vestido, y las piernas se lucían, largas y formadas bajo esa falda suave que adornaba mis muslos. No quise maquillarme mucho, yo no sabía hacer esas cosas. Me limité a rímel, delineador, polvo y un brillo de labios rosa suave. Edward vestía una chaqueta negra y pantalones a juego. La camisa tenía un tono púrpura muy bajo, pero contrastaba bien con mi vestido, y supe que su ropa también venía de las empresas Withlock.
Descendimos por las escaleras. Él solo había dicho que cenaríamos en el restaurant oficial del hotel, nuestras manos estaban entrelazadas y él había susurrado en mi oído que lucía preciosa y que tenía ganas de comerme a besos. Estaba más roja que una manzana en plena cosecha.
Cuando llegamos a la mesa, encontré a Esme y Carlisle tomados de la mano. Lucían como la pareja perfecta, con el blanco coloreando sus cabellos y las arrugas estrechando sus ojos, pero sin perder el brillo de felicidad en sus pupilas. Otras personas estaban completando la mesa, pero apenas pude verlas cuando los padres adoptivos de Edward se levantaron para saludarnos.
Edward frunció el ceño, pero al mirar que mi dedo borraba la arruguita de esa zona, me sonrió y depositó un casto beso en mis labios.
— ¡Oh, querido! —Saludó Esme, estirando sus femeninos brazos y enrollándolos alrededor de Edward. Quise apartarme unos centímetros para darles privacidad, pero él se limitó a apretujar mi mano entre las suyas con fuerza, así que me quedé a su lado.
Edward había perdido a sus padres, pero siempre supe que los señores Cullen lo tratarían como a un hijo más.
— ¡Bella! Mírate, niña. ¡Estás hermosa! —También me regaló un abrazo y le correspondí con una leve sonrisa— ¡Qué cálida sorpresa verlos a los dos! Edward dijo que nos presentaría a su prometida, ¡Pero jamás pensé que serías tú! ¡Qué maravilla! —Besó mis dos mejillas, y con lágrimas en los ojos, se retiró unos centímetros, dando paso a su marido.
Había sentido sincera a Esme, y me felicité interiormente por ello. Al menos no tendría una odiosa suegra como en las películas.
Carlisle fue diferente. Edward fue diferente con él. El orgullo en los ojos del hombre viejo podrían iluminar todo el salón, y la mirada de Edward estaba llena de aprecio, pero se limitaron a rozar sus manos con un apretón. Cuando el hombre rubio, aún atractivo para su edad, clavó sus ojos en mí, me sentí feliz.
Allí no había más que aceptación. Le sonreí y él me brindó un fuerte abrazo.
—Bienvenida a la familia—susurró antes de besar mi mejilla.
Edward enrolló sus brazos en mi cintura, mientras las otras sombras se acercaban a nosotros.
Había dos muchachos. Uno parecía joven, no podía pasar de los 15. Tenía el cabello rubio y los ojos verdes como Esme. Vestía un conjunto sencillo de pantalones negros y una camisa gris, pero el reflejo de su pendiente me mostró algo que él, supongo yo, había querido ocultar. El brillo de picardía en sus ojos parecía quemarme mientras me recorría el cuerpo de pies a cabeza. Me estremecí y Edward aumentó su abrazo.
—Soy Evan—saludó besando mi mejilla—El hermano de Edward.
—Hola—respondí con una sonrisa.
El otro hombre también era rubio, pero sus fríos ojos azules me aseguraron que jamás podría formar parte de una familia como los Cullen. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y la chaqueta de color negro azulado hacía resaltar sus ojos.
—Mike Newton—se limitó a decir Edward a mis espaldas, extendiendo su mano libre para estrecharla con él—es bueno verte.
—Lo mismo digo, Cullen—respondió mientras me recorría de pies a cabeza con ojos asquientos— ¿Me presentas a tu cita nocturna?
Cerré mi boca con fuerza, apretando los dientes contra los músculos de mis labios. Quise gritarle muchas cosas a ese estúpido tipo. ¡Yo me voy a casar con Edward! ¡Tonto, imbécil!
—Mi prometida—bufó mi cobrizo, depositando un sensual beso en mi cuello que consiguió un estremecimiento por mi parte—Bella Swan. La mujer más hermosa del salón.
El tal Newton me miró con rabia. Apretó los dientes y se retiró un paso. ¡Ja! Pero la victoria había sido mía. No pudo tratarme como una cualquiera, Edward no lo permitió.
Las mujeres llamaron mi atención, y mi boca se abrió con la misma rapidez con la que la cerré al recordar los rostros. Una de ellas era Bree. La hermana de Edward, una niña que vi crecer con mis propios ojos. La otra…era la chica rubia del consultorio ginecológico.
Mierda…y más mierda.
Cerré los ojos y retuve el miedo dentro de mi cuerpo al sentir el abrazo de Bree. Traté de responderle el gesto, pero los labios me temblaron al tratar de sonreírle, así que me quedé en silencio, observando los rápidos y sonoros pasos de la mujer rubia.
—Hola, Edward—saludó con una voz seductora, estirando su cuello hacia atrás para darle una buena vista de su escote a mi prometido—tenía tiempo que no te veía.
—Tanya—murmuró Edward con una sonrisa—Luces igual que siempre.
No supe si eso era un cumplido, pero el rostro de ella se desfiguró con rapidez.
—Tanya Newton, la melliza de Mike—se presentó ella, recuperándose del ataque con rapidez. Sus palabras fueron dirigidas hacia mí y me encogí en el sitio al sentir sus labios vaporosos contra mi mejilla. —Mucho gusto.
Tragué en seco antes de hablar. No podía dejarme intimidar por nadie, jamás lo permití durante años. Esta rubia no podría hacerlo, jamás.
—Bella Swan—susurré con una gran sonrisa fingida en mis labios. —También es un gusto.
Carlisle sonrió a su esposa y nos dirigimos hacia la gran mesa.
Bree y Evan tenía cinco años de diferencia, pero hablaban como si fueran pequeños niños de escuela. Bromeaban cosas de calibre pesado, me sonrojé muchas veces al escuchar las palabras que salían de la boca de Evan con tanta facilidad, y con un doble sentido extraordinario.
Cuando servían el plato fuerte, la tal Tanya decidió hablar y mis piernas temblaron.
—Entonces, Edward ¿Cuándo piensas agrandar la familia?
Maldita perra.
—Pronto—él me sonrió y me sentí un sucio bicho—esperamos encargar un pequeño lo más pronto posible.
Oh, amor. Edward se oía tan ilusionado.
—Qué gracioso—se carcajeó Tanya, clavando sus frívolos y azules ojos en mí— ¿No, Bella?
— ¿Qué es gracioso, preciosa? —Preguntó Edward clavando sus ojos en mí. Yo me mordí el labio y tragué el bocado de rissotto en mi boca.
—Hoy fui al ginecólogo—comenzó depositando sus cubiertos en la mesa. Hipé con fuerza, y mis manos temblaron al igual que mis rodillas. Tenía tanto miedo que bien podía soltarme a llorar —Para nadie es un secreto que tengo Quistes ováricos y tomó una serie de pastillas, entre ellas anticonceptivos.
Nadie se atrevió a hablar en la mesa. Yo cerré los ojos y dos lágrimas rodaron por mis mejillas.
—No lo hagas—le supliqué al levantar la mirada. Ella me sonrió y un oscuro brillo se clavó en sus ojos.
—Y entonces vi a Bella allí. No sabía quién era. —Edward estampó su puño contra la mesa y noté de refilo como su mandíbula se endurecía—Tuvo su turno después de mí, y salió a pagar las pastillas a la recepción, junto conmigo.
—Edward—susurré tratando de llamar su atención. Desesperada. No sabía qué hacer, que decir, como reaccionar. Él no me miró.
— ¿Sabes? —Murmuró la estúpida rubia mirándome a los ojos—Edward no tendría porque poner sus ojos en ti. No vales nada.
Tragué en seco y me levanté de la mesa haciendo mucho ruido. Edward lo hizo al instante, pero jamás abandonó la mirada de Tanya.
— ¿Qué compró Bella?—Gruñó estampando su puño en la mesa una vez más.
—Anticonceptivos—respondió ella, mirándose las uñas.
Esme hipó, sin saber cómo manejar la situación. Carlisle la abrazó, y Edward escupió antes de mirarme con rabia.
—Jodida mierda, Bella—susurró con los ojos oscurecidos y humedecidos. En ese momento tuve ganas de contarle la verdad— ¿Por qué lo hiciste?
—Edward…
—No puedo creer que me hagas esto—gruñó antes de estampar la mesa y salir a paso rápido hacia la salida.
— ¡Espera! —Chillé sin palabras, con un gran nudo formándose en mi garganta mientras las lágrimas corrían libres por mis mejillas.
—No te atrevas—advirtió Tanya, con los fríos ojos llenos de placer, antes de tomar su bolso y correr tras él.
Aún así, mis pies anduvieron con rapidez y como pudieron hacia la salida del restaurante. Cuando llegué, encontré a Tanya tratando de calmar a mi prometido, sus manos avariciosas tocaban donde podían. Su cuello, su rostro, su frente. Sus labios, los jodidos labios de la zorra rubia, comenzaron a besarle la mandíbula mientras él la empujaba con fuerza. Las lágrimas corrían por el rostro de Edward y el pecho comenzó a arderme con gran intensidad. Los sollozos salían de mi boca sin poder detenerlos, y los pies me dolían como los mil demonios por culpa de esos horribles zapatos.
Mis ojos lo vieron todo rojo. Las manos me picaban por darle un buen puñetazo a la estúpida de Tanya y los pies me rogaban por patearle el trasero y escucharla aullar de dolor. Ella estaba tocando a mi hombre. Mío. Había conseguido que él se enfadara conmigo.
— ¡No lo toques! —Chillé empuñando mi mano en su cabello, alejándola de él a rastras.
— ¡Edward es mío!
—Perra—escupió Tanya empujándome con rabia—No sabes cuán equivocada estás.
— ¡Voy a arrancar todos los malditos cabellos de tu sucia y jodida cabeza rubia! —Maldije, hundiendo mi mano en su cabeza para atacarla.
Yo solo quería….Edward.
Edward.
— ¡Basta! —Rugió el cobrizo tomándome por la cintura. En cuánto su piel hizo contacto con la mía, mis respiraciones comenzaron a controlarse y solo pude hundir mi cabeza en su pecho para poder sollozar en paz—Lárgate, Tanya.
—Edward—ronroneó ella, y sentí el pecho de mi prometido retumbar—ella no es para ti. Lo sabes. No vale nada en nuestro mundo. Es una embustera, maldita perra…
— Si lo es o no—declaró él, hundiendo sus manos en mi cintura. Mis manos estaban empuñadas en su camisa y no podían soltarla. No iba a soltarlo, jamás. Edward tenía que perdonarme—Es problema mío y de mi mujer. Lárgate, Tanya.
—Siempre estaré para ti, Edward—murmuró ella, antes de que pasos se escucharan resonar por el frío suelo de la entrada al restaurante.
—Dios, Edward—gemí mientras mis lágrimas empapaban su camisa—Por favor…escucha…
— ¿Está todo bien, hijo? —Preguntó la dulce voz de Esme, con un tono de cuidado y sutileza que calmó las fuertes palpitaciones de mi pecho.
—Si, Esme—respondió Edward, apretando mi cintura hasta poder separarnos. —Bella…
—No. No. ¡No! —Chillé tratando de agarrar su camisa— ¡Tienes que hablar conmigo!
—Llévate a Bella a la habitación, por favor. —Le pidió a Esme con la voz enronquecida—Consigue que duerma un poco. —Me depositó en brazos de su padre, terminando cualquier contacto que pudimos tener.
— ¡Edward! —Exclamé mientras los fuertes brazos de Carlisle me apresaban. De lejos noté como mi prometido, mi amor se alejaba a grandes zancadas hacia la oscura calle.
—Tranquila—susurró Esme, abrazándome mientras mis lágrimas empapaban el hombro de su costoso vestido—todo estará bien. Carlisle, acompáñalo. —Le pidió a su esposo—No puede marcharse en esas condiciones.
—Evan y Bree se quedan con ustedes—respondió el hombre antes de que sus pisadas también resonaran en el frío asfalto de la calle.
—Edward—sollocé con mi rostro hundido en el pecho maternal de Esme—Edward…
Yo solo podía pensar en el error que cometí al ocultarle la verdad.
Holis!
Agradecimientos especiales a:PameHaleMcCarthyCullen, yasmin-cullen, Ludwika Cullen, Denisse-Pattinson-Cullen, CaroBereCullen, marie withlock cullen, Angie Cullen Hale.
No voy a dar excusas, sé que me tarde un jodido mundo en actualizar. Pero su buena noticia es que el cap que viene ya está en manos de las betas, a quiénes por cierto, adoro. ;P Gracias a ellas, el fic tiene mejor cara. Las canciones están en el profile, y también el negocio de portadas gratuitas, Wonder Faces. Pásense por allí. Lean Apuesta a el corazón y dejen muuuuchos, muuuchos reviews. Así, taaaaaantos como los gritos que causó el trailer de Breaking Dawn part 2, que por cierto estuvo buenísimo XD.
He notado que dejaron menos reviews que en el capítulo anterior ¿A qué se debe?¿No les gusta la forma que toma la historia o ya no la leen? Sería bueno que me respondieran :D porque hay 7 comentarios, cuando la historia la leen 300 personas. Solo me hace pensar que no les gusta lo que leen, o que tienen vagancia XD Sea cuál sea la razón, sería bueno que me la dijeran.
besos
valhe
