Érase una vez ella

Sailor Moon © Naoko Takeuchi


Cuando estuvimos en el coche, manejé hasta el restaurant italiano favorito de Kakyuu, en donde ya tenía reservación. No me interesé en preguntarle a la rubia si la comida italiana era de su agrado. En realidad, no me interesé en nada.

A medida que la noche pasaba, un sentimiento de tristeza, enojo o no sé de qué me iba inundando. En mi pecho sentía una maraña de emociones que deseaba sacar. Pero no tenía idea de cómo. Era por Kakyuu, por mi vida… por todo.

Me sentía fatal y además tenía que estar en esta estúpida cita. ¡Ahrg! Debí haber aceptado cuando Mina ofreció pasar de largo todo este embrollo.

– Wow… es un lugar muy bonito– dijo ella, observando cada detalle de la fachada colonial del lugar.

En la entrada había un techo de enredaderas llenas de luces blancas, mientras por dentro todo era mayormente rojo con muebles negros. Era un lugar muy elegante.

Llegamos a la mesa. Mina comentaba tonterías con clara intensión de aligerar el ambiente mientras que yo me negaba a salir del aura oscura que me rodeaba. Permanecí en silencio y con la mirada puesta en la ventana a un lado de nuestra mesa ignorando lo que ella decía.

Mina suspiró cansada de intentar sacarme alguna señal de vida. – Oye Yaten, te dije que no era necesario que saliéramos. Creo que lo mejor será que nos regresemos…–

Mina retiró la servilleta de tela negra de su regazo y alzó su brazo para alcanzar su pequeño bolso de mano.

La miré de reojo sin moverme. Ella se puso de pie. – ¿Vienes? – dijo.

Yo seguí sin responder. Ella me miró con fastidio y rodó los ojos. – Como quieras…–

Ella se dispuso a alejarse. En ese momento sentí mi rabia subir en ebullición.

¿Planeaba dejarme solo?

Sentía enojo con todo y con todos, pero en especial con Mina. No pude evitarlo. Me levanté un poco de mi asiento y alcancé su mano con la mía.

Alcé mi mirada hasta cruzarla con la suya y la miré furioso. – Yo pagué por ti Mina. Ahora, ¡siéntate y come! –

Jalé su brazo hasta sentarla de nuevo. Mina me miraba asustada con los ojos asombrados. Pero no dijo nada. Agachó la mirada y se perdió en el menú.

Los siguientes diez minutos pasaron entre silencios y la toma de orden por parte del mesero. Diez minutos más en silencio mientras a mí me llevaba el diablo por dentro. Y por fin me animé a decir algo.

– Perdóname Mina, no debí hablarte así – dije avergonzado y restregué la palma de mi mano en mi frente con frustración.

– ¿Qué es lo que te pasa? – preguntó preocupada.

La miré. – Tengo ganas de golpearte – ella frunció el ceño. – Es decir, no a ti, sino a algo. Me siento enojado por no estar con Kakyuu; porque nada salió como estaba planeado y terminé aquí cenando contigo…–

Clavé la mirada en el mantel. Ella no contestó nada. Eso fue la señal que me hizo reconsiderar mis palabras.

– ¡Es decir… no es que estar aquí sea lo peor del mundo! – rectifiqué cuando al volver mi vista a ella vi lo mucho que le afectó mi comentario. – Es solo que…–

– Te entiendo – interrumpió ella. – Te sientes frustrado de que nada esté dando resultado ¿no es así? –

Asentí. – A pesar de todo lo que has intentado y todo lo que has hecho por acercarte a ella, a ella parece no importarle y sigue rechazándote…– dijo.

Esta vez era Mina quien lucía taciturna y cabizbaja. Apretaba sus puños a sus costados y entonces entendí que ella entendía. No sé en qué momento había olvidado que ella se encontraba en la misma situación y que esta noche representaba para ella, al igual que para mí, una valiosa oportunidad de acercarse a quien quería.

El silencio regresó de nuevo.

– Voy a desertar – susurró ella.

La miré jugar con el tenedor, arrastrando éste de un lado a otro en el mantel.

– ¿Desertar?– dije confuso.

– Voy a dejar a Seiya en paz – aclaró. Su triste mirada se arrastró hasta la mía. – Creo que es hora de hacerlo –

La tristeza de sus ojos se combinaba con la determinación. ¿De verdad iba a darse por vencida?

– ¿Porqué? – cuestioné.

– Creo que estoy perdiendo la línea que divide el conquistar a alguien y el rogar a alguien… Creo que estoy perdiendo mi dignidad y estoy comenzando a rogarle… Es decir, él me ha rechazado frente a todos y yo sigo ahí insistiendo. Eso está mal, ¿no?–

– ¿Y ya no quieres a Seiya o qué? – dije sin creer lo que ella me decía. Tenía razón, pero jamás pensé que a ella le importase.

– Lo quiero. Pero no lo amo. Yo quise amarlo de verdad, pero supongo que él no es la persona para mí –

¿Estaba hablando con la misma Mina Aino? Siempre imaginé que el día en que Mina se diera cuenta de que no tenía nada que hacer con Seiya haría un dramón con berrinches, lágrimas y patadas. Pero al contrario, se encontraba tranquila, aunque triste, elegantemente vestida y con sus ojos sin asomo de lágrimas.

– Tú debes estar muy enamorado de Kakyuu. Para seguir luchando después de todo, debes amarla mucho– sentenció.

Mina desvió su mirada hacia el ventanal y yo dejé la mía sobre ella mientras sus últimas palabras revolotearon en mi mente.

Oye, oye no tan rápido. ¿Amarla? Eso es otra cosa. Ella es perfecta para mí y le quiero muchísimo. Pero la verdad es que en el tiempo que estuvimos juntos jamás le dije "te amo". De hecho, nunca se lo he dicho a nadie. Ni siquiera sé si soy capaz de decirlo. O de sentirlo.

El mesero llegó con nuestras órdenes. Todo normal hasta que vi el plato de Mina.

– Mina, ¿¡pediste una hamburguesa! ¿¡En un restaurant italiano! – exclamé incrédulo.

Ella sonrió inocente. – Je, es que odio la comida italiana –

Me sentí aun peor. Ella estaba ahí soportando mi mal humor y mis groserías, aceptando comer la hamburguesa, seguramente insípida, de un restaurant que vende la comida que odia, sintiéndose derrotada y hundida en el desamor de mi primo y aun así, me lanzaba su sonrisa fresca y honesta.

Me quedé mirándola unos buenos cinco minutos mientras en mi mente se maquilaba una idea.

– ¿Qué? – dijo al notar mi insistente mirada. Ya estaba bañando de cátsup su platillo.

– Mina, ¿tienes mucha hambre? – pregunté misterioso.

– Uhm, no mucha. ¿Por qué? –. Metió un par de papas fritas a su boca.

Saqué mi cartera y dejé dinero suficiente para cubrir la cuenta. Me puse de pie y tomé su mano.

– ¡Vámonos! –

– ¡QUE! ¿¡A donde! –

Jalé a Mina de la mano mientras ella gritaba exigiendo una explicación. Salí corriendo con Mina detrás hasta llegar a mi auto.

Le abrí la puerta y esperé a que entrara para después entrar yo por el otro lado. Creo que le debía un poco de caballerosidad.

– Te llevaré a un buen lugar – advertí.

Ella me miró como si el loco fuera yo. – ¿Eh? –

– Mira, te propongo algo: por las próximas horas, olvidemos todo el drama. Kakyuu, Seiya, el estúpido baile… todo. Solo, olvidémoslo –

Sonrió. – Vale –

Puse una mano en el volante y otro en la palanca de velocidades y aceleré.

Mina pareció cambiar de un momento a otro. Prendió el estéreo y buscó alguna canción de moda. Después subió el volumen y abrió el quemacocos, sacó sus manos por él y se puso a cantar animada. Parecía como si la Mina triste nunca hubiera existido.

– ¿En donde estamos? ¿Es un antro? – preguntó emocionada cuando llegamos al Paradise, el antro de moda entre los juniors.

– Si, ¿te gusta? –

– ¿Bromeas? ¡Me encanta! –

Mina y yo salimos del auto para dejar que el valet parking hiciera lo suyo. La fila era larga pero gracias a mi amistad con uno de los guardias de la entrada, no tuve más que levantar la mano para que nos dejaran pasar.

Al entrar obtuvimos las pulseras VIP del antro en cuestión. Dentro, el ambiente era alucinante. Las luces de colores y los neones llenaban la oscuridad de sombras vivientes bailando al ritmo de los temas musicales de moda.

Pedí una de las mesas exclusivas en alguno de los pocos balcones y una botella de champagne. Ya sé, no soy mayor de edad como para tomar esas cosas, pero no es secreto para nadie que con dinero baila el perro y para mí obtener lo que quería siempre había sido tan fácil como sacar mi billetera y voila, asunto arreglado.

Mina estaba alucinada. En cuanto dejó de asombrarse por el ambiente del antro, se dejó llevar por este y comenzó a bailar sin reparos junto al barandal del balcón. Bailó como si nada en el mundo le preocupase. Esa era la Mina que yo estaba acostumbrado a ver. Por mi parte, serví dos copas, dejé una en la mesa y tomé la otra en mi mano derecha; está de más decir que el baile no es lo mío, así que me dirigí al mueble y me senté.

Al encender y apagar de las luces pude ver su rostro sonriente. Ella tomó la copa de un solo trago y siguió bailando.

En ese momento me di cuenta que probablemente estaba provocando una catástrofe al combinar sangre Aino con alcohol y espuma. Debía cuidarla, sobre todo por los incontables hombres que la miraban desde abajo esperando la oportunidad de subir por ella.

Decidí pararme a su lado, junto al barandal. – ¿Te estás divirtiendo? ¿Estás feliz? – grité en su oído.

– ¡Sí! ¡Este lugar es lo máximo! – exclamó sonriente. – ¡Muévete Yaten! ¡Vamos a bailar! –

Mina tomó mis manos y las alzó junto con las suyas, moviéndolas de un lado a otro. Reí.

– ¡Suéltame tonta! –

La noche pasó entre luces y baile hasta que nos dieron las dos de la mañana.

La rubia descansaba sentada mientras se quejaba de las zapatillas. Me senté a su lado.

– Oye, será mejor que te deje en tu casa. Tu papá se enojará si llegas muy tarde –

Ella suspiró. – Yaten, quiero ir al mirador. –

La miré extrañado. – ¿Al mirador? Tu papá se enojará, mejor ya vámonos –

Mina tomó mi rostro entre sus manos y me habló de cerca. Muy de cerca. – Vamos al mirador – ordenó. – No te preocupes por mi papá–

La obedecí. Ya sé, me vi muy fácil, pero la verdad era que una parte de mi quería seguir estando con ella. Sabía que al regresar a mi casa todo lo que prometí olvidar, regresaría.

En el mirador había unos cuantos coches. Estacioné el mío entre uno verde y otro blanco. Apagué el motor.

Mina se arropó con su abrigo negro y permaneció en silencio viendo cómo los vidrios iban empañándose.

– Hace frío – declaró.

– Si –

– ¿Quieres salir y sentarte en el cofre? – dijo de repente.

– ¿Estás loca? –. La miré receloso.

– Si – afirmó.

Claro que sí.

Salimos y nos acostamos en el cofre. No había sereno, o al menos no se sentía más que el frío seco de la noche.

– Las estrellas son hermosas, ¿qué no? – dijo la rubia mientras alzaba sus manos como si quisiera llegar al cielo.

– Si…– dije serio y sin creer que estuviera acostado en el cofre de mi auto en el mirador a las dos y media de la madrugada.

– ¡Mira una luciérnaga! – exclamó ella feliz.

En lugar de buscar el bicho luminoso la vi a ella. Parecía una inocente niña sorprendiéndose con cosas tan simples como una luciérnaga en la noche.

– ¿Sabes? – dije captando su atención. –A veces, te envidio–

Ella me miró también. – ¿Tú a mi? ¿Por qué? –

– Porque tú eres simple. Siempre estás feliz y pareces no tener preocupaciones. Vives tu vida, día a día y todo, a excepción de tu obsesión con Seiya, parece ir bien. A veces me gustaría ser tan despreocupado como tú – confesé.

Ella suspiró y regresó a ver las estrellas. – ¿Eso crees? –

– Si – crucé mis brazos tras mi nuca y suspiré.

– Yaten, creo que he sido un poco injusta contigo– dijo cambiando a una seriedad rara en ella. – Tú me has contado toda tu historia y tu verdad, y me has ayudado tanto que has hecho que te… uhm… que te aprecie mucho…–

Sus mejillas se encendieron con un rubor durazno. No puedo decir que las mías no.

– Pero yo no te he dicho toda la verdad…–

– ¿A qué te refieres? –. Dije confuso.

– Te contaré, si es que así lo quieres –

– ¿De verdad crees que te voy a decir que no quiero? No inventes. Además no hay nada más que hacer – espeté obviando la respuesta. – A ver, cuéntame tu vida Minako Aino–. Dije pesado. Ella sonrió.

– La verdad es que mi vida no es exactamente como te he dejado imaginarla. Cuando te conté sobre mis papás, bueno, mentí un poco. –

– ¿Mentiste? – dije acusativo. Ella solo sonrió y regresó la mirada a las estrellas.

– Cuando mamá murió, ella iba en su coche… con otro hombre; creo que ella iba a dejarnos. Papá nunca la perdonó y después de que ella murió pasó un tiempo en que él no podía siquiera dirigirme la mirada. Yo le recordaba mucho a mi madre. Como sea, lo superó y se convirtió en el padre perfecto. Siempre estaba conmigo y me cuidaba mucho. Podía sentir su amor a través de cada una de sus acciones–. La rubia hablaba con ilusión. – Fue en ese tiempo que empezamos a viajar mucho. Pasábamos seis meses o a lo mucho un año en cada lugar. Y al principio no me molestó, pero era terrible encariñarme con la gente y después tener que dejarla para volver a verla quién sabe cuándo. Fue por eso que sin darme cuenta me volví más ermitaña a medida que me sentía más lastimada por las despedidas. Ya no era tan alegre y mi humor cambió. Terminé por relacionarme lo menos posible con la gente para así no sufrir las despedidas. –

De repente comprendí el porqué Mina no tenía amigos en serio. Era por eso.

–Entonces mi papá conoció a su actual esposa y todo empeoró–

Mina se incorporó y permaneció sentada. La imité. – ¿Porqué? – cuestioné.

– No es que ella sea mala, ni nada por el estilo. Pero cuando mi papá y ella formalizaron, los hijos que ella tenía fueron a vivir a mi casa también. Y no es que hubiera riñas o antipatía; de hecho nos llevamos bastante bien. Pero me sentí como una extraña en mi propia casa, ¿me entiendes? Sentí como si ellos fueran una familia y yo una intrusa. Sobre todo cuando mi papá empezó a desentenderse poco a poco de mi. Él ya no era el padre cuidadoso y atento, ahora era como si yo tuviera que cuidarme sola. Como si de hecho no tuviera papás y estuviera en esa casa con una familia que no era la mía. Estuve sintiéndome así dos años. Estaba sola Yaten–

Los ojos de ella comenzaron a cristalizarse. Sentí el impulso de tomar su mano, pero ella la apartó para secarse las lágrimas.

– Y después conocía a mi primer y único novio: Artemis. Él es un poco más grande y se convirtió en un buen amigo de mi papá. Tanto que hasta se decidió a estudiar medicina como él. Artemis fue mi bote salvavidas en medio de la tormenta. Me ayudó a sobrellevar la situación en mi casa y siguió siendo mi novio aun cuando yo me mudé dos veces durante nuestra relación. Jamás me había enamorado tanto de alguien…–

Silencio. Ella tomó aire.

– Eventualmente, él y yo rompimos después de durar año y medio. En ese momento sentí que todo mi mundo se derrumbaba de nuevo; así que le pedí a mi padre que me dejara vivir sola. Ni siquiera recuerdo la excusa que le di, pero la realidad era que no soportaba sentirme la extraña en mi casa y quería tener un lugar en el cual ahogarme en lágrimas por la pérdida de Artemis sin que nadie me viera. Papá aceptó sin dudarlo y yo me fui. Y he vivido sola desde entonces…–

La luz de la luna se reflejaba en su empapado rostro. Recordé las veces que vi el garaje vacío en su casa. Nunca había nadie, porque nadie más vivía ahí.

– Mina, ¿por qué me mentiste sobre ti, tu papá, tu mamá? –

– Porque… me duele decirlo…–. Ella suspiró. – Odio que piensen: "pobrecita, su papá no la quiere" o cosas así. Además, no quería involucrarme tanto con nadie, porque a pesar de que vivo sola, no me salvo de las mudanzas. Cada vez que papá lo necesita, su familia y yo nos mudamos a donde él vaya. Y si yo voy por la vida contando lo que en realidad me pasa, es ir relacionándome y abriéndome a gente que me hará amarla y que al final tendré que dejar atrás. Si no quiero a nadie, entonces no me dolerá irme…–

La rubia soltaba lágrima tras lágrima abiertamente. Y yo sentía mi corazón arrugarse con cada una de sus palabras.

– Pero ¿entonces porque te empeñabas en relacionarte con Seiya? –

– No lo sé... Fue como amor a primera vista. Cuando vi a Seiya el primer día, fue como ver a ese príncipe azul del que te hablan cuando eres pequeña; él encaja perfectamente. Él estaba ahí, siempre con su cálida sonrisa, y fue tan amable conmigo desde el principio que algo movió en mí y me idioticé con él. Te juro que al verlo y escucharlo, sentirlo cerca, no me importaba que al mudarme me doliera hasta lo más profundo, con tal de pasar el tiempo disponible a su lado. Pensé que tal vez él podía sacarme de todo lo que vivo… pero supongo que solo estuve soñando–

Empuñé mis manos a mis costados al recordar aquél día en que la conocí. Lo grosero que fui y lo mal que la traté sin saber todo lo que ella cargaba en su espalda.

– Y tú Yaten, no puedo ni siquiera creer que sea precisamente a ti a quien esté contando todo esto. Contigo todo fue tan diferente. Tú me caíste tan mal desde el principio, pero no temí acercarme a ti, porque sabía que tú tenías una barrera alrededor de ti, justo igual que yo. Supuse que tú jamás me dejarías entrar, pero me sorprendiste. Aquél día en el cine, en la cita con Ace, en tu casa, me mostraste una persona diferente a la que pensaba que eras. Y, aunque ninguno de los dos quería, me hiciste tu amiga… Gracias…–

Mina me miró con ternura y gratitud. Pasé saliva difícilmente.

Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos. Ahí estaba de nuevo: ese sentimiento de querer protegerla. La rubia temblaba y lagrimeaba. Le di su tiempo y me di el mío.

Mi mente aun estaba comprendiendo cada una de las palabras confesadas por ella. Después de todo ella no era esa niña tonta e irresponsable que yo siempre pensé. Detrás del misterio Aino había una trágica y dolorosa historia que aun ahora la lastimaba día con día.

– Lo siento, je. Me dejé llevar –. Expuso ella levantando su rostro enrojecido y aun húmedo por el llanto. Esta vez ella me miró directamente y tomó mi rostro entre sus manos. Me miró seria.

La miré de igual manera. – Mina… la vida no es color de rosa. Pero no por eso está bien que vayas por la vida rechazando a la gente. Ya no lo hagas. Tal vez yo no tengo derecho a decirte esto… yo, yo soy un miedoso que aun sin tener alguna razón nunca entablo relación profunda con nadie – La vergüenza llenó mi rostro y enrojeció mis mejillas. – Tú has sido la única amiga que tengo en años y tu no deberías privar a los demás de conocerte porque… bueno, lo diré solo una vez…– Respiro profundo –…eres una muy buena persona –

¡Ya, lo dije! Sentí mi rostro caliente y la pena me hizo voltear el rostro a otro lado mientras ella permaneció en silencio por unos segundos para después alcanzar mi mano con la suya.

–Gracias por estar siempre cuando necesito a alguien –

La observé de frente y sin pensarlo dos veces, la abracé. Más bien, nos abrazamos; ahí sentados en el cofre de mi coche, en un alto mirador congelado. De nuevo, como aquella vez, el calor de nuestro abrazo derritió el frío de alrededor.


¡Hola chicas!

Espero no haber tardado tanto, pero la inspiración me abandonó últimamente :(

Estos días planeo regresar a mi escritura pk la vdd la he tenido bieen abandonada haha

Muchas gracias por leer niñas y no se olviden de dejarme reviewww :) Sean buenas conmigo jii

Saludos y que anden excelente

Besos

Mskou