Advertencias: Palabras malsonantes, montaña rusa de emociones, fluff.
La entrega de un alfa
La luz invernal que cruzaba el ventanal desde su sala daba preciosamente sobre la piel lechosa de su omega. Bajo la camisa que le queda dos veces más grande al ser suya, se ocultaba el rastro de besos y mordidas que dejó el celo y sentimientos reprimidos durante los últimos diez años.
Haru descansaba cómodamente en su sillón acurrucado contra una manta mucho más suave que la que rompió y que pese a no admitir había tomado cariño. Lo sentía a través del lazo. Parecía tan ido en el placer de un buen celo en compañía que poca importancia le daba al detalle de que el televisor que parecía mirar llevaba apagado hacía un buen rato. Estaba más que ido, estaba en paz consigo mismo y sus demonios.
Le gustaba esa sensación, sentir que pese a su propio egoísmo Haruka lucía extremadamente feliz y pleno. Llevaba varias horas armando su nido, rebuscando en su closet y gavetas lo que fuera necesario para dar cabida a sus próximos hijos. Almohadas, cojines, telas suaves y cómodas al tacto. Habría sido un nidito precioso, pensaba con un deje de amargura, intentando borrar sus sentimientos encontrados. Había cosas en la naturaleza que inevitablemente resultarían dolorosas y una de ellas era saber que pese a un celo extremadamente completo y la aceptación de su pareja jamás podrían llenar ese vacío. Incluso cuando sólo era el instinto haciendo uso de su cuerpo, el verle acurrucarse contra las mantas dándoles largas miradas cargadas de ternura llenaban su corazón de congoja.
Con pasos lentos, se obligó a tragarse la pena y continuar con la inexorable sensación de plenitud que Haruka enviaba a través del lazo. Arrodillado frente a él le sonrió y acarició sus pies descalzos. Pese a la nube de placer y sopor en el ambiente, al ser el alfa sentía el peso de las consecuencias sobre sus hombros, las implicancias de sus actos estaban a la vuelta de la esquina, esperando por él para sacarle de su nidito de amor. Negándose a tener que volver a la realidad tan rápida disfrutó del intimo contacto que gozaban sus dedos. Piel suave, tersa, un par de grados más baja que la suya, pero extremadamente agradable. Ese omega era suyo, como un canario puesto en una jaula de oro, le había arrebatado la libertad y ahora la culpa le carcomía tanto como el propio orgullo de su raza.
No esperaba sentirse así de dividido (como siempre se había sentido desde que le mordió por primera vez). Deber y amor, esas palabras habían definido su vida, en una rectitud tan abismal que de tan sólo alejarse de la tangente resultaba imposible. Impropio, hasta para sí mismo. Se había jurado nunca lastimarle, incluso si tenía que arrancárselo de la cabeza y olvidarse de su niñez y cualquier vínculo que tuvieran. Había luchado con tantas fuerzas contra su instinto y, aun así, había fallado. Había tomado a Haruka con cada parte de su ser, entregándose por entero y más, enseñando cada una de sus heridas y todo lo feo que deseaba ocultar de él. Le había amado con locura, inclusive cuando la razón del omega aún se hallara perdida en el calor y el sexo compartido, Haru le había aceptado, correspondiendo a cada una de sus emociones. Y eso, era algo que jamás podría borrar de su alma, ya no había vuelta atrás. Ya no podía seguir sintiendo miedo.
El pitido de la lavadora le devolvió a la realidad, separándose lenta y dulcemente de su omega, le dejó tal cual le había encontrado; adormilado contra su nido. Con renovada energía se dedicó a colgar la ropa, el departamento estaba lo suficientemente limpio como para ver su rostro en el reflejo del piso por lo que la intensa necesidad de mantener su territorio limpio y seguro para su omega anidando, iba cediendo a una leve sensación de control.
Aún quedaba el tema de alimentarlo, después de tres días de intensa actividad sus reservas estaban más que acabadas y de no ser porque Haru realmente le necesitaba a su lado habría salido por provisiones mucho antes. Por la tarde, habían acabado con lo poco que le quedaba para una comida más o menos decente asique no había de otra, tenía que salir.
Ahora totalmente lúcido le acechaba una horrible sensación de vergüenza, no quería ni plantarles cara a sus vecinos ¿qué a sus vecinos? ¡Al vecindario entero! ¿Desde cuándo era un tipo violento? el pobre beta de al lado había quedado inconsciente por un solo puñetazo suyo. Era increíble, y él que se creía capaz de vencer a su lado alfa. Ja, pobre iluso.
—No quiero ir.
Lloriqueó tapándose la cara con las palmas de las manos, dando círculos en su mismo lugar. No quería ni imaginarse los problemas que tendría allí afuera pero su nevera y alacena estaban vacías y ahora era el proveedor. No podía darse el lujo de incomodar a su recién unido omega. Era la más importantes de las reglas no escritas para los alfas. Proveer y proteger.
Suspiró dándose por rendido, en busca de su billetera y un cambio de ropa más decente que el bóxer negro que traía puesto… Otra imagen mental entró a su cabeza como un golpe fatal ¡Había salido desnudo! ¡Él! ¡El yo-nunca-causaré-desorden-público Tachibana!
—No, no, no. No quiero salir.
Seguía lloriqueando embutiéndose una chaqueta gruesa que ocultara toda marca amorosa perceptible. Como si eso fuera suficiente, todo mundo sabe que el del departamento 26 D tuvo sexo como un desquiciado por tres días enteros sin dejar dormir a todo el complejo departamental, pensó con horror helándole las venas.
Dándose valor, salió de su habitación para saciarse con la cálida escena en su sala de estar. Haru era realmente el omega más hermoso que hubiese visto nunca, especialmente con su ropa y olor sobre él. Sonrió, negando con la cabeza antes de acercarse y ponerse de cuclillas frente a él. Tenía los ojos abiertos, pero no estaba en su misma sintonía. Su lucidez iba y volvía, cada tanto y después de hablarle tan sólo un poco podía saber que tardaría un día más en reaccionar del todo.
—Haru-chan tengo que salir por comida, estaré aquí en un rato— El aludido le dedicó una larga mirada como si dijera "¿No te puedes quedar?" —No, tengo que ir, pero no te preocupes volveré antes de que te des cuenta.
—No quiero que te vayas—Masculló en un sonido grueso y roto.
El doble significado de esas palabras seguía calando hondo en su alma, pero con dificultad decidió pasarlas por alto.
—Ya vuelvo, sigue descansando— susurró contra su frente en un beso de despedida.
II.
El minimarket estaba a unas calles de distancia, las que en toda su vida universitaria jamás le parecieron demasiadas, pero ahora con la mirada de todos como si hubiesen visto un fantasma le tenían al borde de dar media vuelta y ocultarse en su apartamento hasta pasado año nuevo. No sabía si sentirse agradecido o apenado de que la mayoría de ellos le dieran sus felicitaciones y asombro por su resistencia física. Makoto quería ser tragado por la tierra, pero ya.
Al entrar la dueña del local, más cerca de los setenta que de los sesenta le dedicó una enorme sonrisa que prefirió ignorar dando su recurrente saludo. Eligió con rapidez la mayoría de los productos y se acercó un tanto nervioso ante la sonrisita cómplice de ella y el par de universitarios betas que pagaban una cajetilla de cigarrillos.
—Eres un ídolo por aquí, Mako-chan—murmuró la mujer al ver ya fuera del recinto a sus anteriores clientes.
—Deténgase por favor— rogó sintiendo la cara arderle.
—¡Ay, querido! que no te de pena, eres un alfa. Uno que ha pasado la vida lejos de su omega.
—¿Cómo sabe eso?
—Un celo así. Mi lindo ¿cuántas veces en un vecindario beta se ha visto algo semejante? Tres días, jujuju. Ni yo con mi difunto esposo durante toda nuestra juventud. Los omegas son más que bendecidos ¿no, crees?
—Yo, realmente lamento las molestias.
—Despreocúpate, ¿sabes? La mayoría de tus vecinos no han dicho más que halagos y celos por tu increíble resistencia, pero realmente me engañaste, todo este tiempo has pasado desapercibido como un beta. Incluso ahora, no hay gesto en ti que parezca el de un alfa.
—Me lo dicen a menudo.
De súbito escuchó la exclamación de alguien a su espalda. Al voltear se encontró de frente con la turba que había espantado hacía dos noches atrás. Se sintió palidecer y sopesó seriamente la opción de salir pitando de allí con o sin provisiones, pero por cómo temblaban y se acercaban a la salida parecían más aterrados ellos que él.
—No salgan huyendo. Ya les dije que Mako-chan siempre ha sido un encanto de chico y ustedes también le conocen, saben que es una ternurita ¿No, Mako-chan?
Makoto le dirigió una larga mirada para luego decidirse a ser el alfa que era.
—¡Yo realmente me disculpo por mis acciones!— chilló por una octava de su voz.
—Vaya, vaya qué chico tan serio—murmuró la mujer —Y ustedes deberían agradecerle, esta juventud tan descuidada. Ya que la tasa de omegas es bajísima y la mayoría de la población alfa vive en comunidad y bastante lejos de nosotros, ya no se les enseña las reglas básicas alfa-omega ¿o sí?
—N-no— respondió uno de ellos. El único que, al parecer, se encontró la voz.
—¿Y ahora las saben?
—S-Si. Tachibana-san fuimos en extremo groseros y descuidados. Hicimos como ordenaste. Buscamos en internet qué pasa con quienes entran en territorio alfa cuando su omega está en celo.
Makoto no recordaba del todo bien qué había dicho con exactitud, pues la rabia del momento y el hedor de su omega le habían enrojecido las ideas, actuando por simple instinto.
—¿Y qué encontraron? —Les atajó la mujer.
—Que es válido ante la ley matar a quien intente acercarse a su territorio. Un alfa pierde todo control al ver su dominio en peligro y que en contados casos sus víctimas han salido con vida.
Makoto olió el miedo en cada uno de ellos, y se sintió mucho peor que antes. Infundir miedo era algo tan alfa y a la vez tan lejano a él que el sólo pensar en provocarlo le revolvía el estómago.
—¿No es un chico adorable? Apenas y un golpe en la cara. Debes ser el alfa más beta que haya conocido en todos mis años —Le dijo la mujer en busca de un racimo de bananas, recién exportadas* —Ten, sirve para los calambres, es un regalo para tu omega.
Makoto se alejó después de disculparse unas tres veces más sintiéndose extraño consigo mismo. La dueña de la tienda tenía toda la razón, actuaba como un beta, llevaba una vida interpretando ese papel y hasta apenas cinco días atrás había estado seguro de seguir comportándose de tal manera por el resto de sus días.
La idea de vivir una vida acompañado de un omega que no fuera Haru le repelía cual veneno. Por eso, la única opción para él era desarrollar una relación con alguna beta, o similar. Había imaginado su vida de tal manera, que su raza sería apenas un recuerdo lejano. Pero ahora, todo había cambiado.
Él era un alfa. Uno enlazado por lo que esperaba fuera un tiempo larguísimo.
De regreso, varios vecinos parecían entre indignados y aterrados de poner en voz alta sus críticas. El resto lucía bastante entretenido con el tema, curiosos de una relación tan poco usual ante sus ojos. La mayoría eran jóvenes estudiantes que acababan de descubrir que el enfrascado mundo de los alfas era tan increíble como se comentaba.
—Makoto-san.
Escuchó a lo lejos cuando se disponía a subir las escaleras. Mierda, la casera, pensó abandonando toda esperanza de salir con algo de dignidad de ahí. Volteando sobre sus talones observó a la mujer de pasados los treinta con una gruesa chaqueta verde y jeans azules.
—Miho-san…—masculló sintiéndose enrojecer, se sentía como una novedad cirquera, cuando con su carácter tímido rogaba por todo lo contrario. La casera lucía bastante seria, pero antes de que comenzara una nueva tanda de disculpas habló.
—En serio pareces beta ¿cómo es posible, en serio? De no ser por el video no me la creo.
—¿C-cuál video?— chilló boqueando como un pez.
—¿Uh…? ¿No lo has visto?
Inquirió rebuscando en su bolsillo por su smartphone antes de darle play desde la plataforma de youtube. Apenas comenzó, escuchó los más que reconocibles gemidos de Haru y el resonar de la cama. Si hacía segundos quería que se lo tragara la tierra ahora simplemente esperaba que lo partiera un rayo.
¡Sí, sí! Makoto. ¡Así! ¡Más, Makoto! se escuchaba de fondo, mientras podía oír la exclamación de asombro del desgraciado que haya tomado el video, también había risitas y sorpresas. Técnicamente no se veía nada más aparte del ventanal de su apartamento tapado por la cortina oscura, pero era más que evidente que se trataba de ese complejo de apartamento y de él mismo.
¡Mierda! ¡Todo mundo! ¡Rin, sus padres, sus hermanos, todo Iwatobi podría verlo!
—Increíble. Los alfa son maravillosos. Siempre has lucido tan beta, claro, eres más alto y guapo que la mayoría, pero no te comportas para nada como ellos.
—Yo lamento las molestias que les he causado a todos…
Comenzó dando una reverencia antes de salir huyendo. Por supuesto, Miho le siguió por el pasillo, al igual que un par de betas curiosos ante el protagonista del video y su mal dormir durante tres días. Al detenerse frente a la puerta no le quedaba otra que enfrentarse a la casera, estaba seguro de que tendría que irse.
En primer lugar, jamás debió de estar ahí, pero el costo de un apartamento alfa en comparación con los betas era tres veces más caro y él juraba a pie juntillas que el doble revestimiento de las paredes y ventanas aislantes de sonido era un gasto innecesario para él cuando sus pocas relaciones eran con betas en un rutinario y corto sexo. Por lo general lejos de su residencia.
Pero Haru apareció y simplemente todo su mundo estaba de cabezas y eso se sentía extremadamente bien (aunque algo vergonzoso).
—¿Y? ¿Qué pasó, Makoto-san? Has vivido aquí incluso antes de que yo me hiciera cargo de los departamentos. Nunca has causado un solo problema y cada vez que alguien tiene dificultades eres el primero en ayudar. Ojalá más arrendatarios fueran así—masculló por debajo —¿Puedo saber por qué este cambio tan… abrupto?
Makoto suspiró, Miho Amakata, era una buena casera, amable y preocupada de que todo funcionara bien con los universitarios problema, para su mala suerte, para dar una respuesta lógica necesitaría días y una botella de sake por lo mínimo.
—Yo, lo siento mucho.
—Ya, ya.
Murmuró la mujer dándole ánimos. Makoto soltó las bolsas que cargaba dejándolas a un lado del pasillo.
—Tenía planeado vivir como un beta durante toda mi vida.
—¿Y qué pasó, entonces?
—Mi omega ha vuelto, Miho-san, después de pasar por los más tortuosos diez años él ha regresado. Yo estoy extremadamente feliz. Por eso muchas gracias por ser tan compresivos.
Makoto realizó una reverencia Teineirei*, sintiendo su corazón palpitar con rapidez. Cinco días y volvía a sentirse vivo ¿siquiera ello tenía algo de lógica?
En el momento en que alzó la cabeza escuchó el sonido de su puerta abrirse, dejando salir a su lado al instigador de todos sus problemas y alegrías. Haruka.
Por las expresiones en la cara de todos podía leer el asombro y embobamiento que causaba un omega. Más cuando era tan hermoso como resultaba Haru, sus ojos azulinos centellaban con ferocidad, aún evaluando el peligro, dispuesto a lo que fuera por la integridad de su alfa.
—Haru-chan ¿Qué haces afuera? Tienes que descansar—le susurró con cariño al verle aferrarse tímidamente a su brazo mientras ocultaba parte de su cuerpo semidesnudo con el suyo. Afuera estaba helando y Haru apenas traía su camisa y un par de botas.
—No regresabas, dijiste que no tardarías.
Makoto le cubrió con parte de su chaqueta, observando detalladamente como su audiencia seguía ensimismada en la belleza de su omega quien deslizaba sus brazos por su cuello posesivamente, enseñando su propia marca parchada a su espalda. Casi flotaban en el aire las palabras, Él es mío, no se atrevan a mirar a mi alfa, simples mortales.
—¿Ha-haruka Nanase?
Masculló uno, saliendo de su sopor.
—¿Eh?— chilló Miho estupefacta —¿El nadador?
—Sí y quién diablos son ustedes—gruñó con su voz herida, lo que habría causado un poco de miedo de no ser porque parecía un gatito asustado sacando las garras.
–¡Haru! Son mis vecinos y Miho-san mi casera. Estaba disculpándome por todos los problemas que hemos causado.
Haru suspiró derrotado antes de dedicarles una obvia mirada de no pienso disculparme con ustedes.
—…Pero creí que Haruka Nanase odiaba a los alfas y dicho que jamás tendría uno. Es más, su relación con Rin Matsuoka…
—Muchachos, creo que no han aprendido nada de lo que es capaz de hacer un alfa. Sobre todo, en su territorio y ofendiendo a su omega.
Gruñó la mujer evidentemente molesta. Palideciendo, la multitud de curiosos se fue dispersando antes de quedar sólo ellos tres. Makoto agradeció mentalmente el gesto, aunque no se sentía especialmente fuera de control, ya no confiaba en sí mismo para nada.
—Jamás podría haber tenido otro alfa que no fueras tú, Makoto.
—Lo sé.
El alfa se olvidó unos segundos del mundo, perdido en ese precioso rostro carente de expresión. En él veía un mundo de palabras y sentimientos que el omega era incapaz de decir en voz alta.
—Ya veo— escuchó antes de ver a Miho voltearse con intenciones de retirarse —Pasaré por alto este incidente, después de todo, durante estas fechas el reencuentro es maravilloso ¿no? Sólo sean más discretos.
III.
Volviendo atrás, después de dos días de un celo totalmente fuera de control, Makoto apesadumbrado le observaba dormir, llevaba unas dos horas pasando paños húmedos por su frente y cuerpo intentando disminuir la fiebre del pelinegro. Lo que hasta el momento parecía inútil.
Su cuerpo temblaba en espasmos y calambres, el ambiente seguía abochornado, infestado por las feromonas del omega y pese a que aún se sentía capaz de cogérselo durante un día entero, su preocupación por su salud era mayor a su instinto saciado por el placer.
En la inconsciencia Haruka le llamaba entre sueños, la mayoría acompañada de sollozos y ruegos que él no tenía corazón para oír. No sabía qué más hacer para aplacar el calor.
—¿Qué debería hacer, Haru-chan?—susurraba sintiendo la piel ardiente de su omega.
Una media hora más tarde cuando su desesperación superaba cualquier instinto sexual provocado por las feromonas, llenó la bañera de agua fría y le metió allí. Haruka al instante reaccionó con quejas al latigazo del frío contra su piel ardiente.
—¡Duele! ¡Makoto!—
—Ya se, Haru-chan— le calmaba, inmovilizándole por los brazos para mantenerle quieto —Ya pasará, todo pasará, tranquilo.
—Duele— se quejaba contra su garganta —Muérdeme, alfa ¿por qué no me has mordido?
—Yo… no puedo.
—¿Es porque estoy roto?
Su corazón se saltó un latido.
—No. Nada de eso.
—¿Entonces por qué?
—Pasar un celo contigo es más que suficiente.
—No para mí.
Haru permaneció por horas en el agua helada mientras él le cuidaba. Ni un solo segundo se despegó de su lado, alimentándolo, protegiéndolo, amándolo incondicionalmente. Ese había sido su propio camino al infierno. El tener que decidir por sobre su instinto incluso cuando su cuerpo dolía por la necesidad de tomarlo.
Despertó con una molesta luz dando contra sus ojos, le dolían músculos que no sabía tener. Haru le analizaba desde la tina, tenía los dedos arrugados por estar tanto tiempo en el agua, pero lucía extremadamente sereno. De no ser por el dulce olor que desprendía estaría seguro de que Haruka había vuelto a ser él, lejos de la locura del celo.
Sintió sus labios sobre los suyos en una dulce caricia.
—No me mordiste— acusó, su piel seguía cálida y la dulzura que irradiaba era tal, que cualquier pensamiento lógico abandonó su cabeza. Había algo en el ambiente que había cambiado, el aroma que Haruka irradiaba destensaba sus músculos y le hacía salivar. Se sentía adormecido y excitado, pero lejos de la exaltación que le había dominado para tomarlo por cada rincón de la casa, estaba extremadamente sereno. Eran sólo ellos dos, demostrando el profundo lazo que les unía —No tengas miedo. No eres él. No eres mi padre.
—Haru…
—Se que me he pasado la mitad de mi vida negándolo, pero tú eres mi alfa. Puedo seguir viviendo sin ti, ambos podemos seguir adelante sin el otro, pero no quiero... Ya no quiero esta vida a medias ¿tú sí?
Él negó con una sonrisa en el rostro.
—Entonces, hazlo. Márcame Makoto.
Le miró profundamente buscando cualquier atisbo de dudas o miedo, pero lo único que pudo leer fue su decidida voluntad. Haru apoyó su mejilla y mentón por el borde de la tina dejando que la perlada piel de su nuca atrajera toda su atención. Por su mente pasó el viejo recuerdo de la primera vez en que le mordió, jamás había estado tan asustado en su vida y sin embargo durante todo aquel tiempo siempre tuvo la sensación de estar haciendo lo correcto. Misma sensación que dominaba sus instintos actualmente.
Como si tratara de un suave beso, le mordió.
Todo fue tan natural que cuando Haru se arqueó de placer y dolor Makoto se dejó deslizar contra su cuello, besando y lamiendo a antojo, se guio por su deseo y la palpitante necesidad de volver a poseerlo.
Con ternura y adoración le alzó desde la tina e hicieron el amor dulcemente en su cama hasta que sus cuerpos volvieron al celo y terminaran por romperla.
Makoto sonrió al regresar al presente, Haru gruñía y bufaba muy similar a un gato engrifado.
—Vamos a la cama, Makoto. Ellos han arruinado tu olor.
El mayor haciéndole caso dejó las bolsas con víveres sobre los estantes de la cocina y lo siguió. De todas maneras, lo seguiría al mismísimo infierno si se lo pidiera. Ya había pasado por uno de todas maneras.
Haru lo desnudó con lentitud, disfrutando sin prisa del roce de sus dedos con su piel y la almidonada tela de su camiseta, todo era nuevo y cada sensación era como una dulce brisa de verano. Se sentía extremadamente bien.
Ya desnudo, Haru se pegó a él, marcándolo con su aroma nuevamente, dejando marcas de besos, tan posesivamente como había hecho Makoto con él unos días antes. Había algo instintivo en sus actos, simplemente deslizando la nariz por su piel desnuda, buscando cualquier rastro de otros en él, cuando encontraba algo, chistaba y volvía a marcarlo hasta quedar satisfecho con su trabajo. Makoto mentiría si no dijera que le encantaba el calor de su boca sobre su cuerpo, asique como buen chico listo simplemente se dejaba hacer, sentado en el futón con una sonrisa amable en su rostro.
—Vamos a dormir—sugirió Makoto cuando lo vio sonreír asintiendo ante su obra. Haru no se resistió como habría hecho en otras ocasiones, después de todo su cuerpo seguía en el intervalo celo y recuperación de la consciencia. El cansancio físico que llevaba cargando podría dejar en coma a cualquiera.
El omega los cubrió a ambos con el futón hasta abrigarle sobre las orejas, Makoto sonrió enternecido, bajo la gruesa capa de mantas sentía las manos del muchacho colarse por entremedio de las sabanas, y sus piernas enredarse a las suyas. Sólo hasta que estuvieron lo suficientemente cómodos y enredados al otro, Haruka pudo suspirar y respirar profundamente.
—Háblame hasta que me duerma.
El castaño leyó un mensaje más profundo en sus ojos "Quiero dormirme escuchando tu voz, así no tendré nunca más miedo, quiero que lo último que escuche al dormirme y lo primero al levantarme seas tú" Conmovido, hizo justo lo que el joven pidió.
—Tendremos mucho trabajo mañana— Haru emitió un gruñido antes de acomodar su cabeza sobre el brazo del contrario —Olvidé dejar cargando los teléfonos, todos deben estar como locos— "Eso no" le recriminó con la mirada y Makoto no pudo evitar lanzar una leve risilla —Oh, y estamos en Youtube. Sinceramente no quiero saber del mundo exterior hasta nuevo aviso.
"De eso tampoco" le dijo a través del vínculo "¿Entonces, de qué?" preguntó Makoto de misma forma, "Háblame de ti, de todo lo que no sé"
—Dejé de nadar cuando te fuiste. No volví a entrar en una piscina pasada la secundaria. Sentía muchos celos del agua, de Rin y de cualquiera que pudiera acercarse a ti. Hubo un tiempo terrible en que mi carácter era incontrolable, muy explosivo. Me avergüenzo del yo de ese entonces y agradezco lo pacientes que fueron mis padres— Haru le miraba con atención, él habría deseado que siguiera adormilado, no se sentía orgulloso de revelar lo malo de su carácter. —Tal vez lo más que me hacía enojar era eso, su paciencia conmigo, como si fuera una clase de víctima. Odiaba cómo me miraban, odiaba estar lleno de resentimiento, pero prefería eso al profundo hueco que deja la recuperación del dopaje. Drogado al menos, estaba anestesiado, inconsciente de mi propio sentir, pero al dejarlas todo vuelve a ser gris. Estaba vivo, pero me sentía incompleto.
—Como si me quitaran los brazos y piernas— susurró Haru deslizando su nariz contra el fuerte pecho del alfa en busca de mutuo consuelo — Así lo sentí yo.
—Justamente así, te extrañaba tanto que me hizo darme cuenta de algo evidente que había pasado por alto hasta que te fuiste, desde que te conocí no nos separamos jamás. No conocíamos lo que era estar sin el otro. No sabíamos cómo se sentiría todo eso, fui demasiado iluso, di todo por sentado. Estaba enojado conmigo mismo por haber sido tan inútil, tan inservible y esa misma ira se fue acumulando hasta que causara estragos. Me calmé cuando llegaron los gemelos, es fácil olvidarte de tus problemas cuando dos bebés lloran al mismo tiempo y tus padres no dan abasto, ellos me ayudaron mucho. Pude volver a ser el mismo.
—Él mismo no, mejor— murmuró Haru luchando contra sus párpados.
—Regresé al agua cuando supe que salías con Rin. Para mi horror me di cuenta de que no podía sentir nada, llevaba tanto tiempo intentando arrebatar tu recuerdo de mi cabeza que cuando lo logré fue muy insatisfactorio… descubrí que no quería olvidarte sin importar lo doloroso que fuera, por lo que con esa revelación en mente corrí desde casa en pijama y pantuflas hasta donde Sasabe-sensei y me sumergí en el agua congelada, aún recuerdo la sensación del frío en mi piel, doliendo inclusive en mis huesos, era como darse de golpe con la libertad, con la agonía y contigo. El agua era lo único que me quedaba de ti y me hacía sentir vivo asique decidí seguir adelante por ese camino (por supuesto pesqué un resfriado terrible, era pleno invierno y mis padres no podrían haber estado más preocupados) fui muy inconsciente también, ahora que lo pienso.
Haruka lanzó un suave ronquido, Makoto sonrió, era evidente que el pobre no daba más contra el sueño. Pensó en sí mismo, en esos torrentosos tiempos y decidió que lo mejor era olvidarse de ellos, al menos por ahora, que su presente era mucho más bondadoso e incierto. Deslizando un suave beso en su frente, se despidió en un dulce Buenas noches, Haru-chan.
*Plátano, banana o similar. Un gran porcentaje de la fruta que se consume en Japón proviene de Sudamérica y es bastante cara, según tengo entendido. Como muestra de simpatía o aprecio los japoneses suelen regalar frutas a sus vecinos o conocidos, y vamos, que en serio sirven para los calambres.
*Reverencia Teineirei (丁寧礼): 45º de inclinación. Una inclinación mayor para mostrar nuestro agradecimiento hacia alguien que ha realizado algo por nosotros o para pedir perdón por un error cometido..
Ya que prácticamente la historia que planeaba terminar hace dos años ha tardado tanto no puedo hacerles esperar por más. Les agradezco infinitamente su apoyo y me alegra mucho que sigan ahí, también a quienes se suman. Aun queda mucho por desarrollar, y después de nueve capítulos de tanta tensión tenía que explotar de alguna forma. Planeaba subir este capitulo la semana que sigue pero me voy de vacaciones al campo y no hay señal ni para llamar y dejar correr el tiempo ya me parece una burla, en fin espero lo hayan disfrutado. Nos vemos el siguiente capitulo.
