TSUKIAKARI NI KAGE

(Sombras a la Luz de la Luna)

-por Jinsei no Maboroshi-

parte XI

Fecha de publicación: 26 de febrero de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.


La actriz se sentó en la cama, trayendo consigo una bandeja que contenía un suculento desayuno. Ken, envuelto en sábanas revueltas, sobre el lecho, se movió perezosamente ante el toque de la joven.

-¡Vamos! Kenchan. ¡A desayunar! ¡Es media mañana! –le susurró, y volvió a ingresar a la cama, acomodando la bandeja sobre sus rodillas. El alto japonés frotó sus ojos, y se sentó mirando a Rena, observando cómo la fina bata de seda insinuaba sus curvas con refinamiento. Se acercó a ella, y le besó el cuello, dejando apoyada su cabeza en el hombro. Cerró sus ojos, aún cansado de las pocas horas que habían dormido–. ¿¡Ah! ¿¡Ahora eres un gatito! –comentó divertida, y acarició el abdomen del japonés. Los recuerdos lo atacaron nuevamente, como siempre ocurría en su estado de conciencia. Extrañó a Elizabeth una vez más, y aquella reminiscencia, extrañamente, se relacionó con Yukihiro. Suspiró apenado, separándose del cuerpo de la mujer.

Rena le entregó una taza de café, y unas tostadas. El guitarrista las aceptó en silencio y las consumió con lentitud. Todo tenía sabor a nostalgia.

-¿Kenchan? –la muchacha lo había estado observando todo el tiempo, sin que él se percatase, ajeno a esa realidad. Ante la pronunciación de su nombre, parpadeó un par de veces, y enderezó su espalda, mirándola con desconcierto.

-¿Decías? –la actriz lo vislumbró con tristeza. No había caso. Ella siempre seguía siendo la segunda. Siempre. Suspiró con resignación. Ya estaba acostumbrada a aquella anónima mujer eternamente presente en abstracto.

-¡Ay! ¡Kenchan! ¿Qué pasa?...estás tan lejano...

-Estoy cansado, ¡linda! –le sonrió, mintiendo. Él tampoco podía resistir más esa situación.

-Siempre estás cansado...

-¡Rena! ¡Soy humano! ¡Siempre pasamos cada noche...! –comentó divertido, intentado poner humor a lo que no tenía remedio. Rena le sonrió negando con su cabeza. lo conocía demasiado.

-Es ella, ¿verdad…? Otra vez... –lo miró con franqueza. Ken no le mentía. Ya no en cuanto a sus sentimientos, en cuanto a sus estados anímicos, porque ella le curaba, le apoyaba, le retenía en los momentos de mayor debilidad. Y lo de Yukihiro, le estaba afectando seriamente.

-Eee... perdona... –se disculpó, pero Rena le tapó los labios con dos dedos. Ken, se tensó de súbito. Aquel gesto era muy personal de él y de su antiguo amante. Había sido en la primera vez, cuando Yukihiro le había acallado de esa suave manera, pidiéndole que no le mintiera, que no le engañara con ilusiones que se desvanecerían en la mañana. Bajó rápidamente su vista, alejando su boca de los dedos de la muchacha. La mano, suspendida en el vacío, lentamente regresó al regazo de su dueña. Rena lo notó. Advirtió que aquel gesto, era uno más de los prohibidos. Uno más, de la larga lista de movimientos que ella no podía usurpar, que no podía, siquiera, simular.

-Perdona, Kenchan –suspiró, y elevó su vista hasta la del alto japonés–. ¿Qué está pasando?

-Usa drogas... –el culpable tono de voz sorprendió a Rena. Aquella mujer misteriosa estaba realmente perdida. No necesitó más relato para saber que la desesperación había empujado a esa anónima joven a tal camino de confusiones. Una pequeña grieta de culpa quebró su espíritu: Rena estaba siendo la misma clase de mujer que había provocado la ruina de muchas de sus relaciones. La segunda, que todo lo destruía.

-Pero... ¿por qué? –inquirió apócrifamente, sabiendo la respuesta.

-La foto... –no acotó más, apreciando cómo su garganta se cerraba. Mordiscó con rapidez un trozo de tostada y lo comió, disimulando el dolor que le generaba la imagen de su amante quien, progresivamente, se consumía, se perdía en la inconsciencia del error.

Rena suspiró. Miró al japonés callado y una vez más lejano. Salió de la cama, y con lentitud se dirigió al baño. Cerró la puerta, y abrió la ducha. Se sentó en el suelo, y comenzó a llorar.

Sólo ambicionaba ser la primera. Sólo anhelaba el amor. Sólo quería a ese obsceno japonés que había logrado conquistarla, arrebatarle el corazón, a cambio de toda la esencia que había recibido. Lo amaba con locura, y en honor a tal sentimiento, sólo tenía una opción.

Un ser como Ken debía ser empujado. Lloró, resignada ante su suerte, pero feliz de haberlo conocido. Se dio fuerzas en ese instante de pura debilidad. Lo iba a hacer. Lo tenía decidido desde hacía mucho tiempo. Debía hacerlo, en un gesto de agradecimiento a esa mujer que moría. En un gesto de pura humanidad, que nunca hubiera alcanzado sin Ken.

Mientras tanto, el guitarrista, aún lejano en pensamientos, logró escuchar el lloro de Rena, y mirando la ya vacía bandeja, se culpó otra vez. Dañaba a muchas personas. Se dañaba a sí mismo. ¿Cuánto más resistiría?

Perdido en la inmensidad, y el vacío.

Sintió un gran hueco.

Un eterno agujero.

Y sólo anhelaba paz.

Recordó nuevamente lo que por siete años había olvidado: la soledad.


La primavera ya había finalizado, y el ardiente verano había irrumpido el calendario. El duro sol rayando el pavimento de la gran ciudad, mientras que el mundo continuaba girando, sin detenerse, llevando a su paso vidas en el anonimato, destruyendo historias que nunca se terminaron de concretar, y materializando tragedias que nunca debieron ser concebidas.

Y así, como el tiempo había pasado para el mundo, los minutos no se habían detenido para ASOA, cuyas fans ya gritaban por un nuevo CD, un CD que no alcanzaba las cuatro canciones, pues el resto de las propuestas habían sido eliminadas por el representante, convencido de que no eran más que copias de anteriores melodías, y que sus representados, eran capaces de genialidades de mayor índole.

-¡MIERDA! ¿QUÉ PASA? –gritó el agente al llegar al estudio y hallarlo vacío, sólo con Ein sentado en el sillón, tocando con desgano su bajo.

-¿Eh? –lo miró con desconcierto.

-¿DÓNDE ESTÁN LOS DOS?

-No creo que vengan...

-¡MIERDA!

El hombre los convocaba por décima vez en el mes. Siempre la ausencia de uno de los miembros, o la carencia de novedades artísticas generaba el atraso progresivo de las producciones del grupo. Su representante, estaba realmente preocupado, creyendo que la banda se hallaba al borde del quiebre y la disolución definitiva.

-¡Ya! ¡No te alteres! ¡Déjame llamarle! –comentó tranquilamente el bajista, cansado de la repetitiva situación. El grupo terminó siendo él solo.

Tomó su celular y marcó el número de Ken.


Yukihiro ya no soportaba su vida. Quería olvidar, quería confundir el pasado con el presente, y proyectarlo a un futuro delirante. Su adicción había superado la simple heroína, adquiriendo drogas más duras, entre las que había hallado en el crack la mejor de todas. En ella, las ilusiones que satisfacían su necesidad, se volvían más nítidas, hasta percibir las imágenes con el mismo cuerpo. Aquello era la mejor quimera.

Pero tras consumirla, los efectos en su organismo se traducían en profundos mareos, vómitos molestos, y la sensación del agrandamiento de aquel vacío interior.

Esa tarde, se había levantado con la misma infinitud de dolor. Como todos los días.

Miró la soledad de su cuarto, y caminando con el paso tambaleante, abrió su armario, en busca de ropa cómoda, pues el holgado pijama le ahogaba.

Tomó una camisa, junto con un vaquero gastado, que no aliviaron la sensación, y se dirigió al baño. Cuando ingresó al mismo, bajó su vista hacia el suelo, extrañado, pues sus pies descalzos habían percibido pelusas.

Allí estaban los trozos de su cabello. En un día de aquel mes, los había cortado en plena alucinación, y nunca los había recogido. Miró su reflejo sobre el espejo, y notó cuán prolijo había sido el caótico corte.

La mutilación capilar no era lo único que perjudicaba su imagen. Mechones de su cabello comenzaban a caer con asiduidad, producto de su mala alimentación, del permanente estrés en el que vivía, combinado con la depresión que había destrozado su alma.

Nada de filosofía profunda, nada de sentimientos amenos. Se hallaba en el vacío eterno.

Finalmente su espiral comenzaba a cerrarse cada vez más cerca de las brasas, y como ennegrecida polilla, sucumbiría ante ellas.

Pasó su mano por su cabeza, y sintió el dolor en su muñeca.

Los tendones de su mano estaban desgarrados. Aquello era causado por la ira que le abrumaba en sus períodos de intento de abstención. Esos estados lo encolerizaban ciegamente, provocando que golpeara sin razón los objetos de su apartamento, sin distinción de dureza o peligrosidad.

Su departamento se había vuelto un caos: los sillones estaban destrozados, el televisor estaba roto y aún pedazos del monitor se hallaban por doquier, sus discos predilectos estaban esparcidos por el salón, arruinados, rayados, quebrados. Todas sus cosas se hallaban destrozadas, gaje de sus delirios más potentes, que le generaban esa enfermiza necesidad de demolición. Sólo lo serenaba la aguja de la 'armonía dulce'.

Suspiró, observándose en el espejo. Ya lo percibía.

Otra vez, la alteración gradual de su respiración.

Con el correr de los minutos, comenzó a ser invadido por la inquietante sensación que lo controlaba: el afán del regreso a la calma. El dolor en su muñeca, en su alma, en su ánimo, la visión de su tan deplorable imagen reflejada, el deseo de confundirse con el mundo. Todas conmociones que se arremolinaban en su mente, y sin percatarse, ya daba inicio al ritual diario. Su jadeo era cada vez mayor.

La soledad lo trataba sin piedad.

Salió del baño, y se sentó en el raído sillón del salón. Preparó, con gran velocidad sus polvos blancos, que combinados con el crack, los aspiró fuertemente, y sin esperar el efecto, tomó la jeringa que ya había usado la noche anterior, y volvió a inyectarse el resto del contenido.

No notó cuánta cantidad había ingresado a su cuerpo, pero no le preocupó, sólo quería olvidar. Ya no le importaba las cantidades, sólo la rapidez de los efectos.

El tictac del reloj estimulaba su nerviosismo, impaciente por los resultados que parecía nunca sentir.

Buscando luchar contra el tedio hasta que la 'medicina' actuara, recordó a Ken, quien resolvía sus dudas ahogándose en la bebida.

Entre esa reminiscencia, que se confundió con la imagen de Hyde, emergió la necesidad de simular aquella actitud, y hundirse en el alcohol, pues notaba el vacío ambiente, donde figura de su amante no aparecía como de costumbre.

Parpadeó súbitamente, percibiendo una agitación momentánea. Pero no le inquietó.

Se levantó inseguro, y se dirigió a la puerta de salida.

Quería morir sumergido en el licor.

Abrió la puerta, y sintió el fuerte mareo de lo que no reconoció como síntoma posterior a sus medicinas.

Sus piernas fallaron, y antes de atravesar el umbral, cayó inconsciente.


Tetsu salió del baño, dejando que el calor del verano secara su cabello, el cual goteaba en frescura. Ken, mirando la televisión, lo observó con curiosidad.

-¿Eh? ¿No vas a ir con tu damita? –preguntó al notar la tranquilidad de su compañero, quien no mostraba la ansiedad por el reencuentro con su pequeña misteriosa.

-No, hoy no.

-¿Por qué?

-Me dijo que su madre iba a salir con ella. Creo que tenía el día libre.

-¡Oh! ¡Mi Tetchan está entristecido porque su novia tiene cosas importantes que hacer! –comentó agraciado. El bajista negó con su cabeza, y se recostó en el sillón contiguo, para acompañar a su taciturno amigo frente al televisor. Nada tenían qué hacer, aquello se perfilaba como un aburrido día. Tetsu miró con atención al alto japonés, y éste le inquirió con la mirada.

-¿No piensas algún día ir al estudio para componer? –le regañó con cariño, recordando las persistentes llamadas de Ein, quien buscaba estimular en Ken la necesidad del trabajo. Desde hacía varias semanas, Tetsu temía por el ánimo del guitarrista, quien levemente ingresaba al estado en el que él se había sumido por años.

La desidia consumía al alto japonés: pasaba horas de la tarde contemplando el jardín, observando el dorado morir del sol en el oeste, admirando la brisa veraniega que movía con suavidad el sauce moribundo. La fascinación generada hacia el silencio, la soledad y el misterioso jardín representaban, para Tetsu, los innegables signos de lo que sabía, su amigo sufriría prontamente de no hacer algo al respecto. La desesperación lo debilitaría hasta tomar una decisión aciaga.

-¡Tetchan! ¡No jodas! ¡Ya no estoy en tu grupo! –le sonrió cual broma superficial. Burlas que Tetsu reconocía como meras tretas para esconder el derrumbe progresivo de la antigua desfachatada personalidad de aquél japonés. Cada día que trascurría, consideraba más la idea de reavivar el grupo. Por Yukihiro, por Ken, y por él mismo.

-Igualmente, Ken. Deberías...

Súbitamente sus palabras fueron cortadas por el insistente sonido del celular de Ken. Éste, molesto, miró el visor con apatía, y elevando su vista al techo en un gesto de cansancio, atendió con desdén.

-¡Eh! ¡Sí, Ein! ¿Qué pasa?

-¿Que qué pasa? ¡Mierda! ¡Ken! ¡Estamos inactivos hace más de un mes! ¡Aquí a mi lado tengo a Ryouichi que nos quiere comer! –manifestó el alemán en un grosero dialecto de Osaka que había aprendido a la perfección de su amigo guitarrista.

-¡Ah! ¡Dile que ya veremos más tarde!

-¡Sí! ¡Hace un mes que decimos eso!

-Ya sabes Ein... no tengo ganas... no puedo crear, ni quiero... –comentó con desgana. Tetsu lo miró negando con su cabeza, desviando sus ojos hacia sus propias manos. Ken caía en lo mismo.

-Dile eso a Ryouichi, aquí mismo, delante suyo. Además, ¡a Yukki! ¿¡Desde cuándo no lo vemos! ¿Cómo estará? –preguntó más confidencial. El representante no sabía nada al respecto, habiendo recibido por parte de los dos hombres, la excusa de que su amigo estaba atravesando una fuerte depresión debida a la desaparición de sus padres.

-No lo sé. Ein. A Yukki... yo tampoco lo veo –su voz fue lastimosa, y Ein comprendió. Calló en respeto a su amigo, pero súbitamente el representante, a su lado, le arrebató el celular.

-¡KEN! ¡RAYOS! ¿ACASO NO SABES QUE EL TRABAJO AYUDA? ¡TRÁEME INMEDIATAMENTE A YUKIHIRO AQUÍ, Y TU VEN CON ÉL!

-¡No puedo ir a ver a Yukihiro! –se excusó nervioso. Un súbito deseo de reencontrarle consumió su alma, pero el rechazo eterno que recibía de su antiguo amante se le presentaba como obstáculo.

-¿¡Por qué no! ¡Vamos! ¡Quiero a los tres aquí mismo, para decidir de una vez por todas, qué va a pasar con el grupo! –acotó determinado. Ein levantó una ceja, contemplándolo con asombro. Ken, del otro lado del auricular se quedó mudo, parpadeando sorprendido, y Tetsu, a su lado, observándolo, percibió con exactitud la situación, llevándose una mano a la cara, negando con la cabeza. L'Arc~En~Ciel había muerto, de igual forma en que lo estaban haciendo los pequeños fragmentos que aún resistían la disolución.

-¡RYOUICHI! ¿Qué estás diciendo? No me digas que quieres...

-¡Quiero a los tres, aquí, ahora! ¡Los espero! –dictaminó con autoridad, y cerró el celular, cortando la llamada.

Ken lentamente guardó su móvil, y se recostó sobre el sillón, mirando hacia el techo, sintiendo que la única excusa que había tenido para ver a su amante todos los días, o al menos los días en que aparecía, se destruía a pedazos. El fin de ASOA representaba el fin de aquellos encuentros lejanos. Enmudeció, queriendo detener el tiempo, buscando la inexistente explicación a todo su caótico universo. Tetsu, aún sabiendo, preguntó.

-¿Qué pasó?

-Creo... creo que ASOA murió...

-¿Lo quiere tu representante? –torció su boca, en el gesto típico que formaba el pequeño hueco en su mejilla. Ken lo miró fijamente.

-Creo que los tres lo estamos pidiendo a gritos –concluyó con tristeza, y se levantó del sillón, dirigiéndose a la puerta.

-¡Oye! ¿A dónde vas? –comentó preocupado.

-Me voy a buscar a Yukki... y si no nos matamos antes, iremos al estudio...

-¡Ay! ¡Ken! ¡No seas exagerado! –le sonrió, incorporándose del asiento. El guitarrista lo miró con duda.

-¿Y tú? ¿A dónde vas?

-A evitar que dos japoneses se maten. Vamos, ¡se hace tarde! –le pegó suavemente en la cabeza, para arrancarle una sonrisa.


Tetsu llevó en su auto a Ken, conduciendo a baja velocidad, notando cómo el alto japonés se inquietaba a medida que se acercaban al edificio. Fumaba compulsivamente, a pesar de las miradas reprobadoras del bajista. El líder le había concedido dicho privilegio, sólo por reconocer la tensión del momento.

Descendieron en silencio del vehículo, ingresando al edificio que tanto extrañaba el guitarrista. Aquel recorrido se llenaba de recuerdos que agredían su frágil mente.

Tomaron el ascensor, con un temor lejano.

Sólo cuando las puertas se abrieron, y le mostraron el pasillo, quedaron sorprendidos ante la imagen.

Yukihiro estaba desmayado en el corredor, mitad de su cuerpo aún dentro del apartamento, en un estado de absoluta inconsciencia.

Ken corrió en dirección al cuerpo yaciente de su antiguo amante, rodeándolo inmediatamente, siendo seguido por Tetsu.

El guitarrista, percibió de inmediato la situación.

-¡MIERDA! ¡TETSU! ¡LLAMA UNA AMBULANCIA! –gritó, desesperado, sujetando a su compañero, el cual sufría convulsiones en sus brazos.

Yukihiro temblaba sin control, con los ojos en blanco, respirando agitadamente, exhalando sonidos guturales de su garganta que atemorizaron al alto japonés, quien impotente, sólo abrazaba con fuerza a su amante, y acariciaba el cabello de éste, percibiendo el corte caótico.

El bajista, paralizado por la imagen, reaccionó ante el grito de su amigo, y sacó su celular, marcando el número de emergencia con rapidez.

Sólo restaba esperar con desesperación.

Ken observó el crispado rostro de su amante, y contuvo sus lágrimas, una vez más.

Lo estaba matando, lenta y dolorosamente, y Yukihiro se dejaba asesinar, sin poner resistencia.

Sintió un par más de violentas convulsiones, y el cuerpo que sostenía entre sus brazos se relajó de súbito.

El guitarrista tragó con dificultad, y observó con detalle a su amante: enflaquecido y cansado, ojeroso y moribundo.

-¡YUKKI! ¡YUKKI! –gritó, zamarreando el organismo que se había tranquilizado de golpe. Miró a Tetsu, con desesperación, y éste, no queriendo comprender lo que sucedía, se dio vuelta, entregándole la espalda a su amigo, apoyándose contra la pared. Los dos estaban asustados. Sólo restaba esperar la ambulancia. La eterna ambulancia.

Pensó en su damita. Quería aferrarse a una esperanza. Sólo a una.


Yukihiro fue ingresado de urgencia a terapia intensiva, donde los cuidados agresivos recibidos, le devolvieron la vida que se apagaba en un preinfarto, el cual, de haber durado un poco más, le hubiera acarreado la muerte. Su situación, delicada, era vigilada minuciosamente en la unidad coronaria del hospital central de Shinjuku.

En las lejanías de aquel cuarto, Ken y Tetsu se hallaban en el pasillo, esperando en silencio el resultado de las atenciones inmediatas que había recibido su amigo.

Un medico se acercó a ellos, y los miró con rostro sorprendido. Los conocía.

-Ustedes están aquí por Awaji-san, ¿verdad? –preguntó por pura formalidad. Conocía a los ex integrantes de aquella banda que se había diluido en el tiempo.

-Sí –contestó Tetsu, levantándose del asiento, dejando a Ken que escuchara, debilitado, toda la conversación.

-Bien –elevó la carpeta que llevaba en su mano, y miró a Tetsu con reproche–. Me imagino que se deben dar una idea de lo que le ha pasado.

-Lo sabemos, lo sabemos.

-¿Y no hicieron nada para detenerle? –les reprendió con frialdad.

-Lo hicimos, pero él no quería... deje los reclamos para más tarde, ¿cómo está? –inquirió ansioso.

-Pre-infarto severo. Casi muere. Una sobredosis importante, que se repetirá si no es tratado. Ha generado una fuerte dependencia.

-¿Qué? –parpadeó sorprendido.

-Este muchacho usa las drogas más duras del mercado. Grandes cantidades de crack se hallaron en su sangre –Ken apoyó sus codos sobre las rodillas, y escondió su rostro en las manos. Su culpa. Sólo su culpa, su estupidez y sus mentiras eran la real causa.

-¡No lo puedo creer! –negó con la cabeza, tan shockeado como su amigo guitarrista–. ¿Se recuperará? –preguntó en un aliento de esperanza.

-Es joven y fuerte, ha soportado la reanimación con éxito. Lo importante es que si se estabiliza, le obliguen a como dé lugar, que abandone las adicciones. Está en el límite.

El médico se despidió de los dos japoneses, y se retiró por el mismo pasillo desolado. Tetsu suspiró, buscando su entereza, y sentándose al lado de Ken, dio su mayor esfuerzo por ser el que había sido hacía años.

-¡Ken! No te preocupes. Ya le escuchaste. Yukki sale... –le frotó la espalda, con suavidad.

-Sale hoy... ¿y mañana? ¿Cómo haremos para detenerle? –susurró extraviado en su profundo vacío. Sintió que había perdido la noción del valor de las cosas, que él jugaba con los personajes de la comedia de la vida, se abusaba de ellos, les quitaba lo que le interesaba y los eliminaba cual material descartable. Pensó en Yukihiro, pensó en Elizabeth, y quiso llorar. No quería perder a su gatito. A un gatito que nunca sintió como mascota, a un humano que le había dado su merecido: le había enseñado que la libertad no estaba en el libertinaje, que la paz se hallaba demasiado cerca como para percibirla.

-¡Por ahora, lo que importa, es que salga 'hoy'! –comentó, utilizando la misma metáfora de su amigo. Frotó su espalda y se detuvo en el hombro de su colega, presionándole más fuerte, para darle ánimos. Ken giró su rostro, y le sonrió con melancolía.

-Gracias Tetchan. Gracias. Regresa a casa... llama a Ein de mi parte, explícale, y descansa. Kaori debe estar preocupada –tomó la mano de Tetsu, y la giró lo suficiente como para ver en su muñeca, el reloj de pulsera que llevaba–. Es tarde.

-Pero... –Tetsu intentó negarse, mas Ken le volvió a sonreír con tristeza.

-Está bien, Tetchan. Ya no hay mucho más qué hacer. Sólo esperar. Aquí no puedes hacer nada. Ve a descansar, cualquier cosa te llamo, ¿sí? –el bajista asintió con su cabeza en un gesto rápido, y presionó una vez más el hombro de su amigo, deslizando su mano, rompiendo aquel contacto. Se levantó y se fue.

Ken quedó pensativo en el pasillo, recostándose contra la pared, mirando el techo.

Una vez más la soledad, la sensación de extravío, y la culpa profunda.

Su amante agonizaba lentamente, y él, en todo ese tiempo no había dejado de acostarse con Rena. Recordó el lloro ahogado de la actriz en el baño, mal disimulado, y la culpa aumentó. Se castigaba a sí mismo, mezclando recuerdos y sentimientos. Quería detener esa bomba, antes de que explotara, pero necesitaba ayuda. Su salvador, el único que siempre le había dado la mano necesaria, el único que con palabras precisas le había arrebatado el aire más profundo, se hallaba en plena crisis, y él, abandonado en la inmensidad, no podía más que pensar con confusión. Quería ayuda, y no supo de quién. Tetsu no podría, Tetsu estaba saliendo por sí solo de su propio caos.

Sonrió con superficialidad. El bajista había hallado su salvación en una pequeña niña desconocida de la cual ni el nombre sabía. Aquello era ridículo.

Miró a su costado el vacío lugar dejado por su amigo.

Tal vez la salvación siempre aparecía en el lado más insólito, en el gesto más absurdo, en la situación más ambigua.

Suspiró.


-¿Haido? –la niña ingresó al cuarto de su padre, con sigilo.

-¿Qué quieres? –le comentó molesto, pintando con un grafito el boceto de un cuadro que a la niña le parecía extraño, pues sólo notaba trazos sin definición alguna.

-Yo... quería... pedirte permiso...

-¿Para? –la miró directamente a los ojos, con ímpetu, deteniendo su esbozo.

-Para traer a un profesor de música...

-¿Encontraste uno?

-Sí.

-No es... –reprochó con rapidez, pero su hija le interrumpió con mayor velocidad.

-No. No. Claro que no. Lo conocí en el parque. No sabe mucho de guitarra, pero es buena persona.

-¡Bah! Como quieras.

-¿Puedo?

-¡Mientras no me rompas los huevos! *35.2 ...ahora vete.

La niña, parpadeó varias veces, conteniendo las lágrimas, y se retiró. Un poco feliz por el permiso concedido, un poco triste, porque nada cambiaba en su padre.


Tetsu abrió la puerta de la casa, y tal como lo suponía, halló a Kaori en el sofá, preocupada, quien se acercó con intriga, y tras un abrazo con gusto a desesperación, le besó en la mejilla, aprovechando la soledad de la casa.

-¿Kaori? –la observó extrañado. Ella miró curiosa hacia el exterior de la casa, esperando al alto japonés aparecer tras su amigo.

-¿Dónde está Ken? –preguntó finalmente.

-En el hospital.

-¡Ah! ¿¡Qué le pasó! –su voz se comprimió en preocupación. La joven había desarrollado una profunda estima hacia ese hombre, quien desde que había ingresado a la casa, se había empecinado misteriosamente en hacerle sonreír con sus bromas, y con los relatos del pasado de Tetsu en los comienzos de aquel famoso grupo devenido a anonimato. Lo que no sabía era que Ken comenzaba a ver en toda mujer su oportunidad de pagar la culpa, de pagar el pecado pasado, de redimirse con cada una de ellas.

-Nada. Él está bien, es Yukki.

-¡Ah! ¿Pelearon otra vez? –Tetsu le había relatado en sus cenas a solas, lo que realmente acontecía con el alto japonés. La joven, extrañada y sorprendida en un momento, había comprendido con rapidez la naturaleza del guitarrista.

-No. Fuimos a ver a Yukki a su departamento, y lo encontramos desmayado... está delicado.

-¿Qué le pasó?

-Sobredosis –susurró con vergüenza. Kaori llevó sus manos a la boca, y parpadeó con horror. Imaginó lo que Ken habría sentido. Ella lo había vivido en carne propia, y con lentitud, en la agónica existencia de Tetsu a lo largo de aquellos últimos años.

-Perdona, Kaori, me voy a duchar, estoy cansado –se disculpó, pasando por su costado e ingresando en el baño, dispuesto a olvidar por un momento, el gran caos en que finalmente su grupo se había convertido. Ningún fragmento del antiguo L'Arc~En~Ciel sobreviviría. Su sueño antiguo, su ilusión, su vetusta esperanza diluida por la crueldad, por el desatino, por la mentira, por el engaño, por la estupidez. Resignado, se desvistió y se duchó con parsimonia, sintiendo cómo el agua no podía limpiar las impurezas que la adultez impregnaba en el alma. El quería ser como su damita, convencido que una canción le ayudaría, pero no podía. Ya no tenía esa magia, ya no tenía esas alas.

Kaori se dirigió a la cocina, aún sorprendida por lo brevemente relatado por su compañero de vivienda. Dispuso una bandeja, y tras calentar la cena que había preparado para tres, sirvió el alimento en la misma.

Tetsu salió de la ducha, e inmediatamente llamó a Ein dándole la nefasta noticia. Sin más ánimos de charlar con su compañera, se disculpó alegando cansancio, y se dirigió a su cuarto, arrojándose a la cama, sin interés de nada más que dormir. Sin embargo, un golpe delicado en su puerta le distrajo del comienzo de su nostalgia, para ver tras la apertura de la misma, la figura gentil y servicial de su colega, acercándose al lecho con una bandeja. Tetsu la miró arqueando sus cejas, y se sentó en el catre.

-¿Eh? Kaori, no, no quiero comer... –se dispuso a levantarse, pero la joven le sonrió, ubicándose a su lado, colocando la bandeja en el regazo del bajista.

-Deja, Tetsu. Estás muy estresado. Come aquí. ¡No te violaré! –logró que Tetsu la mirara con sorpresa, y esbozara una sonrisa amena, negando con su cabeza el sentido de humor extraño que había generado su compañera, influenciada por aquella convivencia con el alto japonés–. ¿Ves? Así me gusta. Sonríe...

-Cuando no hay mucho por lo que sonreír no tiene sentido... –se excusó, haciendo que la muchacha mirara hacia un costado, quizás con vergüenza, tal vez con culpa.

-Tetsu... es tan duro verte así... años hace que presencio tu ocaso -susurró con profunda tristeza. Tetsu la observó un segundo, y fijó su vista en la comida.

-No sé qué rayos le ha pasado a L'Arc~En~Ciel…

-... –la joven le contempló sabiendo lo que iba a decir.

-¿Sabes? Desde pequeño soñé con esto... y luché por esto. ¡Rayos! ¡Si sabrán cuánto peleé contra representantes, técnicos e incluso mis propios compañeros para que esto se concretara! ...pero... la realidad es tan horrible. Nunca creí que se transformaría en pesadilla... –su tono de voz se mostraba cansado. Sufrir por Hyde le había destrozado el alma, pero ver a sus dos amigos en tan encarnizada lucha como la que él había llevado a cabo contra su antiguo amante, le generó el doble de dolor, afectado en parte, por los recuerdos de aquellas heridas tan sangrantes aún.

-Tetsu, no digas eso... L'Arc~En~Ciel es un excelente grupo. Hasta fama exterior tiene, algo no muy usual para la música japonesa –intentó, con desesperación, crear un rayo de esperanza

-Mmm... un excelente grupo despedazado...

-Es sólo una crisis...

-Ya fuimos olvidados... –acotó con tristeza. La popularidad era cruel, el mundo los amaba en un momento, y en el otro los olvidaba, sin importarles que fueran humanos–… un grupo fragmentado no es más que restos para buitres...

-¡No es así!

-¿Lo crees…? –la miró con desconfianza–. Yukki está en un límite severo, entre la muerte, la vida y la adicción, Ken está al borde de la locura, viviendo dos vidas con la más profunda culpa que humano pueda soportar, yo estoy absolutamente agotado de todo... y Hyde... Hyde... –Tetsu guardó silencio, y contempló su comida con un brillo desconsolado en sus ojos. Kaori negó con su cabeza, apesadumbrada en igual forma. Su dios hecho carne–. ¿Lo llamarías? –la pregunta susurrada por Tetsu le sorprendió de incógnito.

-¿Eh? ¿Yo? ¿Y por qué…?

-Por favor, Kaori. Yo no puedo hablar... y tiene que saber lo de Yukki... –se excusó, mirándole suplicante a los ojos.

-No. No, no. Tetsu, Hyde es tu... –se detuvo un momento, Tetsu la avistó parpadeando con tristeza, esperando cualquier palabra que lo hiriera-... tú debes llamarlo...

Se levantó y se fue del cuarto, trayéndole el celular a su regreso. Le dio un beso en la frente y tras quitarle la bandeja, se despidió de él.

-Buenas noches, Tetsu. Y llámalo –le sonrió una última vez, y cerró el cuarto tras su salida.

Suspiró, llevando la intacta bandeja a la cocina, sintiendo el vacío en su interior.

Siempre sobrando, siempre como el excedente no deseado. Miró hacia el techo, y parpadeó seguidamente, para ocultar sus lágrimas. No quería llorar, no más. Estaba agotada de hacerlo todas las noches, de ver a su amor platónico tan cerca y aún así, tan lejano, siendo rechazado por un oscuro demonio que no lo valoraba. Y sintió culpa súbita. ¿No lo valoraba?

Rápidamente tomó las pastillas de la alacena, y las tragó con un vaso de agua abundante. No deseaba recapacitar, no quería culparse más. El castigo anticipado ya era lo suficientemente cruel como para incrementar la tortura con la reflexión.

Acomodó las cosas en la cocina, y se fue a dormir, cansada y sedada por la medicación.


Tetsu miró el celular que estaba a su lado, apoyado sobre el lecho, con profunda vacilación. No quería escuchar la voz que le torturaría, que llevaría todo al punto inicial. Pero estaba Yukihiro en juego, estaba Ken. Tal vez al alto japonés le ayudaría la presencia de ese demonio devenido a tinieblas errantes. Suspiró no muy convencido de ello. Tomó el aparato, y sin pensar demasiado, marcó el teléfono siendo rápidamente atendido.

-Moshi moshi.

-... anouuu... –bajó su voz, con temor, con hesitación, soslayando el intento.

-¿Eh? ¿Quién?

-...

-¿Hola...?

-...etto...

-Mierda, ¿¡quién habla!

-Yo, Hyde...

-¿Tetsu? -la voz del otro lado del auricular se paralizó.

Ambos se quedaron en mudez absoluta. Transcurrieron unos minutos escuchando la respiración del otro, en un eterno silencio aquietado. Ambos pensaron en la cercanía de sus alientos a pesar de la lejanía de sus cuerpos. Una idea sensual, una ilusión.

Tetsu cerró sus ojos, e imaginó los labios de Hyde y su piel. Su contacto. Sus movimientos epicúreos, regresaron a su mente llenándose con aquellos gemidos tan insinuantes que habían compartido juntos.

Hyde, por su parte, fue atacado por el eterno recuerdo de la ternura y la amabilidad de Tetsu, en el hechizo de sus manos, acariciando sus heridas, rozando con sus finos dedos, su espalda, en el mismo lugar donde sus alas estaban amputadas.

El sonido de una niña llorando rompió aquella tensa situación, y Tetsu parpadeó regresando a la realidad desde sus pensamientos nostálgicos y voluptuosos.

-Perdona que te moleste... escucho que ya te llaman... –intentó generar una voz neutral, pero que temblaba levemente. Un esfuerzo en vano, pues Hyde lo notaba.

-Para eso tiene a la madre... –Tetsu frunció el ceño, molesto por la actitud.

-Yo sólo llamaba... para... decirte...

-¿Sí?

-Yukki está internado…

-¿Mn? ¿Qué le ocurrió?

-Tuvo una sobredosis...

-¿Qué? ¿Pero desde cuándo usa drogas? –Hyde se había asombrado, quedando perplejo ante la idea.

-Varios meses.

-Pero, ¿por qué? –Tetsu se detuvo en silencio un par de segundos. Hyde no había vivido el desmembramiento de la tan estable relación entre sus dos amigos. El bajista tampoco la había vivido hasta que no fue demasiado tarde.

-Ken tuvo unos deslices, y está con una mujer...

-Pero eso no significa nada... vamos, ¡es Ken! –justificó a su amigo. La fidelidad era algo que no se ajustaba al guitarrista, y Hyde siempre había apostado que tarde o temprano, su amigo caería en tal error. Por eso había advertido con cautela a Yukihiro, cuando Ken finalmente se había sincerado con ellos. Hyde apreciaba al alto japonés, pero sabía que de esa relación, el que tenía la partida del mayor dolor era el baterista. Tal vez, nunca debió apañar el juego perverso en la mente de su amigo. Suspiró con un dejo de culpa por el tímido japonés.

-Yukki es humano, ¡Hyde! Y los humanos sentimos la traición –su voz había adquirido una tonalidad propia, un reproche evidente.

-...

Nuevamente el silencio. Hyde advirtió aquella indirecta tan descuidada, casi indudable protesta, sin inmutarse. Ya no tenía caso que el cantante intentara explicarle a Tetsu que aquello había finalizado no por simple capricho, o por error de parte del bajista, sino meramente porque lo amaba demasiado como para matarle en su oscuridad. No lo entendería, nunca lo haría. Padecerían el gran sufrimiento, sólo para que Tetsu no se ahogara. Calló.

Era infructuosa cualquier tentativa de explicación.

Demasiado sentimiento entre ambos como para razonar con lógica.

-Está en el hospital de Shinjuku. Terapia intensiva, en unidad coronaria...

-¿Cómo se encuentra?

-Tuvo un severo preinfarto... ¡¿cómo crees que esté? –le preguntó dolido. Escuchaba tras el fondo de Hyde, cómo una voz femenina calmaba el llanto de una niña que sollozaba, producto de una pesadilla que la había desvelado. Sintió envidia de aquella mujer. Apreció su deseo reprimido de estar al lado de su amante, pero también recordó el rechazo, el abandono, y de pronto, se percató que nuevamente iniciaba el círculo de su condena. Cerró sus ojos, al notar la ironía que había dejado escapar en sus propias palabras, producto de aquella herida que nunca se había cerrado, que aún dolía como reciente.

-De mejor humor que tú, seguro... –respondió molesto, y cortó el teléfono.

Tetsu bajó el celular, y lo puso sobre la mesa de luz. Se deslizó sobre la cama, y miró el techo, reflexivo.

Era Hyde. No podía haberle contestado de otra forma.

Con la tranquilidad de que su sufrimiento y su dolor no lastimarían a Kaori en tan cruel forma como en el pasado, que ya no la usaría como un burdo reemplazo de algo inexistente, sonrió con tristeza.

Dejó caer una lágrima rebelde que le sorprendió, y que avergonzado, en la oscuridad del cuarto, borró impunemente con el dorso de la mano.

De súbito, una sonrisa iluminó su recuerdo. La pequeña damita apareció en su mente, haciéndole recordar cuánto la había extrañado ese día. Quería verla. Las semanas habían pasado, y ya se había acostumbrado tanto a la sagacidad de esa pequeña misteriosa quien pasaba junto a él las tardes del verano, que no podía desapercibir su ausencia.

Hablaban de música, de la vida, de cosas profundas, de cosas superficiales, y todo, era asombroso en la niña.

Sonrió aún más. La damita le daba tranquilidad.

Al menos algo había hecho bien.

Suspiró, girándose en la cama.

Esa misma noche, decidió que en el próximo encuentro con su damita, eliminaría los oscuros lentes que le ocultaban ante la pequeña. Quería revelarle la verdad, y llenarse de sentimiento al contemplar los tiernos ojos que le verían con maravilla. Sonrió una vez más. Ojalá esa noche pudiera soñar con la magia, con la esperanza.

Se aferró a la almohada, sintiendo el vacío del catre.

Aún había una esperanza para los cuatro.

Una única y última esperanza.


-¡Ya, ya, linda! –Megumi frotaba la espalda de su hija. Hyde descolgó el inalámbrico que su esposa había ubicado en la habitación desde hacía varios meses.

-Soñé con un diablo, que me quería llevar lejos de aquí, que me rompía la piel, y me cortaba las alas –lloraba en el regazo de su madre, arrojada en la cama. Hyde miró a su costado con una ceja levantada, molesto por la niña.

-¿Ves, Hyde? –reprochó Megumi ante la expresión de irritación que notaba hacía rato en su esposo–. ¡Esto es lo que generan tus malditas imágenes!

Hyde había pasado los últimos meses desarrollando su arte plástica, tan descuidada desde hacía mucho tiempo. Continuando con la trilogía musical que le había valido reconocidos premios, realizó pinturas oscuras de inclinación barroca, el movimiento artístico de su mayor preferencia, y combinándolo con la perfección y el detallismo del gótico, había creado lienzos de Ángeles nefastos, de demonios tristes, y había plasmado en diversas criaturas mitológicas endemoniadas, esa desesperación del existir que sentía desde hacía mucho tiempo.

Aquella tarde, tras haber llegado Megumi con su hija de un paseo desconocido, la pequeña había ingresado de súbito al estudio de Hyde, viendo el casi acabado cuadro al que el músico le había dado sus mayor concentración. Un cuadro de demonios gritando y riendo de un ángel, el cual caído en las profundidades de aquel lugar oscuro y enrojecido, que no representaba más que el mismo infierno, estaba arrodillado frente a un verdugo. Ese ser angelical, tenía el cuerpo lastimado, desgarrado, y extendía sus alas con un dolor marcado en el rostro. A la pequeña no le habían asustado esas malignas imágenes. Simplemente no pudo soportar la figura del ángel caído. Un ángel que desplumándose sus alas, demostraba alas vampíricas.

Había gritado impresionada, ante ese ser alado, ante ese ente que no dudó en percibir inmediatamente como su padre. Era él.

Y aún bajo los efectos de la impresión, la niña había soñado con perversiones y barbaries, que eran demasiado para su edad, a pesar de su gran valentía.

-¡Yo siempre le digo que golpee el estudio! ¡Pero no! ¡Siempre rompe los huevos! *35.2, ¡Jode todo el día!

-¡Hyde! ¡No digas eso de la niña! –le miró con fiereza.

Hyde se levantó de la cama, y se vistió en silencio, recibiendo una vez más, la larga lista de reproches, insultos y comentarios irónicos de su mujer. La pequeña sólo temblaba en los brazos de su madre, pidiendo perdón en silencio, a quien quisiera escucharla, de haber provocado una nueva discusión en sus padres. Continuó sollozando, ya no por la pesadilla, sino por la situación que siempre vivía y a la que nunca se acostumbraba.

-¡Es la verdad! ¡Siempre está jodiendo!

-¡Hyde! ¡Es tu hija!

-¡Es la tuya! –le gritó, saliendo del cuarto, golpeando con fuerza la puerta. La niña detuvo su lloro, y con sutileza, se separó de su madre.

Megumi la observó atónita.

-¡Linda! No le hagas caso... está enojado...

Intentó disculpar la brutalidad de Hyde, pero la pequeña, con el rostro compungido del lloro incontrolado de hacía minutos, bajó de la cama en silencio, y caminó con lentitud hasta la puerta, para salir por ella, en igual mutismo.

Megumi parpadeó sorprendida. No entendía a su marido, y cada vez, comprendía menos a su hija. Su caza había sido indiscriminada.

Sintió celos de su propio esposo. La niña, aún tras el continuo rechazo, le amaba con mayor empeño que a ella, quien se desvivía por la pequeña. Negó con su cabeza en silencio, y se acostó en la cama.

No le importó a dónde iba su marido, como nunca le interesaba demasiado. Pensó que tal vez, iría en busca de un amante. Sonrió irónica.

Quizás las cosas mejoraran...

-¡Haido! ¡Espera! –una tierna voz le detuvo de abrir la puerta. Se giró para observar a la pequeña niña en las escaleras, quien sentada sobre los primeros peldaños superiores, le miraba acongojada. El cantante, molesto, observó hacia el techo, y prendió un cigarrillo.

-¿¡Qué quieres!

-Perdona... perdona por ingresar a tu cuarto...

-¡Ve a joder a tu madre!

La vislumbró con desdén, y dándose media vuelta, desapareció tras la puerta. La niña contempló con tristeza el vacío lugar que había dejado su padre. Ella sólo quería disculparse. No había deseado molestar a su padre, solamente ambicionaba entenderle, ansiaba acercarse.

Su padre tenía alas desplumadas.

Miró sus pies descalzos, apoyados en el peldaño de madera.

Quería ayudarle a que no sufriera, pero no sabía cómo... le pediría consejo a su amigo. A ese amigo que todas las tardes compartía con ella la tranquilidad del parque.


Hyde bajó de su auto, y se dirigió a la entrada del hospital. En la sección de información, preguntó por el paciente Yukihiro, y rápidamente le indicaron la habitación.

Caminando entre personas sufrientes, entre gritos de huérfanos súbitos y madres ahogando su dolor, ingresó en el sector de unidad coronaria del sanatorio.

No necesitó indagar demasiado el desolado pasillo, pues sólo había un par de hombres, de los cuales pudo reconocer de inmediato al alto japonés. Se acercó a éste quien estaba hablando con un mestizo extraño. Hyde creyó conocerlo.

-¿Ken? –se acercó al guitarrista y apoyó su mano en el hombro. Éste, aludido, elevó su vista con tristeza hacia su amigo, y le indicó que se sentara a su lado. El cantante, obedeciendo la sugerencia, se acomodó a su costado, enfrentando al extranjero, al cual miraba con recelo. Podía percibir en ese bajista, un halo de culpabilidad que lo torturaba. Consideró curiosa la situación–. ¿Cómo está? –preguntó, interrumpiendo el silencio que se había impuesto en el pasillo debido a su presencia.

-Por el momento estable, pero muy vigilado.

Volvieron a sumirse en el mutismo. Hyde vigilaba con sospecha a ese extranjero, no sabiendo si el hablar era una buena actitud a tomar, generándole una tensión adicional. En un momento del insistente escrutinio, el mestizo lo divisó a los ojos, y le sonrió con un suave gesto, en un intento de ánimo mudo. Hyde parpadeó extrañado, pues aquella mirada, aquel mohín, esa calidez súbita que creyó sentir, le hizo recordar una vaga sensación vivida en algún momento de su vida, pero le fue imposible ubicarla en la línea cronológica de su existencia. Ken, percatándose de la tensión del cantante, le codeó con una migaja de energía, con el fin de animar el lóbrego lugar, aún sintiendo su propia devastación culposa.

-No te preocupes, Hyde. Sabe todo –dijo el alto japonés, quien miró a su amigo bajista, y señalando con su mano a Hyde le sonrió con tristeza–. Te presento al tan conocido Hyde de estos tiempos.

-¡Es realmente un placer verlo en persona! –sonrió más natural el mestizo y le extendió una mano amena al cantante, quien la aceptó con vacilación. Advertía una familiaridad chocante.

-Y éste aquí, Hyde, es mi bajista de ASOA: Ein. ¡Se cree mucho por tener ascendencia alemana! –comentó en un gesto de broma súbito, para vivificar el apagado ambiente.

-¡Un gusto! –acotó no muy entusiasta, más preocupado por discernir la sensación que experimentaba que por escuchar la presentación.

-Habla sin problemas, Ein sabe todo –reiteró el alto japonés. Hyde parpadeó un par de veces, y miró al suelo.

-¿Qué pasó realmente...? –susurró con cierta vergüenza.

-Yukki... -acotó el guitarrista, pero fue interrumpido por el movimiento del mestizo, quien se levantó de su asiento y le sonrió a ambos.

-Mejor me voy, Ken –contempló al cantante nuevamente, con un grado de complicidad ameno-. Hyde-san, ¿te quedarás con él? Voy a tomar un poco de aire fresco y comer algo... así hablan tranquilos... –se excusó. El bajo japonés, asintió con su cabeza en silencio, aún más extrañado por aquel mestizo que le resultaba tan conocido.

-Gracias, Ein... –le susurró el guitarrista, y el aludido, le guiñó un ojo en una mueca de ánimo.

Luego se retiró del lugar, dejando a los dos japoneses en soledad. Hyde tomó el asiento que había dejado vacío el extranjero, y contempló la figura que desaparecía tras la longitud del pasillo.

Ken, advirtiendo la naturaleza de profunda desconfianza de su amigo, apoyó su mano en el hombro de éste.

-¡Ey! Es un buen tipo, no conjetures demonios –sonrió agraciado por el ceño fruncido que Hyde había plasmado sobre su rostro, en aquella elucubración de ideas complejas y recelosas.

-No, no. No lo hago –se excusó y lo observó directo a los ojos–. Es que... me resulta familiar –se sinceró finalmente.

-¡Ja! –sonrió con tristeza-. Sí. A Yukki le pasó lo mismo. Ein es una especie de Tetsu, pero en formato haragán.

Hyde pasó una mano por su largo cabello, soslayando la mirada. No había gustado de aquella apreciación, y rompiendo el tema, regresó a su pregunta inicial.

-¿Y bien? Cuéntame...

-Por dónde empezar... –Ken se recostó sobre la pared, apoyando su espalda contracturada.

-¿Por qué estás con una mujer? –le preguntó a secas, yendo al punto sin rodeos.

-¡Vaya…! ¿Desde cuándo eres tan chismoso…? –sonrió con amargura, pero sólo duró un segundo. Su seriedad se reincorporó a la situación. Rena no era para bromas.

-Tetsu me lo dijo –acotó con cierta inseguridad.

-¿Hablaste con él? –el guitarrista clavó su vista en la de Hyde, sorprendido por aquella revelación.

-Yo te pregunté primero…

-Bah... Hyde... no sé... uno no decide quién le gusta y quién no...

-¿Lo engañaste…? -parpadeó incrédulo. Aquel embuste no era sólo carnal, y justamente aquello era lo que más le sorprendía de su amigo-. Pero tú sabías que Yukki...

-Yo creí que era sólo pasajero... pero duró demasiado, y se arraigó. Para cuando me percaté, no quería abandonar a ninguno de los dos...

-¿Qué? ¿Estás diciendo que esa mujer te gusta en serio? –su escepticismo le superaba en asombro.

-Sí –suspiró con pena, mirando el suelo.

Hyde levantó una ceja. No podía creer en la posibilidad de amar a dos personas de igual forma. Él nunca lo había experimentado y no le parecía posible que aquello existiera.

Se quedaron sentados uno frente al otro, en el hondo silencio del pasillo.

No había mucho más que acotar.

Sólo acompañarse en la soledad.


La pequeña niña esperaba ansiosa la llegada del misterioso hombre de la magia. Una magia que los unía.

Había llevado su carpeta de dibujos con el fin de recibir buenas críticas al respecto, no sólo halagos como su madre siempre hacía, sino verdaderas evaluaciones, que su padre, aún siendo un experto en el tema, se negaba a realizarle.

Sabía que toda palabra de aquel japonés enigmático, siempre tendrían el matiz de la amistad, la cual aún en el anonimato de ambos, los había unido fuertemente y para siempre.

La pequeña se sentó en el banco de costumbre, tras ser dejada por su madre en los alrededores de la plaza. Nunca le había revelado ese secreto lugar, donde la belleza del lago tomaba su mayor perfección.

Esperó con tranquilidad, pensando en su misterioso amigo.

Todas las tardes las pasaban inmersa en una paz que nunca experimentaba en su casa, y a aquella sensación se le adicionaba la extraña familiaridad que compartían. Era magia. No había otra explicación. La cálida voz del japonés, le llenaba de alegría, y escucharle hablar a un mismo nivel que el suyo, ni demasiado infantil como su madre, ni demasiado rudo como su padre, le generaba el deseo de mantener sus conversaciones eternamente. A través de las charlas, había conocido un poco el pasado de ese nipón, que le había explicado con generalidades, que su tristeza era producto de haber crecido, y haber sido engañado por una persona, que le había lastimado seriamente. Su dolor se traducía en un actuar afligido.

Un día, aquellos encuentros habían sido temporalmente suspendidos, cuando el misterioso japonés había aparecido en el lugar acostumbrado, antes que ella, y excusándose por la necesidad de un enfermo amigo suyo, habían convenido cancelar las charlas, no sin antes determinar una fecha para reanudarlas.

Y allí estaba, en día y hora, en el mismo lugar de siempre, dispuesta a abrirse cada vez un poco más a ese japonés que tanto comenzaba a estimar.

-¡Ah! ¡Temprano! –comentó Tetsu, llegando al punto de encuentro, con un caminar cansado, desplomándose sobre el asiento. La niña lo miró con curiosidad, y observó que no llevaba los anteojos negros. Nunca los había dejado de usar en sus encuentros. Estaba vestido en un azul oscuro, un color que había variado levemente de su constante negro. Lo contempló sorprendida por un momento. Observó el cabello largo y desteñido, tan maltratado como sólo lo tenía el anónimo hombre que siempre le acompañaba. Tetsu, sabiendo que aquello shockearía a la pequeña, le sonrió con tristeza. No era la sonrisa usual que compartía con su damita, porque estaba matizada de los últimos diálogos con Hyde y del problema de Yukihiro. Se sentía agotado, y la esperanza de poder cambiar aquella situación, latía sin fuerza, imposible de ejecutarla. Suspiró, y la miró con intriga, arqueando sus cejas en actitud de expectación.

-¿¡Ah! ¡No trajo los lentes! –manifestó sorprendida. A pesar de la similitud que creyó encontrar entre ese hombre y el Tetsu que había visto sólo en dos tapas de CD, consideró que tal vez, era una sugestión de su mente infantil. Simplemente se redujo a pensar en la sorpresa que se había llevado por verle sin lentes de sol. Lo miró fijamente a los ojos, apreciándolos, por primera vez, en su totalidad. Y bajando su vista, se acomodó en el banco, con tristeza.

-¿Ah? ¿Pasa algo? –preguntó temeroso, al ver la actitud apagada de su damita, de un segundo para otro.

-Son lindos...

-¿Mn? ¿Qué cosa?

-Sus ojos, pero... –Tetsu la observó con seriedad. La niña no se había percatado.

-¿Pero?

-Tienen una melancolía infinita. ¿Aquella persona le ha manchado la mirada de esa forma? –el bajista parpadeó sorprendido, y se retrajo en sus pensamientos. 'Manchar la mirada'. Nunca había escuchado una expresión tan poética en un infante.

-Ah. Tal vez –comentó inseguro.

-Qué pena. Me hubiera gustado ver sus ojos antes de aquella herida. ¡Apuesto que usted sería igual a Tetsu! –le sonrió, regresando su vista al hombre a su costado, con un gesto pícaro. ¡Aquello había sonado tan travieso en su mente infantil! Tetsu le sonrió, y ladeó su cabeza, permitiendo que el largo cabello cayera hacia su costado-. ¡Me encanta cuando hace eso! –respondió la niña, observando la sonrisa de ese hombre, a quien se le marcaba un leve hueco en su mejilla, y que sólo ahora, sin lentes, podía apreciar con detalle, al advertir el curvamiento de sus redondos ojos junto con esa caída de cabello tan simple. Tetsu abrió sus párpados un poco preocupado por el súbito recuerdo que le había traído aquel comentario, y simplemente se sentó derecho, sin desear preguntar al respecto *45. No quería respuestas del pasado reiteradas: no quería creer que era la misma razón del pasado. Miró el lago, al igual que la pequeña. Silencio por minutos–. ¿Cómo está su amigo? –inquirió la damita tras una breve pausa.

-Mmm. Mañana sale del hospital.

-¿Ya se curó?

-Más o menos.

-¿Qué tiene?

-Algo malo -torció su boca.

-¡Dígame la verdad! Mi padre habla de la muerte, y no me asusta. No me trate como una pequeña –comentó con reproche, haciendo que Tetsu girara su rostro, para observarla con sorpresa. Allí otra vez aparecía la niña adulta. Y suspiró, sabiendo que justamente eso era lo que más le gustaba de la pequeña. Esa exacta combinación de inocencia y madurez.

-Tiene problemas con las drogas.

-¡Ah! Pobre –Tetsu miró el lago, y no se sorprendió de que la niña no preguntara al respecto. Ese padre que siempre aparecía en sus conversaciones, le había enseñado una dura realidad, y le había hablado de cosas que no debían ser dichas a edad tan tierna. Si le había hablado de la muerte, seguro le habría hablado de aquello también.

-Mañana sale, eso es lo bueno –intentó desviar el tema, pero la niña contempló el suelo.

-Quisiera ayudarle.

-Yo también –Tetsu bajó su mirada hacia el mismo punto que acaparaba toda la atención de la ausente pequeña.

El silencio los enmudeció, escuchando en la lejanía el sonido de cigarras que denotaban el sopor húmedo del verano. Súbitamente, el bajista se levantó, y sacó unas monedas de su camisa. La pequeña lo miró con curiosidad.

-¿Pasa algo?

-¡Ah! ¡Me olvidé! ¡Ahora regreso! ¡Espérame! –le dijo el japonés, saliendo corriendo en dirección alguna.

La pequeña frunció su ceño molesta por ese abandono súbito, y sentándose en el suelo del parque, apoyó su carpeta sobre el césped. Esperó unos minutos, hasta que finalmente el misterioso hombre regresó con dos helados. La niña lo contempló con un brillo especial en sus pupilas. Tetsu le extendió el helado de vainilla y chocolate, haciendo que la chiquilla lo aceptara con infinita gratitud: ese misterioso japonés no olvidaba lo que le decía. Era el único que prestaba atención a sus palabras. De lo contrario, nunca hubiera escogido sus sabores preferidos.

Advirtiendo que la damita estaba sentada en el suelo, Tetsu no dudó en acomodarse a su lado, y comenzar a lamer el granizado.

La infanta lo observó con una sonrisa torcida, comiendo el suyo con la pequeña cuchara.

-¿Qué? –preguntó, parpadeando ante aquella mirada reprobadora.

-¡Así no se come! –reprendió divertida.

-¡Oye! ¡Soy adulto! –bromeó, haciendo reír a la pequeña.

Tras terminar sus helados, la niña lo contempló con expectación.

-Señor...

-¡Ay! ¡No me digas señor! –comentó Tetsu, estirando sus piernas y apoyándose sobre sus manos.

-Entonces dígame su nombre -astuta, la pequeña respondió. Tetsu negó con su cabeza, reconociendo una vez más, una de las tantas tretas por las cuales siempre la infanta intentaba descubrir su nombre. A lo largo de aquellas tardes, se había maravillado de la inteligencia de la niña, quien siempre le inducía a bajar su guardia, para lograr arrebatarle aquel secreto que tan celosamente guardaba.

-¡Pícara! ¡No te lo diré! Sólo quiero que me trates de igual. ¡No soy un señor!

-¿¡Ah! ¿Lo es para comer un helado de aquella forma, pero ahora no? ¡Qué conveniencia! –acotó divertida, y Tetsu sonrió–. De todas formas no tengo otra forma de llamarle.

-No me trates con tanto formalismo.

-Si no me dice su nombre... –volvió a presionar.

-No me gusta que me traten como mayor.

-Pues tendrá que soportarlo hasta que me lo diga.

-¿¡Ah! ¡Eso es chantaje! –la miró con la boca torcida, y el ceño fruncido en una actitud caprichosa.

-¡Eso es negocio! –corrigió la pequeña.

-¡Genial!

-El día que me diga su nombre, le trataré de igual –Tetsu asintió con la cabeza. De todas formas, ya estaba acostumbrado. Bajó su vista hasta hallar una carpeta en el suelo, y curioso, la observó.

-¿Qué es eso?

-Es... mi carpeta...

-¿De?

-De dibujos...

-¡Ah! ¡Qué bien! –se incorporó un poco, y arrodillándose prolijamente, contempló a la pequeña que le había extendido la carpeta. Tetsu la sujetó, advirtiendo que la niña no soltaba el otro extremo, por lo que clavó su mirada en ella, inquiriéndola en silencio.

-Sólo bajo una condición.

-¿Ah? ¿Más chantaje? –preguntó, haciendo sonreír a la infanta.

-¡No! ¡No! Sólo quiero que me dé una verdadera crítica.

-¿Ah? ¿Crítica?

-Sí. Mi mama siempre dice que es lindo lo que dibujo, y mi padre... bueno... usted sabe... –acotó con desánimo, soslayando su mirada. Tetsu sonrió por el privilegio que le hizo sentirse especial, una vez más.

-Bien. Diré lo que me parezca que está mal y lo que está bien. ¿Sí? Pero yo no sé mucho de dibujo... –se excusó, notando que la pequeña ya había soltado la carpeta.

Tetsu abrió la misma, y miró con fascinación la primera imagen. La niña, con rapidez, se puso a su lado, y expectante, jugaba con sus propias manos, mientras avistaba alternadamente su dibujo y los gestos faciales de Tetsu. Estaba nerviosa, como si aquello representara un real veredicto. El bajista sonrió una vez más, divertido por el comportamiento extraño de la pequeña, y acariciándole la cabeza, le tranquilizó.

-¡Oye! ¡No te pongas así! ¡Yo no sé nada!

-No importa.

El bajista negó con su cabeza, y volvió a fijar su vista en la imagen:

Una niña, de cabellos muy largos, en una solitaria pradera. Los colores, y las sombras, eran verdaderamente buenos para su edad. Los rayones de los carboncillos era lo único que podía criticarle, y cumpliendo su palabra, dio su veredicto.

-Es muy linda. Me gustan los colores que usaste, y las sombras. Las usas bien, sabes de la luz. Pero...

-¡Sí! ¡Sí! –comentó entusiasta. Quería mejorar, quería acercarse a su padre.

-Pero rayas. ¿Ves? –le señaló una pequeña parte que tenía un rayón molesto–. A los crayones se los debe utilizar sin fuerza, para evitar esto.

-¡Ah! ¡Bien! ¡Lo tendré en cuenta en el próximo! –le sonrió divertida.

Tetsu pasó a la siguiente hoja, hallando el dibujo de un perro. Lo miró con curiosidad.

-¿Es tu perro?

-No. No tengo perro.

-¿Te gustan?

-Mucho.

-¿Y por qué no tienes? –le inquirió viendo que esa ilustración mostraba un sonriente canino.

-Mi papa...

-¡Ah! –acotó rápidamente. No le gustaba entristecer a la pequeña. Regresó su vista al dibujo, y le señaló la cabeza del animal–. Aquí te falló la proporción. ¿Lo ves? ¿Ves que parece que tiene una cabeza grande? Pero usaste muy bien los crayones. Mira esto –señaló el borde del canino, donde finalizaba el cuerpo-. Me gusta mucho cómo has dibujado el pelaje. No es una línea recta como todos pintamos. Le has hecho pelo por pelo. Eso es un trabajo muy delicado –le sonrió, apreciando la calidez que la pequeña emanaba en sus brillantes ojos. La pureza estaba allí, tan intacta aún.

-¡Ajá! Bien. ¡La cabeza! -repitió vehemente.

Continuaron viendo los demás dibujos hasta que la última hoja, tornó grave a Tetsu. Parpadeó asustado. La pequeña, notando el cambio de postura de su amigo, le miró con curiosidad.

-¿Qué pasa? ¿Éste es muy malo?

-No... –no pudo acotar más.

La hoja, en donde predominaba el negro, mostraba diablos y seres malignos riendo alrededor de un ángel, que extendiendo un ala, lloraba por la otra que se hallaba a sus pies, arrancada, manchada en un rojo sangre.

Irónicamente el ángel estaba crucificado.

Tetsu miró el dibujo que le pareció demasiado bueno en cuanto a realismo. No había problemas con las proporciones, que tenían lo necesariamente grotesco para los demonios, y lo etéreo para el ángel, los crayones habían sido usados con delicadeza, y no había rayas, la perspectiva, era la mejor que había visto respecto de los anteriores dibujos, y lo que más le llamó la atención, era el símbolo.

Un ángel crucificado, llorando, sin ojos, con alas rotas, ensangrentado.

Tragó con dificultad, y observó a la pequeña.

¿Aún había pureza? ¿Aún había inocencia que pudiera ser salvada?

La niña lo contempló expectante.

Pero Tetsu se negó a hablar. Bajó su mirada, y cerró la carpeta, entregándosela a la niña. Ella, molesta, se la arrebató de sus manos, y se sentó de perfil, con un rostro encolerizado, que inquietó al bajista.

-No te enojes...

-¡NO ME ENOJO! –comentó con voz alta.

-¡Sí, sí, estás enojada! –susurró.

-¡NO! ¡NO LO ESTOY!

-Bien. ¡No lo estás! ¿¡Qué pasa! –le inquirió con aire resignado. Ya sabía lidiar con los berrinches que ocasionalmente atacaban a la pequeña. Él había batallado con enojos más profundos que el de una niña, pertenecientes a un cantante que se desvanecía en su memoria, y los sabía controlar a la perfección, utilizando el mismo método de afirmación complaciente.

-Usted hizo lo mismo que mama –le reprochó sin divisarle, contemplando el lago.

-¿Qué?

-¡Se calló! Mama me miró de esa forma, y se fue a discutir con papa.

-¿Ah? –Tetsu parpadeó un instante, y notó, de repente, cómo la niña derramaba lágrimas. Apoyó con suavidad su mano en el hombro pequeño y la atrajo hacia sí, dejando que descansara la cabeza en sus costillas, mientras la pequeña se abrazaba con fuerza a su propia carpeta.

-Mama se fue a gritarle y a pegarle a Papa. Se encerraron en el cuarto, y los gritos no paraban. Mamá salió después de un rato, llorando, a preparar la comida. Pero no comí.

Tetsu suspiró. La niña hacía mucho tiempo que le relataba los episodios continuos de aquellas peleas entre sus padres. Sabía por la pequeña boca de su damita, que la madre pegaba impotente al padre, pero éste, se resignaba a empujarla, insultándole de las peores formas.

Ya no le parecía un músico frustrado. Tal vez era un enfermo.

Sintiendo el hipar de la niña en su cintura, buscó alejarla del pensamiento. ¿Qué más podía pretender de la pequeña? Ella habría dibujado esa escena plasmando la simbología oculta con la que su padre la rodeaba constantemente. Suspiró de vuelta.

-Ya, linda. No llores. Yo no quiero hacerte llorar –su voz había tomado un tono melódico, que sorprendió a la niña con una sensación fugaz de familiaridad, pero al ver a los ojos de Tetsu, eliminó tal idea, pues en esas pupilas sólo podía advertir cuán arraigada estaba la tristeza en la vida de ese misterioso hombre.

Tetsu frotó la estrecha espalda de la infanta, y acarició su menuda cabeza. Le sonrió una vez más y comenzó a hablarle del cuadro, para alejarle de aquel recuerdo doloroso, para proteger aún lo que restaba de esa pureza.

-Perdóname que no te haya contestado, pero me asustó –se excusó infantilmente. La pequeña, separándose un poco, y secando sus lágrimas con su mano, lo miró.

-¿Le asustó?

-Si. Es una imagen que duele.

-¡Ah! Sí –murmuró comprendiendo. Se había olvidado que su amigo tenía la misma magia que ella.

-¿Por qué la dibujaste?

-Porque quería dársela a mi papa, pero... nunca pude entregársela. Yo quiero dibujar mejor, tal vez si lo hago más realista, él me acepte... -Tetsu sonrió triste ante aquel pensamiento. No se explicaba por qué la niña se empeñaba tanto en acercarse a su padre por aquellos métodos tan extraños. Aunque nunca se lo diría, Tetsu reconocía la imposibilidad de tal anhelo: ese padre no la estimaba. Algún día la niña descubriría cuán inútil había resultado el tiempo y la energía gastados en tal objetivo, y ese día, sería el inicio del final, un camino que comenzaría la pequeña, con la plena conciencia de la pérdida de la inocencia: el sendero de la realidad. Y Tetsu se entristeció. ¿Podría protegerla de ese mal inevitable?

-¿Y por qué esa imagen?

-Porque... quiero que sepa que le entiendo...

-¿Mn? ¿Con esa imagen? –insistió no comprendiendo.

-Es mi papa.

-¿Quién?

-El ángel.

-¡Ah! –tomó la carpeta una vez más, y regresó al dibujo, observando el rostro del ser alado, que estaba dibujado sin facciones, con sólo las lágrimas en aquel semblante ensangrentado–. ¿Por qué no le hiciste ojos?

-Porque son imposibles de dibujar.

-¿Ah? ¿Cómo es eso? –frunció su ceño.

-Mi padre, como usted, tienen la misma mirada triste. Pero mi papa, está más dolorido y aislado –Tetsu tragó con dificultad, y cerró la carpeta. Aquello era duro de escuchar en una pequeña.

Acallados en sus pensamientos, se mantuvieron mirando el lago por unos largos minutos.

-Gracias –acotó de súbito la infanta. Tetsu no necesitó más explicación para entenderle, y le acarició la cabeza.

-¡Gracias a ti!

-¡LINDA! ¿¡DÓNDE ESTÁS!

-¡Ay! ¡Mierda! ¡Mi mama!

-¡Oye! ¿¡Cómo usas esa palabra! –la miró sorprendido, y ella se sonrojó. Siempre escuchaba a su padre hablar groseramente, y aquello, exactamente había nacido desde la más profunda molestia, en un acento de Osaka que siempre había imitado de su progenitor.

-Olvídelo, ¿sí? Me tengo que ir.

-¿Nos vemos mañana? –preguntó Tetsu, contemplando cómo se levantaba del suelo, y sacudía sus ropas: un pantalón ancho negro, con una camisa marrón, ambas llenas de césped.

-¡Ah! ¡Lo estaba olvidando! –comentó con apuro, y buscó un papel frenéticamente en su pequeña mochila azul. Tetsu la miró con una sonrisa, divertido. También sabía la historia de la mochila, y cómo había terminado en la discusión de su madre con su padre. todo siempre finalizaba en esa condena reiterativa–. ¡Ah! ¡Aquí está! –le entregó un escrito que Tetsu tomó sorprendido.

-¿Aeh? ¿Qué es esto? –lo leyó. Eran una dirección escrita con kanjis en la prolija letra de Megumi. Tetsu la observó con intriga–. Ésta no es tu letra, ¿verdad? No escribes esos kanjis, ¿o sí? –dudó por un momento. Aquella niña era tan especial que podía esperar cualquier cosa.

-¡No! ¡Ojalá! –comentó sonrojada–. Es de mi mama.

-¿Ah? –parpadeó aún no comprendiendo.

-Quiero que mañana venga a mi casa, con su guitarra.

-¿Eh?

-¿Olvidó lo que me dijo el primer día? –comentó con leve decepción. Tetsu rió. ¡Claro que no! Nunca lo había olvidado, y lejos de aquello, lo había tenido permanentemente presente.

-¿Te dejó tu papa? –se detuvo un instante, mirándola con curiosidad.

-Sí. Sólo le molesta Tetsu. Pero aceptaría otro profesor.

-¡LINDA! ¿¡DÓNDE ESTÁS!

-¡KYA! ¡Me voy! Le espero mañana en casa, y le presentaré a mi Papa. No falte, por favor. ¡Adiós! –corrió velozmente, sujetando con fuerza su carpeta.

-Pero...

Intimidado por la energía de la pequeña, no pudo acotar más, dejándole con las palabras en la boca.

Suspiró y leyó la dirección. No era tan alejado.

Shinjuku. Se llevó una mano a la cabeza.

Cuando el padre descubriera quién era el profesor se lamentaría.

Por un momento dudó. Al menos sabía que la madre trabajaba en ese horario, y no estaría en la casa, con lo cual estaba evitando un posible enfrentamiento entre ella y ese siniestro patriarca, que evidentemente se irritaría con la presencia de Tetsu.

Volvió a titubear. No quería conocer al padre.

Pero luego su rostro se iluminó.

Si era el profesor de la pequeña, eso representaba que pasarían más tiempo juntos.

Y no le importó que el padre de la pequeña fuera el mismo demonio.

Él quería estar con su damita, protegerla, y enseñarle a ser adulta sin caer dentro del pozo en el que él se había sumido por tantos años.

La protegería a como diera lugar.


Tras dos semanas de recuperación y observación exhaustiva, Yukihiro pasó a sala normal, sedado, para controlar la abstinencia que había generado.

En pocos días finalmente saldría del hospital, y poco asustado con el resultado de su accionar, continuaría con sus adicciones, ya sin una meta clara por la cual cambiar esos hábitos.


Lentamente, despertó de la larga siesta que había tomado. Abrió sus ojos, y giró su rostro, mirando la seria expresión de Hyde quien estaba a su lado. Frunció su ceño ante un fugaz dolor en su pecho, que se aquietó rápidamente, y tras percibir que su mano estaba sujeta, giró hacia su otro costado.

Halló a Ken mirándole con culpa, con súplica, con perdón. Le aferraba la mano, sentado incómodamente sobre la silla. Observó los grandes dedos de su antiguo amante, y por un instante, la nostalgia le permitió advertir un nuevo dolor en su torso.

Deseaba regresar a aquellos años de tranquilidad. Una paz que ese alto japonés se había empeñado en destruir.

Elevó sus ojos hasta el rostro perturbado de Ken, y le mantuvo la mirada. Con un rasgo de timidez, descendió la misma hasta posarla en aquel lunar sensual de su amante, recordando su predilección por tan perfecto lugar para marca alguna. Casi sonrió, en vista de esa reminiscencia, pero otro tipo de vestigio llamó su atención en aquella piel levemente trigueña. Aguzó su vista, y volvió a ver los rastros de besos en el cuello de su amante.

Parpadeó varias veces, con el gusto de la eterna decepción. Nada cambiaría. La realidad era única: sólo había sido experimento de asombrosa duración. Sólo noches de suspiros dulces, ahogados entre sábanas. Sólo palabras que la brisa nocturna desvaneció en el cielo.

Con la poca fuerza que le restaba, arrebató su mano de la de Ken, y lo miró con rudeza.

-¡Vete, hijo de puta! ¿¡Quién mierda te ha llamado!

-¡Yukki! –lo observó desconcertado. No podía creer que incluso el rechazo estuviera presente en ese momento, donde la debilidad de su amante era extrema.

-¡Bastardo! ¡Eres un asqueroso cerdo! ¡Vete con tu puta! ¡Y déjame en paz! ¡No quieras actuar un estúpido papel! ¡Vete! –respiró agitado. La emoción lo había contrariado, y su estado delicado no le permitía resistir sobresaltos de tal índole. Hyde se acercó al baterista, con suave ademán aplacador.

-¡Yukki! Tranquilo. ¡Ken ya se va! –acotó, mirando a su amigo con un gesto delicado en dirección a la puerta. Éste, dolido, salió del cuarto.

-¡Y tú también! –replicó el japonés de cabellos tajados.

-¿Eh? ¿Yo? ¿Por qué?

-Porque estás con él, porque le apañas como Tetsu, porque son todos iguales, ¡cerdos! –la máquina, a la cual Yukihiro estaba conectado, comenzó a generar un alterado pitido que resonaba en el cuarto. Un médico ingresó a los pocos minutos, llamado por Ken, quien ya preveía la situación.

Rápidamente sedó al baterista, el cual comenzaba a presentar un nuevo episodio de cólera espontánea. La abstinencia a las drogas lo violentaban y lo sensibilizaban.

Aconsejado por el doctor, Hyde abandonó la sala y se reunió con Ken en el pasillo, quien esperaba sentado sobre el suelo, a un lado del umbral de la puerta.

Lo miró con pena, sin saber qué decir. Él también había tenido su época de rechazo por parte de Tetsu. Sabía lo que dolía.

El facultativo salió del cuarto, y miró a Hyde.

-¿Pasa algo? –preguntó éste con seriedad.

-Esta tarde tiene el alta.

-¿Eh? ¿En serio? –lo miró descreído. El estado de su amigo no parecía decir lo mismo.

-Sí. Y expresó que ustedes se alejaran. A cambio, comenzaría el tratamiento para su recuperación. Si quieren un consejo mío, hagan lo que dice. Necesita el tratamiento de urgencia.

-Pero... ¡no está en condiciones de salir del hospital!

-Señor, lo que usted ve es efecto de la abstención, no de la sobredosis.

-¿Mn?

-El paciente Awaji necesita salir de este hospital, para ingresar a otro: A uno de rehabilitación.

-Él nunca aceptará –respondió Hyde con profundo recelo. La frialdad de un médico acostumbrado a ver la perdición de las personas, le resultaba en extremo chocante.

-Me lo acaba de decir. Sólo ingresará a uno, si no les ve cerca de él. Y creo que tiene razón. Supongo que es lo mínimo que pueden hacer, ya que ustedes lo han metido en esto –espetó con frialdad, y sin miramientos, giró sobre sus talones y atravesó el pasillo.

-Médico de mierda... y piensa que lo hemos inducido nosotros... –insultó por lo bajo el cantante, molesto por aquella indirecta.

Resopló liberándose del incipiente enojo, y bajó su vista hacia Ken, quien miraba el suelo.

-Yo sí lo induje... –susurró el guitarrista, ausente, distante, perdido.

Silencio. Por minutos sólo podían apreciar en la lejanía los quejidos de otros enfermos, que en pasillos remotos, lloraban su suerte. Hyde contemplaba a su compañero, con la sensación de la lástima, la pena, y el castigo mixturándose en grosera forma. Prefirió evadir cualquier intento de justificar lo que, indefectiblemente, era verdad.

-Ken, ¿qué crees que debemos hacer?

-Es mentira. Yukki no va ha hacer nada de eso.

-¡Mierda! -comentó molesto, y frunció sus labios, hacia un costado, pensando alguna estrategia en vano. Aquello no tenía solución, y parecía encaminarse al irremediable final que se perfilaba. Yukihiro moriría, sin que a éste le importara realmente. Hyde suspiró. Quiso alejar aquella idea de su mente, pero le era imposible. Era demasiado impactante el contraste: el Yukihiro de antes, tan lleno de esencia y sentido común, ahora se le presentaba como un ser tan oscuro y atormentado como él. ¿Podrían hacer algo?

-Y es mi culpa... –musitó Ken, ocultando su rostro en sus propios brazos, apoyados sobre sus rodillas–. Ya no le importa nada porque le mentí despiadadamente. Tantas veces le mentí, que cree que lo hago siempre... ¡pero Hyde! ¡No le miento! ¡No…! ¡Sólo que no puedo elegir! ¡No puedo! –comentó angustiado.

Hyde lo miró aún parado a su frente, con una ceja levantada, con un rasgo de soberbia. Desconfió por un instante. Sakura había hecho lo mismo con él, lo había engañado con palabras, y había atravesado el límite del respeto. Y ahora, volvía a sentir que revivía el dolor y la desesperación, pero desde otro ángulo. No quiso apañar a Ken, pero no podía acercarse a Yukihiro, quien rechazaba a todo el universo, enclaustrando aún más su atormentado espíritu. Suspiró con zozobra. Sólo Tetsu era capaz de solucionar aquellos problemas de tal índole. Sólo Tetsu.

Y se detuvo en la imagen de aquel rostro que emergió de súbito a su mente. Ese ser de amables gestos que sabía curar las heridas, que enseñaba a salir de la oscuridad con una capacidad asombrosa y singular, sólo le generó profunda nostalgia. Para Hyde, Ken estaba perdido, Yukihiro agonizaba, y Tetsu, sólo se desvanecía en el silencio.

Nada de consideraciones, nada de reclamos, nada de agradecimientos. La vida era una casualidad. Todo lo que sucedía, era azaroso. No tenía sentido esperar que alguien les salvara.

Más silencio.

El cantante suspiró ruidosamente, y miró hacia el techo, quizás en busca de aquellas respuestas que siempre esperaba escuchar, pero cuyo silencio sólo le demostraban cuán quimérico era ese anhelo. Nadie contestaba.

No había respuesta para él, tampoco la había para Ken.

Y sin interrumpir el mutismo, caminó en dirección a la salida, dejando a su amigo llorar amargamente frente al cuarto denegado.

Y Ken sintió de repente, la profunda soledad. Ni siquiera una palabra de alivio. Ni siquiera el sonido de los pasos alejándose. Sólo un eterno rechazo que no acabaría hasta que su amante sucumbiera finalmente.

Entre lágrimas rebeldes que se le escapaban, miró el lugar por donde había desaparecido su amigo.

Sólo la respuesta ausente. Sólo el silencio gélido.

¿Hyde se había vuelto frío, o el dolor ya no le dejaba sentir el alma?


El televisor estaba prendido en el salón, siendo observado por Kaori y Tetsu, tan ausentes como de costumbre. Parpadearon ante una foto que reconocieron de inmediato: L'Arc~En~Ciel.

"Las últimas noticias aseguran que Awaji, Yukihiro, el baterista del antiguo grupo de L'Arc~En~Ciel, se encuentra en delicado estado de salud, producto de una deficiencia cardiaca congénita. Hasta el momento no sabemos nada más al respecto..."

Kaori frunció su ceño extrañada y miró a Tetsu, quien suspiró aliviado.

-¿Tetsu? ¿Qué es eso? –preguntó desconcertada.

-Sólo una excusa, Kaori. Ki-oon no quiere más problemas con las drogas y escándalos de similar índole. Tú sabes...

-¿Ah? –parpadeó ilusa.

-Por lo tanto, si te preguntan los periodistas, diles eso. ¿Sí?

-Está bien.

~Continuará~


Notas:
-Já: esta expresión tiene que ver con una exhalación de incredulidad, más que una risa. Me olvidé de aclararlo en la secuela anterior, pero por las dudas...

-Eee: es el equivalente de 'hai' pero informal (afirmación: sí)
-Mn: es el típico sonido informal de afirmación (muchos lo escriben 'un'). Cuando es alargado, implica el de duda, y el de interrogación estará acompañado por sus correspondientes signos.

45) Se refiere a la costumbre que Hyde tenía de decirle esa misma frase a Tetsu, cada vez que hacía ese gesto, cuando se generaba el pequeño hoyuelo en la mejilla del bajista. (Tsukiakari ni Jinsei)


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