La suave brisa helada sumada a la mirada de Lady Aribeth podrían paralizar al alsirio más alardeador. La pesadilla de Noyvern se encontraba frente a mi, la responsable del miedo eterno de muchas personas, arrodillada como un guerrero caído.

-Algún día quien portase mi espada iba a encontrarme -dijo, sin alzar la mirada-, no contaba con que fuese una Drow. El sufrimiento eterno hubiese sido menos humillante.

No eran alentadoras palabras de agradecimiento.

-¿Cómo llegaron a mi? -preguntó.

Uriel y yo miramos para atrás y luego nos miramos entre nosotros, confundidos. Realmente, no subíamos como llegamos hasta este lugar. Siquiera podía diferenciarse del resto, todo era nieve, hacia cualquier parte. No sabía bien que decir.

-Es una larga historia -respondió Uriel.

Finalmente, Lady Aribeth se levantó del piso. Era bastante alta, más que Alexanderson incluso. Miró detenidamente el escudo de Ignis que llevábamos en la ropa.

-Ignitas en los Yermos de Cania -exclamó-, ¿Tan bajo han caído?

Había perdido las esperanzas de que aquella elfa dijese alguna frase amable. No tenía sentido retomar la historia, no teníamos mucho tiempo, o eso creía.

-Necesitamos encontrar a la Conocedora de Lugares -expliqué.

-Aquí no existen los lugares -respondió-. No hay arriba o abajo, izquierda o derecha, adentro o afuera. A donde vas, siempre resulta ser el mismo lugar.

-Creo poder discernir con eso -interrumpió Uriel-, ya encontramos al Elfo, y no es "el mismo lugar".

-¿Qué elfo? -exclamó- ¡Habla Drow!

-Ya me contaron la historia de Noyvern, Lady Aribeth -expliqué-, Fenthick también está en los Yermos de Cania.

La elfa volvió a caer al piso, apretando sus puños y lastimándose hasta sangrar con sus uñas.

-Él no merecía esto -dijo- ¡Yo soy la traidora!

Me agaché y sujete suavemente su rostro.

-Escucha Lady Aribeth -le dije-, el mundo como lo conocías no será el mismo sino logramos salir de aquí.

La elfa logró calmarse un poco.

-Llévame con Fenthick, sólo tu sabes donde está -suplicó.

-Pero yo no...

-Lo haremos -interrumpió Uriel-, vamos a llevarte con el Elfo.

No acababa de comprender a Uriel, pero sus anteriores palabras eran ciertas. No sabíamos hacia dónde íbamos, pero siempre alanzábamos aquel lugar, fuera cual fuera.

Comenzamos a caminar, en silencio. Por instinto, volvíamos en la dirección contraria a cual nos había traído hasta aquí. Sabíamos que esta clase de decisiones no tenían efecto en este lugar, pero ciegamente confiábamos en llegar a Fenthick, aun sabiendo que podría ser de poca utilidad para nuestros objetivos, o mejor dicho, nuestro futuro.

Durante la caminata pensaba en nuestros compañeros. ¿Dónde andarían? ¿Hacía a dónde irían? Aunque no me olvidaba de nosotros mismos, ¿A dónde íbamos?

No sé cuanto tiempo pasó, ni puedo explicarlo, pero en aquel momento, nos encontramos con Fenthick Musgo, quien seguía en su eterna oración.

-Cumpliste tu palabra, Leesa Lipkit -dijo sin mirarnos- A mi amada has traído y en el nombre de Tyr tu alma he bendecido.

En aquel momento, ambos elfos desaparecieron. Habían encontrado el descanso eterno; abandonaron los helados Yermos de Cania para siempre.

Me sentía llena de alegría y orgullo. La espada de Lady Aribeth de Tylmarande resplandecía como nunca la había hecho. Ya no la sentía pesada, la sentía cómoda, como una extensión de mi cuerpo.

El frío no me molestaba, no sentía la brisa sobre mi cuello y el miedo e incertidumbre habían desaparecido.

-Estamos como empezamos -dijo Uriel.

-No es así brujo -respondí, el me miró sorprendido-. No vamos a rendirnos ahora, no defraudaremos a La Vidente y por sobre todo, no olvidaremos nuestro Reino.

En aquel momento estaba completamente decidida; simplemente comencé a caminar, y no me detendría hasta encontrar a la Conocedora de Lugares.

-Deberíamos reunirnos con el resto primero -dijo Uriel.

-Obligaré al Cegador a que los traiga -respondí-, una vez que sepa su Nombre Verdadero.

Fracasar no estaba en mi lista de opciones; iba a lograrlo. Uriel no objetó al respecto, solo me seguía.

A pesar de que avanzáramos, todo seguía siendo igual, esta vez no nos topábamos con ningún individuo, siquiera un fantasma o una criatura.

-Deberíamos descansar -propuso Uriel.

-Estás viejo -respondí. Esto es algo que nunca le había dicho, pero algo me llevó a hacerlo.

Uriel rió y asintió a lo que dije, con total simpatía; esto era muy propio de él.

Podía notarse una ligera expresión de cansancio en la cara de Uriel. Era razonable, él había hecho más que yo en todo este viaje, desde el comienzo de esta travesía interminable.

-Has crecido, Leesa Lipkit -dijo Uriel, rompiendo el silencio mientras caminábamos.

-¿A qué viene eso brujo? -pregunté.

-Deberás seguir sin mi -respondió-, este pobre viejo ignita no vagará eternamente en un desierto de nieve.

El brujo Uriel, el primer ignita con quien me había encontrado en Bajomontaña, estaba por abandonarme a mi suerte en los helados Yermos de Cania. Recuerdos lejanos y cercanos rodearon mi mente; no estuviéramos aquí si no hubiese sido por su obra y gracia. A pesar de lo que sentía, no pude creer lo que dije.

-Que así sea.

En unos pocos pasos, perdí a Uriel de vista entre la brisa y la nieve. Atrás había quedado, una leyenda de Ignis.

Continué mi camino, insegura pero al mismo tiempo decidida. La Conocedora de Lugares debía estar en algún lado, si es que no era la única que conocía su propio lugar.

Ya no estaba Uriel a mi lado, pero no me sentía sola. La nieve se hacía espesa, era difícil caminar. Los copos que volaban eran demasiado grandes, algo que el viento no podría levantar, pero estaba en la Tierra donde lo imposible no existía.

El Bálor se había tomado el trabajo de encerrarnos a todos en este infierno; La Valsharessa estaba conmigo.

-Arruinaste mis planes, Leesa Lipkit -dijo-. Te dí la oportunidad de unirte a mi, te dí la oportunidad de vengarte de tu Reino. ¡Los Elfos Oscuros dominarán por siempre!

-No compartimos los mismos ideales -respondí-, tu locura nos llevó a esto.

-¡Todos tus amigos están muertos! -gritó-, ¡vas a arrepentirte por traicionar a tu raza!

-Tus amenazas no van a sensibilizarme -respondí, levantando la espada-. Estás en una Tierra de muertos, es hora de que combines con el entorno.

La Valsharessa sacó la misma daga con la que había intentado matarme. Toda duda e incertidumbre, temor e indecisión, iban a acabarse ahora.

Nos miramos fijamente, nuestros rojizos ojos sentían el odio; solo una dejaría los Yermos de Cania y cumpliría su objetivo. Se abalanzó sobre mi como un huargo rabioso, valiéndose de su arma, sus garras y sus propios dientes. No desplegué mi escudo, no pensaba usar la magía, quería ver su sangre correr por la espada de Lady Aribeth de Tylmarande.

Con un suave movimiento y esquivando su torpe ataque, me puse detrás de ella y la sujeté por el cuello usando mi brazo izquierdo. Mis afiladas uñas en sus labios y la espada con el filo en su espalda.

-Esto podría haber sido diferente, Valsharessa -le dije.

Mis dedos se entrometían entre su lengua y su garganta; me divertía verla sufrir y esforzarse por respirar. Pero quería escucharla, quería reírme de sus plegarías.

-Todavía puedes hacerlo, Leesa Lipkit -decía, ahogándose-. La Conocedora de Lugares está cerca, captura al Bálor y véngate de tu Reino.

Hundí mis dedos en su garganta y la atravesé con la espada. La Valsharessa, líder de los Drows rebeldes, murió en los Yermos de Cania. Su ensangrentado cuerpo se tumbó en la nieve, teniéndola de rojo.

-El odio y la maldad invaden tu mente, Leesa Lipkit -escuché.

Era una ninfa, bella y resplandeciente, de vestimentas claras y limpias, en tonos verdes muy cálidos. Desentonaba completamente con el lugar y permanecía de manera muy tranquila junto a mi, luego de lo que había hecho. A pesar de su cegadora belleza, alcé la espada ante ella.

-No querrás matar a tu puerta de salida, Drow -dijo-. Yo soy quien conoce cada esquina, cada región, cada espacio. Soy quien conoce a cada persona, a cada criatura, a cada ser en este mundo. Soy la creadora de los Yermos de Cania, La Conocedora de Lugares.

Estaba ante mi, la única que podría llevarme con la Conocedora de Nombres y acabar con esto de una vez y para siempre.

-Abandonaste a tu amigo y mataste una Elfa a sangre fría -me dijo-. Eres malvada, Leesa Lipkit.

-¿Cómo puede una ninfa haber creado un Infierno terrenal como este? -pregunté, ignorando su observación.

-Este mundo está podrido -respondió-. Los traidores, los asesinos, los rencorosos... solo merecen un lugar como este.

-Todos en Aguas Profundas estarán muertos si no salgo de este lugar -exclamé.

-Lo sé todo, Drow -respondió.

-¿Entonces porque reprochas mi acciones? -pregunté.

-Eres malvada -insistía-, pero eres sabía, sé lo que tramas, por lo que te dejaré pasar.

-¿Dónde está La Conocedora de Lugares? -pregunté.

-Más cerca de lo que crees -respondió.

En aquel momento, hubo un resplandor muy intenso. Pero mas intenso sería, lo que se postrase ante mis élficos ojos. La beldad más incandescente que haya visto en mi vida, un ser que podría enamorar a cualquiera con sólo mirarlo, una trampa mortal a los seres de corazón débil, una belleza cegadora. No pude decirle nada, no pude salir de mi asombro.

-¿Qué nombre deseas saber, Leesa Lipkit?